En la casa de Andrés vi frente al baño dos mesas juntas, como un altar, con recipientes de cerámica de varios colores. Uno de los recipientes, el más oscuro, tenía dos espadas de madera cruzadas y envueltas con una tela negra en la parte superior. En la primera mesa había cinco tinajas, la del centro era azul, frente a ella en un platillo se sostenía una virgencilla morena, la de la Regla (también representa al santo Yemaya) de no más de ocho centímetros de alta. En la mesa del lado una imagen de la virgen María, la estatua de San Lázaro (el santo más famoso que el 17 de diciembre lleva a la muchedumbre a la calle), cinco vasos con agua, una muñeca negra con vestido blanco que sostenía un platillo de madera y sobre el platillo un tabaco. Bajo las mesas había platillos con cabezas de arcilla algo deformes, dulces, arroz, piedras, billetes, manillas de colores y tabacos a medio fumar.

Le pregunté a Bertha lo que significaba y ella sonrió. Sus ojos se achicaron y me explicó lo que significaban. Admito que entendí poco porque ella hablaba muy rápido y se comía, como todos los cubanos, la última sílaba de cada palabra. Igual entendí y supe de su sensibilidad con lo onírico. Tiene sueños proféticos. Se despierta con un número que después cae en la lotería. Pero no los juega porque la lotería está prohibida en la isla. 

Bertha nació en la Habana del Este, en el reparto (barrio) Camilo Cienfuegos, allí conoció a Andrés cuando él estaba de servicio. Ella creció con sus hermanas y hermanos. Hasta hace dos años la santería le interesaba pero no se había animado a practicarla. Pero en el 2013 recibió a Yemaya, que es la madre de todos los hijos en la tierra y representa la maternidad. Se simboliza con las olas del mar porque su baile es como las olas. Al recibir el orisha a Bertha le raparon la cabeza porque era su segundo nacimiento. De la misma manera que un bebé. Anduvo con un pañuelo por algún tiempo. Para ese día se hizo un vestido azul, porque ese era el color de su santo. Ese vestido se lo pone cada que el santo cumple años. Ese día organiza el altar en su casa con telas de todos los colores. El vestido se lo pondrá hasta que muera. Incluso, será sepultada con él. 

Las tinajas están adornadas con flores y maracas que Bertha toca entre días. En ellas hay secretos, pócimas, trabajos que cada santero hace según sus necesidades. Al día siguiente de estar en la casa de Bertha tomamos una guagua rumbo a la casa de sus hermanas. Al llegar me saludaron y me ofrecieron un trago de ron. Siempre hay ron y cigarrillos. Saludé a Antonio Rivarto Rodríguez, más conocido como Tony, un negro acuerpado, cuñado de Bertha. Él tenía una roncha que parecía un barro gigante sobre el hueso occipital. Se veía la roseta en la cabeza pelada. Tenía fiebre y desaliento. Me dijo que fue la picadura de un mosco. Si lo pican en el rostro lo pueden desfigurar. Esto se debe a una debilidad que se da con la conexión con su deidad, Changó. 

Tony, aspirante a santero, trabaja hace más de dos décadas como supervisor en una telefónica. Nació el cuatro de diciembre, día en que se celebra la fiesta de Changó, uno de los santos más famosos en Cuba. Ese día se tocan los tambores. Los adeptos bailan extasiados. Tanto que si los pinchan con una aguja no sienten. Me contó uno de los trabajos donde combatió con un compañero que quería hacerle daño. Tony tomó la posición de la defensiva. Pero cuando se sintió acorralado consiguió tres tabacos y con un alambre los perforó por la mitad. En tres papelitos anotó el nombre de la persona. A cada papel le echó pólvora, lo envolvió y lo introdujo al tabaco. Dos de los tabacos los echó en la tinaja. El tercero lo dejó por fuera. Este último lo fumaba tres veces al día. Lo prendía, le daba unas caladas y luego lo dejaba. Así se fumaba al enemigo. Lo hacía en defensa personal. Nunca ha utilizado la santería para dañar a nadie. Dice que Olofin es el que da y quita la vida. Pero si debe defenderse lo hará porque está preparado. En noviembre del 2014, el enemigo de Tony, falleció de un paro cardiaco.

Los santos o los orishas son las tinajas. Por ejemplo: Osain vive en un güiro adornado con plumas; Changó en un pilón de madera, barro o porcelana, adornado con hachas y espadas; Oggún se representa en un caldero de hierro de tres patas. Los guerreros, Eleggua, Oggún y Ochosi viven junto a la puerta de la calle, cerrados en un pequeño armario... 

Cada santero tiene un santo y un muerto que lo cuida. El santero recompensa a sus guardianes con sacrificios de animales o con ofrendas. De ahí que en la Habana sea habitual encontrarse en la acera de una calle animales muertos: un gato, un gallo, un perro o una paloma. Algunos santeros van al cementerio y hacen la ceremonia para adquirir el acompañamiento del difunto. Éste los guiará en el camino. Con la filiación al espíritu reciben información que les ayuda a prevenir accidentes, predecir el futuro, defenderse de enemigos y curar. 

Son incontables las familias que practican la santería. Por eso, en Cuba muchos van más por fines religiosos que por la revolución. Llegan personas desde México, República Dominicana, Venezuela, Colombia… 

Es común ver santeras en la calle vendiendo el arte de la adivinación. Muchos cubanos, en especial las cubanas, hicieron de la santería una actividad rentable. Se sientan con sus atuendos, vestidos llamativos, cartas, caracoles, cocos (cuatro pedazos que son el oráculo que comunica con los muertos), el tabaco y cobran según la billetera del cliente. 

Sin embargo, existen santeras o personas con habilidades extraordinarias (no necesariamente santeras) que te pueden mirar y hablarte, sin explicación alguna, sobre tu vida. Con un par de parpadeos pueden ver el pasado, el presente y el futuro. En la casa de la familia de Bertha, cuando hablaba con Tony sobre Changó entró una mujer delgada, trigueña, de cabello ondulado, de unos 50 años. Al entrar sentí que quería hablarle y por unos segundos escuchaba la voz de Tony como una emisora mal sintonizada. 

