Como otros municipios del Putumayo y Nariño, Mocoa es un pueblo con historias sin futuro. Historias de familias que lo perdieron todo en las pirámides (DMG y DRF) y que viven con 150 mil pesos mensuales. El sueldo está embargado por los bancos. El requisito para acceder a un préstamo bancario era una copia del contrato laboral y de la cedula. A los dos días estaba el dinero en la mano.

Pero, mirando el meollo del asunto, este golpe financiero restableció las relaciones familiares. Solo así, perdiéndolo todo, la gente vuelve lentamente a la tierra, a la base familiar.

La gente se pellizcó y se bajó de la utopía de que el cielo está en las nubes y las pirámides son San Gabrieles que inflan la barriga de dinero por obra y gracia del Espíritu Santo. Si el cielo está en las nubes es algo sin comprobarse. Ese discurso del cielo posible es para charlatanes de acento brasileño que venden el cielo como una boleta a un partido de Fútbol.

Todo por vivir el hoy en el mañana. Si invierto en una pirámide me compró una casa, invito a Julia, la vieja de mejores tetas, a mi nueva finca y le muestro mi hombría con un fajo de billetes. Si hago un préstamo en el BBVA por 50 millones de pesos, 40 millones para las pirámides y 10 millones para la lipo, me quito las arrugas, soy un deseo con pechos grandes, me consigo un amante, dejo de trabajar y compro una tiketera de hotel para fines de semana.

El futuro es incierto. Del mañana son los supuestos. El mañana es una fotografía de cocodrilo con la boca abierta pegada con alfileres en la ventana para que el asombro no se fugue.

Lo que pasó en el Putumayo es porque la gente de este departamento vive en el mañana, en un idilio empapelado en billetes de 50 mil. Y no solo en el Putumayo, el país en general.

No celebro la pena ajena. Es una tragedia. Pero como las deudas son tan grandes, cosa que no se puede resolver en un día, la gente, sin más alternativa, ha vuelto a hablar, a comunicar sus problemas, a mirarse a sí misma, a ir los fines de semana a bañarse al río, a sembrar yuca, a criar cerdos y gallinas, a lanzar escupitajos al aire. Se han detenido un rato porque su idea de vida fácil y dinero fácil ahora es difícil.

En cada esquina un rumor en banca rota. Escucho como si mirara de reojo. Recuerdo que hace pocos días un amigo muy querido, Julio Cesar Cadavid, estuvo de concierto. Silbo un tango que él canta de maravilla, “Naranjo en Flor”. “Primero hay que saber sufrir, después amar, después partir, y al fin, andar sin pensamientos…” Silbo y tiro la moneda de cien pesos al aire.


- Manuela, ese Jairo si era muy malo.
- Es cierto Josefa ¿Sabes la última?
- No querida, contame

- Vos sabías, claro que sabías, todos sabíamos, que ese muchacho era muy malo. Buen trabajador si, pero ¡Maldadoso! Como él solo. Si cuando estaba chiquito perseguía gallinas con un tenedor porque quería comerselas vivas. Era un muchacho muy inquieto. A la comadre Amparo le robó unos zapatos y después de amarrar ambos de los cordones los engarzó en los alambres de electricidad.

- A mí, Manuela, en esa época, ese culicagado y sus amigos me explotaron el televisor con una papeleta en diciembre. Estaba con mi marido en la habitación y de pronto, trannnnnn… Luego del sonido la casa se llenó de humo. Dios quiera que no, pero ojala se mueran toditicos por malos.

- Pues mija, el Jairo ya está muerto.
- ¡Cómo! ¿Cuándo?

- Pues ayer, pero espera que me hiciste acordar de algo, ya te cuento el chisme. No se acelere Josefa, ya le cuento. Hay tiempo pa todo. Lo único seguro es la muerte. No se desespere. El caso que yo no lo odiaba del todo. Si, a veces deseaba que se fuera y que no volviera, pero ¡era tan buen trabajador ese Jairo! ninguno como él. Tenía unas manos mágicas. Nadie lo superaba desyerbando, deshojando o raspando coca. No era vicioso, no bebía, no fumaba pero… mija, tenía el diablo por dentro.

- Si mija, en la época de la coca Jairo era famoso. Mi marido lo vio y me dijo que en un día raspaba como 10 arrobas mientras mi marido, el pobre, si mucho, raspaba tres. Hasta que se fue como tres años con unos mafiosos para Puerto Asís. Cuando volvió compró la casa, la que está al lado del Pio XII, y se quedó quieto dos meses.

- Si Josefa, si hasta fue a la casa para que le hiciera de comer porque la Magola no lo quería ver por mal hijo y su hermano lo iba a picar a machetazos porque haber embarazado a su mujer. A los dos meses llegó una patrulla de policías y lo sacaron de la casa y lo balearon. Ahhh… y ese Jairo se hizo el muerto 15 minutos, como las lagartijas. Los policías habían llevado el cadáver a la casa de la comadre Magola convencidos de su muerte y de que ya había pagado lo que había hecho. Pues mija, ese Jairo en Puerto Asís había estafado a un teniente de la policía, y peor aún, se había volado con la mujer del teniente, y para ajustar, abandonó la mujer.

- Claro que me acuerdo de eso, si yo misma lo vi cuando lo trajeron los policías. El pobre tenía la camisa roja y no se movía. Magola empezó a llorar cuando los tombos se fueron. Pero el Jairo se puso de pie y se entró para la casa. Me quedé helada del susto. ¡Ese bergajo! Magola le curó las heridas. A la semana se perdió otra vez.

- No sé Josefa, ese muchacho era hasta lo más de pispo, pero estaba muy feo por dentro. Claro que yo le creí que se había convertido cuando regresó. ¿Te acuerdas? venía bien vestido, con una Biblia bajo el brazo, dizque evangélico. Abrió su casa para la oración. Y los vecinos nos regalaba bocadillos y nos hablaba de lo arrepentido que estaba de su vida pasada.

- Si mija, era otro. Decía que había encontrado a Dios en Antioquia. Pero que va, todo era mentiras. Se perdió una tarde, la tarde del miércoles de la semana pasada. De una me imaginé que había vuelto a lo de antes, por eso no me asusté cuando ayer vino a buscarlo la policía. Perro viejo no mea distinto. Después de eso, ummmm… no sé.

- Bueno Josefa, le voy a contar el chismecito completo, es para no creerlo. ¡Ese Jairo si era! La policía vino a buscarlo porque había vuelto a la casa del teniente y se había robado unas joyas de la mujer. Entonces el teniente armó un grupo para buscarlo. Por eso estuvieron patrullando todo el pueblo. Y lo encontraron en un bus que iba para Pasto, casi llegando al Mirador. Lo bajaron del bus y le abrieron la barriga a metralla. Luego de muerto lo esposaron y se lo llevaron para el calabozo. Y hoy, en la mañana, cuando vieron el cuerpo tieso, se lo entregaron a la comadre Magola. La pobre estaba desde ayer en el comando rogando para que le entregaran a Jairo.

- Uff… ¡Qué cosas! Pobre Magola, ¿ya hablaste con ella?
- Nada… con qué tiempo. Ella ni quiso velar a su hijo. Le compró el cajón, le pagó la misa… ahhhh… ¡Mira Josefa! Ahí vienen con el difunto. Qué descanse en paz ¡Persígnate que te cae una maldición!
- ¿Viene Magola?

- Si. Debe estar sufriendo mucho. Pero… la pura verdad, para mí es mejor que se haya muerto. Qué mi diosito me perdone, pero es mejor, o no Josefa, ¿Tengo razón?
- Si… jummm… pero… ¿mira el vestido de Magola? Ni lo aplanchó.

Los pulgares son la contra parte de la mano. Con ellos se puede sujetar y manipular objetos. Estos dedos nos permitieron culturizarnos. Montaigne, el papá de los ensayos, en su texto “De los pulgares”, afirma que son los dedos maestro de la mano. Por algo lo dijo.

Pero, es la mano en su conjunto la que nos distanció del simio. Fue la mano la que le permitió a nuestro antepasado, antes de tener conciencia del lenguaje y caminar erguido, experimentar las nociones más antiguas del amor.

Tesis indebatible en el libro “La importancia de vivir” del filosofo Chino Lin Yutang. Donde se expone que el simio evolucionó debido a su ociosidad de manipularlo todo, de mirar las orejas por lado y lado en busca de piojos. Así, por tocar, el simio descubrió la utilidad de las rocas. Pero el gran descubrimiento fue sentir otras texturas y reconocer el cuerpo del otro, experimentar el tacto y los primeros indicios de ternura y seducción.

Son las manos el gran testimonio de la evolución, pero también son ellas las que delatan y recuerdan nuestro origen. Son ellas las que dieron las pautas del amor y las que afloran los instintos. Por algo el amor es el equilibrio entre la carne y el espíritu.

