Hay un amor que no parte del deseo porque trasciende las fechas. No se marchita con la distancia porque es latido permanente. No impone formas o diseños porque no sería amor sino agujero gris de abrazo mudo. Es un amor muy distinto al que se conoce o al que nos han mal enseñado desde niños. Por ello,  no es el amor de imagen lejana que confunde al ojo que teme a la desnudez del alma. Es el amor del cuerpo el que hace que funcionen las cantinas, las canciones tristes, las dependencias y los centros comerciales. De ese amor se escribe así como se hace palomitas de maíz y como las palomitas es leve e innecesario. 

Intento escribir de otro tipo de amor, uno que sea de verdad. Por ello, quiero situarme desde el otro lado del amor, el que no se ve. Ese amor que para verse, en muchos casos hay que arrancarse las pupilas para dejar de ver con los ojos de los desdichados que solo ven la desdicha. Pero ese no es mi caso. Me arranqué la desdicha de las pupilas hace mucho y ahora puedo ver ese amor que ha vivido conmigo hace años. El que ha crecido a mi lado en silencio como una flor y ahora perfuma todos mis días. El que recorrió el mismo túnel que yo para ver la luz y la pequeñez de este lado. El amor de hermana, de mi hermana, mi pedacito Dios en la tierra, mi reflejo oculto más visible, mi puntito de luz que desde este lado del universo  enverdece el aire que respiro.





De un agujero salió un escorpión furibundo dispuesto a atacar lo que se le atravesara. En ese momento empezó a llover y el arácnido quiso, con su aguijón, inyectarle el veneno a las gotas. Luchó hasta que cegado por la furia se enterró el aguijón así mismo. Se fue quedando quieto, producto del veneno, al instante escampó. Un aguilucho que observó todo desde un árbol seco, estiró sus alas y se dirigió hacía el escorpión. Con el pico lo abrió en dos y en la mitad del arácnido encontró un polluelo, diminuto, de águila real. El aguilucho lo tomó en una de sus patas y lo llevó a un lugar seguro, con los suyos, donde pueda emplumar y adquirir su verdadero poder y enseñarles a transitar sin miedo la muerte.

Ellos se vieron años atrás, cuando eran jóvenes e indecisos. Pero no se hablaron. Creyeron que eso era un capricho, como lo es todo en la juventud. Por lo tanto, cada uno buscó su camino y se olvidó de aquel episodio, que como muchos otros, también olvidaron. Sin embargo, vivieron cosas similares. Ella convivió con un hombre que al final no la convenció de ser un igual. Él se separó de una mujer que no pudo resolver su pasado. Ambos viajaron fuera del país dispuestos a formar familia. Pero, ella se cansó de buscar un compañero que la valorara de verdad y él desistió de entregar su fuerza vital a quien le daba lo mismo recibirla. Al final, cansados, y algo decepcionados del amor retornaron a sus casas maternas sin saber que iban directo al encuentro que les fue anunciado hace años.



Ahora que sé
que estás al otro lado
donde los ojos son obstáculo 
y tu rostro
tiene la simetría del sueño
mutable y móvil,
todos los rostros visibles
se me lanzan como hijos
que quieren nacer. 
Con dificultad trato de ver
                    lo importante.
Sin embargo, existo, huelo
y mi energía es
como un copo de algodón
                        de azúcar,
un suculento bocado
y la piel
poro a poro
suda el vértigo
de saberte de hace tanto
y de hace nada.

Cuando duermo ella abre los ojos. Se estira como un gato y con sigilo llega a mi cuarto. Me observa unos minutos. Luego sonríe y tomando mi mano me invita a caminar por paisajes oníricos. Intento decirle “hola” pero solo puedo mirarla y sin que me diga palabra alguna siento su aliento que huele a albahaca. Respiro su silencio como el perfume de las flores. Y mientras inhalo me entrego a su pureza. No quiero resistirme y dispongo mi ser para que ella lo habite. Sea mi rostro una línea del suyo. Basta una insinuación suya para calmar las ansias de no saber a dónde ir y evitar rasparse de nuevo el corazón ante estrellas fugaces. 

 Cada noche, cuando la encuentro, me expando en su luz. Dejo que ella, desde mí, habite todos mis sueños. Sucede, cuando la fusión es la indicada, que sus ojos son los míos, sus labios mis oídos, sus oídos mis labios, sus gestos mi sonrisa. Somos la unidad, los sueños que alumbran nuestros aposentos y la conexión con lo que soy desde antes de este cuerpo. 

