El amor muere con cada persona. Cada persona es una lechuga del huerto, frágil al verano y al invierno. Cada persona es una plantita que se daña al contacto. Hoy te me has dañado. Hoy te has muerto.

Te esperé sin imágenes en el corazón. Tristemente alegre. Todo era posible, hasta que no llegaras. Creí estar listo para el encuentro con tu indiferencia. Creí... creí... creí...
¡Ah.. mi orgullo! Mi puto orgullo, por eso estoy tan solo.

No te escribiré más. Lo juro, ¡por mi diosito!, no serás más palabra en mí. No más de tus posibilidades, de que tu imagen se haga carne a mi deseo, de que pueda besarte con todos mis músculos, de que todavía teniéndote a distancia me tote estar con estas ganas de hacerte el amor no más que tocándote, de que mis dedos tiemblen al aire tanteando vacío...

No más. No llegaste. Es suficiente. Se quedarme callado. No se rogar aunque todo sea ruego. Te ruego porque no te ruego, porque no rogándote llevo a ruegos extrañándote. Me someto a la indiferencia. No te busco de frente. No me ha funcionado ser evidente. Siempre pierdo cuando quiero. Un enamorado de imposibles. Manía de la soledad. Por eso te busco de reojo, por las rendijas, en silencios, en miradas, en carticas cursis, en un no me importas de mentiritas, en olvidos en pequeñas dosis. Sígote sacándote del montón, de esa cosecha de mujeres, de la uniformidad del erotismo, para no hacer en ti un puerto a mi huida.

¡Basta! Soy aprendiz del olvido. Lo que pasa es que usted es todo un reto a mi olvido. Serás un records guinnes de olvido. Piénsote, siéntote tan cerca como lejos. No eres mi dolor así me duelas.

No conozco tu desnudez. No he ajustado tu desnudez a la silueta de tu cuerpo. Te conozco vestida, orgányca, terrestre. Tu desnudez es oscuridad a mi tacto. Tu desnudez trampa para ángeles. Quiero enredar mis manos en tu desnudez. Desnudez de sábado a las dos de la mañana, ebrios, tú con tus preocupaciones y yo con mis palabras azules para despeinarte. Me gusta cuando te despeinas. Pareces que me vieras de pronto, sin esperarme, espontánea al abrazo, tristemente vestida. Borro tu nombre de mi tacto.

...¡Ah, quién eres! ¡Quién eras! ¿Quién?
...¡Ah! ya recuerdo, no llegué a tiempo. No estoy hecho para la contemplación de las flores, soy brusco de impulso. Por eso soy indiferencia. Indiferencia Betancur. Indiferencia que te vaya bien. Indiferencia que aprendo. Indiferencia que ahora sonrío más sin temor a perder un diente y verme feo. Indiferencia ya no te espero.
Me enseñaste a ser luna para tu condición de nube. Todas tus tú pasan delante de mí. Las veo pasar como a otras. Pasan, se alejan.

El tiempo te borró. El tiempo se metió entre ambos. Quedamos con hojarasca en los ojos. Hueles a vidrio, a un adiós cayéndose de la piel, a lechuga, a todo, a nada, a muerte.
Somos bulla. Entre más escándalo más felices. Nuestra idea de la felicidad en la lujuria del ruido.
Pero ¿Quién puede ser feliz a medio día con una canción de Darío Gómez? Una y otra vez Darío Gómez. ¡Irrespetuosos! Al que le guste Darío Gómez que lo escuche, pero a un volumen moderado. La involución es permitida por iniciativa propia no por contagio. A los vecinos no tiene que gustarle Darío Gómez. Como a la vida también tenemos derecho al silencio.

Estoy en mi casa, alterado, porque otro no es capaz de estar consigo mismo y prefiere aturdirse y aturdirme. Por culpa de ese semejante mío tuve que parar la lectura de Los Endemoniados de Fedor Dostoyevski.

Imagino que él dirá lo mismo de mi música. Pero es que yo no se la impongo. Si escucho música es para mí, no para él. Me importa un pito que los demás se enteren si estoy alegre. El principal benefactor de mi alegría soy yo, lo otro es accidente y vanidad. Pero no ¡Estamos demasiado tristes!

Los adeptos a Darío Gómez y a muchos de estos canta autores populares buscan la satisfacción de sí mismos en la cuota oficial de una tocada de teta o de nalga, en aparentar que son hombres porque beben, fuman, pelean, emborrachan, son injustos, bullosos, paracos, matones, dicen hifueputa, y son machistas, pendencieros o pendejos. Buscan la satisfacción enajenándose de si mismos. Buscan la tranquilidad en lugares diferentes a sí mimos. Gravísimo error. Como si para la realización del ser se necesitara de Darío Gómez.

En Antioquia estamos demasiado tristes. Queremos por cualquier pretexto que el otro crea que estamos alegres, así agredamos sus espacios e impongamos nuestros gustos y nuestras carencias como únicas verdades.

Cuando un hijo se va a la ciudad y viene a casa de visita, éste quiere que todos los vecinos se den cuenta de que él vino, claro, de visita (debe ser el caso de mí vecino). Pone el equipo de sonido a todo volumen, muestra los codos más de lo necesario orgulloso de que sus cicatrices se borran poco a poco, mira más por un ojo que por el otro simulando ser bizco porque en la ciudad todos son bizcos. Pura bulla, pura bizcada, puro escándalo, pura deformación de la esencia, pura tristeza camuflada, porque es el fondo está solo, triste, inseguro, gris.

Entre más bulla más lejos de sí mismo, entre más bulla más sexo, entre más bulla más licor, entre más bulla más feliz, entre más bulla más Darío Gómez, entre más bulla más simio, entre más bulla más ignorante, entre más bulla más triste, entre más bulla más vacío, entre más bulla menos individuo.

El ruido es la religión. No se camina sino que se grita. Los kilómetros no se andan, se gritan. El campo dejó de ser para los pies ahora es para la boca. ¡Gran tristeza!

Estamos tan tristes, tristes.... tan enajenados, enajenados... tan solos, solos... Se nos olvidó escuchar, respetar y mirar a los ojos.

Estamos tan tristes, tan sonámbulos, tan metidos en la moda del desconocimiento propio que no sabemos que es lo que es estar callados un minuto, un puto minuto.

Estamos tan tristes en Girardota, en Medellín, en Antioquia, en Colombia, en Suramérica que no existe una conciencia del individuo. Somos otra referencia de coca-cola, del estado. Somos otra ficha del progreso, otro engranaje del olvido, otro empleado, otro muerto con cedula, otra producción en serie de fetos sin identidad, sin voz, sin alma.

Estamos tan tristes que necesitamos de la bulla y el ruido para creer en Dios, para reelegir a Uribe, para escuchar a Darío Gómez, para creernos la idea de que la felicidad existe, para embrutecernos y así, justificar nuestros pecados y nuestra propia ausencia.

Lo mejor del encierro he sido yo. Fueron dos semanas conmigo mismo. Lo único que hice fue afirmar al niño que llevo adentro. Salí más niño y más egoísta de lo que entré a mi cuarto.

Llevo varios años buscándome. Y lo único que he logrado es potenciar al niño que llevo dentro. Es ahí donde está el origen de mi personalidad, mi espontaneidad, mi yo esparcido y concentrado.

Volver a la inocencia es el camino. Cada vez afilar más el asombro, las ganas de vivir y celebrar todo aquello que te afecta. Si una incertidumbre, si una tristeza, si una melancolía te llega, celebrarla.

Renunciar a las seguridades, quitarse la venda, atreverse a ser egoísta. Olvidarse de los amigos, la familia, las mujeres para estar con uno así sea un ratico.

No perder la capacidad del asombro. Volver al estado del infante en el alma. Es ahí donde el individuo es egoísta, es él y encuentra su espontaneidad, su originalidad. Es ahí donde el hombre empieza a ser el mismo, a aceptarse, a asumir sus limitaciones como virtudes.

Yo por ejemplo, he empezado a contar mis perversidades desde mi inocencia, desde mi capacidad de asombro, desde el no juicio, porque el juicio coarta la imaginación, porque adquirís la manía de imaginar lo que te parece bueno y te beneficia y te negas otras alternativas.

Si, puede ser un pretexto volver a la inocencia para mi aceptación como individuo, pero me agrada y es mi elección. No es mala ni buena esta elección que tomo, es solo una elección, una posibilidad, un hecho que asumo y siento necesario. Es un camino a mí mismo, un canto de mi voz interna. Otros harán lo que les dicte su voz interna, su guía del instinto, su banda sonora del ser.

En este momento empiezo a jugar conmigo, con mis impulsos. Empiezo a escuchar la voz interna, a contradecirme, a experimentar con mis deseos, con mis debilidades.

Hace poco me dije que no me iba a masturbar y me masturbé a la media hora. Soy contradictorio y qué. ¿Quién puede decirme algo? ¿No soy imperfecto? ¿El alma no es imperfecta? Luego me dije que no iba a fumar y compré medio paquete de bostón. Eso me asusta. Me hace replantear muchas cosas ¿Será que lo que considero como realización del alma si esta regida por mi voluntad, por mi deseo de ser, o será un impulso, un accidente independiente a mí?