A lo que voy, es que desde siempre hemos recordado al padre simio. Qué nos de vergüenza admitirlo es otra cosa.
La pregunta es ¿Cómo evocamos el origen? La respuesta es aún más sencilla, a través del amor.

Utilizamos como pretexto el amor para volver a ser simios. Y para volver a ser simios basta con tomarnos de las manos. Entonces, es el amor la unificación de todas las búsquedas.

No importa los estudios, los viajes, los adelantos tecnológicos, las maquinas de afeitar, los implantes, las cirugías, los retiros espirituales, el arte, el avión, el televisor de plasma, el malestar estomacal de saber el significado de la palabra paramilitar, el computador de cartera... cuando nos tomamos de la mano somos un recuerdo reconocido que nos conmueve, dociliza y satisface.

Tomarse de las manos, fue, es y será la primera señal que nos enternece y nos hace sentir enamorados. Por ello, en el cortejo, cuando por primera vez se toma la mano del otro, se siente un escalofrío en la parte baja de la columna vertebral, lo que atestigua que antes teníamos cola.

En la calle, en el idilio del amor, caminamos tomados de la mano sumidos en cierta alegría sospechosa. Admitimos el origen cuando andábamos en cuatro patas. Porque al tomarnos de la mano volvemos a tener cuatro extremidades para desplazarnos con la sensación de haber recuperado un objeto de valor que se había perdido hace tiempo.

A veces, ni se habla por sentir las otras dos piernas que acompañan a las nuestras a un mismo ritmo.

No es de extrañar, cuando se acaba el impulso del cortejo, que las parejas sigan tomadas de la mano. No les molesta. Saben que es un reclamo del cuerpo no concertado en palabras: La evocación del cuadrúpedo, antecesor del cromañón, de una manera disimulada, sin atentar a la estética bípeda.


La presa de gallina es más dura y más gustosa que la del pollo porque es carne adulta. La cáscara del huevo de la gallina del Putumayo es más dura que la cáscara del huevo de la gallina de Antioquia. Quizás por eso es más rica la gallina del Putumayo. Pero la presa del pollo de Antioquia es más dura que la del pollo del Putumayo porque camina más. Gallina o pollo sigue siendo carne y la carne activa las pasiones, altera el juicio y enferma de prisa. Carne es carne. Blanca o roja, carne. Mejor no comer carne.

Lo ideal es consumir garbanzos, frijoles, alverjas, naranjas, mandarinas, papayas, yogur, leche, queso, plátano, yuca, lechuga, agua de apio en ayunas para limpiar la sangre, papa sancochada para el dolor muscular, habas para el buen funcionamiento del cerebro, pera para limpiar la próstata, tomate para la ensalada, carne de pollo para el turista, carne de gallina para el solo que busca sola, carne de res para el político y el abogado y el terrateniente que es ganadero y mentiroso y ladrón.

Carne roja para patrocinar la infidelidad y blanca para atraer malos pensamientos.

No coma carne y verá a Dios más cerca, más acá del catolicismo, porque Dios es vegetariano.




Ahora entiendo que el movimiento de los cuerpos es otra conversación, con otras pautas. Qué es más efectista un bailarín que un conversador a la hora de encontrar una pareja saludable y que cocine bien. El primero se demora menos porque es conducido por sus ritmos naturales.

En cuanto a la música y al baile, lo único claro es que no tengo ritmo en las venas. Ante eso no hay remedio. Por ello, desde siempre he evitado los bailes. Al principio porque creí que no me interesaban. Entonces me justificaba diciendo que creía que el amor se daba era hablando y no sacudiéndose y prefería conversar que sudar. Aún prefiero conversar. Pero descubrí que evitaba los bailes por vergüenza. No quería admitir que no sabía bailar, o peor aún, tener que mover mi armazón de huesos y sufrir cada segundo en la pista. La veces que bailé fue horrible porque no disfruté. Por estar pendiente de no pisar al otro no disfruté en dejarme llevar por la música. Lo rescatable de esos días era mirarle los hombros a la pareja. Había escuchado que los hombros daban las pautas del paso a seguir. A mi ese detalle no me dio ninguna pauta. Pero me gustaba mirar los hombros y los senos moverse bajo la camisa.

Me supe a-motriz y todo lo que había perdido por ello. No puedo llegar como cualquier tipo y decirle a una nena: ¡Hey te invito a bailar! porque no sé bailar.

Intenté bailar solo en casa, en mi cuarto. Prendí la grabadora pero me enredaba con mis mismos pasos. Parecía un caballo con patines. Así que terminaba brincando sin coordinación.

Aún bailo solo en el cuarto o cuando me emborracho. Si bien no puedo repetir un paso dos veces, sé que afirmo un estilo y entre más me equivoque mejor. Hago el baile del solo y algunos amigos han sido testigos de ello y me han acompañado. Claro, las mujeres que me han visto se ríen en vez de acompañarme porque les bailo desnudo entregado a mis desparpajos musculares.

Sabía que cada individuo tenía su ritmo, y así el mío no se notara en público, en algo debía sobresalir. Y descubrí el milagro. Encontré que soy un buen bailarín escribiendo cartas. Entendí que disfruto escribiendo una carta así como un negro disfruta bailando una cumbia. Igual, con las cartas también puedo conseguir una mujer sana que cocine rico.

Al saber que escribiendo cartas tenía un ritmo juguetón y erótico, empecé a escribir cartas a los amigos, a la pareja de turno, a las mujeres que me gustaban, pero sobre todo a los amigos. Y mientras escribía una carta movía el cuerpo como si bailara del ombligo para arriba una canción que solo yo sabía.

Al principio, como el que aprende a bailar, los pasos eran torpes. Las cartas eran demasiado dulces y fatalistas o pecaban de ingenuidad. Eran cartas fingidas que no me tenían a mí como material de exposición. Pero luego, con practica, me fui sintiendo cómodo y me dejaba llevar por el ritmo de las cosas que quería decir. Escribía como un salsero bailando en Cuba una canción de la Sonora Matancera. Hasta que me olvidé de decirme que escribía cartas por escribir entregado al ritmo de las palabras. Pues en las cartas, en las verdaderas, en la de los amigos, no hay protagonismos literarios, ni giros engorrosos, ni estilos adoptados de literato serio y castrado. En las cartas de amigos se escribe de la vida en su estado puro, desde la intimidad del abrazo, es decir, de los dolores de pecho porque una mujer no nos determina, del poema en curso, de los proyectos de teatro y esas cosas en las que nos ocupamos a diario y solo a nosotros nos interesan.

Además, en la carta como en el baile se necesita de dos. Si el baile es una coreografía de muchos, entonces se escribe una circular. Pero con dos basta: El remitente y el destinatario.

Personalmente, me gusta más escribir una carta a un amigo que ir un sábado a una discoteca. El baile de la discoteca es de una noche, de dos personas que se tocan y se sienten y se sudan y se quieren mientras dura el calambre del movimiento y aturdimiento. En cambio el baile de una carta es a dos tiempos y no requiere de contacto. Una canción no se puede bailar a tiempos dispares y sin tocar al otro. Una carta se puede leer a tiempos dispares y sentir como si fuera al mismo tiempo. Al escribir la carta la pareja no existe. El remitente la invoca, la contornea, le propone un movimiento y la escribe como si el destinatario estuviera presente. El destinatario al leer la carta sabe que está escrita desde antes. No le importa. La lee y siente que ese es el momento y que está listo para el baile.

La carta es un baile en tiempo distinto que se baila como si fuera al mismo tiempo. Por lo tanto soy un experto bailarín de cartas. De eso no hay dudas. No importa mis movimientos asimétricos a la hora de escribir. Entre más me equivoque más gracia tiene el baile. He bailado muchas cartas. Perdí la cuenta. Algunas las bailo varias veces. Una que ya bailé la repito y luego otra que repetí la retomo. Como una buena canción se baila una carta sin agotamiento.

En esta ocasión invoco la canción Lián-ju, una canción que he bailado de tiempo atrás. Con ese nombre se suele creer que la letra o la música son de china o de algún país de oriente. Pero no, es un bambuco antioqueño, de cabello largo, que estudia filosofía .

Una canción movida por el viento y que encanta damiselas con pestañeos o silabas picarescas. Una canción que gusta de abrazos y que por la tardes hurga las nubes. Imagina que trepa un ave para destilarse por el aire en cantos y danzas improvisadas. Una canción que fuma marihuana y que no le importa vestirse elegante para salir un domingo a la calle, por algo nació sin ropa. Una canción que escucha a Joaquín Sabinas, Silvio Rodríguez, Serrat, Radiohed... Lee a Nietzsche, Pesooa, Barba Jacob, Rimbaud... y se ve en los vitrales de los kioskos mientras se toma un café.

Para bailar la canción Lián-ju no hay que saber bailar, mucho menos cantar, la cuestión es estar dispuesto a ver atardeceres sin preguntas, sin existencialismos baratos de político de fabrica. El único requisito es escuchar más allá del ruido como la tarde se hunde en la noche y los pájaros acompañan tal acontecimiento. Luego mover los pies, reír, y al abrir los ojos, enterarse que estabas sumido en un baile natural, no buscado, de un recuerdo juguetón y querido.