Virgen de la Regla
A los 15 minutos la mujer me llamó, me dijo que se llamaba Belkis Cabrales y quería saber si yo estaba interesado en la santería. Le dije que sí con fines periodísticos. Ella le hablaba a Bertha y a la esposa de Tony. Me preguntó si me gustaba el color blanco, si mi infancia fue triste, si estaba soltero, si soñaba mucho… a todo le dije sí. Era la primera vez que la veía y no había forma de que conociera mi pasado. Luego me habló de mi madre como si la viera. La describió tal cual es. Hizo lo mismo con mi abuela, ya fallecida. Sentí ganas de llorar. Algo dentro se removió. Luego, se quedó en silencio. 

En la isla la santería se fusiona con el cristianismo. Con los españoles llegó el catolicismo y los esclavos africanos para no perder sus tradiciones, el día de los santos católicos, celebraban el de las deidades africanas. Entonces se estableció un vínculo entre el orisha y el santo católico. Por ejemplo, los yorubas tienen un creador -Olofin-, el Dios creador. Olofin dio poderes a los orishas para que pudieran intervenir en la vida de los hombres. Lo mismo con los santos católicos. Un caso concreto, Changó, dueño del rayo, se representa con hacha. En el cristianismo se representa es a Santa Bárbara, la guerrera que tiene una corona de reina y una espada, además, cuando truena se le invoca. 

Me despedí de la familia de Bertha, quienes me invitaron de nuevo para que almorzáramos. El más interesado fue Tony. Salí con las emociones revueltas, como las olas en el mar en noche de luna llena. 













Cuba es uno de los destinos turísticos más importantes del Caribe por la revolución, la arquitectura colonial, el mar, la playa y la santería. Desde que abrió sus puertas al turismo internacional, a principios de la década del noventa, la isla se ha convertido es uno de los lugares más atípicos y contradictorios para los visitantes. 


1.
La familia y la burocracia


El Aeropuerto José Martí recibía el vuelo 349 de la aerolínea Cubana proveniente de Bogotá. Cada cubano, en promedio, traía unas 4 ó 5 maletas. Aparte llevaba dos maletas adicionales como equipaje de mano. 



Antes de pasar al puesto de migraciones me llamó una funcionaria. Respondí que era periodista, estaba de visita gracias a un premio que me otorgó el Periódico Periferia de Medellín, si podía escribiría algo sobre el viaje, me quedaría en el ICAP y un funcionario, Andrés Palma, me recogería. A ella mis respuestas más que satisfacerla le preocupaban. Preguntó por el efectivo y los equipos eléctricos. Indagó si tenía la visa de periodista. Dije no y sugirió que anduviera con cuidado porque me podrían llamar la atención. Traté de responderle con afabilidad y respeto. Ella me dijo que saldría conmigo y personalmente hablaría con Andrés.


Al encontrarme con Andrés Palma, un cubano encantador, mulato, al que le corre la revolución por las venas, se asusta por el alboroto de mi llegada. Él que es un tipo impetuoso, aficionado a los perfumes, al buen vestir, impecable en el aseo, que no le gusta esperar en el país de las grandes filas, un hombre que toma la palabra como punto de partida porque así se lo enseñaron en la logia de Cuba de los masónicos me saluda y le dice a la funcionaria que él se haría cargo. 

Dos días después cambiamos la residencia de turista por la de familiar. Costó 40 CUC los sellos con el riesgo de que si la funcionaria, sin importar que se hubieran comprado los sellos, decidía que no era viable la firma para autorizar la visa no se podía hacer nada. Discutirle sería salir peor de como entraste. Lo otro era que había que hacer fila para pagar los sellos, entregar el pasaporte, para que te llamaran. La palabra clave era “el último” para indicar en qué lugar de la fila te tocaba.

Andrés y Bertha
Andrés trabaja como distribuidor comercial en el ICAP (Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos) hace 32 años. Está casado. Antes tuvo otra relación de la que quedaron dos hijos, lo mismo su esposa, Bertha Bosch, cuando conoció a Andrés tenía una niña. 

Andrés fue militar y estuvo en Nicaragua. Es uno de los tantos cubanos que respira por Fidel Castro. Tanto, que de ser posible donaría su corazón para que sus nietos lo conocieran y vieran aquel hombre que fue encarcelado y exiliado en México por la dictadura de Fulgencio Batista. Aquel hombre que regresó de nuevo a su país y con Ernesto Che Guevara y los campesinos derrotaron la dictadura. Aquel hombre que entró triunfante a la Habana el 8 de enero de 1959, de esa entrada se conserva la tanqueta que es exhibida como monumento nacional en la Universidad de la Habana.

A Andrés la revolución le dio un apartamento de tres habitaciones, sala, baño, comedor, en el piso 21 de un edificio que está al frente del Ministerio de Transporte. Como él, muchos cubanos de piel oscura, viven como reyes porque en su país no existe el racismo.

Andrés me organizó un cuarto, el de su hijo menor, para mi estadía. Para él es un deber atender bien al turista porque considera que si se tiene un terruño de amor fuera de la isla habrá más posibilidades de expandir los afectos. 

Era sábado en la noche y salí con Andrés y su hijo mayor. Encontré una ciudad viva. Las personas iban y venían, se saludaban, olían y enamoraban. Como no tenían dinero para una discoteca se compraban una cerveza o una cajita de ron.

El dinero en la isla es escaso. Por ejemplo, Andrés se gana al mes 200 pesos en moneda nacional (m.n.). En la isla cambian los dólares y los euros por moneda convertible (CUC) que es, en promedio, equivalente a un euro o un poco menos del dólar. Cada CUC equivale a 25 pesos en m.n.. En promedio Andrés se gana al mes 8 CUC, lo que un turista se gasta en una hora en una cerveza en la Plaza Vieja (Habana Vieja) en la Casa de la cerveza.

