- En menos de un mes me voy para Argentina y creo que me iré sin acostarme con algún chico.

- Pensemos, entonces, en un candidato.

- La verdad no hay ninguno que me guste.

- Eso es un problema. Pero… si… te digo el nombre de un chico y me decís que te parece. Haber… que tal el músico aquel… ¿Cómo es que se llamaba?

- Ahhh… ni pensarlo… Yo quería con él algo serio. Además me gustaba. Lo veía tan centrado, tan dulce, tan buen partido, tan conversador… pero la cagó a última hora. Una noche me rogó para que nos tomáramos un café. Acepté. Las cosas se calentaron y nos dimos unos besos y empezó a decirme una cantidad de cosas raras. Fue muy meloso. Y eso que me pasara una y otra vez las manos por el rostro no me gustó. Así que le dije chao. La idea era hacerle las cosas difíciles para que me valora y viniera a visitarme no solo en busca de una aventura sino de una compañera. Pero no volvió ni siquiera a saludarme. Y cuando le hice el reclamo se puso a llorar.

- Descartado. Y el muchacho que te está llamando.

- Ehhh… ese está muy pollo e inseguro... y yo bien insegura… Imagínate… ¡Un desastre! Además, él acaba de salir de una relación larga y se le nota a leguas que lo que quiere es no estar solo. Lo peor es que es un bobo. Ayer estábamos en el bar. Me dieron ganas de ir al baño y él me siguió. En la puerta me dio un beso y me gustó. Claro, quise otro beso y lo busqué pero el pendejo me dijo que no daba besos en público. Así que se pudra.

- Y el arquitecto.

- Al pobre ni lo menciones. Él solo sirve para hablar por teléfono. Por la bocina él puede destrozarla a una y revivirla infinidades de veces. Pero cuando está en cama… la verdad… no sé como se lo aguanta la esposa… pues… la vez que estábamos en el lecho no hubo poder humano que le despertara su muchacho. Mucho bla… lo único que se levantó fue él movido por la vergüenza y se fue.
- Ni modo. Ninguno podrá ayudarte.

- Es cierto. No hay un chico con el que pueda estar y me trate con amor al menos una noche. Queda desmitificada la teoría de que una mujer puede acostarse con el hombre que quiera. Al menos a mí no me sucede así.

- Y… si… mira… que tal… yo… y… no sé… ya te vaz…

- No sé… y si… uhhh… tú… no… ahhh… si… uf… ahhh…
Por épocas el impulso de abrirse las venas en las manos se disipa porque encuentra un amor, un trabajo o alguna distracción momentánea. Luego, como siempre, vuelve la sensación recurrente de que la vida no tiene sentido.

La familia un fiasco. La madre hizo un préstamo dejándole una deuda por más de un año. El hermano la convenció de que fuera fiadora para compararse una moto y trabajar de mensajero. Pero él se gastó el dinero en fiestas y en una de esas embarazó a una chica. Por lo tanto no pagó la deuda y el banco le va embargar a ella las máquinas con las que trabaja. Maquinas que no le pertenecen. Pero eso no le importa a al banco porque se sabe que esa entidad es el templo del diablo. Por algo nunca pierde.

El amor una mentira. Todas las relaciones basadas desde la desgarradura, el sexo frenético, el miedo a estar sola oculto en el gemido ensangrentado. Ningún hombre la ha conocido más allá de sus piernas abiertas. Le pesa los treinta y no haber encontrado un compañero, no haber tenido un hijo, no haber terminado la universidad, no poder pedir ayuda cuando las pesadillas la despiertan en un solo temblor.

Y aún así, no son esos motivos los que la hacen pensar en suicidarse. Hay algo más antiguo, de otras vidas que la impulsa a hacerlo. Cree, en investigaciones exotéricas realizadas, que en sus otras vidas se ha suicidado y hasta que eso no lo transforme, no lo trasmute, se repetirá en las vidas siguientes. Es decir, en esta vida.

Los treinta sin nada seguro en una mujer es como habitar un hueco dentro del abismo. Ayer quemó todas las hojas de un diario que la acompañó desde hace años, en el que todas las noches escribía: “hoy es un buen día para morir”. Hoy, apenas se despertó, aseó la casa. Todo lo que no le gustaba lo echó a la basura. Escribió una carta. En la tarde se bañó, se puso el mejor vestido, programó en el computador las cuatro estaciones de Vivaldi y se acostó en su cama. Minutos después, las palomas, en manada, precipitaron el vuelo.
No odio a nadie y nadie le deseo el mal. Pero tampoco soy un alcahuete y no estoy dispuesto a que nadie me humille y ofenda. Estoy hasta la coronilla de sus viles manifestaciones de desprecio. De que me insulte y ante los jueces cambie la versión de los hechos manifestando que soy yo quien lo ataca sin que se le compruebe lo contrario. Hoy será el último día que le permito hacer lo que le da la gana. No tengo la culpa de que la mujer que él ama me ame a mí. Eso es problema de él y no mío. Que solucione sus carencias afectivas consigo mismo o como pueda. Además, yo no me metí en ninguna relación. Cuando llegué ellos ya habían terminando hace tiempo. Y como él no pudo hacerle el duelo se dedicó a amenazar a todos los hombres que se le acercaban a ella. Pero el muro siempre encuentra la roca que lo tarja. Sé que aparecerá en unos minutos a amenazarme con la idea de amedrentarme. Primero la insulta a ella y luego me insulta a mí. Y como la justicia no hace nada para impedirlo me tocará tomar la ley por mis propias manos. Por eso salí de la casa con un cuchillo en el bolsillo del pantalón. Ella no sospecha de lo que puede suceder. Aunque sabe que él aparecerá, cree, como en otras ocasiones, que pasaremos en silencio para no alterarlo más. Dejo que piense así porque está asustada. Lo sé porque le tiemblan las manos y tiene la respiración agitada.

