“…mis ojos errabundos / familiares del hórrido vértigo del abismo”
León de Greiff


—Florentino, usted no hace nada. La que toma las decisiones soy yo. Soy la que hace todo. Esto no puede seguir así.

—Me voy —dije.

—No digas pavadas, Florentino. Pero sí necesito que salgas un rato. Necesito espacio para hacer algunas artesanias. Necesito estar sola por lo menos dos horas.

Era jueves, y Lucrecia solucionaba nuestra crisis de dinero. Durante el día hizo artesanías para la Rural. La Rural era un festival de negociantes que se realizaba en Suipacha cada año a principios de mayo. Al evento acudían artesanos, medios de comunicación, comerciantes, artistas, bailarines, recreacioncitas y campesinos. A Lucrecia, la municipalidad le había dado una caseta para sus artesanías.
A las tres de la tarde decidí irme de Suipacha con la determinación de no volver. No soportaba más mi condición de zombi y tomé el pasaporte, la cédula de ciudadanía, el pulóver que había tejido Lucrecia, un libro de poemas de León de Greiff, el gorro peruano, una bufanda, una camisa, el cuaderno de apuntes y unos guantes, y seguí las vías del tren. A esa hora empezaba a sentirse el aire frío porque se terminaba el otoño y el invierno entraba poco a poco. Iba cabizbajo observando cómo las botas se hundían en el polvo por una vía alterna, de tierra y poco transitada, paralela a la ruta 5. Estaba tan triste que no me di cuenta del tiempo, del dolor de los pies, de los rugidos del estómago. Llegué a un pueblo a 17 kilómetros. En la entrada había un hombre de barba blanca, boina, pipa, botas de cuero y cinturón ancho, tomando mate. Al lado del hombre había un policía quien me dijo que lo acompañara:

—Flaco, de dónde viene.
—Soy colombiano. Pero vengo de… eh…
—¿Qué hace tan lejos?
—Me perdí.
—No le creo.
—Salí a caminar porque peleé con mi enamorada, Lucrecia. Estamos de vacaciones y peleamos. Así es el amor. Uno sabe si ama a alguien solo cuando viaja con él. La verdad, ya no sé si la amo. Por eso caminé y creí que estaba de vuelta y resulté aquí. ¿Me regala un cigarrillo?

—¡Claro, Flaco! ¡Che, tienes una cara de muerto! Flaco, páseme el pasaporte y el DNI. Flaco, aquí no puede pasar la noche. Flaco, ¿no tiene un número de teléfono para avisar que estás acá?

—No.
—Problema, Flaco. Problema. Toma el pasaporte y el DNI. Siga esta calle. Allá al fondo pregunta por doña Coca. Dígale que va de parte mía. No tengo dinero para darle pero sí comida. Flaco, con ese aspecto un choripán le hará bien.

Ese pueblo era una calle custodiada de casas. Era una línea con bombillas y un puñado de personas. Parecía una maqueta de pueblo a gran escala. Llegué al club y vi a doña Coca, era una mujer diminuta de unos cincuenta y cinco años. Dije que iba de parte del policía y que si me daba un choripán. El choripan era rodajas de chorizo que invernaba en bodegas hasta un año y se comía con pan. Doña Coca me miró y dijo que eso no le constaba. No insistí, pero le pedí el favor de que me dejara descansar en un rincón para reponer fuerzas. Dijo que bueno. El club era un salón provisto de mesas para jugar póquer y billar pool. Al fondo se divisaba un salón grande con cajas de cerveza y canastas con empanadas. Frente al salón había una pista de baile con mesas incluidas donde sonaba cumbia y la gente se iba acomodando. Los niños se arrumaban en la ventana para verme y cuando los miraba se escondían. Me olvidé de los niños y sin saber bien en qué momento todos los que minutos antes jugaban en la mesa de póquer estaban en el salón de baile. Me quedé hasta las dos de la mañana sentado en el mismo lugar esperando el policía que no apareció. A doña Coca debió conmoverla mi situación porque me tocó el hombro y me dio un choripán y una coca-cola. Sonreí antes de comer. Luego, en agradecimiento, busqué en el bolso el libro de León de Greiff y le dije a doña Coca que no tenía nada más que ofrecerle. Ella sonrió y se quedó viéndome salir del Club. Afuera el frío heló mis manos. Así que me puse los guantes dispuesto a caminar en dirección a al cuartucho que tenía rentado con Lucrecia, pero desconocí el camino de regreso. Giré a la izquierda. Otra vez a la izquierda. De nuevo frente al club de doña Coca. Respiré. Giré a la derecha. Llegué a un molino donde encontré la recta que me llevaría hasta el hotel. Había una niebla densa que no permitía ver más de dos metros. Maldije la niebla y la promesa de envejecer junto a Lucrecia.

Las rodillas dolían desde los huesos. Empecé a sentir frío y cansancio. Cualquier cosa podía sucederme porque no tenía las fuerzas para defenderme. Empecé a sentir que me faltaba el aire y que algo crecía en el pecho, como una especie de nudo. Fue cuando no resistí el dolor y grité enojado con Dios. En ese instante el cielo se despejó y se insinuaron las estrellas. Pero maldije las estrellas y le dije a Dios que Él era un hijo de puta. Las estrellas se tornaron cada vez más difusas. Bajé la cremallera y saqué el miembro:

—Dios, ¡chúpamela! ¡Cabrón, hazme algo! ¡Mátame de una vez! No he hecho nada tan malo para merecerme tal tristeza. ¡Nunca estuviste conmigo! ¡Nunca! Pero siento que me abandonaste.

El llanto se hizo incontrolable y los gritos me desgarraban las entrañas. Quería morirme para no sentir más la agonía de estar solo y el frío que me quemaba en el rostro. Quería verle la cara al espanto para que me dejara de espantar. Quería enfrentar el miedo al dolor, a saber que podía morir. Quería gritar y que lo que había dentro saliera. Quería purgar toda mi tristeza, sacar desde las tripas todos los pensamientos que oprimían el espíritu. Quería sanar para encontrar en mí la fuerza para continuar el camino. Quería nacer y para nacer había que morir y para morir había que dejarse llevar, sin resistencia, sin miedo, como dice el proverbio chino: “Para vencer, ceder”. Entonces se me doblaron las rodillas y todo se hizo oscuro.