- Hey, ¡sos paisa!
- Si, de Medellín y voy para Colombia.
- Yo también, parce, que chimba, me llamo Jair Cartagena.
- Mucho gusto, Camilo solo

Seguí sentado con la carta del denuncio de la perdida del pasaporte y que me había costado 30 dólares sobre las piernas. Remojaba en la boca un pedazo de pan. Miraba la bolsa con los panes, las galletitas de soda y los atunes que Jimena me había dado para el viaje. Mientras mordía el pan y pensaba en ella.

Me decía que no era posible que en tan poco tiempo sintiera tanto por una mujer. En dos semanas se fermentó la ausencia que siento. En dos semanas una mujer despeinaba los suspiros. En dos semanas me sabía minusválido del corazón. Recordaba el cuerpo de Jimena mientras se ablandaba y remojaba el pan con saliva. Pensaba en sus ojos verdes y cabello castaño claro, en su tesis de grado para recibirse de abogada, en su gata araña dedos, en sus labios, en su manera de decir que era una mentira lo nuestro pero que era más real de lo necesario y en lo lejos que estaba de ella.

- Camilo, ya sellaste el pasaporte
- ¿El pasaporte?
- Sisas parce, porque sino te cobran una multa por entrar de ilegal al país, incluso te pueden llevar preso.

Jair llevaba un día más en Huaquillas Ecuador. Subía desde Brasil. Vendía estiker de cristo y con eso se costeaba el viaje. Tenía un tic nervioso en el lado izquierdo de la cara y parecía una ramita de cilantro de lo flaco que estaba. De Brasil pasó a Argentina donde lo robaron y tuvo que pedir dinero y comida en las calles. En la embajada unos colombianos le ayudaron para salir. Atravesó Bolivia, entró a Perú y estaba en Ecuador esperando el bus de Panamericana que lo llevara a Tulcán, cerca de la frontera de Ecuador con Colombia.
Invité a Jair a un atún con pan. Me regaló un estiker.

- Hermano, no tengo pasaporte. Bueno, si tengo pero lo tengo escondido. Porque si muestro el pasaporte me cobran una multa abismal. Cuento con una carta de la comisaría de Huaquillas para atravesar el país y no la he sellado en migraciones. Creí que el bus pasaba por Migraciones.
- Hombre, no sé, esperemos.

Jair me ayudó a esconder el pasaporte en la mochila. Pero en ningún lugar me sentía seguro. Así que por decisión compartida Jair llevó el pasaporte con él. Nos subimos al bus dispuestos a soportar 18 horas de viaje.

- Caballero, ¿pasa por migraciones?
- No, no paso, contesta el chofer
- Ah!!! Caramba, entonces como hago para sellar el pasaporte
- Pues hermano le tocó irse así y rezar para que no se lo lleven preso.
- No hay una posibilidad remota de que me espere.
- No señor, eso es descuido suyo y no mío. Pero si quiere lo dejo cerca de migraciones. Sella el pasaporte. Luego toma una combi llamada Cifa y por un dólar cincuenta lo lleva hasta la Y de Machala y allá me espera.
- ¿Y de Machala?
- Si, o si prefiere póngase a rezar para que pase a salvo el país.

Miré el chofer y me dieron ganas de darle un puño. Pero como ahora soy un alma de Dios me contuve y me quedé pensando que hacer. Jair decidió acompañarme.

Nos bajamos del bus con los bolsos de mano. Habíamos dejado la comida y las mochilas grandes, además habíamos pagado por el pasaje. En migración me miraron. Me pidieron la cédula. Me reclamaron el pasado judicial. Les dije que también lo había perdido. Me dieron 5 días para atravesar el país. En migraciones hablé con el conductor de un bus que iba hasta Guayaquil. Le pregunté si conocía la Y de Machala. Negocié el pasaje de Jair y el mío en 2 dólares.

En Machala a Jair el tic nervioso del rostro empezó a delatarle los nervios. El ojo izquierdo le brincaba como una bola de pimpón. Y parecía que el mentón se le fuera a pegar del hombro. Hablaba de las maletas y de que íbamos a hacer si el bus no aparecía, de cómo íbamos a seguir el camino. No le decía nada. No tenía miedo. No me importaba ir preso. Sabía que las cosas podían empeorar. Así que fumé, miré el cielo, sentí el bochorno y la humedad del trópico.

En Machala me enteré de que en Ecuador Juan Manuel Santos tenía orden de captura. Me sonreí. Era la primera buena noticia que recibía en Ecuador. Hablé mal de Juan Manuel Santos y le dije a un vendedor de piñas que fuéramos a capturarlo a Bogotá, le amarráramos las manos y a rejo lo hacíamos cruzar la frontera porque era un asesino. El vendedor de piñas sonrío y me dijo que ya venía el Bus de Panamericana.

El conductor me saludó. Busqué mi asiento. Le di una galletita a Jair. Me quedé mirando las estrellas hasta que me dormí.

- Por favor, todos bajen del bus para control, dijo un policía de carretera.
- Pasaporte.
- No tengo, pero tengo esta carta.
- Esto no sirve. ¿Para donde va?
- Para Colombia a reunirme con mi madre y mi hermana y enderezar mis días torcidos.
- Bueno, porque hoy estoy de buen humor lo dejo seguir, pero estarías de perla en el comando. Siga, pero si lo vuelvo a ver me lo llevo preso.

Volvimos a subirnos al bus. En media hora hicieron otros dos controles y en todos tenía que explicar la carta y exponer como había sido la perdida de mi pasaporte y algunos utensilios más. Luego me recosté en el asiento y los ojos se me fueron cerrando poco a poco.

- Hey, ese es mi asiento, me dijo una mujer medio desesperada y delgada, de gafas y boca torcida.
- ¡Cómo!, hola… qué! Le contesté sin dejar de mirarle la boca
- Si, ese es mi asiento, y sentía mi mirada en sus labios.
- - Ehhhh… ahhhh… bueno entonces ¿cuál es el mío?
- No sé, es problema suyo, yo pagué aquí en Quito por este asiento. Dijo mientras se llevaba la mano a la boca. Ocultaba algo.

Me había sentado, desde el inicio, en un asiento equivocado. Busqué el mío y estaba ubicado al lado de otro colombiano, Jairo, de Popayán.

Jairo era esmeraldero. Había viajado a Perú para buscar negocios. Había conseguido algunos contactos. Pero no le había gustado la distancia de lo peruanos hacía él porque era colombiano. Y el colombiano, conocido como “colocho” prefieren ignorarlo en los negocios porque termina ganando. Con lo que podía comerciar sin concertaciones era con mujeres y con coca. Pero Jairo prefirió seguir con lo de las esmeraldas. Regresaba a Colombia para llevarse algunas otras piedras preciosas y venderlas. Hablamos un poco de todo. Y a ambos nos indignó recordar las atrocidades de los paramilitares. De cómo habían acabado con la juventud de Frontino, adueñado del narcotráfico, la política. En ese momento quise tener un rifle e irme a cazar paramilitares.

Llegamos a Tulcán. Jair, Jairo y yo tomamos un taxi hasta Rumichaca, frontera de Ecuador con Colombia. Jair y Jairo sellaron los pasaportes. Yo les dejé mis mochilas y pasé como se fuera de la zona. Nadie me detuvo. Pero dejaba atrás una deuda en Migraciones Perú que crece con lo días y una estafa en Ecuador. Sabía que estaba en Colombia y que por un buen tiempo no podría salir de ella. Después llegaron Jairo y Jair.

Jairo me preguntó si era cierto lo que le había dicho sobre las cartas de amor. Le dije si pero le valía dos almuerzos, uno para Jair y otro para mí. Le escribí una carta para su esposa Dora.

Partimos en taxi hasta la Terminal de Ipiales por 1.500 pesos. Hacía meses no veía un billete de 20 mil pesos. En la Terminal de Ipiales Jairo tomó un bus para Popayán, Jair iba a buscar como solucionaba la estadía y el pasaje hasta Calí y yo negocié por 5 mil pesos un pasaje hasta Pasto.

Las montañas de Nariño me hacían sentir en casa. Los pastusos y las montañas y los cultivos de cebolla.

En Pasto por 20 pesos conseguí un pasaje hasta Mocoa. Me subí al bus, 5 horas de viaje. Me senté. Recordé que iba para una zona violentada por la coca y la guerrilla. Miré por la ventanilla a una niña lamiendo un helado. Recordé que llevaba dos días sin bañarme y me sentía pegajoso. Volví a pensar Jimena. Cerré los ojos y seguí viendo las montañas que entraban y salían del Putumayo sin distintivos fronterizos, sin sellos migratorios, sin conflictos políticos. Luego los abismos y los deslizamientos en la vía hacía Mocoa. Lo peor aún era que el conductor por la montaña, en curvas, iba a alta velocidad y las chantas del bus tocaban el abismo. Entendí que estaba en Colombia. Me llevé un pedazo de pan a la boca, el último pedazo real y palpable de regalo de Jimena para distraerme y no mirar por la ventana un fin poco generoso a mis ambiciones.