 Cuando abro los ojos lo primero que percibo son los pájaros que endulzan el aire con sus cantos, los perros cuidan la ternura del alba y espantan a los extraños. Agradezco por lo que apenas recuerdo y sospecho, como todos los días, que ella empieza a cerrar sus ojos. Imagino, por el bienestar que siento en el corazón, que ella sueña con esta materia que soy y que ante la luz del día se desprende del misterio y es carne y hueso, ansia y fragilidad; pero a la vez, esto que soy y respira se siente feliz de ver el rostro de ella, apacible, finamente delineado en las nubes.

Salió de su casa dispuesto a sentir algo que lo asombre. Pues ha decido dejar de preguntarse por el sentido de las cosas: la necesidad del trabajo, la búsqueda del amor, la posibilidad de hacerse millonario de la noche a la mañana, la utilidad de cada día para hacer de las ganancias un palacio para almacenar medallas y reconocimientos. Ha decidido volver a lo básico, a lo no dicho que se dice y resuena en el aire hasta hacerse inaudible, pero que sigue diciendo hasta perder el mensaje. Hasta encontrar la vibración de las cosas que de pronto, sin buscar, lo encuentran. Porque todo fluye, lo sabe pero no lo ha atestiguado con su ser sino con sus ojos. Por ello, caminó por las calles de la cuidad sin nada extraordinario digno de un asombro. Hasta que se sentó, cansado, algo afligido por no ser capaz de ver más allá de las cosas, es decir, más acá de las cosas, lo evidente, lo que refleja el movimiento del universo. De pronto, cuando desistió de ver el asombro,  vio en el asfalto, en una grieta, una plantita sostenerse como un milagro. Esa imagen lo conmovió. Sintió que todo en el universo está en continuo movimiento. En ese instante varios miles de niños nacen, miles de personas mueren, el agua corre, una estrella alumbra desde un pasado irrecuperable, el cosmos se reorganiza... y él, bueno, espera perder el ocaso ante el espectáculo de lo apenas perceptible.

Hace unos días me encontré con un amigo poeta que me expresaba que estaba viviendo para escribir. Pregunté por sus vivencias. Él me habló de sus excesos y afirmaba que había que vivirlos para llegar a la sabiduría. 

Después, en mi casa, pensé que tan cierta era tal afirmación. Para empezar reconozco que hay un afán de protagonismo en muchos amigos poetas. Hay en sus búsquedas interiores muchas posturas y artificios. Pues han empleado la palabra, la que les dio el universo para alumbrarlos, para fines mundanos que solo buscan satisfacer los placeres de la carne. 

 Esta búsqueda de los excesos es imposible de satisfacer porque el deseo es un barril sin fondo. Los placeres son un atajo a la tristeza y a la enfermedad. A veces, muchos de los poetas más oscuros, cambian su visión del mundo al padecer el dolor de una uña encarnada. Otros, bueno, se quedan en el artificio cantando el mismo poema infinidades de veces. Hacen anécdotas del mismo verso sin darse cuenta de que llevan días dependiendo de sus placeres. 

 Al perder el norte, que es asumir la palabra como un instrumento de luz, muchos se quedan girando alrededor de sí mismos y pierden la posibilidad de elegir, de poder encontrar su propia palabra y se vuelven mulitas de carga de la influencia de poetas que antes de morir ya habían muerto en su obra, pero inmortalizaron su dolor. Las circunstancias de su canto era otra, por lo que no nos compete, al menos en la actualidad, repetir sus historias. 

Hablo de poetas como Rimbaud y Verlaine que se enamoran y vivieron un amor extravagante y violento donde escribieron textos hermosos, pero también se golpearon física y espiritualmente; Charles Baudelaire que escribió sobre la carroña y encontró en Alan Poe su alma gemela, al final terminó pareciéndose físicamente al norteamericano que vivió en la desdicha, en la calle, alcoholizado e inmortalizado con sus cuentos y poemas; François Villon poeta y ladrón, a la vez que empuñaba la pluma también empuñaba el cuchillo y rompió con sus relaciones cercanas y fue vagabundo y prófugo; el conde de Lautréamont de quién se sabe muy poco pero escribió unas páginas aterradoras donde la felicidad es abrazarse a un tiburón en un mar lleno de cadáveres; Antonin Artaud que solo podía escribir si estaba drogado para no sentir el dolor de la cordura; entre otros como Gérard de Nerval, John Keats, Leopoldo María Panero… y los nuestros Porfirio barba Jacob, Raúl Gómez Jattin y Dario Lemos… 

La pregunta es ¿Queremos ser ese tipo de poetas? ¿Estamos dispuestos a ser la herida y expandir la infección a los seres que amamos? ¿En verdad es eso lo que queremos? Admiro sus versos, pero sus vidas no son mi ejemplo a seguir.Yo al menos, no quiero eso. 

