Como enfermedad terminal
el gris se expande en la montaña
engendrando sonámbulos

Más de cuatro millones de cuerpos
temen a sus sombras que afilan en la noche
más de cuatro millones de cuchillos.
Al caer la tarde salen a ser observadas
Desfilan para ser buscadas por las miradas
El deseo se despierta
como si hubiera estado muerto por mucho tiempo
El amor se tapa los ojos
porque el instinto es más fuerte
y necesita más de las periferias
de las mujeres que pasan
una y otra vez
conscientes de las miradas que las tocan
Muchos sueñan con procrear con solo mirar
con estirar las manos y atrapar
como frutas
aquellas ninfas de senos grandes
cinturas ceñidas a los vestidos
piernas alargadas y desequilibrantes
Al caer la tarde incontables miradas
aferradas a cuerpos eléctricos
como insectos
desgarran los vestidos.
Hice el ejercicio de imaginar cómo ibas vestida y te vestí con atuendos algo livianos, insinuantes, como me gustaría verte. Imaginé que ibas con ligueros negros, tacones rojos y un corpiño trasparente. En mi imaginación me mirabas y te tocabas porque sabías que eso generaba mucho efecto en mí. Aunque sabía con certeza que irías al encuentro con un atuendo discreto y serio, como suelen vestirse las mujeres comprometidas que trabajan y han luchado por su independencia económica. Llegarías con la imagen de aquellas mujeres que a pesar de su ropaje poseen una mirada incendiaria que delata la urgencia del deseo que altera el curso de sus días. Solo así, renovar energías, gemir y suspirar. Pero, es precisamente por eso, por lo que hay en sus miradas, que se visten cómo si quisieran ser miradas sólo por la sospecha de la imaginación que busca el cuerpo insinuado en sus vestidos. Parecen que visten para que el hombre que las mira sólo pueda obtener de ellas una cita a tomarse un café en un lugar público. Necesitan mostrase a ellas mismas que son mujeres inabordables porque ya sus actos están subordinados según la imagen que proyectan: El pliegue del pantalón, el doblez de la camisa, los zapatos bien lustrados, el peinado intacto, el maquillaje milimétrico y abundante, la dieta programada, los hijos, las responsabilidades, las obligaciones maritales y domésticas. Pero si se les ve detenidamente a los ojos es evidente el deseo ardiendo. Lo que pasa es que estas mujeres ven de lejos los lazos que pueden desestabilizarlas (los que anhelan) y prefieren que esos lazos las sorprendan; incluso, las violente. Necesitan del beso robado, el comentario atrevido, porque solo dan lo que desean dar si se los arrebatan.

Cuando llegaste sonreí. Pedí dos cafés y con una mano en tu mano escuché tu larga anécdota del trabajo y el cansancio que manifestaba tu marido.

En los últimos meses ha tratado de respirar bien para no ofuscarse y perder el control ante los hechos. Para dormir adquirió la costumbre de hacer una serie de ejercicios que le den la fuerza para dormir bien y no cansarse tanto al día siguiente. Luego, rezar un padre nuestro y encender una vela para ofrecerle una luz a las victimas de la violencia. Sabe que Colombia se desangra mientras él trabaja leyendo cuentos infantiles en una institución para niños menores de cinco años. Incluso, hay semanas en que ignora en que país vive y no se siente mal por lo que a diario acontece y se ve en los noticieros. La historia del país es la misma hace décadas. Los mismos hechos que eran titulares en los periódicos hace veinte años son los mismos de hoy. Claro, exceptuando la desintegración social y los desastres ambientales que ahora son más atroces.

Esa mañana leyó en los titulares del periódico una noticia que le dio escalofrío. Hablaban de las más de dos mil ochocientas fosas que han encontrado a causa de las muertes seriales ocasionadas por el paramilitarismo. Pasa las hojas del periódico e intenta olvidar aquel acontecimiento que aún le carcome la conciencia. No puede ignorar, así quiera, que los paramilitares aún militan en el país.

En el jardín no puede ocultar su indignación y llora ante los niños. Les dice que les espera un país que prohíbe la libertad y la tolerancia. Los niños no lo escuchan porque son libres y deciden que es mejor jugar a lamentarse sin proponer una alternativa para enfrentar la situación. Él se para frente a los niños y alza la voz. Les ordena sentarse, hacer silencio y estar quietos sin razón alguna. Les enseña a aceptar el grito en ráfagas de impotencia.
El nombre y la imagen del personaje no han sido reveladas por petición de la fuente.

No es un hombre atractivo aunque su actitud podría posar en un comercial de maquinas de afeitar y vender más que los modelos varoniles y casi irreales que aparecen allí. Pero, su rostro, más bien de anfibio, intimidante, no clasifica para avisos publicitarios.

Es un hombre bravo, como un vaquero de la vieja usanza que puede desafiarlo todo, incluso, el miedo a morir. Quizás, por ello, se la pasa desde hace algún tiempo de fiesta en fiesta, entre pistolas y drogas. No importa si muere intoxicado o baleado con tal de que siga siendo respetado o temido. Por ningún motivo aceptará, aunque ya nada pueda hacer para evitarlo, convertirse en el extra de su propia película, en el suplente del jugador que alguna vez por sus gambetas y sus goles fue un ídolo en las canchas, en el espejismo de una promesa para los más entendidos de futbol del país… Pero después de aquel fatídico accidente automovilístico donde se fracturó la columna y quedó en silla de ruedas algunos meses, es todo aquello que se niega a ser: el extra de sí mismo.

