Hace unos días recibí un mail de un gran amigo, un pedazo mío que extraño, Alejandro González. Me decía que era bueno. Lo leí era más que bueno. Era un texto para dedicar a todas las mujeres que creí ciertas en un momento y ahora son sino aire, impresencia indolora, costra sin herida. Lamenté enterarme que ninguna había sido la “única” que busco. Aunque el texto sea conocido y citarlo en este blog sea pecar de ingenuo, no importa, soy ingenuo y asumo todas las consecuencias.

El texto titulaba “Puedo escribir los versos más tristes ésta noche”. Era una carta que le escribía el subcomandante insurgente Marcos del Ejército Zapatista de Liberación Nacional al cantautor Joaquín Sabina el 18 de octubre de 1996. La carta la escribía desde las montañas del suroeste mexica
no, Chipas. A continuación el texto:

Don Sabina:

Yo sé que le parecerá extraño que le escriba, pero resulta que me duele la muela y, según acabo de leer, usted camina ahora por estas tierras que, mientras no acaben por venderlas también, siguen siendo mexicanas. Entonces pensé yo que, aprovechando que me duele la muela y que usted camina ahora bajo estos cielos, pudiera yo escribirle y saludarlo e invitarlo a echarse un "palomazo" con el Sup (a larga distancia, se entiende).

¿Qué dice usted? ¿Cómo? ¿Que qué tiene que ver el dolor de muelas con el "palomazo"? Bueno, tiene usted razón, debo explicarle entonces la muy extraña relación entre el dolor de muelas, el que usted camine por estas tierras, la larga distancia y una muchacha. No, no se sorprenda usted de que ahora haya aparecido una muchacha. Siempre aparece una, vos lo sabés Sabina.

Bien, resulta que cuando yo pasaba por esa etapa difícil en que uno descubre que ya no es más un niño y tampoco alcanza a ser un hombre (esa etapa, vos lo sabés Sabina, en que las féminas se transmutan de molestas a interesantes y hay que ver la de problemas que esto provoca), conocí a un viejo que, sin que se lo pidiera, decidió que tenía que darme un consejo sobre esos seres incomprensibles pero tan amables que eran, y son, las mujeres. "Mira muchacho" me dijo, "la vida de un hombre no es más que la búsqueda de una mujer. Fíjate que digo 'una mujer' y no 'cualquier mujer'. Y por 'una mujer', muchacho, me estoy refiriendo a una de 'única'. El problema está en que el hombre siempre queda con la duda de si la mujer que encontró, si es que encuentra alguna, es esa 'una mujer' que estaba buscando. Yo ya estoy viejo y he descubierto una fórmula infalible para saber si la mujer que uno encontró es la 'una mujer' que estaba uno buscando." El viejo carraspeó y me confió: "Si tu le dices a una mujer que te duele una muela y ella, en lugar de mandarte al dentista o darte un analgésico, te abraza y deja que recuestes la mejilla en sus pechos, entonces, muchacho, esa mujer es la 'una mujer' que andabas buscando". Yo me quedé perplejo, pero como quiera tomé nota de la fórmula. A mí nunca se me había ocurrido que debía pasarme la vida buscando una mujer. A mí se me ocurrían cosas más concretas y factibles, como ser bombero, conquistar el mundo o construir un avión que se controlara solo con el pensamiento. Respecto a las mujeres, yo me tenía en muy alta estima y estaba más propenso a que esa "una mujer" me encontrara a mí, que a buscarla yo. A mí ni se me ocurrió que la fórmula estuviera mal. Así que achaqué mis primeros fracasos a la falta de autenticidad en mi dolor de muelas. Con clips y palillos, después de una paciente labor de meses, logré picarme dos muelas con tanto éxito que tuve que acompañar la estrategia con una fuerte dosis de antibióticos. Repetí la fórmula, ahora con la confianza de saberme auténtico, y los resultados siguieron siendo magros. Así hubiera seguido adelante, acabando con mis muelas, si no es porque, ya adolescente, encontré a otro viejo que, cruel, me dijo: "Tu problema está en la cara. Más bien en tu nariz. A los feos, las muchachas no les hacen caso, a menos que sean cantantes".

"¿Cantantes?" Bueno, esta nueva fórmula les daría reposo a mis muelas (que por lo demás ya estaban definitivamente destrozadas). Claro que el problema entonces era saber qué se necesitaba para ser cantante. Después, escuchando canciones, me di cuenta de que el problema era mayor, ya que una cosa era ser "cantante" y otra más difícil era ser "cantautor" o "canta-autor" (vos lo sabés Sabina). Entonces hice trampa, es decir, escribí algunos poemas (o como se llamara lo que escribía) y dejaba siempre pendiente la música.

Resulta que (vos lo sabés, Sabina) hay ahora una muchacha que está demasiado lejos y entonces pensé que usted, Don Sabina, podría echarme una mano y una tonadita (mire que no es lo mismo pero pudiera ser igual). Y usted podría echarme una mano si me permitiera tutearlo y, cómplice como ha sido antes sin saberlo, fingiera usted que nos conocemos desde hace mucho tiempo y que, por tanto, es perfectamente natural que usted reciba una carta del Sub redactada en los siguientes términos:

"Sabina (sí, ya sé que te desconcierta este inicial e irreverente tuteo, pero tú compórtate como si tal cosa): He trabajado arduamente en los últimos días en la letra que me encargaste para tu nueva canción (Vamos, quita ya esa cara de espanto! Ya sé que no me has encargado ninguna letra para ninguna canción, pero sígueme la corriente para despistar al enemigo) pero ha sido inútil. No me sale nada original. Así las cosas, busqué en el cofre del pirata y solo encontré un viejo y mohoso poema, que no es tan viejo y tal vez ni a poema llegue, que te puede servir si le das un poco de aliño. Es ideal para ponerle música y escalar con velocidad el "hit parade" internacional (no me preguntes si para arriba o para abajo), pero tú ya sabes que a nosotros los artistas (sigue fingiendo demencia, no denotes la menor sorpresa) no nos importa la fama (bueno, no mucho). En este caso particular, a mí solo me interesa una muchacha que está demasiado lejos para que pueda yo musitarle al oído este poema y arrancarle así, vos lo sabés Sabina, una sonrisa o una lágrima. El poema dice, más o menos, así:

"Como si llegaran a buen puerto mis ansias,
como si hubiera donde hacerse fuerte,
como si hubiera por fin destino para mis pasos,
como si encontrara mi verdad primera,
como traerse al hoy cada mañana,
como un suspiro profundo y quedo,
como un dolor de muelas aliviado,
como lo imposible por fin hecho,
como si alguien de veras me quisiera,
como si, al fin, un buen poema me saliera.
Llegar a ti."

La tonadita puede ir más o menos así: tara-tarara-tararira-etcétera, vos lo sabés Sabina. El título de la canción podría ser "Canción para una muchacha que está demasiado lejos", o "Un dolor de muelas para ella", o "Un dolor de muelas, Sabina, la larga distancia, una muchacha y el Sub". En fin, ya se te ocurrirá algo. El crédito puede ser "Letra: el Sub. Música: Joaquín Sabina", o "Letra y música: Joaquín Sabina (a petición del Sub)" o como quieras. Vale.
Salud y ojalá ella entienda... El Sub."

Esa podría ser la carta que usted recibiera y aceptara, Don Sabina. Y todo esto viene a cuento porque estaba yo solo, con mi dolor de muela y leyendo que usted camina por estas tierras. Entonces pensaba yo que usted, tal vez, estaría de buen humor y magnánimo y que podría contarle yo la historia de los dolores de muelas, mi frustrada carrera como cantautor y una muchacha que está demasiado lejos.

Vale. Salud y ya sabe usted, si le sobran por ahí un analgésico o una tonadita, no dude en mandármelos. Ambas cosas se agradecen en este asfixiado pecho que le escribe...


De: Joaquín Sabina.
Desde las montañas del sureste mexicano.
México, octubre de 1996.

Al Subcomandante Marcos

"¿ Dónde encontrar una excusa para tan terca mudez? Sucede que, cada vez con mayor saña, las musas se vengan de quien abusa del ripio y el do, re, mi. Qué puedo contarte a ti, que no sepas de memoria, si andas cambiando la historia con la tinta y el fusil? Bastaría con que en las actas chiapanecas del dolor, conste que mi corazón es una ciencia inexacta, que a regañadientes pacta, con la razón militante. Ojalá, subcomandante, al cabo de este pregón merezca tu absolución, este afónico cantante. Pero, elige con cuidado a quién diriges tus cartas, porque hay leyendas que infartan al ánimo más templado. ¿ Cómo puede merecer corresponsal tan bragado quien desde el mejor hotel de Cancún o de Sevilla oye hablar de la guerrilla como quien oye llover? Y, sin embargo excluido de partidos y banderas, me conmueve tu manera de no darte por vencido, de disputarle al olvido la hoguera del porvenir, de desempolvar la crin del caballo de Zapata, de matar a los que matan, de enseñarnos a vivir".

Me encargaste una canción y por décimas te salgo, hace meses que cabalgo sobre la contradicción de restaurar la emoción, en tiempos tan iscariotes, con la mano en el escote del verso a la antigua usanza. Así hablaba Sancho Panza con mi señor Don Quijote. Por lo demás, cuídate, cuando vengan por las malas, que no te rocen las balas, que no te falte papel, ni frijoles, ni mujer, que la virgen lacandona te esconda bajo su lona. Te lo pide un gachupín que se despierta en Madrid soñando con tu persona".

AL FINAL ASÍ SE FIRMO LA CANCIÓN ESCRITA POR EL SUBCOMANDANTE MARCOS

*Como un dolor de muelas
(Letra: Subcomandante Marcos, Joaquín Sabina / Música: Pancho Varona)

Como si llegaran a buen puerto mis ansias,
como si hubiera donde hacerse fuerte,
como si hubiera por fin destino para mis pasos,
como si encontrara mi verdad primera,
como traerse al hoy cada mañana,
como un suspiro profundo y quedo,
como un dolor de muelas aliviado,
como lo imposible por fin hecho,
como si alguien de veras me quisiera,
como si al fin un buen poema me saliera...
una oración.