 A todos estos personajes los reúne una sombra que paradójicamente los hizo resplandecer. Muchos de sus poemas son referentes en la literatura universal. Pero todos ellos se consideraron incomprendidos y se refugiaron en la bohemia rechazando las normas establecidas, tanto reglas del arte o convencionalismos sociales que los llevaron a concebir un arte libre y provocativo a cambio del sosiego. Asumieron la figura del antisocial porque, a mi modo de ver, se encandilaron con su propia luz y quisieron apagarla con el dolor y la muerte. 

Después de escuchar a mi amigo y reflexionar sobre el papel del poeta, he entendido que el poeta ante todo es un hombre y como hombre está condicionado a su cuerpo, a sus placeres. Y eso es natural. Pero si escribe poesía es porque tiene una sensibilidad superior a otros seres y por eso puede percibir cosas que otros no, es como un mensajero de los Dioses. Pero si utiliza esa palabra para satisfacer sus placeres no enaltece la palabra misma que es luz. Cuando no puede ver más allá de sus placeres se queda atrapado en un malditismo que ni entiende y que no quiere abandonar porque se siente orgulloso de su fragilidad. Es como si se hubiera quedado viviendo en la  Caverna, me valgo de esta metáfora escrita por Platón hace más de 20 siglos para graficar la idea del malditismo. Entonces vive dentro de la Caverna, esa Caverna es la noche y los placeres. Desde allí no se puede imaginar las maravillas del día: el paisaje, la familia, los amigos. Pues desde el milagro de la luz solo concibe la Caverna y su limitado espacio.

 De ante mano, estoy convencido de que el poeta es un guardián de su palabra. Es quien tiene la potestad de usarla para hacer que el resto de la humanidad no esté a oscuras. Por ello, es el poeta quien puede salir de la Caverna y escribir de ese lugar, pero también de lo que hay afuera. 

 Tal vez, y sin que sea consciente, el poeta puede usar su palabra como un mago sus hechizos. Y esto lo logra si escucha e interpreta su luz. Si lo logra puede escribir versos auténticos y con tal pureza que dieran la impresión, en sus lecturas, que fueran el cauce de un arroyo que se oxigena cada tantos metros. 

Algunos ejemplos de versos que se han escrito desde fuera de la Caverna: 

 “Me celebro y me canto, / Y lo que me atribuyo también atribuíoslo vosotros, Pues cada átomo mío también os pertenece a vosotros”. Walt Whitman. 

“Si hablo de la naturaleza no es porque sepa lo que es/ Sino porque la amo, y la amo por eso,/ Porque quien ama nunca sabe lo que ama”. Fernando Pessoa.

 “Aún hoy la vida vivirá. Y seguirá en los seres abriéndose/ caminos a la luz”. Carlos Fram. 

“No es que esté obligando/ a mi hijo/ a trabajos forzados/ en la tierra;/ solamente/ le estoy enseñando/ a consentir a su madre/ desde pequeño”. Hugo Yamioy.

 Estos versos tienen una luz explicita y no son evangelistas. Hablan desde fuera de la Caverna, desde donde nos cuesta aceptar un compromiso con nuestras vidas y con los cercanos. 

 Es tan difícil porque hemos hecho de la poesía un espejo donde la vanidad y el egoísmo son los sirvientes de nuestra palabra. Por lo tanto, creo que no hemos entendido la tarea del poeta y es hacer de su palabra un uso responsable y ver más allá de sus placeres. Alzar la cabeza y escuchar esos mensajes que solo él entiende y puede descifrar al resto de los mortales. Solo él puede entender la magia de la palabra y entregarla como brotes de luz en estos días tan convulsos y violentos. 

Al referirme al poeta como un guardián de la palabra retomo algunos ejemplos de la palabra en la literatura sánscrita. Los rishis, o sabios de la antigua India, tenían extraordinarias habilidades. Una de ellas era la voz. Si un sabio entendía la magia de la palabra podía convertirla en realidad. Algunas veces, sólo con pronunciar una palabra, podía materializar un ejército completo. Por lo tanto, para ellos, la palabra era sagrada. El poder creativo de la voz se expresa claramente en sánscrito, donde vac, voz, es a menudo considerado como sinónimo de Shakti, que es la energía creativa, el poder de manifestación. 