Abrí los ojos y estaba acostado a la orilla de la carretera. Como pude me levanté y di pasos cortos. Un paso tras otro. Cuando llegué al hotel me enteré de que Lucrecia tenía un operativo de búsqueda. Al verme, ella hizo una llamada por teléfono: “Ya llegó”, dijo. Luego se fue sin despedirse para la Rural. Me quité las botas y tenía los pies hinchados con ampollas de sangre. Cerré los ojos y no pude dormir. Aunque estaba solo algo me decía que no estaba solo. Por primera vez, desde que había salido de casa, sentí que había hecho algo por mí. Había enfrentado el miedo a morir. Entonces, dejé de asustarme ante Lucrecia. Algo, dentro, me decía que iniciaba el viaje. Ya no era necesario ser un hombre servicial por miedo a quedarme sin techo o comida, sino que era hora de salir a mi encuentro. Porque son más los que se aferran a la servidumbre por miedo a perder cierta estabilidad que los que se atreven a buscarse a sí mismos. Sabía que algo en mí había muerto y por ello podía dejar de servirle al miedo de morir solo. Creo que fue en ese instante cuando sentí que otra mano era mi mano, otros pies mis pies, otros oídos mis oídos. Escuché los pájaros y su canto fue hermoso. Empezaba a reconocer la magia que siempre estuvo pegada a mis narices.
Me gustaba, de chico, ir a la casa del vecino y robarle naranjas. Aunque en mi casa había naranjas no me gustaban porque no me exigían esfuerzo e ingenio y por eso no me sabían tan buenas. En cambio, las naranjas del vecino requerían la formulación de un plan para poderlas saborear. Imaginaba la ruta hasta el árbol, la hora en que debía dirigirme entre el cafetal para que Don Álvaro, el vecino, el dueño de los naranjos (como si los naranjos tuvieran dueño) no me descubriera. Pero ocurrió el día en que me descubrió y mientras pelaba una naranja me dijo que se quedaba con las otras. Me fui para la casa furioso con un naranja en el bolsillo imaginándome como desquitarme. Como él en las tardes pasaba por la casa en caballo imaginé lo que debía hacer. Aproveché que el césped estaba crecido y con cada mano hice un montoncito y los até formando una n. Esa era mi trampa y de esta manera el transeúnte, en este caso Don Álvaro, se tropezaría y trannn… lamentaría haberme quitado las naranjas. Hice cantidad de trampas y me quedé bajo un árbol de café esperando que apareciera don Álvaro. Cuando lo vi en su caballo blanco sentí un vértigo y una descarga eléctrica de satisfacción en el estómago…

- ¡Hifueputaaaa… quién putaaas… hijo de puta… ehhh… ahhh… ayyy… mierda..! dijo don Álvaro mientras se paraba con césped en todo el cuerpo.

De mi casa Salió el abuelo y yo aproveché y lo tomé de la mano y salí, como si no supiera, a ver que había sucedido. Miré a don Álvaro furioso madreando a todo el mundo. Sonreí y mientras se marchaba mordí la naranja que no alcanzó a quitarme. Pocas veces he sido tan feliz.

Las calles de la comuna trece de Medellín son peligrosas. La sangre de los muertos y el llanto de las victimas callaron todas las cantinas. Desde hace días las cosas empeoran y no hay como remediar la guerra porque nadie quiere remediarla. Marzo inició con una balacera e insultos que hicieron de la ciudad una caldera. Sobre la terraza de las casas se escuchaban caer, como lluvia, los casquillos de las balas.

La guerra de Medellín es una guerra de adolescentes porque entre más jóvenes más peligrosos. Entre más jóvenes más amorales, entre más jóvenes más pistoleros... Todavía se recuerda el caso de los menores de 17 años descuartizados en la cima de la montaña de Belencito Corazón. También, el crimen impune de los estudiantes que sacan de las aulas de clase para abrirles la cabeza de un... Cada vez parecen estar más enojados.

Tanto silencio asusta. El viento, como en los pueblos fantasmas, silba canciones fúnebres. Solo tres chicos, con morrales, cruzan la calle en dirección a la montaña. Uno de ellos lleva una pala. El tercero, un muchacho que nadie ha visto antes en el barrio, va atrás, cabizbajo. Cruzan el puente y el último edificio. Luego, a las tres horas, vuelven solo dos chicos sin pala…

El silencio aturde. Los pájaros no volvieron por esta parte de la ciudad. Parece que a Dios lo hirió algún joven iracundo.
Admito que no he sido un santo. El que ahora esté tranquilo y alegre no implica que siempre fue así. Soy también el pasado que purgo, las mujeres con las que me enredé. Mujeres que no escuché por tocarlas. Mujeres que irrespeté para no suplicarles afecto. Mujeres que tuve que vomitar para asumirme propio y acudir a la mesura. Pero los recuerdos son insepultos mientras sean dos los que se eviten. Me explico, conocí a Sandra en un bar a puertas cerradas. Ella tenía una aureola de deseo y me dejé envolver. Esa noche nos tocamos como marsupiales porque lo nuestro era fuga, tristeza acumulada, herida abierta, un encuentro imposible. En fin, eso fue hace mucho. Pues, por estos días ando en la tarea de pensar específicamente en lo suficiente para tener tiempo de sonreír. Además, celebro que conocí la mujer con la que quiero estar muchos días porque no me hace preguntas. Nada más, la semana pasada, estaba en la casa de Lucrecia, la cómplice, y le ayudé a recolectar naranjas.

- ¡Florentino! Las mejores naranjas son las del copo. Son las que más jugo tienen, dijo Lucrecia.

- Lu, recuerdo que de pequeño me trepaba a los naranjos a mirar las nubes. Me quedaba en ellos mirando como pasaban sin prisa por el firmamento, mientras me chupaba un casco de naranja...

- ¡Florentino! espérame un instante voy por un recipiente.

- No hay problema, concluí.

- ¡Florentino! ¡Si..! ¡Florentino… qué sorpresa! ¡El mundo sí qué es un pañuelo!

- ¡Ho-ho-la!, respondí al ver a Sandra en el balcón del segundo piso de la casa que rentaba Lucrecia.

- ¡Qué haces ahí!, continuó.

- Ah, eh, recolectar naranjas porque soy un experto… eh… de pequeño me pagaban por esto…

- No bromees, es muy extraño que te vuelva a ver, ahí, trepado en el naranjo de la casa de la vecina.

- Si, pero es que… ¡espera..! ¡Luuuuuuuuu..!

- ¿Parece que ya se conocen?, dijo Lucrecia.

- Si, la conocí en un bar que frecuentaba, respondí.

- Es cierto, íbamos al mismo bar y una que otra vez cruzamos palabras, repuso Sandra.

- Chao Sandra, un gusto verla, ya sé donde vives, dije mientras me bajaba del naranjo.

- Chao, repuso Sandra, pero su mirada era fuego, dos minutos más y me hubiera rostizado las pestañas.

- Florentino, ¿Dónde conociste a Sandra?

- Ah… si… en un bar. Hace mucho tiempo no la veía. ¡Qué sorpresa encontrármela así, tan de frente! Uf… Es un bumerán la vida… ¡Todo vuelve!, por eso, negrita, te tiro un beso y un abrazo.
Ella miraba por la ventanilla y nada parecía distraerla. Aproveché que su atención estaba en otra parte para dirigir mi mirada a sus pechos. Sus pezones se insinuaban sobre su camisa blanca. Quería dirigir mis ojos a otra parte porque no me parecía muy honesto mirarla así, pero, más miraba. Algo me decía que esas dos protuberancias eran del tamaño de mis ambiciones. Por ello, me fue inevitable ocultar mi exaltación. De un momento a otro, cuando el bus nos dejó en la estación del Metro la vi alejarse e intenté, sin éxito, volver a caminar rítmicamente.
Un brote de ti surge en mi pecho y busca la luz del sol y vibraciones violetas de un amor más antiguo que lo imaginado. Retumban piel adentro canciones ancestrales que ayudan a que tus ramas lleguen a mi intestino, brazos, boca, cabeza… y florezcas y todo yo sea tú que floreces. Dentro, te esparces en los latidos, en los pensamientos, en los sueños emanando un perfume que huele a reconciliación conmigo mismo, a domingo a las nueve de la mañana, a quiero estar a tu lado el tiempo que me toque, a hierba buena, a que eres la mujer que buscaba, a que contigo terminan todas las búsquedas, a torta de chocolate, a besos explosivos, a felina de luz, a permiso para amar, a erección controlada, a tabaco bien intencionado, a Diana con estremecimientos de abrazos multicolores, a palo santo y sonrisas contagiosas.
Te vi en otra
Eran los suyos tus ojos
y sus labios carnosos los tuyos
No podía dejar de mirarla
Eras tú que habías vuelto
a hacer el amor hasta levitar
a bebernos gota a gota el desespero
a huir de los horarios restringidos
a quererte y a no quererte
a remover el pasado como brazas
a besarnos por amor y culpa
a masturbarme de solo
de ti
a reventar estrellas con mi ira
a no desearte mientras suplico compañía…

Tus labios ya no son
ni tus ojos
éstos que veo.
Me distraen todas las mujeres hermosas. Ellas son alimento a los ojos. Por ello, las feas, gracias a Dios, me son indiferentes. No soportaría ver con el mismo deseo a feas y hermosas. Explotarían las corneas como bombas de aire.