En las tardes en que recuerda el pasado, que procura sean pocas porque no soporta la nostalgia, se ve en la cancha corriendo con el balón delante de sus pies como una flecha en dirección del arco del equipo enemigo. Enfrenta las defensas y patea el balón que como un proyectil es inalcanzable para el portero. Después de ese recuerdo, de esa sensación de frustración que se despierta, sale de casa dispuesto a ahogar el pasado en licor.

En su época dorada estuvo en Buenos Aires, en la Bombonera, en un partido entre San Lorenzo Vs River. Ese fue uno de los recuerdos más preciados que lo atormenta en igual medida. El otro fue el encuentro con Maradona donde ambos se metieron varios pases de cocaína. Por ese entonces podía viajar en carros lujosos, con escoltas, intimar con las mujeres más atractivas que el dinero pudiera seducir, meter la droga que el cuerpo soportara, porque era un hombre que nació para no estar pintado en la pared. Además, Faustino Asprilla había afirmado que ese muchacho iba camino a convertirse en el mejor delantero del país. Así lo veían también los comentaristas deportivos, las aves de rapiña del fútbol.

Después de que le informaron que no podría volver a jugar, paradójicamente, el dinero desapareció igual que la mayoría de los amigos. Aquellos que después de un partido lo esperaban en carros blindados y le pagaban cantidades exorbitantes por gol anotado. Quedó solo arrastrándose en una silla de ruedas.

Cuando se hubo recuperado recibió llamadas de Higuita, Aristizabal, el Totono… entre otros, invitándolo a jugar en partidos amistosos en honor de lo que pudo haber sido. Pero para él no era suficiente. Necesitaba demostrar que era un hombre rudo que había nacido para ser grande. Apenas pudo caminar, salir de la terapia, jugar uno que otro partido con los amigos, empuñó un revolver y se dedicó a otros trabajos con los que ha mandado a más de uno al otro mundo.

Vive de lo que pudo haber sido. Se rodea de amigos que lo admiran y lo invitan a beber hasta que el mareo y la nausea le dicen que no es un superhombre. Aún así, como si fuera un hombre superior, advierte a todos los que lo conocen que no deben decir su nombre porque hay personas que lo buscan. En caso tal de que un soplón diga su nombre en público, entonces… bueno, mejor no imaginarlo. Pero, así diga una y otra vez su nombre a desconocidos y advierta que nadie puede decirlo, no es capaz de no hablar de sí mismo, de alimentar un mito que fue y ahora es una imagen de un hombre cansado que se opaca con los días.
Andan, ahora más que nunca, preocupados por habitar la ciudad y sus múltiples distracciones para pasar en vela la noche. Se hacen viejos y no quieren asimilar que ya pasaron de moda. Sentados en la sala de la casa de uno de ellos se niegan a renunciar al ron, los cigarrillos, la música y la marihuana. Hablan sobre películas que han visto, sobre fiestas en las que cada vez se cansan más rápido, sobre mujeres en común que tergiversan y desvirtúan sin mesura, pero de las que no pueden alejarse. No les gusta admitir entre ellos que les gusta más estar ante ellos que entre ellas. Necesitan recordar, con menos agilidad, los días de corto circuito de cuando creían que podían hacerlo todo. Las mujeres de sus íntimos son como sus rivales. Parecen, a veces, señoras que toman aromática en una tarde de verano y hablan del prójimo con la morbosidad placentera que sienten los tristes sin época.

Borrachos marchan, cada uno, a su casa. Ya trabajan, leen menos, escriben con formulas y estructuras predeterminadas y buscan un rincón para fugarse definitivamente a ninguna parte
Desde hace algunos meses, con el rompimiento de su última pareja, un escritor de baja categoría que la había atormentado los últimos cinco años, ella se dispuso a viajar por el país. Creía que entre más movimiento de cuerpo, menos posibilidad de recordar el lugar de origen.
Conoció variedad de climas, de comidas, de culturas, de distracciones. Pero en las noches, siempre, a la misma hora, sentía un deseo incontenible de llamarlo o mandarlo de una buena vez a la mierda, pero sobre todo llamarlo. No soportaba ver en su celular mensajitos como: "A pesar de todo eres la mujer de mis sombras" "Me desangro de amor y no puedo ya encontrarte". Aunque también, no quería aceptar, esperaba encontrar esos mensajes en el trascurso del día. Quería olvidarlo y no olvidarlo. Quería decirse así misma que podía olvidar en pocos días a ese fantasma que más de una vez la tarjó de muerte, le hizo el amor con escupitajos y veladoras, le escribió las peores cartas de amor y le leyó capitulos aburridos de una historia que ella no entendía. Quería mentirse y volver a llamarlo. Quería que se repitiera la historia: el infierno, los reclamos, las peleas, el sexo de los ahorcados.
Miraba a través de la ventana el cielo. No había estrellas. En su cabeza las ideas eran automoviles chocones sin rumbo determinado. Otro mensajito en el celular. "Recuerdo la humedad de tu cuerpo en mitad de la noche". ¡Puta madre!, piensa. Enciende un cigarrillo y tira el celular por la ventana.
Afuera, tras el rompimiento de un aparato pequeño, un Huawei de servicio limitado, surgen sombras que empiezan a desfilar y a susurrar cosas que ella no entiende.