El estado les otorga al mes por persona: 5 huevos, 1 libra de pollo, 5 ó 7 libras de arroz, 1 libra de frijoles, 3 libras de azúcar blanca y 1 libra de morena, 250 cc de aceite, un cuarto de libra de café, leche al niño hasta los siete años, yogurt de soya de los siete años en adelante… pero no es gratis. Tienen un valor asequible. Para la familia de Andrés, de cuatro personas, lo que les da el estado les puede costar unos 40 pesos en m.n.. Lo que haga falta se debe conseguir en los graneros o tiendas que por una libra de cerdo cobran 50 pesos en m.n. 

El precio de las cosas es variable. Por ejemplo, se da el caso de que un taxista, sin terminar el bachiller, gane más que un médico con especialización. También que un paseo en bici-taxi oscile entre los 5 ó 8 CUC cuando la guagua cuesta 40 centavos de peso en m.n. 

Tomamos uno de esos vehículos, modelo cincuenta, que funcionan como taxis y llevan a varias personas. Cobran por persona 10 pesos en m.n. 

Caminar las calles de la Habana es como tomar un atajo al pasado. Algunos edificios los ha agrietado el tiempo y la brisa salada del mar. Muchos se han derrumbado. 

La ciudad con menos edificios y la población en aumento por lo que la vivienda es uno de los tres grandes problemas de la Habana. Los otros dos son: el trasporte; las guaguas (buses viejos y atestados de gente) no son suficientes para la cantidad de cubanos que se transportan y se arruman unos a otros; el tercero, las telecomunicaciones que existe en contadas casas con la tecnología de inicios de los noventa en un país como Colombia. Sin embargo, los cubanos están influenciados por las modas y el capitalismo más de lo esperado. Los desvela el beisbol y los jóvenes van con camisas americanas y cortes de cabello de sus cantantes de hip hop o reggaetón favoritos. 

Quizás el problema del internet, que solo funciona en los edificios estatales, con conexiones a wi-fi o en los grandes hoteles como el Habana Libre, haya llevado al cubano a socializar más y no a trasladar su vida a la web como sucede en el resto del mundo. Quizás por ello, sea un pueblo que aprende a otro ritmo. De ahí que la mayoría de cubanos en un edificio se conozcan, se visiten y se ayuden. Decía José Martí, el hombre que más monumentos tiene en la isla, que había que ocuparse de la tierra chica, se refería a la familia, para transformar la tierra grande. Un pueblo para el que la soledad no es un dilema o una enfermedad crónica como sucede en el mundo globalizado.





                                 

                                    






Llegas al malecón de la Habana y tus olas embisten, golpean las piedras, piedras y muralla construida por los españoles para evitar que los piratas robaran lo que ellos ya habían robado. En el aire se siente la sal, sal del agua, sal de lo oscuro, sal adherida a la piel, sal del mar abierto de mil brazos que ruge como un león hambriento, sal del mar revuelto, mar de peces profundos, mar de corales en remolinos, mar que llega al malecón y asustas al turista, mar de sal que choca contra el malecón, sal que es aire en un mar de amores ahogados en los rugidos de sal de un león marino que ruge al son de las olas, al son del mar, al son de un frío atípico en la Habana, al son del mar que llega al malecón.


 

El café es la contra a la prisa. Por ello, se recomienda tomarlo sentado, con música a no muy alto volumen porque es la bebida que exalta la conversación y para conversar se parte del principio básico de la comunicación que es escuchar. 

Es importante estar cómodo y dispuesto. Para eso acudir a un lugar confortable como los kioscos, las cafeterías y los cafés. Cuando se está dispuesto, bien acompañado, en un lugar agradable, entre tazas de café, entonces sucede el milagro de la conversación donde las palabras regalan un rato de ocio compartido. Los temas, sin importar su naturaleza, mientras permitan dialogar son el aliciente para que el café sea uno de los pocos rituales que nos acerca al otro. Quizás, el único que persista a la soledad de las vitrinas, al desenfreno de las nuevas tecnologías, al enajenamiento del prójimo que es suplantado por el nebuloso virtual.

En china el té y en Argentina el mate son bebidas de encuentro. Gracias a esto en ambos países los niños saben que tanto el mate como el té son legados culturales, de encuentro, de interacción, de reconocimiento de sí y del otro. En Colombia el café es la posibilidad de comunicarse. Tal vez esto sea una razón fuerte por la que los colombianos no seamos, en la totalidad, autómatas del estado, la empresa y la religión. 

Mientras existan las invitaciones a tomarse un café con el pretexto de conversar o resolver alguna treta emocional. Mientras el campesino conserve la costumbre de hablar con su compadre, en las tardes noches, entre tazas de café. Mientras inventemos excusas para sentarnos y sentirnos parte de la tierra cafetera que habitamos. Mientras se disfrute de un café y se respire es posible soñar con un país de más oportunidades. 

Hablo de soñar un país porque Colombia es una mujer que los dirigentes violan y desangran cada día. Por algo es tan evidente que el colombiano promedio, el que no sale en los medios de comunicación, el que sufre en silencio, viva en miseria en un país multimillonario en recursos. Es un país, ahí viene la paradoja, patria ostentosa de los extranjeros. El oro, el agua, el petróleo, el carbón, las fuentes hídricas… entre otros recursos son capital de multinacionales. A parte de eso, nuestros gobernantes se maravillan en exhibirse públicamente de sus negocios internacionales que traerán inversión a nuestro territorio. En el fondo, nos dicen imbéciles en la cara y aplaudimos porque nos gusta la cultura de la escasez. Nos acostumbraron a no ser autosuficientes, a acceder a una educación mediocre y casi imposible en los niveles superiores, a la mendicidad, a trabajar inhumanamente por un sueldo miserable. 