Como si la arena cantara en el desierto
los cantos de sirena del mar Muerto,
como si para crecer sobraran las escaleras,
como si escribiera un ciego un libro abierto.
Ven a poblar el zócalo de ojos,
siembra de migas de pan caliente
mis canas de alcanfor adolescente.
Ponle al sordo voz y alas al cojo,
bendice nuestro arroz, nuestro minuto,
como si no fuéramos cómplices del luto...
del corazón.

*Al pie de Sabina escribió a mano: "Querido subcomandante, mal y tarde, aquí te adelanto la letra de la canción que saldrá en el febrero. Con ganas de verte pronto. Todos los abrazos” Joaquín Sabina.

Cuando llueve el cuerpo es más íntimo. Lo saben aquellos que se abisman en el asiento del bus, al margen del paisaje, contenidos en un arrebato de frio y desconsuelo. Medio ven el agua como aliento de la tarde empañando los cristales y con las manos hacen un círculo. Aceptan la fragilidad. Ante la lluvia no pueden fingir.
Lo saben aquellos que se escampan bajo la carpa de una panadería con los hombros caídos y las manos en los bolsillos, sin postura. Así no defienden idea alguna y se dan el tiempo suficiente para observar los matices fluorescentes reflejados en las charcas de las calles que siempre caminan. Las calles vacías con uno que otro transeúnte.

Lo saben aquellos que leen y son devotos del ocio contemplativo, del ocio que concibe la estética de la vida digna. Porque cuando se dispone de tiempo para respirar se puede ver, de pronto, a través de la ventana, en el intermedio de una lectura, los tajados bajo la lluvia cobijados por una aureola blancuzca y pequeños arcoíris.

Lo saben aquellos que llevan paraguas y escuchan el impacto de las gotas de agua y se conmueven con el tamborileo grave de múltiples dedos.
Lo saben aquellos que aún se desgastan en empresas sin causa y huelen la ciudad después de llover. La ciudad que huele a naranja madura empezando a podrir, a desagüe estancado, a plomo y amoniaco. Entonces el regocijo y las ganas de un café amargo y negro, caliente y dulce, espeso y fuerte.
Desperté con muchas ganas de verte. Entonces me dije: "¿Por qué no la ves? Pensé "¿Por qué no la veo?". Cabrón, si eres una gueva, en vez de decírtelo a ti mismo, como si eso bastara, mejor decírselo a ella. Si Cabrón, escribile, al menos, si no te atreves a llamarla, que "te gustaría verla y abrazarla, verla reír y guiñarle un ojo". Ah... y si no puedes escribir nada interesante, cosa que te sucede con frecuencia, ve al grano, escríbele esto: "Quiero verte".

Mientras me decidía anocheció y me encontré frente a la cama, con una copa de vino vacía. Ella era otro puñal perdido. Otro camino sin ruta. Mis pasos dibujan la figura de una mujer. Mis pasos dibujan la huida de una mujer.

Sabía que ella no era la mujer que quería de compañía. Aunque me caía bien había algo en su olor que no me agradaba. Olerla me hacía sentir violento. No podía decirle: “mira nena, es que no me gusta cómo hueles y esa es la razón por la que no podemos estar juntos”.

Yo era, en cambio, el hombre que ella quería de compañía. Conmigo ella podía SER sin necesidad de fingir. Pero había estado tan esquivo, tan intocable que ella no podía decirme: “mira nene, es que me gustas en serio y te quiero a mi lado por muchos días”.

Ella estaba interesada en mí y eso era un acontecimiento en mi historia de desencuentros amorosos. Por eso empecé a responder a un juego que no me interesaba jugar. Lo que me atraía era la idea de que yo le gustara.

Tal vez, aquella noche, en la que nos encontramos en aquel bar de mala muerte, quería que las cosas llegaran hasta dónde llegaron. Recuerdo que mientras evité hablar, ella me dijo, sin anestesia, sin tiempo de pensar una contra respuesta:

- No entiendo el por qué te niegas a estar juntos si la pasamos tan bien, además ambos nos gustamos.

Sabía que ella, en su naturaleza, no era la mujer que podía clavarme sus miradas y sus uñas en el corazón. Le faltaba delgadez, oler a ella sin intermediarios químicos, acudir al médico para que la ayudara con la rinitis, tonificar su trasero y afeitarse el mentón antes de dar un beso. Faltaba que ella me gustara.

Noches atrás nos habíamos encontrado en una fiesta de una amiga. No me imaginé que ella estaría allí esperándome. Ella me saludó y me invitó a fumar. Salimos al balcón y hablamos, mejor dicho, la escuché. Por cada tres palabras de ella un sorbo de ron. Preferí atontarme con licor a decirle que no estaba interesado en su historia y sus sueños. El licor hizo su efecto y la besé, pero sentí que besaba a un adolescente recién afeitado. No pude volverla a besar.

Después de esa noche estaba decido a decirle: No, no más, chao. La llamé. Nos sentamos en el bar de mala muerte y al final de la noche, contra todo pronóstico, resulté en la casa de ella, en la cama de ella, al rincón de ella. Me excitaba hacer mal las cosas para tener el placer de pensar cómo salir bien librado. Sentí su mano en mi espalda. Nos tocamos. Le pedí un preservativo. Justo cuando me lo estaba poniendo: pissssss… se acabó la función. Le dije que el preservativo estaba malo y así yo no le iba. Cómo puede me lo quité y lo metí dentro del zapato para que ella no sospechara de mi precocidad.

- ¿Te gusto? –dijo ella.

- Ehhh… bueno…

- Y si te gusto y me gustas ¿Por qué no lo intentamos? Lo que creo es que tienes miedo y por eso te previenes.

- Puede ser. También puede no ser. Lo que creo es que nos buscamos por miedo a estar solos. Llevamos tanto tiempo sin pareja que podemos aferrarnos ciegos a una mentira.

- Florentino, porque no te dejas de rodeos y dices lo que piensas.

- Ehhh… bueno… no… nada… pienso… eh… que hoy es la última vez que te busco. Quiero dejar las cosas así, inconclusas, para que nos recordemos sin daños. Haré lo posible, por el bien de los dos, en evitarte.

- Porque no te dejas de teorías y admites que tienes miedo.

- No tengo miedo. Creo. De verdad creo… que deberíamos dormirnos porque tengo que madrugar.

Trataba de cerrar los ojos, pero el olor a desinfectante mezclado con crema de manos para bebé y el sudor de su cuerpo me incomodaba. Quería no estar con ella. Llegué a sentir repulsión. Imaginé que la ahogaba con la almohada y entre más nítida era la imagen del homicidio más deseo sentía por ella. La vi bella, deseable y la busqué. Nos besamos y nos tocamos sin quitarnos la ropa.

En la mañana, al despedirnos, ella sonrió. Su sonrisa era de triunfo. Sonreí porque ante ella, ante mí, de nuevo era un ser fragmentado, un ser que había hecho lo contrario de lo que había pensado y dicho. Un ser vacío, con los ojos vidriosos bajo el cielo azul de las ocho de la mañana.
Ruido y viento.
Viento en las coyunturas de los dedos.
Sus ojos dos acertijos.
Loca hermosa.
Loca hermosa.
Loca chiquitica.
Loca marciana.
Encendimos la tarde con entusiasmos.
Fuimos dos locos por el centro de Medellín.
Las calles eran una marca de labial en un pañuelo olvidado.
Medellín de conjuros en ruina, de amantes cansados.

Viento y humo
Loca hermosa, no sabemos el amor,
por eso hablamos.
Amar lo perdido para no anhelarlo.
Amar la herida para que no duela.
Amar te loquita hermosa.

Viento y abrazo,
beso de media luna.
Sus 20 y mis 28 años sumaron dos bocas.

Viento y viento.
Ella se fue entre el viento
Vino con el viento.
Loquita hermosa.
Adiós loquita hermosa.
Ella se fue sin fecha.
Yo me quedé trabado y con la intención de desvestirla.

Hartarse de respirar, de creer que la mujer que quieres aparecerá de pronto y te dará un puto beso, de mirar por la ventana las mismas nubes y asombrarse porque todavía eres un romanticismo pasado de moda, de usar bufandas porque es el accesorio del siglo XXI.

Hartarse de que los amigos aparezcan con discursos vitalistas y luego se marchen dejándote a oscuras, de leer y no recordar, de escupir sin que nadie te vea, de no poder desprenderse de la madre porque cocina muy rico.

Hartarse de que amor sea solo una función de un cajero automático y no tengas cuenta bancaria para el cortejo, de que el sexo deba padecerse para sentirse mamífero y eterno, de que la soledad te siga halando las piernas antes de dormir y se te burle por triste, de que cuente hasta diez y nada suceda, de que a muchos kilómetros estén los senos que tanto te deleitan en la mujer que ya no delitas.

Hartarse de la sombra, de las entradas prolongadas, del bruxismo agravado, de la hipermetropía y el astigmatismo, del estómago delicado, de ocio adictivo, del pájaro que canta menos porque no le gusta la jaula rectangular de la loca sin alpiste, de la barba que aparece, de las orejas que crecen, del reloj que te dieron para que te digan señor en la calle, del teléfono que no suena porque no te interesa hablar sin mirar a los ojos, de los años que te inmovilizan, de las mujeres que ves en el metro y no vuelves a ver, de los artistas que creen que pueden salvar el mundo porque son flacos y buena vibra, de los evangelistas que profetizan el paraíso y no soportan la picadura de un zancudo.

Hartase hasta que los ojos se pongan rojos, hasta que las cervezas estén vacías, hasta que a la cama vuelva una copiloto, hasta que se acepte que no hay remedio, que todo está jodido, que las ciudades se tragan los espíritus, que los cuerpos nacen sin alma, que la muerte se divierte de tanto vivo muerto y por eso se lleva a los vivos vivos.