- Les escribo una carta de amor para sus mujeres. Las cartas son efectistas. Vea, si es para reconquistar a una esposa es mejor una carta medio dulzona y cotidiana. Nunca fallan. Soy experto en eso.

- ¿Y cuánto sale eso?, dice uno Daniel, uno de los eciatorianos

- Es sencillo, la pago yo, contesto

- ¿Cómo?, responde Matín, el otro ecuatoriano

- Si, vea, por la denuncia de la perdida del pasaporte, de la tarjeta andina y la cámara digital que no tengo, ustedes me cobraron 30 dólares. Yo necesito 15 para llegar a la frontera de Ecuador Colombia. Así que con 15 dólares, que antes no tenían, para esta noche tendrán una mujer contenta. Porque si ven bien mi sutación, no tengo los 60 dólares que me cobra migarciones para costear el sello que no aparece en el pasaporte, dije.

- No sé, contesta Martin, uno de los ecuatorianos que sabe que sé que todo es una farsa.

- Bueno, es cosa que se debe decidir. Además, por una carta tendrán más que un beso. Dije

- Pero puedes trabajar en el parque, prosigue Daniel, el otro ecuatoriano, como si ignorara que en un parque ecuatoriano no se puede hacer actos públicos

- Es cierto, pero para conseguir el almuerzo, pero no para el pasaje. Pero muchachos, sus corazones me lo agradecerán así me hayan cobrado una fortuna por una denuncia que se hace gratis.

Los dos ecuatorianos se vieron. Me dieron los nombres de sus mujeres, Dolores y Milagros. Le escribí las cartas. Pagaron mi pasaje. Sonreí y salí a ver como solucionaba lo del almuerzo. Todavía me falta llegar a Tulcán. Salí a caminar Huaquillas, municipio de Ecuador y a pensar en Jimena, la peruana que me enseñó a abrazar de nuevo. Ay Jimena tus besos aleteo de suspiro me calman el hambre hoy que hace un calor insoportable.


Salí a caminar porque en las noticias de Perú se anunciaba un paro de transporte público en Lima.

Me interesaba andar por una de las vías, Javier Prado, y presenciar el espectáculo.

Hacía sol, fenómeno raro por estos días. Medio almorcé. Me empieza a gustar el arroz con queso.

Salí de la pensión sin bañarme. No me interesaba bañarme. Además no iba a visitar a nadie. Simplemente no quería bañarme.

Caminé y el cambio fue notorio. Se podía respirar. Una avenida sin buses es una casa con patio o un cuarto con ventana.

Se debería decretar un día al mes sin buses. Un día dedicado al ocio. Un día para hacer nada y no bañarse. Un día en que se prohíba llevar reloj y programar citas. Un día para decirle a un desconocido hola y chao.

Caminé y canté una canción que no me sabía. Inventé la letra. Di algunos saltitos en la calle. Me sentía bien sin tanto automóvil aplastando el paisaje con el ruido.

Llegué a la Plaza Jockey y ya no quise entrar. Cuando quise devolverme no supe donde estaba.

Además no había buses para el retorno. En fin, volví a cantar y caminé sin saber a donde, ajeno y propio del azar.
Aún veo en tus ojos las aulas de clase
y los vestidos de muñeca
Tocarte es como tocar una sobrina

Tu virginidad no es tesoro para piratas
al menos los de mi clase,
los que roban todo lo que brilla
Te dejaría en naufragio

Te mentiría si te digo un te quiero
sería arroparme del frío con una musculosa
Aunque linda te falta abismo
para no hundirte con mis besos,
porque tengo un mordisco de tigre
camuflado en crema dental labios adentro

Es mejor así
luego entenderás que a veces
una aventura no cicatriza
y no quiero ser recordado como herida
sino me desangro un poquito.

Miró a una pareja que se besaba es la base de la estatua del parque del amor en Mira Flores -Lima. La estatua es el símbolo del amor idílico, hombre y mujer petrificados en un gran beso.

Ella envidió a la pareja. A sus 35 años creía, que podía hacer mejor una demostración de afecto que ellos. Se le aguaron los ojos y maldijo el amor. Caminó por el borde de la autopista, rumbo a la playa. Tomó el celular y miró el número de un amor no correspondido, el padre de su hija. Llamó y nadie le contestó. Guardó el celular en el bolsillo de la chaqueta.

El frío le endurecía los labios. Se oficiaba en las noticias el inicio del invierno. El gris opacaba el mar. El gris se parecía a su melancolía. Tenía una melancolía gris. En gris miraba el gris. Era un gris que llevaba dos meses sin trabajo, lejos de su hija, sin chance con su ex-marido, sin dinero para pagar la pensión ni para comer, sin el apoyo de su familia, sin amigos, sin que su ex-marido le conteste el celular. Un gris que lloraba.

La niebla le sonaba a solo de violín en el corazón y las lágrimas llegaron a sus ojos. Volvió a tomar el celular, llamó a su ex-marido. Nada. Su ex-amorcito no la vería más, pensó. Una lágrima rodó por su mejilla y dio en una de sus zapatillas deportivas. Había caminado un kilómetro desde el parque del amor. Nadie la saludó, nadie le dijo adiós. Nadie vio en sus ojos la fatalidad del fin.

Infló el pecho y puso el celular en el seno izquierdo. Miró el abismo, los más de 20 metros de altura. Cerró los ojos y se lanzó al vacío. La última imagen que recordó fue la sonrisa de su hija.
Soñé que mi rostro era un huevo freido. No había ningún rastro humanos más que el recuerdo de lo que alguna vez tuve un rostro. En el sueño hablaba burbujitas. Todo me era amarillo y borroso. Quise despertar. Desperé, me faltó la nariz para respirar y la boca para gritar. Quería mi rostro. Así que intenté verme las manos en el sueño. Pero como no me las podía ver, junte una mano con otra y de golpe abrí los ojos.

Respiré. Fui al baño. Me miré al espejo. Mi cara flaca, mi barba de mafioso acantinflado, mis parpados caídos, mis lagañas. Me comí una lagaña y la sentí saladita. Lo mejor de dormir son las lagañas. Me comí la pesadilla. Me enjuagué el rostro y volví al cuarto. Dormí como un bebe.

Me desperté de nuevo a las 10 de la mañana. Como no hago mayor cosa me despierto a la hora que me da la gana. Fui a hacerme el desayuno. Amanecí con ganas de huevo revuelto con tomate y cebolla. Eché el huevo en el sartén. Y mi rostro se dibujo en la superficie de teflón, entre la clara, la cebolla y el tomate.
Creí que todo había salido bien. Te dejé la notita en la mesa en que estudiabas. Me dijiste que necesitabas estudiar pero agradecías el recado. Sonreí y me senté en otra mesa.

A los minutos me tocaste la espalda. En ese momento meditaba una frase de Séneca que decía que deja de temer el que deja de añorar. Lo curioso era que añoraba que me hablaras.

Nos tomamos un café. Me sorprendí cuando me dijiste que tenías 17 años. Una niña con cuerpo de mujer. Entendí que no debía esperar nada de ti. De nadie. El amor funciona cuando se admite que el otro se puede ir sin que eso te duela. Se toma una mano pero no se ata un alma. Claro que lo nuestro era un encuentro de notitas. Porque me sentía apuesto y me sentaba a que alguna chica se atreviera a romper el hielo. Mi ingenuidad es aprueba de juicios.

Esa tarde me invitaste a un café. Te di mi mail en la notita y me escribiste. Concretamos una cita en la Biblioteca Nacional de Lima en la Hemeroteca. Llegaste un poco tarde. Una hora. En ese tiempo sentí que todo se derrumbaba. Esperar no ha sido mi fuerte y no me concentraba en las cartas de Séneca. Me contradecía. La ansiedad de verte podía contra todos mis principios y solo deseaba que me encontraras distraído.

Me sentí de tu edad y eso que ya paso del cuarto de siglo. Eso que ya no soy un niño, aunque haya prolongado mi adolescencia más del límite. Tal vez por eso mi personalidad a veces es una nota musical fuera de tono, que puede sonar mal a la armonía de todas las cosas que me rodean.

Hablaste de tu viaje a Europa. Te escuché. Soy bueno escuchando. Hablamos unas dos horas.

A la salida, recuerdo que jugaba Perú Colombia, las selecciones más degradantes de las eliminatorias del mundial. Hablaba con el vigilante de la biblioteca (peruano) de que quedaríamos bajo cero en el resultado final.

Cuando salí no estabas. Miré a todos lados y nada. Carajo. Cuando al final de la cuadra te despedías con la mano alzada. Te dije adiós de lejos, prendí un cigarrillo y camine a mi cuarto. Caminé. Aprendí la lección.

