24 julio 2018

Por Juan Camilo Betancur E.

Si amas una flor que está en una estrella, es reconfortante mirar el cielo por la noche. Todas las estrellas son un alboroto de flores.
Antoine de Saint-Exupéry. 



De ante mano, en esta segunda emisión del programa “Me revientan los adultos” le agradezco a los papás de Abraham, Silvia y Santiago y a la madre de Mathias, Diana, porque es por su apoyo que es posible publicar estas conversaciones. Estos padres me han permitido acompañar sus hijos por más de dos meses. En ese tiempo les mostré cuentos infantiles, ejercicios corporales como posturas básicas del yoga y un poco de meditación. Con las rutinas y las visitas cada ocho días logré crear una atmosfera de confianza con los niños para hablar de temas de su interés y del mío, por supuesto. Para esta segunda entrega nos enfocamos en las estrellas. 



Sin ser este un texto de astronomía, más bien una aproximación, empezaría diciendo, como aparece en muchos libros científicos, que las estrellas son masas de gases, principalmente hidrógeno y helio, que emiten luz. O también que son motores de energía cósmica que producen calor, luz, rayos ultravioleta, rayos X y otras formas de radiación. 



Lo bello es que aunque han sido tan estudiadas y se les ha definido de manera contundente, nadie sabe cuántas estrellas existen en el universo. Por algo, desde tiempos remotos nos han atraído los fenómenos celestes. Desde antes de la llegada de Cristo, Tales de Mileto enseñaba que las estrellas estaban constituidas por fuego. O Pitágoras ya hablaba de la esfericidad de la Tierra. 

La Tierra y el cielo han sido inquietudes permanentes de las civilizaciones, desde los asirios hasta los hindúes pasando por los egipcios y griegos. Desde sus conocimientos han ordenado las estrellas, descubierto movimientos de los cometas, anunciado eclipses del Sol y Luna. También imaginaron fuerzas divinas y monstruosas como gigantescos dragones. 

Nada más, como una mirada muy superficial de lo que es la mitología de las culturas antiguas, citaré unos cuantos ejemplos sobre como consideraban la Tierra y el cielo: Para tribus de la India la Tierra era una enorme bandeja de té que reposaba sobre tres inmensos elefantes; para los antiguos egipcios el cielo era una versión etérea del Nilo, por el cual el dios Ra (el Sol) navegaba de Este a Oeste cada día. En Grecia es la diosa Gea la madre de la creación y ella fundó una dinastía de dioses que tenían su residencia en el Olimpo, en África los Bambara dicen que recibieron de una civilización extraterrestre proveniente de Sirio sus conocimientos de Astronomía; en América los mayas utilizaron la astronomía para estudiar la influencia de los astros sobre la tierra, los incas se consideraron descendientes del Sol, los aztecas adoraban al dios Huitzilopochtli joven guerrero, símbolo del Sol que cada mañana se enfrentaba con sus hermanas las estrellas. 

Con programas como este, con el acompañamiento de los padres, se busca conectar a los infantes con el mundo que habitan, pues, en la era digital, esta era, los niños viven más en el mundo virtual y por tal motivo no entienden su contexto y las tradiciones de sus padres que se formaron con la interacción con otros humanos y no con pantallas. Por lo que este espacio permite reconectar a los niños al mundo emocional y la magia interior que cada infante lleva: su monada o chispa divina. Así que amable lector, sí sientes que este ejercicio puede sensibilizar a otras personas, puedes compartirlo. Espero sea de su agrado y si se anima, puede dejar un comentario.



11 julio 2018
Por Juan Camilo Betancur E.



El medio mejor para hacer buenos a los niños es hacerlos felices. 

Oscar Wilde 
A partir de ahora, en la medida de las posibilidades, las entradas en este blog se intercalarán con algunas conversaciones con niños. Estas conversaciones serán de temas diversos, según los intereses de los infantes. En este primer encuentro hablamos de los atrapasueños. Objetos cuyo origen se remonta a las tribus indias americanas. Su aro era fabricado con la madera del sauce y representa la rueda de la vida. La red, que es como una tela de araña, son los sueños y anhelos que se van tejiendo noche a noche. En el centro de la red hay un agujero que se nombra como el vacío o el espíritu creador. 

En la conversación con los niños se omitió la explicación del párrafo anterior y por eso mismo es maravilloso como los niños exponen sus puntos de vista, de manera muy personal y con mucho sentido, como si ya conocieran las explicaciones con solo imaginarlas. 

Por otro lado, el contexto de estas conversaciones se da en un encuentro semanal. Los visito durante una hora. Iniciamos con algunas posturas de yoga y una posible meditación de no más de 5 minutos. Luego leemos un cuento infantil y realizamos algunos ejercicios de escritura o pintura. Para esto es vital el acompañamiento de los padres porque saben cuáles son los rasgos predominantes de sus hijos, sus sueños, sus temores… y de esta manera aportan para le elección de la bibliografía y las meditaciones. 

La idea es conectar a los infantes con el mundo que habitan, pues, en la era digital, esta era, los niños viven más en el mundo virtual y por tal motivo no entienden su contexto y las tradiciones de sus padres que se formaron con la interacción con otros humanos y no con pantallas. Por lo que este espacio permite reconectar a los niños al mundo emocional y la magia interior que cada infante lleva: su monada o chispa divina. Así que amable lector, espero sea de su agrado estos audios y también, si se anima, puede dejar un comentario.



9 julio 2018

Por Juan Camilo Betancur E.
El mundo será de los mansos.
                                                                                                                      Juan José Hoyos 

 Leí hace tiempo en el periódico El Colombiano una crónica que hizo el periodista Alberto Salcedo Ramos sobre Juan José Hoyos, el maestro de muchos. Sentí que ese homenaje era apenas merecido. Después de ese texto hice memoria de cómo fue que lo conocí. Recuerdo que al ingresar en la Universidad de Antioquia, en el 2003, quise preguntar a los chicos de semestres avanzados sobre el maestro. Todos sonreían y me decían que esperara para que averiguara por mis propias percepciones. Pues, para muchos, en ese entonces a puertas de su jubilación, era uno de los profes más aburridos de la facultad.

Sin embargo, ya era un periodista conocido por ser parte de una de las primeras generaciones de periodistas formados por la U. de A. graduado en 1975. También, se destacó como reportero y enviado especial del periódico El Tiempo entre finales de los setenta e inicios de los ochenta. Entre sus crónicas icónicas estaba la que le hizo a Pablo Escobar donde describe los lujos y las extravagancias del capo que por aquel tiempo era parlamentario del Movimiento Renovación Liberal. Además, muchas de esas crónicas se recopilaron en sus libros: Sentir que es un soplo la vida (1994) cuya crónica "Los muertos fuimos cinco" sobre una masacre en el municipio de Remedios es más que un relato de terror. El oro y la sangre muestra lo devastador de la minería, el cáncer de la actividad extractiva que sigue vigente; libro que le demoró 15 años y con el que obtuvo el primer premio de Periodismo Germán Arciniegas (1994). O Viendo caer las flores de los guayacanes y Un aprendiz de jaibaná. Múltiples textos que fueron determinantes en su más de 40 años de contar historias para que recibiera en el 2017 el premio Simón Bolívar a la vida y obra.


