El café es la contra a la prisa. Por ello, se recomienda tomarlo sentado, con música a no muy alto volumen porque es la bebida que exalta la conversación y para conversar se parte del principio básico de la comunicación que es escuchar. 

Es importante estar cómodo y dispuesto. Para eso acudir a un lugar confortable como los kioscos, las cafeterías y los cafés. Cuando se está dispuesto, bien acompañado, en un lugar agradable, entre tazas de café, entonces sucede el milagro de la conversación donde las palabras regalan un rato de ocio compartido. Los temas, sin importar su naturaleza, mientras permitan dialogar son el aliciente para que el café sea uno de los pocos rituales que nos acerca al otro. Quizás, el único que persista a la soledad de las vitrinas, al desenfreno de las nuevas tecnologías, al enajenamiento del prójimo que es suplantado por el nebuloso virtual.

En china el té y en Argentina el mate son bebidas de encuentro. Gracias a esto en ambos países los niños saben que tanto el mate como el té son legados culturales, de encuentro, de interacción, de reconocimiento de sí y del otro. En Colombia el café es la posibilidad de comunicarse. Tal vez esto sea una razón fuerte por la que los colombianos no seamos, en la totalidad, autómatas del estado, la empresa y la religión. 

Mientras existan las invitaciones a tomarse un café con el pretexto de conversar o resolver alguna treta emocional. Mientras el campesino conserve la costumbre de hablar con su compadre, en las tardes noches, entre tazas de café. Mientras inventemos excusas para sentarnos y sentirnos parte de la tierra cafetera que habitamos. Mientras se disfrute de un café y se respire es posible soñar con un país de más oportunidades. 

Hablo de soñar un país porque Colombia es una mujer que los dirigentes violan y desangran cada día. Por algo es tan evidente que el colombiano promedio, el que no sale en los medios de comunicación, el que sufre en silencio, viva en miseria en un país multimillonario en recursos. Es un país, ahí viene la paradoja, patria ostentosa de los extranjeros. El oro, el agua, el petróleo, el carbón, las fuentes hídricas… entre otros recursos son capital de multinacionales. A parte de eso, nuestros gobernantes se maravillan en exhibirse públicamente de sus negocios internacionales que traerán inversión a nuestro territorio. En el fondo, nos dicen imbéciles en la cara y aplaudimos porque nos gusta la cultura de la escasez. Nos acostumbraron a no ser autosuficientes, a acceder a una educación mediocre y casi imposible en los niveles superiores, a la mendicidad, a trabajar inhumanamente por un sueldo miserable. 

¿Cuándo tiempo disponemos los colombianos para respirar, para contemplar el cielo, para leer un libro, para preguntar qué amamos? ¿Existe una posibilidad para que el colombiano pueda vivir sin que le suenen las tripas? Dicen que sí. Sin embargo, en lo cotidiano, el colombiano llega agotado a su casa y apenas puede comer y dormir. Apenas puede sentir su cuerpo para satisfacer las necesidades básicas. Es un panorama desconsolador el nuestro. Y aun así, persiste la esperanza de tomarse un café con los amigos. 

Entre tanta enajenación todavía se frecuenta las cafeterías. Se conversa. Se olvida por unos minutos, lo que dura la taza de café, del afán del día. En ese instante, el hecho de compartir nos hace sentir que somos algo más que entes que nacen, crecen, trabajan, se reproducen y mueren. 

Es evidente el ritmo acelerado de los días donde la presión del trabajo nos hace creer que sin laburo no hay seguro médico, techo, amor, estudio, fiesta, es decir, no hay vida. Es un país sin Dios el que nos han vendido. ¿Qué tal si descubriéramos que nos merecemos más? ¿Qué tal si descubriéramos que somos una potencia mundial en recursos? ¿Qué pasaría si rompemos la cristalidad de la escasez que nos ha sido impuesta por los que temen nuestro despertar? ¿Qué pasaría si todos aquellos que compartimos el ritual del café soñáramos a Colombia? ¿Qué sucedería si entre tazas de café nos preguntáramos sobre la miseria que nos han obligado vivir? ¿La aceptaríamos? 

Voy concluyendo con que un buen café, uno que sea íntimo, debe ser negro como el cuervo, amargo como una mala noticia, caliente como el aliento del fuego y dulce como un beso con los ojos cerrados. Debe beberse en cantidades reducidas, en un pocillo pequeño, a medio llenar y en dosis controladas. El vapor debe ser una flor gris azulosa que se abre en el aire. 

Es necesario volver a mirarse a los ojos. Volver a conversar. Volver al hechizo de las tardes de lluvia, de las ventanas empañadas, de las noticas a desconocidas, de las velas encendidas en la noche, de los abrazos compartidos, de los proyectos fecundos de cafetín, de los regalos, de las cenas. Volver a sonreír. Volver a disponer de tiempo para un café. 


Hace poco me encontré con Eloy, un amigo con el que hace un tiempo compartí algunos diálogos. Cuando lo conocí era muy firme en sus decisiones. Incluso, para mi gusto algo radical. A veces me ha sucedido que cambio de idea con facilidad respecto a una cosa y no me arrepiento de ello porque me encuentro con que en ocasiones no sé lo que quiero. Sin embargo, cuando Eloy dice “sí” o “no” no hay marcha atrás.  Dice que para afirmar o negar algo antes lo meditó un tiempo prudente. Tal vez por su contundencia y por mi levedad en los últimos meses nos alejamos. Pero hace poco me lo encontré y hablamos de todo un poco. Cuando se encuentra a alguien a quien aprecias las palabras aparecen como bombillas que iluminan rincones oscuros o silencios ocultos. Algo de esas conversaciones quedan en uno porque la palabra anida dentro y allí crece como un brote de luz.  Imagino que fue lo que me sucedió con Eloy. Cuando le pregunté, cosa que hago con frecuencia, sobre el amor. Creo que el amor es un motor que siempre está en reparación, aceitado, averiado, fuerte pero quieto, con más revoluciones de las que resiste… en fin… es un motor al que siempre le hacemos o le quitamos algo. Él sonrió y me dijo que ya lo tenía resuelto. Lo miré a los ojos algo incrédulo. Pensé que se burlaba de mí. Al ver mi rostro complementó que hace unos días dejó de buscar en todas las mujeres que le gustaban, que eran muchas, la compañera que se merece. Sucedía que cuando más creía en el sentimiento que se le despertaba algo ocurría y la relación sin empezar se difuminaba. Estuvo mucho tiempo meditando en la energía que inyectaba en la intranquilidad de descubrirse solo. Entonces descubrió que el amor nace de una fe fuerte, de una fuerza interna que da la certeza de que lo que se quiere va a llegar. El cómo le corresponde al universo, pero el qué hay que definirlo. Así, que entre más sereno y sosegado se esté más cerca está la mujer se merece. Por tal Eloy manifiesta que no es necesario luchar. Cuando se nombra y se espera sucede porque así debe suceder. Quise debatirlo, decirle que era una ilusión lo suyo, que si no daba un poco de sí no hallaría algo en otro… en fin, cerré la boca cuando Eloy extrajo de una libreta de apuntes una carta que había escrito a esa mujer que nunca antes había visto. Me la entregó afirmando que había empezado a escribirle porque ya era una realidad. Reproduzco la carta, con permiso de Eloy Rosas, porque me inquieta y tal vez,  esa determinación de mi amigo me remueve ciertas fibras emocionales que apenas dejo filtrar entre líneas.