Un títere está muy preocupado porque no sabe que se celebra el 20 de Julio. Se encuentra por casualidad con un amigo y lo saluda.

Criollo: Hola Antonelo N quería preguntarte el por qué hay tantos niños hoy, sábado, en el colegio. Dicen que es por el 20 de Julio, pero no sé que pasó ese día.

Antonelo N: ¡Cómo! ¿No sabes? Bueno, estos niños están aquí porque están celebrando el grito de independencia del país en que están parados y ven el hombre araña. ¿Cierto que sí niños?

Criollo: y ¿cómo sucedió? Es que quiero saber cómo se dio el grito de independencia.

Antonelo N: haber… gritemos todos… ¡ahhhh…! No, así no… ¡más duro! Ahhhh… Eso es… ese es un grito de independencia.

Criollo: Mentiroso. ¿Cierto niños que ese no es un grito de independencia? Son gritos y ya. ¿Qué es la independencia?

Antonelo N: La independencia es ser libre y poder hacer las cosas por si solo. Por ejemplo, si uno tiene hambre abrir la nevera y tomarse un yogur y no esperar a que la mamá se lo de a uno. Eso les pasaba hace más de 200 años a los colombianos con los españoles.

Criollo: No entiendo que tiene que ver el yogur en esto.

Antonelo N: Usted si es bobo. Muy bobo. Vea, desde la llegada de Cristóbal Colón, el que vino en barco y descubrió a América, nosotros quedamos bajo en mandato de los españoles. Por algo hablamos español. Por eso dependíamos de ellos. Es decir, nosotros hacíamos todo lo que ellos decían. Por ejemplo, si teníamos ganas de hacer chichí y ellos no nos dejaban ir al baño nos orinábamos en la ropa y olíamos a ombligo sin limpiar.

Criollo: Ehhh... ¿entonces el 20 de Julio logramos ir al baño sin pedir permiso a los españoles y pudimos hacer chichi solos?

Antonelo N: bueno, algo así. Ese día pudimos ir al baño solos porque los españoles se fueron.

Criollo: ¿Por qué se fueron?

Antonelo N: Porque ese día, el 20 de Julio, los colombianos se pelearon con los Españoles.

Ciollo: ¿Por qué se pelearon?

Antonelo N: porque los colombianos le prestaron un florero a los Españoles. Entonces los españoles se pusieron a jugar con el florero y lo dejaron caer y se quebró. La mamá de los colombianos se puso muy enojada porque quería mucho el florero y les dijo que tenían que traer otro nuevo y los encerró en un cuarto oscuro a ver televisor sin cerrar los ojos.

Criollo: ¿y los colombianos y los españoles se dieron puñetazos?

Antonelo N: Claro, un colombiano le arrancó a un español un dedo de un mordisco. Estaba enojado porque no podía jugar a las escondidas porque estaba encerrado en su cuarto. Por eso, los colombianos cascaron a los españoles del país. Además, los españoles no pagaron el florero. Desde entonces los colombianos pueden sacar el yogur de la nevera y van al baño solos. Y para que la mamá de los colombianos los perdone y se entere que ya pueden ir al baño solos ponen banderas en las ventanas.
Ando con unas ganas terribles de abrazarte, sentir tus besos de nube con crema de chocolate, de abrazarte y encender estrellas en el cielo, de hacer de la magia un cuento para dos, de volverte a besar y hacerte el amor como si estuviera rezando y tocando un territorio sagrado, de olerte para sentir que es cierta la dicha y inflar el pecho de posibilidad, de murmurarle a tus senos secretos del amanecer, de desayunar a tu lado, de sentirte en una esquina de la cama y estar pleno al decirte mía porque he visto en tus ojos un camino en el que me gustaría acampar con un librito de poemas de Whitman... y otras cosas que me hacen sentir vivo y lubrico.
Las señales están frente a las narices. Si uno se las sacude hasta puedes, si quiere, verlas. Pero hay que estar dispuesto a verlas. Hace poco encontré una mujer de nube y como las nubes se esfumó. Desde el principio estaba la fuga. El amor como las nubes es un soplo frágil al viento. Siempre hay tormentas y arcoiris. escojo las tormentas porque me gustan los días grises y las mujeres que se esconden en los paraguas. Hay unas que son paraguas de cuerpo completo que lo pueden escampar a uno. Pero si en la mirada hay viento y se quedan mirando como si se fueran a quedar es mejor decirles chao
No entiendo cómo la mujer me genera tantas cosas en la boca del estómago. Nada tan extraño como un “te quiero” después del beso. Sabe a jugo de mora a las tres de la tarde de un día de verano, a carcasa de mujer para mi clavo sin soldadura, a segundos de placer por semanas de cortejo.