En ese entonces, esperé tres semestres para ver una clase con él. En ese primer encuentro salí decepcionado. Creí que el gran Juan José Hoyos iba a dar un discurso que me cambiaría la vida. Ese día llegó y se sentó frente a todos. No habíamos más de seis estudiantes y en un silencio, casi aterrador, leímos la crónica “El sastre” de Gay Talese. La clase fue tan tranquila que se tornó algo aburrida para mi gusto. Precisamente, lo entendería después, ese era el truco. Buscar lo asombroso en lo que a primera vista no tiene importancia. Por lo tanto, en cuestión de meses, de un momento a otro, estaba hipnotizado con su conversación. Cuando me dije que iba a recibir las clases sin expectativas y empecé a asistir después de clase a algún bar donde iba Juan. Pues al finalizar la clase él nos invitaba a tomar tinto o cerveza. Y sin que me diera cuenta esas invitaciones se convirtieron en las clases maravillosas que estaba buscando. Fueron esos encuentros los que me permitieron ver la grandeza de Juan José. Su método consiste, como en la antigua Grecia, en el diálogo que intenta construir cotidianidades más que conceptos. 


Años después, ya jubilado de la universidad, me invitó a su casa en Cisneros donde vive con su esposa, Martha, una mujer contemporánea de las flores que cultiva orquídeas, anturios, entre otras variedades. El motivo de la visita era acompañar a Juan el día del idioma. Él compartía con los niños de la escuelita El Balsal ubicada en los límites de Santo Domingo y Cisneros, pero abandonada por ambas administraciones. Llegué en la noche del 22 de abril. Juan José estaba algo resfriado, pensé. Pero era algo más grave, Juan es alérgico al frío y esto le ocasiona una tos intermitente que no le permite respirar. Esa noche Juan se enfermó y en la madrugada lo llevaron al hospital. Llegó de nuevo a las cinco de la mañana, disfónico, con un pasamontañas y bufanda a organizar el evento. Cuando le pregunté si quería descansar me dijo que ya estaba bien porque era de día. Me confesó que desde hace mucho le teme a la noche porque no puede dormir. A veces, cuando oscurece, se asusta porque estará de nuevo ante sus fantasmas. Luego, revitalizado, me dijo que cuando uno le hace una promesa a un niño hay que cumplirla. 


Estuve en silencio. No sabía qué decir. Su historia cotidiana, de la que fui testigo, era una línea en ese gran dibujo del mundo que ha hecho con sus relatos. Pues tiene la certeza del poder de las historias porque afirma que la gente no puede vivir sin las mismas. Fue inevitable evocar dos episodios, entre muchos que me compartió, donde se manifiesta este postulado. El primero, lo relata en el prólogo de su libro Sentir que es un soplo la vida. El hecho ocurre hace ya varios años cuando investigó a una tribu indígena, los katíos, en Valparaíso, Suroeste antioqueño. Sobrevivieron a la violencia de los cincuenta gracias a que vivieron en los árboles hasta que volvieron a pisar la tierra gracias a una donación. Esa cónica conmovió a los lectores y provocó que algunos antropólogos quisieran estudiar la zona. Uno de los visitantes hizo un negocio con el Jaibaná y se llevó el tambor dejándole una flauta, un tenedor, un cuchillo, un porta comidas y doscientos pesos. Esto originó que el Jaibaná se enojara con Juan José. Por lo que Juan publicó una crónica en El Tiempo “¡Qué devuelvan el tambor”. “Al día siguiente, por la noche, recibí una llamada del jefe de redacción de El Mundo. Decía que en el periódico había una fiesta. Que fuera a acompañarlos. ¡Qué habían devuelto el tambor!” recuerda Juan. El segundo suceso fue con la pérdida de un morral donde llevaba el portátil con un archivo muy adelantado de su última novela que es en honor a su padre, a quien retrata magistralmente en el relato “Historia de un diccionario” que se publica en El libro de la vida (2006). La noticia se difundió por los medios locales y el morral apareció en El Colombiano. En ambos casos, Juan evidencia el poder de la palabra y los medios de comunicación. Y cada que puede rememora el momento en que el Jaibaná, al recibir el tambor, dijo que Juan tenía más poder que él. 


Juan encarna el siguiente postulado: “uno recuerda mejor una historia que una fecha importante”. Por algo, todavía los lectores lo siguen en su espacio dominical en el periódico El Colombiano. Y las veces que ha anunciado su retiro por épocas de insomnio, sus lectores le envían cartas para que los siga acompañando. De esta manera, a parte de sus lectores, también ha acompañado a varias generaciones de periodistas dejándoles textos memorables como: El método salvaje, Escribiendo historias: el arte y el oficio de narrar historias en el periodismo (2003), la contribución al rescate de 400 años de tradición del periodismo narrativo en Colombia con su obra La pasión de contar.

 Otro aspecto del maestro es el literario. Sus novelas: Tuyo es mi corazón (1984) que fue llevada a la televisión por Julio Cesar Luna y protagonizada por Carlos Vives y Amparo Grisales, muestra a un joven enamorado, hincha de Medellín y amante de los boleros por lo que la música es otro personaje. En El cielo que perdimos (1990), en la Medellín donde los homicidios han sido un asunto cotidiano, en la alianza de la fuerza pública y la ilegal, Juan Fernando, un reportero judicial de El Tiempo se enamora de la esposa de un amigo. El texto revela la fluctuación emocional de los personajes y la violencia del contexto.

A Juan José, como lo predicaba el milenario Confucio a sus discípulos en el siglo IV antes de Cristo, no le interesa hacer nada extraordinario para buscar adeptos. Lo único que busca es vivir en armonía con su entorno y con su ser interior. Por eso, el compromiso con los niños,  la familia, los amigos y la literatura. Sus enseñanzas, a mi modo de ver, no estaban en el salón sino en bar de Ciro, En este lugar de la noche, el viejo Jordán u Homero Manzi, con buena música. Pues, la mayoría de estas reuniones se dieron después del Club de Lectura John Reed. Y se dieron sin un método de estudio, sin la estructura maestro-alumnos. Más bien fue un encuentro entre amigos donde él era el amigo más experimentado que nos contaba historias fascinantes. Por lo que el verdadero espíritu del maestro se manifestaba en Juan cuando estaba fuera de clase, cuando había tomado un par de cervezas, cuando empezaba a hablar y su voz suave iba ocupando todo el espacio. En esa medida, la posibilidad de conversar con Juan era e irse descubriendo día a día era lo que pocos entendieron y pasaron por alto en sus clases.

Los que recibieron sus palabras entendieron que el maestro se caracteriza en su conversación y crónicas por sus palabras sencillas que brotan tranquilas y sin malabarismos discursivos. Por algo, en el 2014 la U. de A. le otorgó el escudo de oro, reconocimiento por su labor como maestro. Además, sus palabras llevan varias generaciones en el corazón porque les despertó el amor por la palabra. Palabras que en él se fermentan y se renuevan. Palabras que juegan entre los anaqueles de su biblioteca (Dacha) en Cisneros. Palabras que recrean paisajes e historias de un país sumergido en el letargo de la guerra y el olvido. Palabras antiguas que en Juan son abrazo, sonrisa, ron con Coca-cola y muchas más palabras.