- Su identificación.
- Florentino Cólera, señor oficial.
- Señor, necesito una declaración detallada de los hechos sino quiere que lo lleve al calabozo por marica.
- Ehhh..! ¿Es que por eso dan cárcel? Entonces por qué no piden en extradición a Fernando Vallejo.
- ¿A quién?
- Bueno, disculpe, pensé que conocías al primo de García Márquez.
- ¿Márquez? ¿Me está tomando el pelo? Vea… no sabe usted que está cometiendo el delito de desacato al no contestar a una pregunta de un oficial del ejército nacional apostólico romano de la república de Colombia.
- Disculpe oficial, no es mi intención. Bueno, le contestaré y sabrá que no soy marica y esto es un error.

Como verá señor oficial, yo soy un tipo con educación superior, soy apuesto aunque para algunos parezca una trapera que sonríe. En fin, la belleza es relativa y es cuestión de enfoque. Además me gustan las mujeres y espero una demanda por meterme con una menor de edad. Claro, esa demanda es preferible a ser marica. ¡Cierto!. No ponga esa cara. Sin más rodeos. No se impaciente. Le voy a demostrar que no me puede encarcelar por estar en un bar gey. El escándalo público no es mi culpa, como verá.

Vea, todo empezó hoy en la tarde cuando le dije a un amigo que no se atrevía a ir a un bar gey. El amigo me dijo que él ya había ido. Arrugué el ceño porque era yo el que no me había atrevido.

Salimos, entramos al bar que está cerca de la estación de Metro Prado, en toda la curva de la oriental, donde detuviste a ese gorila y a mí.

Entramos al bar. Los tipos bailaban. Eso no lo había visto en vivo y en directo. En la pista de baile se querían comer a besos. Se tocaban, se excitaban. Admito que no estaba ni estoy preparado para eso. Tanto, señor oficial, que le dije a mi amigo que me iba. Él se sonrío y me dijo que hiciera lo que quisiera, era problema mío. Lo miré. Él sonrío y sacó un tipo a bailar. Me quedé solo en la barra viendo a una pareja queriendo arrancarse los jeans con los dientes.

Un tipo empezó a mirarme. Más que un tipo era un gorila. El barman me dio una cerveza y me dijo que me la había enviado le gorila. Le sonreí. Dejé la cerveza en la barra y caminé hasta el baño. Me despeiné. Hice algunas caras de mongólico que no debo forzar mucho. Quería parecer lo más feo posible para no llamar la atención. Volví a la barra. Tomé un trago de cerveza. Incluso para que nadie se me acercara me saqué un moco delante de todos, lo moldeé entre los dedos pulgar el índice y lo pegué al envase.

El gorila que medía como dos metros, era barbado, corpulento, se acercó. No le importó lo del moco. Alcé el moco con la mano. No sirvió de nada. Con su mano que era dos ó tres veces la mía tomó mi brazo y me dijo que si bailábamos.

Oficial, en serio, eso me dijo. No sabe usted el frío que me dio. No sabía que contestarle. Si le decía no, de pronto me aplastaba la cabeza con un puño. Y si le decía si, era indigno a mi hombría. El caso es que le dije al gorila que estaba con mi novio y señalé a mi amigo. El gorila me miró fijo y apretó mi mano con fuerza. Me solté y asustado me metí a la pista, separé a mi amigo de su pareja, le dije que tenía que ayudarme, tenía que bailar conmigo, porque un gorila me quería…

Bailamos un merengue, uno de Ricarena. Recuerdo alguna frase “sacúdelo que tiene arena…” nada más ordinario que esa frase.

El gorila se paró en frente de la pista y le preguntó a mi amigo si era mi novio. Éste contestó que no. El gorila se enfureció. Despicó un envase de cerveza. Algunos tipos empezaron a gritar como locas. Admito que también grité, pero no como loca sino como gallina. Vea, si, tal como le dijo, estiré las manos como un ave, incliné la cabeza y le dije al gorila que yo era cinturón negro. Él se río. Y cuando se reía ¡trácate!, le di un patadón en las pelotas. Luego salí del bar y el gorila detrás con una silla levantada. En ese instante pasaba usted en su patrulla y me sorprendió huyendo. Y doy gracias a Dios que aparecieron, porque sino ese animal me hubiera partido en dos. Esa es la verdad.

- Mejor váyanse los dos. Cada uno a su casa. Y usted, me dijo el oficial, si no puede resolver sus problemas como hombre, es mejor que no salga de su casa.
- Bueno oficial, seguiré su consejo. Es bueno seguir las sugerencias de un oficial del ejército apostólico romano de la república de Colombia. Sin ustedes Colombia ya habría tenido otro novel.
- ¿Qué quiso decir?, eso no me gustó, sea lo que sea, pero no me gustó.
- Nada oficial, solo hablaba de la efectividad y la inteligencia de la fuerza pública.
- Ahhh… bueno, pero lárguese ya y que no lo vuelva a ver porque pasará la noche en un calabozo por desacato y burla a la autoridad.
- Qué la virgen lo acompañe oficial.
Y del recuerdo el olor de tu cuerpo invade el cuarto. Cierro la ventana y los ojos. Abrazo al aire y me sé tu cuerpo, mi cuarto vacío.
Llegué hace unos días a una ciudad donde nunca llueve, donde el aire infecta más que el cigarrillo, donde el transito es un accidente gramático, donde la comida es infinita, donde me va bien y no me siento bien. Para el vacío no hay fronteras.

Camino por las calles sin rumbo, con las manos en los bolsillos. Bolsillos que están rotos de soportar el peso de la incertidumbre. Entro a supermercados, compro cigarrillos. Camino, me siento en las plazas públicas a mirar a la gente. Miro e intento pararme y contar historias para ganarme la vida de esa forma. Pero me abrumo y me quedo sin hacer nada. Regreso al cuarto triste y desilusionado de mí.

Por suerte un amigo me hospeda sin cobrarme alimentación y dormida. Paso las noches sin frío y con la panza llena. Pero no es suficiente. Falto yo. Me la paso encerrado en el cuarto, leyendo, escribiendo, fumando, pensando en mi problema con el sexo opuesto.

No me interesa el mundo afuera si tengo para comer y dormir. Menos trabajar para conseguir dinero, vivo con poco y ahora lo que quiero es escribir. Nada más que escribir. Entenderme. Hacer de mis líneas tubos de laboratorio de mi personalidad. Ando hecho un lío de párpados caídos.

Así van las cosas. De vez en cuando cortejo a una chica y cuando lo difícil está hecho y solo falta pedir el número telefónico, el mail, el abrazo, el beso, la fiesta, me despido.

Dentro el deseo se debate con la voluntad. Deseo abrirle las piernas a todas las mujeres, pero quiero dominar el instinto, dejar de añorar y temer al amor. Por eso no salgo. Quiero estar en todas mis facultades para ver más allá de mis limitaciones.

Llevo cuatro días encerrado. Cada vez el precipicio aumenta. Doy golpecitos en el pecho y escucho el eco, el vacío ilimitado dentro de mí.

La habitación dentro de una pensión, Juan dentro la habitación, el vacío dentro de Juan, y las sombras, el gris, las calles, el frío, la cabeza baja, el peso, el dolor de garganta y el paso de los días como dardos en los ojos.

Otra vez la altura hacía el fondo de mí. Otra vez la ventana y la tentación de saltar de cabezas al asfalto.


Ayer dormí en mi primer cuarto que no debo abandonar al otro día. Miré la llave antes de dormirme y la puse al lado del pasaporte, la cedula de ciudadanía y algunos soles. Descubrí la importancia de tener llave de un lugar. Es la señal de que eres independiente y no tienes que pedir permiso para salir o entrar. Es una ruptura, tal vez la primera, al cordón umbilical.


La habitación está entre la llave. Pues es la llave la que me permite el ingreso y saber que lo que veo está diseñado a mi gusto. En el cuarto hay una cama portátil, de hierro, negra, de una plaza. Para que fuera cómoda la cama, Hernán, el hermano de Neville (el peruano que me hospeda) me ayudó a buscar algunos cartones. Doblamos los cartones después de limpiarlos. El polvo se extendía, estiraba los brazos y tocaba todo. Sobré los cartones acomodamos el colchón que forramos con una sábana de Aladino.


Barrí el piso. El polvo salía por la habitación y se pegaba a todo, hasta a los sueños. Salía por la puerta e iba directo a la terraza, en busca de ropa limpia.


La habitación está en un tercer piso, es la única que hay en el tercer piso, es la única que abre mi llave. Porque una llave tiene su chapa así como uno tiene su mitad por ahí que no se deja encontrar. Soy llave sin chapa pero si tengo una llave con chapa. Espero que esa chapa a la que debo incrustarme también busque a la lleve con antejos que soy.