 Ese poder de materialización es el que pocos logran porque se quedan, como mi amigo, en la Caverna, cuando podrían alzar su voz y acercarnos cada vez más a ese lenguaje sagrado que solo el poeta entiende. Y cuando lo logre, sabrá que los excesos no son necesarios. Pues cuando no es el cuerpo el que rige nuestra palabra, la sabiduría no es la experiencia acumulada del dolor y el abismo sino la espontaneidad del corazón.

Hace días conocí un amigo, Tobías. Lo invité a mi casa. Sembramos juntos. Él, por cosas de la tierra, volvió a visitarme y me regaló un dibujo al que le escribí un cuento. El resultado es algo que todavía no alcanzo a agradecer. Con un solo Clic puedes descubrir de qué se trata. Espero, amable lector, lo disfrutes tanto como  yo. 

http://issuu.com/tobiasgallery/docs/transfiguracion_de_la_montana

Ella llegó una noche de luna llena sin que la estuviera esperando. Nos miramos con la ansiedad de encontrar las palabras que revelaran nuestros más profundos deseos de perpetuarnos en el tiempo, pero hablamos de ciertas trivialidades que al final nos aburrieron. Nos miramos de nuevo sin saber qué decirnos sospechando que ese silencio sería un agujero irreparable. Entonces decidimos mirar la luna llena con la intención de entender un poco el por qué lo que queremos al parecer no es lo que necesitamos.

Cuando decidí que podríamos intentar volver a encontrarnos ella se levantó y me dijo que se había equivocado de sueño, que las coordenadas no coincidían. Intenté detenerla pero el sol aparecía en las montañas y era inevitable despertar.

Remuevo la tierra. La desmenuzo hasta dejar una superficie arenosa y suave. Con las manos voy formando los surcos. Luego, busco en los bolsillos las semillas de girasol que voy depositando en los montones de tierra. A cada semilla le pongo una intención. De esta manera por cada brote recibo algunas palabras que me ayudan a vivir en armonía con mis seres queridos. Después, remojo y me siento a observar el huerto, donde la posibilidad es una flor que visitan los pájaros del cielo.

Te sientes como el punto de transición de la tarde a la noche. Para entender ese instante habría que sentir el desgano de haberlo hecho todo. Y lo sientes. Es cuando piensas en tu estructura porque eres como un farol al que le duele el hierro con que fue forjado. Entonces cierras los ojos y te sumerges en ti para buscar la causa de ese estado de ánimo y solo encuentras que nada te satisface ni siquiera la sonrisa. Sin embargo, y lo sabes, no estas de infarto y mucho menos de caída libre al abismo.

Después del almuerzo procuro hacer una siesta de una hora. Pongo una sábana bajo un árbol, me cubro con el sombrero los ojos y duermo como un niño. Este hábito me lo enseñó mi padre. Ese es uno de sus legados. Pero el que más recuerdo fue el que me dejó en su lecho de muerte. Afirmó que llega un momento, en todo sembrador, que se conecta tanto con la tierra que le suceden cosas maravillosas. Indagué sobre qué cosas. Se limitó a decirme que ya lo descubriría. Pasaron los años y todo continuó igual. Mi madre no volvió a conseguir marido y envejeció a mi lado. Mis hermanos se marcharon y de vez en vez vienen a quedarse unos días. 

Uno de mis hermanos, el mayor, nos dijo que pensaba vender la casa y que nos fuéramos con él. Mi madre dijo que sí, pero en el fondo deseaba morir en la casa en la que había vivido 40 años. Yo no respondí. Me gustaba la idea de cambiar de vida. Sin embargo quería pensarlo mejor. Ese día sembré en la mañana frijoles y maíz. Luego almorcé e hice la siesta. En esa hora soñé que mi corazón era una plántula que brotaba de la tierra con un surco de girasoles. La imagen fue tan nítida que todavía la recuerdo, pero lo más sorprendente fue ver, al despertar, una parejita de colibríes a pocos milímetros de mi pecho. Entonces supe lo que debía hacer.
"Es un personaje netamente Colombiano, andariego y proletario, con arterias de alambre y corazón de madera; hijo de padre desconocido, que nació en algún lugar de nuestra geografía Andina..."
David Puerta Zuluaga





El tiple es un instrumento misterioso, de pueblo, que en el siglo XIX se convierte en un fenómeno cultural. Tanto que de cuatro órdenes dobles con una de las dos cuerdas más delgada que la otra, pero afinada al unísono; pasa a cuatro órdenes triples, con dos requintillas a los extremos y una más gruesa en el centro.   