La mujer imaginaria es delgada, con senos grandes y buen trasero. Pero la mujer que quiero no coincide con la mujer imaginaria. Mi primer contrario evidente. Lo único claro del asunto es que el amor es un tema inquietante que no puedo resolver. Por ello, casi odio a la mujer que quiero. Error de contrarios.

Al teorizar el amor se corre el riesgo de juzgar antes de amar porque se ignora que gusta lo contrario. Ejemplo: se entrega si hay resistencia y se resiste cuando hay entrega. Un juego agotador, de intereses truncados.

Todo parte de la convivencia. Problema que aún sigue sin resolver. Aunque el hombre en masa, como lo analizan los humanistas, es predecible. Ejemplo, se dice que los hombres se interesan más por lo abstracto y las mujeres por la manufactura. De ahí que la mujer sea la inventora de la agricultura y el hombre el inventor de la filosofía. Pero el hombre como individuo es impredecible e inclasificable. Nadie sabe cómo actúa en él el inconsciente. El que cree tener alguna luz de sus impulsos luego se inmoviliza al saber que, como lo expresaba Oscar Wilde, solo se es consciente de los impulsos más débiles. Una fuerza aterradora es la que gobierna.

El amor parece que se despierta cuando la esperanza va perdiendo el brillo. Quería hacer un experimento cuando me di cuenta de que la posibilidad de envejecer junto a la mujer que quiero era una estupidez. Ella estaba enojada conmigo porque yo no discutía. Le molestaba mi presencia porque no era un hombre para admirar. Apliqué un contrario. Antes de dormirme la miré y le dije que dejara de sentir culpa, que me largaba, ¿no se qué le vi? Ella se quedó mirándome y me pidió un abrazo. Lloró. Esa noche pude abrazarla.

En el amor, si hay amor, no hay olvido. Si no hay amor, entonces hay olvido. Luego, lo que más duele del desamor es el olvido. La esperanza de ser feliz expandió mis temores. Pero cuando dejé de esperar a la mujer que quiero dejé de temerla. El temor conduce al vacío y éste destruye. El vacío es como una mancha dentro de uno que se expande por todo el cuerpo. El vacío de estar incompleto, de que las cosas no funcionen, de estar solo.

El amor: un juego de contrarios, de dos soledades distintas, de dos soledades que se acompañan sin invadirse. El amor: un juego de sombras y luces.

Me duele el pito porque me masturbé pensando en una mujer y qué dolor . Intento escribir varios poemas. Tengo algunas ideas, pero... el dolor de pito. Es inevitable no sentir el pito después de sentirlo.

Me duele el pito y no me arrepiento de que me duela. Entendí que después de eyacular la mujer no desapareció del deseo. Eso sucedió porque hay magia. Es porque ella está más allá de la piel. Es porque nos soñamos. Entonces no todo es tan transgresor y duele menos el pito.
Hace unos días recibí un mail de un gran amigo, un pedazo mío que extraño, Alejandro González. Me decía que era bueno. Lo leí era más que bueno. Era un texto para dedicar a todas las mujeres que creí ciertas en un momento y ahora son sino aire, impresencia indolora, costra sin herida. Lamenté enterarme que ninguna había sido la “única” que busco. Aunque el texto sea conocido y citarlo en este blog sea pecar de ingenuo, no importa, soy ingenuo y asumo todas las consecuencias.

El texto titulaba “Puedo escribir los versos más tristes ésta noche”. Era una carta que le escribía el subcomandante insurgente Marcos del Ejército Zapatista de Liberación Nacional al cantautor Joaquín Sabina el 18 de octubre de 1996. La carta la escribía desde las montañas del suroeste mexica
no, Chipas. A continuación el texto:

Don Sabina:

Yo sé que le parecerá extraño que le escriba, pero resulta que me duele la muela y, según acabo de leer, usted camina ahora por estas tierras que, mientras no acaben por venderlas también, siguen siendo mexicanas. Entonces pensé yo que, aprovechando que me duele la muela y que usted camina ahora bajo estos cielos, pudiera yo escribirle y saludarlo e invitarlo a echarse un "palomazo" con el Sup (a larga distancia, se entiende).

¿Qué dice usted? ¿Cómo? ¿Que qué tiene que ver el dolor de muelas con el "palomazo"? Bueno, tiene usted razón, debo explicarle entonces la muy extraña relación entre el dolor de muelas, el que usted camine por estas tierras, la larga distancia y una muchacha. No, no se sorprenda usted de que ahora haya aparecido una muchacha. Siempre aparece una, vos lo sabés Sabina.