25 junio 2018
Por Juan Camilo Betancur E.


Hay libros necesarios, que fueron escritos con tal sinceridad que son atemporales y siguen diciendo. Son libros que están más allá de la moda y se clasifican como clásicos. Además, si se tiene en cuenta una de las acepciones de lo clásico dice que lo clásico es relativo a un periodo de mayor plenitud de una cultura o un autor u obra que se tiene por modelo digno de imitación. En esa medida, estos libros dejaron de ser libros y se convirtieron en vibración porque en vez decir comunican en cualquier época o lugar. Por ello, cuando estás preparado uno de esos libros aparece de golpe, sin buscarlo. Es como un acto mágico porque lo que trae impreso en sus páginas contiene información para ti que tal vez de ninguna otra forma llegaría. Por eso se podría decir que estos libros pueden ser secretos ya que contienen información de orden superior, y no me refiero a libros religiosos, si no a obras que han trascendido en el tiempo y que todavía se leen. Daré solo unos títulos entre muchos: “La Ilíada” y “La odisea” de Homero, “El profeta” de Kahlil Gibran, “El Principito” de Antonie de Saint-Exupéry, “Canto a mí mismo” de Walt Whitman, “Cartas a un joven poeta” de Rainer Maria Rilke, “La metamorfosis” de Franz Kafka, entre otros. No obstante estos libros contienen tal misterio, tal belleza que al leerlos uno siente que la información que tienen es una secreción de conocimiento que no solo se trasmite con la lectura sino también con el contacto de sus páginas. Por tanto, estos libros son indispensables y muy escasos como los amigos verdaderos. Por ello, un verdadero amigo es un libro muy extraño y fundamental porque es como un libro secreto encarnado. Pues solo con un amigo puedes exponer tu alma sin miedo a ser juzgado y también opinar sobre ciertos temas que el vulgo podría ser escandaloso. Además, el amigo, como el libro, es atemporal. Cosa que no sucede con las otras relaciones que tienen fecha de vencimiento. Por consiguiente, los libros indispensables como los amigos verdaderos son muy contados, difíciles de encontrar, por algo son tan valiosos y en la medida de lo posible, conservarlos con cuidado y buen trato, porque si se van, la perdida es definitiva. 

No obstante, a veces se cree que no son importantes y les damos mucha importancia, más de la necesaria, a los individuos que apenas conocemos o los libros intranscendentes, cuando afortunadamente pasan de largo y son del olvido. Pues el olvido necesita combustible, de lo contrario no sería tan implacable. De ahí que me interese lo imperecedero como los amigos verdaderos con los que puedo hablar de manera espontánea cualquier día, sin importar la época. Este acto de la conversación es como una relectura de un libro indispensable. Por algo, así se converse de lo mismo, hay detalles nuevos y sorprendentes que te devuelven las ganas de vivir y de hacer de la vida una biblioteca selecta de libros verdaderos y amigos indispensables. 







1 mayo 2018
Por Juan Camilo Betancur E.


Fernando durante años anheló un maestro por temor a sentirse solo y no poder tomar decisiones. Pasó por varias religiones y movimientos intelectuales. Luego se involucró en experiencias más extrañas y sin clasificación  como fue el ayuno de siete días que lo trastornó hasta el punto de creer que estaba muerto durante algunos días. Después, decepcionado de sentir que ningún maestro le ayudó a estar mejor, o al menos más acompañado, desistió de todo aprendizaje. Entonces empezó a errar. Varias veces la familia fue a buscarlo a pueblos cercanos. Sin embargo, él seguía su peregrinar y cada vez que volvía a casa estaba más decepcionado y silencioso. 

Amanda, la hermana menor tenía una finca a las afueras de la ciudad. Allí vivía un anciano que cultivaba yuca y plátano. Ella le propuso a Fernando visitar ese lugar. Fernando aceptó. 

En la casa, Fernanado no determinó al anciano. Apenas lo saludó y luego se sentaba en el corredor, inútil, a ver pasar los días. El anciano, después de un tiempo decidió actuar. Fue a un tanque y sacó agua en un balde. Luego, le arrojó el agua. Fernando se lanzó como un toro dispuesto a envestir al anciano. De manera asombrosa el viejo le dio con el balde a Fernando en la cabeza y al furibundo no le quedó más remedio que observar al anciano que se sentó al frente y con una sonrisa le dijo: 

-Es triste como la gente estudia tanto para aprender nada. Se creen muy listos al acumular cosas que no necesitan, entre ellas los guías. Si existe alguno que se respete es el que te enseñe a estar solo y a no cuidar las apariencias. Pues, las cosas no son como parecen. 

Fernando sonrió y por primera vez, en muchos años, sintió sosiego en su corazón. Fue al tanque de agua y llenó otro balde. Pero al arrojar el agua, aunque impactó al anciano, pareció no mojarlo.    
23 abril 2018
Por Juan Camilo Betancur E.


En la escuela te dicen que es necesario leer. Sin embargo, la mayoría de docentes no te enamoran de la lectura porque apelan al aburrimiento de leer algunos clásicos. Cuando se podría aprender más de la vida con el relato de algunas anécdotas de un campesino o de un conductor de buses. Lo irónico es que se prefiere un paisaje extranjero que ni se puede imaginar por la forma en que está escrito. Claro, como el campesino o el conductor no citan frases cifradas con un tono de voz especial no interesan. Y no nos van a interesar porque lo importante es casi invisible. Por ello, hay mucha riqueza en el relato oral de las personas que nos rodean y que putean, bailan, sufren, lloran, ríen, cantan, gritan... cada día y son más instructivos que  muchos escritores que más que escribir lo que hacen es hacerse publicidad, mercaderes de baratijas que quieren vender como objetos valiosos. 

Para los que en este mes celebran el día del idioma ojalá lean otras cosas. Ejemplo, la salida del sol, una flor especial, la sonrisa de una mujer, los gestos que genera el orgasmo, la satisfacción de comer bien...  Es decir, tener la capacidad de leer los signos que den placer, porque se habla del placer de la lectura y pocos leen por placer. Por tanto,  es contradictorio que se hable del placer de la lectura cuando cuesta tanto leer. Pues los placeres se buscan por voluntad. Por eso, el mayor placer es no leer. En tal medida, si es por el placer  de leer, lo que se celebra es la mentira de leer más que la lectura misma. 

Tal vez el encuentro con la palabra, para uno de los países con más bajo indice de lectura, necesite menos del libro. Tal vez cuando se lea un libro como si se fuera a una fiesta o a buscar una aventura, se podría omitir la celebración del día del idioma porque no sería suficiente. Pero como leer es un hecho extraño para muchos, la mejor celebración es no leer los otros 364 días del año.
4 abril 2018

Por Juan Camilo Betancur E.