Uno tiene una voz interna que no escucha por estar tan aturdido de mundo. Una voz que te guía. Algunos la llaman corazonada y otros instinto. Pero viene siendo lo mismo, la voz interna. Porque no solo el aire comprimido que sale por la boca es lo único que se tiene para comunicarse con otros y con uno mismo.

Esa voz interna esta llena de rastrojo. Está en el fondo, porque se adquiere esa falsa convicción de la vanidad y la hace inaudible, insonora.

Para escucharla hay que dejar de escuchar la voz juzgadora de tu madre, la que te limita desde pequeño por su afán de educarte y decirte que esto es bueno y esto es malo para que seas alguien en la vida. El bien y el mal no son sino moral, idea de Dios, miedo cultural concentrado, represión del instinto.

Luego hay que dejar de escuchar el lenguaje de las apariencias, el que aprendes en el colegio, en la universidad, en las instituciones para agradar a las mujeres, a los amigos, a la sociedad. Ese ruido no es más que carencia de sí mismo. Adquirís modales establecidos, ciertas modas innecesarias, cierto modo de hablar, cierto comportamiento uniformado, cierto hipo genérico. Eso es opacar la propia voz.

Luego hay que dejar a un lado esa voz de los deseos superficiales, esa voz que te dice que debes salir adelante, ser mejor el día de mañana, progresar, conseguir una mujer, un carro, una casa, un celular, un portátil, graduarse de la universidad, tener una reputación, emplearse y estar bien remunerado. Puro artificio. Apenas conseguís lo material esclavizas el alma para mantener el lujo. Te vendes por la apariencia. Dejas de importarte por vete bien.

Lo necesario está en uno. Uno es la respuesta a todas sus preguntas y la pregunta a todas las respuestas y las no preguntas y las no respuestas. Lo que pasa es que se está tan ocupado en aturdirse, en no ser, en buscarse en las disco, en los bares, en los cafés, en los centros comerciales, en las mujeres, en la literatura, en la calle, en las apariencias que olvidas entrar a ti mismo.

Uno nace con una vocecita interna que lo guía, le dice que hacer, a donde ir. Se nace genio pero se emprende una empresa macabra de embrutecerse, de atrofiar el instinto, ocultar la personalidad y olvidar la espontaneidad.

Así como el árbol florece, el sol alumbra, el viento va y viene en todos los sentidos, el pájaro canta, uno habla y piensa y se peina y sufre y ve y escucha desea y se muerde la lengua y muere. Se es otro milagro de la naturaleza. La vida son posibilidades de vidas y no una vida programada.

Uno se niega las posibilidades por los beneficios de las apariencias y se olvida de sí mismo, porque es más cómoda la vida del otro, los errores del otro, las carencias del otro. Lo de uno es un problema y una vergüenza. Pero en esa vergüenza está la magia del instante, tu voz, tu originalidad, tu ritmo.

Al final se descubre que en uno solo hay espacio para uno. Hay que empezar por ser egoísta. Luego uno es todos los espacios, todos los caminos, todos los egoísmos.


Pensé escribir sobre Ingrid Betancour, pero es tema nacional. Cualquier cosa que diga sobre su rescate no es más que otra suposición de ese rescate. Lo único que falta en esta historia es esperar que los medios de comunicación colombianos den la certeza de la ayuda de extraterrestres en el rescate de Ingrid Betancour.

Además es sospechoso que suceda tal acontecimiento dos días antes del cumpleaños de Uribe y que pase en este momento en que su imagen pública está tan desacreditada.

Lo peor de todo es que las entrevistas que se le hacen a la máxima figura, por estos días del mártirismo colombiano son las mimas.Las historia necesita mártires. Por eso, me aventuro a hacerle una entrevista más humana, más cochina, a la sufrida Ingrid Betancour, como si ella no fuera más que una mujer con orejas. Nada extraordinario

C: Perdonara usted, señora, pero no le haré las preguntas de cajón. Las que ha contestado por estos días y las que seguirá contestando. Las respuestas usted ya se las sabe de memoria. Quiero preguntarle sobre mí, un desconocido a sus ojos. ¿Qué harías si me quedo calvo después de esta entrevista?
I: Para eso falta bastante tiempo. Muchachito. Haber: 1. Te compraría una peluca
2. Me reiría mucho
3. Te regalo un sombrero de copa, de esos que traje de la selva.

C: Cómo se que eres muy decente y no me decís, por decencia, claro, las cosas que has sentido en cautiverio. Me atrevo a preguntarte ¿Cuántas veces has querido meteré un puño a un periodista? I: Que recuerde... Humm... Muchas. Pero la más reciente es en esta entrevista. C: Has pensado, me imagino, que soy un bicho raro. Por algo me mira de esa forma. Piensas que esto más que una entrevista es una tomadera de pelo. Ahora ¿A qué bicho me parezco?
I: A un sapo. A un sapo de ojos cuadrados y dedos largos. A un sapo cantando solo en un estanque.

C: Suponiendo que me de una enfermedad y pierda las manos y usted esté haciéndome la visita, porque le interesa volver a hablar con el único periodista que no le rinde pleitesía. Y por cosas de la vida un insecto me pica un testículo ¿Me rascarías?
I: Si, no sería nada raro. Recuerdo haberle hecho lo mismo a Marulanda. Eso que él era más viejo y más feo.

C: Después de seis años de cautiverio ¿Cree en el amor?
I: Creo que sí. La búsqueda del amor es constante. Mis hijos son el amor.
I: Y usted periodista ¿has conocido el amor?
C: No. ¡Qué tal! Tendría hipo todo el tiempo.

I: Hubieron días de miseria. La esperanza me era ajena. Hasta sentía que los sentidos me fallaban. Ahora, si a usted le tocara perder un sentido ¿Cuál perdería?
C: Ninguno. Creo que me dejo morir.

I: Por cosas del oficio, mis asesores investigan a mis entrevistadores. Me enteré de que usted escribe poemitas. No conozco ninguno de sus textos. Pero tengo una inquietud desde mi adolescencia. Cosa que no he dicho nada de eso porque creo es una bobada, pero ¿Qué es mejor, sexo o poesía?
C: Afortunadamente no ha leído nada mío. Sería un desperdicio de tiempo. En cuanto a su pregunta, prefiero el sexo para escribir poesía. Si utilizo al poema para obtener sexo, la mujer termina prefiriendo la poesía que al hombre.

I: ¿Por qué una avispa?
C: Por cúlona. Porque desde que te liberaron estas echando cantaleta, pareces una avispa volando. Fueron seis años que usted misma se buscó. Se merecía eso. Nadie más que usted. Luego salís y le ayudas al dictador Uribe para que siga dictando, para que a través de tu imagen el pueda legalizar lo de su reelección. Usted será una cortina de humo. Porque tenes el veneno contenido. Esperas insoportablemente utilizar tu aguijón. I: Entonces ¿El sapo, como usted y como el pueblo colombiano, se come la avispa?

C: No. Le daría indigestión. Pero la entrevista no era para mí sino para la mártir Ingrid Betancur. Así que continuo con mis preguntas.C: ¿Algún guerrillero te hizo el favor durante este tiempo? ¿Cómo pasaste tantos años sin nada de nada? o, cuente pues, ¡no se haga la pícara! mala, así no, haber... cuente pues... ah... no le de pena que eso es de humanos.
I: No le voy a contestar. ¡Irrespetuoso! ¡Saquen a este enfermo de aquí! ¡Guardias!
C: No, espere. La última. No te imaginas que en este momento, te aprieto con la mano una mano y...

I: Eso saquen a ese maldito de aquí. Se ganó una demanda

Un pueblo es todos los pueblos. El hombre es hombre bajo cualquier credo e idioma, así intente buscar la perfección en banalidades.

Vivo en Girardota desde hace tres años. No sé que azahares me trajeron de a este pueblo. Igual no importa.

Salí de Fredonia con un sentimiento raro de matar. No soportaba la rebeldía en mi cuerpo. La tranquilidad me olía vinagre. Tomé la tranquilidad de la mano y me quemó los dedos. La niebla de Fredonia, gracias a Dios, también me nubló el alma. Salí porque me estaba matando la lentitud de un pueblo. Porque en un pueblo el lunes se repite cinco veces a la semana. Cosa que ahora adoro.

Llegué a Medellín y la cuidad me tragó de un bocado. Me atracaron dos veces. El amor desesperó al animal que tenía dentro, y lo invocó. El animal saltó de mí y devoró algunas mujeres. Antes, mi instinto, estaba tranquilo pastando en el campo. Fui un pueblerino asustado en la ciudad que atacó, gracias al pánico. Conocí la droga, el dolor, la soledad, el hambre, el fastidio, el miedo… la incertidumbre. Pero la cuidad también me dio el anonimato, la invisibilidad, licor, buenos amigos y unas ganas terribles de fornicar sin pretexto.