Hartarse para estar en domingo toda la semana, besar sin deseo, comer de gula, hablar de solo, caminar sin rumbo. Hartarse, hartarse, hartarse… de una buena vez hartarse y ser indecente para hartar al otro y hartarse menos uno mismo.
NO te escribiré más si eso es lo que quieres. Seré breve entonces. Basta de esperanzas, de juegos invalidos del corazón. Pero mi corazón invalido te dice adios con un te quiero entre latido y latido. Aún eres magia que derrota la ausencia. En fin, querida mía, hasta que el azar se acuerde de nosotros.
Saludes a Catalina, la gata que nunca quise.
Encontrarse a una persona que no tenga un raspón en las rodillas y los codos es un descubrimiento a tomar en cuenta. Porque las cicatrices son recuerdos en relieve que develan que hubo un sueño o una lección importante.

Recuerdo una caída monumental. Estaba en sesto y mamá me había dado una bicicleta verde marca Arvar. Con varios amigos nos íbamos en las tardes a patrullar la carretera de la vereda. Queríamos aprender a pedalear de pie y ser ciclistas expertos.

Cierta vez, un sábado, mamá me dijo que fuera por la leche. Tomé la bici porque había que atravesar la vereda. Sentía el viento y las manos temblaban en el manubrio al pasar las rocas y los huecos. No había nada más mágico.

De regreso a casa vi a una niña que me gustaba. Su mamá la peinaba. Me acomodé la mochila en la que llevaba la leche. Empecé a pedalear de pie para que ella me viera. Justo frente a su mamá caí sobre la barra y luego al suelo. Me levanté como pude. La botella de coca-cola litro y medio en la que traía la leche se quebró. Intenté pedalear pero la cadena se había enredado. La niña y la mamá fueron en mi ayuda. Les dije que no había pasado nada y me monté en la bici. Cuando me aseguré de que ellas no me veían me miré los codos y las rodillas. Estaba raspado. Entonces lloré y descubrí que los hombres si lloran y el amor era una caída vergonzosa.

Me caí muchas veces y por ello desconfío de aquellos que no tienen cicatrices. Por lo regular son el tipo de personas que hacen un escándalo porque los picó un mosquito o les salió una espinilla en la nariz. Son los que caminan hasta donde llegue la señal del celular. Son los que viajan y se fotografían desde todos los ángulos posibles para poder tener tema de conversación. Son los que no se atreven a cambiar de rutinas. Son los que temen volver a la infancia donde rasparse las rodillas no era un evento traumático.
Me desperté con la respiración entre cortada. Había soñado que estaba iracundo entre las sombras. Fui a la cocina por un vaso de agua y volví a acostarme.

Al día siguiente tenía una cita con una amiga. Ella me había invitado a caminar a su pueblo natal. Comparamos una caja de vino tinto, frutas, agua y panes. Llegamos a una quebrada. Extendimos una sábana y nos comimos los panes con mantequilla. Ella extrajo de su bolso una pipa y fumamos marihuana. Nos tocamos. Los movimientos eran lentos. Los besos más profundos y secos. Nos apretamos y sentimos los cuerpos bajo la ropa. Pisss…

Desde hacía unos días me sentía desconfiado de mis erecciones. Había llegado a un estado de plenitud que no hacía falta el deseo. Entonces cada encuentro duraba lo que duraba la primera erección. Después no había fuerza que hiciera erguir el pájaro. Cuando sucedió el estremecimiento quedé casi muerto y lo único que quería era dormir. Ella durmió conmigo.
Nos despertamos y tomamos vino. Fumamos más. Las nubes ennegrecieron el cielo y se escucharon los truenos. Decidimos marcharnos. Había que cruzar la quebrada descalzos. Luego subir una roca para llegar a un camino. Sobre la roca nos besamos. Empecé a olerla. Ella se sentó encima. La fricción de los cuerpos cada vez más violenta. Empezamos a gritar como animales en celo. Parecíamos gatos, lobos, perros cuando nos tocábamos. El deseo en un ambiente natural, rodeado de árboles, viento y agua era más instintivo.

Un trago de vino. Nos despedimos con un beso en la mejilla. Estaba cansado pero con ganas de seguir hasta el fondo. Quería más acción. Tenía sed de cuerpo. Llamé a una amiga que estaba cortejándome hacía unos días y que había evitado porque no me gustaba. Nos encontrarnos en su apartamento. Estaba recién bañada con el cabello mojado y suelto. Nos sentamos en un sofá. Ella trajo ron y cervezas. Nos besamos. Nos tocamos. La erección fue sofisticada y de aguante. Nos mordimos. Ella me tocó el miembro y yo llevé mis dedos a su sexo. Los gemidos y la furia. Con violencia nos revolcamos en el sofá, en el tapete, en la cama. Pisss…

Ella me abrazó y yo quería dormir al otro lado de la cama. Además no me había gustado que tuviera barba bajo el mentón. Tampoco que en los dedos me hubieran quedado grumos. Me eché saliva en los dedos y los limpié en la sábana. Ella con su lengua me rodeó la oreja y cerré los ojos. Estaba agotado y pensaba en como irme. No me arrepentía de lo que había sucedido pero no quería que se repitiera. Ella no me gustaba y estaba en su cama queriendo irme. Para no desespérame con las caricias fraguaba un plan de escape. Había decidido irme y no volver. Huiría definitivamente.

Abrí los ojos y ella estaba aferrada a mi pájaro. Me hizo el mejor sexo oral de los últimos suspiros. Sin besarla me aferré a ella. Sobre la pijama le hice presión a su vientre con mi pelvis. Empecé a sudar porque era una urgencia venirme para poder huir. Pisss…

Dormí otra hora. Ella tenía el desayuno servido. Ninguno habló. Lavé los platos. La miré y le dije chao. Ella dijo chao. Tomé el autobús rumbo a casa. La ciudad estaba gris. Una brisa empañaba los cristales. Limpié el vidrio. No tenía rabia
Instrucción 1
Cuando el hombre te salude piensa que tu novio no existe. Es necesario que no lo recuerdes para que puedas reír un poco menos si estas contenta y conservar la postura.

Instrucción 2
Es importante que intuyas el te quiero cuando el hombre te diga te quiero sin decir una palabra. Mírale los labios. Un sutil temblor te dirán lo que quieres saber.

Instrucción 3
Si quieres huir no dudes un instante. El amor es esquivo y entre más corras mejor para el destino. Para encontrar lo perdido hay que perderse. El hombre estará esperando con tu sonrisa en una bolsa de papel de regalo.

Instrucción 4
Si no tienes palabras se te recomienda en esta instrucción reír un poquito. Basta con estirar los labios, sacar la lengua o pararse de cabezas en el piso.

Instrucción 5
No te pases de coqueta porque es fundamentar ser descortés para asumir riesgos en el amor. Por ejemplo: dar un beso porque si, porque te dio la gana. No importa si el asombro llega sin medida, sin por qué, sin dónde. No sería asombro.

Instrucción 6
Cuídate de las conversaciones planas, de las caricias de memoria, de las miradas a las tres de la tarde, de querer por rutina, de ser mamá antes que mujer. Para ese malestar no hay aspirinas.

Instrucción 7
Asegúrate que el hombre tenga las partes del cuerpo completas. Las orejas en las orejas, los pies en los pies, las manos en las manos, la boca en la boca... ¡Imagínate si el hombre te hablara por la nariz y te mirara por el pecho! El amor sería un desorden emocional. Luego de verificar las partes del cuerpo busca un imperfecto: la verruga en el dedo, el diente negro, la oreja pequeña, la cicatriz… Es el imperfecto el conducto para acceder al corazón del hombre.
Esta noche amor te doblo en mil pedazos. No estoy dispuesto a que sigas habitando todos los espacios. Necesito respirar y entender que sin mujer también se respira. Hay otras cosas: El ocaso, el niño que saluda sin motivo, el amigo que te acompaña a ser silencio.

Esta noche amor te doy la espalda. Empiezo a entender que para follar sin que sea un asunto traumático hay que admitir que no todo es follar. Es necesario eyacular para adentro y que la esperma te suba al cerebro. Entonces se es erotismo y no un impulso erótico.

Esta noche, amor, renuncio al cuerpo desnudo de una mujer, a sus senos tan perfectos a mis dedos y boca, a la idea de que sin ella estoy medio. Porque uno no es medio. Uno es uno. Dios es uno. Lo otro es lo otro. Uno es y punto.

Esta noche amor eres una de las cosas que no uso. Adiós a la cursilería, al anhelo, a mis gestos autistas, mi sonrisita de niño rebelde, mi simpatía fingida, mis carticas inútiles. Es necesario sacudirse y quitarse la viruta del cuerpo, la capa gelatinosa que obstaculiza la vista de las estrellas, las nubes, la luna. Esta noche el amor es alimento para ratones.






¿Si hacemos el amor estarías dispuesta a no fingir la permanencia?
El deseo duerme y no duerme. Me confundo esperando y no esperando. Respiro y me da tos. Me angustio a propósito para somatizar el vacío.
No me gustas porque soy vanidoso y solo escucho cuando me halagan y los halagos serían otra cosa contigo. Me cuadricula la estética. Soy ciego por culpa de la belleza. Confieso esto porque no tengo nada contra ti. Me agrada tu conversación, tu disposición a la entrega, tus ganas de mí, tus coqueteos suspensivos. Pero, para que no haya mal entendido, el problema es que no eres flaca ni tetona.

Te entiendo. Estoy de tu bando. También odio mi sed de ojo, mi puta manía de enamorarme de lo que veo y desear un cuerpo diferente cada tarde después de que las mujeres salen uniformadas del trabajo.

Ya que sabes lo que siento, te digo otra cosa. Me preocupa no saber mirar piel adentro. Sé que piel adentro ninguna mujer se te compara. Pero me interesa más la piel.

Tal vez me quede solo. Tal vez mi castigo sea ver y no conseguir lo que veo. Tal vez el amor, daga clavada en el pecho, se quede daga en el pecho. Tal vez no ame porque me decepciono muy fácil. Tal vez mi mal sana actitud… tal vez… lo supongo… tal vez… signifique… tal vez… que no te guste.


No quiero un harem. Con una mujer basta. Saben los amantes que una mujer es todas las mujeres si puede sostener una conversación desprovista de cosméticos baratos y caprichos de mercado, sin hacer el índice alfabético de novios que soportan los amiguitos mariquitas.