Uno es el reflejo de lo que come, por lo que  comer  es un hecho y el resto es una consecuencia
Albino Idarraga
                        
Pocos son los hombres que logran que sus palabras, acciones y pensamientos sean un acto consecuente. Estos hombres en la actualidad están en vía de extinción porque parece que se han olvidado de la importancia de cultivar. Cuando, según la comunidad Huitoto, indígenas de la Amazonía, el hombre está preparado para asumir responsabilidades el día que aprende a sembrar.

Conocí uno de estos hombres, Albino Idarraga, en la vereda el Cabuyal del municipio de Copacabana del departamento de Antioquia-Colombia, que sin importar el problema que hay legalmente con las patentes de las semillas, continua cultivando la tierra y su corazón.

Hombres que de una u otra forma se las han tenido que ver con los emporios que han generado la dependencia mundial del petróleo. Dependencia que empezó en 1870 cuando los Rockefeller crearon la primera compañía petrolera y se volvieron multimillonarios. Dieron pie a que otras familias, igual de poderosas, se asociaran e implementaran una educación para el empleo y peor aún “la gran revolución verde”. Esta revolución, que inició en las décadas de los sesenta y setenta,  no era otra cosa que la implementación de grandes monocultivos basados en fertilizantes y pesticidas a base de petróleo. Revolución que aceleró el dominio de las semillas y el mercado por gigantescas empresas como la Cargill, Nestlé, Monsanto, Unilever y ConAgra. Cuyo valor combinado de sus ventas es de 293 mil millones de dólares al año, mayor que el producto interno bruto de la gran mayoría de los países latinoamericanos. 

Para que esto fuera un hecho estas empresas  se basaron en tres estrategias. La Primera, implementar la ingeniería genética como un método de control. La Segunda, patentar las semillas y la vida para declarar la semilla como propiedad privada y llamar delincuentes a los campesinos o agricultores que conserven semillas. La tercera, buscar la aprobación de los tratados del libre comercio. Estos tratados les permiten privar a los agricultores del derecho de guardar semillas. Es por ello, que  han diseñado una tecnología de exterminación para crear semillas estériles. De esta manera generar la dependencia de la humanidad porque quien controla el alimento controla la gente. Y si se controla la gente se obtiene una  nueva fuerza de trabajo obediente y dócil.

El panorama es desconsolador, Albino lo sabe, sobre desde que en Colombia El Congreso de la República expidió la ley 1518 de abril 23 de 2012, "Por medio del cual se aprueba el Convenio Internacional para la protección de las Obtenciones Vegetales, UPOV 91". Cuando UPOV 91 es una norma que amplía el alcance de la propiedad intelectual de las semillas. 

Aun así, él es de los hombres que piensan que si el cielo existe debe ser los pocos metros que habita y cultiva. Por eso su casa es un santuario donde tiene una empresa de bastidores con la que se jubiló hace años y una granja auto-sostenible en la que produce el 80% de su alimentación ya que cuenta con unas 20 variedades de semillas de maíz, 15 de frijol, 15 de tomate, 40 especies en árboles frutales y unas 20 especies aromáticas, medicinales y condimentarías.  

La empresa ideal
En 1982 empezó Zootecnia en la Universidad de Antioquia y terminó en el noventa. No  ejerció la carrera porque no quería ser mayordomo de los grandes empresarios que manipulaban los cultivos con pesticidas y químicos. Por eso envió una hoja de vida como simulacro para que su padre no lo presionara para conseguir trabajo.

De muchacho consiguió un trabajo en unas canchas de tenis en Envigado recogiendo pelotas. Fue ascendiendo hasta que se convirtió en instructor. Al terminar la universidad continúo con las clases de tenis y viajaba a San Luis donde su padre tenía una finca. En el 95, con el conflicto armado en el municipio, decidió quedarse en Medellín. En ese entonces en este territorio había más de ocho grupos armados, entre ellos: Las AUC del Magdalena Medio, las FARC, la Policía, el Ejército, Los del ELN, El bloque Nutíbara.

En Medellín, en el 95, se asoció con un cuñado para hacer y vender bastidores. Después se dividieron y Albino retomó la idea, pero esta vez con la decisión de que esa era su oportunidad de conseguir lo que quería. Fue así que investigó sobre los bastidores porque sabía que debía hacer algo bueno, bonito, de calidad e innovador para que la empresa perdurara. Las primeras muestras le sirvieron para conseguir algunos clientes, que con el tiempo fueron aumentando. En el 2005 registró la marca “Lienzos” en Cámara y Comercio.

Logró posicionar su marca en una época en que la empresa era la única registrada con posibilidad de contratar con grandes clientes. Pero tuvo claro que solo iba a producir lo necesario, ni más ni menos. Lo importante, cree Albino, es tener tiempo para hacer lo que se quiere hacer. Por eso, ante las propuestas de ampliar sus pedidos se negó porque eso le implicaba aumentar la producción, cosa que repercutía en su tiempo libre. Tiempo que él emplea en los proyectos comunitarios como el programa “Cabuyaliando” que busca  procesos de formación artística y cultural en la vereda. Con parte del presupuesto del acueducto veredal (ACCO) creó este programa donde la gente de la misma vereda dicta talleres de teatro, literatura, pintura, tejido, matemáticas, ajedrez y chirimía. Proyecto que después de que Albino se retirara de la parte administrativa continuó gracias a que la comunidad se apersonó de ellos.

La casa de sueño
La imagen que tiene de pequeño es que su papá siempre tenía unos graneros que eran unos cajones muy grandes con varios cajones internos. Cuando levantaba las tapas encontraba variedades de semillas como frijol, maíz… había alimento en abundancia. Si llegaba alguna visita se marchaba con semillas porque la tierra enseña a ser generoso. Pero hacer eso ahora, piensa Albino, es como comercializar con narcóticos.

Albino tiene una nevera, la que está en la cocina, llena de semillas. Al abrirla se encuentran bolsas y bolsitas marcadas con el nombre de la semilla y el tiempo de recolección. Y como su padre, ofrece las semillas a sus amigos o familiares.

Su casa que es como entrar a un cuento ancestral donde hay vida por cada rincón y cada ser es importante. Las gallinas y las  gansas aportan los huevos,  los  conejos la carne para las salchichas que se hacen en la misma finca, las naranjas son la base para el vino casero que se fermenta en unos galones, las plantas medicinales para tratarse ya que prefiere no ir al médico, la huerta provee de alimentos,  los  perros cuidan la casa y lo acompañan en su determinación de no traer hijos. Con Yolanda, su compañera de hace más de dos decadas y quien trabaja con él, tomó la decisión porque cree que los hijos  no deben ser un accidente sino un deseo. Además no se imaginaba a un  hijo haciendo una fila en el seguro social y otras cosas terribles que pasan en un país sin garantías.

