Crearme, recrearme, vaciarme, hasta que el que se vaya muerto, de mí, un día, a la tierra, no sea yo...

Juan Ramón Jimenéz


Es un problema la sinceridad, pero que se le va hacer, Luciana, me gusta los problemas

>> jueves, 6 de noviembre de 2008




Últimamente ando mesurado en este blog. No he querido contar muchas cosas. Intento ser parcial y escribir sobre generalidades. Según se dice, las generalidades dan cierto aire de decencia y sabiduría.  El que es general es universal. El que sabe de todo es más práctico. Pero no soy decente ni sabio. Además esas cuestiones de vanidad, en verdad, me dan flatulencias.

Sé que debo respetar a los otros. Nadie es culpable de mis desgarramientos. ¡Qué me demanden entonces!  No escribo para que me lean. Aunque su lectura, querido lector, me hace sentir menos solo. Mi fin es descubrirme en mí. Tocar mis debilidades, saber de mis límites, enfocar mis miedos. El resultado final, el texto, si gusta o no, me dará igual porque fue un estudio de mí, un resultado de mí, lo otro es añadidura.

Podrán decirme que ese argumento es valido pero sin que se publique texto alguno. De acuerdo. Pero si lo público y no lo público quedaré igual. Veré con los mismos ojos el mundo. Nada a parte de mí habrá cambiado. No me interesa salvar el mundo, no quiero acumular dinero, no soy un caudillo, apenas puedo hablar. Así que no veo la diferencia si lo que quiero es ser o no ser aceptado por quien me lee. Es cosa del lector los juicios. Además me atrae la idea de que mis errores alteren a los que comenten los mismos errores. Tal vez lo que les duela es que se identifican con algunas de mis cosas y no les gusta sentirse endemoniados, débiles, frágiles, insignificantes, asustados, indefensos, fracasados. Entonces reaccionan y atacan o se van o se quedan y leen sin decir nada, como mirando en mí ego de ellos eso que odian.

Estuve por varias semanas jugando a ser bueno. Quería hacer bien las cosas y encajar en el sistema de las buenas intenciones e individuos incorruptibles.  Bueno, lo hacía motivado por la fiebre del amor. Que le vamos hacer, también soy miope de corazón.

Estaba enamorado. Si Luciana, de mujer mayor. Pero está vez la barrera de la edad pudo más que la entrega. Tengo la manía de mirar donde no debo. Por ella dejé de contarme con todo el desgarramiento. Por ella creí un posible. La esperé más de lo conveniente.

Luciana, cuando uno se enamora ve derecho todo lo que es torcido. El deseo circula por las venas, nubla la vista, atrofia los sentidos. Se tiene la razón envenenada de impulsos. Pero me gusta ese envenenamiento.

En fin, sucede, fui más poesía que hombre. Creo que ya te lo había dicho. Y no me justifico. Admito que no hice bien las cosas. Mi cobardía, mi puta cobardía, no sabes cuánto me fastidia. Llené la esperanza de distancias. Faltaron algunas vueltas a la tierra antes de que yo naciera. Le faltó otro giro al destino para que fuéramos complemento. Contra eso no hay poder humano. Si uno quiere un árbol de mandarina, lo consigue, pero no puede hacer que el mandarino dé frutos antes tiempo. Hay unas leyes por encima de nuestros deseos.

Se puede saber que se quiere esto o aquello y que esto y aquello no coincide con lo que se siente de esto y aquello. Tal vez por buscar lo que no me corresponda me pierda otra cosecha, otro florecer que si es el que me corresponde y se marchita por mi terquedad, por mi ansiedad, por mi prisa, porque soy un torombolo, un morocho como me decís de cariño, tu morocho, un mamarracho, un hombrecillo con los brazos tercos. Hay que mesurarse Camilo para arrojarse al abismo con más determinación. Hay que sincerarse ¿Por qué a quien le mentís cuando mientes?