La mujer que puede decir no y mandarte a la mierda en cualquier momento es la mujer para sentir con los cinco sentidos. Es la mujer que te agua los ojos cuando es herida y recuerdo. Es la mujer de intención dirigida. Es la mujer para odiar y amar sin piedad. Es la mujer que se ve sin la estítica contaminada de la retina. Por eso no importa si es gorda y se asfixia en la cama, si su cuerpo escultural carece de bríos, si sus manos son en miniatura y es lubrica hasta dormida, si es rubia e invoca desnuda a su hermano para protegerse del amor. No importa si es extraña días después. Si esa mujer se atreve a tocar y sentir como la sienten, es que también pensó en la certeza de la entrega, del entusiasmo sin planes. Luego, ella sabe, no importa el luego. Entonces no duele la soledad después de haber querido a esa mujer de infarto.

A cada mujer que he querido la quise de caída libre al abrazo sin escatimar locura para sentir escalofríos. Los amigos dicen que son más de algunas mujeres. Para mí todas son una. Una y nada más que una en su momento. Lo que pasa es que no me niego al olvido. Me aterra convertirme en un hombrecillo-guerrero-pabellón-cadáveres-amores-inconclusos. La que se fue se fue. Claro, olvido no quiere decir huida.

Todavía creo en la magia. Todavía creo en la vida. Todavía quiero continuar el viaje sin cargas ni fantasmas en el corazón. Todavía sueño con esa mujer a la otra orilla de la cama. Todavía tengo besos en los labios y se me para cuando beso. Todavía creo que es posible anclar mis suspiros en el pecho de una emisaria de las estrellas.

Vuelvo y repito: con una mujer basta. Con una mujer que lubrique abrazos y no se crea el cuento de princesita en espera de guerreritos con escudos de hojalatas llenos de espermatozoides dispuestos a vencer su virginidad sin conquistar su corazón.





El martes de la semana pasada tumbaron uno de los árboles emblemáticos de la Universidad de Antioquia. Era el árbol fálico de la jardinera principal. Tenía una protuberancia varonil envidiable. Primero le cortaron el falo. Luego todo el árbol. Nadie se manifestó porque en Medellín los árboles no importan. Por algo nos matamos con la misma disposición que vamos a misa.

Somos naturaleza en descomposición. Nuestra lógica, la citadina, fruto descompuesto. No sentimos y creemos que eso es pensar y pensar bien. Cuando era más importante el árbol viril que todos los planos futuristas de la ciudad industrial. A desenterrar todas las raíces de la tierra y desterrar las aves y las mariposas de Medellín porque son indignas al cemento y progreso.

En Medellín ya no preocupa el origen. Medellín la generación del Metro, los parques sin árboles, las fabricas de confecciones, las balas perdidas y los atracos. La generación de la indiferencia. Indiferencia por la paloma sin nido, el grillo sin hojas, el pájaro sin ramas, el viento sin sombra. Que muera todo porque en la ciudad lo único importante es que nada es importante.

¡Si en Medellín miraran las montañas con árboles y pájaros y antioqueños! Pero la indiferencia prefiere un par de tetas, una garrafa de aguardiente y un sancocho de gallina. Luego un portátil.

Nos gusta la grasa y los tiros al aire. Nos gusta el gris en todas sus posibilidades. Nos gusta la mujer del prójimo porque está operada y es la del prójimo. Si fuera la nuestra sería feliz el prójimo. Nos gusta el árbol para leña. Nos gusta la panza llena para no pensar. Nos gusta el ruido para no escucharnos. Nos gusta los negocios para competir y eliminar. Que se muera el que se muera, igual en Medellín nacimos muertos.

En Medellín se nos olvidó que sale el sol y es un desprestigio la aguapanela, la arepa con mantequilla de vaca, las mujeres con las mejillas rosadas del frío de la montaña.

Medellín sin arcoíris. Medellín sin luna y sin poesía porque se olvidó que en la montaña la luna despoja al poeta de su alma y hace de la poesía zancudos. Pero en Medellín matamos los zancudos con desinfectantes y olvidos de grueso calibre.


El abuelo paterno fue lo único que le agradecí a mi padre. Recuerdo que a mis 7 años estaba sentado con mi abuelo en el patio de la casa. La casa era una hacienda cafetera ubicada en la vereda el Uvital del municipio de Fredonia. Había un patio empedrado con una banca de madera. Mi abuelo solía sentarse en la banca en las tardes. La abuela nos llevaba café con tostadas untadas de mantequilla de vaca.

El abuelo era blanco y se le veía la barriga. Más que blanco el abuelo era rosado. El abuelo apoyaba las manos sobre la barriga y miraba el cielo. Tarde tras tarde me sentaba con él a mirar las nubes. No hacia falta las palabras. Él miraba no se qué que lo enternecía y yo juagaba con dinosaurios gigantes de algodón. Pero una tarde el abuelo señaló el cielo con la mano derecha y me dijo: “no se olvide, nunca se olvide de mirar arriba para que no le sea insoportable respirar.” Luego puso su mano en mi hombro.

Después de la muerte del abuelo el recuerdo del abuelo era un pedazo de cielo que hería. Fui creciendo, haciéndome terrestre para mirarle el sexo al amor. Elegí la equivocación por voluntad. La adolescencia un agujero de amarguras insondables. Me escondí de la inmensidad y las nubes. Me volví impaciente. Me emborraché. Dormí en la calle con el olor de una entre pierna en los dedos. Peleé cara a cara con la muerte. Besé tantas bocas que no recuerdo. Me permití tantos enamoramientos como decepciones. Busqué el llanto para elevar la mirada a las nubes.

Quise vivir el amor como una llamarada que ardía por última vez. Por eso deseaba por desear sin cerciorarme si a la que deseaba quería ser deseada. Entonces me emputaba conmigo mismo y me enamoraba para buscar un infarto por erección y entusiasmo a destiempo.

Pero, al final, uno descubre que una sonrisa es más importante que todas las promesas mercantiles del progreso y las normas de convivencia. Más efectiva que las teorías filosóficas y los horarios de oficina. Igual de reconciliadora que los grillos, las ranas y las noches estrelladas. Y me gustó como sonrió Mayra anoche. Estaba hermosa y distante. Hermosa y con sueño. Hermosa y callada. Hermosa e intocable. Hermosa y un mensaje mudo: “Pelao, me gusta la magia. Pero algo falta. Falta saltar al cuerpo. No sé. Como que quiero a ratos.”
Igual, mirar la sonrisa de Mayra me remitió al abuelo. Te recordé abuelo, viejo barrigón y amado:

- Viejo apenas te entiendo. Me enseñaste a sonreír de nuevo. La sonrisa espanta el miedo. La sonrisa enternece como el agua dulce. Aunque, viejo, con Mayra no sé. La sonrisa me confunde. Deberías ayudarme. Soy muy ingenuo y evidente. Tal vez por eso Mayra me mira y me hace sentir piloto sin instrucciones de vuelo, ángel desterrado del cielo, viento sin árbol. Como si quisiera y no quisiera. Fuera y no fuera. Pasara y no pasara. Llegara y no llegara. Como una visión en celofán. Como si Mayra mirara golondrinas para alejar a los intrusos del misterio de sus ojos. Viejo, la verdad, estoy en aprietos porque me gustan las nubes y la sonrisa de Mayra.
Y veo como el que ve y no se gusta solo porque no tiene a quien abrazar cuando se estremece con las nubes. Entonces sé que ella, viejo, no responderá a mi llamado porque teme quedarse conmigo a contarle lunares a la noche. Ella teme que un beso le mate sus golondrinas. De que ese quererme a ratos sea un querer de más tiempo. Porque ella utiliza ese querer a ratos como un pretexto para no tomar la iniciativa. No conmigo que leo señales y de pronto las entiendo. Pero, viejo, son temores que no quiero entender porque quiero sentir más que pensar en sentir. Así que a ella sus temores y a mí las nubes.

Miro las nubes y les hago preguntas. Siguen su continúa marcha. Siempre las mismas nubes. Nada en ellas cambia. Sin embargo son otra cosa, como las angustias, distintas. Rondan, pasan, se van, vuelven, maravillan, dibujan el rostro de Mayra, desaparecen, aparecen y son una angustia insoportable pero vital y necesaria.

Luego las nubes desdibujan el rostro de Mayra porque más arriba y más abajo de las nubes están la divinidad y el misterio. Entonces no importa nada. Una mano de nube es el cielo. Una mano que me toca el hombro como se toca un recuerdo. Una mano que me enseña que tanto afuera como dentro del corazón las nubes son la misma cosa distinta. El mismo rostro del abuelo con los ojos cerrados.

Días sin leer, sin pensar, sin escribir, sin beber, sin amar, sin llorar, sin huir. Así justifica la bondad el impotente.
No te he hablado así como te veo. No me has hablado así como me ves. Estamos ahí. Preferimos la niebla para conservar el misterio de la piel. Tal vez el aburrimiento nos espante más que el amor. Tal vez.
Estas ganas de vos preguntan por ti. Les respondo que te veo en la tarde. Entonces mis ganas de vos dan un salto mortal. Un ataque de alegría las baña. Mis ganas de llamarte son más comunicátivas y marcan tu número telefónico. Te saludan y te dicen que mis ganas de vos escribieron en el aire, en un salto mortal sin presedente: "Me gustas".
Entramos al turco. Ella iba con un vestido de baño insinuante. Yo con una pantaloneta de baño narigona. El vapor me hinchaba las mejillas. Pero el deseo ardía más bajo la piel. Así que ni sentía el vapor.

- Creo que seríamos buenos amantes, dije.

- ¿Por qué lo dices?

- Bueno, hemos sido sinceros. Hacemos lo que queremos. No seríamos mojigatos. Nos permitiríamos la perversión sin torturas.

- Puede ser. Pero como que está caliente el turco.

- No me parece, pero si quiere salimos a la otra sala, la de menos vapor.

- Si, es mejor.