La Huerta casera
La huerta fue un proyecto que arrancó en el 2005 donde se buscaba que ninguno de los productos llevara agroquímicos o venenos que alteraran la semilla. Para los ciclos de siembra Albino utiliza el Calendario Lunar que le permite saber los días aptos para sembrar, abonar y recolectar. Luego planea según las necesidades de consumo. De esta manera siempre tiene lechuga, papa, tomates, pepinos, maíz, frijol…

En las programaciones tiene en cuenta el semillero y el tiempo del trasplante. Si hizo una bandeja de plántulas determina que esa bandeja cabe en tantos metros cuadrados y por cada metro cuadrado necesita cierta cantidad de abono. El éxito en una finca orgánica es el abono y utiliza tres tipos: el Humus (lombrices); compostaje y abono líquido, que puede ser de forma anaeróbica o aeróbica; y los fungicidas e insecticidas de extractos de plantas.

Para albino la huerta es una apuesta para una sana alimentación porque cree firmemente que uno es el reflejo de lo que come, por lo que  comer, en sus palabras, es un hecho y el resto es una consecuencia.  Sabe que la Semilla transgénica también llamada OGM (Organismo genéticamente modificado) es creada por ingeniería genética, donde mezclan bacterias y virus con plantas y animales que altera el orden natural. Dos ejemplos son la Soya RR y el Maíz BT.

Albino sigue cultivando porque cree que mientras esté cerca de la tierra puede cultivarse a sí mismo. Incluso, si le toca hacer sus trabajos en la clandestinidad, lo hará porque sabe que a un hombre que le controlen el alimento es un hombre vulnerable.

Él, un hombre que a simple vista puede pasar de incognito, como si fuera tan leve que apenas se nota su presencia, se mueve tan rápido que nadie se enterara de que ha estado allí. Pero su voz, suave y pausada, queda retumbando al proclamar que si el agua y la tierra no pertenecen a los pequeños agricultores, todo esfuerzo por cambiar el sistema agrario será inútil. Agua y tierra que cada vez es más patria de los extranjeros.

                     
28  marzo 2018
Por Juan Camilo Betancur E.


 Llevo la invidencia no como una limitación porque la limitación es mental


Uno ve, así pocos crean, a través de los otros sentidos. Lo que pasa es que las personas le dan demasiada importancia a la visión porque creen que la visión es la que hace pensar y eso es falso. La visión solo transmite información al igual que los oídos, el olfato, el gusto y el tacto. Entonces el cerebro procesa esa información que llega independientemente del canal. Porque la vista como el tacto, el olfato, el gusto y el oído son solo canales. Entonces lo que se procesa es la información que esos canales llevan al cerebro para convertirla en conocimiento. 

Yo nací bien pero a los seis meses se me desarrolló un glaucoma congénito y a los tres quedé ciego. Pero no recuerdo esas primeras imágenes. Por eso me considero ciego de nacimiento. Aún así, me muevo igual y trabajo igual que un vidente. Por ejemplo, para llegar al trabajo todos los días me despierto a las 3:20 am. En casa me demoro una hora organizándome y desayunando. Luego camino 20 minutos desde mi casa ubicada en el barrio Guayabal-Medellín hasta la estación del metro Aguacatala. Me monto en el rectángulo gigante de sillas a lado y lado que me lleva hasta la estación de metro que necesito donde abordo la buseta que me deja en la Institución Educativa en la que soy profesor. 

Para moverme construyo en mi cabeza mapas mentales de los lugares para poder desplazarme con exactitud por el espacio. Por eso cuando uno va a un lugar desconocido es como si a uno lo lanzaran a un desierto porque no hay puntos de referencia. Pero cuando un lugar es familiar es como si lo viera porque a través del tacto y el oído uno se imagina como es la calle y las esquinas. Uno forma los espacios igual que los sueños por medio de los sonidos. 

Mis sueños son acústicos porque así vivo la realidad. El vidente sueña imágenes, pero yo sueño con sonidos. Puedo soñar que alguien me está haciendo una crónica y en el sueño el cerebro me da la información de que está la mesa y el periodista al frente, en una zona campestre… pero no lo veo así tenga la certeza de que su presencia está. Es así que en el sueño lo represento como me lo imagino. Bueno, sueño como me imagino su presencia no su apariencia. 

Trabajo 
Cuando entré al colegio le pedí a la coordinadora que me diera todo digital para tener más autonomía y poderle presentar el diario de campo y las actas. Para la realización de estos documentos cuento con un programa especial: el software Jaws, que es un lector de pantalla para ciegos o personas con visión reducida que desarrolla la compañía Freedom Scientific. Esto me permite una autonomía en un 80% en la búsqueda de información en internet. Cuando necesito escribir algo lo hago en Word utilizando todos los dedos. 

En casa, como cualquier docente, preparo las clases. Pienso en el objetivo y las metas que quiero alcanzar. Cuando necesito escribir una información en el tablero llamo a un estudiante. Otras veces traigo la lectura en braille y leo. Después les dicto las preguntas. Pero lo que más me gusta es el trabajo cooperativo. Por eso, busco ejercicios como obras de teatro para motivar el trabajo en equipo porque como decía Vigotsky, el trabajo social es el que jalona los procesos de aprendizaje. 

También utilizo una regla metálica conformada por 28 cajetines. Cada cajetín tiene seis puntos, tres en el lado derecho y tres en el izquierdo de arriba hacia abajo. Combinando los seis puntos se obtienen todas las letras del abecedario, los signos de puntuación, los números y la simbología matemática. Aclaro que el alfabeto uno lo tiene en la cabeza y lo combina para crear una palabra. Ejemplo, usted tiene un papel y un lápiz. Pero en el lápiz no está el alfabeto. Con el lápiz puede acceder a las letras del alfabeto. Lo mismo es con el braille. La A es el punto uno; la B el uno y el dos de arriba hacia abajo; la C el uno y el cuatro de manera horizontal; la D uno, cuatro y cinco… 

Para que las clases funcionen considero que hay que hablar mucho con los muchachos. Aunque no existe un contacto visual con ellos procuro que haya mucha familiaridad. Por eso, me les aprendo el nombre y los reconozco según el tono de voz. 

Hago esto porque sé que pertenezco a una cultura basada en la deshonestidad. Y si creo un ambiente de credibilidad las cosas pueden cambiar. Por ejemplo, cuando paso revisando las tareas los muchachos intentan mentirme. Lo que no saben es que ser ciego no es ser tonto. Me hacen creer que me leen la tarea cuando la están inventando sin percatarse de que la voz, al inventar, titubea. Además, se quedan mirándome como sino sintiera que sus ojos me interrogan. Por eso los pongo a leer de nuevo y caen en la mentira. La mentira se delata porque se inventan versiones de la misma. Por eso las personas no son capaces de sostener una misma versión de su mentira. 

Amor
Usualmente soy tranquilo con los afectos porque considero que a través de una mujer se pueden amar a todas. Tengo una novia. Ella es secretaria. Con ella he tenido cuatro novias y todas videntes. 

Antes, confieso, les tenía miedo a las mujeres. Hay un episodio que me marcó a los nueve años. Mis amigos jugaban pico botella con unas niñas, pero ellas dijeron que solo jugaban si yo no jugaba. Fue cuando creí que por ser ciego no iba poder conquistar a ninguna mujer. Después me enteré de que todo era una condición mental y cambié ese pensamiento negativo porque descubrí que a las mujeres les gustan los hombres seguros. Y un hombre seguro no tiene miedo, menos a las mujeres porque ellas son como cualquiera, como un amigo, que también dice groserías y se contradice. Por eso no hay que idealizarlas. 