Luciana, me decías que en algún momento íbamos a coincidir, no sabías cuándo ni en qué tiempo, pero que íbamos a coincidir. Por las cosas, por como están pasando, creo que tenías razón y qué será en este tiempo. Vea, le tiro un pedazo de magia. Hace aproximadamente dos horas escuchaba tu canción Golondrinas y una tórtola se entró a la casa. Dio vueltas por el techo. De golpe aterrizó en la cama de mi hermanita. Yo estaba en el comprador fumando y escuchándote. En la casa hay una perrita que no quiero mucho, pero no me cae mal del todo. La perrita se lanzó al ataque. El ave se introdujo en las cobijas. Vi la perrita encima de la cama y atrapé la tórtola. Me senté con ella en el computador. Puse tu canción y el ave se quedó quieta. Me dio por pensar que me la habías enviado. Me sonreí. Esas ideas son muy tontas. Pero soy tonto, soy ingenuo, soy despistado, soy débil, soy pobre, soy ocioso, soñador, tímido, triste y esas ideas para mí no son tan tontas por lo tonto que soy cuando me sé tonto. Luego salí de casa, abrí la mano y la tórtola se fue.

No quería que se fuera ni la tórtola ni mi idea de vos en la tórtola. Pero eso es lo que quiere todo el mundo. Soy un infante en estas cosas del amor y no quiero crecer. Solo los niños conocen la sabiduría del amor porque no idealizan y no desean más de lo que les es permitido por el asombro.

Ella, de la que me enamoré antes de vos, fue la que tocó la puerta. Ella me dejó una ausencia cálida. Sé que no hay ausencias cálidas. Pero esa fue cálida, que le vamos hacer, así la sentí. Fue una ausencia propulsora, ausencia  aceite, ausencia sacudida de deseo, ausencia puente, ausencia guía, ausencia maestra de ceremonia.

Tal vez otros tipos sean más prácticos y en mi lugar no renuncien y jueguen a hacerse indispensables.  Pero no soy como otros tipos porque ni sé como soy. Además, mi apuesta es la ilusión y no el futuro. Por eso me pierdo, porque por dar no abro los ojos y no veo indicios, señales, pistas. Soy experto envolatándome.

Ahora todos los hombres que soy empezaron a leer otras pistas,  otros signos que los llaman, otras señales que los hacen visibles.

Si, eres tú, Luciana, la argentina, la música, la de las señales, la que canta el olor de la orquídea y el jazmín y vive en la otra orilla del olvido. Miles de kilómetros separan nuestras bocas. Y lo contradictorio es que siento que vives a dos casas de la mía. Que basta con abrir la puerta, caminar un poco, verte la cara, besarte la boca, tomarte la mano y que me moleste la cremallera y entonces reír porque me descubriste soñándote en cada parte de mi cuerpo.

De nuevo, por ti, Luciana, soy el círculo y me repito como todo lo que sueña y tiene manos y se queja y sufre y fuma y se rasca el estómago. De nuevo el amor, el deseo, la cursilería. De nuevo el de nuevo. Pero ¿Cuántas veces se siente lo mismo en la vida? Si muchas. Pero ¿Con cuánta determinación? ¿Cuánta Luciana?¿Por qué no hacer equipaje?

 

4 comentarios:

luciérnaga furiosa jueves, noviembre 06, 2008  

para mí que vos y yo venimos a existir justo en el mismo momento...







Buenos Aires y un cielo que grita tu nombre
¿serás verdad?

Anónimo,  lunes, noviembre 10, 2008  

Digamos que inundas de cierto regocijo el verte de nuevo enamorado. Me inclino por el cambio, tu acepetas el devenir.

Juan sebastian acosta miércoles, noviembre 12, 2008  

Parcerito, ensoñador, amigable, y perdido parcerito.Que alegria leer textos como este,que alegria que el amor le visite los ojos y le haga escribir estas palabritas tan regocijantes.

pablo honey,  viernes, noviembre 14, 2008  

le deseo suerte, soy muy escéptico en las realidades virtuales, tal vez t desepciones al sentir su aliento de ajo, ojo con eso.

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