Nos sentamos. Haberme atrevido me excitó. No quería esconder lo que sentía. Estaba erecto. Incomodaba estar así frente a ella. Era peor que estar desnudo. En el turco había poca gente. Me senté con los pies abiertos con todo el pecado eréctil. Ella miró de reojo.

- Está como tarde, dijo ella.

- Si, pero tarde ¿para qué?

- No sé.

- Lo que pasa es que estas asustada. Te gusta el riesgo y no te gusta admitirlo. Odias a los hombres que se pasan de atentos. Te aburre una relación sin tención. Aunque buscas compromiso quieres asegurarte vértigo. Si te casas conseguirás un amante porque el marido te es suficiente. Eres insaciable. Lo sabes.

- Para. No es justo que me digas esas cosas. Además estoy enamorada. Sabes como soy enamorada. Él tiene automóvil. Me lleva al trabajo. Es cordial. Me llama y salimos juntos. Pero aún no se atreve a nada. Pero quiero con él.

- Ehhh… bueno… me alegra… pero…

- ¡Hasta ahí!

- Fresca, era solo un beso. Eso me calma la erección.
Ante la ventana maldigo tu nombre
porque no puedo alzar la bocina del teléfono
e invitarte a mi lecho.

Hacer las ganas de ti posibles.
Quedarnos desnudos
esta madrugada de verano.
Mirarte a los ojos de cerca.

Pero no,
no estas,
no estarás.
No habrá lecho
ni madrugada ni labios.
Solo esta ventana con un pedazo de cielo.
En el cielo suelto mis señales.
Escribo con nube la palabra milagro.
Todo es posible.

Pero maldigo tu nombre.
Tu puto nombre.
Me falta putamente.
Asumí el adiós. No tuve miedo a perderla. Sabía que yo era más importante que lo que sentía. Se fue. Volví a casa. Esa tarde no dormí. Me hacía falta pero no quería demostrarle que la extrañaba. Escribí su nombre en un papelito y lo enterré en la huerta casera para arrancarme el deseo y no anhelarla.

Luego me llamó y hablamos. Quedamos en vernos. Me dijo que yo nunca había intentado darle un beso. Que mi problema era decir las cosas. Dejarle todo a las palabras. Que la tenía endiosada. Que ella era una mujer que quería acción. Agradecía el cortejo pero faltaba riesgo. Intenté besarla. Ella retrocedió. Me dijo que ese era mi gran problema. Esperaba a que me dijeran las cosas para poderlas hacer. Necesitaba plastilina para llegar a ella. Me sentí de 14 años. Le dije que no la iba a tocar. Que no tenía miedo a quedarme solo. Que la quería pero podía prescindir de ella. Que el problema de ella era la prisa. Querer controlarlo todo. Manipular al hombre. Temía enamorarse porque perdía la estabilidad laboral. Y si no la había besado era porque ella me importaba más que los besos. Que sí, estaba dispuesto a penetrarla, a chuparle la pasión. Pero sino encontraba el momento indicado no iba a forzar las cosas. Ella me dijo que los dos queríamos pero no coincidíamos. Acepté.

Nos abrazamos. Ella me dijo que se había sentido bien a mi lado. Yo le dije que ya no quería nada con ella. Ella sonrió y afirmó que sería su futuro novio en tres años. Sonreí. Me sentí más lento de lo normal. Caminamos. Al despedirnos ella intentó besarme. Le dije no y le di un beso en la mejilla. Tenía que demostrarle que así me gustara podía decirle no a sus labios de helado de chocolate derretido. Ella me abrazó. Me dijo adiós. Le dije que la quería mucho. Ella me dijo también. Pero sabíamos que ninguno iba a buscar el otro. Que la oportunidad había pasado de largo.


La loción potencia la desconfianza en sí mismo porque se huele para el otro. Por pretender que somos un olor que no nos pertenece olemos a desinfectante, a superficie, a lo que no somos.

Gusta oler bien para denotar limpieza. Nos bañamos para parecer buenos cristianos. Utilizamos el aseo y el olor artificial para ocultar las malas intenciones. Fabricamos una aureola olfativa para rechazar el olor del vagabundo que huele a no me hable de frente y no me importa su historia.

Hice un experimento. Quería saber si mi olor era agradable a las mujeres. No me bañé un sábado. Tuve un sueño húmedo en la madrugada del domingo y no me limpié. Salí fermentado de casa a las cinco de la tarde. Me senté a tomar un café. Del azar una mujer me contó de sus días oscuros en la adolescencia. Me despedí. A pocos metros escuché mi nombre. Una ex-novia me invitó a salir. Quería que nos viéramos uno de estos días por si de pronto pasaba lo que queríamos. Inventé una excusa. Quería irme a casa. Tomé una moto-taxi. Ese día comprobé que el olor propio es más efectivo que el efecto Axe.

El sacerdote huele a escalera de bambú y sopa de fideos con espinaca. El adolescente a aceite quemado, sangre coagulada y reggaetón a alto volumen. La profesora recién graduada de la universidad a sedal rizos obedientes anti frizz y colonia de rosas. La oficinista a helado de ron con pasas derretido. La colegiala a hierba húmeda y romero. La ama de casa a detergente y eucalipto.

Por oler bien se nos olvidó oler. Estamos confundidos porque olemos a todo menos a individuos. Tememos al propio olor. Disgusta sabernos mamíferos. Acumulamos toxinas y feromonas porque es más saludable taponarse los poros con lociones. Educamos el olfato para el olvido.

Pero basta con llevarse la mano a la nariz. Aspirar. Aspirar. Huele a animal de sol, a individualidad, a naranja, a papá, a hombre primario, a día de no baño, a cuarto oscuro, a pino podado, a sombrero volteado, a conversación de íntimos y a niño que mira el cielo desde el copo de un árbol.
No hay un mes específico ni un lugar adecuado para escribir poesía. Aunque preferiría escribir un buen verso en el cuerpo desnudo de una mujer con anteojos. Una mujer con anteojos cuando se desnuda siente más de lo que ve por su deficiencia visual. Por eso se ensueña mientras se tatúa palabras en su piel. Por ejemplo, escribir bajo sus senos, con el dedo índice, el siguiente verso: "No bastará la noche para tocarte". Luego besar el verso y hacer el poema toda la noche.
¿Qué siente uno mechudo? Me hice esa pregunta a los 15 años. Pero el cabello llegaba a un punto donde peinarse era un error, se hinchaba.

Asociaba el conocimiento a un dejamiento del aspecto. Véase un poeta que se nombre poeta o cualquiera que se incline al campo humanístico. Abunda la barba, el cabello y el humo. Ejemplo, los griegos y los personajes de la biblia.

Ahora, la era de la idiotez, ha delegado una importancia desmedida al cabello. La publicidad se ha dedicado a vender la imagen de mujeres y hombres con cabellos sanos. Cuando son más sanos más sanos: el vecino con las entradas prominentes y la coronilla despejada, la señora que vende comida chatarra con el cabello atado con una pañoleta y el niño con el cabello amarilloso; ellos no son anoréxicos. La moda es ser un esqueleto con una cuenta bancaria nutrida.

Fui el mismo triste pero con cabello largo. En la universidad éramos mechudos e insoportables. Creímos en el cabello como un paso a la madurez. Equivocados o no, queríamos sentir el deber a desobedecer.

Como buen provinciano mechudo empecé a fumar, consumir droga y alcohol, vestirme de negro y escuchar Pink Floyd, Pearl Jam, Nirvana, The Rolling Stones, David Bowie, Led Zeppelin…

Fui una afirmación del error en una época que se dejó lavar el cerebro con los proyectos de vida y la educación para el empleo. Una época donde hay que crecer más rápido. Cuando sea grande quiero tener un corte de cabello a la moda y trabajar mucho para morirme más ligero.

Luego, me corté el cabello y empecé a cuidarme. Porque, mientras tuve el cabello largo y me creí intelectual, me desagradaba mi imagen. El cabello no quita ni da nada. Descubrí eso cuando fui una melancolía de cabello largo que probó todas las marcas de cigarrillos.

Un exmechudo y prontamente calvo, siente que puede ser individuo con o sin cabello. Aunque me gusto más con cabello que con novia.

Pero la vida es un teatro. Representamos en determinados momentos muchos hombres hasta que nos quedamos con el menos pretencioso, el más natural. El cabello, entonces, no importa.
Este año creí en un amor que no funcionó y me llevó a lugares fríos donde mi nombre fue solo fonema. Pero conocí una mujer eléctrica para el corazón. Mujer que no quiere saber nada de mí porque asumió la parte monetaria de la aventura y yo el agradecimiento. Con agradecimiento no se pude cubrir las deudas en los bancos.

Este año volví a la infancia. Lo sé porque se me ve la salud desde que encontré las ranas que siempre estuvieron camino a casa. Las ranas y los grillos. Las ranas y Dios.
Este año estuve exilado por voluntad propia, escribí poesía con hambre, abracé a mi madre y a mi hermana, entendí que el amigo es el que está con uno como uno con uno mismo.

Este año encontré a Dios sin religiones prestadas: Yo era el templo. Dios siempre me había sucedido pero no me había dado cuenta. Dios es respirar de nuevo para atreverse a ser propio. Dios es el verso garabateado en un cuaderno El Cid de 100 hojas. Dios y las ranas. Dios y los amigos.

Dios es el cigarrillo Piel Roja sin filtro acompañado con un trago de cerveza Club Colombia. Dios es el batallón de pájaros que celebran el día al otro lado de la ventana.

Dios es la erección dolorosa, es decir, Bibiana, Sandy, Juliana, Diana, Luciana, Jimena, María Teresa. Dios también son las mujeres que me rechazaron porque las asustó el amor. Pero a veces recuerdan mis locuras y se estremecen sin sospechar que sus nombres están incluidos en un índice onomástico de besos quebrados en los labios.

Dios es la luz de las lámparas camino a casa, el arroyo que me enseña a no pensar, el gallo que arrastra el día y le sirve de escorzo al alba.

Dios es un beso con perfume, un suspiro 365 veces al día, un apretón de mano, un dulce de naranja, un domingo en bermudas a las tres de la tarde.