“Buen día.

Querida, ya te respiro. Sé que estás atrás del suspiro. Tu olor te delata. Digo tu olor porque sé de flores, recuerda que me conmueven las flores y por ello puedo identificar ciertos aromas, ciertos besos, ciertos abrazos y ciertas caricias. Las flores me han dotado de una sensibilidad que me permite mirar más allá de las cosas. No es que sea clarividente es solo que soy intuitivo. Ese no sé cómo que me hace percibir cosas en el otro es lo que me permite sentir que a ti también en el corazón el amor te grita cuando miras. A mí también me sucede. Cuando el amor se nombra en lo más íntimo del ser despierta una espiral de luz para percibir eso que se aproxima, eso que es a fin a tu campo energético o lumínico. Ese campo en mí ya se activó.
Ya te vi. No puedo describirte física, pero si sensorialmente.  Esa luz que se te evidencia en los ojos se delata en la compasión que sientes por los que están en condiciones precarias.  Esa compasión es la virtud de tu bondad, es la señal que los pájaros de luz que viven en el cielo ya anidan en tu corazón. Ya tu corazón tiene las coordenadas de mi abrazo.
Te invito a volar. ¡Abre las alas! Permite que el viento te alivie. Es hora de que descanses un poco del dolor y la culpa que no te pertenece y has creído tuya porque te cuesta soltar lo que te duele. Como si con tu dolor le hicieras menos doloroso el dolor al otro. Eso ayuda pero no te hace bien. Te impide brillar. Solo abre las alas. Permítete vivir lo infinito del amor que es más que esa fracción que delegamos a la dependencia de los registros corporales. El amor más elevado es una fuente inagotable de luz que te otorga una felicidad a prueba de tristezas.

En ese amor creceremos como si fuéramos un bosque.  En mí verás un abrigo para el frío y una hoguera para la noche. En mí podrás desnudarte y al tiempo notarás que en ti brotan bombillitas azules que iluminan tus senos de miel. Lo más seguro es que tu vientre se llene de rosas. Entonces respiraré profundo para que mis besos, como abejas por el rosal de tu piel, se hagan contigo luz e intimidad. Ahora me ves. Me respiras. Ya me hueles. Acabas de enterarte que habito en el suspiro.”

“Sí sentir las nubes puede considerarse una religión, entonces me considero, a partir de este momento, un sacerdote con corazón de viento”, eso dijo el halcón aprendiz a su maestro cuando éste le pedía mesura con la altura.



Recuerdo que de adolescente, la época más complicada de mi vida, donde fui una especie de orangután extra-delgado y extra-tímido me la pasaba con un espejito, como muchos otros, imaginando cómo sería si tuviera los ojos azules, el cabello liso y brillante, una piel blanca, un discurso fluido y un montón de muchachas llamándome a mi casa para invitarme a un helado.

La necesidad de sentirme aceptado me llevó a buscar un montón de sensaciones estériles. Ubico la esterilidad en el postulado de este tiempo de creer que somos imagen, momento, impulso, placer. Nos hemos creído la tonta idea de que vivir bien es otorgarnos la mayor cantidad de placeres disponibles como si en esa fugacidad de los sentidos se encontrara las respuestas a nuestra individualidad. Pero no, sucede lo contrario. Al final, cuando nada, por más que se intente, satisface los sentidos, se siente la existencia como una herida. Una herida que no se cura con pomadas faciales, con sexo día por medio, con ingerir alcohol hasta la cirrosis, con ser un catador de químicos y drogas, con sentarse en un bar en espera de que el idilio llegue y nos salve de nosotros mismos. Entonces duele vivir porque no hay experiencia de vida. Duele vivir porque no hay nada duradero que permita el arraigo y la posibilidad de crecer desde lo que somos y no desde lo que proyectamos. 

Vamos por la vida con un montón de credos ajenos. Tragamos entero y aceptamos que la única forma de vivir es la que nos enseñan quienes se temen a sí mismos. Esto es una idea muy pobre de la existencia. En algún momento hay que verse la cara y eso es suficiente. Con que un ser se escuche evita ir como muchos a la peluquería, hacerse el mismo corte, frecuentar el mismo bar, hablar las mismas cadencias discursivas de los otros y lo peor, hacer de la desidia una especie de afrodisiaco que paradójicamente a veces funciona, pero al final se derrumba.

Unos años después, ya un poco más resignado a mi apariencia, a mi piel trigueña, a mis ojos grandes de párpados caídos, a mis entradas pronunciadas, a mi resistencia a las reuniones sociales, a mi desgano por la vida de los otros, a mi indecencia de no quedarme donde no quiero, a mi intolerancia de escuchar la historia que no me interesa, a mi incapacidad de estar con más de una mujer al tiempo, entendí que no soy de esos hombres que pasan por una calle y roban miradas ni esos que van a una fiesta y casi siempre consiguen una amiga que olvidan por otra. No lo soy porque mi naturaleza es más reposada y necesito grandes cantidades de silencio y soledad para estar en paz conmigo mismo. Esas dosis de mí que ya son un hábito me permiten cantar y sonreír, incluso cuando todo parece derrumbarse.

Entendí, con el tiempo, que los fracasos lo van llevando a uno a donde debe estar. Y fracasé en mis intentos de ser otro. Por ello, no tuve más remedio que mirar más allá de lo que creí que era. Es decir, mi imagen. Por tanto puedo decir, sin ironía, que agradezco de corazón a todas las mujeres que no me hicieron caso. A ellas debo la independencia emocional que he adquirido. Entendí que lo mejor que me pudo pasar fue no tener grandes atributos físicos porque me vi en la necesidad de saber más de mí, de lo que hay dentro, de lo que fluye como una fuente inagotable y me da la seguridad de que la salud, lo sé por experiencia, hace bello al más feo. Tampoco soy el más feo, pero si soy de los hombres más saludables que conozco. Y la salud no es un estereotipo de belleza: Es una seguridad que se trasmite en la mirada, en el donaire al caminar, en la capacidad de ser autosuficiente con lo que se es. 

En estos últimos meses me he sentido más observado de lo necesario. Atribuyo este fenómeno al hecho de proporcionarme grandes cantidades de bienestar. Al sentirme propio me imanto y soy más que el espectáculo de la imagen. 