Educación
Estudié mis primeros años en una escuela especial para ciegos y sordos que estaba ubicada en Campo Valdés, que desafortunadamente cerraron en el 96. Digo desafortunadamente porque el estado no debe desconocer que los invidentes necesitan una educación especial para desarrollar las competencias necesarias con las cuales defenderse en el mundo de los videntes. Allá estudié hasta segundo. En tercero de primaria fui integrado a un colegio regular y a partir de entonces estudié en instituciones regulares. 

Después ingresé a la Universidad de Antioquia y me gradúe en octubre del 2009 del programa de lengua castellana. En el Alma Mater puede leer muchas cosas, sobre todo a Hermann Hesse, mi autor preferido. Pero mi obra favorita es El Principito del francés Antoine de Saint-Exupéry. Esta obra igual que La Metamorfosis de Franz Kafka son las dos obras más importantes del siglo XX. Según el filósofo alemán Eugen Drewermann estos dos libros logran el culmen de la literatura del siglo.

Pero el libro que menos me gusta es Sobre héroes y tumbas de Ernesto Sábato, en especial en el informe sobre ciegos, porque es una visión muy negativa que tenía el autor sobre los invidentes. Algo, pienso, tenía que ver la pelea que tenía con Borges o simplemente le tenía miedo a la ceguera. Afortunadamente se quedó ciego para que viera que las cosas no eran como las imaginó en su informe. Porque los ciegos no somos una sociedad secreta que se pueda comparar con los murciélagos y las babillas.

Otro libro, Ensayo sobre la ceguera de Saramago, que también trabaja la ceguera lo hace distinto porque la utiliza como una metáfora para describir la decadencia de la sociedad. Esto no está muy lejos de la realidad, por ejemplo, hay grupos de invidentes que en las fiestas arman tremendas bacanales, cosa que no me agrada mucho. 

También escribo pero no me aventuro a la novela porque me parece muy complicado y lleva mucho tiempo. Por eso me gusta escribir cosas cortas como cuentos. Uno de mis cuentos fue publicado hace poco en una revista para invidentes en la Universidad de Medellín. Claro que también sacan el número en tinta. El cuento se llama Bajo un cielo azul y relata la historia de una mujer que tiene un sueño que la atormenta todas las noches. Ella intenta evitarlo y va al sicólogo. Pero el sueño continúa. Hasta que llega un día de primavera en que ella decide cumplir su sueño. Se levanta de la cama, se pone la mejor gala y sale a caminar por la calle. Cuando está en la avenida principal de la ciudad se desnuda y sale corriendo. Ese era su sueño. 



Desde que se vieron querían saber más de lo que a simple vista podían intuir del otro. Ella imaginaba que ese muchacho tan delgado, tan femenino y tan de su gusto le dijera cualquier cosa. Por otro lado, él tan orgulloso de sí mismo, al menos era lo que intentaba reflejar porque con las mujeres era más que inexperto, por lo que se desesperó al ser incapaz de generar algún tipo de pretexto para acercarse. Sin embargo, gracias a la diligencia de unos amigos lograron reunirse. Después de varias palabras triviales, él sugirió caminar. Ella aceptó. Así que salieron sin decirse gran cosa. Él aceleraba el paso un poco y luego volvía a nivelarse al de ella. Ella se acomodaba el cabello sin dejar de mirarlo. Caminaron sin rumbo y ella se sorprendió a notar que estaban cerca de su casa. Creyó que era una señal por lo que no dudó en invitarlo a un café. Además, sus padres regresaban tarde. 

En la sala él imaginaba que la besaba, le bajaba el vestido con los dientes y le hacía el amor con tal frenesí que jamás lo olvidaría. Asimismo, ella anhelaba que él se le acercara, la abrazara y la tocara de tal forma que su cuerpo fuera una explosión de sensaciones. Ambos anhelaban lo mismo y no sabían cómo expresarlo. 

Cuando el silencio era un recipiente lleno de deseo, él acercó su rodilla a la de ella y ella emitió una sonrisa de niña que lo sonrojó. Acto seguido, ella puso su mano sobre la rodilla de él. Sin previo aviso él se lanzó, como si fuera un combate de lucha libre, a darle un beso y los dientes se chocaron entre sí produciendo tal estremecimiento que ambos se distanciaron. Ella se quedó mirándolo algo asustada. Pese a ese desafortunado inicio quería insistir, ese chico le gustaba mucho, por lo que le solicitó que se dejara guiar. Acto seguido lo besó lento. A medida que sentía la humedad de los labios empezó a emocionarse a tal punto que se quitó el vestido y sin previo aviso, le susurró al oído: “quiero que me la metas tan adentro que te recuerde siempre. ¡Dime qué quieres tú!”. Él se paralizó. Nunca se imaginó que ella emitiera tales palabrotas. Al ver la insistencia con esfuerzo balbuceó: “Te… lo voy hacer como… un animal”. Ella se apretó con fuerza y él tomó la iniciativa de envestirla, pero en el cambio de posición las manos se enredaron y las espinillas con las espinillas y las rodillas con los tobillos los condujeron a separarse de nuevo. Él se llevó las manos a la cabeza, aunque ardía de deseo. Ella se acostó en un mueble y lo invitó a acompañarla. Él, de un brinco, ya le estaba acariciando los senos, que más que tocar amasaba hasta que ella le dijo que más suave. Luego la abrazó en un estremecimiento y ella empezó a decirle: “Eres sucio y me harás sucia y haremos lo prohibido ¡Ah perro salvaje hazme tu perra! Ahhh..! Él se paralizó de nuevo al verla poseída frotándose sobre él de tal forma que no se atrevió a desconcentrarla. Luego, ella le quitó el pantalón y vio que el miembro del chico estaba flácido. Él dijo que eso nunca le había pasado e intentó tocarla de nuevo. Ya ella fue la que se quedó quieta, decepcionada. Él de golpe se vistió y dijo que tenía que irse. Ella asintió con un gesto de desgano y vio como ese muchacho se marchaba cabizbajo y no tan hermoso. 

Entre nubes los recuerdos y entre los recuerdos la nostalgia de mirar los días pasados a puertas cerradas. En las noches las casas estaban cerradas por miedo a los ladrones que se incrementaron con el racionamiento de energía. Esto hizo que muchos cerráramos las casas con llave. Las calles estaban desoladas y las personas en sus casas. Éramos los citadinos de la cuidad-dormitorio, algunos con vestigios de los aburraes, otros con genes judíos y vascos, pero la mayoría encerrados en casa para evitar el encuentro con hampones que tenían un arma y decían: “cuidado mañiño con abrir la puerta de la casa”, “pilas parcero se le meten por la ventana y le roban el televisor que con tanto sacrificio compró la cucha”, “no confíe en nadie porque le hacen la farisea y lo convierten en muñeco…”. Las casas cerradas de la ciudad que nació en Guayaquil y que intentaba ignorar desde el solar cuando miraba las nubes.