¿Cuándo tiempo disponemos los colombianos para respirar, para contemplar el cielo, para leer un libro, para preguntar qué amamos? ¿Existe una posibilidad para que el colombiano pueda vivir sin que le suenen las tripas? Dicen que sí. Sin embargo, en lo cotidiano, el colombiano llega agotado a su casa y apenas puede comer y dormir. Apenas puede sentir su cuerpo para satisfacer las necesidades básicas. Es un panorama desconsolador el nuestro. Y aun así, persiste la esperanza de tomarse un café con los amigos. 

Entre tanta enajenación todavía se frecuenta las cafeterías. Se conversa. Se olvida por unos minutos, lo que dura la taza de café, del afán del día. En ese instante, el hecho de compartir nos hace sentir que somos algo más que entes que nacen, crecen, trabajan, se reproducen y mueren. 

Es evidente el ritmo acelerado de los días donde la presión del trabajo nos hace creer que sin laburo no hay seguro médico, techo, amor, estudio, fiesta, es decir, no hay vida. Es un país sin Dios el que nos han vendido. ¿Qué tal si descubriéramos que nos merecemos más? ¿Qué tal si descubriéramos que somos una potencia mundial en recursos? ¿Qué pasaría si rompemos la cristalidad de la escasez que nos ha sido impuesta por los que temen nuestro despertar? ¿Qué pasaría si todos aquellos que compartimos el ritual del café soñáramos a Colombia? ¿Qué sucedería si entre tazas de café nos preguntáramos sobre la miseria que nos han obligado vivir? ¿La aceptaríamos? 

Voy concluyendo con que un buen café, uno que sea íntimo, debe ser negro como el cuervo, amargo como una mala noticia, caliente como el aliento del fuego y dulce como un beso con los ojos cerrados. Debe beberse en cantidades reducidas, en un pocillo pequeño, a medio llenar y en dosis controladas. El vapor debe ser una flor gris azulosa que se abre en el aire. 

Es necesario volver a mirarse a los ojos. Volver a conversar. Volver al hechizo de las tardes de lluvia, de las ventanas empañadas, de las noticas a desconocidas, de las velas encendidas en la noche, de los abrazos compartidos, de los proyectos fecundos de cafetín, de los regalos, de las cenas. Volver a sonreír. Volver a disponer de tiempo para un café. 


Hace poco me encontré con Eloy, un amigo con el que hace un tiempo compartí algunos diálogos. Cuando lo conocí era muy firme en sus decisiones. Incluso, para mi gusto algo radical. A veces me ha sucedido que cambio de idea con facilidad respecto a una cosa y no me arrepiento de ello porque me encuentro con que en ocasiones no sé lo que quiero. Sin embargo, cuando Eloy dice “sí” o “no” no hay marcha atrás.  Dice que para afirmar o negar algo antes lo meditó un tiempo prudente. Tal vez por su contundencia y por mi levedad en los últimos meses nos alejamos. Pero hace poco me lo encontré y hablamos de todo un poco. Cuando se encuentra a alguien a quien aprecias las palabras aparecen como bombillas que iluminan rincones oscuros o silencios ocultos. Algo de esas conversaciones quedan en uno porque la palabra anida dentro y allí crece como un brote de luz.  Imagino que fue lo que me sucedió con Eloy. Cuando le pregunté, cosa que hago con frecuencia, sobre el amor. Creo que el amor es un motor que siempre está en reparación, aceitado, averiado, fuerte pero quieto, con más revoluciones de las que resiste… en fin… es un motor al que siempre le hacemos o le quitamos algo. Él sonrió y me dijo que ya lo tenía resuelto. Lo miré a los ojos algo incrédulo. Pensé que se burlaba de mí. Al ver mi rostro complementó que hace unos días dejó de buscar en todas las mujeres que le gustaban, que eran muchas, la compañera que se merece. Sucedía que cuando más creía en el sentimiento que se le despertaba algo ocurría y la relación sin empezar se difuminaba. Estuvo mucho tiempo meditando en la energía que inyectaba en la intranquilidad de descubrirse solo. Entonces descubrió que el amor nace de una fe fuerte, de una fuerza interna que da la certeza de que lo que se quiere va a llegar. El cómo le corresponde al universo, pero el qué hay que definirlo. Así, que entre más sereno y sosegado se esté más cerca está la mujer se merece. Por tal Eloy manifiesta que no es necesario luchar. Cuando se nombra y se espera sucede porque así debe suceder. Quise debatirlo, decirle que era una ilusión lo suyo, que si no daba un poco de sí no hallaría algo en otro… en fin, cerré la boca cuando Eloy extrajo de una libreta de apuntes una carta que había escrito a esa mujer que nunca antes había visto. Me la entregó afirmando que había empezado a escribirle porque ya era una realidad. Reproduzco la carta, con permiso de Eloy Rosas, porque me inquieta y tal vez,  esa determinación de mi amigo me remueve ciertas fibras emocionales que apenas dejo filtrar entre líneas.

“Buen día.

Querida, ya te respiro. Sé que estás atrás del suspiro. Tu olor te delata. Digo tu olor porque sé de flores, recuerda que me conmueven las flores y por ello puedo identificar ciertos aromas, ciertos besos, ciertos abrazos y ciertas caricias. Las flores me han dotado de una sensibilidad que me permite mirar más allá de las cosas. No es que sea clarividente es solo que soy intuitivo. Ese no sé cómo que me hace percibir cosas en el otro es lo que me permite sentir que a ti también en el corazón el amor te grita cuando miras. A mí también me sucede. Cuando el amor se nombra en lo más íntimo del ser despierta una espiral de luz para percibir eso que se aproxima, eso que es a fin a tu campo energético o lumínico. Ese campo en mí ya se activó.
Ya te vi. No puedo describirte física, pero si sensorialmente.  Esa luz que se te evidencia en los ojos se delata en la compasión que sientes por los que están en condiciones precarias.  Esa compasión es la virtud de tu bondad, es la señal que los pájaros de luz que viven en el cielo ya anidan en tu corazón. Ya tu corazón tiene las coordenadas de mi abrazo.
Te invito a volar. ¡Abre las alas! Permite que el viento te alivie. Es hora de que descanses un poco del dolor y la culpa que no te pertenece y has creído tuya porque te cuesta soltar lo que te duele. Como si con tu dolor le hicieras menos doloroso el dolor al otro. Eso ayuda pero no te hace bien. Te impide brillar. Solo abre las alas. Permítete vivir lo infinito del amor que es más que esa fracción que delegamos a la dependencia de los registros corporales. El amor más elevado es una fuente inagotable de luz que te otorga una felicidad a prueba de tristezas.