Estas ganas de verte
saltan a gritos en la garganta
y contraen los músculos del
                             recuerdo.
Estas ganas de verte
aprenden el arte de cuidado
escriben pájaros
que anidan en el follaje de tu
                                   sonrisa.
Estas ganas de verte
cierran los ojos
sienten el roce de tu aliento
    como un viento de menta.
Estas ganas de verte
alistan las maletas
guardan lo mejor de mí
               en un abrazo
Garganta arriba te buscan.
¡Allá van!
Cantan una estrofilla  
              de luz y viento
que estremecen los colores

                        del horizonte.

Rogelio era hijo hombre único. Tenía una joroba que lo obligaba andar con la cabeza inclinada hacia la derecha. Medía 1,60 metros. Su voz era suave. Sus orejas eran pequeñas. Sus ojos eran grandes, de cejas y pestañas espesas. Su piel era blanca y llevaba una mochila de cabuya en la que cargaba un cuchillo, varios cartuchos para su escopeta, una caja de fósforos y un paquete de cigarrillos.

El insomnio empezó a los diez años, cuando camino a casa se encontró un búho pequeño. Intentó cuidarlo, pero a los días se le murió. Había algo que le inquietaba, incluso asustaba, pero no sabía qué. La última noche, el ave moribunda, emitía un ulular agudo y continuo. Rogelio se desesperó y en la madrugada, la ahogó en un tanque. Al día siguiente del tronco de un naranjo amarró al búho, con las alas abiertas. Desde entonces perdió el sueño.


Se acostumbró a dormir poco. Se hizo adulto y más solitario. Cierta noche, en que lo perseguía el recuerdo de la humedad del sexo de su exmujer, quien lo abandonó porque él la había encerrado en su casa para que ningún hombre la viera. Pues, desde que había sentido la electricidad del orgasmo deseaba que solo fuera para él. Pero su compañera en el encierro encontró el valor para enfrentarlo y herirlo con un cuchillo. Luego se fugó a la ciudad. Rogelio quiso ir tras ella, tras ese agujero de goce inagotable, tras esa humedad de estremecimientos y vacíos… pero no conocía más allá de la montaña. Desde que ella se fue las noches eran más largas. Hasta que cierta noche, después de varias cervezas, con el recuerdo de ella tallándole en el intestino, tomó su escopeta y recorrió los caminos que ya conocía. Subió hasta una meseta donde había muchos árboles y rastreaba los búhos. De un guamo un búho blanco, era el primero que veía de ese color y tamaño, voló a un mandarino viejo. Rogelio se acercó con sigilo. Le apuntó y apretó el gatillo. Después de la explosión sintió varios quemones en el pecho y el rostro. Incluso la sensación de que la sangre brotaba le hizo soltar el arma. Estuvo unos minutos quieto. Cuando verificó que era solo una ilusión, como también la imagen de que estaba acostado en mitad de una carretera, muerto; sacudió la cabeza y quiso buscar el animal. Pero no lo encontró. Cargó de nuevo la escopeta y como pudo la acomodó para apretar el gatillo con el pie y abrirse de una buena vez la cabeza. Pero no tuvo el valor. Así que dejó el arma a un lado y él, desconsolado, con los ojos encharcados, se quedó mirando las estrellas. Unió los puntos luminosos y trazó una abertura conocida, una humedad que le hacía falta.     


- Me llamo Martín y he sido un desgraciado
- ¿Por qué te crees desgraciado? -Respondió Jorge, un anciano músico que lo había visto varias veces sentado en la misma cafetería, a la misma hora.
- Porque hace años rondo el fantasma de una mujer que amé. Ella me dejó por otro hombre más adinerado ya que  mi música no era suficiente. Con su partida también se fue la música.
- Ah, ya veo. ¿Y si haces el intento de volver a tocar?
- ¡Imposible! Quemé la guitarra y he permanecido en silencio desde entonces.
- Bueno, pero puedes considerar, ya que eres músico, que una pausa hace parte de la canción y no es la canción entera.  -Dijo Jorge después de hacerle una seña a su interlocutor para que lo siguiera.
- ¿Qué es esto? -Repuso Martín al ver varias guitarras dispuestas en una habitación amplia y confortable.
- Son guitarras. A veces me siento a verlas y a veces solo toco y siento que la música es un lenguaje que trasmite más  allá de las palabras. Desde hace una década vengo aquí y le canto a mi difunta María. Sé que no está pero sospecho que donde quiera que esté ella me escucha. La música es como la alquimia, la combinación de los acordes indicados, la emoción sincera y la posibilidad de vibrar con la voz los latidos del corazón permite sonidos insospechados que me otorgan un vacío aterrador, pero a la vez necesario. Un vacío sin principio ni final. Un vacío que me hace olvidar de lo que soy y sueño. Entonces es cuando sucede que me siento observado por el vacío y la música es paisaje, es lo que me permite no sentirme desgraciado. ¿Quieres intentarlo?
- Bueno. -Martín cerró los ojos y los dedos volvieron al diapasón, a los acordes... y poco a poco, la habitación empezó a llenarse de mariposas blancas y una luz que encandilaba. 

A los minutos tocaron a la puerta. Jorge abrió los ojos y se sorprendió al estar solo. Puso la guitarra a un lado, algo molesto, porque lo habían interrumpido. Ante sus ojos apareció una mujer de unos cuarenta años, con varias lagrimas en los ojos, muy bien vestida. 

- Señora en que le puedo ayudar.
- ¿Dónde aprendió la melodía que estaba tocando?
- ¿Por qué lo pregunta? -Repuso Jorge, algo extrañado y con cierto terror que disimuló como pudo.
- Mi señor, hace años me enamoré de un músico, Martín, quién me compuso muchas canciones, pero la que usted tocaba él me la recitó antes de pedirme matrimonio. Me negué. Eran joven y tenía miedo. Él enloqueció. Durante noches salía a tomarse un café y a fumar en una cafetería en el atrio. Después, lo encontraron ahorcado. Por eso, cuando pasaba por la calle y escuché su melodía me conmoví hasta el llanto.


Efraín la tomó entre sus brazos casi con los ojos cerrados y sin mirar muy bien a dónde la llevaba arrojó todo a su paso hasta llegar al cuarto de su infancia. María sentía la fuerza de aquel hombre y se asustaba al tiempo que disfrutaba sentirse frágil y amada. Ella pensó que de pronto esa noche sería diferente y él entendería lo que ella le estaba enseñando. Efraín la desvistió como si estuviera desyerbando maleza y sin tregua la invistió hasta el último suspiro.El hombre se desmadejó y se quedó dormido. Ella, sonrío desconsolada y decidió quedarse en la tierra de los sueños hasta encontrar a alguien que soñara despierto.