- Ahhh… así los quería ver… par de hijos de puta… ¡haber!.. puta… por esa poca cosa me cambiaste… me das lastima… perra… maldita perra…

Ella me aprieta la mano para no llorar. Entiendo que está aterrada. Él huele su miedo y se nos atraviesa en el camino. Empuño el cuchillo en el bolsillo. Cuando está cerca, muy cerca, donde no pueda escapar, lo alzo y se lo clavo en el ojo izquierdo. Un chorrito de sangre precedido por un chillido asqueroso, como el de un cerdo que es sacrificado me estremece. Lo veo caer y revolcarse en el suelo pidiéndome ayuda. Vuelvo alzar el cuchillo y se lo entierro en la espalda, creo que cerca del pulmón, antes de irme. Partimos en silencio y con cada paso los chillidos insoportables del hombre menguan.
Me escapé con una alumna de la universidad para Perú. Le dije a Lucrecia que iba por cuestiones de trabajo. La alumna, quien lo imaginara, era gorda. ¡Yo, Florentino, con una gorda! Pero me gustaba y fuimos a unos termales que estaban en la entrada de Machu Picchu. Fuimos a los termales que olían a plumas de gallina remojadas en agua caliente. Lorena se quedó en el hostal. No quería que la vieran en vestido de baño. Desde que estábamos juntos su gordura le representaba un problema. Cuando su gordura había dejado de importarme porque ella me había demostrado que su inteligencia era más sensual que su cuerpo. Por ello, no necesitaba ser delgada ni vestirse con minifaldas o prendas insinuantes para llamar la atención. No era una mujer para olvidar como se olvidan a las mujeres que pasan todo el día preocupadas por su imagen. Mujeres que se visten con prendas trasparentes, insinuantes, con escotes profundos, con los que más que despertar la imaginación despiertan el instinto. Lorena no era una de esas mujeres que se deja por otra parecida, y así sucesivamente en el tiempo de la prisa y la Internet, donde el amor es una ecuación de utilidades y apariencias. Como si todas las mujeres fueran la misma mujer. Cada vez hay más mujeres delgadas que parecen muñecas exhibidas en vitrinas que para acceder a ellas sólo exigen deseo y olvido. En cambio, Lorena era una mujer que no se agotaba en la conversación y cuando se desnudaba su actitud era como un vestido que no podía quitarle. Incitaba el erotismo a través de la imaginación.

Partimos de Aguas Calientes en la mañana. Abordamos el tren que llevaba a los obreros hasta Hidro. Allá conseguimos una combi que nos condujo hasta Ollantaytambo, el lugar donde estaban las torres de vigilancia de los incas. Conseguimos un hostal y descansamos. La dueña, una mujer joven, nos dijo que podíamos entrar de ilegales a unas ruinas y nos dio las indicaciones. Madrugamos a las seis de la mañana, cruzamos un campo de trigo y saltamos un arroyo para entrar en las ruinas. Encontramos algunos lugares destinados a las torturas. Por lo general, los incas eran pacíficos pero inclementes si alguien quebrantaba sus leyes. En el suelo había fisuras de roca donde amarraban a los infractores que eran apaleados, muchos hasta morir. A los incas de rango alto se les castigaba tirándoles rocas sobre la espalda desde las altas peñas. A las vírgenes que sorprendían hablando con un hombre las colgaban del cabello. Los métodos de castigo eran arbitrarios, pero era una de las bases para el funcionamiento de la civilización Inca. Sin los castigos no hubiera sido posible la obediencia. Por eso los líderes, los caudillos, tienen cierto aire militar que les ayuda a implantar el orden. Necesitan imponer sus ideas para demostrar su poder. Un Simón Bolívar, un Napoleón, un Alejandro… no hubieran conducido grandes ejércitos si no hubieran impuesto la obediencia y la disciplina en sus hombres. Las casas de los incas no hubieran sido construidas si no hubieran creído en el poder de sus líderes. Poder que les permitía defenderse ante el enemigo y construir moradas de gruesas paredes, ubicadas en lugares estratégicos para que los guerreros pudieran observar el avance de los españoles. Otra sería la historia si los españoles no hubieran conocido la pólvora. Salimos de las ruinas por la entrada principal y nos despedimos de los guardas como si hubiéramos pagado la entrada.

Lorena y yo compramos pasaje para Arequipa, la ciudad natal del escritor Mario Vargas Llosa. Nos hospedamos en un hostal a cuatro cuadras de la Plaza de Armas. Arequipay, término quechua, quiere decir: “bien está, quedaos” en Arequipa la ciudad blanca. La ciudad de la piedra sillar en la construcción de templos, conventos y casonas. La ciudad de las canteras del volcán Misti. La ciudad-puente a los dos cañones más profundos del mundo: Cotahuasi, provincia de La Unión, y Colca, provincia de Caylloma. La ciudad colonial de Perú. La ciudad sin edificios. La ciudad medida de evacuación en caso de sismos.