En ese amor creceremos como si fuéramos un bosque.  En mí verás un abrigo para el frío y una hoguera para la noche. En mí podrás desnudarte y al tiempo notarás que en ti brotan bombillitas azules que iluminan tus senos de miel. Lo más seguro es que tu vientre se llene de rosas. Entonces respiraré profundo para que mis besos, como abejas por el rosal de tu piel, se hagan contigo luz e intimidad. Ahora me ves. Me respiras. Ya me hueles. Acabas de enterarte que habito en el suspiro.”

“Sí sentir las nubes puede considerarse una religión, entonces me considero, a partir de este momento, un sacerdote con corazón de viento”, eso dijo el halcón aprendiz a su maestro cuando éste le pedía mesura con la altura.



Recuerdo que de adolescente, la época más complicada de mi vida, donde fui una especie de orangután extra-delgado y extra-tímido me la pasaba con un espejito, como muchos otros, imaginando cómo sería si tuviera los ojos azules, el cabello liso y brillante, una piel blanca, un discurso fluido y un montón de muchachas llamándome a mi casa para invitarme a un helado.

La necesidad de sentirme aceptado me llevó a buscar un montón de sensaciones estériles. Ubico la esterilidad en el postulado de este tiempo de creer que somos imagen, momento, impulso, placer. Nos hemos creído la tonta idea de que vivir bien es otorgarnos la mayor cantidad de placeres disponibles como si en esa fugacidad de los sentidos se encontrara las respuestas a nuestra individualidad. Pero no, sucede lo contrario. Al final, cuando nada, por más que se intente, satisface los sentidos, se siente la existencia como una herida. Una herida que no se cura con pomadas faciales, con sexo día por medio, con ingerir alcohol hasta la cirrosis, con ser un catador de químicos y drogas, con sentarse en un bar en espera de que el idilio llegue y nos salve de nosotros mismos. Entonces duele vivir porque no hay experiencia de vida. Duele vivir porque no hay nada duradero que permita el arraigo y la posibilidad de crecer desde lo que somos y no desde lo que proyectamos. 

Vamos por la vida con un montón de credos ajenos. Tragamos entero y aceptamos que la única forma de vivir es la que nos enseñan quienes se temen a sí mismos. Esto es una idea muy pobre de la existencia. En algún momento hay que verse la cara y eso es suficiente. Con que un ser se escuche evita ir como muchos a la peluquería, hacerse el mismo corte, frecuentar el mismo bar, hablar las mismas cadencias discursivas de los otros y lo peor, hacer de la desidia una especie de afrodisiaco que paradójicamente a veces funciona, pero al final se derrumba.

Unos años después, ya un poco más resignado a mi apariencia, a mi piel trigueña, a mis ojos grandes de párpados caídos, a mis entradas pronunciadas, a mi resistencia a las reuniones sociales, a mi desgano por la vida de los otros, a mi indecencia de no quedarme donde no quiero, a mi intolerancia de escuchar la historia que no me interesa, a mi incapacidad de estar con más de una mujer al tiempo, entendí que no soy de esos hombres que pasan por una calle y roban miradas ni esos que van a una fiesta y casi siempre consiguen una amiga que olvidan por otra. No lo soy porque mi naturaleza es más reposada y necesito grandes cantidades de silencio y soledad para estar en paz conmigo mismo. Esas dosis de mí que ya son un hábito me permiten cantar y sonreír, incluso cuando todo parece derrumbarse.

Entendí, con el tiempo, que los fracasos lo van llevando a uno a donde debe estar. Y fracasé en mis intentos de ser otro. Por ello, no tuve más remedio que mirar más allá de lo que creí que era. Es decir, mi imagen. Por tanto puedo decir, sin ironía, que agradezco de corazón a todas las mujeres que no me hicieron caso. A ellas debo la independencia emocional que he adquirido. Entendí que lo mejor que me pudo pasar fue no tener grandes atributos físicos porque me vi en la necesidad de saber más de mí, de lo que hay dentro, de lo que fluye como una fuente inagotable y me da la seguridad de que la salud, lo sé por experiencia, hace bello al más feo. Tampoco soy el más feo, pero si soy de los hombres más saludables que conozco. Y la salud no es un estereotipo de belleza: Es una seguridad que se trasmite en la mirada, en el donaire al caminar, en la capacidad de ser autosuficiente con lo que se es. 

En estos últimos meses me he sentido más observado de lo necesario. Atribuyo este fenómeno al hecho de proporcionarme grandes cantidades de bienestar. Al sentirme propio me imanto y soy más que el espectáculo de la imagen. 



Estas ganas de verte
saltan a gritos en la garganta
y contraen los músculos del
                             recuerdo.
Estas ganas de verte
aprenden el arte de cuidado
escriben pájaros
que anidan en el follaje de tu
                                   sonrisa.
Estas ganas de verte
cierran los ojos
sienten el roce de tu aliento
    como un viento de menta.
Estas ganas de verte
alistan las maletas
guardan lo mejor de mí
               en un abrazo
Garganta arriba te buscan.
¡Allá van!
Cantan una estrofilla  
              de luz y viento
que estremecen los colores

                        del horizonte.