Llega a casa y se sienta a mirar desde la montaña el valle que cada vez tiene más parches de concreto. Busca un motivo para no sentir que la civilización es una cabra que cada vez pierde el sentido de la vida. Para no reunir razones para el desencanto recuerda cuando era chico y su madre lo vestía para ir a las celebraciones navideñas. Él guardaba en una bolsita un cascabel hecho con tapas de gaseosa y salía con sus amigos a las casas vecinas en espera de los dulces al final de las novenas. Para ese entonces no había tiempo para el amor porque el apetito por los dulces y la sinfonía de las voces de los campesinos, el ruido de las maracas y los cascabeles de tapa de gaseosa ocupaba el corazón. Para ese entonces el corazón era un pesebre con carros a gasolina en miniatura, con aviones de plástico, con vacas gigantes que podrían comerse a los reyes magos de un bocado. El corazón era una laguna de papel de aluminio donde los patos y una tortuga del tamaño de una iglesia hacían parte de ese ecosistema  extraño y a la vez mágico. Mi corazón era el paisaje de las extravagancias de los niños que no entendían el orden lógico de la medida y la distribución en los pesebres. Mi corazón era el dinosaurio que se enfrentaba con el Chapulín Colorado frente a un mago que los miraba desde un árbol. El mago esperaba el alboroto para capturar a los revoltosos y llevarlos al taller de carpintería de José y así, con trabajo, enseñarles el silencio que hace falta en la fiesta, la del corazón. 

al recordar esos episodios del pasado recuerda que a pesar de la pólvora, de la bulla de los adultos, de la necesidad de felicidad etiquetada, esa que se cree comprar en las promociones del Éxito o de los grandes almacenes de cadena; a parte de la mal sana costumbre de celebrar la navidad desde la publicidad y los sueños ajenos, en el recuerdo, en la mirada del niño que fue, existe un tiempo donde el amor era suficiente y amorfo. Entonces sonríe y escucha unas maracas y las voces de una familia que iluminan la noche con sus cantos disonantes.

-   De verdad que no te entiendo Antonio. Te has pasado los últimos años esperándola. A todas las mujeres que se te cruzaban, decías que estabas comprometido porque habías soñado con la mujer que ibas a construir familia. Afirmabas que era un acto de fe. Ahora, le acabas de decir a Isabel que la habías esperado y que ella era la mujer con la que tendrías un hijo llamado Salomón. Luego, como si eso fuera algo trivial, como decir, te pica la rodilla, dejas que ella se marche, asustada, sin dar más explicaciones. Creo que no entiendes nada del amor. 

- Querido Marcos, no hay que entender lo que está más allá de nuestra imaginación. No le des respuestas a lo que no las tiene. Te llenaras la cabeza de cucarachas. Respecto a Isabel, va rumbo al lugar donde los astros han confabulado debemos iniciar nuestro proyecto de vida.
Cuento adaptado de un relato oral que me contó Kike, el maestro del tabaco



Tomás desde muy joven se fue a estudiar a la cuidad, pero cuando su padre murió se hizo cargo de la hacienda. Quedó con la casa, dos hectáreas, algunas mulas y un trabajador: Libardo, un joven que había llegado a la finca meses atrás a pedir empleo, venía de tierras lejanas, al ver a Tomás decidió continuar con el nuevo patrón. Ambos trabajaron duro y la tierra poco a poco empezó a prosperar. A los cinco años Tomás contrató otro empleado y dos años más tarde otro. 

Tomás logró una buena posición económica. Compró más tierra. Invirtió en el negocio de la caña, en los cultivos de café y plátano. Treinta años después había conseguido tres veces más de lo que había heredado. Por tanto, en agradecimiento a sus tres empleados más antiguos que llevaban con él 30, 25 y 23 años de servicio, les dijo que les iba a otorgar la posibilidad de independizarse. Tenía para ellos dos regalos. El primero era una mula con un saco en monedas de oro y el segundo tres consejos.

Ramiro, el más joven de todos, el que llevaba 23 años de servicio, pensó que con ese dinero podría comprarse unos billares y establecer su propia empresa. También, una moto, una casa y vivir sin preocuparse el resto de la vida. Por tal motivo eligió la mula con el saco de monedas. Ramiro se despidió y se fue con el botín. Carlos, un hombre alto y voluntarioso, al ver las monedas de oro, sin pensarlo tomó la decisión. Quería volver a su pueblo natal y demostrarles a todos que había triunfado, además, se casaría con la mujer más hermosa. Carlos partió. Libardo miró al patrón y le dijo:

- Don Tomás desde que trabajo con usted nada me ha faltado. Usted me ha tratado con respeto. También me dio la oportunidad de construir mi casa a la que no voy hace 18 años. Pero cada mes puedo enviar el dinero que necesita mi mujer y mis padres para sobrevivir. Por ello le estoy muy agradecido. Además, me ha enseñado, con su trato, el respeto y el amor a los otros. Creo que yo elijo los tres consejos.
- Libardo, no sé, pero intuí que de los tres eras el único que ibas a elegir los consejos. A Ramiro y Carlos les deseo un buen viaje y que puedan hacer un buen uso del dinero. Bueno querido, para no demorarte más los tres consejos son los siguientes: Primero: Hay que elegir algo a lo que uno le invierta la mayor cantidad de horas, un oficio en el que vibres y te sientas feliz. Cuando lo identifiques jamás te apartes de él. Cuando lo tienes claro la vida es más agradable. Ese oficio o lo que elijas es como la casa que habitas. No importa lo que suceda en el camino si tienes claro a dónde llegar. Segundo: No opines en lo que no te incumbe así te sientas tentado. No contraríes al otro si lo que quiere es provocarte. Solo habla cuando tu vida a la de tus seres amados esté en peligro y sientas que es inevitable la palabra. Tercero: Piensa antes de actuar para que no te traicione los instintos. Ahora que Dios te acompañe.

Libardo se despidió de Tomás con los ojos encharcados. Emprendió el camino. Estaba contento porque iba a ver a su mujer después de tantos años. Aunque también lamentaba no llevar dinero para no tener que empezar de nuevo. Sin embargo, adentro, sentía que había hecho lo correcto. Imaginaba la cara de su esposa. Sus besos, su cuerpo, su piel trigueña. Quizás los años la hubieran cambiado mucho y tal vez no la reconocería. Pensaba en la llegada a casa cuando se enteró de que estaba anocheciendo. A lo lejos observó una luz. Era de una hacienda. Se dirigió para pedir posada. Le abrió un señor de unos sesenta años, con sombrero, bozo espeso y muy serio. Libardo le preguntó si era posible que le diera posada. El hombre señaló una mesa para que se sentara. Libardo observó las cabezas de animales que colgaban y decoraban las paredes de la sala y se estremeció. 