Sino hubiera conocido a Mauricio, un hijo de Girardota. Si él no me hubiera mostrado que en Girardota, como en Medellín, la tradición también se puede quebrar en pedacitos. Que también era posible abrirle las piernas a la cultura, verle sus nalgas de asfalto para que se entregara sin medidas a los trasnochadores. Que se podía ir a la ciudad desde un pueblo. Que lo uno y lo otro eran lo mismo, porque una cuidad también son todas las ciudades. Por él me vine a vivir a Girardota.

En un principio, como todos los principios, el asombro es un fastidio camuflado. Me maravillé con la idea de volver a un pueblo. Sobre todo, cuando la cuidad me había dejado más flaco de lo que era, más solo, más enfermo, más demonio.

Girardota, tenía esa atmosfera de pueblo. Las calles estaban metidas en un hechizo, en un lento disfrute como de bochorno, que aún no alcanzo comprender. Calles que me hacían transitarlas, como si fueran grandes corredores de una casa gigante.

Me calmé. Decidí quedarme en Girardota por un buen rato. No sé cuanto dure, pero me agrada este pueblo. Pero las personas y los espacios cambian y Girardota cambió, le llegó el progreso y el acné.
Mierda, esa cara limpia, la de Girardota cuando llegué, de campesina juguetona, que se enrojecía si la miraban muy seguido. Ese rostro de niña que jugaba con gallinas y le tiraba maíz a las palomas, ha empezado a deteriorarse.

El monstruo del progreso, que quiere que los pueblos sean más ciudad que pueblo. Para que la gente, como en las ciudades, deje de saludarse, de mirarse a los ojos, de reconocerse, de decirse buenas noches. Porque solo en los pueblos se dice buenas noches sentido desde las tripas. Ese progreso quiere que Girardota sea invisible y le de el germen del desconocimiento. Quiere que se extingan los ancianos con sus bastones, es su esfuerzo desenfrenado de desandar los pasos, con la esperanza de meterse en un recuerdo de antaño, y no verle todas las mañanas la cara a la muerte. Muerte que los saluda dos veces al día.

El progreso quiere meterle la necesidad a los girardotanos de que hay que acabar con los balcones, con la arquitectura colonial, con las casas de bareque. Porque una mecedora, sola, en un balcón, es antiestético. Porque saludar es de gente incivilizada, porque enamorarse de esas muchachas que guardan los papeles de chocolatinas en su mesa de noche es amor de escuela, porque respirar el aire a las seis de la mañana es cosa de bobos, porque decirle a una sicóloga que te gusta es cosa de adolescente, porque mirar para el cielo es una perdida monetaria…

El progreso ha llegado a Girardota, la doble calzada, la remodelación del parque, el derrumbamiento de las casas antiguas, las fábricas, el parque empresarial… y cambiaron las apariencia del pueblo. Se llenó de obra negra, de edificios, de prisa.

Girardota empezó a menstruar. Lo dice el afán que merodea, desde hace poco, por las calles. Seremos violados por esta nueva Girardota. Nos llenaremos de acné y olvido

Desde que empecé a sentir las mujeres, a endemoniarme por ellas, me inmiscuí en un juego azaroso. Fui como un anfiteatro lleno de amores furtivos que empezaron a oler mal.

Todas mis relaciones sentimentales fueron como un juego de parqués. Cada relación, cada mujer un juego. Así de rápida, con apuestas, fichos, dados, perdidas, ganancias, rabias, huidas y dinero.

El parqués se jugaba en dos modalidades, la contada y la de piedra en piedra. Así me enseñaron en casa. Me gustaba más la contada, en la que uno tira los dados y cuenta la cantidad que sale en los dados en los cuadritos del parqués. Con ese resultado uno armaba las estrategias del juego, las de asegurar los fichos o la de dejarle carnadas a los otros jugadores. Una maravilla. Y así han sido mis relaciones, un juego de parqués en la forma contada.

La otra versión es más avanzada y más perezosa y es la de piedra en piedra. Solo son validos los 12, 7, 5. Otro número en los dados es inútil. No sirve, se pierde el tiro. Esa modalidad nunca me gustó. Tenía que limitarme y estar más quieto. Tal vez es la forma que juega la otra gente, la que tiene una vida más organizada y planeada y aburrida.

La forma contada es distinta. Esa forma me permitía más movimiento y podía saciar mi instinto de premiador insaciable. Claro, sin premiar, esa parte me asusta, así que me la salto. Me gustaba comerme todos los fichos, los que más pudiera. Renunciaba al cielo y daba la vuelta por mi apetito de fichos. Es decir, en el juego, uno tiene una casa donde guarda sus cuatro fichos. Cuando se le comen los fichos, éstos vuelven a la casa. Al lado de la casa hay una casilla que se llama el cielo. El cielo es del mismo color de la casa. El cielo es donde llegan los fichos a descansar, a salir del juego. Gana el primero que lleva los fichos al cielo y los saca del juego. Ese es el juego, en términos generales.

A mí no me gustaba meter mis fichos en el cielo sino era estrictamente necesario. Es decir, cuando los otros fichos estaban fuera de mi apetito. De lo contrario, ponía mis fichos en el límite, donde podía decidir si entrar al cielo o volver al inicio del juego, a la casa, y dar de nuevo la vuelta. Me quedaba allí, en el límite, insatisfecho. Mi sed de fichos me hacía insoportable el cielo. Mi cielo era los otros fichos.

Así en mis relaciones amorosas. Nombremos el noviazgo como el cielo del parqués. La cúspide del juego. El lugar donde se canalizan los instintos, las pasiones, las tensiones, los cortejos, las contradicciones, en otras palabras, los fichos. Es el lugar seguro donde se está protegido de los fichos de otros jugadores, jugadoras en mi caso.

Pero como dije, no me gustaba el noviazgo. Uno dice novia. Pero novia es también no-vía, no transito, obstrucción del juego, aburrimiento de salirse del juego.

Yo tenía sed de otros fichos. Y sí, me comí muchos fichos. Me satisfacía con comérmelos. Aunque no sacié el hambre, seguía comiendo fichos. Y eran los fichos de las mujeres. Con ellas jugué mis pasiones. Les mordí la entrepierna, la espalda, los labios, los senos... Hacía dos ó tres sacudidas. Tiraba los dados. Las devolvía a sus casas. Claro, también me dejaba comer con un poquito de sal y limón. Ese era el juego. Comer y dejarse comer.

Me gustaba pararme en el límite del noviazgo (cielo) y esperar que pasara otra mujer con sus fichos para comérmela. Tiraba los dados. Si lo que salía en los dados me permitía lanzarme sobre la victima, lo hacía sin dudarlo, sin arrepentimientos. Era sino dar otra vuelta y volver. Pero volvía con más apetito y más prisa a dar de nuevo la vuelta. Nunca pensé en ganar un juego.

Me comí algunas mujeres y otras tantas me comieron. Siempre perdí. Nuca llevé todos mis fichos al cielo. Siempre dejaba uno ó dos por ahí, desprevenidos. Me sentía inacabado si sacaba todos los fichos del juego. Así con las mujeres. Nunca me comprometí con todos mis fichos y cuando veía las cosas muy serias, que se podía ganar el juego, tiraba los dados y huía del cielo y salía a buscar otras mujeres.

He vivido el amor como un juego de parqués. Pero ahora las cosas son distintas. Diana, la última con quién jugué, con quién quise perder de nuevo, me cambió las reglas. Ella quiere que los dos ganemos, que yo me convierta en su cielo y ella en el mío.

Mis fichos están dentro de ella. Los fichos de Diana también están en mí y les susurran palabritas a los oídos: fichos amanecí con ganas de arañarlos, con anhelos de besarlos, con la necesidad de una erección del ficho mayor.

Tiro los dados y mi último ficho se resiste e intenta quedarse en el límite (noviazgo). Pero no hay carnada mejor que Diana. Así que me decido y meto el último ficho al cielo-Diana.

Diana tiene los dados y me mira, me dice que quiere comerme noche y día, que sus fichos esperan con las piernas abiertas a los míos. Diana es un cielo posible, mi cielo, mi apetito.

Últimamente me sos otra. Siento que algo ha cambiado. Que quisimos tanto sentirnos, que has construido un muro entre ambos. No haré nada para derrumbarlo. Hasta me seduce la idea de un muro entre dos personas. Aunque me duele sentir ese muro. El hecho de escribirte y que no contestes es como darme en la nariz con la puerta que no abre.

No sé que ha pasado. Bueno si sé, empecé a sentirte ahora que vos me has dejado de sentir. Así suceden las cosas. Conocemos más de las personas que nos interesan en su ausencia. Al menos eso es lo que demuestras.

No he hecho nada para llegar a vos, como invitarte a una cerveza, a caminar, a conversar, porque ya lo intenté y no coincidimos en el momento preciso. No insistí en algo que se tornaba en desencuentro. Pero soy terco, por algo no dejo de ser trágico. No sé como rogar. Respeto mucho el poder del no o las apariencias del no. Valoro mucho una negativa.