Rogelio era hijo hombre único. Tenía una joroba que lo obligaba andar con la cabeza inclinada hacia la derecha. Medía 1,60 metros. Su voz era suave. Sus orejas eran pequeñas. Sus ojos eran grandes, de cejas y pestañas espesas. Su piel era blanca y llevaba una mochila de cabuya en la que cargaba un cuchillo, varios cartuchos para su escopeta, una caja de fósforos y un paquete de cigarrillos.

El insomnio empezó a los diez años, cuando camino a casa se encontró un búho pequeño. Intentó cuidarlo, pero a los días se le murió. Había algo que le inquietaba, incluso asustaba, pero no sabía qué. La última noche, el ave moribunda, emitía un ulular agudo y continuo. Rogelio se desesperó y en la madrugada, la ahogó en un tanque. Al día siguiente del tronco de un naranjo amarró al búho, con las alas abiertas. Desde entonces perdió el sueño.


Se acostumbró a dormir poco. Se hizo adulto y más solitario. Cierta noche, en que lo perseguía el recuerdo de la humedad del sexo de su exmujer, quien lo abandonó porque él la había encerrado en su casa para que ningún hombre la viera. Pues, desde que había sentido la electricidad del orgasmo deseaba que solo fuera para él. Pero su compañera en el encierro encontró el valor para enfrentarlo y herirlo con un cuchillo. Luego se fugó a la ciudad. Rogelio quiso ir tras ella, tras ese agujero de goce inagotable, tras esa humedad de estremecimientos y vacíos… pero no conocía más allá de la montaña. Desde que ella se fue las noches eran más largas. Hasta que cierta noche, después de varias cervezas, con el recuerdo de ella tallándole en el intestino, tomó su escopeta y recorrió los caminos que ya conocía. Subió hasta una meseta donde había muchos árboles y rastreaba los búhos. De un guamo un búho blanco, era el primero que veía de ese color y tamaño, voló a un mandarino viejo. Rogelio se acercó con sigilo. Le apuntó y apretó el gatillo. Después de la explosión sintió varios quemones en el pecho y el rostro. Incluso la sensación de que la sangre brotaba le hizo soltar el arma. Estuvo unos minutos quieto. Cuando verificó que era solo una ilusión, como también la imagen de que estaba acostado en mitad de una carretera, muerto; sacudió la cabeza y quiso buscar el animal. Pero no lo encontró. Cargó de nuevo la escopeta y como pudo la acomodó para apretar el gatillo con el pie y abrirse de una buena vez la cabeza. Pero no tuvo el valor. Así que dejó el arma a un lado y él, desconsolado, con los ojos encharcados, se quedó mirando las estrellas. Unió los puntos luminosos y trazó una abertura conocida, una humedad que le hacía falta.     


- Me llamo Martín y he sido un desgraciado
- ¿Por qué te crees desgraciado? -Respondió Jorge, un anciano músico que lo había visto varias veces sentado en la misma cafetería, a la misma hora.
- Porque hace años rondo el fantasma de una mujer que amé. Ella me dejó por otro hombre más adinerado ya que  mi música no era suficiente. Con su partida también se fue la música.
- Ah, ya veo. ¿Y si haces el intento de volver a tocar?
- ¡Imposible! Quemé la guitarra y he permanecido en silencio desde entonces.
- Bueno, pero puedes considerar, ya que eres músico, que una pausa hace parte de la canción y no es la canción entera.  -Dijo Jorge después de hacerle una seña a su interlocutor para que lo siguiera.
- ¿Qué es esto? -Repuso Martín al ver varias guitarras dispuestas en una habitación amplia y confortable.
- Son guitarras. A veces me siento a verlas y a veces solo toco y siento que la música es un lenguaje que trasmite más  allá de las palabras. Desde hace una década vengo aquí y le canto a mi difunta María. Sé que no está pero sospecho que donde quiera que esté ella me escucha. La música es como la alquimia, la combinación de los acordes indicados, la emoción sincera y la posibilidad de vibrar con la voz los latidos del corazón permite sonidos insospechados que me otorgan un vacío aterrador, pero a la vez necesario. Un vacío sin principio ni final. Un vacío que me hace olvidar de lo que soy y sueño. Entonces es cuando sucede que me siento observado por el vacío y la música es paisaje, es lo que me permite no sentirme desgraciado. ¿Quieres intentarlo?
- Bueno. -Martín cerró los ojos y los dedos volvieron al diapasón, a los acordes... y poco a poco, la habitación empezó a llenarse de mariposas blancas y una luz que encandilaba. 

A los minutos tocaron a la puerta. Jorge abrió los ojos y se sorprendió al estar solo. Puso la guitarra a un lado, algo molesto, porque lo habían interrumpido. Ante sus ojos apareció una mujer de unos cuarenta años, con varias lagrimas en los ojos, muy bien vestida. 

- Señora en que le puedo ayudar.
- ¿Dónde aprendió la melodía que estaba tocando?
- ¿Por qué lo pregunta? -Repuso Jorge, algo extrañado y con cierto terror que disimuló como pudo.
- Mi señor, hace años me enamoré de un músico, Martín, quién me compuso muchas canciones, pero la que usted tocaba él me la recitó antes de pedirme matrimonio. Me negué. Eran joven y tenía miedo. Él enloqueció. Durante noches salía a tomarse un café y a fumar en una cafetería en el atrio. Después, lo encontraron ahorcado. Por eso, cuando pasaba por la calle y escuché su melodía me conmoví hasta el llanto.


Efraín la tomó entre sus brazos casi con los ojos cerrados y sin mirar muy bien a dónde la llevaba arrojó todo a su paso hasta llegar al cuarto de su infancia. María sentía la fuerza de aquel hombre y se asustaba al tiempo que disfrutaba sentirse frágil y amada. Ella pensó que de pronto esa noche sería diferente y él entendería lo que ella le estaba enseñando. Efraín la desvistió como si estuviera desyerbando maleza y sin tregua la invistió hasta el último suspiro.El hombre se desmadejó y se quedó dormido. Ella, sonrío desconsolada y decidió quedarse en la tierra de los sueños hasta encontrar a alguien que soñara despierto.