- ¿Cómo te llamas y qué haces por aquí? –dijo el hombre.
- Señor, me llamo Libardo. Voy rumbo a mi casa. Trabajé en una finca mucho tiempo y ahora quiero estar con mi esposa el resto de mi vida.
- Ya veo. Imagino que tienes hambre. Espera un momento.

El hombre gritó y de una de las habitaciones que estaban en un pasillo que comunicaba con otra sala salió una mujer joven, hermosa, de cabello castaño. Libardo que llevaba años sin estar con una mujer no pudo evitar mirarla. Ella fue a la cocina y le trajo pan, queso y chocolate en abundancia. Libardo comió hasta saciarse. 

- ¿Te pareció atractiva la Juana? 
- Señor, es una mujer muy bonita.
- Espera te presento al resto de mi familia –repuso el hombre y al instante las llamó con un tono de voz que parecía el rugido de un trueno.

En la sala aparecieron, con la Juana, otras cuatro mujeres igual o más hermosas. Ellas sonreían. Libardo respiró profundo porque todas eran muy bellas, muy jóvenes y cualquiera de ellas podría… bueno, mejor respiró.

- ¿Qué piensas de ellas?
- Bueno señor, en verdad sus hijas son hermosas e imagino que su belleza se debe a que usted alberga sentimientos de igual magnitud en su corazón.
- Gracias, y no te gustaría, ya que veo que eres un hombre respetuoso, conversar con alguna de ellas.
- No señor, yo estoy casado y quiero volver a mi casa.
- Está bien, lo comprendo. Pocas veces encuentra uno hombres íntegros. Si me permite quiero invitarlo a unos vinos. Pero le pido que me acompañe hasta la otra sala. 
- Como usted diga –respondió Libardo y acompañó al anfitrión hasta el lugar que estaba después del pasillo donde había visto las habitaciones de las mujeres. Se sentó en un mueble rústico en espera del vino.
- Hace tiempo no tengo un hombre honorable en esta casa. 
- Gracias señor –agregó Libardo que en ese momento había visto por la ventana algo aterrador. Sobre una viga colgaban los cadáveres de dos hombres.
- Ah… los vistes. ¿Qué piensas de esos dos hombres?
- Nada señor.
- ¿Los conocías?
- No señor.
- ¿Y si los maté qué?
- Señor no soy quien para juzgarlo. Si me permite quisiera descansar porque todavía me falta camino para llegar a casa. Espero no se incomode si me retiro.
- No, tranquilo, ese cuarto que ves es el de los visitantes. Espero descanses.

Libardo medio durmió porque la imagen de los hombres lo había trastornado. Pensaba que de pronto en la noche el asesino podría tomar represarías. Por ello, al primer rayo de luz se dispuso a partir. Cuando llegó a la sala, en la que cenó, el hombre ya estaba despierto y una de sus hijas movía ollas en la cocina.

- ¿Ya te vas?
- Sí señor, pero prometo que apenas llegue a casa conseguiré algo de dinero para recompensar su hospitalidad. Pues usted ha sido muy generoso conmigo. 
- Tranquilo, le creo. Pero antes de irse, vea, guarde este pan para el camino. Además, puede llevarse esas dos mulas que están en el establo con dos sacos de monedas de oro. Pues, las necesita más usted y creo que harás buen uso de ellas. Por último, le regalo este rifle para que se defienda si se le aparece un ladrón. Buen viaje.

Libardo se subió en una de las mulas, la otra la llevó a cabresto. Al llegar a la casa ya anochecía. Se detuvo en un barranco para contemplar su hogar. Notó que no había cambiado mucho, había más vegetación pero la casa se veía igual, claro, con el deterioro del tiempo. En esas vio que su mujer salía a la puerta acompañada de un hombre más joven. Ambos se abrazaban y se consentían. Libardo invadido por los celos alzó el rifle y le apuntó al hombre. Estaba a punto de disparar cuando recordó la imagen de los dos hombres muertos y bajó el arma mientras observaba al amante de su esposa marcharse. Libardo descargó la mula y tocó la puerta. Su esposa lo abrazó, lo besó y le dijo que ella sabía que él volvería. Libardo no pudo ser natural. Se sentía traicionado. Así que sin rodeos le preguntó qué quién era ese hombre que acaba de partir. Ella se sentó y empezó a reírse. Libardo estuvo tentado a golpearla porque aparte de traicionarlo se le burlaba en la cara. La mujer, con un tono de voz cada vez más suave y dulce le dijo que hace 18 años, la última vez se vieron, había quedado embarazada y ese hombre era su hijo. 





Llegué a la vida
con un sol dentro de un jarrón de agua.
Luz líquida y contenida.
Al crecer el agua se fue evaporando.
Sentí el ardor del deseo.
Fue el miedo a la soledad
el pan de cada día.
El amor un astro a años luz
de mi corazón.
El instante del instante
el castillo de naipes
para morar hasta viejo.
Dios el inverso de las cosas.
Se apagó el sol
y quedó un olor
de agua estancada en el aire.
Y el sol, adentro, 
palpitó por primera vez.


Hace mucho no frecuentaba el bar de Elkin porque bueno, a veces uno de distancia de los lugares así como de los amigos. Llegué y como siempre pedí una cerveza. En la barra estaba Lucía, una de las clientes que los fines de semana va sola, casi siempre, pide algunas cervezas y luego se marcha. Algunas veces hemos cruzado un salido. Hasta ahí. En la mañana había pensado en ella, cosa extraña porque pocas veces pienso en alguien a quien no frecuento. Sin embargo, ahí estaba al lado de ella sin saber cómo decirle que la había pensado. Ella sonrió como si sintiera que yo quería hablarle. Aproveché y me senté cerca. Hablamos de cosas triviales, como por decir cualquier cosa. Ella me dijo que hace unos días me había visto en el supermercado y que no alcanzó a saludarme. Sonreí. Estaba contento, ambos nos habíamos pensado. Llevé mi mano a su mano. Ella apretó la mía con sus dedos. Luego, en cámara lenta mi boca buscó la suya. Cerré los ojos y sentí la humedad de sus labios. Al abrir los ojos Lucía sonrió. Me dijo que no se lo esperaba. Le respondí que yo tampoco. Elkin nos invitó a otra cerveza. Cuando cerraron el bar me invitó a su casa. Ella vive sola. Al entrar a su departamento vi que su cama estaba llena de flores. En la habitación había varias velas, que encendió. Cuando quise preguntarle sobre cómo sabía que yo... me puso un dedo en la boca y se limitó a decirme que "cuando un amor cae de cielo no pregunta cómo".