En las afueras de Arequipa estaba la mansión del fundador Francisco Pizarro. Lo monstruoso de la mansión era la cocina. Más que cocina era un salón de tortura. No había chimenea para el escape del humo. Cada olla pesaba entre 25 y 40 kilos. La indígena que rechazaba al fundador o a algún español de alto rango, estaba destinada a cocinarle al ejército español hasta encorvarse debido al peso de las ollas, o a morir asfixiada. Su promedio de vida era de cincuenta años.

En la Plaza de Armas, en las escalas de la catedral, Lorena dijo que soñaba conmigo de la mano por las calles de Lima. Sonreí y le dije que podía regalarle una argolla sin necesidad de comprarla, por arte de magia. Al instante apareció un artesano y nos ofreció un anillo en tres soles y le dije:

—Viejo no tengo dinero, pero le propongo un trato.

—¿Cuál?

—Vea… No tengo dinero. Sé que necesitas dinero para los materiales de las artesanías. Pero puedo decirte un versito. No es dinero pero es arte. Si crees que ese versito pesa tres soles me das el anillo. Si no, nada.

—Ehhh… a ver… ¡Este colocho! Listo, porque me cae bien acepto el negocio.

—Bueno, el verso es este: “Si la vida es una autopista al mar yo soy un automóvil en reversa”.

—¡Caramba! Toma el anillo. Dios los bendiga.

El verso lo había escuchado hacía años en la universidad, aunque desconocía el autor lo hice pasar como propio. Fuimos al hostal y nos dimos un beso lento. En la mañana me desperté y en una libreta en blanco escribí un promedio de treinta poemas donde pinté con versos a Lorena. Puse la libreta con los poemas cerca de la almohada y salí del cuarto. En el hostal había viajeros transitorios. Pero los que más me inquietaron fueron dos franceses que estaban en una mesa tocando blues. Cantaron varias canciones de Manu Chao en francés. Los franceses no pasaban de los veinticinco años y eran estudiantes de filosofía. Habían presentado un proyecto en la universidad para viajar a Latinoamérica: aprender español y hacer un relato de viaje. En su travesía habían conseguido marihuana chilena y me ofrecieron. Fue una traba dulce y tranquila. Uno de los franceses sabía quiromancia. Me dijo que iba a vivir mucho tiempo y mi vida sería muy tranquila. Pero en el amor todo estaba enredado. Muchos problemas. Por eso, para soportar ese choque sentimental, la línea de la vida estaba clara y sin altibajos. La línea de la cabeza, la que está paralela a la unión de los dedos, era una línea profunda, la más profunda en comparación con las otras líneas. Eso significaba que tenía muchas ideas locas en la cabeza. Que era un ser creativo. También, que era un tipo muy erótico pero no tenía potencia sexual. Sonreí. Quité la mano y dije: “Suficiente”. Entré al cuarto, Lorena leía el mini-librito de poemas que le había regalado. Me tiré a la cama y le conté el episodio con los franceses. Ella frunció el ceño y me preguntó si yo era homosexual:

—¿Por qué la pregunta?

—No te hagas el inocente, Florentino. Esos francesitos no hacían sino mirarte y tú sonreírles.

—Pero le sonrío a todo el mundo.

—¡Mentira! A ellos más. Si quieres te quedas con ellos.

—Lorena. Espera. Te conté algo que me pareció curioso. Sobre todo lo de la potencia sexual. Porque sabes que no es tan cierto.

—Eso no va al caso, Florentino.

—Bueno, Lorena. Bueno. No tengo cómo demostrarte que no lo soy. Además, no quiero demostrarte nada.

—No te pongas serio, Florentino.


Llego a tu cuerpo con Dios
La luz llega al tacto
El origen de los sentidos
explosión de colores
Beso tu vientre
vacío dulce
abismo cálido
y eres manantial
Toda tú
agridulce
te llenas de peces y suspiros
Eres tierra y firmamento
de ensueños
de espíritus que acuden a la vida
Llego a tu cuerpo con mi muerte primera
dispuesto a nacer
y orar todos los días.
Me gustan los senos grandes, que más le vamos a hacer. No me puedo mentir y menos privarme de verlos por la calle moviéndose con sus vibraciones gelatinosas roba miradas. Debe ser que tengo algún asunto que solucionar con mi madre. Pero la verdad es que disfruto en pararme en las escalas del metro a ver desfilar senos de todos los tamaños, de todas las contexturas e imaginarlos con sus pezones al aire libre señalándome y sintiendo cierto escozor en el estómago. Lo extraño es que Lucrecia, mi compañera, tiene casi el pecho plano y la quiero sin saber muy bien por qué la quiero si sus senos apenas alcanzan el tamaño de las naranjas. Bueno, eso si debo resolverlo pronto. Es una necesidad urgente dormir con una almohada cómoda y delicada.

Hoy salía del trabajo y en el metro vi una mujer con unos senos que me hicieron temblar. Me ubiqué al lado de ella. Miraba el reflejo de sus senos a través de la ventanilla del vagón. Eran grandes y firmes. Dos montañas con un Crucifijo en el medio. Pensé que era injusto ver esos senos porque después ya no me interesaría ver los de Lucrecia. Así que intenté no verlos. Pero una fuerza superior a mi voluntad llevaba una y otra vez mis ojos al reflejo difuso de la ventanilla. Cuando llegamos a la última estación salí primero para no verla irse. Pero, contrario a mi propósito, me quedé esperando que pasara. Toda ella era una vibración gelatinosa que aguaba la boca y los ojos. La estación se llenó de senos, de escotes descarados, de protuberancias dispersas que iban a todas partes menos a mi encuentro. Cuando llegué a casa Lucrecia me esperaba y no me importó que tuviera senos pequeños.