Llega a casa y se sienta a mirar desde la montaña el valle que cada vez tiene más parches de concreto. Busca un motivo para no sentir que la civilización es una cabra que cada vez pierde el sentido de la vida. Para no reunir razones para el desencanto recuerda cuando era chico y su madre lo vestía para ir a las celebraciones navideñas. Él guardaba en una bolsita un cascabel hecho con tapas de gaseosa y salía con sus amigos a las casas vecinas en espera de los dulces al final de las novenas. Para ese entonces no había tiempo para el amor porque el apetito por los dulces y la sinfonía de las voces de los campesinos, el ruido de las maracas y los cascabeles de tapa de gaseosa ocupaba el corazón. Para ese entonces el corazón era un pesebre con carros a gasolina en miniatura, con aviones de plástico, con vacas gigantes que podrían comerse a los reyes magos de un bocado. El corazón era una laguna de papel de aluminio donde los patos y una tortuga del tamaño de una iglesia hacían parte de ese ecosistema  extraño y a la vez mágico. Mi corazón era el paisaje de las extravagancias de los niños que no entendían el orden lógico de la medida y la distribución en los pesebres. Mi corazón era el dinosaurio que se enfrentaba con el Chapulín Colorado frente a un mago que los miraba desde un árbol. El mago esperaba el alboroto para capturar a los revoltosos y llevarlos al taller de carpintería de José y así, con trabajo, enseñarles el silencio que hace falta en la fiesta, la del corazón. 

al recordar esos episodios del pasado recuerda que a pesar de la pólvora, de la bulla de los adultos, de la necesidad de felicidad etiquetada, esa que se cree comprar en las promociones del Éxito o de los grandes almacenes de cadena; a parte de la mal sana costumbre de celebrar la navidad desde la publicidad y los sueños ajenos, en el recuerdo, en la mirada del niño que fue, existe un tiempo donde el amor era suficiente y amorfo. Entonces sonríe y escucha unas maracas y las voces de una familia que iluminan la noche con sus cantos disonantes.

-   De verdad que no te entiendo Antonio. Te has pasado los últimos años esperándola. A todas las mujeres que se te cruzaban, decías que estabas comprometido porque habías soñado con la mujer que ibas a construir familia. Afirmabas que era un acto de fe. Ahora, le acabas de decir a Isabel que la habías esperado y que ella era la mujer con la que tendrías un hijo llamado Salomón. Luego, como si eso fuera algo trivial, como decir, te pica la rodilla, dejas que ella se marche, asustada, sin dar más explicaciones. Creo que no entiendes nada del amor. 

- Querido Marcos, no hay que entender lo que está más allá de nuestra imaginación. No le des respuestas a lo que no las tiene. Te llenaras la cabeza de cucarachas. Respecto a Isabel, va rumbo al lugar donde los astros han confabulado debemos iniciar nuestro proyecto de vida.
Cuento adaptado de un relato oral que me contó Kike, el maestro del tabaco



Tomás desde muy joven se fue a estudiar a la cuidad, pero cuando su padre murió se hizo cargo de la hacienda. Quedó con la casa, dos hectáreas, algunas mulas y un trabajador: Libardo, un joven que había llegado a la finca meses atrás a pedir empleo, venía de tierras lejanas, al ver a Tomás decidió continuar con el nuevo patrón. Ambos trabajaron duro y la tierra poco a poco empezó a prosperar. A los cinco años Tomás contrató otro empleado y dos años más tarde otro. 

Tomás logró una buena posición económica. Compró más tierra. Invirtió en el negocio de la caña, en los cultivos de café y plátano. Treinta años después había conseguido tres veces más de lo que había heredado. Por tanto, en agradecimiento a sus tres empleados más antiguos que llevaban con él 30, 25 y 23 años de servicio, les dijo que les iba a otorgar la posibilidad de independizarse. Tenía para ellos dos regalos. El primero era una mula con un saco en monedas de oro y el segundo tres consejos.

Ramiro, el más joven de todos, el que llevaba 23 años de servicio, pensó que con ese dinero podría comprarse unos billares y establecer su propia empresa. También, una moto, una casa y vivir sin preocuparse el resto de la vida. Por tal motivo eligió la mula con el saco de monedas. Ramiro se despidió y se fue con el botín. Carlos, un hombre alto y voluntarioso, al ver las monedas de oro, sin pensarlo tomó la decisión. Quería volver a su pueblo natal y demostrarles a todos que había triunfado, además, se casaría con la mujer más hermosa. Carlos partió. Libardo miró al patrón y le dijo:

- Don Tomás desde que trabajo con usted nada me ha faltado. Usted me ha tratado con respeto. También me dio la oportunidad de construir mi casa a la que no voy hace 18 años. Pero cada mes puedo enviar el dinero que necesita mi mujer y mis padres para sobrevivir. Por ello le estoy muy agradecido. Además, me ha enseñado, con su trato, el respeto y el amor a los otros. Creo que yo elijo los tres consejos.
- Libardo, no sé, pero intuí que de los tres eras el único que ibas a elegir los consejos. A Ramiro y Carlos les deseo un buen viaje y que puedan hacer un buen uso del dinero. Bueno querido, para no demorarte más los tres consejos son los siguientes: Primero: Hay que elegir algo a lo que uno le invierta la mayor cantidad de horas, un oficio en el que vibres y te sientas feliz. Cuando lo identifiques jamás te apartes de él. Cuando lo tienes claro la vida es más agradable. Ese oficio o lo que elijas es como la casa que habitas. No importa lo que suceda en el camino si tienes claro a dónde llegar. Segundo: No opines en lo que no te incumbe así te sientas tentado. No contraríes al otro si lo que quiere es provocarte. Solo habla cuando tu vida a la de tus seres amados esté en peligro y sientas que es inevitable la palabra. Tercero: Piensa antes de actuar para que no te traicione los instintos. Ahora que Dios te acompañe.