Lo peor de todo es que no tengo derecho de escribir esta carta. Otra carta que te escribo. Es solo que reacciono desde la última fase de la renuncia. Son mis últimos movimientos, mis últimos giros, mis últimas palabras que destino a usted. No puedo seguir escribiéndote si no me contestas o si me contestas y todo sea tan angustiante y hermoso.

No me gusta estar del lado de la orilla en que el sol nunca se oculta. Cuando encuentro un cómplice, encuentro una sombra y un viento para los abismos que me fabrico desde hace rato y que son tan insoportables como el sol.

Entendí tarde, muy tarde, que eras lo que siento. Es tarde porque ya no hay entrada. El muro está muy fuerte para mí. Y no quiero que se derrumbe. Y me tortura saber que no puedo pasar al otro lado. No tengo los bríos para hacerlo. No quiero estar detrás de vos como otros tipos. No soy otros tipos. Por eso mis complicaciones. No me imagino diciéndote reinita, echándote flores, persiguiéndote por todos lados, tratando de tocarte bajo cualquier pretexto. Me abruma la intensidad. Todo eso me parece lo más aburrido del cortejo, porque es lo más fingido.

Yo quise que las cosas nacieran como ocurrió con los abrazos. Pero tengo demasiadas complicaciones como para convencerte de que también puedo ser una elección para vos. Eso, si lo sientes, no es necesario aparentártelo o tratar de convencerte.

Soy lo que soy, y no sé como remediarlo, porque es lo que soy. Estoy en mí y con una mujer que quiero pero que siento un poco menos que vos. No te escribiré más. No quiero darle más cuerda a esta trama. Este es mi último brinco.

Te quiero, lo sé. Me gustas, no lo puedo negar. Pero no eres mi centro. Renuncio a ti, no por ti sino por mí. Estoy sintiéndote, escribiéndote, pensándote más de lo necesario. Por eso haré lo que debí hacer desde un principio. Es decir, nada. Porque creo que se debe renunciar a lo que se quiere para saber hasta que punto lo quieres. Por eso renuncio a ti. Necesito estar seguro de que esto no es pura vanidad.

Me muero por vos, pero no haré nada que me traicione para llegar a vos. Que las cosas nazcan. Si hemos de volvernos a sentir, que sea, entonces, así. Sino aprenderé de tu ausencia la forma en que no me hagas daño.

Me dueles y me salvas. Pero no me gusta estar de este lado, en que soy todos los tipos y no el tipo. Soy egoísta. Lo sé. Tengo otra y no renuncio a ti. Pero la otra está empezando a crecerme. Ya siento sus brinquitos en el estómago. Haré el intento de verte como a todas las mujeres. Eso me costará. Pero por algo soy poeta. Por algo debo hacer lo que me dicta la locura del corazón.

Y si hemos de coincidir después de mis renuncias y tus renuncias, entonces haré de ti la mejor cosecha de besos de la que se haya dado noticia en este siglo. Pero, mientras eso sucede, si ha de suceder, te cantaré en silencio hasta que se silencie la música y nos volvamos a encontrar, como queremos, con fechas y ausencias.

Desde siempre me ha inquietado la muerte. Desde muy pelao quise explicaciones sobre el tema. No entendía el por qué la muerte generaba tanto dolor y miedo. Quería sentir ese miedo y ese dolor para saber que era la muerte. Pero nada. Muerte puta. Te busqué donde no estabas.

Me subí a un árbol de ciruela que con un poquito de sal en una bolsa. Me senté en un gajo, cogí una ciruela, la mordí, le eché sal. Miré el cielo y jugué a desaparecer nubes. Guardé la fruta en los bolsillos. Una, dos, tres frutas. Esperé y la muerte nada.

Me senté en el tejado a eso de las siete de la noche. Llevé conmigo una cobija. Me enrollé. Tenía un machete de palo. Había hecho el machete con mis propias manos. Quería robarle la guadaña a la muerte. Llegó el frío, el miedo, los cocuyos, el silencio, los zancudos y la muerte nada.

Empecé el cuaderno de religión al revés. Cursaba cuarto de primaria. De la última página a la primera. Pensé que si escribía al revés podía volver al pasado, a lo que era antes de estar vivo, que sospeché era estar muerto. Creí que si escribía al revés yo crecería al revés. En vez de llegar a viejo retornaría el útero a verle la cara a la muerte. Nada. Lo del cuaderno no funcionó. La profesora me dejó toda una semana, en los descansos, pasando el cuaderno al derecho.

Busqué la muerte en las mujeres. Las amé con odio. Las odié con ternura. Me odié en ellas. Me amé en ellas. Intenté morirme en ellas. Me asusté en ellas. Huí de todas la mujeres que me dijeron te quiero mientras se cortaban las uñas. Sentí que algo tramaban. ¿Cuando crecieran de nuevo las uñas qué? Por eso el semen fue un aullido, una petición a la furia y a la desesperación. El semen fue mi grito líquido. Semen en la cama, en el baño, en el recuerdo, en la cara, en la mano, en el estómago, en el piso, en el miedo, en los calzoncillos, en los sueños, en la vida. Semen y olvido, mi legado. Pensé que la muerte tenía tetas y culo y la busqué en todas las mujeres. Las penetré queriéndome quedar dentro de ellas, en sus vientres. Quedarme allí calientito, a oscuras, buscando el verdadero rostro de la muerte. Pero fue imposible. Esa idea de muerte me dejó más vivo y más triste y más lleno de semen.

Me quedé callado en la pieza dejándome morir. Miraba el techo. Techo destechado, techo de techos, escenario de vacios, techo techón, te echo de menos techo, por techo como techo me abrumo, techo techito techo hijueputa. Sin respuestas. Me quedé con los ojos pegados al techo. Quise ser techo, materia inanimada. No sentir para no buscar. Entonces sino buscaba la muerte me encontraba. Pero nada. Me dormí y desperté yo en mí, separado del techo y de la muerte.

Escribí conjuros para invocar a la muerte. Escribí páginas y cuadernos. Creí que así ella accedía a mis llamados. Pensé que nos veríamos la cara de hombre a muerte, de muerte a muerte. Toneladas de palabras sin uso. Palabras en el basurero. Palabras pegadas con alfileres del techo. Palabras trituradas entre los dientes. Palabras empolvadas de olvido. Palabras que alzaron vuelo como pájaros y desaparecieron para siempre. Palabras aplastadas por los buses. Palabras encerradas con purina de engorde. Palabras con colmillos afilados, siempre hambrientas, sedientas de poetas chillones y afeminados, para salvar la literatura de una hecatombe.

Luego callé. Ni una palabra. La definición es definición, división de la cosa. Si digo árbol, el árbol es el árbol y no todo el paisaje. Entonces pensé que si no nombraba la muerte ella sería todo el paisaje y no la muerte. Una hormiga, una montaña, una pichada, una gotera, una nube… eran muerte. Pero el silencio era otro dialogo, otra división de de las cosas, otra enajenación de la muerte.

Busqué la muerte en la familia, en el colegio, en las mujeres, en los amigos, en los atardeceres, en los libros, el las nubes, en el miedo, en la lujuria, en la yerba, en la poesía, en la vida… Pero la muerte nada. Inalcanzable. Muerte a prueba de búsquedas. Muerte a todas las distancias y misterios. Siempre estuvo en mis ojos.
Conocí una mujer que no bebe y no fuma. Pero ella es todo el licor y el humo que necesito para espantar la pesadilla de la sobriedad. Su sobriedad me embriaga.

Ella estableció las condiciones para que la vaina entre ambos funcione. Me dijo que no peleara en la calle, no fumara marihuana sino resguardado, no estuviera con otra mujer delante de ella, no le dijera mentiras. Le dije listo.

Así son las relaciones. Acuerdos y acuerdos para acceder a la animalidad del otro. Buscamos preámbulos para no avergonzarnos del instinto. Porque somos animales que bebemos y cantamos. Es nuestra naturaleza. Hasta el asno rebuzna cuando bebe agua.

Acepté el acuerdo, soy un animal, un oscuro animal con garras y colmillos, un endemoniado animal que contiene su instinto. Un animal que bebe y se emborracha y mira el cielo. Un animal que aprendió a beberse el cuerpo de la mujer. Cada parpadeo un trago. Cada caricia un trago.

Me bebí a esta mujer el domingo. Su desnudez me aguó la boca. Su desnudez fue la caligrafía de mi erección. Su desnudez fue el octavo día de mi aullido. Su desnudez fue un cielo palpable a mis manos. Empecé a contarle los lunares. Parecían estrellas en su cuerpo. Como las estrellas eran incontables, pero se quedaron alumbrando el recuerdo. Me basta cerrar los ojos para ver su cuerpo en el firmamento, como si ella estuviera pegada con alfileres allá en lo alto y mi mirada le encendiera sus lunares- estrellas y uno que otro lunar se fugara de su cuerpo y desapareciera en la nada. Lunares fugases.

El domingo fue un astronauta borracho en su cuerpo. Viajé en ella desafiando la gravedad y bebí hasta la última gota de su desnudez.

