Crearme, recrearme, vaciarme, hasta que el que se vaya muerto, de mí, un día, a la tierra, no sea yo...

Juan Ramón Jimenéz


El hombre sin procesos

>> jueves, 2 de febrero de 2012


Me confunden los trámites. Hasta para llenar una boleta que dan en los supermercados por compras mayores de 20 mil pesos para la rifa de un televisor necesito que me ayuden. Lo único que hago por iniciativa propia es asustarme.

Soy experto en aburrirme, constante en la inconstancia. Por eso me cuesta cultivar afectos y me es imposible llamar a un amigo:

- ¡Hey! estoy solo y triste. ¡Qué tal si nos tomamos una cerveza o un café!

Pero no llamo. No puedo, aunque anhele hacerlo. Me gusta estar solo porque no soporto la idea de decirle al otro hermano solo cuando lo necesito. Cuando pido algo es porque sospecho que no me lo pueden regalar o solo por aparentar que soy descarado.

Últimamente que intento explicarme me siento más incoherente. Recurro más a la paradoja para estar conmigo. De ahí que Julio Cortazar afirme que las explicaciones son errores bien vestidos.

Por épocas dejo de frecuentar a los amigos porque no me soporto en ellos. Somos insoportablemente parecidos y por ello acudo a la distancia que es distinto que al olvido.

Después de mucho reflexionar sobre estos sentimientos he encontrado que se deben a que no estoy reconciliado con lo femenino. Y si mal no recuerdo, esta ruptura me ocurrió cuando tenía catorce años. En ese entonces se abrió esta herida que aún supura.

Una noche, si el proceso debido me acosté niño y al día siguiente desperté joven. De un momento a otro caí al abismo y le vi la cara al diablo.

La caída la proporcionó una prima. Gracias a la electricidad de su cuerpo olvidé mis muñecos de yupi, mis volquetitas de madera, mis llantas, mis paraísos perdidos, mis castillos de arroz, mis sueños de ciruela…

Ella me besó en la boca, puso su pezón en mis labios, me mordió la oreja, me incitó a que le enrollara su vello púbico y luego lo soltara como resorte.

Después de lo sucedido con la prima sentí en la mitad del pecho un vacío inexplicable. Con el paso del tiempo entendí que lo que me había sucedido en ese momento era que había perdido la inocencia. Lo peor de todo era que mi prima ocupaba todos mis pensamientos. Ella me había despertado todas las hormonas y todo para mí a partir de ese momento era follable: El aire, las matas de plátano, las revistas de cromos, las mortadelas, los caramelos del álbum de chocolatinas, las cáscaras de banano, las gallinas, tu tía y tu novia, todas las mujeres, el amor… eran follables y la prima retefollable.

El único problema era yo con mis cuatro pelos en el sobaco, mi voz de megáfono averiado y mi insinuación de bozo. Es decir, apenas tenía tarjeta de identidad para entrar en la prima y partirla en dos. Mientras su novio era mayor de edad y podía partirla en dos las veces que se le diera la gana. Eso ya era una diferencia abismal.

Con los días el deseo por la prima era más fuerte. El recuerdo de su desnudez de jugo de naranja raspándome el estómago, la vejiga, los riñones me daba escalofrío en la noche hasta que jodido de tanto pensarla me masturbé. Estaba boca bajo en cama y al moverme sentí algo bacano. Me volví a mover y más bacano. Mierda, la cosa de moverse sobre el colchón es bien bacana, me dije y pusssssssssss. ¡Mierda! Pensé que el pipi se me había dañado. ¡yo, el gran Florentino puedo quedarme mongólico! Estaba tan asustado que recé un padrenuestro, el primero sentido de verdad.

No sabía lo que me pasaba porque nunca estuve preparado para mí. Sabía que me había saltado un paso y por eso era que me contradecía una y otra vez. Por ejemplo, me decía no más colchón y volvía al cochón con más determinación hasta que descubrí la mano y con la mano me quedé. Me parecía fantástico que pudiera apretarla o soltarla un poco imponiendo mi propio ritmo.

Culpé a mamá por lo que me sucedía con las mujeres. La maldije porque ella no me dijo que el amor era un casco de limón untado de pimienta que te extrémese y te deja lleno de llagas y suspiros. Tampoco me advirtió que la mujer entra en uno como si uno fuera un cuarto y te desordena para luego irse.

Pobre mamá, ya no la culpo, apenas tuvo tiempo de ser ella para educarme. Madre te perdono por haberme dado la vida. Te perdono porque ahora soy yo quien debe aceptar que soy esta mancha de aire perdida en algún lugar del olvido. Madre te libro de todas mis culpas porque ahora voy, como siempre debió ser, sin desvíos, a la invisibilidad, a la inutilidad total.

1 comentarios:

Belén domingo, febrero 05, 2012  

Las relaciones con los otros nacen en las relaciones con las madres...

Así que no vas mal del todo

Besicos

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