Dios es morir día a día la vida intensamente. Dios es otro año que empieza, que no es otro, porque Dios es siempre hoy y nosotros un recuerdo de paso. Dios es la eternidad un miércoles a las 2:30 am. Dios es la barba que crece. Dios es el sombrero que luzco. Dios es mi cumpleaños número 27. Dios es vivir, vivir, vivirvivirvivirvivir…


Me gradué del colegio Liceo Departamental Efe Gómez del municipio de Fredonia hace diez años. Colegio que lleva el nombre del escritor más universal de todos los fredoñitas. Gracias a Dios, desde que es colegio, ya nadie recuerda a Don Efe Gómez. Lo mismo sucede con Rodrigo Arenas Betancur desde que es un acueducto interveredal. El homenaje es un insulto después de muerto.

Atrás del colegio hay una cancha de fútbol con mangas y vacas pastando. En la cancha se patea el balón. En las mangas se asusta a las vacas, se hace el amor en las noches, se ve las estrellas y se fuma marihuana. En la cancha rondan los gritos de alumnos olvidados. Ya nadie recuerda la promoción del 99.

El olvido consume el paisaje, despoetiza el día. Notable el afán de crecer, de reproducirnos sin perdón de Dios.

Las calles serpientes empinadas que se estiran bajo el hechizo de un flautista. La neblina se desparrama desde la cima del Cerro Combia como un helado de vainilla.

Miro el colegio donde aprendí a fracasar. Sonrío: Soy el colegio y las montañas que lo rodean. Huelo a Fredonia cuando estoy contento. La neblina se me aparece en los sueños y me cubre. Soy tierra de hombres libres. Por eso me fui de Fredonia.

Las calles son las mismas con otros habitantes. Las mismas historias con otros rostros. El mismo pueblo medieval, como animal invernando, en la mitad de la montaña.

El fredoñita es el amo de las vueltas. Se siente atrapado. Va de un extremo a otro del atrio. Horas de lo mismo. Huye del olvido. Recorre una y otra vez sus pasos para exhibirse y buscar pareja. Le tiene pánico a estar solo.

Hago parte de los que se fueron. Tal vez vuelva. Tal vez no. Soy otra ficha que encaja en la gratitud del olvido.

Fredonia el primer rostro de Dios, mi primera infancia, mi primera adolescencia, mi primera erección, mi primer colegio, mi primer amor, mi primer hartazgo, mi primera fatiga, mi primer colegio, mi primer olvido.

La chica camaleón-calzado visitó a F. La chica se sentó en la cama. Puso cara de “chica quiere fuego” “chica care-zapato” “chica derrite zuelas” “camíname con zapatos nuevos” “chica calzado más cómodo de amar”. F empezaba a aburrirse. La chica acarició sus cabellos. Sus cabellos cordones negros abundantes. Hizo con los dedos un peine improvisado.

La care-botin se despojó del vestido. Dos senos señalaron la boca de F. F mordió los labios y abrazó la desnudez del calzado. F se detuvo, se puso los calzoncillos. La chica puso cara de 43 Reebok nuevos, cara de enojo. F se quedó callado. La chica puso cara de botas Brama “indiana future boots”, cara de decepción, y le pidió a F que la acompañara hasta su casa. F dijo que no, estaba muy cansado, pero que a su espíritu le gustaban las nenas con cara de botas Brama “indiana future boots”. “Espíritu acompaña a care-botas-Brama hasta la puerta de su casa para que no se desarme en el camino.” La chica hizo un gesto de All Star 5 y medio y se fue sin despedirse. F escuchó el eco de los pasos. Cerró la puerta con furia. F caminó en calzoncillos hasta la sala. Fue a verificar que la chica no hubiera averiado la puerta. Sirvió una copa de vino. Vio en las baldosas huellas de zapatos derretidas, humeantes. Celebró que una vez más hizo mejor el olvido que el amor.
- ¿Cómo te gustan las niñas? ¿Flacas o gorditas?

- La verdad, ehhh… las dos y ninguna. Me explico, hay flacas con actitud muy obesa y gorditas con actitud muy liviana. ¿Me entiendes?

- No.

- Bueno… ehhh… es ser claro. No va al caso pensarse por otro. Mejor sentir sin hacer promesas.

- No contestaste. Ya veo. Pero dejas claro que te importa nada. Los más relajados hacen igual daño que los más celosos. Fresco. Sé que esto no tiene después. No llamaras. Además soy una nena grande. Disfruto y olvido. Aprendo el olvido de los hombres. Nosotras recordamos y ustedes olvidan. Ustedes empiezan una relación sin pasado.

- Es cierto. Hago nada todo el tiempo. Me definiste. No busco. Apenas te conozco y es una ventaja porque no hay explicaciones. Ya que me conoces ¿puedo hacer una pregunta?

- Claro.

- Bueno, sabes que después de la lujuria el hombre calla. Yo aprendo a no callar cuando no hay intenciones. A lo que voy, es que me interesa una mujer. Lanzo señales y no responde. Le dije que me interesaba. Ella sonrío. Hace poco la invité almorzar. Quedé en llamarla y no estaba. Salí de casa. Me tomé un café negro. Jugué billar. Le di la espalda a su cuerpo de melón maduro con la canción “Nos sobran los motivos” de Joaquín Sabina. Pero ella se disculpó y me confundí. La pregunta es ¿fue la culpa?

- Si, la culpa. Las mujeres tememos memoria tardía. Vivimos en pasado. Queremos y no queremos. Nos contenemos. Hay muchos prejuicios que aceptamos. Ella no quiere hacerte sentir mal pero tampoco quiere contigo. Quiere y no quiere. Porque cuando se quiere se quiere y se busca. Es mejor que no la busqué. Le debes parecer un tipo divertido pero no lo suficiente interesante.

- Me pasas la cerveza. Gracias. ¿Quieres?

- Está rica. ¡Caramba!… ¡Las cinco de la mañana!

- Es tarde. Bueno, temprano...

- Si, pero no te alejes. ¡Tienes miedo! Fresco. Le voy hacer lo que te gustó hace rato.

- Suave que no es de caucho. Así está mejor.

- Perdona. Pero… ven más cerca. Así es. Acá. Tócame. Así… en el centro. Uhyyyyyyyyyyyyyyy… Asiiiiiiiii…

- No se puede, dije.

- Bueno, no se puede. Te odio pero no te odio.

- Creo que es hora de irnos. Ya amaneció.

- Si. Duele la luz. Me voy a derretir.

- Jajaja. Fresca. Después de unos minutos la luz no duele. Chao.

- Claro, lo dices porque para ti ya me derretí. No ves así me veas. Chao.


No estaba entre las posibilidades que ella me encontrara en pijama en la calle. Me asusté, pero en pijama el susto es más volátil, así que me repuse de inmediato.

Le confesé que no era un descuido ir al parque de Girardota en pijama. Porque me despierto temprano, me ducho y me pongo de nuevo la pijama. Leo tres horas diarias para la tesis de grado. Esas tres horas son un método de trabajo. Escuché por ahí que si un individuo trabaja tres horas diarias, sin interrupción, dispuesto, le rinde la lectura. Porque el que trabaja 8 horas no trabaja sino que conversa, toma café, hace pereza y espera con ansiedad la hora de salida. En cambio, el que trabaja tres horas, que no es mucho, no se siente mal al hacer nada las otras 21 horas del día.

Le expliqué que era un experimento salir en pijama. Descubrí, le dije, que en pijama me miro menos al espejo. Cualquier lugar es casa y hablo natural y libre de prendas pesadas, las de salir a la calle.

Hay división de prendas. Están las prendas para salir a la calle y las prendas para estar en casa. Las prendas para salir a la calle se utilizan con la intención de verse limpio y aceptable ante el otro. Las prendas para estar en la casa no tienen intención y por ello son harapientas, para la posibilidad del descanso.

Me gustó que ella me hubiera encontrado en la calle en pijama. Le dije que así, como me veía, era como le escribía los mail que le escribo. En pijama, le di a entender, estoy liviano, sin pensar en cómo me veo que es cuando más veo, sin posturas.

Se concibe que para ver a un individuo en pijama, le dije, al menos uno que se quiera ver en pijama, se debe conversar mucho. Pero ella me vio en pijama y no conversamos tanto. Me vio sin citas o predisposiciones, como es mejor ver. Me vio con la ropa con que sueño y miro el cielo. Y ella parpadeó, como si se hubiera quedado conmigo hasta el alba.
Acabo de entregar los papeles de reingreso de la Universidad. Me asustó llevar los papeles en regla. Sentado en una de las jardineras celebro con un tinto y un piel roja sin filtro. El movimiento de mi propio cuerpo sin mi voluntad siempre me deprime. Para recuperar fuerzas veo mujeres como pájaros en la mañana sin interferir en el paisaje. Las miro porque tengo ojos y soy hombre y alabo lo que veo y veo lo que alabo: Procesión de rostros y posibles imposibles con sonrisitas de reojo. Soy papá 40 veces por hora. 40 rostros y 80 pares de tetas, 40 traseros y 80 pares de piernas. No saben que miro, que estoy solo, que ya puedo gemir, chupar y conversar.
- ... y si resucito ¿Qué dirías?
- Te arranco de nuevo el corazón.
“Dentro y fuera de la casa me pongo el sombrero como me da la gana”
Walt Whitman

Canto a mí mismo de Walt Whitman apresuró mis ganas de comprarme un sombrero. Además, pertenezco a la tierra de los sombreros. El sombrero es para el sol y en Antioquia hace sol todos los días.

Era domingo. Estaba en Girardota-Antioquia. Aproveché porque en los pueblos el domingo es el día en que más sombreros salen a misa o buscar novia. Encontré un sombrero en un almacén de antigüedades. Dije que era un regalo para mi abuelo y me hicieron descuento.

Celebré la adquisición en el Kiosco familiar. Le pedí a don Rubiel, el mesero, un café con un vaso de agua. En la mesa contigua había un hombre con un portafolio. Me saludó.