Confieso que me gustaría con todas y entrar en ellas para luego partir. Así ensanchar el vacío de mí con rostros de ellas. Rostros que entre más los veo más me gusta ver porque al instante los olvido. Tocarlas y entrar. Tocarlas y besarlas. Tocarlas y dejarlas por otras que también tocaré. Tocarlas y construir de todas una Eva trasatlántica que olvide entre mis brazos, cada mañana, cuando ella sea doscientas.

 
/

Las calles de los pueblos pierden la magia de ser los patios traseros de los trasnochadores que siguen en pie, desgastándose, adoleciéndose, muriéndose de amor, ebriedad, poesía, vacío, conversación… porque la lluvia ha borrado todo rastro de sueño y la libertad fue aplastada por el asfalto.

Las calles son líneas hirviendo hacia una caldera donde se funde toda hospitalidad. Por algo, se aprende a caminar sin mirar porque se nos olvidó detenernos a observar algún balcón y saludar alguna anciana. Caminamos como un topo en la luz. Molesta mirar, estar, saludar, hacer una fogata, besar desde las tripas. Molesta Dios y los caminos. Por eso, permanecemos la mayor parte del tiempo encerrados, asustados, en busca de la ventana en el muro sin ventana. Estos no-caminantes en que nos convertimos condenamos el asombro y las miradas contemplativas a permanecer bajo llave. De ahí que no nos duela lo que sucede porque no sabemos lo que sucede.

Desde que dejamos que el afán colonizara el aire y las casas de tapias fueran remplazadas por edificios se nos olvidó sonreir, caminar descalzos, jugar balón pie y escondernos de la vecina que gritaba roja de ira “¿Quién pagará el puto jarrón? el que le trajo su marido de la casa de la amante. Dejamos de perseguir globos con un espejo, trepar muros, saltar andenes, llorar por una torcedura de tobillo o golpe en el dedo meñique del pie. Dejamos que las calles fueran invadidas por el transito que no llega a transeúnte.
Desde hace unos días te apareces así, de instante, de arrebato, de asombro, como si quisieras, a propósito, dejarme sin palabras frente a la aparición que eres: el sueño posible que olvido cuando partes y vuelvo a soñar cuando apareces. 

Imagino mil formas de no tocarte para poder tocarte, inventarte cada día como si por vez primera te viera y te quedaras entera en las retinas como una enfermedad que cura. Imagino mis manos, más que los ojos, dibujando tu cuerpo como un murmullo de agua dulce, como solo de tropeta en si sostenido, como una tarde desnuda, trigueña, liviana, de senos pequeños y piel acuarelada en naranja y azul. Imagino que me acuesto en tu cuerpo a esperar a que salga la luna dispuesto a morir de ti en cada momento, en cada suspiro, en cada beso.

Eres una casa con balcón para mirar el cielo y escribir tu nombre entre las nubes y dejarlo caer y se adentre en la tierra para que retoñe una de tus sonrisas en mis manos. Porque cuando te escribo camino tu recuerdo en busca del lugar donde me esperas entre sábanas,  húmeda, tierna, con un abrazo acurrucado en tu vientre, con un te quiero despeinándote salvajemente, requiriendome tuyo, requiriendote mía. 

Rulos de nubes
cuelgan como resortes
y millones de desprevenidos
miran las suelas de sus zapatos
mientras arriba
el suspiro 
es azul extendido
a lo ancho y largo
del firmamento.
Sentado en el balcón de su casa ancló sus ojos en el sur. Desde siempre se ha sentido atraído por el sur. Cree que el sur es el punto cardinal que posee los lugares que más le gusta. En el sur está el oriente, el vacío y el occidente. En el sur está la morada para nacer. Así que él salió de su casa dispuesto a recibir el año en el sur. Solo en el sur en busca del centro, la palabra más antigua, el sentimiento más originario. Salió sin mirar atrás para olvidarse de la  hermana que lo ve como el padre más joven que hermana alguna ha  tenido y de la madre que lo ve como  el esposo más joven que madre alguna ha parido. Llegó a la terminal y abordó un bus que lo llevara al sur del país. Algunos choferes le dijeron que por el invierno las vías del sur estaban cerradas. Es decir, no había sueños porque no había sur. Pero èl querìa soñar y eso no le importó. Había decido viajar al sur así que cualquier lugar del sur era indicado. Llegó a una ciudad del sur que no conocía. Guardó la mochila y abordó una combi rumbo al sur de Cali. Se bajó en un parque donde vendían artesanías y se compró una ruana porque necesitaba una chica del sur, trigueña, caleña, de nubes negras, sol bochornoso, tráfico caótico, libros podridos en subasta en sus muslos, culebreros bendiciendo dinero alrededor de su ombligo, piernas largas y empinadas… la chica después de venderle la ruana dejó de sonreírle y le dijo que había sido un gusto atenderlo. Él salió con la ruana que no necesitaba bajo el brazo y compró un almuerzo que no necesitaba para olvidarse de la chica que si necesitaba. Caminó hasta otra plaza pública y se sentó en una banca a ver desfilar a las mujeres con faldas. Piernas de todos los tamaños para todas las direcciones. Piernas empinadas que terminaban donde empezaban las catedrales y los café internet. Piernas de chicas que no lo necesitaban y no respondían a su mirada. Piernas que pasaban de largo para ser sustituidas por otras piernas que también pasaban de largo hasta el insoportable dolor de ojos. Él decidió volver a la terminal de transporte de Cali y olvidarse de las piernas de la ciudad de Carlos Mayolo, Andrés Caicedo, Willian Ospina… La ciudad de las chicas que venden ruanas que no se necesitan porque no es una ciudad fría. La ciudad de las piernas empinadas que abren todos los ojos desprevenidos. La ciudad de las nubes pegajosas que se tragan el cielo casi todo el día. La ciudad de los culebreros y las catedrales olvidadas. Compró un tiquete más hacía el sur porque el sur es el inicio de todo viaje. El sur es a donde se mira cuando se sueña. El sur es donde más cerca  está  la sonrisa. El sur es donde más palpita el pecho.

Para todos un feliz año. Nos vemos en enero. Mientras, propongo para estos días volver al ritual del café. Disfrutarlo y conjurarnos. Beberlo. Soñarnos. Porque no, vernos.



El café debe ser negro como las plumas del cuervo, amargo como una mala noticia, caliente como el aliento del fuego y dulce como un beso con los ojos cerrados para que sea una bebida espiritual. Debe beberse en cantidades reducidas, en un pocillo pequeño a medio llenar y en dosis controladas. El vapor debe ser una flor gris azulosa que se abre en el aire y perfuma.