Libardo se despidió de Tomás con los ojos encharcados. Emprendió el camino. Estaba contento porque iba a ver a su mujer después de tantos años. Aunque también lamentaba no llevar dinero para no tener que empezar de nuevo. Sin embargo, adentro, sentía que había hecho lo correcto. Imaginaba la cara de su esposa. Sus besos, su cuerpo, su piel trigueña. Quizás los años la hubieran cambiado mucho y tal vez no la reconocería. Pensaba en la llegada a casa cuando se enteró de que estaba anocheciendo. A lo lejos observó una luz. Era de una hacienda. Se dirigió para pedir posada. Le abrió un señor de unos sesenta años, con sombrero, bozo espeso y muy serio. Libardo le preguntó si era posible que le diera posada. El hombre señaló una mesa para que se sentara. Libardo observó las cabezas de animales que colgaban y decoraban las paredes de la sala y se estremeció. 

- ¿Cómo te llamas y qué haces por aquí? –dijo el hombre.
- Señor, me llamo Libardo. Voy rumbo a mi casa. Trabajé en una finca mucho tiempo y ahora quiero estar con mi esposa el resto de mi vida.
- Ya veo. Imagino que tienes hambre. Espera un momento.

El hombre gritó y de una de las habitaciones que estaban en un pasillo que comunicaba con otra sala salió una mujer joven, hermosa, de cabello castaño. Libardo que llevaba años sin estar con una mujer no pudo evitar mirarla. Ella fue a la cocina y le trajo pan, queso y chocolate en abundancia. Libardo comió hasta saciarse. 

- ¿Te pareció atractiva la Juana? 
- Señor, es una mujer muy bonita.
- Espera te presento al resto de mi familia –repuso el hombre y al instante las llamó con un tono de voz que parecía el rugido de un trueno.

En la sala aparecieron, con la Juana, otras cuatro mujeres igual o más hermosas. Ellas sonreían. Libardo respiró profundo porque todas eran muy bellas, muy jóvenes y cualquiera de ellas podría… bueno, mejor respiró.

- ¿Qué piensas de ellas?
- Bueno señor, en verdad sus hijas son hermosas e imagino que su belleza se debe a que usted alberga sentimientos de igual magnitud en su corazón.
- Gracias, y no te gustaría, ya que veo que eres un hombre respetuoso, conversar con alguna de ellas.
- No señor, yo estoy casado y quiero volver a mi casa.
- Está bien, lo comprendo. Pocas veces encuentra uno hombres íntegros. Si me permite quiero invitarlo a unos vinos. Pero le pido que me acompañe hasta la otra sala. 
- Como usted diga –respondió Libardo y acompañó al anfitrión hasta el lugar que estaba después del pasillo donde había visto las habitaciones de las mujeres. Se sentó en un mueble rústico en espera del vino.
- Hace tiempo no tengo un hombre honorable en esta casa. 
- Gracias señor –agregó Libardo que en ese momento había visto por la ventana algo aterrador. Sobre una viga colgaban los cadáveres de dos hombres.
- Ah… los vistes. ¿Qué piensas de esos dos hombres?
- Nada señor.
- ¿Los conocías?
- No señor.
- ¿Y si los maté qué?
- Señor no soy quien para juzgarlo. Si me permite quisiera descansar porque todavía me falta camino para llegar a casa. Espero no se incomode si me retiro.
- No, tranquilo, ese cuarto que ves es el de los visitantes. Espero descanses.

Libardo medio durmió porque la imagen de los hombres lo había trastornado. Pensaba que de pronto en la noche el asesino podría tomar represarías. Por ello, al primer rayo de luz se dispuso a partir. Cuando llegó a la sala, en la que cenó, el hombre ya estaba despierto y una de sus hijas movía ollas en la cocina.

- ¿Ya te vas?
- Sí señor, pero prometo que apenas llegue a casa conseguiré algo de dinero para recompensar su hospitalidad. Pues usted ha sido muy generoso conmigo. 
- Tranquilo, le creo. Pero antes de irse, vea, guarde este pan para el camino. Además, puede llevarse esas dos mulas que están en el establo con dos sacos de monedas de oro. Pues, las necesita más usted y creo que harás buen uso de ellas. Por último, le regalo este rifle para que se defienda si se le aparece un ladrón. Buen viaje.

Libardo se subió en una de las mulas, la otra la llevó a cabresto. Al llegar a la casa ya anochecía. Se detuvo en un barranco para contemplar su hogar. Notó que no había cambiado mucho, había más vegetación pero la casa se veía igual, claro, con el deterioro del tiempo. En esas vio que su mujer salía a la puerta acompañada de un hombre más joven. Ambos se abrazaban y se consentían. Libardo invadido por los celos alzó el rifle y le apuntó al hombre. Estaba a punto de disparar cuando recordó la imagen de los dos hombres muertos y bajó el arma mientras observaba al amante de su esposa marcharse. Libardo descargó la mula y tocó la puerta. Su esposa lo abrazó, lo besó y le dijo que ella sabía que él volvería. Libardo no pudo ser natural. Se sentía traicionado. Así que sin rodeos le preguntó qué quién era ese hombre que acaba de partir. Ella se sentó y empezó a reírse. Libardo estuvo tentado a golpearla porque aparte de traicionarlo se le burlaba en la cara. La mujer, con un tono de voz cada vez más suave y dulce le dijo que hace 18 años, la última vez se vieron, había quedado embarazada y ese hombre era su hijo. 





Llegué a la vida
con un sol dentro de un jarrón de agua.
Luz líquida y contenida.
Al crecer el agua se fue evaporando.
Sentí el ardor del deseo.
Fue el miedo a la soledad
el pan de cada día.
El amor un astro a años luz
de mi corazón.
El instante del instante
el castillo de naipes
para morar hasta viejo.
Dios el inverso de las cosas.
Se apagó el sol
y quedó un olor
de agua estancada en el aire.
Y el sol, adentro, 
palpitó por primera vez.