Luego me sometí al acuerdo y le dije listo. No pelearé en público, igual nunca le busco problema a nadie, aunque por estos días quiero meterle un puño a un punkero de Girardota que lo llaman El simio. No fumaré marihuana, la primera mentira, hay que mentir un poquito, solo un poquito, es recomendable para el misterio. No me meteré con otra mujer delante de ella, me parece un buen trato, porque en ella mato la bestia que hay en mí y sé que en mis ojos, después de ella, el deseo estará dormido y veré con el desinterés y el cansancio del alma la belleza de otras mujeres.

Cuando ella partió de casa dejó en la sábana su olor a lechuga y a vino tinto. Se fue sobria de mí. Ignoró que mi mirada era de vino. No quiso embriagarse por establecer los acuerdos, el contrato para la entrega de su animalidad. Cuando yo había saciado mi apetito, había hecho las pases con el animal que llevo dentro, antes de firmar con un beso el contrato.

Ella no vio que había en mis ojos un bar, una mesa, dos sillas vacías, dos copas de vino y una canción de fondo, Contigo de Joaquín Sabina . Se fue, pero dejó en la cama, que es un desierto, su recuerdo como agua, como vino, para seguir emborrachándome.

Domingo. Otro domingo. El único día amargo y rojo. El día de la carne. Como siempre me desperté a las 10:30 de la mañana y le hice el almuerzo a mi hermanita. Pero quise hacer de ese acontecimiento algo distinto. No heroico sino distinto. Así que fumé marihuana y salí a llevarle el almuerzo a mi hermana. Quería saber que era llevarle el almuerzo a mi hermana en ese estado. Quería enojarme con el sol con argumentos porque no me gusta que me laman. Me ofusca el calor. He asociado el calor con el embarazo y la reproducción en masa. Y por estos días prefiero un Sida a un hijo.

Estaba solo y no quería soportarme en el mundo. No quería soportar el sol. Pero fue una experiencia buena. Al fin y al cabo buena.

Salí de casa y compré un cigarrillo Boston. Estaba tranquilo. Levitaba. Iba en el aire. Pero me cuidaba. No quería que nadie me sorprendiera en el aire. No es sano volar por estos días. Te pueden acusar de paraco o guerrillero o político o poeta o vago o violador… Y no quería caminar, para eso me había trabado.

El sol me quemaba el cuello. Pero ya no me importaba el sol. Mi actitud de murciélago se había rendido ante ese monstruo de luz. Igual, el sol estalla, encandila y hace felices a los más ciegos. Fui feliz levitando y con el sol lamiéndome el cuello, quemándome la piel.

Entré al atrio del pueblo. Ya sí lo hice caminando, consciente de mis pies. Como van a remodelar el parque los venteros lo invadieron. El parque es un pequeño centro comercial, de los de más baja categoría.

Las carnicerías están al lado de las verdulerías. El campesino sobre un costal exhibe su mejor yuca, la que arrancó el sábado en la tarde de su huerta casera.

La plaza de mercado huele a tierra. Huele a pantano reseco la plaza de mercado un domingo a medio día. Aunque más bien huele a todo y nada. El pantano es cosa mía. No hay olores definidos. El aroma de la cebolla sobrepasa el olor de la carne y el de la carne sobrepasa el olor de la naranja y de la naranja sobrepasa el olor del tomate y el del tomate el de la papa y el de la papa el de la yuca y el de la yuca ninguno. Pobre yuca. El campesino tiene que gritar. ¡Yuca fresca, mírenla! para que se percaten de ella. La yuca es demasiado tímida para dejarse vender. En cambio la carne es otra cosa. La carne hace fuerza, se enrojece y refresca su color. La carne muestra su mejor color ante el padre que le enseña al hijo como comprar carne. Porque a la vez el hijo a su hijo le enseñará a comprar carne, porque la carne es su sustento. Así es que se ha enseñado. Pero la yuca no. Ésta trata de esconderse todo el tiempo. Se tira tierrita encima y con las horas empalidece. Intenta confundirse entre el pavimento y el aire. Le teme al reconocimiento porque es un atajo al olvido. La yuca no quiere ser reconocida. Le aterra la idea de que como a la carne la utilicen para llenar los congeladores de las neveras. Y que una madre sienta que sin carne en la casa no hay mercado, no hay nada, se aguanta hambre. A la yuca le gusta el anonimato. No es vanidosa. Sabe que la vanidad la convierte en parte del sancocho. La vanidad la mata, le cambia la apariencia.

Llegué al supermercado donde trabaja mi hermana. Entré como pude, le entregué el almuerzo e intenté salir rápido. Tenía miedo. Debía comprar media canasta de huevos. Me sentía mal. No quería que descubrieran mi honradez. Los huevos valían 2.350 pesos y yo solo tenía 2.350 pesos. Me asustó que de pronto la cajera, que no era mi hermana, registrara más y yo no supiera que decirle.

“Perdone usted, es que pensé que valía 2350 pesos y eso fue lo que traje. Atienda al que sigue, yo dejo lo huevos”. Pensé que era una buena respuesta, en caso de peligro. Era una buena A bajo la manga.

Le entregué la plata a la cajera. Ella la contó. Mientras pasaba las monedas de 100 y 200, la de 500, la de 50, la de 200 y la de 100 y las sumaba al billete de mil, pensé que los huevos valían 2.500 y por 150 pesos tendría que salir avergonzado de no tener 150 pesos de reserva.

- Señor, le sobran cincuenta pesos, hoy los huevos están en promoción, me dijo la cajera.

Sonreí, y como ya tenía los huevos en las manos, dije gracias y partí. Al pasar por la caja registradora en que trabaja mi hermana le hice señas y me despedí. Salí del supermercado con 50 pesos. No me servían de nada. No me alcanzaba ni para un cigarrillo, pero no los arrojé a la basura, para algo te debían servir 50 pesos, así fuera para que me humillaran o para tirárselos a la yuca.

De nuevo paso por la plaza de mercado. Detalle que había pasado de largo, la música. En la plaza de mercado suena música parrandera y carrilera. Esa música crea una atmósfera distinta. Allí, perfectamente, el campo le arrebata al concreto (la civilización) el aburrimiento y lo convierte en sonrisa. Se siente bien estos lugares cuando tenes el alma empedrada con hojitas y tronquitos, cuando tenes alma de campesino.

Llegué a una tienda. No quería llevarme los 50 pesos para la casa, ni para un cigarro me alcanzaban. Pedí un confite. Una morena gordeta, de ojos desviados, porque mi compra era muy mala, mandó a su hijo a que me atendiera. El niño sacó de un frasco, redondo, de plástico, de entre una gran variedad de confites, una menta y un chicle motita. Él se destapó la motita, se la llevó a la boca, la mordió y cerró sus ojos. Se tomó su tiempo. Luego se acordó que yo existía y me dijo que con mucho gusto señor. Metí la menta en el bolsillo y me fui sin despedirme.

En casa pensé que debería escribir. Miré los árboles, escuché la cañada y busqué en el paisaje un pájaro. De entre una hoja de plátano salió un toche, voló y se alejó de mí. Sonrío. Recuerdo la invisibilidad de la yuca. Me identifico con la yuca. Me gusta la personalidad de la yuca. Y escribo como si ya supiera que escribir. Como si yo fuera una yuca. Como si ya supiera que escribir.

Te penetré odiándote. No te hice el amor. Te hice un asesinato a seis asaltos. Te odié con furia y amor.

El primer odio fue con ternura. Te toqué, fumé marihuana y bailé desnudo. Fui un caballo brioso e indomable por la planicie de tu cuerpo.

El segundo fue religioso. Entré en ti a profanar a Dios. Lo encontré entre tus piernas y me fui contra él a apuñalarlo. No me importó ser una hormiga. No fui consiente de mí fragilidad.

El tercero fue literario. Te leí algunos de mis textos. Me conté ante ti. Te puse un hombre al alcance de tus oídos. Luego, mi verga fue un lápiz que escribió en tu vientre: te odio.

El cuarto fue bohemio. Fumé más marihuana. Fuimos a un bar. Bebimos cerveza. Bailé solo porque me importaron más los amigos. No te quise besar en público. Borracho me llevaste a casa. Y te violé porque no te querías dar cuenta de que había anochecido y era necesario dormir.

El quinto fue mañanero. Me sentí mal por los dos. Antes de decirte buenos días te cabalgué dormida. Quería cerciorarme de que estabas viva para volver al intento de matarte.

El sexto fue amor. Te besé lento. Te toqué con todos los dedos. Chupé tu pezón izquierdo y me supo a chocolate y olvido. Traté de robarle a tu corazón algún latido. Ya no quise matarte. Te abracé desconsolado y triste. Me dieron ganas de llorar. Quise meterme en ti y quedarme como un microbio pegado a tu cuerpo. Y te miraba y te miraba sin palabras en la cabeza porque te habías muerto

La niña es la perrita de la casa. Es una fresh puddle que en la familia es más importante que yo.