- Maestro ya he aprendido a dominar los impulsos, no me dejo llevar por el placer si antes no está involucrado el corazón. Eso está claro. Por ello cuando María llegó me dejé encontrar y el hecho de que ella tomara la iniciativa permitió conocerla más. Admito que con los días era más difícil contenerme y sufría por no abrazarla y robarle un beso. Todo en ella me gusta. A lo último fue dolor verla. Por tal motivo viene a pedirte consejo. Recuerdo que me dijiste que ya estaba listo para iniciar el cortejo. Entonces le dije que estaba enamorado y ella sonrió y me dijo que prefería estar sola, que no deseaba en este momento iniciar ninguna relación. Por eso he vuelto. No entiendo que he hecho mal.

-Martín lo que debes aprender es a dominar la fuerza del entusiasmo.  Pero no hiciste nada de lo que te debas arrepentir. Nombraste tu deseo desde lo más intimo de tu corazón. Lugar donde se establece la comunicación con el cielo. Ahora el trabajo es esperar. La fuerza del espíritu está en permanecer quieto. Pues lo que se ha nombrado es ya una realidad. El destino se cumple a pesar de nosotros. Debes aprender a dejar que lo que te ata se marche para que no seas esclavo de tus deseos. Cuando aprendas a disfrutar sin apegos nada te hará falta. 

Se había pasado gran parte de su vida buscando en otros referentes de su propia persona. Al final encontró una fotografía suya, partida en pedazos. El pedazo, donde vio su ojo,  era llevado por una hormiga hacía algún lugar oscuro.

Hay un día en el año, sin importar lo que hagas o pienses de ti mismo, te levantas con los dos pies derechos. Es el día en llegaste a este mundo a habitar el espacio que ocupas. Ocupar ese espacio es sentirte propio e independiente. Ese día tienes el poder universal de celebrarte.  Eres, por un instante, la posibilidad y un regalo en doble vía. 

Para ese día se recomienda despejar el corazón, sacar de él toda la maleza que abonas al no creer en ti mismo. Solo así recibirás un regalo perfecto. Solo cuando se despeja el corazón se permite el ingreso de la luz que no es otra cosa que claridad en lo que deseas. Luego, mirar el cielo, darle gracias a Dios por el amor, la familia, los amigos y la literatura.

Hay un día en que el libro que eres, cuando el corazón es una página en blanco, es redactado por el universo. Escriben en ti  que ser feliz es un derecho. Lo asumes y  lo aceptas. Entonces, ese capítulo de luz que eres fluye con todo  y a dónde vayas, a quién saludes, te recibirá con los brazos abiertos porque te has dado la bienvenida a ti mismo. Entendiste algo importante: Empezaste a vivir tu propia historia. Es decir, decretaste tener un lugar en el anaquel de los libros importantes de la biblioteca de la historia. 


1.

Hace lunas creí que el amor estaba en la mujer que no llegaba. Le escribí tantos poemas que identifiqué que soy un poeta menor, pero eso es lo que menos me importa. Luego pasé a las cartas. A una de las mujeres que busqué le entregué una carpeta con treinta cartas que equivalían a los días del mes. Con los años y las decepciones escribí en menos cantidad, en lo que se refiere al amor, o lo que uno cree es el amor. Me enfoqué en otros temas que me otorgaban otros hallazgos, como el misticismo, la divinidad, Dios, la muerte, la familia.  Después, dejé de escribir movido por el impulso de obtener aquello que encandilaba los sentidos. Me costó dejar la pluma quieta ante las caderas de una mujer que me invitaba a construir una mano de palabras para acariciar el abismo que aguardaba a unas cuantas pulgadas del ombligo. Mi voluntad se fue fortaleciendo y entendí que yo era más importante que lo que sentía. Entonces, quien lo creyera, empecé a escuchar una voz de mujer dentro de mí. Una voz suave que me producía aquello que me generaba la humedad de una mujer, que en el momento creí amar. Esa voz me inflaba cada noche el corazón. Es decir, encontré en mí lo que tantos años busqué fuera. Dentro, está esa parte complementaria que busqué en tantos cuerpos y que sufrí en tantos desencuentros. Esa voz, ahora, me da lo que encontraba en la copula: Un gozo inagotable. Claro, ese gozo cada vez era más fugaz hasta llegar al hartazgo. Pero esa música en mi interior empezó apaciguar el deseo sexual. Fue cuando empecé a comer bien, dormir lo necesario, disminuir el licor y sustancias que me impidan sentir la salud. Dejé de creerme el Don Juan de película que es casi inmortal mientras sostiene un cigarrillo con una cerveza en la mano. En la vida real no es así, pues el cigarrillo huele muy fuerte y el licor, en grandes cantidades, te adormece y te deteriora. Eso va en contra de la salud cuando la salud genera tanta electricidad que se percibe. Un cuerpo sano es como una casa confortable. No es un misterio que una casa cálida reconforta el ser. Fue cuando empecé a ocuparme de mí. A darme lo que esperaba que otros me dieran. A sentir que era importante y en esa medida ni la mujer más bella podría proporcionarme el bienestar que me brindaba poder quererme y aceptarme tal cual era. Con los días cambió mi semblante y las mujeres que antes miraba y recibían mis cartas, pero que me evadían porque veían mi ansiedad, mi miedo a estar solo, empezaron a saludarme. En el fondo lo que se busca es postergar la especie. Y se quiere hacer con un prospecto saludable e integro. Por ello, ahora, no soy el que busca sino el que se deja encontrar. Este cambio de enfoque me permite elegir con quien estar y no con quien me toque. Tengo el derecho de estar con quien quiera, siempre y cuando mi voluntad no doblegue la suya. La clave es que ella sea la que busque. Y buscan al padre en potencia. Eso lo huelen. Es inevitable. Entendí que entre más importante sea uno para uno más atrae. Empiezo a disfrutar de lo inimaginable. Más adelante contaré como aquellas pautas que dan para seductores, en vez de hacerlos visibles, los opacan y venden como hombres sin causa, a meced de las pasiones (las más bajas), que creen que en lo fugaz está la verdadera belleza. Nos han enseñado al revés a disfrutar de las maravillas del amor y del cuerpo. 

Él después de vagar por el mundo, de buscar aquello que no encontró en el estudio de los libros sagrados ni con los diferentes maestros llegó, a sus treinta y cinco años, cansado, a un pueblo tranquilo, poco habitado, dispuesto a morar. Llevaba varios años intentando hablar lo preciso. Pues quería solo utilizar su palabra para fines útiles. Sabía que hablar mucho distrae y no permite escuchar la voz antigua que cada ser lleva en su corazón.