El hombre de 1,73 de estatura, piel blanca, cabello castaño claro, afeitado de hace dos días, con una curita en el cuello, dientes amarillosos y torcidos, ojos claros, dijo que era brujo y si le permitía sentarse en mi mesa.

- Claro caballero, no hay problema. Dije.
- Tengo ojo clínico y siento energías que están más allá de nosotros.
- ¿Maneja la magia negra?
- La negra y la blanca.

El hombre me mostró su portafolio. Dentro había purgantes y cremas para dolores musculares.

- Puedo vender lo que sea. He recorrido latino América y Colombia. No me mire así, es la pura verdad.
- ¿Qué sabe de los espíritus? ¿Es verdad que hay que hablarles fuerte para que no molesten?
- Claro, yo me les paro en la raya. Los madreo. Es necesario que sepan con quién están tratando. No les tengo miedo. Han querido matarme pero no han podido. A uno le pueden meter 20 tiros pero si no es el día para morir nadie lo caza. Pero si es el día hasta una maquina de afeitar es fatal. Además estoy rezado. Se pregunta el por qué tengo esto en el cuello. Es un nacido. Me dan nacidos en todo el cuerpo. Son los malos espíritus. Pero estoy rezado. En Medellín he esquivado balas a los malandros. Estoy protegido. ¡No cree! Vea. Esto me lo hizo un taxista.

Se levantó la camisa y en el hombro izquierdo tenía un quemón de más de 20 centímetros de largo por unos 7 de ancho. Volvió a sentarse. Alzó las manos y pidió otra cerveza y un café.

- ¿Cree en Dios?
- Creo en Dios y no tengo que ir a misa para demostrarlo. Dios es presencia. Es energía. Él lo es todo. Hay que creer para ver. Porque sino esto sería una mierda.
- Usted es un sabio de la vida, dije.
- Gracias. Es que mi ciencia la aprendí hace 15 años y con ella he conseguido lo mío con respeto. El respeto es lo único que puede reformar esta sociedad. Pero eso sí, me faltan al respeto y ¡saben quien es Jesús Manuel Sierra!
- Mucho gusto.
- El gusto es mío. Ya estoy medio borracho. Bebo desde los 9 años y tengo 48. Usted me da confianza. Sé que le va a ir bien en el periodismo.

Jesús Manuel me sorprendió. Sonreí. Porque mucha gente acude a los brujos para que les digan lo que ya saben. Aún así, le iba a preguntar cómo sabía que había estudiado periodismo. Pero continúo hablando sin importarle mi inquietud.

- Mi padre me quería porque me le paré en la raya. Maltrataba la cucha. Era el putas cuando bebía. Así que me llené de mocos y le dije que si volvía tocar a la cucha se las veía conmigo. Me fui de la casa. Pero supe que el cucho era un grande. Lo valoré cuando bebí con él. Porque él solo estrujaba a la cucha. Porque donde le hubiera pegado la hubiera matado. ¡Con la fuerza que tenía! Luis Ángel Sierra se llamaba, que en paz descanse. Entendí que los problemas entre los padres son entre los padres. Uno nada tiene que hacer ahí.
- ¿Su madre vive?
- Si. Mi vieja hermosa y cantaletosa. Por eso la empujaba mi padre. Llega un momento en que las mujeres se pasan de hablar lo mismo. Desesperan. Lo que toca es irse porque uno siempre pierde.

Sonreí. Me llevé la mano derecha a la boca. El brujo tomó un sorbo de cerveza y me dijo:

- Vea, no se apresure. Las cosas llevan su ritmo. Cuando se nace con un don no hay nada que lo impida salir. Pero eso si, mantenga el bajo perfil. Cuando se está entre todos se puede ir a todos partes. Pero hay que ser humilde. El orgulloso no sirve. No desespere si otro es más rápido. Haga sus cosas. Usted irá más lejos. Pero no se la crea del todo. Es decir, métale la ficha, haga lo suyo, pero siga sin creérsela. ¡Me entiende!
- Si y no ¡Me entiende! Dije.
- Vea, me dicen loco. Pero eso no importa. No soy ni más ni menos por lo que diga la gente. Uno es quién debe mirarse sin esperar la opinión de otro. Todos los días estoy aprendiendo. Tenga esto presente, así esté borracho: No importa saber sino estar aprendiendo. No lo olvide, estar aprendiendo.

Llamé a Don Rubiel y le pedí otro tinto y otra cerveza. Jesús me dijo que quería abrazarme. Lo abracé. Jesús se sentó de nuevo. Se quedó en silencio después de haber hablado sin interrupción por más de dos horas. De pronto me señaló con el dedo índice.

- Pero sabe qué pelao. Me disculpa si lo ofendo. No me gusta lo que piensa del sexo. Si fuera su papá lo cogería a fuete. Pero eso es asunto suyo.
- No entiendo.
- Si entiende. Todo lo que le he dicho ya se lo ha dicho usted mismo. Pero no se ponga así. Ya estoy muy borracho. Es que bebo mucho.
- Le creo.
- Hombre, le voy a pedir algo.
- Dígame.
- Acuérdese de mí. Me llamo Jesús Manuel Sierra. No se olvide. Jesús María Sierra. Con eso es suficiente.

Jesús con su portafolio en la mano, ladeado por las cervezas, se dirigió al parque de Girardota. Acomodé el sombrero. Escuché que silbaba algo. Tal vez un conjuro para hipnotizar clientes y sapos.





Estaba en ropa interior sobre la cama. La sábana la arropaba hasta las rodillas. Parecía más delgada. Se tocaba la entrepierna sin dejar de mirarme. Bordeaba los labios con la lengua. La besé. Nuestras pelvis se rozaron, se reconocieron, se extrañaban. Entré a ella sin cruzar fronteras, sin preservativos, sin lugar de origen. Desnudo de conceptos.

- No te preocupes. Puedes abrazarme. La fragilidad no es una enfermedad venérea, dijo ella.

La abracé y no sentí los latidos de su corazón.

- No me cuidé. Me preocupa la posibilidad de ser papá.
- Tranquilo. No hacía falta los preservativos. Tu cuerpo nunca tocó el mío. Mi cuerpo nunca sintió el tuyo. Necesitabas mi imagen para la fuga del instinto. Me despertaré a miles de kilómetros de tu lecho. No hubo contacto. No te recordaré. Así que puedes abrazarme sin miedos ni compromisos.
- Espera ¡Pero te veo! Espera. Esto es complicado. Ehhh… es decir… ehhh… tú… ehhh…
- Si.
- Espera. ¡Adonde vas!

Intenté tomarla de la mano y mi manó atravesó su mano como un espejismo. Su cuerpo se desvaneció como un copo de nube. Su reflejo dejó un eco de burbujita reventada en el aire. Cerré los ojos. La oscuridad se hizo lamento con el croar de las ranas.
El campo se deteriora. Hectáreas de tierra abandonadas por la sin razón de la guerra. Y cuando no es el desplazamiento es la esperanza de una vida mejor que obliga al campesino emigrar a la ciudad.

Además, el dinero que se destina para el agro no llega porque el ministerio de agricultura lo reparte entre sus amigos citadinos.

Peor aún, el campesino se ha vuelto perezoso. Quiere dinero y estar encerrado en una oficina palideciéndose, desnaturalizándose.

Cuando la solución es comprar una casa con huerta. Pensarse con el funcionamiento de las manos. Volver a la tierra es volver al cuerpo, a la sabiduría absoluta: la naturaleza.

El hombre inteligente sabe que la realización del individuo es el contacto con la tierra. Los mamíferos somos de la tierra. El hombre sabio se instalará en una casa rudimentaria con una campesina.

Entre menos entienda la mujer de hermenéutica y de liberación femenina, mejor. No insinúo que la mujer sea bruta. Al contrario. La mujer que no se viste de conceptos cree en el amor natural, sin escepticismos, sin lucha de saberes y de cuerpos, sin imposibles, sin protagonismos. Sucede.

La convivencia no es problema cuando uno no tiene idea de lo que dice el otro. Por ejemplo, un académico humanista puede hablarle a una campesina sobre el fracaso del hombre como dirigente político. El hombre se mató en las guerras y debilitó genéticamente. Por ello, según la ciencia, desaparecerá en algunos años. Por algo nacen más mujeres que hombres. La campesina entenderá al académico más que él mismo y hará el almuerzo. Calmará la angustia del académico al sosegarle el estómago.

Volver al campo es volver al estado natural de los deseos. Es brindarle pasto al instinto. Sembrar begonias, margaritas, claveles, zanahoria, cebolla, yuca. Comprar gallinas ponedoras y un perro. Conseguirse un caballo como medio de transporte. Amarrar una hamaca en el patio y sentarse con una campesina a mirar ocasos. Aprender de ella a asombrase, a callar, a ser campesino, a vivir y habitar la montaña.

Renovar el acto del amor y entregarse a la campesina poseído de silencio y del olor de la tierra. Sudar y entender que el sudor es más fino que todos los perfumes franceses. Sembrar en el vientre de la campesina un girasol y regarlo todos los días. Echarle un grillo y un guiño de ojo. Atrapar rayos de luz en la retina y mirar el girasol. Dejarse arar y que la campesina se inspire y haga surcos en el cuerpo.

Volver al cuerpo sin discursos. Volver al sexo sin ansiedad de otros cuerpos. Volver a mirar el cielo sin anteojos. Volver a caminar sin prisas. Volver a la lluvia sin paraguas.
Volver al campo y reconstruir la historia desde donde no se ha pensado. Todos los procesos de paz han fallado porque fueron concebidos entre asfalto y edificios.
Te voy a escribir un poema que te quite la blusa,
el sostén
y me de tu imagen al reflejo de la vela.
Entonces sonreís y te digo:
Eres hermosa.
Un poema que aporte para que no sea tan difícil convivir.
Por ejemplo, que te sorprenda una llamada fantasma
y mis labios digan tu nombre
y tú digas mi nombre
y juntos nos tomemos un café,
veamos una película,
esperamos un amanecer bajo la misma cobija,
almorcemos lentejas con salchichas
y hagamos el amor sin dejar de mirarnos.
Un poema que susurre tu nombre
así como el viento le susurra magia a las hojas.
Un poema para que cuide tu sueño de poema,
de suspiro,
de aire que respiro.