La excusa de mi madre y mi hermana es que la niña es una animalito y depende de nosotros. Sino le damos comida se muere de hambre, sino la inyectamos se llena de perritos, sino la consentimos se muere de tristeza y necesitaría un psicólogo porque la depresión canica es una enfermedad mortal, sino la mal criamos se muere de encierro porque ella entiende otra lógica y por eso puede hacer lo que le venga en gana.

Es terrible cuando un animal se humaniza y se le trata como si fuera un humano. La niña lleva con nosotros unos siete años de humana. La miman, le traen cositas, le hablan, duermen con ella. Es como otra hija de mi madre. La niña tiene un lugar en la familia que no ha pedido. Ella llena una carencia de afecto, una incapacidad de amar a un semejante. Porque en la casa, mi madre, mi hermana y yo tenemos problemas con el amor y los afectos, y así como otros canalizan sus traumas afectivos en un gato, un cocodrilo, una ex-novia, una iguana, un conejo, un caballo, un amigo, un televisor, un vibrador, nosotros lo hacemos en una perrita.

El caso de la niña no es del otro mundo. La mayoría de las familias ven en sus mascotas la realización de muchos afectos reprimidos. Basta con escuchar el nombre de sus mascotas: Mateo, Camilo, Jesús, Lucas... y niña.

La niña es grosera y me ha hecho la vida imposible. Desde hace unos tres años nos odiamos y nos queremos sin medida.

Una vez intenté matarla, cuando eso trabajaba en un supermercado, había llegado a la casa cansado y con ganas de matar. Hay días en que uno quiere matar. Somos violentos por naturaleza. Los humanos somos una especie sensaciones y contradicciones. Estamos vivos en la medida en que sintamos. Por la sangre nos corre la guerra. Hacemos la guerra y buscamos la paz con más guerra, con la eliminación del otro. Bueno, amanecí en mí de asesino y llegué a la casa. La niña ladre que ladre. Le grité que se callara. Ladre que ladre. ¡Cállate! Ladre que ladre. ¡Cállate o te mato! Ladre que ladre. Al parecer me estaba ladrando a mí. Ladraba para sacarme de control. Ladre que ladre.

Salí y fui a una farmacia. Compré un frasco de mata ratas. Volví y la niña estaba en una silla mirándome. Empezó a ladrar de nuevo. Ese ladrido se me metía en la cabeza y me ofuscaba, me desconectaba algo. Me dolía esos ladridos. Me sentía de cortocircuito. Ladre que ladre. Me llevé las manos a las orejas. ¡Cállate demonio!

Recordé las veces que la niña me despertaba a las cinco de la mañana. Ella se hacía al lado de la cama, justo en la cabecera, y ladre que ladre. O cuando se subía a la cama, trepaba hasta la almohada y ladre que ladre. De un salto la niña se tiraba de la cama y se iba para la cama de mi hermanita. Como si cada acto fuera conciente y lo hiciera adrede. O las veces en que estaba encerrado en mi pieza leyendo. No quería que la niña me molestara con sus ladridos. Pero empezaba a rasguñar la puerta y a chillar. Me conmovía y abría. Me miraba como si realmente me necesitara y no fuera capaz de estar sola. Se echaba bajo la silla y se dormía. Al rato empezaba a roncar. La movía para que se despertara. Me gruñía. Volvía a roncar. La movía e intentaba morderme. Luego dejaba de roncar pero empezaba a peer. Tenía que irme de la pieza.
Recordé todo eso y otras cosas y fui a la cocina, saqué un pedazo de carne, le eché veneno y se lo tiré. La perrita se lo comió y me lamió las manos. Me sentí mal. La abracé y le di un beso. La niña me lamió la cara. La solté y siguió mirándome. No dejaba de mirarme. Míreme. Me sentí mal. Me dieron ganas de vomitar. Fui a la cocina por un tarro de aceite. Tomé a la niña, le abrí el hocico y le vertí el aceite. La niña se retorció y chilló hasta que vomitó. La bañé, la besé, le pedí perdón, la saqué a pasear y prometí no hacerle nada malo.

Las cosas iban bien. Hasta la perrita y yo habíamos hecho las pases. Hasta había dejado de ladrar y peer en mi pieza. Pero hoy ha vuelto a lo de antes. Me despertó a las seis del mañana. Luego me destrozó unas hojas de una novela que empecé a escribir. Dejé que destruyera las hojas, me hacía un bien. Después ladre que ladre. Ladre que ladre. ¡Cállate! Ladre que ladre. ¡Qué te calles o te tiro por la ventana! ladre que ladre. ¡Sino te callas te mato! Ladre que ladre.

Desistí de la batalla. Decidí irme a caminar y despejar la cabeza. La niña sabe que soy incapaz de alzarle la mano. No mato una mosca. Así que ella ladra y yo grito que se calle. Pero, tal vez, ella hace lo mismo que yo y grita que me calle, que deje de gritar, que mi voz es muy fea y la intranquiliza, que mis gritos se le meten al cerebro y le desconectan algo, que si sigo gritando me va a morder, que si no dejo de gritar una noche de estas me arrancará el corazón de un mordisco, que ya sabe como hacerlo, que ya lo ha intentado varias noches pero no lo ha hecho porque me quiere y le gusta que yo la mime.

Camino. Pateo piedritas de impotencia. Una piedrita, dos piedritas... La niña está en casa esperándome. Tres piedritas, cuatro piedritas. No soy capaz de matar una mosca así tenga la cabeza llena de impulsos macabros. Cinco piedritas, seis piedritas. Guau, guau, guau...
Hay cosas que no entiendo, y por eso mismo me desconciertan. Voy a contar una de tantas cosas que me pasan y aún ummmm… no sé.

Una vez venía en el bus hacía Girardota. Eran eso de las seis de la tarde. Esa jodida autopista a esa hora es un desastre. Hay trancones. La gente con zorra, mal aliento… El estrés se respira. El calor, el bochorno te hace insoportable el viaje. Queres convertirte en asesino y matar a todos los que huelen feo. Pero nada, te aguantas la rabia.

Había descubierto un método para tal tragedia. Era un juego, que muchas veces, me hizo corto el viaje. La cuestión era sentarme en una silla x, cerrar los ojos, hacerme el dormido. Imaginaba, siempre, que la persona que se sentaba a mi lado era una mujer (paradójicamente hermosa). Hacia la operación en la imaginación. Casi siempre se me sentaba un man, gordo, grasoso y me agredía con su tamaño y presencia. Pero cuando se me sentaba una mujer era otro cuento.

Sentía que era mujer por su olor. La olía y no abría los ojos. La olía para cerciorarme de no ir a cometer un error imperdonable. Olía de nuevo. Casi siempre olía a manteca quemada mezclada con jabón Neko. Entonces, cuando el olor era inconfundible, empezaba el juego. Siempre he creído que se puede pasar imágenes eróticas a otra persona con un roce de mano o de brazo. Imaginaba que besaba el cuello de la mujer y de una, por mi debilidad, la cremallera se abultaba. Una imagen tras otra. Curiosamente, me olvidaba de los ojos. La cuestión era sentir.

Ese juego lo hice muchas veces. La clave era el olor. Infalible el olor. La mujer huele diferente al hombre. Su olor a mamífero es menos fuerte que el del hombre porque ella sufre más. El hombre respira como tractor, la mujer respira como sin respirar, como si fuera un acto acrobático. El hombre se sienta y agrede el espacio, la mujer se sienta y se acomoda como una ficha de un rompecabezas. El hombre huele a caca de sapo con un poco de vaselina y leche de vaca y pantano, la mujer, ya lo dije.

Solo dos veces tuve éxito. Una, mierda, una señora empezó a moverse, a búscame, a respirar raro, a tocarme con la mano la rodilla. Me asusté por qué no creí que esa locura funcionara. No imaginé que lo de las imágenes eróticas fueran efectivas. No estaba preparado para responder a la efectividad de mi experimento. Abrí los ojos y era una señora divina. Ella también abrió los ojos y me hizo malacara. Se paró del asiento y se sentó en otro. Se ofendió porque yo quebré el hechizo, la complicidad del juego. La vi dormida en otro asiento buscándole el lado a otro.
Luego, días más tarde, volví a sentir que otra mujer respondía a mis imágenes eróticas. Me comprimía y era como si la imagen bajara de la cabeza, pasara por el cuello, descolgara por el hombro y de mi codo brincara al codo de ella y la encalambrara. Ella también empezó a moverse y yo con ella. Aprovechaba cada curva de la carretera para buscarle el lado. Sabía que si abría los ojos se rompería el hechizo. Toque que toque, imagen tras imagen, respiración tras respiración. De pronto, válgame Dios, sentí unos labios en los míos. Pero fui un valiente porque no abrí los ojos. Sentí el beso. Cuando terminó abrí los ojos y vi una mujer bajarse del bus. Cuando arrancó, ella, parada en la calle, se despidió con la mano. Era joven y morena y delgada. No la volví a ver.

Después de eso no volví a hacer ese juego. No sé bien por qué, pero esa mujer, la que me besó, me imposibilitó para emitir mis imágenes eróticas. Quede medio y triste. Estoy lleno de ausencias.