 - ¡Para florentino! ¡Para! En mis tiempos se saludaba antes.
 - Ehhh… en tus tiempos… ehhh en mis tiempos… ehhh…  en estos… ya sabes… no hay tiempo porque dicen en las noticias que el mundo se acaba en una hora y quiero morir… ya sabes… ehhh… amándote… así que hola y prosigamos…

La noche olía a mermelada de guayaba, a leche en nata, a te quiero desnuda hasta que amanezca. La miraba y quería estar dentro suyo y sentir su humedad. Ella me miraba y quería que yo estuviera dentro.

- Florentino a que no eres capaz de estar dentro mío y acompañarme hasta la cocina, como un solo ser, y volver a la cama con un vaso de agua.

- Ehhh… no sé… ehhh… interesante… ehhh… podemos intentarlo… ehhh… pero… ehhh… no respondo si de pronto… ehhh… tu sabes… salimos de la casa y como un ser mitológico patrullamos la noche…

Ella en posición de montaña, sin doblar las rodillas y con las puntas de las manos en el suelo, dirigía la marcha. Yo, unido a ella, erguido, respirando lento, intentaba coordinar mis pasos con los suyos. Salimos de la habitación. Llegamos a un pasillo y nos desplazamos como un mamífero desconocido por la ciencia. Nuestros pasos amortiguaban la respiración y las ganas de correr como niños asustados de tanta alegría. Llegamos a la cocina, ella lentamente se incorporó, abrió la nevera y sirvió un vaso de agua. Bebimos, nos besamos y sentimos que podíamos estar así tiempo indefinido.

- Florentino te siento estómago arriba, que tal si caminamos hasta el patio y miramos la luna llena.

- Esta bien Lucrecia. Vamos hasta más allá del patio e intentamos atrapar una que otra estrella.

Continuamos hasta el patio. Atrás quedaba un ruido de madera seca, un olor a incienso de pino, a animal recién bañado, a noche sin limites, a amor envuelto en suspiros y a centauro que cazaba estrellas.
cuando la conocí ella daba una conferencia sobre la primera infancia. En el recinto habíamos dos ó tres hombres, mientras había unas sesenta mujeres. Me sentía como un consolador en una vitrina. Ella dirigía la charla con mucho carácter y agilidad. La veía tan aire, tan suspiro, tan trasparente que mejor me dije que era mejor no verla más para no seguir con más ganas de verla. Salí con la certeza de que no la volvería a ver porque me moría por ganas de verla. Como quería conocerla por eso no la busqué. A los días ella fue al colegio en el que yo trabajaba a mirar la metodología de la institución. Su olor a durazno en leche, a café con galletitas de soda a las tres de la tarde, a suspiro con miel invadía todo el colegio. La sentí tan cerca que le escribí una carta. Pues, lo confieso, soy un hombre cursi. Me gusta escribir carticas, dedicar besos y canciones y esas cosas que tanto nos gusta hacer para que nadie nos vea. Ese día me enfermé. Creo que fueron las ganas de ella las que me hicieron temblar y sudar y estornudar… pedí permiso para irme temprano. Cuando iba a tomar el bus me la encontré en el paradero. Nos saludamos. Hablamos como si ya nos conociéramos. Mis ganas de ella dolían en los huesos. En un momento, en que ya la carta no era lo fundamental, la saqué de mi mochila y se la entregué. Desde ese instante todo fue un hechizo. Cada cosa sucedida fue un encuentro de luces que se hicieron carne. Recuerdo que hablamos de todo porque todo nos interesaba. Al día siguiente fuimos a un bar y pedimos tequila y el tequila nos llevó al primer beso, al primer temblor de luna, al primer capitulo de una historia de asombro sin remedio. Luego, la noche y los sueños de eucalipto con almidón tatuados en las sábanas. Casi al instante, apenas hubo amanecido, viajamos a Guatapé a construir en un fin de semana una historia tranquila para que apaciguara los torbellinos y abismos que habíamos coleccionado en nuestros corazones.

Ella fue un conjuro, una barca con mariposa en la represa, un beso con margarita, un abrazo bajo la lluvia, un guaro calienta estómago, un temblor de piel, una mirada amarilla bajo el cielo azul, un cuerpo desnudo al tacto, un calorcito húmedo, un gracias en papel de regalo. Yo fui un mago con sombrero que hizo aparecer chocolatinas del bolsillo de la chaqueta, un chico con mirada de tierra y musgo, un mercader de abrazos y besos prófugos, un Romeo que se robó a Julieta del balcón por unas horas, un Ulises de un sueño de Penélope, un Paris que besa a Elena hasta el atardecer… fui un hombre feliz porque en el fondo, ambos lo sabíamos, lo nuestro era finito y solo teníamos ese instante para creer que el encuentro era posible… Luego, ella se despidió y se fue a continuar con sus ocupaciones. Yo me guardé un pedazo de su recuerdo en el bolsillo del jean. Sabía que no la vería más, así que di media vuelta y volví a mi casa a mirar la lluvia empañar los cristales. A veces, cuando me acuerdo de ella, llevo la mano al bolsillo del jean y un temblor me recorre todo el cuerpo.