Bien, resulta que cuando yo pasaba por esa etapa difícil en que uno descubre que ya no es más un niño y tampoco alcanza a ser un hombre (esa etapa, vos lo sabés Sabina, en que las féminas se transmutan de molestas a interesantes y hay que ver la de problemas que esto provoca), conocí a un viejo que, sin que se lo pidiera, decidió que tenía que darme un consejo sobre esos seres incomprensibles pero tan amables que eran, y son, las mujeres. "Mira muchacho" me dijo, "la vida de un hombre no es más que la búsqueda de una mujer. Fíjate que digo 'una mujer' y no 'cualquier mujer'. Y por 'una mujer', muchacho, me estoy refiriendo a una de 'única'. El problema está en que el hombre siempre queda con la duda de si la mujer que encontró, si es que encuentra alguna, es esa 'una mujer' que estaba buscando. Yo ya estoy viejo y he descubierto una fórmula infalible para saber si la mujer que uno encontró es la 'una mujer' que estaba uno buscando." El viejo carraspeó y me confió: "Si tu le dices a una mujer que te duele una muela y ella, en lugar de mandarte al dentista o darte un analgésico, te abraza y deja que recuestes la mejilla en sus pechos, entonces, muchacho, esa mujer es la 'una mujer' que andabas buscando". Yo me quedé perplejo, pero como quiera tomé nota de la fórmula. A mí nunca se me había ocurrido que debía pasarme la vida buscando una mujer. A mí se me ocurrían cosas más concretas y factibles, como ser bombero, conquistar el mundo o construir un avión que se controlara solo con el pensamiento. Respecto a las mujeres, yo me tenía en muy alta estima y estaba más propenso a que esa "una mujer" me encontrara a mí, que a buscarla yo. A mí ni se me ocurrió que la fórmula estuviera mal. Así que achaqué mis primeros fracasos a la falta de autenticidad en mi dolor de muelas. Con clips y palillos, después de una paciente labor de meses, logré picarme dos muelas con tanto éxito que tuve que acompañar la estrategia con una fuerte dosis de antibióticos. Repetí la fórmula, ahora con la confianza de saberme auténtico, y los resultados siguieron siendo magros. Así hubiera seguido adelante, acabando con mis muelas, si no es porque, ya adolescente, encontré a otro viejo que, cruel, me dijo: "Tu problema está en la cara. Más bien en tu nariz. A los feos, las muchachas no les hacen caso, a menos que sean cantantes".

"¿Cantantes?" Bueno, esta nueva fórmula les daría reposo a mis muelas (que por lo demás ya estaban definitivamente destrozadas). Claro que el problema entonces era saber qué se necesitaba para ser cantante. Después, escuchando canciones, me di cuenta de que el problema era mayor, ya que una cosa era ser "cantante" y otra más difícil era ser "cantautor" o "canta-autor" (vos lo sabés Sabina). Entonces hice trampa, es decir, escribí algunos poemas (o como se llamara lo que escribía) y dejaba siempre pendiente la música.

Resulta que (vos lo sabés, Sabina) hay ahora una muchacha que está demasiado lejos y entonces pensé que usted, Don Sabina, podría echarme una mano y una tonadita (mire que no es lo mismo pero pudiera ser igual). Y usted podría echarme una mano si me permitiera tutearlo y, cómplice como ha sido antes sin saberlo, fingiera usted que nos conocemos desde hace mucho tiempo y que, por tanto, es perfectamente natural que usted reciba una carta del Sub redactada en los siguientes términos:

"Sabina (sí, ya sé que te desconcierta este inicial e irreverente tuteo, pero tú compórtate como si tal cosa): He trabajado arduamente en los últimos días en la letra que me encargaste para tu nueva canción (Vamos, quita ya esa cara de espanto! Ya sé que no me has encargado ninguna letra para ninguna canción, pero sígueme la corriente para despistar al enemigo) pero ha sido inútil. No me sale nada original. Así las cosas, busqué en el cofre del pirata y solo encontré un viejo y mohoso poema, que no es tan viejo y tal vez ni a poema llegue, que te puede servir si le das un poco de aliño. Es ideal para ponerle música y escalar con velocidad el "hit parade" internacional (no me preguntes si para arriba o para abajo), pero tú ya sabes que a nosotros los artistas (sigue fingiendo demencia, no denotes la menor sorpresa) no nos importa la fama (bueno, no mucho). En este caso particular, a mí solo me interesa una muchacha que está demasiado lejos para que pueda yo musitarle al oído este poema y arrancarle así, vos lo sabés Sabina, una sonrisa o una lágrima. El poema dice, más o menos, así:

"Como si llegaran a buen puerto mis ansias,
como si hubiera donde hacerse fuerte,
como si hubiera por fin destino para mis pasos,
como si encontrara mi verdad primera,
como traerse al hoy cada mañana,
como un suspiro profundo y quedo,
como un dolor de muelas aliviado,
como lo imposible por fin hecho,
como si alguien de veras me quisiera,
como si, al fin, un buen poema me saliera.
Llegar a ti."

La tonadita puede ir más o menos así: tara-tarara-tararira-etcétera, vos lo sabés Sabina. El título de la canción podría ser "Canción para una muchacha que está demasiado lejos", o "Un dolor de muelas para ella", o "Un dolor de muelas, Sabina, la larga distancia, una muchacha y el Sub". En fin, ya se te ocurrirá algo. El crédito puede ser "Letra: el Sub. Música: Joaquín Sabina", o "Letra y música: Joaquín Sabina (a petición del Sub)" o como quieras. Vale.
Salud y ojalá ella entienda... El Sub."

