Crearme, recrearme, vaciarme, hasta que el que se vaya muerto, de mí, un día, a la tierra, no sea yo...

Juan Ramón Jimenéz


La importancia del caos

>> sábado, 1 de noviembre de 2008

Despertarse en la mañana, desayunar y bañarse. Esta camisa sí, ésta otra no. Lavarse los dientes. Estar cara a cara frente al mundo, habitándolo, sufriéndolo. Escuchar las noticias y sentirse triste de que nada cambiará sino se instaura el caos y nos rebelamos todos contra el gobierno de un hombre. Es triste que millones de hombres sean gobernados por un solo hombre. Un solo hombre es un país entero. Un solo hombre nos tiene en guerra sembrando desierto en el campo.

Es muy fácil no complicase la vida y complicársela es tremenda empresa. De ahí que finjamos que nada pasa, que el presidente puede resolverlo todo y adoptemos la indiferencia como coraza.

No conozco al primer individuo con una vida sobria dedicado solo a florecer como los claveles. Tenemos el lenguaje y por eso no somos claveles. Para el ciclo del clavel buen tiempo, rayos de sol, lluvia y tierra bastan. Al hombre siempre le va a faltar algo: una mujer, una vaca, una prenda de vestir, un asesinato por cometer, una Luciana, otra reelección, el azúcar en el chocolate.

No sé del primer hombre conforme. Si existe que me escriba para aprender de él en todo momento y vivir sin quejarme, satisfecho de respirar, ir al baño, mirar las estrellas o soñar sin la agonía de existir.

Un hombre satisfecho es un extraterrestre, sin sentimientos, sin deseos. De las preocupaciones nace una fugacidad espontánea del espíritu llamada felicidad. Entonces el hombre satisfecho no es feliz ni triste, está vacío.

No, no quiero la plenitud. Hombre satisfecho no me escriba. No me gusta la perfección porque no tendría a quien culpar por las consecuencias de mis actos.

Veamos, si un hombre está más allá del bien y del mal no amaría. Estaría enfermo. Me atrevería a decir que la imagen de Dios le sería un espejismo, porque Dios es el argumento para imaginar un pie en la pierna amputada. En Colombia es donde más creemos en Dios por la cantidad de piernas emputadas que ha dejado está guerra. Curiosamente es uno de los países con más arrepentimientos y fiestas.

Supongamos que exista un hombre perfecto sin testimonio de un desamor o una diarrea, sin azares, sin miedos. Un hombre sin azares no necesita de Dios puesto que nada le debe. Se acude al bueno de Dios como se acude a una prendería, se empeña el alma por un perdón.

La perfección no sabe de bostezos, de mujeres lúgubres, de enamorarse de una amando a diez, de quebrarse un tobillo, de comer lechuga e indigestarse, de emborracharse y querer enamorar la luna con poemas mal escritos, de levantarse todos los días sin saber que hacer.

La perfección nos hace insensibles. No hay preguntas, no hay deseos de vivir, no hay lucha. Por eso es importante la infelicidad. Solo siendo infelices se puede pensar en ser felices. Si se está aburrido 7 días a la semana, pero si por casualidad una alegría te embriaga tres horas, hay que sentir esas tres horas como si fueran siete días. Entonces no se habrá sido más feliz. Cuando un pájaro con un ala herida se traslada de un lugar a otro, con todo el dolor y la impotencia, es feliz entre saltico y saltico cuando alza sus patas de la superficie del césped. A esa felicidad me refiero, a la felicidad de los salticos.

Es inútil la plenitud, la perfección, el querer ser mejor el día de mañana, realizar proyectos de vida, ser el centro del universo. La vida es un caos sin remedio. La vida son episodios efímeros y desordenados. De ahí que la depresión sea constante porque no controlamos los azares, porque nada sale como queremos. Vivamos ese desorden sin pretender ordenarlo.

En caso de que se puede arreglar el caos y el presidente de la república nos venda la idea de que todo está bien, que los paros de los cañeros y los indígenas son un problema en miniatura, que la crisis de la bolsa de valores en Estados Unidos no afecta nuestra economía, que los paramilitares se desmovilizan cuando nunca se han desarmado, que todo es una tonta idea de control, de salvación. Pero tras esa idea está el caos que oculta el discurso. Y ni el presidente de la república ni nadie pueden arreglar este caos. La vaina se sale de las manos, siempre ha estado fuera del alcance. El caos está desde siempre, y vivirlo es aceptarnos. Si se arregla el caos deja de ser caos y si el caos deja de regirnos dejamos de ser nosotros porque la vida no es solo el lenguaje y si el caos deja de ser vida ¿Qué sería de la vida? ¿Qué sentido tendría procrear por accidente? ¿Me preocuparía a caso del polen en la flor? ¿Seguiría declarándole mi amor a una mujer imposible a la que le escribo cartas y le confieso que la quiero? ¿Iría por la calle robándole a los senos altura? ¿Estaría escribiendo estas cosas?

Hay que complicarse un poco la vida. Los problemas ofrecen diversión. Los problemas nos hacen más individuos. Los problemas nos brindan soluciones y si no hay soluciones no hay problemas y si las hay, como decía un amigo, tampoco hay problema. No hay que controlarlo todo. De vez en cuando es recomendable intentar desayunar con un bolígrafo o saludar un sapo para preguntarle sobre Vivildi.

El hombre sería menos triste de lo que es ahora si se atreve a ser imperfecto y pensar por si mismo y dudar de todo aquel que se crea el salvador. Pues no hay nada más vital que los reos, los hijos pródigos, como el hijo que se va de casa y vive y sufre y malgasta la herencia y es infeliz y vuelve a casa y le matan el mejor cerdo. Mientras el hijo que siempre estuvo fiel, trabajador, perfecto, nunca tuvo una atención significante de su padre. Porque las ovejas descarriadas aprenden a ser sus propios pastores. Se atrevieron a ser infelices, renunciar a las seguridades, aceptar las imperfecciones, el caos interior para encontrarse así mismos

2 comentarios:

luciérnaga furiosa domingo, noviembre 02, 2008  

-Hay seres que no se cuestionan su utilidad y viven a salvo de una búsqueda poblada de esperas y pasiones. Hay otros seres, como él, que conocen del congelamiento y el hervidero ininterrumpido de empezar o acabar la vida a cada instante, sin saber nunca muy bien, cuál de todas las apreciaciones sobre sí mismo es más mentira y que comprenden que el entusiasmo no es una liberación sino los momentos más vitales de una inercia infinita e inevitable-





cuando lo escribí no sabía exactamente de quién hablaba...






no hay arte sin caos
no hay cambio sin caos
y supongo que si no existiera el caos, yo no sabía como sobrevivir.

Anónimo,  miércoles, noviembre 05, 2008  

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EN LA JUGADA PARCERO.

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