Muchos lo amaron y recorrieron las montañas y los llanos  llevando sus sonidos. De entre esos músicos surge un hombre que estaba destinado a convertirse en uno de los exponentes más prolíficos quién recibe La Orden de la Democracia,  Grado Caballero (Congreso de la República)  como mejor tiplista del mundo.   Esta distinción también la recibió el Binomio de Oro y Joe  Arroyo.  

Este músico se llama Guillermo Puerta y nace en 1957 en Medellín. Luego se traslada con su familia a la vereda Platanito-Gorardota, romería de músicos. Desde párvulo su vida es una hazaña. A los tres años, sin que nadie le dijera cómo, tocaba el tiple. A los 8 años estuvo con maestros como Elkin Pérez y se dedicó a la guitarra dejando a un lado el tiple.  A los 10 años integró una orquesta de niños, poco después de comprarse su primera guitarra que le costó  450 pesos: “Todos los domingos no faltaba gente en la casa y me daban plata, la echaban en la caja de resonancia del tiple”.

Nació con gracia divina y por ello las instituciones educativas  querían tenerlo como carta de presentación. Pero, este joven virtuoso perdió algunos años, le iba mal con la disciplina y obtuvo uno en música. Sin embargo, al terminar el bachillerato le ofrecieron becas universitarias. Una vez fue a clases a Bellas Artes. Se enteró de que mientras montaba un tema con partituras montaba 4 a oído.  Fue cuando tomó la decisión de convertirse en autodidacta.

El tiple llega de nuevo con el amor
Conformó un grupo mixto llamado Los Cisnes e invitó a Silvia a que tocara. Durante los ensayos ella lo veía al escondido. Él supo que ese era el inicio de la relación. Luego se retiran del grupo y forman el dueto Silvia y Guillermo  donde el tiple más que acompañar era el que punteaba. Se ganaron 12 festivales nacionales seguidos, entre ellos el Mono Núñez.  Después, a los 25 años se separan y de la unión quedan cuatro hijos. Guillermo se dedica a ser solista y gana  El Festival Nacional del Tiple Pedro Nel Martínez.  Descubre que al  tiple con la pajuela puede  extraerle más de 60 sonidos. Entonces  decide incursionar en la música clásica. Esto lo lleva a dar un concierto a Alemania, a principio de la década de los noventa, cuando interpreta la sinfonía de Mozart.

El reino de la luz   
Guillermo no ensaya las canciones sino que las medita. Este método lo encontró con los Gnósticos a los 18 años.  Por ello, sostiene que no necesita buscar en google información sobre la música de sus ancestros. Él puede visitarlos: “Uno tiene un estado alfa, un estado betha y un estado theta al dormir.  En el estado alfa escucho todo y compongo. En ese estado me comuniqué con mi padre en el cielo. Yo he pasado el túnel de la luz.”

Esta anécdota la recuerda porque quedó inconclusa. Cuenta que le llevó una partitura con 4 obras a su padre que estaba vestido con la misma ropa que fue sepultado. Al verlo, Guillermo le expresó que quería unos arreglos. Su papá recibió las partituras y desapareció. Guillermo no quiso mirarlo porque en el cielo no se puede mirar para atrás, se pierde el aprendizaje.  Tampoco se puede preguntar cosas  extraterrestres. Al rato llegó su padre asegurándole que solo había arreglado dos obras. Ambos se sentaron bajo un árbol hasta que Guillermo preguntó quién iba a tocarlas. Al instante, entre las nubes, a lo lejos, aparecieron cuatro ángeles con cítaras. Parecían dos mil artistas o 15 sinfónicas juntas. Ambos lloraron. Al final Guillermo hizo el viaje de regreso a casa.  Cuando estaba a unos metros de su lecho lo despertó Diana, su actual compañera. Él abrió los ojos sobresaltado. Ella habló sin saber que a él en ese estado no se le puede hablar. Pues siempre que compone mientras duerme lo escribe en silencio al despertar. Pero ese día no fue así y todavía no las recuerda.  

El malabarismo instrumental
Cuando va a subir a un escenario le dice a Dios que interpreté por él las canciones. Asegura que en algunos conciertos no es él el que toca. Hay alguien más. Solo pasa  cuando el concierto es impecable. Pues, cuando algún músico se equivoca inmediatamente sale del trance.   Claro, de eso no se entera el público. La gente se queda en el plano terrenal y se asombra al verlo jugar con sus instrumentos porque juega a hacer cosas muy serias. Por ejemplo: puede desafinar la guitarra mientras toca una canción y vuelve afinarla, también busca sonidos con botellas y se mueve con tal sincronía que un gesto es igual a un cambio de nota.  