El café es la contra a la prisa. Por ello, se recomienda tomarlo sentado, con música a no muy alto volumen. Ya que el café trae preocupaciones trascendentales como el desequilibrio ambiental y climático que enloquece las emociones. También temas más cotidianos: la camisa que vi en el centro comercial y quiero comprar, el jefe que quisiera desaparecer con decir “Hada cadabra”, las páginas verdes azules de algún clásico ruso.

El café es una bebida del espíritu cuando se siente en la garganta, en el estómago, en las tripas, en las venas, en la sangre. Entonces te habita todo el cuerpo y se puede meditar, leer a Rimbaud y Whitman, escuchar Mazzy Star, confesar los miedos más íntimos, contemplar el paisaje solo y acompañado, escribir cartas a los amigos y derramar unas gotas en la hoja.

El café se disfruta o de lo contrario es un desperdicio de bebida que se toma en oficinas o en calles atestadas de termos y vendedores ambulantes.  Por eso hay que entregarse al ritual, a la quietud. Es decir,  a la conversación y olvidarse del ritmo acelerado de estos días donde no es permitido sentarse, respirar, mirar el cielo, soñar, suspirar, robarle al viento un aroma. Días donde se necesita hacer para pagar el arriendo, el teléfono, los pasajes, las cervezas. Hacer para que el amor nos mire y se quede un ratico. Hacer para ser digno de respeto. Pero el que hace sin reposo pierde el privilegio de contemplar, sentirse, conversar, aprender, creer.

Es necesario volver a mirarse a los ojos. Volver a conversar. Volver al hechizo de las tardes de lluvia, de las ventanas empañadas, de las noticas a desconocidas, de las velas encendidas en la noche, de los abrazos compartidos, de los proyectos fecundos de cafetín, de los regalos, de las cenas. Volver a sonreír. Volver aprender a tomar café.

Aposté con un amigo quien de los dos conseguía primero novia. Visualizamos las dos niñas más lindas del curso: Él a... ya no recuerdo a quién y yo a Sandra, una niña de pequitas, ojos café miel, delgada y con un coeficiente intelectual que podría… Dios mío… solventar mi vagancia en la adultez. La elegí por sus pecas, sus puntos revueltos en el cuerpo. Pero el problema era encontrar las palabras indicadas. No ser muy directo pero tampoco muy aburrido.
Ay Sandrita, tú con tus pequitas en las mejillas me dijiste “no” sin siquiera preguntarte el cómo conseguí dinero para comprarte los caramelos y los chicles Arcoíris. Ay Sandrita, tú con tus pequitas no te enteraste de que perdí una apuesta y tuve que invitar durante un mes a mi amigo a pan con gaseosa.
Recuerdo que en mi habitación apoyaba la cabeza en las manos y fabricaba discursos: “Soy un chico educado. Me gusta jugar a la gallina ciega y al escondidijo. Además, ya tengo mis primeros cuatro pelos en las axilas y ha empezado a cambiarme la voz. Lo más importante es que no digo groserías, me baño todos los días y llevo la camisa del uniforme dentro del pantalón. Ahhh… esto si te derretirá: obedezco a mamá sin discutirle”. Es poco convincente. De seguro pensará que soy bobo. Mejor le dijo la verdad: “Sandra aposté con un amigo a que sería tu novio. Pero, como ves, voy perdiendo. Te preguntaras el por qué. Pues lo que comenzó como una apuesta trascendió y me enamoré.” Si. ¡Eso es! Mañana será el día.
En el descanso compré una chocolatina en la tienda del colegio. Vi a Sandra sentada con dos amigas desayunando. Le obsequié la chocolatina y le dije que necesitaba hablarle. Ella me dijo que al finalizar las clases.
Matemáticas con el profesor Mondri. Le decíamos Mondri por su aliento a pescado, a herida infectada, a no me hables cerca, a masacre en la autopista… Trabajamos las ecuaciones de despeje. Lo más interesante era como un número cambiaba de signo al pasar al otro lado del igual. Entonces pensé en Sandra y en nuestra relación de despeje. Ella, claro, estaba al otro lado del igual. Pero ¿Cómo pasarla? ¿Cómo restarla de mí? Dios ¿Dónde estabas cuando Sandra con sus pequitas me dijo no?
Los gritos se escucharon cuando sonó el timbre que anunciaba el fin de las clases. Fui el último en salir porque ya no quería confesarle mis sentimientos. Me asusté cuando la vi frente al portón metálico.

—Florentino, ¿qué eso tan urgente que tienes que decirme?
—Eehhh... heee... eeh... lo... que... que... yo... yo... te-te-tengo que-que de-de-cirle es...
—Florentino no decís nada. Mi mamá piensa que estas enamorado de mí. Y no quiero que te enamores de mí porque yo no estoy enamorada de ti. Si quiere, seamos amigos.

No tuve el valor de tomarle una mano, mirarla a los ojos y darle un beso. Ella se despidió y me quedé inmóvil. Desde ese episodio no volví a dirigirle la palabra.
No volví a hablar. Me sentía mal conmigo mismo. Odiaba a todas las mujeres y los hombres. Odiaba cualquier defensa sobre la humanidad. Odiaba sin remedio, sin medida, sin razón, sin mí, sin Sandra, sin pequitas, sin compañía. Odiaba porque era un puñetero cobarde incapaz de abrir la boca y morder. Odiaba el aire, la tierra, los pájaros. Odiaba los profes y por eso exploté en clase de Ética cuando la profesora arremetió en contra del machismo. Ella habló sobre el sometimiento cultural de la mujer en occidente. Criticaba que fuera valorada por sus tareas domésticas. La profesora me parecía una mujer muy extraña. Su juventud y su discurso eran extraños. Ella aseguraba que el machismo era un invento del hombre para ocultar su inferioridad. Porque la mujer es una fuerza oscura e indomable, una energía abismal que lo descontrola todo. El machismo, entonces, es un mecanismo de control regido por el miedo. El machismo sirve para que el hombre niegue públicamente las virtudes de la mujer que podrían direccionar por mejor el destino de los hombres. El machismo es la doctrina del miedo por el miedo. De ahí que el hombre necesite más de la mujer que la mujer del hombre. Pero el hombre no lo admite ante otro hombre porque parece menos hombre. Cuando es sabido que el hombre mero-macho-de-pelotas-de-toro es vencido por una gripe. Se queja porque si, porque no, porque si y no, porque no sabe que hacer consigo mismo sin una mujer a su lado.
Sentí en el estómago un ardor y olvidé que era un joven con dificultades de comunicación y alcé la mano. Era la primera vez que hablaba en clase.

—Comparto su idea pro-pro-fe. Pe-pe-ro, no creo que el machismo sea sólo por parte del hombre. La mujer también es machista. Ella es más más-más débil. Como sufre más lento sufre menos. Nunca se tarjará en segundos co-co-mo le sucede al hombre. Ella no sabrá del vacío de olvidar en pocos días una mujer de pe-pe-cas mági-gicas. La mujer se que-queda viviendo en el pa-pasado. Por eso huye de las preguntas fundamentales. Si a ella se le pregunta el por qué está tan tan sola ella pre-prefiere organizar la ropa o hacer el almuerzo. El hombre no la conoce, es va-valido, pero ella tampoco se-se conoce. Na-nadie se conoce. Pero lo pe-peor es que la mujer hace dependiente al hombre de su se-sexo y por eso él…

—¡Florentino! ¡Se calla! Acompáñame a coordinación.