Esa podría ser la carta que usted recibiera y aceptara, Don Sabina. Y todo esto viene a cuento porque estaba yo solo, con mi dolor de muela y leyendo que usted camina por estas tierras. Entonces pensaba yo que usted, tal vez, estaría de buen humor y magnánimo y que podría contarle yo la historia de los dolores de muelas, mi frustrada carrera como cantautor y una muchacha que está demasiado lejos.

Vale. Salud y ya sabe usted, si le sobran por ahí un analgésico o una tonadita, no dude en mandármelos. Ambas cosas se agradecen en este asfixiado pecho que le escribe...


De: Joaquín Sabina.
Desde las montañas del sureste mexicano.
México, octubre de 1996.

Al Subcomandante Marcos

"¿ Dónde encontrar una excusa para tan terca mudez? Sucede que, cada vez con mayor saña, las musas se vengan de quien abusa del ripio y el do, re, mi. Qué puedo contarte a ti, que no sepas de memoria, si andas cambiando la historia con la tinta y el fusil? Bastaría con que en las actas chiapanecas del dolor, conste que mi corazón es una ciencia inexacta, que a regañadientes pacta, con la razón militante. Ojalá, subcomandante, al cabo de este pregón merezca tu absolución, este afónico cantante. Pero, elige con cuidado a quién diriges tus cartas, porque hay leyendas que infartan al ánimo más templado. ¿ Cómo puede merecer corresponsal tan bragado quien desde el mejor hotel de Cancún o de Sevilla oye hablar de la guerrilla como quien oye llover? Y, sin embargo excluido de partidos y banderas, me conmueve tu manera de no darte por vencido, de disputarle al olvido la hoguera del porvenir, de desempolvar la crin del caballo de Zapata, de matar a los que matan, de enseñarnos a vivir".

Me encargaste una canción y por décimas te salgo, hace meses que cabalgo sobre la contradicción de restaurar la emoción, en tiempos tan iscariotes, con la mano en el escote del verso a la antigua usanza. Así hablaba Sancho Panza con mi señor Don Quijote. Por lo demás, cuídate, cuando vengan por las malas, que no te rocen las balas, que no te falte papel, ni frijoles, ni mujer, que la virgen lacandona te esconda bajo su lona. Te lo pide un gachupín que se despierta en Madrid soñando con tu persona".

AL FINAL ASÍ SE FIRMO LA CANCIÓN ESCRITA POR EL SUBCOMANDANTE MARCOS

*Como un dolor de muelas
(Letra: Subcomandante Marcos, Joaquín Sabina / Música: Pancho Varona)

Como si llegaran a buen puerto mis ansias,
como si hubiera donde hacerse fuerte,
como si hubiera por fin destino para mis pasos,
como si encontrara mi verdad primera,
como traerse al hoy cada mañana,
como un suspiro profundo y quedo,
como un dolor de muelas aliviado,
como lo imposible por fin hecho,
como si alguien de veras me quisiera,
como si al fin un buen poema me saliera...
una oración.

Como si la arena cantara en el desierto
los cantos de sirena del mar Muerto,
como si para crecer sobraran las escaleras,
como si escribiera un ciego un libro abierto.
Ven a poblar el zócalo de ojos,
siembra de migas de pan caliente
mis canas de alcanfor adolescente.
Ponle al sordo voz y alas al cojo,
bendice nuestro arroz, nuestro minuto,
como si no fuéramos cómplices del luto...
del corazón.

*Al pie de Sabina escribió a mano: "Querido subcomandante, mal y tarde, aquí te adelanto la letra de la canción que saldrá en el febrero. Con ganas de verte pronto. Todos los abrazos” Joaquín Sabina.

Cuando llueve el cuerpo es más íntimo. Lo saben aquellos que se abisman en el asiento del bus, al margen del paisaje, contenidos en un arrebato de frio y desconsuelo. Medio ven el agua como aliento de la tarde empañando los cristales y con las manos hacen un círculo. Aceptan la fragilidad. Ante la lluvia no pueden fingir.
Lo saben aquellos que se escampan bajo la carpa de una panadería con los hombros caídos y las manos en los bolsillos, sin postura. Así no defienden idea alguna y se dan el tiempo suficiente para observar los matices fluorescentes reflejados en las charcas de las calles que siempre caminan. Las calles vacías con uno que otro transeúnte.

Lo saben aquellos que leen y son devotos del ocio contemplativo, del ocio que concibe la estética de la vida digna. Porque cuando se dispone de tiempo para respirar se puede ver, de pronto, a través de la ventana, en el intermedio de una lectura, los tajados bajo la lluvia cobijados por una aureola blancuzca y pequeños arcoíris.