Mamá fue la vara con que medí a las mujeres. Rompí la vara y me siento más frágil que un feto.
Soy el que siempre fui sin importar las insinuaciones y la posibilidad de la entrega:
La foto del desconocido que apenas miraste.
Se entumen las rodillas del frío. Pero me gusta el Frío. Escucho el trabajo Drean Theater de Pink Floyd. Te imagino de 7 años en las piernas de tu padre escuchando The Great Git in The Sky. El cuadro me parece hermoso. Tu con tus ojitos verdes mirando a tu padre extasiado de sonidos, mirando sin mirar la ventana empañada por el vapor del invierno. Me imagino tu padre y te beso la frente.
Recuerdo que en la universidad vi sobre un mueble un libraco que trataba la teoría de la relatividad de Einstein y comprendí nada. Acepté que no hacía parte de las 10 mil personas con cerebros calificados para entender las teorías de Einstein.

A los meses, un amigo que estudia física me explicó que en 1915 Einstein desarrolló la teoría de la relatividad general para exponer las contradicciones entre las leyes de la relatividad y la ley de la gravitación.

Mi amigo al verme la cara intentó explicarme como a un niño que Einstein le atribuye las fuerzas, las gravitacionales como las asociadas, a los efectos de la aceleración.

Como seguí sin entender me aventuré a dar mi propia teoría sobre la gravedad. Bueno, no sobre la gravedad sino sobre lo contrario, la ingravidad. Cuando no se entiende una cosa se puede acceder a ella por el contrario.

Sin asimilar lo que quería decir Einstein y lo que había dicho antes Newton de “que todo objeto atrae a los demás objetos de forma directamente proporcional a su masa”… me dio por pensar en la fuerza que nos desprende de la gravedad.

Aclaro, no soy físico, pero en el trópico la gravedad es otra cosa. Bien puede declararlo quién haya sentido la humedad de la selva y de lo pesado que se hace el cuerpo. Por ello se dice que hay más gravedad y por ende más ingravidad.

La tierra, en términos que pueda entender, según la fuerza de la gravedad, es como un imán. Esa fuerza, ese imán, ese fenómeno ocurrido en la velocidad de los cuerpos, también podría denominarse vida. Entonces la vida sería el peso del cuerpo, la fuerza milagrosa que sostiene el cuerpo del globo. Los años serían la velocidad en el cuerpo. La ingravidad sería la muerte.

La muerte (la ingravidad) sería dejarse ir, perder el peso y el movimiento, desprenderse del milagro, del centro. La ingravidad sería aceptarse boca abajo, y no boca arriba como hemos creído, ante el sol.

Los techos no servirían. Simplemente porque no tendrían uso. No atajarían los cuerpos que se desprenderían por la ingravidad hacía el vacío. Los techos funcionan mientras el hombre pueda ser movimiento para evitar precipitarse al abismo mientras duerme.

De ahí la mal sana costumbre de enterrar a los muertos. Retener sus cuerpos inertes sin aceptar que son polvo, ceniza consumada, humos. Nos dirigimos al polvo, al aire, al espacio vacío. La ingravidad es el cuerpo sin gravedad, es decir, sin vida.

Pero mientras sucede la caída de este cuerpo que soy, me gusta saltar y sentir que los pies vuelven a la tierra como un metal al imán. Me gusta sentirme grave y vivo. Me gusta imaginar que estoy sujeto a cuerdas invisibles que me sostienen y se estiran cuando salto. Entonces, en mi ingenuidad, creo que esas cuerdas invisibles son Dios y sonrío. Conozco la idea de Dios gracias a la ley de la ingravidad.

“Después del coito el hombre es animal triste” Fernando González

El hombre es una estrella fugaz que alumbra cuando las cosas no van a su ritmo. Me explico. Cuando una mujer es inabordable, el hombre siempre está disponible. Incluso, en el pre-coito, la mujer puede pedir la escritura de la casa y el hombre la firma. Por su objetivo no piensa, es carcasa, como un televisor de moda.

El televisor es de plasma, de imagen nítida y sonido casi real. El hombre es pasión, se peina con gomina y utiliza una voz pausada y atenta, casi real. Lo que delata a un hombre atento es la erección.

El televisor por si solo no sirve. Necesita de una antena para captar la señal satelital. Así llega la imagen al televisor y éste demuestra su calidad y su poder para domesticar amas de casa. El hombre sin pasión es como un televisor sin antena. No funciona. Pero cuando alza su falo, que funciona como antena, el hombre capta las imágenes nítidas del satélite interepiernaje o interescote. La penetración es un trofeo viril. El afán de hacer nítido el deseo obliga al hombre a demostrar su habilidad para mentir y envolver mujeres atolondradas.

El hombre como la televisión convence a través de la imagen. Vende el sueño de estabilidad. Las mujeres que se entregan al televisor dan rating, el sueldo de los actores y todo lo que se mueve al otro lado de la pantalla. Las mujeres que se entregan al hombre dan cuerpo, la entrepierna codiciada, el sueldo de meseros y todos los beneficiados por el impulso del cortejo.

Cuando es saciado el instinto el hombre necesita otro satélite para que la antena funcione. Cuando no funciona la antena no llega la señal satelital y sin señal el televisor no funciona. La imagen se torna ruido, borrosa, como llovizna. Es cuando el hombre es un animal triste que mira por la ventana sin ver.

En cinco años, si esto no se acaba en el 2.012 como lo predice los Mayas, de seguro, si estoy, habrá rastros del que soy ahora. Tendré más entradas y estaré más barbado. Holgado al fin y al cabo. O quizás esté solo por obstinado. Solo pero libre. De cualquier forma, para ese entonces, tendré la misma energía para seguir asombrándome con las nubes. Es de la única manera que no me siento miope.

C llega a la casa de M a las once de la mañana. M diseña una revista. M sabe que a todos les gusta lo que hace. Se da el lujo de planear proyectos de corto aliento. Esta vez le dice a C planear un pasquín. C acepta.

M y C se dirigen al encuentro con JF. M salta un alambrado. C cae al césped.

JF se había motilado. En cambio M y C tan desarreglados y tan flacos dejaban mucho que pensar. Se les notaba la ausencia de padre.

Las potencias literarias, lo mejorcito de lo inédito, como lo sospecha todo el mundo, se saludan. Por algo JF se negó a publicar los cuentos con los que ganó varios millones de pesos. Haber ganado es ya una hazaña.

M canceló semestre en la universidad para viajar con su novia por Colombia. No viajó mucho. Pero se antojó de paisaje. Sin hacer mucha bulla, escribe y rompe algunas hojas. Mientras piensa que escribir lee, dibuja, diagrama, hace bocetos de novela, concibe tres cuentos a la vez, mira el techo, el cenicero vacío, sus dibujos y se olvida de escribir. Se sumerge en un ensueño de lucubraciones. Su habitación una nave espacial en la que viaja cuando no está en la terraza mirando las nubes.

C permanece la mayor parte del tiempo encerrado en su casa cuidándose. Se volvió mañoso. No ha publicado. No se preocupa. Escribe y camina con sus amigos escritores y es vanidoso con otras vanidades bien instruidas.

Los escritores se dirigen a una cascada en lo alto de la montaña. Las casas de campo con vacas, perros, gallinas, señoras que huelen a café con galletas, naranjas inabordables porque son propiedad privada (¿Cómo si los naranjas fueran más naranjas por qué están entre cercos?) señores con bozo y machete y un cielo azul para clavarse de miradas.

Llegan. Se desvisten. JF saca un bocadillo. C mira a JF y sonríe porque es el que más se parece al sabor del bocadillo. M sin ropa es una armazón de huesos robusta en virtud.

Los escritores escalan la cascada. El agua entume los pies. Sienten frío, pero el frío en la cascada es otra cosa, es un frío dulce, alegre. Como anfibios trepan, hacen piruetas para hacer interesante la expedición. Hablan porque tienen boca. Claro, que a veces, se les va la voz de haber hablado tanto y haber dicho nada. Eso pasa cuando se creen geniales.

M toma la delantera. Salta de una roca a otra y en esta última se recuesta a recibir el sol. C sigue a JF. Ambos le sonríen a la quebrada porque escucharon que los indígenas del Putumayo le pedían permiso a los ríos para entrar a sus aguas.

Los escritores hablan del sol del trópico, del paraíso climático que les permite tener la sensibilidad afilada. El frio los hace retroceder al lugar donde se desvistieron. JF, el hombre de las sorpresas, saca de su bolso un bareto pequeño. C y M lo esperaban. Como buenos marihuaneros escritores se permiten aún, a esta altura de la desnaturalización humana, tiempo para entrar en la intimidad de la montaña, donde el medio día es un suspiro de Dios.

El agua canta y el sol hace los coros. M ve una libélula y se la muestra a JF y a C. C dice, por decir algo, que esos insectos no pueden vivir lejos del agua ¡cómo si él pudiera! C mira una araña y se pregunta por qué en los dibujos animados son personalizadas por señoras cuarentonas, con gafas, profesionales del croché.

JF le lee un cuento ruso a M. M con una navaja hace figuras precolombinas en un tronco. C se dirige, ya vestido, a un lado de la quebrada y lee a su mujer de agua dulce.

Luego, los escritores intuyen que es hora de partir. Deben hacer algo. JF debe ir a clase en la universidad, un curso en filosofía. M debe pensar unas ilustraciones para algunos poemas de José Manuel Arango. C debe dormir porque está cansado y la marihuana lo agotó más de la cuenta. Guardan la bolsa del bocadillo en el bolso de C y retornan al pueblo.

A medida que descienden hay pavimento y el sol es agresivo. Los espera la costra gris que se expande en el valle y devora árboles. En silencio se despiden. Vuelven a su individualismo, a su rincón de costra gris donde se exige el uso de anteojos.
Todavía la palabra arrastra la acción. Todavía el instinto aúlla. Todavía me desgasto en proyectos perecederos. Todavía busco donde soy tantos y otros. Todavía me encojo cuando llueve.