Para subir al cuarto hay que utilizar una escalera de madera. La escalera se debe apoyar en la pared cada que se baja de la habitación. En caso de que otro inquino mueva la escalera, debo gritar para que alguien la acomode y así poder descender.
En el segundo piso hay siete habitaciones, en su mayoría habitadas por peruanas. Hay dos baños y un lavadero compartidos.


La habitación de Neville está al final del pasillo del segundo piso. Ahora es una habitación limpia. Hablo de esta habitación porque también tengo las llaves de ella, por eso la siento cercana. La limpiamos, le sacamos el polvo. Para pintar es lógico mover las cosas y llegar con trapos a ángulos insospechados, a las oficinas de operación de la gripe porcina. Claro que mientras pintábamos y limpiábamos hablábamos de otros polvos en otros cuartos triangulares, más húmedos, más coquetos, más precisos, más rosados, más gritones, más íntimos, más paisas, más dispuestos a dejarse mover de sitio, a dejarse aspirar la mugre con besos y palabritas torcidas.


El resultado es que como pintores nos va mejor conversando. Pues fue un fracaso el cuarto. Quedó como para mirar de reojo y evitarse el comentario por respeto al buen Neville.


Ya en mi cuarto, en mi primera noche en mi cuarto, miré la llave. Me sentí raro, con ganas de llorar, pero de alegría. Sabía de la importancia de las llaves y sus propiedades curativas.


La llave es manifestación visible de la intimidad, es el conjuro al lugar que espera sin horarios. Las llaves son un camino a la libertad y la despreocupación. Con la llave se posee la tranquilidad de ser y estar en un lugar donde es posible tirarse sus pedos, hablar dormido, levantarme a media noche y fumarme un cigarrillo, conducir alguna vecina a jugar un poco a las caricias, hacer flexiones de pecho y abdominales diaras para estar en forma cuando venga la muerte. Las llaves dan estatura, calma. La llave permite sentirme parte de algo acondicionado a las propias especificaciones. Las llaves remiten a un espacio propio e intimo.


Porque las llaves de hotel están provistas de llaveros de 20 centímetros de largo para que al huésped le de vergüenza llevarlas. Además son llaves provisionales, con hora determinada. En cambio la llave de tu propio cuarto la llevas a todas partes, incluso cuando viajas lejos y no las necesitas. Hacen parte de tus objetos preciados.
Con una llave se puede abrir un cuarto, un pan, agujerear una pelota, escribir puto en la pared de un baño, señalar el lugar donde vives. Con una llave se lleva un lugar a todas partes.


Una llave guarda muchos otros objetos así la llave por si misma apenas ocupe el lugar de una menta: Las escaleras, la ropa extendida a un metro de la puerta, los gatos que pasan por el techo y maúllan reclamándome por la interrupción de mi estadía a sus aventuras gatunas, los zapatos de nuevo en desorden, la ropa, la mesa de planchar en la que planeo escribir un libro de poemas, el taburete con algunos libros, la canasta donde guardo las medias sucias, la ventana que da al cielo gris, los cigarrillos que se apilan, las voces de las vecinas que quieren conocerme, el jabón de baño que me dio Luciana, la toalla húmeda, el amor debatiéndose a muerte con el polvo, el folklore peruano, la promesa de Consuelo (una de las vecinas) a enseñarme a bailar… Todo eso resumido en la llave del cuarto, en la llave que llevo con cuidado.
Hoy me siento fuerte. Después de dormir en un templo Krsna y bañarme cada que defecara, vestirme todos los días para estar limpio, comer frutas al desayuno, leer, hablar de los chistes sofisticados de Krsna, danzar por las calles de Buenos Aires (Belgrano) festejando el día, soñar con mis manos y hacer lo que quiera en el sueño. Después de despedirme de Luciana, partir con el remordimiento de no haber encarado a la ciudad y sentir las noches en las calles. Después de cuestionarme el amor, Dios, la muerte, la búsqueda, el dolor, la vergüenza, la vanidad, llego a Perú renovado y con una risita bajo los labios a escribir de nuevo para este blog.

Confieso que hice una maldad y no me arrepiento. En el camino, en el bus, conocí a otro chico de Colombia, se sentaba justo al lado. Estaba triste y solo, sin dinero y con ansias de retornar a Cali. Me sentí con nostalgia de estar lejos. Así que mi hice cargo de él y compartí mi comida. Partimos el pan con atún, bebimos agua con Tan (sabor a naranja). Le di galletitas y le conté mi historia. Luego cenamos, le presté un saco por el frío que hacía en la frontera de Argentina con Chile donde en estos momentos los nevados parecen un helado de vainilla. Lamenté no llevar una cámara para demostrarle a mis ojos que existe un blanco más blanco que el blanco. Me sorprendió Chile y sus controles. No puedes entrar verduras ni furtas porque no son nada comparadas con las frutas y las verduras chilenas, por eso hay que comprarlas en Chile. En fin, en Chile si no sos ingles perdes el tiempo y sos un pobre diablo. Afortunadamente iba de paso. Llegamos a Lima y busqué un Hostel favorable. Con suerte encontramos en la municipalidad de San Juan de Miraflores, por Canevaro, frente al bulevar, un hostel de 15 soles. Claro, después de buscar mucho y de pasar por marica al preguntar por una habitación. Pues no había hostales de viajeros sino de traque que traque ¡ay que rico!

En la mañana le pasé 10 dólares a Fabio para que llegara a Colombia, al menos para que comiera algo. Caminamos un rato. Le hablé del amor, de la necesidad de Dios así sea para interrogarlo, de la dicha de viajar, de las ganas que tengo de una arepa, de la idea de llegar a Colombia contando cuentos en el camino. Él me miraba y sonreía. Es un buen tipo Fabio, es más inocente que yo, me cae bien. Almorzamos arroz Chaufa. Fuimos a buscar un billar. No lo encontramos. Nos regresamos y nos perdimos. Pero nos reímos de nuestros fracasos. De pronto, en una esquina, me encontré con otro paisa, lo abracé y me invitó a fumar marihuana. Fumé. Fumé. Fumé. Fabio se quedó esperando en una esquina. Estaba extrañado. Le parecía malo lo que yo había hecho, pero no decía nada por vergüenza ajena. Me despedí de Evaristo, el paisa, le dije que lo llamaría para que nos tomáramos unos vinos y para contarle unos cuentos. Caminamos y dos cuadras después se me borró la ubicación de los pies. Le dije a Fabio que no sabía donde estaba. Él me dijo que tampoco. Sonreí. Le propuse que nos dividiéramos para que uno de los dos se salvara. Él me miró y dijo que no sabía donde era el lugar, ni se acordaba del nombre. Le contesté que yo tampoco porque la bareta no permitía ser racional, por eso estaba dándole la vuelta a Latinoamérica, ganándome la vida contando cuentos. Fabio me sonrío y dijo bueno. Nos separamos. En el bolsillo tenía la dirección del Hostal, el número de la avenida. Así que me compré un helado y pregunté por donde llegaba. Caminé, me acordé de la llamada que le hice a mi madre para decirle “te quiero” y pedirle que rezara un padre nuestro por mí. Me puse el pasamontañas y encontré el camino al hostel.

Moraleja: No he contado el primer cuento y tal vez no lo cuente porque ya es un cuento decir que me estoy ganado la vida contando cuentos. Además fumé ganya, comí helado, llamé a mamá después de dos meses de no saber nada de ella y le hice una maldad a un compatriota. En definitiva es una chimba la vida.
1

Dentro, el mal se reprime
el odio habita, nos habita
Cada sueño un crimen fallido
Se entreteje el dolor
se fermenta el origen
la locura
¡Matar matar! grita el corazón
A pinchar ojos con agujas
hacerse bestia
aliarse con las sombras
¡Basta de espectáculos!
Dios no existe
la felicidad es la fetidez en el zapato
Volver al instinto
la animalidad
cazar el alimento con las propias manos
morder
chupar
acabar con la hipocrecía
perder el control
sentir desde las tripas
El amor es un tema inquietante y que no podremos resolver. En realidad no sé que es lo que tanto buscamos en el otro. A veces da la impresión de estar más enamorado del amor que de la persona que lo despierta. Un error que no nos cansamos de cometer, un error vital, un error de contrarios.

Si, nos gusta sin mesura lo contrario. Nos entregamos solo si hay resistencia y nos resistimos cuando se nos entregan. Un juego agotador. Un dolor de intereses truncados.

De verdad me interesa la búsqueda del amor más que el amor mismo, por eso no encuentro ningún hallazgo. Tal vez no exista. En esto no se puede teorizar porque se corre el riesgo de juzgar antes de amar sin haber amado.