Lo saben aquellos que llevan paraguas y escuchan el impacto de las gotas de agua y se conmueven con el tamborileo grave de múltiples dedos.
Lo saben aquellos que aún se desgastan en empresas sin causa y huelen la ciudad después de llover. La ciudad que huele a naranja madura empezando a podrir, a desagüe estancado, a plomo y amoniaco. Entonces el regocijo y las ganas de un café amargo y negro, caliente y dulce, espeso y fuerte.
Desperté con muchas ganas de verte. Entonces me dije: "¿Por qué no la ves? Pensé "¿Por qué no la veo?". Cabrón, si eres una gueva, en vez de decírtelo a ti mismo, como si eso bastara, mejor decírselo a ella. Si Cabrón, escribile, al menos, si no te atreves a llamarla, que "te gustaría verla y abrazarla, verla reír y guiñarle un ojo". Ah... y si no puedes escribir nada interesante, cosa que te sucede con frecuencia, ve al grano, escríbele esto: "Quiero verte".

Mientras me decidía anocheció y me encontré frente a la cama, con una copa de vino vacía. Ella era otro puñal perdido. Otro camino sin ruta. Mis pasos dibujan la figura de una mujer. Mis pasos dibujan la huida de una mujer.

Sabía que ella no era la mujer que quería de compañía. Aunque me caía bien había algo en su olor que no me agradaba. Olerla me hacía sentir violento. No podía decirle: “mira nena, es que no me gusta cómo hueles y esa es la razón por la que no podemos estar juntos”.

Yo era, en cambio, el hombre que ella quería de compañía. Conmigo ella podía SER sin necesidad de fingir. Pero había estado tan esquivo, tan intocable que ella no podía decirme: “mira nene, es que me gustas en serio y te quiero a mi lado por muchos días”.

Ella estaba interesada en mí y eso era un acontecimiento en mi historia de desencuentros amorosos. Por eso empecé a responder a un juego que no me interesaba jugar. Lo que me atraía era la idea de que yo le gustara.

Tal vez, aquella noche, en la que nos encontramos en aquel bar de mala muerte, quería que las cosas llegaran hasta dónde llegaron. Recuerdo que mientras evité hablar, ella me dijo, sin anestesia, sin tiempo de pensar una contra respuesta:

- No entiendo el por qué te niegas a estar juntos si la pasamos tan bien, además ambos nos gustamos.

Sabía que ella, en su naturaleza, no era la mujer que podía clavarme sus miradas y sus uñas en el corazón. Le faltaba delgadez, oler a ella sin intermediarios químicos, acudir al médico para que la ayudara con la rinitis, tonificar su trasero y afeitarse el mentón antes de dar un beso. Faltaba que ella me gustara.

Noches atrás nos habíamos encontrado en una fiesta de una amiga. No me imaginé que ella estaría allí esperándome. Ella me saludó y me invitó a fumar. Salimos al balcón y hablamos, mejor dicho, la escuché. Por cada tres palabras de ella un sorbo de ron. Preferí atontarme con licor a decirle que no estaba interesado en su historia y sus sueños. El licor hizo su efecto y la besé, pero sentí que besaba a un adolescente recién afeitado. No pude volverla a besar.

Después de esa noche estaba decido a decirle: No, no más, chao. La llamé. Nos sentamos en el bar de mala muerte y al final de la noche, contra todo pronóstico, resulté en la casa de ella, en la cama de ella, al rincón de ella. Me excitaba hacer mal las cosas para tener el placer de pensar cómo salir bien librado. Sentí su mano en mi espalda. Nos tocamos. Le pedí un preservativo. Justo cuando me lo estaba poniendo: pissssss… se acabó la función. Le dije que el preservativo estaba malo y así yo no le iba. Cómo puede me lo quité y lo metí dentro del zapato para que ella no sospechara de mi precocidad.

- ¿Te gusto? –dijo ella.

- Ehhh… bueno…

- Y si te gusto y me gustas ¿Por qué no lo intentamos? Lo que creo es que tienes miedo y por eso te previenes.

- Puede ser. También puede no ser. Lo que creo es que nos buscamos por miedo a estar solos. Llevamos tanto tiempo sin pareja que podemos aferrarnos ciegos a una mentira.

- Florentino, porque no te dejas de rodeos y dices lo que piensas.

- Ehhh… bueno… no… nada… pienso… eh… que hoy es la última vez que te busco. Quiero dejar las cosas así, inconclusas, para que nos recordemos sin daños. Haré lo posible, por el bien de los dos, en evitarte.

- Porque no te dejas de teorías y admites que tienes miedo.

- No tengo miedo. Creo. De verdad creo… que deberíamos dormirnos porque tengo que madrugar.

Trataba de cerrar los ojos, pero el olor a desinfectante mezclado con crema de manos para bebé y el sudor de su cuerpo me incomodaba. Quería no estar con ella. Llegué a sentir repulsión. Imaginé que la ahogaba con la almohada y entre más nítida era la imagen del homicidio más deseo sentía por ella. La vi bella, deseable y la busqué. Nos besamos y nos tocamos sin quitarnos la ropa.

En la mañana, al despedirnos, ella sonrió. Su sonrisa era de triunfo. Sonreí porque ante ella, ante mí, de nuevo era un ser fragmentado, un ser que había hecho lo contrario de lo que había pensado y dicho. Un ser vacío, con los ojos vidriosos bajo el cielo azul de las ocho de la mañana.
Ruido y viento.
Viento en las coyunturas de los dedos.
Sus ojos dos acertijos.
Loca hermosa.
Loca hermosa.
Loca chiquitica.
Loca marciana.
Encendimos la tarde con entusiasmos.
Fuimos dos locos por el centro de Medellín.
Las calles eran una marca de labial en un pañuelo olvidado.
Medellín de conjuros en ruina, de amantes cansados.