E intentado hacer el juego en otras rutas. Pero nada. Lo mismo. Siento como el beso de no sé quién, de una fantasma, me sube a los labios y me despierto y abro los ojos. Hasta le escribí unas líneas por si me la encuentro algún día:

“Me diste un beso araña. Un beso con ocho patas. Lo sentí en ocho partes al mismo tiempo. Me diste el beso de las ocho ausencias. Me dejaste el misterio como una red”.

Pero nada. Así son las cosas. Para mis tomentos otro tormento.

Una mujer de cuarenta años, gorda y rezandera por todos lados, fue encontrada muerta, en su cama, sin una gota de sangre. En el cuello, en la yugular, tenía un puntico rojo, como una picada de zancudo. Los médicos y las autoridades desconocen las causas de la muerte. Aunque todo el pueblo sabe, lo rumora, que la mujer soñó con Dios.

Acabo de llagar a casa. Me acuesto en la cama de mi madre. Estiro los pies. Es sábado a las dos de la tarde. Es un día y una hora en que no hay mucho que hacer. Miro los pies, mis dedos deformes y sonrió. Miro la TV. Tengo frío. Estoy tan solo que quiero aburrirme, así siento algo, y sé que para aburrirme basta con ver el canal de RCN.

La pantalla se enciende. Primero se torna gris, pigmentada, como una lluvia de granizo. Luego se aclara y aparece, progresiva y lentamente, la cinta “Los Ángeles de Charlie”. ¡Mierda!

No sé porque veo la película. No quiero verla. Sé que es malísima y boba, pero me quedo viéndola. ¡Cárajo! (el carajo con tilde me parece que tiene más estilo. Además, la sílaba cá da un brinquito en los labios que me gusta). Sé que estoy perdiendo el tiempo, pero, a la vez, no quiero hacer nada para remediarlo.

Sé que el argumento de la cinta es para bobos. Basta con ver esos numeritos de baile que no tienen nada que ver con el argumento, que solo sirve para exhibir traseros y pechos. O las parodias cojas de otras películas o series, ejemplo: CSI’s o se oye Flashdance. Aún sabiendo eso, sigo viendo.

Las escenas de acción en las que se ve a las tres chicas y a los malos no se las cree nadie. Pero las veo y me asombran. Eso de que saltan desde una presa con un camión (que casualmente lleva un helicóptero en el maletero) y consiguen poner en marcha el helicóptero, subirse todas a él y volar antes de darse contra el suelo. ¡Qué mierda tan jodida!

Son injustos, para un espectador, ver los saltos imposibles de esas chicas que desafían todas las leyes de la física sin que se les parta el coño. O que aparte de bobas y elásticas y bellas y retefollables uno crea que son inteligentes. Pues de la nada, de obra y gracia de Joseph McGuinty Nichol (director), poseen una habilidad sorprendente de deducción, que ni los del CSI juntos ni Sherlock Homes con todo el opio pueden igualar. Es que deducen que una mancha de aceite en el traje de una mujer atropellada, pertenece a un 4*4, del que sólo hay modelo y cuyo dueño es el vecino de la muerta. Uno se queda con la boca abierta. En fin, la cinta los Ángeles de Charlie, ni para aburrir sirve.

Otro punto, es la construcción de los personajes. Desde el nombre de las chicas se falló en la historia de la película. Nath, Dylan, Alex (Cameron Diaz, Drew Barrymore, Lucy Liu). Nombres inapropiados, ambiguos, muy masculinos, pensados tal vez, como para justificar el trabajo de las muchachas, que es imposible de imaginar en cuerpos tan frágiles.

Esta película, dirigida por un tal McG (Joseph McGuinty Nichol). En el año 2003. Hace parte de una racha de cintas en las que Hollywood acusa cada vez, no sólo su falta de nuevas ideas sino también una inusitada ineficacia para contar historias, y para ello, refritan series televisivas de décadas pasadas: Batman, The Brady Bunch, Los vengadores, Misión Imposible, Perdidos en el espacio, Mi marciano favorito, Jim West, Maverick, El fugitivo, El Santo, Los Beverly Ricos, Los locos Addams... y están pensado en llevar a Barney al séptimo arte.

A la película la afecta bastante que el director, McG, haya sido hijo de la publicidad y de los vídeos musicales. Cada secuencia es como un videoclip.

No sé como acabé de ver la película. Confieso que queda uno con una sensación extraña de haber visto nada. Tal vez eso era lo que quería. Ser un agujero negro un ratico. Creo que hay que ser inútil un ratico. Vi la película y quedé en blanco ni siquiera aburrido.

Se termina la película. Cambio de canal. Nada. No sirvo para ver televisión. Apago la Tv y me quedo mirando el techo. La perrita ladra. Intento buscar un zapato y reventarle el hocico, pero no tengo alientos de mover la mano. La dejo ladrar. Sigo mirando el techo. Suena el teléfono. No contesto. No quiero hablar con nadie. Trinnn, trinnn, trinnn...

Trinnn, trinnn, trinnn... Otra vez el teléfono. El maldito télefono. El puto teléfono. Y para no escuchar más ese aparato contesto.

- ¡Aló! Funeraria el agujero negro, en que podemos colaborarle

- Aló. ¡Aló! ¿Con Camilo?

- Sí, con él

- Habla con Héctor, ¿Qué hubo hermano? llamaba a saludarlo. ¿Usted no cambia? Y ¿Qué hace?

- No... ehhh… nada interesante. Acabo de decepcionarme otra vez. Vi los Ángeles de Charlie para aburrirme y no me aburrí. La verdad, no soy critico ni poeta ni escritor ni cuentista ni nada, pero esa película es ¡Un fiasco! Me hubiera gustado más ver en el canal 63 ó 62, de Cable Unión, entre las rayas del canal, los cuerpos curvos, de una película porno. Por lo menos me hubiera dormido agotado y débil.

- Ah… Eso suele pasar. ¿Qué tal si esta semana voy a Girardota y nos tomamos una cerveza?

- Claro hombre. ¿Por qué no me llama al celular?

- listo.

- Suerte.

Hay cosas que un hombre debe hacer para ser digno de tal apelativo.

La primera es irse de la casa. Renunciar a las seguridades de la madre, de la familia. Renunciar a las atenciones, a que la mamá le lave los calzoncillos, le haga sopa de fideos los miércoles, le tienda la cama, lo trate como un retrasado mental, le ponga babero para que no se chorree frijoles en la camisa, le diga el niño de la casa, le muestre el mundo como un idilio y no como un campo de batalla.

Hay que huir de la casa. Saberse uno en el mundo. Porque el amor de madre, cuando es sincero y entregado y desinteresado es como un par de zapatos estrechos. Porque te gusta el par zapatos, tus únicos zapatos. Además son los zapatos de moda, no te importa que te queden estrechos. Con tal de no ir descalzo y no ser juzgado por tus callos y los dedos deformes. No importa que los zapatos te tuerzan los pies, te jodan los puentes, te quiebren los dedos y no podas caminar muchas distancias porque no te aguantas los jodidos zapatos. Así el amor de madre, no te jode el pie, pero si te oprime los sueños, que es peor. Te quiere tanto que te sentís culpable de irte, de quedarte, de no hacer nada, de hacer algo. Y por una gratitud que no estas obligado a agradecer, te quedas en casa mientras los sueños se te van marchitando, las ideas se van torciendo, el corazón se va arrugando sin satisfacciones. Por eso hay que irse de casa. Entre más rápido mejor.

Bueno, siento que es importante irse de casa, pero, irónicamente, vivo con madre. Tengo esa idea loca de que ella es la primera mujer que me dio la vida. Ella y mi hermana. Tengo dos mujeres en la casa para aprender de ellas. Así que las trato como novias. Aclaro, las trato, no las toco como novias. Creo, que de alguna forma, la mujer que se encarte conmigo y le den ganas de estrellarme contra la pared con un taburetazo porque decidí escribir a hacerle el amor, en algún momento, cuando se acabe la magia del cortejo, la trataré como traté a mi madre o a mi hermana.

En fin, aun no me voy de la casa. Pero se que debo irme, tarde o temprano, volverme a ir.

Lo otro que debe hacer un hombre es matar a los ídolos. Renunciar a la idea de Dios en todas sus posibilidades. Nadie puede pretender salvar a nadie sino se ha salvado así mismo. Es como si uno buscara en el otro amarse así mismo.

Hay que matar las influencias, los autores que nos gustan, los amigos que admiramos, los discursos que nos deslumbran. Hay que olvidarse hasta de uno mismo. Reinventarse desde el dedo meñique hasta los dientes. Decirle a Dios: Qué sabe que hermano, usted existe y los es todo, está en todo, pero sabe qué pelao, yo no estoy con usted en todo. Suerte que lo vi. Hasta la vista Dios, tengo cosas más importates que pensar en usted, como mirar las nubes, pensar en el entrepiernado de … uhhhhh… mejor me callo, como solucionar mi huida de casa, como irme de todas las seguridades y adquirir la soledad como una enfermedad venérea. Irme a algún lado, así sea a la muerte, pero irme y aprenderme en la lejanía.