Como un niño sigue jugando y por eso se ha convertido en un maestro que sabe que no hay otra forma de ser feliz. De ahí que siga vigente en la música. Pues aquel que conoce la historia conserva las raíces, sabe a dónde va y  aprende a vibrar, como una cuerda afinada, con el universo.





Su cuerpo debajo del mío se ajusta a mi necesidad de perder el control. Cierro los ojos y mi boca en su boca busca el cansancio que electriza a los animales en celo. En ese momento su vientre se extrémese mientras trituro con los dientes la ternura a la que teníamos derecho. Entonces nos detenemos para mirarnos unos segundos. Luego sonreímos y volvemos a besarnos. Esta vez permitiéndonos empezar de nuevo después de habernos desnudado de todo concepto.


El carácter oculto de cada persona se manifiesta en los viajes. Ante la incertidumbre de no sentirse seguro en el espacio y con sus habitantes el individuo manifiesta su verdadera naturaleza. Así lo demostró Román ante su compañera, a quién le había propuesto matrimonio y para celebrar su unión oficial la invitó a un viaje al mar. 

Durante dos años de noviazgo Román manifestó que nunca le sería infiel y estaría con ella hasta que la muerte los separe. Ella, una mujer en apariencia sumisa y bonachona, sospechaba de que nadie podía hacer promesas porque se condicionaba a ciertos comportamientos. Sin embargo decidió darle una oportunidad. Pero en la playa se decepcionó de Román. 

Después de cuatro días de estar juntos ya no la miraba a los ojos, estaba en silencio y buscaba cualquier excusa para estar solo. Tal vez si le hubiera prometido ser infeliz ella tendría la opción de decidir. Pero este comportamiento de Román no era consecuente con su promesa. Ese es el problema de las promesas, una vez hecha en el corazón de una mujer no hay marcha atrás. Creyó que era algo pasajero hasta que una tarde lo vio diciéndole algo a una española al oído y luego un beso. 

Este hecho fue suficiente para que ella hiciera sus maletas, aprovechando una de las salidas de Román a la playa. Sabía que si se rompe una promesa se rompe la confianza. Así que dejó sobre la cama la argolla de compromiso. Antes de partir, verificó llevar todo el dinero y visualizó el sur. Desde siempre le han gustado estas tierras.
-         
 

- Ahora que tienes mi espada en tu cuello, qué harás para defenderte.

- Nada. Moriré como es debido, pero te esperaré en la otra vida. Pues solo has ganado una batalla y no la guerra.

Hace unos días llegó al museo de la universidad una exposición de armas que fueron utilizadas en el bogotazo. Las armas eran exhibidas en vitrinas, pero había dos machetes, con el filo mohoso, puestos en una mesa, en la misma que estaba la lista de asistencia. Pertenecían a Efraín Zuleta, un campesino conservador que había dado de muerte en un duelo a Enrique Suarez, un hacendado liberal. En el duelo ambos se enfrentaron y cuando Enrique dio el último suspiro terminó la pelea. Ambos machetes estaban en los extremos de la mesa. El decano de Comunicaciones, un hombre de unos cincuenta años, con doctorado en Literatura colombiana, no resistió la tentación de empuñar el machete que le perteneció a Enrique Suarez. Cerró los ojos y sintió un escalofrío en la columna vertebral precedido de gritos y zumbidos de machetes. Al instante abrió los ojos y frente a él estaba un fontanero, que acababa de organizar el baño de museo, y empuñaba el machete que le perteneció a Efraín Zuleta. El decano miró al fontanero y empuñó con fuerza el machete.

Yagé: ni alucinación ni droga

El Yagé, su nombre, es muy probable que venga  de la lengua Geral  del Brasil, una lengua franca que los jesuitas utilizaron para hablar con los indígenas.  Los Tukanos, grupo representativo del Vaupés lo conocen como el Caapi, Gahpí y Kahpí.  Los Cubeo le llaman Mihí,  los Guahibo le llaman Kápi, los Noanamá le llaman Dápa y en general en Ecuador y Perú se le conoce como Ayahuasca.  En estudios botánicos se refieren a Banisteriosis. En esencia, todos estos nombres se refieren a una  enredadera selvática, silvestre, de efectos endógenos y no alucinógenos. Endógenos quiere decir efectos en el interior de la persona. 
  