 
“…mis ojos errabundos / familiares del hórrido vértigo del abismo”
León de Greiff


—Florentino, usted no hace nada. La que toma las decisiones soy yo. Soy la que hace todo. Esto no puede seguir así.

—Me voy —dije.

—No digas pavadas, Florentino. Pero sí necesito que salgas un rato. Necesito espacio para hacer algunas artesanias. Necesito estar sola por lo menos dos horas.

Era jueves, y Lucrecia solucionaba nuestra crisis de dinero. Durante el día hizo artesanías para la Rural. La Rural era un festival de negociantes que se realizaba en Suipacha cada año a principios de mayo. Al evento acudían artesanos, medios de comunicación, comerciantes, artistas, bailarines, recreacioncitas y campesinos. A Lucrecia, la municipalidad le había dado una caseta para sus artesanías.
A las tres de la tarde decidí irme de Suipacha con la determinación de no volver. No soportaba más mi condición de zombi y tomé el pasaporte, la cédula de ciudadanía, el pulóver que había tejido Lucrecia, un libro de poemas de León de Greiff, el gorro peruano, una bufanda, una camisa, el cuaderno de apuntes y unos guantes, y seguí las vías del tren. A esa hora empezaba a sentirse el aire frío porque se terminaba el otoño y el invierno entraba poco a poco. Iba cabizbajo observando cómo las botas se hundían en el polvo por una vía alterna, de tierra y poco transitada, paralela a la ruta 5. Estaba tan triste que no me di cuenta del tiempo, del dolor de los pies, de los rugidos del estómago. Llegué a un pueblo a 17 kilómetros. En la entrada había un hombre de barba blanca, boina, pipa, botas de cuero y cinturón ancho, tomando mate. Al lado del hombre había un policía quien me dijo que lo acompañara:

—Flaco, de dónde viene.
—Soy colombiano. Pero vengo de… eh…
—¿Qué hace tan lejos?
—Me perdí.
—No le creo.
—Salí a caminar porque peleé con mi enamorada, Lucrecia. Estamos de vacaciones y peleamos. Así es el amor. Uno sabe si ama a alguien solo cuando viaja con él. La verdad, ya no sé si la amo. Por eso caminé y creí que estaba de vuelta y resulté aquí. ¿Me regala un cigarrillo?

—¡Claro, Flaco! ¡Che, tienes una cara de muerto! Flaco, páseme el pasaporte y el DNI. Flaco, aquí no puede pasar la noche. Flaco, ¿no tiene un número de teléfono para avisar que estás acá?

—No.
—Problema, Flaco. Problema. Toma el pasaporte y el DNI. Siga esta calle. Allá al fondo pregunta por doña Coca. Dígale que va de parte mía. No tengo dinero para darle pero sí comida. Flaco, con ese aspecto un choripán le hará bien.

Ese pueblo era una calle custodiada de casas. Era una línea con bombillas y un puñado de personas. Parecía una maqueta de pueblo a gran escala. Llegué al club y vi a doña Coca, era una mujer diminuta de unos cincuenta y cinco años. Dije que iba de parte del policía y que si me daba un choripán. El choripan era rodajas de chorizo que invernaba en bodegas hasta un año y se comía con pan. Doña Coca me miró y dijo que eso no le constaba. No insistí, pero le pedí el favor de que me dejara descansar en un rincón para reponer fuerzas. Dijo que bueno. El club era un salón provisto de mesas para jugar póquer y billar pool. Al fondo se divisaba un salón grande con cajas de cerveza y canastas con empanadas. Frente al salón había una pista de baile con mesas incluidas donde sonaba cumbia y la gente se iba acomodando. Los niños se arrumaban en la ventana para verme y cuando los miraba se escondían. Me olvidé de los niños y sin saber bien en qué momento todos los que minutos antes jugaban en la mesa de póquer estaban en el salón de baile. Me quedé hasta las dos de la mañana sentado en el mismo lugar esperando el policía que no apareció. A doña Coca debió conmoverla mi situación porque me tocó el hombro y me dio un choripán y una coca-cola. Sonreí antes de comer. Luego, en agradecimiento, busqué en el bolso el libro de León de Greiff y le dije a doña Coca que no tenía nada más que ofrecerle. Ella sonrió y se quedó viéndome salir del Club. Afuera el frío heló mis manos. Así que me puse los guantes dispuesto a caminar en dirección a al cuartucho que tenía rentado con Lucrecia, pero desconocí el camino de regreso. Giré a la izquierda. Otra vez a la izquierda. De nuevo frente al club de doña Coca. Respiré. Giré a la derecha. Llegué a un molino donde encontré la recta que me llevaría hasta el hotel. Había una niebla densa que no permitía ver más de dos metros. Maldije la niebla y la promesa de envejecer junto a Lucrecia.

Las rodillas dolían desde los huesos. Empecé a sentir frío y cansancio. Cualquier cosa podía sucederme porque no tenía las fuerzas para defenderme. Empecé a sentir que me faltaba el aire y que algo crecía en el pecho, como una especie de nudo. Fue cuando no resistí el dolor y grité enojado con Dios. En ese instante el cielo se despejó y se insinuaron las estrellas. Pero maldije las estrellas y le dije a Dios que Él era un hijo de puta. Las estrellas se tornaron cada vez más difusas. Bajé la cremallera y saqué el miembro:

—Dios, ¡chúpamela! ¡Cabrón, hazme algo! ¡Mátame de una vez! No he hecho nada tan malo para merecerme tal tristeza. ¡Nunca estuviste conmigo! ¡Nunca! Pero siento que me abandonaste.