Al llegar a aquel pueblucho sintió en el aire la misma calidez que de chico en casa cuando sus padres lo recibían con un abrazo. Sintió una corazonada que le decía que ese lugar era conocido. Vio una luz en una casa humilde. Se dirigió a ella con el fin de pedir posada. Había un grupo de personas dispuestas a empezar una ceremonia alrededor del fuego. Amablemente lo invitaron. El hombre se sentó en un rincón a esperar. Observó como un jovenzuelo echaba incienso por todo el recinto, como avivaba el fuego y le echaba algunas hierbas, así como puñados de maíz y panela. El joven invitó a las personas, que eran unas quince a sentarse en círculo. Luego les propuso que pensaran en el propósito, el que los había llevado hasta ese lugar. En ese momento las llamas de fuego se tornaron naranjas y rojizas. El hombre supo que había alguien, con un nivel de conciencia más elevado, hablándole al fuego. Miró a todos lados y no encontró. Las llamas, lo sabía, estaban quemando el dolor, las bajas frecuencias de antivalores como envidia y odio… en los presentes. Se olvidó del interlocutor del fuego y se maravilló cuando las llamas formaron una especie de espiral de la que emergía un ángel que se desintegró al instante. Luego, las llamas se tornaron moradas. Eso significaba que el fuego había limpiado a los presentes. Algunos que tenían la cruz de la muerte en la frente podían vivir más años, otros que engordaban tristezas en sus corazones habían sido liberados… sin la menor sospecha de ello. Por ocuparse en el dolor y en sus miserias, pensó el hombre, las personas no establecían conexión con la unidad. 

A los segundos entró una mujer con un vestido blanco. Joven, delgada, alta... ella emanaba una paz que empezó a moverle las palabras al hombre. Por primera vez, en mucho tiempo, quiso hablar, pero se contuvo, había desarrollado el poder de su voluntad. Podía dominar sus impulsos con maestría debido al grado de soledad que le había otorgado su independencia espiritual. La mujer se sentó y saludó a los presentes. Los invitó a que le contaran el motivo de la visita. Cada uno expuso: porque me está yendo mal en el negocio, porque mi esposa me abandonó con otro y no lo soporto, porque mi hijo es un drogadicto y no sé cómo ayudarlo, porque quiero conseguir trabajo, porque me cuesta hablar con las personas… así hasta llegar donde el hombre. Él sintió en el corazón un fuego que no había registrado antes. En sus veinte años de estudio de sí no había vibrado de tal forma. Entendió que a diferencia de las otras personas, él no se preocupaba por tener sino por ser, por ello, ante la mirada de aquella mujer, lo único que dijo fue que: “Sigo mi corazón. Por eso nada te pido.” La mujer lo miró de nuevo. Cerró los ojos. Él sintió que su fuego interior aumentaba y empezó a ver una espiral violeta que lo cubría. 

Cuando todas las personas se fueron, el hombre descubrió, con gran asombro, que su cuerpo estaba muy caliente. Miró al fuego y vio que las llamas formaban dos bailarinas azulosas. El jovenzuelo que antes avivaba el fuego se sentó en una silla y miró fijamente al hombre. Lo desafiaba. El hombre sintió que su palabra era inevitable, por más que intentara acallarla. Así que abrió la boca, sin atender a la mirada del joven, y le dijo a la mujer: 

- Dentro de una gran mujer hay un gran hombre.
- Eres grande querido, respondió de manera directa la mujer.


A Pedro se lo llevaron dos hombres para un negocio. Nunca más regresó. Recuerdo el rostro de uno de ellos. Era redondo, como de marrano, sin cejas. Me daba dolor de estómago solo verlo. Durante tres años no supe que le había pasado a mi querido Pedro. Resulta que lo mataron y lo echaron al río. De eso me enteré ayer, nada más que ayer. A penas puedo contenerme mientras paso el filo del cuchillo sobre el cuello de Efraín, así se llama el hombre con rostro de cerdo, que duerme profundo y dice amarme con toda su grasa.  
Hace días la palabra “mujer” se hospedó en mi pe­cho. En la mañana subió hasta los ojos y apoyó sus manitas finamente delineadas en mis párpados. Le gustaba que el viento la despeinara y el sol le ca­lentara todas las letras. En la noche bajó hasta los riñones y encendió una vela para espantar las pe­sadillas. Últimamente la palabra “mujer” tiene comportamientos extraños. Es tan ella que ninguna otra palabra se le parece. Tal vez la palabra que más se le aproxima es “luna” o “flor”. El misterio de es­tas palabras es mejor observarlo que comprenderlo. Volviendo a su comportamiento, hace una semana pegó un montón de papelitos en mi corazón. Al ter­minar observó, desde la distancia, el rostro de un hombre. Luego, los recogió y cuidó de que no se le perdieran. Subió hasta el oído derecho y los echó a volar. Después, la palabra “mujer” se durmió a oscuras. Su quietud era de anfibio. Posteriormente se dirigió hasta mi boca. Estiró la letra “m” y parecía el zigzag de un río entre la montaña. Observó el horizonte como esperando algo o a alguien. El in­flujo de una palabra que se encarna es misterioso y profundo. Además, cuando una mujer emerge de la palabra puede vencer todas las distancias y todos los silencios. También, anunciar un cambio de las cir­cunstancias o una partida definitiva.



El anterior texto es un capítulo del libro la novela La mujer Agapanto-Diario de un jardinero, del escritor colombiano Juan Camilo Betancur E, ya está disponible para su descarga GRATIS por unas cuantas horas. Para descargarlo puedes hacer clic aquí.      


Hace poco, en una meditación, escuché la historia de una mujer que podía estar en dos partes al tiempo. Ese relato me inquietó tanto que hice lo posible para hablar con ella. Volví a indagar al maestro de la meditación que me narró ese relato y me conectó con un amigo de Magdalena quien me facilitó su número de teléfono. 

- Hola Magdalena, le habla Juan, periodista y quería preguntarte por lo de la ubicuidad.
- Hola Juan, no entiendo por qué a mí.
- Mira, he escuchado que puedes estar en dos partes al tiempo. Y quería que me hablaras más de eso.
- Y quién te habló de ello.
- Bueno, es que asistí a una meditación y el maestro mencionó su caso y me interesé. 
- Ah, veo, pero no sé por qué te interesa.
- Mira Magdalena, me interesa porque creo en la historia y quisiera registrarla.
- No sé. Déjame lo pienso y si alguna cosa de te llamo.
- Está bien.

Pensé que había perdido la oportunidad de conocer a Magdalena. Creí que había sido muy directo. Tal vez debo aprender un poco más de sutileza. Pasaron varios días sin noticias de Magdalena. Intenté llamarla pero no contestó. A la semana recibí, con gran sorpresa, su llamada. Me decía que me invitaba un sábado en la tarde a su casa. 

Confieso que me podía la incredulidad. No daba crédito a que una persona estuviera en presencia en dos sitios diferentes al mismo tiempo. Sería vivir dos vidas simultáneas. Eso es imposible. He escuchado de personas que están en el momento preciso, en el lugar indicado y eso los hace visibles generando la sensación de estar en varios lugares al tiempo. Pero es distinto. También, en estos tiempos, se puede decir que hay ubicuidad al reconocer los avances tecnológicos. Es decir, uno puede estar conectado a la red sin importar el lugar de la conexión. Claro, estas percepciones de ubicuidad se dan desde un mismo punto y no desde dos lugares distintos. En esas conjeturas se me fue el viaje. 