Los ídolos nos joden la existencia, la psiquis. Nos metemos en situaciones que no nos pertenecen. Prestamos argumentos de otros tipos para solucionar nuestros problemas. Como si la vida fuera un ensayo y la puesta de sol una cita de Montaigne o la mirada de una mujer un verso de Pedro Salinas. Como si uno fuera solo un experimento de gelatina permeable a todo, menos así mismo.

Irse y aprender a decidir. Irse y sentir los rugidos del hambre. Irse y verse sin rumbo. Irse y esconderle la cola al diablo. Irse y descubrir que Dios es una farsa. Irse y destetarse del amor de madre. Irse y aprender a llorar. Irse, irse, irme, irnos. Irse

Ayer llegué a la casa. Me senté en el computador y quería escribir un texto para el blog. Lo había pensado toda la semana. Quería argumentar que el celular es un atentado a la individualidad. De alguna manera ya lo tenía escrito en la cabeza.

Puse las manos en el teclado:

No sé que escribir… no se me ocurre nada… estoy triste… mierda no puedo escribir… mamá sálvame de mi mismo… Tres elefantes se balanceaban sobre la tela de una araña… ehhhhhhhhhh…. Ahhhhhhhhhhh…. Pusssss… nananana… ¡Cárajo!

Me levanté del computador. Pensé que era el momento para escribir en un cuaderno y no en el pc. Tomé el cuaderno entre las manos. Alcé el bolígrafo. Intenté retomar las ideas que ya tenía organizadas en la cabeza. Me quedé como quieto. Esperaba ser poseído por el tema. Nada. Otra vez nada. Por inercia escribí un verso. “Morir es una posibilidad, vivir son muchas posibilidades”

Mierda. Nada me salía de los celulares. De esa plaga. De esa enfermedad que es más contaminante que las mujeres embarazadas. Y peor aún, una mujer embarazada hablando por celular. En mi cabeza todo estaba en orden. El argumento era que el celular es una negación del individuo, una adicción a la dependencia, un no querer escucharse, una incapacidad a decir no.

Me preocupa el hecho de que el celular se esté convirtiendo en un método de tortura, de control. Además porque cada vez son más versátiles y multiusos. Y se está pensado (no es muy descabelladlo que suceda) que el hombre sea el celular del celular. Llegará un momento en que ya no haga falta comunicarse con el otro porque el celular dará el mensaje determinado. Ese aparatejo pondrá citas, dará la hora de suicidarse, levantarse, enamorarse, emborracharse sin que el individuo abra la boca. Llegará el momento en que el hombre no pueda más que gesticular más que monosílabos por haber perdido la necesidad de expresar las preocupaciones porque el celular será su tarot, su mesías, su olvido.

Seguía en frente al cuaderno, con el mismo verso sobre la muerte. Pero nada sobre los celulares. Intenté escribir una primera frase “Los celulares son más peligrosos que los sacerdotes” No. Esa frase es muy ambigua, apenas la entiendo. La taché. ¿Pero si tenía todo tan claro? Mierda.

De nuevo envisto la página. Escribo: celular, célula, celulitis, celululular, cecelulularlar. ¡Puta página en blanco! Me sos incomprensible. No me dejas escribir. Puta página. Si tuvieras piernas no dudaría en meterte la mano. Celular, celular, celular. Puta página. Puto Camilo.

Por la página en blanco pasan imágenes, temas, nombres de mujeres, fracasos, pero nada referente a los celulares. Incluso intento variar de tema y escribir sobre los paramilitares extraditados. Cosa que también me preocupa. Uribe otra vez se salió con la suya. Es un presidente guerrerista y manipulador, nos tiene engañados a todos. Ha pelado con Ecuador, con Venezuela, con Nicaragua, Con las Farcs, con el cielo, con las universidades, con los profesores, con los camioneros, con la constitución y le lambe las botas a los Estados Unidos. Lo más preocupante es que cada vez su tercer mandato es más promulgado. Y ahora con lo de la extradición de los paracos es más popular. Cuando lo de la extradición es una cortina de humo. Es una negociación entre los paracos, Uribe y los Estados Unidos. Hay algo en el fondo más macabro. Además eso es posible porque somos un país paralítico, parásito, paraguas, pararayos paranguacutirimicuaro, paraco, un país de vegetación roja por las once guerras civiles que hemos sufrido. Qué se pudra Uribe y los uribistas. Mierda, ese no es el tema.

Sigo con la página con el mismo verso y unas frases tachadas. Desisto de escribir, acepto que no es mi día. Apago el computador. Voy a la cocina y busco una galleta Saltín. Vuelvo a la pieza. Muerdo la galleta. Pienso en los celulares. Me siento triste e inútil. Apago el bombillo. Me tiro a la cama. Otro mordisco. Miro el techo, bueno, imagino que miro el techo porque todo está oscuro. Otro mordisco. Ya no pienso. Otro mordisco. Otro mordisco. Otro mordisco.

Camilo cursa cuarto de primaria. Es un niño silencioso y tímido, le asustan las preguntas. La timidez le enciende las mejillas.

En el salón, en clase de artística, Camilo saca un cepillo de dientes, un pincel, un cuarto de cartón paja, un lápiz y los vinilos. Debe pintar algo, lo que se le ocurra. Camilo dibuja una rosa con espinas.

Alza el pincel, lo unta de vinilo, el verde hace su trabajo, el rojo mezclado con blanco da el rosa casi rojo de los pétalos. Al ver el dibujo se sonroja y decide dárselo a Juliana, la niña que se sienta a tres sillas. Camilo mira a Juliana que también lo mira y baja la cabeza para evitar el contacto con la mirada. En ese momento desiste de su hazaña y se queda mirando el piso con la esperanza de que se abra y se lo trague de una vez por todas.

Juliana toma el pincel, el cartón paja, el cepillo de dientes, los vinilos y dibuja una matera. Ella quiere un recipiente para sembrar un gajo de ciruela y una fruta de naranja. Quiere un híbrido, un ciruelo que dé naranjas con pepas de ciruela.

La profesora revisa los dibujos. Al ver mamarracho de Camilo dice que es feo y amorfo. Camilo intenta explicar que es una rosa con espinas, la que quiere darle a Juliana. Pero se queda mirando a la profesora, una gallina con buenos modales, sin abrir la boca. La profesora se sonríe.

- ¡Muchachito! ¿qué es eso? Si es una rosa perdió todo el tiempo, esas espinas parecen dientes de tigre. Su dibujo es pésimo, no es fiel a la realidad. No sé en que estás pensando, pero no debe ser nada bueno. En fin, por no haber hecho el ejercicio como debía hacerlo debe repetirlo. Si, repetirlo en el tiempo del descanso.

Suena el timbre. Las sillas de un lado para otro, los niños en plena locura de loncheras. Los gritos y Camilo al lado de la ventana, con la mirada clavada en el patio, en los niños que han empezado a jugar chucha cogida y escondidijo, en Juliana que abre su lonchera y muerde un pan tajado. Una lágrima cae sobre el cartón paja. Otra lágrima. Se limpia los ojos y en silencio dibuja la rosa, esta vez sin espinas. La profesora lo felicita.

Camino a casa, con la flor sin espinas bajo el brazo, Camilo ve a Juliana. Con determinación, como si no fuera un niño tímido, como si la timidez no existiera en su vocabulario, como si la timidez fuera otra cosa, se dirige a ella y le entrega la flor. Juliana sonríe. Camilo se asusta, sonríe, vuelve a sonreír, se siente bobo, no sabe que más hacer y sin decir nada se aleja cabizbajo. Piensa que de nuevo hizo todo al revés, que estaba condenado a ser rechazado, que la vida era injusta, que el amor era injusto, que Juliana no lo quería, cuando había sucedido lo contrario. Camilo para Juliana fue un héroe, el niño que le dio una rosa que era a la vez una naranja con pepas de ciruela por dentro.

Camilo se recrimina el haber entregado la flor sin espinas. Hubiera hecho más no haberla entregado. Maldice a la profesora. Con las manitas en el bolsillo, de vez en vez patea una roca, va triste porque había obsequiado una rosa sin espinas. Intenta llorar pero no puede.

De pronto siente que alguien le toca la espalda. Se voltea y ve a Juliana. Ella le da las gracias y le propone que sean novios. Así por así, sin espinas y preámbulos. Camilo siente sus mejillas arder. No sabe que decir. Juliana sonríe y le toma la mano. Camilo sigue callado, asustado, con ganas de llorar. A unos cuantos metros siente una punzada en el corazón y sin medir el peso de sus palabras se suelta de la mano de Juliana y le dice que no, que él no quiere ser su novio porque no le gustan las mujeres. Juliana se queda paralizada. El rechazo la deja muda e impotente y ve como su novio de unos minutos se va y se aleja de ella. Juliana llora.

Juliana llega a casa y tira la flor al bote de la basura, sin percatarse que a la rosa le había nacido en el tallo una gran espina que parecía un diente de tigre.