Viento y humo
Loca hermosa, no sabemos el amor,
por eso hablamos.
Amar lo perdido para no anhelarlo.
Amar la herida para que no duela.
Amar te loquita hermosa.

Viento y abrazo,
beso de media luna.
Sus 20 y mis 28 años sumaron dos bocas.

Viento y viento.
Ella se fue entre el viento
Vino con el viento.
Loquita hermosa.
Adiós loquita hermosa.
Ella se fue sin fecha.
Yo me quedé trabado y con la intención de desvestirla.

Hartarse de respirar, de creer que la mujer que quieres aparecerá de pronto y te dará un puto beso, de mirar por la ventana las mismas nubes y asombrarse porque todavía eres un romanticismo pasado de moda, de usar bufandas porque es el accesorio del siglo XXI.

Hartarse de que los amigos aparezcan con discursos vitalistas y luego se marchen dejándote a oscuras, de leer y no recordar, de escupir sin que nadie te vea, de no poder desprenderse de la madre porque cocina muy rico.

Hartarse de que amor sea solo una función de un cajero automático y no tengas cuenta bancaria para el cortejo, de que el sexo deba padecerse para sentirse mamífero y eterno, de que la soledad te siga halando las piernas antes de dormir y se te burle por triste, de que cuente hasta diez y nada suceda, de que a muchos kilómetros estén los senos que tanto te deleitan en la mujer que ya no delitas.

Hartarse de la sombra, de las entradas prolongadas, del bruxismo agravado, de la hipermetropía y el astigmatismo, del estómago delicado, de ocio adictivo, del pájaro que canta menos porque no le gusta la jaula rectangular de la loca sin alpiste, de la barba que aparece, de las orejas que crecen, del reloj que te dieron para que te digan señor en la calle, del teléfono que no suena porque no te interesa hablar sin mirar a los ojos, de los años que te inmovilizan, de las mujeres que ves en el metro y no vuelves a ver, de los artistas que creen que pueden salvar el mundo porque son flacos y buena vibra, de los evangelistas que profetizan el paraíso y no soportan la picadura de un zancudo.

Hartase hasta que los ojos se pongan rojos, hasta que las cervezas estén vacías, hasta que a la cama vuelva una copiloto, hasta que se acepte que no hay remedio, que todo está jodido, que las ciudades se tragan los espíritus, que los cuerpos nacen sin alma, que la muerte se divierte de tanto vivo muerto y por eso se lleva a los vivos vivos.

Hartarse para estar en domingo toda la semana, besar sin deseo, comer de gula, hablar de solo, caminar sin rumbo. Hartarse, hartarse, hartarse… de una buena vez hartarse y ser indecente para hartar al otro y hartarse menos uno mismo.
NO te escribiré más si eso es lo que quieres. Seré breve entonces. Basta de esperanzas, de juegos invalidos del corazón. Pero mi corazón invalido te dice adios con un te quiero entre latido y latido. Aún eres magia que derrota la ausencia. En fin, querida mía, hasta que el azar se acuerde de nosotros.
Saludes a Catalina, la gata que nunca quise.
Encontrarse a una persona que no tenga un raspón en las rodillas y los codos es un descubrimiento a tomar en cuenta. Porque las cicatrices son recuerdos en relieve que develan que hubo un sueño o una lección importante.

Recuerdo una caída monumental. Estaba en sesto y mamá me había dado una bicicleta verde marca Arvar. Con varios amigos nos íbamos en las tardes a patrullar la carretera de la vereda. Queríamos aprender a pedalear de pie y ser ciclistas expertos.

Cierta vez, un sábado, mamá me dijo que fuera por la leche. Tomé la bici porque había que atravesar la vereda. Sentía el viento y las manos temblaban en el manubrio al pasar las rocas y los huecos. No había nada más mágico.

De regreso a casa vi a una niña que me gustaba. Su mamá la peinaba. Me acomodé la mochila en la que llevaba la leche. Empecé a pedalear de pie para que ella me viera. Justo frente a su mamá caí sobre la barra y luego al suelo. Me levanté como pude. La botella de coca-cola litro y medio en la que traía la leche se quebró. Intenté pedalear pero la cadena se había enredado. La niña y la mamá fueron en mi ayuda. Les dije que no había pasado nada y me monté en la bici. Cuando me aseguré de que ellas no me veían me miré los codos y las rodillas. Estaba raspado. Entonces lloré y descubrí que los hombres si lloran y el amor era una caída vergonzosa.

Me caí muchas veces y por ello desconfío de aquellos que no tienen cicatrices. Por lo regular son el tipo de personas que hacen un escándalo porque los picó un mosquito o les salió una espinilla en la nariz. Son los que caminan hasta donde llegue la señal del celular. Son los que viajan y se fotografían desde todos los ángulos posibles para poder tener tema de conversación. Son los que no se atreven a cambiar de rutinas. Son los que temen volver a la infancia donde rasparse las rodillas no era un evento traumático.