Al yagé también se le denomina planta milenaria porque ha sido una planta  que han utilizado los indígenas desde tiempos prehistóricos.  Hay registros arqueológicos que afirman su existencia desde hace unos 3.000 años antes de nuestra era con el desarrollo de la cerámica en Perú, Ecuador y Brasil. 

Además, el yagé como la coca, las daturas, los rapés eran y son plantas sagradas para los indígenas.  Por lo tanto el Yagé ha sido utilizado para alejar malos espíritus, fortalecer espíritus débiles, curar cáncer, depresiones y otras enfermedades.

Hago estas aclaraciones porque el pasado 23 de abril falleció el  joven Henry Miller de nacionalidad británica. Este joven estuvo en una ceremonia de yagé con el Taita Guillermo Mavisoy del resguardo Kamëntza Biyá. Este episodio le ha dado vuelta al mundo al ser titular en  los medios nacionales como internacionales. Lo cierto es que todavía no se sabe cuáles fueron las causas de su muerte porque Medicina Legal no ha dado su veredicto. Lo que afirma el taita es que el yagé no fue la causa de su muerte. Conozco al taita y su trabajo. Por ello, a continuación publico una crónica que hace un amigo del Taita Guilermo a quién considero  un gran médico del yagé.





Por Sergio Alejandro Henao



Seguramente, definir a un hombre como él, sería trabajo para un libro. Solo puedo recurrir a mis impresiones, a lo que he oído de otros, a lo que he oído de él mismo y a lo que ha hecho no solo por mí, sino por tantas personas que conozco.

El Taita Guillermo Nació en Putumayo, en Sibundoy, en el antiguo pueblo indígena Kamentza Biyá, sabios conocedores de diversas plantas sagradas medicinales, entre ellas el Yagé. A los 10 años salió de la casa, porque en esos tiempos se era hombre a muy corta edad.

Comenzó a vagar por el mundo. Aunque mejor es decir, a cumplir su destino en el mundo.  Pronto se encontró con quien sería su maestro, el reconocido curandero Siona, finado Taita Pacho Piaguaje. Muchas fueron las cosas que aprendió de él, pero la más importante fue trabajar la sagrada medicina del yagé. Quienes tuvieron el privilegio de ser seguidores y aprendices del finado Piaguaje, podrán dar cuenta de su exigencia. Tal como lo cuenta Taita Guillermo, el rigor de su maestro era implacable. Exigía compromiso, responsabilidad, entrega para la enseñanza que le estaba Compartiendo.

La medicina
El Taita tiene plena conciencia de su  saber. Ciencia o no a la luz de la epistemología occidental, el conocimiento de sus ancestros tiene una técnica, unos principios, unas formas de proceder –de acto y de palabra-, es decir, toda una amalgama de conocimientos que son los que permiten a los Taitas, también conocidos como Shamanes, curar y ayudar a las personas no solo en sus enfermedades orgánicas, sino también espirituales, o mentales. Cada uno lo nombra de acuerdo a su sistema de creencias, pero lo cierto es que no cualquiera puede lo que puede un Taita.

Tener conciencia de su saber quiere decir que el Taita, cuando caminas con él, reconoce cientos de especies de plantas curativas, y aquellas que por lo regular nombramos rastrojo o arvenses, él puede saber con exactitud sus propiedades, reacciones, contraindicaciones, ventajas, preparaciones. Lo sabe porque su forma de aprender es la más efectiva: probando. Hablo en presente porque el Taita nunca ha dejado de ser aprendiz, aunque es, con la propiedad que le confiere la edad y la experiencia, un maestro íntegro, un sabedor consumado. Su actitud es lo más parecido a un maestro socrático: la conversación, el caminar, el viajar, el reírse, el no presumir de sus saberes, es la  manera como ha formado una personalidad sencilla, alegre, humilde pero digna.

El taita 
El abuelo Guillermo rara vez lo ve uno con el rostro grave, o amargo. Tiene por costumbre natural la sonrisa. Su gesto es amable, generoso. Ello gracias a que no ha hecho de sus conocimientos un altar para rendir culto ciego a su personalidad. No ha hecho de su nombre el bastión que acostumbran algunos,  cuando merced a sus saberes erigen una muralla de  la cual solo se percibe desde abajo egoísmo y soberbia.

Es claro que nadie es monedita de oro, como dicen, para caer bien a todos. Pero me ha sorprendido, en las muchas oportunidades que  le he visitado en el resguardo, y las veces que él ha venido a mi casa, que no habla mal de nadie. No denigra de sus iguales, agradece todo el tiempo. Dios es su palabra constante. Su segunda más común es aquella que expresa una sonrisa desinteresada.