El llanto se hizo incontrolable y los gritos me desgarraban las entrañas. Quería morirme para no sentir más la agonía de estar solo y el frío que me quemaba en el rostro. Quería verle la cara al espanto para que me dejara de espantar. Quería enfrentar el miedo al dolor, a saber que podía morir. Quería gritar y que lo que había dentro saliera. Quería purgar toda mi tristeza, sacar desde las tripas todos los pensamientos que oprimían el espíritu. Quería sanar para encontrar en mí la fuerza para continuar el camino. Quería nacer y para nacer había que morir y para morir había que dejarse llevar, sin resistencia, sin miedo, como dice el proverbio chino: “Para vencer, ceder”. Entonces se me doblaron las rodillas y todo se hizo oscuro.

Abrí los ojos y estaba acostado a la orilla de la carretera. Como pude me levanté y di pasos cortos. Un paso tras otro. Cuando llegué al hotel me enteré de que Lucrecia tenía un operativo de búsqueda. Al verme, ella hizo una llamada por teléfono: “Ya llegó”, dijo. Luego se fue sin despedirse para la Rural. Me quité las botas y tenía los pies hinchados con ampollas de sangre. Cerré los ojos y no pude dormir. Aunque estaba solo algo me decía que no estaba solo. Por primera vez, desde que había salido de casa, sentí que había hecho algo por mí. Había enfrentado el miedo a morir. Entonces, dejé de asustarme ante Lucrecia. Algo, dentro, me decía que iniciaba el viaje. Ya no era necesario ser un hombre servicial por miedo a quedarme sin techo o comida, sino que era hora de salir a mi encuentro. Porque son más los que se aferran a la servidumbre por miedo a perder cierta estabilidad que los que se atreven a buscarse a sí mismos. Sabía que algo en mí había muerto y por ello podía dejar de servirle al miedo de morir solo. Creo que fue en ese instante cuando sentí que otra mano era mi mano, otros pies mis pies, otros oídos mis oídos. Escuché los pájaros y su canto fue hermoso. Empezaba a reconocer la magia que siempre estuvo pegada a mis narices.
Me gustaba, de chico, ir a la casa del vecino y robarle naranjas. Aunque en mi casa había naranjas no me gustaban porque no me exigían esfuerzo e ingenio y por eso no me sabían tan buenas. En cambio, las naranjas del vecino requerían la formulación de un plan para poderlas saborear. Imaginaba la ruta hasta el árbol, la hora en que debía dirigirme entre el cafetal para que Don Álvaro, el vecino, el dueño de los naranjos (como si los naranjos tuvieran dueño) no me descubriera. Pero ocurrió el día en que me descubrió y mientras pelaba una naranja me dijo que se quedaba con las otras. Me fui para la casa furioso con un naranja en el bolsillo imaginándome como desquitarme. Como él en las tardes pasaba por la casa en caballo imaginé lo que debía hacer. Aproveché que el césped estaba crecido y con cada mano hice un montoncito y los até formando una n. Esa era mi trampa y de esta manera el transeúnte, en este caso Don Álvaro, se tropezaría y trannn… lamentaría haberme quitado las naranjas. Hice cantidad de trampas y me quedé bajo un árbol de café esperando que apareciera don Álvaro. Cuando lo vi en su caballo blanco sentí un vértigo y una descarga eléctrica de satisfacción en el estómago…

- ¡Hifueputaaaa… quién putaaas… hijo de puta… ehhh… ahhh… ayyy… mierda..! dijo don Álvaro mientras se paraba con césped en todo el cuerpo.

De mi casa Salió el abuelo y yo aproveché y lo tomé de la mano y salí, como si no supiera, a ver que había sucedido. Miré a don Álvaro furioso madreando a todo el mundo. Sonreí y mientras se marchaba mordí la naranja que no alcanzó a quitarme. Pocas veces he sido tan feliz.

Las calles de la comuna trece de Medellín son peligrosas. La sangre de los muertos y el llanto de las victimas callaron todas las cantinas. Desde hace días las cosas empeoran y no hay como remediar la guerra porque nadie quiere remediarla. Marzo inició con una balacera e insultos que hicieron de la ciudad una caldera. Sobre la terraza de las casas se escuchaban caer, como lluvia, los casquillos de las balas.

La guerra de Medellín es una guerra de adolescentes porque entre más jóvenes más peligrosos. Entre más jóvenes más amorales, entre más jóvenes más pistoleros... Todavía se recuerda el caso de los menores de 17 años descuartizados en la cima de la montaña de Belencito Corazón. También, el crimen impune de los estudiantes que sacan de las aulas de clase para abrirles la cabeza de un... Cada vez parecen estar más enojados.