Juan, un turista interesado en el arte visual, viajó a Santa Fe de Antioquia, un pueblo colonial conquistado por el Mariscal Jorge Robledo en 1541, a presenciar entre el 8 y 12 de diciembre la XI versión Festival de Cine y Video de Santa Fe de Antioquia. Lo que más le gustó fue que ese pueblo parece haberse convertido en una fotografía estática donde no pasa el tiempo.

Juan estaba contento porque podía ver películas como: Los 400 golpes (1959), Jules y Jim (1961), La piel suave (1964), Besos robados (1968), El amor en fuga (1979)… del director Fancois Truffaut. Lo interesante es que sus proyecciones, pensaba Juan, aún son vigentes. La magia radica en que sus películas hablan de la condición humana. Es decir, sus emociones. Por algo, en cada film aparece un hombre que revive episodios biográficos, sobre todo de su infancia, preocupado por la búsqueda del padre y por entender a la mujer como un ser tangible y no como un ser de porcelana que se quiebra y no suda.

Juan acudió una conferencia sobre Truffaut. Mientras escuchaba al ponente sintió que era hora de hacer un cortometraje. Olvidó lo que estaba escuchando y visualizó los momentos, que creyó, eran importantes para el corto. Ya tenía el título: Les parents. Quería algo autobiográfico, de su adolescencia, cuando su padre no estaba para decirle que las mujeres no eran creaturas de otro planeta que hablaban otro idioma. Sospechaba que al revivir un episodio de su pasado en una de las calles de Santa Fe de Antioquia podría dar la impresión de que las preocupaciones humanas son atemporales. Por eso, en su posible corto, debía aparecer una pared de estilo colonial, blanca, iluminada por el reflejo amarilloso de un farol. La pared en plano general y con sonido ambiente. De pronto, sin dejar de enfocar la pared, se escucha el taconeo de una mujer y su silueta atraviesa la pared. Cuando cruza, la pared se funde a negro y surge una mujer de perfil, en plano de busto, en una conferencia sobre Truffaut, sentada en una silla plástica con la mirada perdida y los hombros descubiertos. Atrás, de fondo, se ve al director de cine antioqueño, Víctor Gaviria, el hombre que internacionalizó las historias barriales de Medellín, rodeado de un puñado de personas que le ofrecen licor y le piden un autógrafo, una entrevista o una fotografía. Se desenfoca el fondo y en plano de detalle surgen los hombros de la mujer que sigue sentada, con la mirada perdida. Juan, en un primer plano, mira a la mujer y sacude la cabeza. Luego, aparecen sucesivos planos de detalles de pechos, traseros, rostros de mujeres abismadas, hombros y espaldas descubiertas, piernas... Los planos pasan rápidamente durante cinco segundos hasta que después de un fundido a negro aparece el padre de Juan recostado en el pared de estilo colonial, blanca, iluminada por el reflejo del farol, mirando una mujer en tacones, la madre de Juan, y la ve pasar quedándose con el eco de sus tacones martillándole en la cabeza.


Uno
Vos
Tres suspiros


El invierno hace estragos y los pobres representan el índice más alto de damnificados y los medios se aprovechan de la situación para registrar el dolor y ganar en rating y amarillismo. Por ejemplo, buscan los primeros planos de madres que lloran sus perdidas o ancianos navegando en colchones en busca de un familiar o un electrodoméstico.


Millones de pobres más pobres sin vivienda, sin dinero, sin ayudas estatales porque las catástrofes naturales no pueden atribuirse como atentados terroristas. O tal vez si: “el invierno es una peligrosa arma biológica del frente Escarcha de las FARC que opera entre las nubes”. Podría decir un comunicado de prensa gubernamental.

Millones de ilusiones bajo la tierra en tiempos de tristeza. Millones de sonrisas borradas en el lodo en tiempos de no importarnos el vecino. Millones de sueños sepultados en tiempos de usura y de escombros por todas partes. Millones de inocencias robadas por fusiles en tiempos donde la infancia es despintada de la historia patria, y es por ello, que con el nacimiento de cada niño mueren todos los colombianos. Millones de pesos en unos pocos bolsillos mientras millones de estómagos chirrean como una puerta con las bisagras mal aceitadas. Millones de lágrimas en tiempos de zombis que miran los alumbrados navideños.

En Colombia no somos dignos de la tierra porque no la escuchamos, no la cultivamos, no nos importa. En Colombia los colombianos son todo menos colombianos y esa es la razón de que no seamos un país autentico con un gobierno autosuficiente para las necesidades nacionales. En Colombia parecemos que no somos un pueblo de la tierra sino un pueblo del aire, sin raíces, que sale a la calle sin arrepentimiento porque es navidad y estamos de fiesta. Siempre estamos de fiesta. Las luces intentan alumbrar la oscuridad que nos circunda desde hace siglos y hay más luces en la ciudad, pero más oscuridad en los ciudadanos. Millones de velitas encendidas con millones de chapolas volando cerca. Millones de oportunidades para invocar la indiferencia y opacar los gritos de nuestra historia con los equipos de sonido de última tecnología. Y sin embargo, podemos beber porque es tiempo de lujuria, de noches bebidas y fumadas, de asesinatos, de fornicaciones desmedidas, de embarazos en tiempos sin padres, sin guías, sin caminos.

Millones de colombianos engañados todos los días y aún así millones de colombianos esperan el milagro en tiempos de tragedias. Y lo único que queda es bailar sobre el pantano porque el Santos de devoción nos dio la espalda.