─Hola, acabas de despertar de un accidente. Llegaste ayer en la noche sin signos vitales. Te dimos por muerto y hace apenas unos minutos que has abierto los ojos. ¿Recuerdas cómo te llamas y cómo llegaste aquí? 
─Doctora sé que me llamo Edwar, soy marino y estaba en casa de visita. Luego discutí con mi hermano y subí a la moto. Estaba por las afueras de la ciudad cuando dos hombres intentaron robarme. Aceleré. Ellos igual. Y bueno… acá estoy. 
─Espero no me mal interprete. Usted no se llama Edwar, su nombre es Enrique. Edwar es su hermano que sí es marino y está afuera esperando. Según su hermano estabas en una especie de histeria, de esas que te llevaron varias veces al centro mental. Y bueno, luego avisamos a tu familia que te habías accidentado. 
─Pero… 
─Tranquilícese. Es posible que por el golpe haya perdido la memoria momentáneamente. Creo que es prudente que hable con su hermano. Tal vez te llegue un recuerdo. ­─dijo la doctora mientras salía de la sala de urgencias y llamaba a un hombre. El hombre entró a la habitación. 
─Hola hermano. Espero que me recuerdes. 
─La verdad no me eres familiar. Discúlpame. La doctora me dijo que tenía un lapso mental… 
─Bueno, hermano, no hay problema. Es lo que menos importa. Vine a decirte, porque eres parte de mí, que estás muerto. Saberlo te sirve para que no te quedes dando vueltas en historias sucesivas que no terminaran hasta que aceptes que ya no vives. Para que te consueles, yo también lo estoy, asimismo la doctora que te atendió. Y sí, nos has visto pero con otros rostros. Es decir, me has dado otra apariencia sin olvidar el laso familiar. Imagino que esto se dio porque la última información que registraron tus sentidos antes de morir la integraste y la desplegaste como una historia o varias historias posibles y completamente ajenas a la realidad. 
─¡Eso no es cierto! ¡Estoy vivo! ¡Mírame, no eres mi hermano! ¡Vete de aquí! ¡Doctoraaaaa! 
─Tranquilo. Nadie te va a escuchar. Respira y escucha. Ayer llegaste a la casa a saludarme. Yo llegaba de un viaje de varios meses por el atlántico. Al verte te abrace y estabas indiferente. Mi madre me contó que en el último tiempo estabas más que irascible porque no conseguías trabajo. Te ofrecí dinero y te enojaste. Estabas fuera de control. Mi madre se asustó e intenté detenerte. Pero sacaste una pistola y me disparaste y luego saliste en la moto. Morí instantáneamente. Sé que no quería morir. Sin embargo acá estoy intercediendo por ti. Eres mi hermano a pesar de que me hayas quitado la vida. Para que no te quedes en el limbo de las historias sin sentido que se alternan entre sí cuando no se acepta la muerte es que estoy aquí. Vine para que trasciendas al otro viaje, el de la muerte. Ahora cierra los ojos. Recuerda que te he perdonado. En esa medida, también perdónate. Desata todo vínculo con la vida pasada. Ahora tu historia es como una imagen difusa de un sueño de hace muchos años. No hay recuerdo. Solo hay vacío. En ti todo se hace oscuro. La oscuridad es tu madre. Eres ausencia de luz. Ahora recuerda que estás muerto y que ya no te llamas Enrique y que ya no soy tu hermano. Ahora, abre los ojos. 

Antes de ese encuentro no hubo un referente que pronosticara que algo pasaría entre ellos. Ella era distante y él no había imaginado que pudiese fantasear con una mujer así. Se encontraron en un ejercicio de meditación. Él estaba al lado de ella. Hicieron varias posturas de yoga y él no podía concentrarse debido a las piernas de esa mujer medio largas y carnosas que le despertaban los más básicos deseos. Además el tatuaje que se le insinuaba en una de las piernas lo inquietaba. Ella sentía una mirada que en vez de incomodarla la motivaba a estirarse más y a jugar a no expresar sentimiento alguno. Al iniciar la meditación él, con sutileza, movió su pierna cerca a la pierna de ella y apenas logró el más leve roce se quedó quieto, sintiendo la cercanía de esa hembra que lo erotizaba. En el momento de visualizar un círculo dorado para iniciar el viaje al interior, él visualizó dos piernas que se sentaron frente a él. Dos piernas que se estiraron como dos manos abiertas y en el medio tenían una flor naranja, como una especie de begonia. Una flor que intensificaba el color de sus pétalos con cada movimiento de las piernas que parecían dos hojas de carne. La mirada de él era como una especie de abeja que giraba alrededor de esa flor. Un olor a eucalipto perseguía la mirada-abeja. Hasta que se posó en el centro de la flor y en una danza perfecta flor y abeja se sumergieron en las profundidades del encuentro y las piernas como hélices de una nave no identificada ascendieron por el recinto expandiendo un olor mentolado que alegraba todo a su paso...
Cuando terminó la meditación él abrió los ojos algo extrañado por la experiencia vivida. Ella, antes de irse, se acercó y en un papelito le dejó su número telefónico.


XII 

El Perro entra a la iglesia aunque digan que los caninos no son bienvenidos.
Observa a la gente y en apariencia se ven buenos,
pero les importa un pito los mandamientos.
De los diez que le fueron entregados a Moisés, infringen once.
El otro que no fue incluido por ese viejo arbitrario y caprichoso
no era menos importante: “amarás la naturaleza como a ti mismo”.
Sucede al contrario, la mayoría de humanos tratan la naturaleza
como si fuera la hija bastarda de Dios.
Además, los actos de los hombres han modificado las milenarias leyes.
En su incoherencia los mandamientos de Moisés quedarían así:
Amar los centros comerciales sobre todas las cosas.
Tomar el nombre de Dios como artesanía de mercado de miserias.
Santificar las fiestas con licor y pólvora (cosa aterradora para los perros).
Deshonra a tus padres y a tus hijos exige que te honren.
Mata con la palabra y el pensamiento porque otros lo hacen con ametralladora.
Comente actos impuros y justifícate en el otro.
Roba y esconde la mano.
Miente porque eres hijo del país de los falsos positivos.
Se concupiscente e impuro aunque te bañes todos los días.
Codicia lo ajeno y lánzate de alcalde.
El Perro siente una mano cálida sobre su lomo. Mueve la cola.
Algo superior le sugiere volver al campo y buscar un rico hueso.

Recordé por última vez la rutina del despertar del pueblo. En algunas horas el ruido de los automóviles y la maquinaria de las empresas se tragarían el canto de los pájaros. El pueblo entraría en la dinámica comercial de la subsistencia, la que hace rugir las tripas y cosecha bostezos y tristezas. Suspiré. Todo transcurría como siempre. En ese momento los latidos de mi corazón se aceleraron. Estaba intranquilo por abandonar mi pueblo, mi vida, mi cotidianidad. Escuché la bocina del bus. Me acomodé en el asien­to. Cerré los ojos y traté de llevar la respiración a un ritmo lento. Sentí que la vida, como el bus, era un teatro en el que uno representa a muchos hombres en el transcurso del viaje hasta que se queda con el menos pretensioso, el más anónimo. Y me fundí en la invisibilidad.