Tanto silencio asusta. El viento, como en los pueblos fantasmas, silba canciones fúnebres. Solo tres chicos, con morrales, cruzan la calle en dirección a la montaña. Uno de ellos lleva una pala. El tercero, un muchacho que nadie ha visto antes en el barrio, va atrás, cabizbajo. Cruzan el puente y el último edificio. Luego, a las tres horas, vuelven solo dos chicos sin pala…

El silencio aturde. Los pájaros no volvieron por esta parte de la ciudad. Parece que a Dios lo hirió algún joven iracundo.
Admito que no he sido un santo. El que ahora esté tranquilo y alegre no implica que siempre fue así. Soy también el pasado que purgo, las mujeres con las que me enredé. Mujeres que no escuché por tocarlas. Mujeres que irrespeté para no suplicarles afecto. Mujeres que tuve que vomitar para asumirme propio y acudir a la mesura. Pero los recuerdos son insepultos mientras sean dos los que se eviten. Me explico, conocí a Sandra en un bar a puertas cerradas. Ella tenía una aureola de deseo y me dejé envolver. Esa noche nos tocamos como marsupiales porque lo nuestro era fuga, tristeza acumulada, herida abierta, un encuentro imposible. En fin, eso fue hace mucho. Pues, por estos días ando en la tarea de pensar específicamente en lo suficiente para tener tiempo de sonreír. Además, celebro que conocí la mujer con la que quiero estar muchos días porque no me hace preguntas. Nada más, la semana pasada, estaba en la casa de Lucrecia, la cómplice, y le ayudé a recolectar naranjas.

- ¡Florentino! Las mejores naranjas son las del copo. Son las que más jugo tienen, dijo Lucrecia.

- Lu, recuerdo que de pequeño me trepaba a los naranjos a mirar las nubes. Me quedaba en ellos mirando como pasaban sin prisa por el firmamento, mientras me chupaba un casco de naranja...

- ¡Florentino! espérame un instante voy por un recipiente.

- No hay problema, concluí.

- ¡Florentino! ¡Si..! ¡Florentino… qué sorpresa! ¡El mundo sí qué es un pañuelo!

- ¡Ho-ho-la!, respondí al ver a Sandra en el balcón del segundo piso de la casa que rentaba Lucrecia.

- ¡Qué haces ahí!, continuó.

- Ah, eh, recolectar naranjas porque soy un experto… eh… de pequeño me pagaban por esto…

- No bromees, es muy extraño que te vuelva a ver, ahí, trepado en el naranjo de la casa de la vecina.

- Si, pero es que… ¡espera..! ¡Luuuuuuuuu..!

- ¿Parece que ya se conocen?, dijo Lucrecia.

- Si, la conocí en un bar que frecuentaba, respondí.

- Es cierto, íbamos al mismo bar y una que otra vez cruzamos palabras, repuso Sandra.

- Chao Sandra, un gusto verla, ya sé donde vives, dije mientras me bajaba del naranjo.

- Chao, repuso Sandra, pero su mirada era fuego, dos minutos más y me hubiera rostizado las pestañas.

- Florentino, ¿Dónde conociste a Sandra?

- Ah… si… en un bar. Hace mucho tiempo no la veía. ¡Qué sorpresa encontrármela así, tan de frente! Uf… Es un bumerán la vida… ¡Todo vuelve!, por eso, negrita, te tiro un beso y un abrazo.
Ella miraba por la ventanilla y nada parecía distraerla. Aproveché que su atención estaba en otra parte para dirigir mi mirada a sus pechos. Sus pezones se insinuaban sobre su camisa blanca. Quería dirigir mis ojos a otra parte porque no me parecía muy honesto mirarla así, pero, más miraba. Algo me decía que esas dos protuberancias eran del tamaño de mis ambiciones. Por ello, me fue inevitable ocultar mi exaltación. De un momento a otro, cuando el bus nos dejó en la estación del Metro la vi alejarse e intenté, sin éxito, volver a caminar rítmicamente.
Un brote de ti surge en mi pecho y busca la luz del sol y vibraciones violetas de un amor más antiguo que lo imaginado. Retumban piel adentro canciones ancestrales que ayudan a que tus ramas lleguen a mi intestino, brazos, boca, cabeza… y florezcas y todo yo sea tú que floreces. Dentro, te esparces en los latidos, en los pensamientos, en los sueños emanando un perfume que huele a reconciliación conmigo mismo, a domingo a las nueve de la mañana, a quiero estar a tu lado el tiempo que me toque, a hierba buena, a que eres la mujer que buscaba, a que contigo terminan todas las búsquedas, a torta de chocolate, a besos explosivos, a felina de luz, a permiso para amar, a erección controlada, a tabaco bien intencionado, a Diana con estremecimientos de abrazos multicolores, a palo santo y sonrisas contagiosas.
Te vi en otra
Eran los suyos tus ojos
y sus labios carnosos los tuyos
No podía dejar de mirarla
Eras tú que habías vuelto
a hacer el amor hasta levitar
a bebernos gota a gota el desespero
a huir de los horarios restringidos
a quererte y a no quererte
a remover el pasado como brazas
a besarnos por amor y culpa
a masturbarme de solo
de ti
a reventar estrellas con mi ira
a no desearte mientras suplico compañía…

Tus labios ya no son
ni tus ojos
éstos que veo.
Me distraen todas las mujeres hermosas. Ellas son alimento a los ojos. Por ello, las feas, gracias a Dios, me son indiferentes. No soportaría ver con el mismo deseo a feas y hermosas. Explotarían las corneas como bombas de aire.

Confieso que me gustaría con todas y entrar en ellas para luego partir. Así ensanchar el vacío de mí con rostros de ellas. Rostros que entre más los veo más me gusta ver porque al instante los olvido. Tocarlas y entrar. Tocarlas y besarlas. Tocarlas y dejarlas por otras que también tocaré. Tocarlas y construir de todas una Eva trasatlántica que olvide entre mis brazos, cada mañana, cuando ella sea doscientas.

 
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Las calles de los pueblos pierden la magia de ser los patios traseros de los trasnochadores que siguen en pie, desgastándose, adoleciéndose, muriéndose de amor, ebriedad, poesía, vacío, conversación… porque la lluvia ha borrado todo rastro de sueño y la libertad fue aplastada por el asfalto.