Una cerveza. Un cigarrillo. Otra cerveza. Una mujer cruza la calle y su olor a rosa con desodorante deja burbujas violetas en el aire. Otra cerveza. Otro cigarrillo. Los senos se multiplican en una línea undívaga y distante. Los traseros conversan sobre el movimiento oculto de las miradas. La luna se sumerge entre las nubes y su imagen borrosa es un espectáculo para ciegos
Lo que más le asusta son las madres comunitarias. Son de su misma edad, incluso menores y lo miran, le dan café, galletas, gaseosa o pasteles de guayaba con un vaso de leche. Para ellas es el hombre perfecto, sensible, amable, con sueldo y que debe acariciar como una mujer con barba. Aunque él sabe de los cortejos, sonríe y les hace creer que es demasiado educado para ellas. Pero, lo que ellas no saben es que él apenas puede contenerse. Cuando él les mira los labios con ganas de besarlas, estar entre sus piernas, respirando, chupando, mordiendo, lamiendo, gimiendo, suspirando… También se las imagina en minifalda restregándole su miembro en sus traseros. Por eso, él sacude la cabeza tantas veces para pensar en otras cosas y no sentirse tan mundano. Pero, si una madre comunitaria lo saluda y le pregunta si es casado él responde que es divorciado porque así se siente más interesante. Y ella le dice que no parece mientras camina hacia la cocina. Él sonríe y se queda viendo como su trasero se mueve y se contornea, se mueve y se aleja, se mueve y deja en el aire una quejido de cremallera.
Escribo sin esfuerzo
como si las palabras me encontraran
como si hubiera algo que me mueve.
Una fuerza superior que me llama
me hace sostener el bolígrafo
hasta donde me sea posible.
No puedo hacer otra cosa que escribir
no idolatro a nadie
no extraño a nadie.
Puedo estar solo muchas horas
sin anhelar un encuentro.
Me encierro a sentir lo insoportable
a respirar y escuchar la quebrada
a olvidar tanta cosa que deseo
a fumar mariguana y estar.
Tirarme a la nada
verle la cara al abismo
a estar conmigo
a afilar los colmillos...
y estiro las manos
y atrapo palabras
como si danzara
una canción cósmica.
Una noche sin lluvia de noviembre
siento que he escrito toneladas de poemas
y puedo escribir otras toneladas.
Tengo que contarlo todo: la chica que esta lejos y no quiere conmigo, la chica que no me gusta y quiere conmigo, la soledad que está conmigo, la falta de sexo y licor que pueden conmigo… Por ello, a veces, parece que no vivo para mí sino para aquellos que me leen. No es que me queje, es que siento que he perdido intimidad y no puedo callarme. Me explico, si me rompo un tobillo escribo un post, si mamá no entiende que ya estoy grandecito y me quiero ir por quinta vez de la casa escribo otro post, si una chica me guiña el ojo escribo varios post… y entro al blog varias veces al día y leo mis post y me agradan. Veo los comentarios y hago clic en quien me comenta para dejarle otro comentario. Intento escribirle algo ingenioso para asegurarme que vuelva a comentarme. Y si no vuelve a comentar me siento algo frustrado porque perdí un posible amigo post. Sobre todo busco chicas post. Por eso, me alegro como un niño cuando me comentan. Si es un chico post respondo con halagos post, pero, si es una chica post respondo con cortejos post. En resumen, la comunidad post es lo último. Porque es allí donde están los escritores post que escribirán libros post para público post con ideas post. Y el público post piensa corto porque en el mundo post todo es breve y vertiginoso, rápido y distante, olvidadizo y fugaz. Y los verdaderos post son lacónicos y no dicen mucho porque sobre abundan. Por eso, al público post le gusta el sexo post, sexo sin tacto, sexo post-ergado. Me di cuenta que era un chico post cuando le puse un contador al blog y empezó a importarme más las visitas que los post. Esa es la razón de que haya más chicos post. Chicos que sino miran el blog se angustian y sufren depresiones post, desconexiones post, soledades post. Chicos que van con el portátil a todas partes para escribir de todo. Y para ser un chico post hay que cumplir dos requisitos básicos. Primero, ser un personaje post para lectores desconocidos post. Segundo, evitar relacionarse con personas que no hayan creado un blog porque son los arcaicos, los que ocultan sus pensamientos. Y la onda en el tiempo de la prisa post es decir hasta lo que no se piensa.

En fin, creo que el siquiatra, el que me da los calmantes, dice que debo volver a integrarme a la sociedad, interactuar con mis amigos, conseguirme una novia, olvidarme de la Internet por unos días, caminar por el campo… Y la verdad es que no entiendo al siquiatra cuando me habla de la sociedad. No sé a que sociedad se refiere. Lo que creo, es que él no entiende esto de la comunidad post.
El mar atraviesa la noche con furia.
Beso a mi chica y no la puedo coger.
Tiene una infección urinaria.
La arena de la sábana se pega al cuerpo.
Las moscas rondan.
Beso a mi chica en los ojos
labios
orejas
cuello
hombros
senos
vientre…


La impotencia atraviesa la noche con furia.
Me subí al sub en la estación Olleros. Ella me esperaba dos estaciones después. Cuando la vi estaba fumando y nos dimos un abrazo distante, pero tranquilo. Tomamos un taxi rumbo a la casa de su hermana. Cuando llegamos vi sobre una mesa una bolsa con galletas, pan tajado, fresco Tan sabor naranja, dulce de leche, atún y una botella de agua. Fuera de la bolsa había un mate de plástico con la bombilla. También había unas fotos y una carta de despedida. Yo le dije que no me arrepentía de nada, mientras ella se lamentaba de no haber estado juntos mi última noche en Buenos Aires. Sonreí. Sabía que se nos había muerto el amor de tanta inclemencia, de tanto dolor de panza, de tanta ausencia y silencio. Muerto el anhelo, el deseo se llena de tierra y distancia. El gran error fue haberle suplicado y el amor no debe acostumbrarse a las suplicas o a la necesidad de afecto porque se deja de alimentarlo con dulcísimas miradas. Y nosotros habíamos hecho todo lo necesario para que el amor nos fuera tormento. De un momento a otro cada uno hacía lo propio, sin importarle lo del otro. Como si cada uno empezara a recorrer un camino opuesto. Ya nuestros ritmos no eran compatibles. Así lo quisiéramos, no éramos los que necesitábamos ser para estar juntos. Y si una mujer no es la que debe estar contigo, la que te dejará recostar en su vientre, por más que intentes no podrás estar con ella. Siempre se presentará algo que impida el encuentro. Eso quiere decir que ella no es la que debe estar a tu lado. Porque cuando una mujer es la indicada, la que te acompañará, llegará en donde quiera que estés, en el instante preciso. El peligro es quedarse detrás de una mujer no indicada mucho tiempo negándose a la posibilidad de dejarse encontrar. No imaginaba eso con Ella. Además, nosotros ya no éramos encuentro, no éramos compatibles y nuestros movimientos habían dejado de ser armoniosos hace mucho tiempo. Nos quedaba cierto recuerdo lejano que apenas llegaba a la gratitud y no al deseo de sentir que se puede tocar la eternidad con las manos. Y la eternidad es el instante del instante, el beso que te genera mareo, la respuesta orgánica a ese beso, como una calada de cigarrillo en ayunas o un sobresalto al corazón.
—Lamentamos decirle que prescindimos de sus servicios.
—Bueno, las cosas no son como uno las imagina —contesto.

Miro la jefa de personal y quiero abofetearla porque por su culpa soy un desempleado más.
“Nancy la gente está acostumbrada a ser pisoteada. Si un jefe de personal dice lústrame los zapatos, lustran los zapatos. Yo soy distinto porque defiendo la dignidad del individuo. Por ello… eh… ya sabes… renuncié”. No, parezco muy heroico. “Nancy es hora de cambiar de vida y conseguir un mejor trabajo”. Tampoco. “Mira… eh… voy a montar un negocio con un amigo que será una mina de oro”. Ni yo lo creo. “Mientras surtía los aceites una voz interna me dijo que algo grande estaría por ocurrir y ya sabes… eh…”.

—Hola ¿Cómo te fue?
—Bien querida… eh… lo novedoso… eh… es que perdí el trabajo.
—¡Cómo! ¿Hablas en serio?
—Si, pero hay solución.
—¡Solución! Lo mismo dijiste cuando te despidieron de la fotocopiadora. ¡Siempre lo mismo! ¡Tu puta inestabilidad!
—Nancy no te enojes, las cosas volverán a ser como antes, confía en mí.
—¡Cómo antes! ¿Cuándo aprenderás a asumir responsabilidades? ¡Estoy harta de mantenerte!
—Pero Nancy...
—¡Pero nada! ¡Te vas!
—Nancy…
—Ya me sé tus excusas. Eres diferente a otros tipos, eres orgulloso, eres libre, eres el que escucha una voz interna que nos hará millonarios.
—Nancy, me duelen tus palabras.
—¡Ahora te duele!
—Ehhh...
—¡Lárgate!

En la calle soy otro desempleado sin mujer y sin casa. A unas cuadras adelante veo un bar.

—Señorita, una cerveza.

Pongo la maleta en el piso. Una cerveza y otra y otra. Una mujer se acerca:

—Te ves mal.
—¿Te parece?
—Si, pero yo te puedo… sabes… rehabilitar.
—¿Qué harías?
—Tienes que descubrirlo.
—No estoy de ánimo para las adivinanzas.
—Pareces un adolescente.
—Y si eso te parezco ¿por qué no te vas?