Un hombre se despertó sobresaltado. Se levantó de la cama a eso de las tres de la mañana. Tenía una sensación extraña de ser observado. Recordó el sueño. Vio nítida a la mujer onírica que tenía el rostro lleno de ojos. Era como una esfera llena de esferas pequeñas que lo miraban. La imagen lo asustó a tal medida que en la cocina, mientras tomaba un poco de agua, recordaba ese montón de círculos que lo señalaban. Abrió la ventana y miró el césped que había frente a su casa. Afuera, una cantidad innumerable de cocuyos titilaban como pequeños ojos que parpadeaban.
Partiendo de que cada encuentro es necesario sin importar el daño o la alegría ocasionados, creo que el encuentro contigo es la posibilidad de redimirme con todo lo que he entregado sin carácter devolutivo.  Ella al escuchar tal declaración se queda frente al mar observando el atardecer. El sol antes de ocultarse despliega un camino de luz sobre el mar por el que la mirada de ambos ondea con las olas y el viento.


Gerardo estaba en casa. Su hermana le había solicitado que le cuidara a su hijo. Ella debía ir a la ciudad. Gerardo aceptó, aunque estaba acostumbrado a pasar fin de año solo. Celebraba para sí el cambio de año, hace años, sentado en una hamaca con una botella de vino, sin dramatismo o reuniones ruidosas de familias indeseables. 

Su sobrino desde la mañana empezó a caminar por toda la casa. Necesitaba gente para sentirse vivo. Las veces que intentó hablar con Gerardo no logró una conversación fluida, apenas unas respuestas monosilábicas. Cansado del silencio se ubicó cerca de su tío y empezó a renegar del día, del sol, del fin de año, de su madre que lo dejaba con un loco, de él mismo que no era capaz de valerse por sí solo, de su generación, de su incapacidad para estar solo, del silencio… Se sumergía en ese sentimiento general que profesa que todo está mal y al final por pensarlo tantas veces todo resulta mal. 

Gerardo se preocupó por lo que pasaría si el muchacho seguía llamando esos pensamientos. Así que desde la hamaca se comunicó con el sobrino y no le ofreció una copa de vino. Acto seguido le dijo, como si lograra ver dentro de la cabeza del joven, que los pensamientos nos hacen o deshacen. El joven arrugó el entrecejo y Gerardo continuó: “cuando me endiabla algún pensamiento sacudo la cabeza para alejarlo. Esta estrategia permite relacionarme con otras personas. Saber que la mente es tramposa sirve para no darle mucha mente a los pensamientos. El cerebro es como una antena receptora de ondas que distribuye por todo el cuerpo. Por eso, es necesario que esas ondas tengan una buena vibración para encontrar la conexión con la voz interior. Es en el corazón dónde está esa voz o la fuente de la sabiduría. Incluso, la ciencia moderna ha entrado a valorar que este órgano sirve para algo más que bombear sangre al cuerpo. Por ello, procurarse buenos pensamientos es permitirse estar en paz consigo mismo. Es algo que aprendí con la sumatoria de mis continuos errores. Cuando me vencían los pensamientos tormentosos y me dejaba dominar por el Mister Hyde interior.” 

Gerardo se percató de que su sobrino estaba más que atento. Por eso mismo, con una leve sonrisa volvió al silencio. El muchacho al notar que la conversación había terminado sin posibilidad de reiniciarse, empezó a caminar sin despedirse de su tío, a quien consideraba despreciable. Atravesó un puente vegetal y sin darse cuenta, caminaba sin pensar, con tal despreocupación que parecía parte del paisaje. Gerardo observaba a distancia y con una sonrisa saboreaba un sorbo de vino.

Durante muchos años tuve una especie de muro o pared en la que colgué paisajes que deseaba visitar, retratos de escritores difuntos que admiro, fotografías de mujeres que imaginaba a mi lado, amuletos de la buena suerte; incluso, escribí cifras en papelitos que deseaba ver en mi cuenta bancaria… 

En la medida en que todas esas referencias iban en aumento, llegó el momento en que no hubo espacio para ninguna. Eran tantas cosas para atender que no pude priorizar. Por tal motivo, para no entrar en el dilema emocional de que era más importante, decidí descolgar absolutamente todo. Limpié la pared y le eché una mano de pintura blanca. Después de mucho meditar qué poner se me ocurrió, y no soy religioso, colgar un cuadro de la virgen María. Esas cosas que no se pueden explicar y que lo definen a uno. Lo ubiqué en la mitad del muro y al verlo, sentí que no faltaba nada. 

Al tiempo empezaron a suceder cosas maravillosas. Por ejemplo, por motivos ajenos a mi impulso original de emprender un viaje, como lo es un trabajo o la invitación de un amigo, frecuenté muchos de los lugares que antes había referenciado. Asimismo, conocí escritores vivos que amorosamente me obsequiaron un aprendizaje importante acerca del arte de escribir. También, hablé, besé y amé a más de una mujer. Lo más interesante es que la palabra empezó a funcionar como un amuleto de la buena suerte después de que obedecí al impulso de dejar en mitad de la pared el cuadro de la virgen María. Tal vez, me gusta esa figura sobre otras que habitan las historias de la religión cristiana. Sin embargo, cuando estuve durante horas frente a la pared en blanco, adentro mío, vi ese cuadro. Solo ese. Ese mismo que permanece sencillo y hermoso, en medio de una pared que no es más que un espacio en blanco, un espacio para llenar de sueños al finalizar un año, sueños que ya no se cuelgan en la pared sino en el corazón donde cada sueño brota como una lámpara en el camino.



Entre las sombras y los reflejos de las lámparas transita la ilusión con múltiples entusiasmos a cabestro. En determinado momento los suelta para que corran libres hasta la madrugada. No todos regresan, pero los que vuelven traen incautos que pierden el sentido común y sus delirios son el alimento de estos equinos nocturnos. 

En estos tiempos, los de la era digital, es muy fácil encontrar incautos. Es tanto, se ofertan sin necesidad de cautivarlos porque rigen sus experiencias vitales desde el rango de la visión. Algo muy desgastante porque casi siempre las cosas no son como parecen. Por lo general se distraen de sus deseos profundos o principios de necesidad interior y se precipitan ante el primer entusiasmo como si se tratara de una experiencia significativa o un regalo de los cielos. 

En tal medida, cuando un incauto se cree jinete de un caballo de la ilusión, cabalga con tal frenesí que obtiene una insatisfacción más imposibilitándose para la experiencia del amor. 

Sin embargo, si ves ese caballo nocturno no lo cabalgues ni huyas. Deja que se te acerque. Obsérvalo como una señal de algo en el interior que se te manifestará. Pásale la mano por el lomo. Luego déjalo ir. Para trascender la ilusión es prudente no seguirla. Y es probable que en poco tiempo llegue el corcel del amor, en plena luz del día, el mejor escenario para una experiencia del reino del corazón.