Partamos que la convivencia no podrá resolverse. La convivencia fue el gran problema en la literatura de Julio Verne y encontró que no tiene solución. Pues, aunque el hombre se entienda en masa, es decir, en cantidades el hombre es predecible. Ejemplo, se dice que los hombres se interesan más por lo abstracto y las mujeres por lo práctico, la manufactura. De ahí que la mujer sea considerada la inventora de la agricultura y el hombre de la filosofía. Bueno, como datos generales eso es medible y se puede aplicar a un buen número de personas. Pero, a lo que voy, es que el hombre como individuo es impredecible e inclasificable. Nadie sabe como actúa en él su inconciencia. Y el que cree tener alguna luz en sus impulsos luego se queda frío al saber que, como lo expresa Wilde, solo se es conciente de los impulsos más débiles, pues una fuerza aterradora es la que gobierna. De esta manera las cosas se complican pero en esa misma medida fascinan.

El amor, gran dilema. Parece que se despierta cuando la esperanza va perdiendo su brillo. Recuerdo un episodio con Luciana, fui algo cruel, pero quería hacer un experimento. Ella estaba enojada conmigo porque nunca le discutía y no tomaba decisiones. Cada día sentía en ella que se molestaba con mi presencia. Me miraba con desilusión porque no era ese hombre para admirar y seguir, ese conversador y encantador de serpientes que es pilar y sombra, ese soporte ilusorio donde colgar las penas y los calzones lavados. Al no ser El hombre, tuve la oportunidad de aplicar un contrario. Antes de dormirme la miré y le dije que basta, que dejara de sentir culpa, que me largaba, que no debí haber viajado, que no sé que le vi. Ella se quedó mirándome y me pidió un abrazo. Al menos por esa noche estuvimos tranquilos.

No sé a que se deban estas reacciones. Lo único que entendí es que en el amor todos somos analfabetos. Yo encabezo la lista. Y aún con mis desconocimientos, sé que lo que más duele es negarse a olvidar. La esperanza de ser feliz nos llena de temores, cada vez más grandes, de que nunca se concrete un sueño. Pero cuando se deja de esperar se deja de temer.

El temor es una venda en los ojos que no deja ver el milagro de respirar. Un temor que conduce al vacío. Esa sensación de vacío nos destruye, es como una industria dentro de uno que se expande por todo el cuerpo. El vacío de estar incompleto, el vacío de que las cosas no se puedan dejar de anhelar. Por eso, para mí, lo que hago es defender el egoísmo y dejar a mi soledad que conviva con otras soledades.

El amor es un juego de contrarios de dos soledades distintas. Igual, todo esto puede ser un equivoco, pero tanto me he equivocado que los errores son lo que me han permitido estar vivo. Después de la tormenta llaga la lluvia y de la lluvia el gris.

Ensayo de expresión coporal en la Escuela Especial #501 de Suipacha



Chiqui cruza la vía del tren en bicicleta. Se dirige a la escuela Especial # 501 de Suipacha, municipio perteneciente a la provincia de Buenos Aires, Argentina.

- ¡Cristina! ¡Cristina!, la llaman.

Medio saluda. Está más habituada a su seudónimo, así se llame Cristina Rojas. Mira el reloj: 6:30 de la tarde. Sabe que la esperan para empezar el ensayo de teatro. Verifica que no haya algún automóvil que de golpe le borre la sonrisa.

Pedalea. Cruza la calle. Apoya la bicicleta en un costado de la pared. Acomoda su bolso de mano. Chiqui besa en la mejilla a sus alumnos, seis especiales (discapacidades) y tres convencionales (“normales”) que conforman el grupo de Teatro Integrado Un paso hacía el futu
ro. Las voces se mezclan, se hacen inaudibles.

Todos se dirigen al interior de la escuela, al salón ubicado en el ala derecha, a dos metros de la entrada. En orden se sientan y esperan el ejercicio de expresión corporal. Chiqui enciende la grabadora. Al son de la cumbia se mueven, brincan, olvidan el movimiento, bailan sin importar si se equivocan porque si se equivocan se ve más natural el baile. La idea es soltar los músculos y dejar la vergüenza a un lado.

Luego, en cámara lenta, se van acostando hasta quedar extendidos en el suelo. Cierran los ojos y deben pensar en cosas agradables. Chiqui piensa en Alicia Aldabe, la que le propuso en el 2003 dirigir un grupo de teatro integrado, la que le dijo que la discapacidad no existe y el retardo mental es arbitrario, la que le mostró personas en vez de certificados médicos… y sonríe.

- Estoy feliz de estar con ustedes y les deseo lo mejor en la vida porque son mi familia, dice uno de los chicos.
Fabían Martín, actor del teatro Integrado Un paso hacía el futuro

Chiqui lo mira y sonríe de ternura. Los recuerdos la rondan. A su cabeza llega un episodio del año 2006. En ese año, con la obra Huesito Caracú, en los Torneos Juveniles Bonaerenses organizados por la provincia de Buenos Aires, en la modalidad de Teatro Integrado, obtuvieron tres premios:
Mejor obra integrada, mejor actor de toda la provincia y medalla de bronce. Recordó la alegría de estar en Mar del Plata con sus chicos festejando el reconocimiento del jurado.

En silencio se incorporan. Respiran. Caminan unos minutos y organizan el escenario. Llevan una mesa a la mitad del salón, ponen una sábana sobre la mesa. En la mesa hay cuatro sillas, un plato, un paquete de galletas, una bolsa vacía de parva.
Cristina Rojas asesorando a Luis Rosales, el mejor actor en 2006 de la provincia

Los chicos se sientan en la mesa. Chiqui lee en voz alta la obra, línea por línea. Algunos de los chicos no saben leer ni escribir y los que saben leer lo hacen en letra mayúscula.

- Pochoclo, pochoclo, choclooo… pochoclooo… usssrrr… usssrrr… ja, grita la Nona, personaje que representa Fabián Martín.
Chiqui abraza a Fabián y le dice que bien, que si puede eructar, perfecto.

Cuatro chicos, sentados, esperan la hora de actuar, observan y se ríen. Ríen porque se sienten cómodos, porque ha empezado el otoño, porque la risa es universal, porque Chiqui les enseñó a reír, porque Fabián no sabe decir pochoclo y se entiende lo que dice, porque la risa salta de la boca y aprende a actuar.
Beatriz de Roo, actriz del Teatro Integardo Un paso hacía el futuro

Tocan a la puerta. Han venido algunos de los padres de los chicos. Se despiden y confirman a que horas se encuentran el sábado para cenar, estudiar la obra y luego ir a un club a tomarse un refresco.

Chiqui apaga las luces. Cierra el salón. Se dirige por un pasillo al patio de la escuela. De su bolso extrae un cigarrillo Malboro. Fuma, mira, no quiere que la descubran fumando. Sufre de la presión y su marido, hijos y amigos no le permiten fumar.

Otra bocanada. Mueve la mano, la mira, practica para el taller de actuación que recibe desde hace seis años en la ciudad de Mercedes. Cierra la mano y recuerda sus actuaciones en los grupos de teatro del municipio: La musa 10 y la Agrupación artística vocacional Suipacha.

El humo del cigarrillo se filtra por la ventana de un aula. En el aula ve niños, claro, los niños no están, son un recuerdo de cuando ella era directora de la escuela rural #11 José de San Martín en la cual se jubiló en el 2006. Sacude la cabeza. Apaga el cigarrillo. Con el dedo índice y pulgar sostiene el filtro. Cierra la puerta. Tira la colilla del cigarrillo a la calle. Busca en el bolso crema dental y la escupe después de saborearla.

Toma la bicicleta, mira el reloj: 7:30 de la tarde. Verifica que no haya vehículos en el cruce de la estación. Pedalea y silbando un tango su figura desvanece.

“Cierra los ojos y no grites si sientes frío en el cuello” , fue lo último que le escuché. Pero sé que me observa y siente agrado de verme caminar en las noches pasando la lengua por el filo de los colmillos.
Coordinar la fuerza. Defecar, orinar y escribir al mismo tiempo, sin interrupción, en armonía. Solo para sentir y atestiguar la fetidez de estar despierto.
Últimamente he estado con ciertos temores que no logro entender. Temores sin razón alguna y que me han limitado. Pero al diablo los temores que son como moscas en la mierda o anónimos en los comentarios.

Para quién le interese, que lea, y para quién no, que se acueste y vea un telenovela o se coma una galleta saltín con mermelada y trate de no pensar a ver si se lo llevan las hormigas de una vez.

En fin, estoy enojado con todo. Así que acepto los desafíos. Me importa un rábano desgastarme y aparentar que todo anda bien. No, nada marcha bien, estoy en un país que desconozco y es difícil conseguir trabajo.

Vivo una vida que no sé si me corresponde, lo tengo todo pero todo me falta y no entiendo lo que en esencia me falta.

Camino para buscar respuestas. Ninguna me llega. El viernes hice una excursión a la nada. Salí a caminar sin rumbo. Llegué a un pueblo a 16 kilómetros de Suipacha. Eran eso de las ocho de la noche cuando llegué. Estaba perdido y no me importó, lo que menos quería era llegar a algún lado.