Otra cerveza. ¿Cuánto le debo? Gracias. Al querer tomar la maleta descubro que ésta no está ni tampoco la mujer que antes me había saludado. Así que en la calle soy otro ebrio sin empleo, sin mujer, sin casa y sin maleta. Voy cabizbajo y en una esquina tres jóvenes me detienen. El mas chico se lleva las manos al bolsillo del pulóver.

—Viejo, danos la billetera.
—¡Qué!
—¡Maricón la billetera! ¡Yaaaaaaaaaaa..!
—¡Qué!

De un puñetazo en la oreja me arroja al piso. Siento, sin poderme defender, como sacan la billetera del pantalón. Intento reponerme del golpe cuando de nuevo me toman de la camisa y me levantan de un tirón.

—¡Borracho la calle no es dormitorio público! Búscate otro lugar o...
—O ¿Qué? ¿Me golpearas?
—Muy bravo ¡Toma!

Con la cacha del revolver el policía me rompe la frente. Recuerdo la jefe de personal, a Nancy, a la mujer del bar, a los tres atracadores y de un golpe le hundo un pómulo al policía. Otros policías acuden a la escena.

— ¡Quieto, manos arriba! —grita un oficial.

Alzo las manos y TRÁCATE. Un cachazo en el rostro. De nuevo al piso y los polizontes empiezan a patearme. Minutos después un gato pasa y saca las uñas.
Todo lo que piense puede alterar el orden de las cosas.
Cada acción es como un bumerán:
Una mala intención coarta el aliento del otro,
un deseo perverso oxida el abrazo,
una queja tras otra queja evocan el invierno.
Hay que aprender a agradecer para afirmar el propio peso,
estar sobrio para aceptar la soledad,
respirar para arar el espíritu en Dios,
la multiplicidad del instante,
el fuego que mueve todos los cuerpos.
Cada cosa es una pieza fundamental de la existencia.
La flor es más antigua que el hombre
y apenas huele.
La roca es el origen del oxígeno
y no se mueve.
El amor florece y apenas es una vibración.
Pero, el pájaro canta
y se prefiere el ruido de los automóviles en la autopista.
Todo es imagen mientras se toque
en estos tiempos donde nadie ama
y el cuerpo es el altar del olvido.
¡Oh fuerzas invisibles!
¡Oh vibraciones intangibles!
¡Oh manifestaciones divinas!
Los hilos los cortaron hace mucho.
La rebolusion
avita el hip hot
consiente.

Medeyin 2010
Muaaaaaaaaa
mua
muaaaaaaaaaaa
mua
muaaaaaaaaaaa
más cerca
mua
muaaaaaaaaaa


Porque se me rompen los dientes
de querer...
ya sabes...
reina de todas las distancias
muaaaaaaaa
mua
muaaaaaaa












Volví a escribirle a Y. porque no quería acertar que las cosas terminaran sin haber empezado. Claro que desde hace unas relaciones para acá esa ha sido la constante. Todo empieza sin empezar. Y. optó por la indiferencia y yo no hice nada para remediarlo. Me hice el fuerte. Me dije a mi mismo que no debía perseguir mujeres como si se fueran a extinguir. Así que dejé de escribirle. Pero, la vi sentada en una cafetería, con su delgadez, sus hombros descubiertos, sus gafas de lentes gruesos, sus ojos distantes y saltarines. Me senté frente a ella para que supiera que como ella yo también podía ignorar. A los veinte minutos le escribí un versito y se lo entregué. Y. sonrió y ya, no más, fin de la historia. No logré que Y. se abalanzara sobre mí y me dijera que por mis líneas sería mía para siempre y nos iríamos a vivir juntos. Maldije su nombre con un trago de cerveza y una calada de cigarrillo. Con Y. las cosas van para ningún lado. La siento lejos. Está lejos. Mierda. Lejos. Tanto que ni los versos de los grandes poetas que leo la tocan.

Creo que algo está mal en mí respecto al amor. No quiero admitir, pero como que mendigo amor. Quiero que me den caricias, besos, palabras, abrazos, entrepiernas, entradas y salidas en la madrugada después de unas copas de vino. Como que no aprendo a estar solo. Esa tarde me encontré con O. y la besé sin que me gustara. Le dije que metiera una de sus manos al bolsillo del jean para que sintiera mi gran pluma de tinta espesa y húmeda. No me arrepentí. La verdad fue delicioso, aunque para muchos sea un suceso enfermo y triste. Bueno O., lo que más me gustó fue ver tus gestos que no sabían como acomodarse a tu rostro. Luego llamé a S. y le escribí a B. No me sorprendió que S. me dijera infantil y me colgara. Pero lo que le escribí a B. lo reproduje y se lo envié a C., M., A., y N. Como ninguna se reportó le dije a la luna que si quería que durmiéramos juntos y la luna me mostró su lado oscuro. Entonces me dormí solo. Desesperado y solo. Triste y solo. Borracho y solo. Entendí que necesito estar solo. Cuando ya iba a cerrar los ojos apareció de la nada una mujer vestida de negro y con tez blanca. Una mujer en extremo delgada y con el rostro cubierto con un velo. Me asusté y le dije que no la necesitaba, que me llamara para asignarle una cita. La mujer sonrió y dio varias volteretas, como la mujer maravilla y se sumergió en la tierra como un taladro. Pero las baldosas estaban intactas.
Para vencer, ceder.
Capitulo 1
El Hombre estaba apoyado en la baranda de la cama intentando no pensar en que tenía hambre. Miraba el techo casi sin parpadear mientras apretaba a su panza una biblia de pasta dura. Llevaba horas esperando a La Vida y empezaba a desesperarse. Así que abrió las manos representando una cruz (la biblia cayó al suelo) y gritó: “tengo sed”.

Miércoles
Miércoles mató a su abuelo justo el día en que despertó de su estado de coma. Al abrir los ojos lo primero que hizo fue buscar un espejo. Se miró y no se reconocía a sí mismo. Le parecían extrañas las alas que le habían salido en la espalda, abajo de los omoplatos. Intentó moverlas y el movimiento le produjo un ardor que le aguo los ojos. En ese instante abrieron la puerta, era su abuelo. Miércoles abrió las alas y le clavó los dedos índices en los ojos. El viejo produjo un ronquido seco. Luego, Miércoles introdujo la mano derecha en el pecho de su abuelo y extrajo el corazón. Agitó las alas y salió por la ventana.

Capitulo 2
La Vida se sentaba en los parques a observar la fila india de hormigas que cruzaba el césped. Con una ramita seca extraía una hormiguita y la dejaba caer en un charco. Cuando la hormiguita intentaba escapar La Vida la hundía una y otra vez . Luego, La Vida de un sobresalto, sin importarle la coordinación de sus movimientos, su hombro derecho más caído que el izquierdo, atravesaba el parque hasta llegar a su casa. Subía a su habitación y mordía un muñeco de yeso colgado que El Hombre le había construido hace años.

El Hombre
El Hombre bajó las manos y caminó hasta la ventana. Frente había otra ventana en la vio el forcejeo de dos personas. Se estregó los ojos para enfocar bien y vio como los cristales se rompieron en pedazos en el pavimento. A la vez vio un individuo con alas elevándose en el aire. Todo fue tan rápido que cuando volvió a parpadear solo quedaba la ventana con el vidrio roto.