Es raro, y algunos pensaran que hasta sospechoso, que uno solo tenga cosas buenas para decir de cualquier persona.  Pues bien, en la medida de nuestra humanidad, cada cual suponga los errores que pueda tener este hombre. Insto a que con la vara que cada uno se mide, mida a los demás. De todos modos, por más defectos que pueda tener, no creo que logre superar el carisma y la calidez de su ser, que ha permitido que gente de todo el país lo rodeé y lo considere aparte de maestro, amigo y casi hasta padre.   
Taita Guillermo no solo es un buen hombre, quien quiera que asista a él en busca de una sanación, corroborará la fuerza y el empeño que entrega en ayudar a quien lo necesita. Puede pasar toda una noche  y todo un día asistiendo sus pacientes, ayudándolos en los momentos más difíciles. Según el ritmo del ritual, el Taita baila, canta, hace música, realiza sanaciones, sin menguar en ningún instante la intención y el empeño.

Quienes hemos ido a su casa, podemos dar fe de que recibe a viajeros, caminantes, peregrinos, y les brinda techo sin pedir dinero a cambio. Comparte hasta aquello que le falta. No para de trabajar todo el día. Camina con el ímpetu de los antiguos Charquis incas. No se doblega con facilidad. Ni siquiera en esos momentos de mayor exigencia, física, emocional y espiritual.

Es verdad que nadie puede ver a través del corazón. Solo Dios. Pero Dios a veces nos muestra seres para que comprendamos que su corazón está en las cosas más sencillas de la vida. El Taita es una de esas herramientas de Dios. Tal vez lo digo porque su oración, su rezo, es el más ecuánime y generoso que he podido escuchar nunca. Pide por todos por igual, por los pobres y los ricos, por los paracos, los guerrilleros, los militares, por los gobernadores, los alcaldes, obispos y arzobispos. Dice que todos tenemos defectos y errores, pero que ante Dios todos somos iguales. Porque y concluye el taita  "solamente el que purifica la sangre y las almas  es Dios del cielo". 

Un ratón cruzó la sala. Llegó hasta la cocina. Al frente estaba el pedazo de queso envenenado que le había puesto doña Flor. Ella, una viuda cincuentona sentía repulsión por los ratones. Había ensayado todas las trampas y venenos que se anunciaban en el mercado. Pero el nuevo inquilino seguía inmune. Así que consiguió un gato, uno que le había recomendado una amiga. El ratón llegó hasta el queso. Lo olió. Se llevó las patas delanteras al hocico y pasó de largo. Buscó un pedazo de galleta y volvió a entrar al agujero del que salió. El gato desde el sofá bostezó. Sigiloso se dirigió hasta el pedazo de queso. Con los dientes lo llevó hasta el recipiente de la basura. Se aseguró, como muchas otras veces,  de no tragar saliva. Luego, se echó en el sofá  a esperar que Doña Flor le sirviera su taza de leche caliente.

Hay amores que vienen desde antes. Amores que eran citas acordadas de otras vidas y se establecieron para determinado momento, con ciertas alineaciones astrales. Eso dijo un maestro yogui en una meditación. Aquella vez, en compañía del maestro, vi una muchacha muy bonita que me sonreía. No dije nada referente a mi visión. Pensé que esa imagen era un invento mío por mi fijación con las mujeres bonitas. Luego, a los días, conocí una mujer que curiosamente se fijó en mí. Hecho que cambió las dinámicas porque estaba acostumbrado a cortejar diez mujeres para conversar, finalmente, con una. Cuando la encontré, estaba en una cafetería leyendo el periódico, ella me saludó y me dijo que había soñado conmigo. Sonreí y por seguir el juego respondí que la estaba esperando. Imaginé que se iría, pero no, se sentó y hablamos toda la tarde, la semana, el mes... Ahora está dormida en mi lecho, veo su espalda con pecas, desnuda, blanca. Los primeros rayos del sol entran por las rendijas de la puerta. Sus piernas de bailarina se envuelven entre las cobijas. La veo y siento que llevo años mirándola, años esperándola. Con sigilo llevo mi barbilla hasta su cuello y la deslizo por la columna vertebral hasta la entre pierna. Ella suspira y habla dormida en una lengua que no entiendo. En ese momento veo su rosto y no dista mucho del que vi en la meditación. Entonces sonrío y continúo, sin demoras, recuperando el tiempo perdido.