Caminé 5 horas. Allá, en Goriteaga o como se llame ese pueblo, me recibió un policía, me pidió el pasaporte y le pedí un cigarrillo. Me dijo que no me podía quedar así que mirara como iba a hacer para devolverme.

Llegué a un club, hablé con la dueña, Coca, así se llamaba y le cambié un libro de Fernando González por un chorizan con Cocacola. A las tres de la mañana realice el camino de vuelta. Había niebla, el frío me inmovilizaba, quería tirarme al un lado de la calle y quedarme allí hasta el final.

Continúe y pensé y miré las estrellas y las maldije porque me dio la gana y estaba furioso, con todo. Me emputé conmigo y quería morir caminando. No me importaron las ampollas de los pies. Quería desmayarme. A las 7 de la mañana llegué al apartamento y el cansancio me doblegó todo el día. A la mierda yo, mis faltas de ortografía y todo el que me lea. fin
Supongamos que perdí. Estoy con ella pero sin ella. Muerto el deseo los cuerpos son estatuas que conviven.
Supongamos que el silencio cristaliza y las manos desconocen el lenguaje de las caricias.
Supongamos que hay cactus en la habitación y el aire asfixia de tantos acertijos en las paredes.
Supongamos que descubrimos cierres en la boca y tenemos la risa como rehén.
Pero el juego continúa. Sí. Perdimos, es todo. Entonces al diablo las suposiciones y tiremos de nuevo, por separado, los dados y ¡a las apuestas!
Hacía frío cuando me desperté y miré a la calle. El amarillo salía de todas las esquinas y me señalaba. Era el amarillo o yo.

Miré el primer otoño de mi vida. Todavía lo miro. Hay guayacanes por todas partes, hasta en los sueños. Pero el amarillo se despertó con sed de mí.

Crucé la esquina, la que va al departamento en que vivo desde hace una semana. Miré la flecha, obedecí la señal. El mundo está hecho de señales y crímenes de color amarillo. Puto amarillo. Mi crimen será escribirlo con h hamarillo y fotografiarlo.

Crimen a medio cometer. Así que saqué la cámara de la mochila, miré la entrada de la estación del tren. Apunté y tracate. Perdón, la cámara no hace ruido de pistola.

De nuevo, otro disparo a un árbol seco. Porque en otoño las hojas se amarillean, luego se secan y caen de los árboles. Después llega el invierno.

Como todo turista, porque todavía soy turista, si me ven como turista, el turista que habla distinto. Bueno, como turista le disparé a estación del tren. Heregía permitida por mi asombro anóstico, por mi duelo con el amarillo.

No quedé conforme con el atentado a la estación del tren. Apunté a otra esquina para verificar el pulso y la furia del amarillo. Mejoran las cosas. Más amarillo. Amarillo y yo amari.

La heregía mayor, la iglesia, la nueva iglesia, la que fue reformada en los 90. El lugar donde un cura Irlandez no quiso dejarse entrevistar porque no le dio la gana, porque yo tenía cara de indio civilizado y mugroso. Cura que escucha rock pesado y llama a Dios todos los domingos a la 7 de la tarde.

Luego le disparé al sol porque no me gusta el sol, ni la iglesia, ni el calor, ni el frío, ni este blog, ni las fotos, ni los lectores, ni Dios, ni la llegada, ni la salida, ni la quietud sin acción.

Aviso parroquial: "Necesito mujer que hable poco y no le moleste que yo hable poco y sea un ocioso y esté erecto todo el día. Las interesadas pueden dejar los mail en los comentarios de este blog y yo me contacto. Ah deben pagar la cerveza y los cigarrillos".
Hoy quise gritar, llorar, enloquecer
Quise no aparentar,
arrancarme la cara,
dejarme llevar por mis impulsos,
ser insano
y poco confiable
Quise llorar,
ahogarme con las lágrimas
Quise tirarme por la ventana,
ser otro,
reposar en una tumba sin nombre
Quise llorar
Quise salir y abrazar a alguien
Quise amar y ser amado
Quise llorar
Quise llorar y entender la pena
Tuve miedo
Temblaba desde adentro
Quise con humo
llenar el agujero que aparece en el espejo
Quise no se débil y contradictorio
Quise mirar el techo y entender,
encontrar un motivo
Y miré
y miré
el techo.
Nunca me han gustado los finales felices. Son desesperantes si se anhela terminar la búsqueda individual con alguien. Me gusta la existencia de un rostro brumoso en el corazón haciéndome maromas para que lo vea, para que lo haga palpable. Porque cuando acudo al llamado la magia desaparece y el rostro se hace indivisible, con común denominador: el aburrimiento.

Tal vez no aprenda a estar con nadie. Tal vez no quiera. Tal vez si quiera. Tal vez no pueda. Tal vez llore. Pero lo bueno de los finales es la bruma que se levanta cuando quedas solo así la soledad te doble las piernas.

Si, me hiciste un favor examor, me tiraste a los cocodrilos de la bruma. Debo aprender a defenderme con el cortaúñas que usurpé de mi madre y guiarme con la brújula del instinto. De cremallera abierta al horizonte hasta que el sol aparezca en las entrepiernas de otra. Chao amor, nos vemos en otro cuerpo, en otros pechos, en otras circunstancias.
No porque me esté quedando calvo, tenga tres pelos en el mentón, fume como loco, quiera fornicar noche y día me acople al calificativo de poeta.

No porque haga versitos, escriba en este blog mas de lo necesario, juegue a ser trascendental, plagie algún ritmo de Leon de Greiff y trague saliva sin vergüenza acepte que llevo alta la pipa.
No porque esté ensoñado de tiempo completo, enrede misterios (o eso creo), coleccione instantes que garabateo en un cuadernito con vacas en la carátula, me insulte cuando me veo en el espejo porque me desconozco y arrugue el ceño de tanta pregunta signifique que soy poeta.

No porque me duela el cuello de mirar el cielo, me abisme con las nubes a riesgo de parecer autista, celebre cada movimiento, vea por minutos la fila de hormigas que cargan palitos y hojas secas, me encandile con lo bello y lo quiera para mí con el egoísmo del viento indique que soy poeta.

Nada de eso. No soy tal cosa y he tenido que soportar con impotencia que algunos amigos míos me lo digan. Por el aprecio que les profeso, se han salvado de un puñetazo.

Tejedor, campesino, maicero, montañero, frijolero soy. Un hombre bioceánico, encorderillado, empacillado, embambucado, encafeinado, emparrandado, enguascado soy.

No es gratuito que lleve una guerra de 50 años contenida en la piel y me ronden actos violentos, de asesino. Soy producto histórico, uno más de los hijos de los ochenta en Colombia. Los que hayan nacido en esa década saben lo que siento. Somos violentos por inercia.

Aún así creo en las flores, en los mangos, en los aguacates. Soy creyente del trópico. Soy Antioquia, montaña, Cuaca, Urabá, Choco y me gusta la arepa y el chocolate y el huevo revuelto al desayuno.

No porque evoque mi tierra después de haber atravesado las fronteras tras un sueño soy poeta. No se confundan. Nada de eso. Es solo un rumor falso. Porque a donde vaya, a donde llegue seré un campesino, un hombre con el espíritu en hojarasca, un antioqueño de cepa, un mazamorrero con nubes y montañas incrustadas en la retina.
Anteayer no quería verte ni tocarte. Ayer te odié porque tenía frío y dormí solo. Hoy miro el lado de la cama en que faltas y no se hunde. Miro. Susurro, despacito, silaba por silaba, tu nombre.
En los últimos dos meses he aprendido más de la mano izquierda de lo que hubiera imaginado.

Debido a un accidente, a una pelea necesaria, me quedó inhabilitada la mano derecha. Así que por necesidad debí aprender a manejar la izquierda.

Con la izquierda uno hace la señal del anticristo y los cuernos y representa sus deseos impuros. Nos avergonzamos de un acto de izquierda porque es la mano que escondemos cuando tiramos la piedra, aunque la piedra haya sido tirada con la derecha.

Con la derecha nos bendecimos, nos sentimos seguros, saludamos con dignidad, damos la primer caricia porque es la mano de los movimientos exactos y de buen olor.

Con la izquierda no se puede saludar a nadie. El que saluda con la izquierda es juzgado de loco o que esta perdiendo el uso de sus facultadas motrices.

La mano izquierda representa los actos femeninos y la derecha los masculinos. Claro, actos mirados con la lupa de occidente, cultura de hombres.

La izquierda es la mano de la guerrilla y la derecha del gobierno. La izquierda es del subversivo y la derecha del aristócrata. La izquierda de la mujer culta y la derecha del hombre promedio.

En fin, con la izquierda se evoca la inconciencia, la parte femenina que en mi conciencia masculina encuentra un equilibrio entre estas dualidades, tan preocupantes desde los orígenes.

Hoy es un día de izquierda, de caminar y de asombrarse por las cosas nimias e interesantes que por visibles no son tomadas en cuenta. Un día para tomarse un vino y recordar un amor perdido.