Llegué a la casa de Magdalena quién vive con su esposo e hija en una parcelación del oriente antioqueño. Por petición de la familia omito las coordenadas exactas para evitar curiosos en los alrededores irrumpiendo en la tranquilidad del lugar.

Jorge, el marido de Magdalena, me llevó hasta la sala. Ella es veterinaria, de unos 40 años, piel trigueña, cabello ondulado que le caía hasta los hombros, delgada, al verme me miró unos segundos a los ojos. Luego, vaya a saber que vio, me saludó como si esa mirada le hubiera confirmado algo. La verdad, es que me sentí incómodo, como cuando debo asumir mis responsabilidades ante una metida de patas. Respiré profundo y me senté frente a ella.

Jorge, que es arquitecto, nos dejó solos. Dijo que estaría en el cuarto con la niña. Si alguna cosa lo llamábamos. Magdalena hizo un gesto de aprobación. 

Empecé por preguntarle por el inicio. Pues, estaba algo nervioso después de esa mirada. Y las preguntas que tenía planeadas se me olvidaron. Lo único que logré articular fue pedirle que me contara como había empezado todo.

Magdalena sonrió. Antes de empezar me afirmó que había pensado en no llamarme. Pero que algo, no sabía muy bien qué, la impulsó en llamarme. Luego, al verme a los ojos se había dado cuenta de que era una buena persona. Eso me asustó porque a veces no me considero tan buen ciudadano, no con lo que tengo que presenciar a diario en la ciudad. Igual, no discutí esa percepción. Antes debía agradecer porque podía acercarme a Magdalena y a su historia.

Ella desde muy joven sentía que vivía otra vida, pero no sabía cómo explicarlo. Su madre, psicóloga, la llevó a un siquiatra conocido. La evaluaron, la estudiaron y no encontraron nada. Concluyeron que era un desorden mental debido a los cambios hormonales en la adolescencia. Así que a Magdalena le dieron unos medicamentos que debía ingerir tres veces al día. Durante un tiempo, esos medicamentos le permitieron estar, según su madre, equilibrada y sociable.

Años después Magdalena ingresa a la universidad y vuelve a la sensación de estar en otro lugar. Los medicamentos ya no le sirven. Una vez, saliendo de la facultad fue tan intenso el dolor que tuvo que llevarse las manos a la cabeza y pedir ayuda. Jorge, quien la observó, la llevó a un hospital y a partir de ese momento la acompaña.

Fueron a muchos lugares, a muchos médicos, metalistas, siquiatras, yerbateros… Ninguno les supo decir que era lo que tenía. Mientras tanto Magdalena empezaba a sentirse loca, a decir que había estado en ciertos lugares y los describía. Cada vez los dolores de cabeza eran más intensos. Un amigo les recomendó visitar a un maestro de la meditación que él conocía. 

El maestro le recomendó, en un principio, que no se asustara y fuera hasta donde la llevara la sensación. Entre esos ejercicios y varias meditaciones Magdalena se fue tranquilizando. Lo primero que vio fue que salía de su casa, tomó un bus, llegó a la ciudad y visitó a su madre. Luego, la tarde noche, se despidió de su madre y volvió a su casa. Al abrir la puerta su esposo la recibió con abrazo porque ese día había hecho un almuerzo y una cena deliciosos. 

Magdalena volvió donde el maestro y este le dijo que tenía un don. Ella podía estar en presencia en dos lugares al tiempo. E iban a trabajar en ello. Por ello, los ejercicios consistían en fortalecer el sistema nervioso para aceptar sin dolor de cabeza el don de la ubicuidad

Le pregunté cómo sentía ella esa ubicuidad, es decir, si era consciente de ambas. Afirmó que sí. En ella sucede como una visión, como un sueño lucido, pero donde esté es ella y actúa como ella es. Es su esencia en los dos cuerpos. Al indagar por la visión ella responde que en ella la experiencia es como una visión, pero en los otros es una realidad. Por ahora, solo se permite la ubicuidad los fines de semana, todavía, con el maestro, está aprendiendo a conocerse y a manejarla. Por eso, todos los sábados en la madrugada, después de una profunda meditación, autoriza a su ser a salir de su casa. 

La miré fijo porque la historia se me salía de todo orden lógico. Le pregunté sí en ese momento estaba en otra parte. Me respondió que sí, estaba con su madre. Le dije que si podía llamar a su madre. Ella sonrió y me dijo que sí. Con las manos temblorosas tomé el teléfono:

- Buenas tardes, hablo con la madre de Magdalena.
- Si, con ella, qué necesita.
- Señora habla con Juan, un amigo de su hija, quería preguntarle si ella se encuentra con usted.
- Sí, claro, ya se la paso.
- ¡Aló!
- ¿Magdalena?

- Hola juan, cómo estas, espero que la estés pasando bien en mi casa con mi otra presencia. Como te estaba diciendo, puedo, los fines de semana, por ahora, visitar dos lugares. Por lo regular procuro estar con las personas que me quieren y me pueden ayudar en caso de que algo me suceda. Es algo maravilloso. Me acuerdo de todo y ya no me duele. Con las meditaciones he fortalecido mis nervios para recibir esta segunda experiencia de vida. El maestro me ha enseñado a ver eso que me afligía como una bendición.

- Eh… eh… yo…
- Bueno Juan, te dejo, debo seguir ayudando a mi madre.

Al descargar la bocina miré a Magdalena y ella sonreía. Habíamos pasado toda la tarde conversando. Me sugirió que era hora de irme. Me despedí sin salir de mi perplejidad. Salí de su casa con un sentimiento de vacío y pequeñez que apenas me permitía respirar.

Desde muy joven se fue de la casa con la convicción de que el mundo podía ser más hospitalario. No le importó el llanto de su madre que intentó retenerlo. A partir de entonces erró de pueblo en pueblo, de trabajo en trabajo, de decepción en decepción. Cada vez caminaba más encorvado y su deseo de morir se afianzaba en su corazón. Una tarde, a sus treinta años, miró los centavos que había reunido cargando arena que apenas le alcanzaba para pagar la habitación. Sin importarle dormir en la calle compró una botella de aguardiente y se dirigió al puente, ubicado a la salida del pueblo. Empezó a beber y a sentirse cada vez más solo. Hasta el punto que se subió a una de las barandas y se lanzó al vacío. Segundos antes de caer vio el rostro de su madre y se acordó que hasta ese momento no había respondido a la pregunta que ella le hizo el día que la abandonó. ¿Entenderás algún día que te amo? En ese instante quiso volver, pero fue demasiado tarde.