Capitulo 2.5
La Vida cruzó, casi sin darse cuenta, el espacio que había entre dos vehículos en movimiento. Uno de los vehículos frenó en seco. Al otro lado de la calle La Vida se detuvo y vio trozos de vidrio en el pavimento. ¡Sorpresa! entre el vidrio y la tierra había un pedazo de carne dando brinquitos. La Vida continúo su camino a casa sin detenerse.

Capitulo 3
Miércoles atravesó el cristal de la ventana con el corazón de su abuelo entre las manos. No había dado diez aletazos cuando sintió un escalofrío en el cuello. Para no perder el equilibrio dejó caer el corazón. Miércoles vio una niña que lo miraba y se intimidó con las sombras que la rodeaban. Sombras de distintos tamaños. Sombras que lo amenazaban. Sombras que parecían buscarlo.


Muerte
Muerte tenía la orden de matar a La Vida, El Hombre y Miércoles. Su plan consistía en alterar el curso de los hechos. Necesitaba que los tres seres se reunieran en un mismo lugar. Así que hizo sentir culpa a La Vida y ésta huyó camino a su casa, la misma de El Hombre. Miércoles vería las sombras que rodeaban a La Vida y se intimidaría, pero, volvería a buscarla.

Capitulo 4
La Vida vio a El Hombre si camisa frente a la ventana. Sin saludarlo continúo a su cuarto. Mordió un muñeco de yeso durante quince minutos. Cuando se tranquilizó bajó unas escalas en caracol. Sus pasos discontinuos retumbaban en los maderos. La Vida llegó a la sala y caminó hacia El Hombre, su padre. Tomó la mano de El Hombre y lo condujo hasta la mesa. Cenaron en silencio. El arroz se mezclaba con los granos de alverja en la boca.

Muerte 5 capitulo
Muerte se recogió el cabello. Caminó como una mujer madura, sin esperanza en los ojos. Subió el edificio. Introdujo las llaves en la cerradura y abrió la puerta. Muerte entró y se sentó en la mesa. En la mesa había tres platos con arroz, alverjas, tajadas de maduro y pollo. Muerte no determinó La Vida ni a El Hombre. En silencio mordió una tajada. Tocaron a la puerta. El Hombre giró la chapa y Miércoles tomó la boca de El Hombre y la abrió de tal manera que se introdujo por ella. El Hombre-Miércoles volvió a sentarse en la mesa. Muerte sintió la energía de Miércoles dentro de El Hombre y se abalanzó sobre él. Como aves de rapiña levitaron hasta el techo. Pelearon. Las lámparas rebotaban. Muerte y El Hombre-Miércoles intentaban devorarse. Lucharon hasta que la luz los envolvió en un enorme manto aural que los cubrió y los hizo incoloros, fantasmagóricos, ecos de burbuja de jabón.

Capitulo 6
Los cuerpos de El Hombre-Miércoles y Muerte se convirtieron en luz. La Vida estuvo mirando la luz con sus ojos inexpresivos. Aunque estaba aterrada no se movió del comedor. Mientras, nosotras vimos a La Vida sentada, inmóvil, sin reaccionar. Entonces salimos de nuestro escondite atraídas por la luz. Pero justo cuando nos dirigíamos al techo La Vida nos distrajo. Empezó a dar gritos y a quitarse la ropa. Abrió las piernas y con la mano derecha humedeció su sexo. En ese momento dejó de gritar y cerró los ojos mientras se mordía los labios. De entre las piernas una abertura con una luz violeta mucho más suculenta que la propia luz. Entramos y nos encontramos con su hijo, el que ahora cuidamos con esmero.
Tiene 27 años y es un poeta aficionado. Desde los diecisiete intenta escribir metáforas, pero sin nada relevante que lo inmortalice. Muchas veces se ha enamorado y unas cuantas ha sido correspondido. Claro que ahora contempla las mujeres sin ver ninguna en específico. Últimamente es un cazador que no sabe utilizar la lanza. Dizque porque no quiere alejarse de la belleza. Por eso, no deja que la belleza lo entristezca porque no puede tocar a la mujer que ve ni alzarle la falda, recitarle un versito húmedo y esas cosas que tanto imaginan los poetas inéditos, que a nadie importa y que se suele creer tienen pelotas de plástico. Lo único que sabe es que morirá un día. Por ello, la fecha es un artificio de la memoria y se recuerda los hechos más que la cifra en que ocurrieron. Por ejemplo, un veinte de octubre será veinte de octubre en el año 3000, a no ser que a los días les pongan ruedas en el futuro y para nombrarlos se necesite perseguirlos con ataúd.

Ella estaba frente a mí hablando, con el envase de la cerveza en la mano. Sus gestos me eran deseables, sus senos deseables, sus piernas deseables, sus muñecas deseables… Era un regalo de la estética, parecía una reproducción del cuadro La Rochelle del pintor William Adolphe Bouguereau (Francia, 1825-1905). Claro, la modelo que yo veía estaba con ropa y no tenía el mar de fondo. De tanto verla en tanto en tanto la necesité cerquita, calientita para besarla toda la noche y decirle mía hasta el amanecer. Pero de tanto verla, de tanto pensarla, de tanto tanto tantotanto imaginarla en mi lecho se me hizo necesaria.

- ¡Qué haces!, dijo ella
- Sospechaba que ibas a huir del beso.
- Entonces no lo hubieras intentado y nos hubiéramos evitado el mal rato.

Sonreí. Con más determinación me conduje de nuevo a sus labios. Esta vez me dejó sentir la humedad de sus besos. Pero algo había sucedido. Ya no la veía tan maravillosa. De su rostro destilaba una gota de piel como si le faltara todavía un último detalle, una pincelada final. Y de súbito llevó la mano a la mejilla. Se incorporó. Caminó hasta el extremo del parque. Cruzó la calle y abordó el Circular ruta 301. Frente a mí quedó una mancha grisácea que olía a sexo húmedo, a cruasán, a bostezo de bebé y a empanada de mil con guacamole.

Algún día los textos como hormigas treparán por las paredes con ideas tres veces mayores que su peso.  En fila india ascenderán a los árboles y hurtaran de la intimidad del verde, del centro del oxigeno, algunas líneas  de Stevenson o versos de Pound. Entonces, cuando eso suceda, el mercado del papel y el carboncillo se irá a pique, al igual que las futilidades del erudito que sacrifica el instante por las normas áridas de la escritura que se envenena de amor frígido.  Lo más seguro, ocurrirá que serán llamados genios aquellos que no escriban.
Si todo por estos días da lo mismo: la Universidad cada vez tiende más a la privatización, la indiferencia es el nuevo gobernante de los colombianos, la muerte es el rating en los noticieros, la vergüenza denigra la política…nada nos satisface, entonces, da lo mismo estar alegre. Porque el que se atreve a sonreír se atreve a creer. Y los niños creen al 120% cada día. Si, estas creaturas de orejas grandes, voces alteradas por gas helio, discursos impecables de lo indecible, manitas de ratón gigante, dientes inestables y amarillos, piernas torpes… me enseñaron reír todos los días. Porque si la vida es un acto de fé ellos son los monjes que enseñan el cómo creer. Pero, reconciliarse con la infancia puede ser aterrador. Porque al volver a la época en que no existen los rencores se vuelve a necesitar de un guía, de un soporte que brinde seguridad y pautas en el camino. La independencia entonces es una niña recostada en la cama, con pijama de boleros, esperando a que le narren un cuento para conciliar el sueño.

El edificio del frente, justo a doce metros de la oficina, una mujer lee en ropa interior. Con una mano recorre el borde del corpiño hasta encontrar el pezón y ensalivarlo.