Las calles son líneas hirviendo hacia una caldera donde se funde toda hospitalidad. Por algo, se aprende a caminar sin mirar porque se nos olvidó detenernos a observar algún balcón y saludar alguna anciana. Caminamos como un topo en la luz. Molesta mirar, estar, saludar, hacer una fogata, besar desde las tripas. Molesta Dios y los caminos. Por eso, permanecemos la mayor parte del tiempo encerrados, asustados, en busca de la ventana en el muro sin ventana. Estos no-caminantes en que nos convertimos condenamos el asombro y las miradas contemplativas a permanecer bajo llave. De ahí que no nos duela lo que sucede porque no sabemos lo que sucede.

Desde que dejamos que el afán colonizara el aire y las casas de tapias fueran remplazadas por edificios se nos olvidó sonreir, caminar descalzos, jugar balón pie y escondernos de la vecina que gritaba roja de ira “¿Quién pagará el puto jarrón? el que le trajo su marido de la casa de la amante. Dejamos de perseguir globos con un espejo, trepar muros, saltar andenes, llorar por una torcedura de tobillo o golpe en el dedo meñique del pie. Dejamos que las calles fueran invadidas por el transito que no llega a transeúnte.
Desde hace unos días te apareces así, de instante, de arrebato, de asombro, como si quisieras, a propósito, dejarme sin palabras frente a la aparición que eres: el sueño posible que olvido cuando partes y vuelvo a soñar cuando apareces. 

Imagino mil formas de no tocarte para poder tocarte, inventarte cada día como si por vez primera te viera y te quedaras entera en las retinas como una enfermedad que cura. Imagino mis manos, más que los ojos, dibujando tu cuerpo como un murmullo de agua dulce, como solo de tropeta en si sostenido, como una tarde desnuda, trigueña, liviana, de senos pequeños y piel acuarelada en naranja y azul. Imagino que me acuesto en tu cuerpo a esperar a que salga la luna dispuesto a morir de ti en cada momento, en cada suspiro, en cada beso.

Eres una casa con balcón para mirar el cielo y escribir tu nombre entre las nubes y dejarlo caer y se adentre en la tierra para que retoñe una de tus sonrisas en mis manos. Porque cuando te escribo camino tu recuerdo en busca del lugar donde me esperas entre sábanas,  húmeda, tierna, con un abrazo acurrucado en tu vientre, con un te quiero despeinándote salvajemente, requiriendome tuyo, requiriendote mía. 

Rulos de nubes
cuelgan como resortes
y millones de desprevenidos
miran las suelas de sus zapatos
mientras arriba
el suspiro 
es azul extendido
a lo ancho y largo
del firmamento.
Sentado en el balcón de su casa ancló sus ojos en el sur. Desde siempre se ha sentido atraído por el sur. Cree que el sur es el punto cardinal que posee los lugares que más le gusta. En el sur está el oriente, el vacío y el occidente. En el sur está la morada para nacer. Así que él salió de su casa dispuesto a recibir el año en el sur. Solo en el sur en busca del centro, la palabra más antigua, el sentimiento más originario. Salió sin mirar atrás para olvidarse de la  hermana que lo ve como el padre más joven que hermana alguna ha  tenido y de la madre que lo ve como  el esposo más joven que madre alguna ha parido. Llegó a la terminal y abordó un bus que lo llevara al sur del país. Algunos choferes le dijeron que por el invierno las vías del sur estaban cerradas. Es decir, no había sueños porque no había sur. Pero èl querìa soñar y eso no le importó. Había decido viajar al sur así que cualquier lugar del sur era indicado. Llegó a una ciudad del sur que no conocía. Guardó la mochila y abordó una combi rumbo al sur de Cali. Se bajó en un parque donde vendían artesanías y se compró una ruana porque necesitaba una chica del sur, trigueña, caleña, de nubes negras, sol bochornoso, tráfico caótico, libros podridos en subasta en sus muslos, culebreros bendiciendo dinero alrededor de su ombligo, piernas largas y empinadas… la chica después de venderle la ruana dejó de sonreírle y le dijo que había sido un gusto atenderlo. Él salió con la ruana que no necesitaba bajo el brazo y compró un almuerzo que no necesitaba para olvidarse de la chica que si necesitaba. Caminó hasta otra plaza pública y se sentó en una banca a ver desfilar a las mujeres con faldas. Piernas de todos los tamaños para todas las direcciones. Piernas empinadas que terminaban donde empezaban las catedrales y los café internet. Piernas de chicas que no lo necesitaban y no respondían a su mirada. Piernas que pasaban de largo para ser sustituidas por otras piernas que también pasaban de largo hasta el insoportable dolor de ojos. Él decidió volver a la terminal de transporte de Cali y olvidarse de las piernas de la ciudad de Carlos Mayolo, Andrés Caicedo, Willian Ospina… La ciudad de las chicas que venden ruanas que no se necesitan porque no es una ciudad fría. La ciudad de las piernas empinadas que abren todos los ojos desprevenidos. La ciudad de las nubes pegajosas que se tragan el cielo casi todo el día. La ciudad de los culebreros y las catedrales olvidadas. Compró un tiquete más hacía el sur porque el sur es el inicio de todo viaje. El sur es a donde se mira cuando se sueña. El sur es donde más cerca  está  la sonrisa. El sur es donde más palpita el pecho.