Desde hace una semana que el invierno va apareciendo en tus ojos.

Trabajas hasta las cuatro, vas a la escuela, regresas con el movimiento de las horas torturándote los huesos, y aún así me haces algo de comer, vemos una película por día, me enseñas a hacer artesanías, me invitas a tomar mate con tus amigos. Te resistes a creer que soy autista y esperas a que te sorprenda con un discurso encantador. Pero nada, no respondo.

La verdad es que la claridad me ha tragado las palabras. Ahora que puedo ver al horizonte sin interferencia me duelen los ojos.

Te veo y me veo y siento frío. Hasta pienso comprarme un paraguas para verte a los ojos. Incluso tengo un saco de lana para enfrentar tu mirada. Se hace escarcha en la piel.

Recuerdo cuando viajamos en tren desde Suipacha hasta Buenos Aires y en Buenos Aires tomamos el Subterráneo. Literalmente íbamos bajo tierra. Impresionante. Todavía me impresiona. Sin punto de transición aparecimos en el centro de la ciudad, en medios del movimiento, los automóviles, los edificios, las avenidas…

Sacaste un mapa de Buenos Aires porque es una ciudad inmensa y más vale estar preparado. Miraste el mapa y nos dirigimos a la fotocopiadora de Nervio, un amigo tuyo.

Entramos. Saludaste y me entretuve con un cd de Pearl Jam. No hablé. Apenas contestaba a las preguntas. Las palabras se me quebraban en la garganta. A la salida, en el parque del congreso, me dijiste que me distraigo con facilidad y nada se me puede cruzar en las manos porque pierdo noción del espacio y tiempo, tengo un poder de distracción bárbaro.

Caminamos. Mejor dicho caminaste, yo iba de porta retratos. Una fotografía Colombiana que gesticula y se enferma de la panza con el agua de Buenos Aires. Una fotografía que mientras empacabas tus cosas en tu apartamento se quedó mirando la película “El curioso caso de Benjamín Button” de David Fincher protagonizada por Brad Pitt. Una fotografía que le gusta la actuación de Brad Pitt en las películas de drama como la de El lado oscuro del sol o Doce monos, por citar solo algunas. Terminaste de hacer las cajas y la fotografía ahí, sin revelar intención.

Vi nubecillas en tus ojos. Nubecillas que se posaban encima mío, sobre mi cabeza. Sentí frío. Temblé.

Afuera llueve. Las nubecillas de tus ojos cubren el cielo. Llueve. Más allá de la lluvia llegan noticias. Tres amigos se graduaron: Lucho, William e Ingrid. La mamá de Alejandro lamenta que hubiera abandonado la carrera.

Las nubecillas de tus ojos bañan las calles, despintan el color de la tarde, le arranca hojas a los árboles.

Pero más allá de la lluvia se avecina el otoño. Más allá de la lluvia viene la otra estación de tus ojos, espero que también sea otoño y las hojas de los árboles que hay en tus ojos se pinten de amarillo, de un amarillo que es de todos los matices. Espero en otoño atravesar la lluvia, el frío, la llanura y morderte los labios y cantar con vos milongas amarillas.

Estoy atrapado en mi nombre. Un nombre que respira y mira. Un nombre que parece inofensivo pero que intenta gobernarme.

Llamarse Camilo es un interrogante sin resolver. Por algo camino encorvado, cada vez más parecido a un interrogante. Si hasta me conseguí un sombrero para graficar el punto que me falta para ser el interrogante completo.

Esto del nombre empecé a sentirlo desde muy chico cuando un Oscar, un Diego, un Edwin, un Mauricio se comportaban muy diferentes y parecían convivir sin problemas con el nombre que les tocó llevar como cruz. En mí era otra cosa.

En el colegio, cuando encontraba a otra persona con el mismo nombre le hacía preguntas sobre mis comportamientos. Cosas como que los asustaba, si eran introspectivos, si tenían dificultades para relacionarse con otros nombres. Me sorprendía el silencio de estas personitas a tales preguntas. Evitaban contestarme. Así que debía observarlos y sacar mis propias conclusiones.

El Camilo es cosa seria. El que lleve ese nombre por lo general es fanático algo o está en continua discordia consigo mismo porque no admite que ese nombre lo controle.

Aunque en apariencia el Camilo se puede relacionar con otros nombres no intima con nadie. No se caracteriza por llamar a un amigo, a no ser a pedir un favor. Está en líos con el amor y el trabajo. Lo único que lo salva es la salud. Necesita estar de pie para cargar el peso de llamarse Camilo.

Además, etimológicamente, llamarse Camilo es colgarse al cuello una misión divina y tormentosa. El origen de este enigma es hebreo “Kadmel” que significa “aquel que es mensajero de Dios”, un dictamen divino y el que lleva ese dictamen debe consagrarse al dolor y la purificación inmerecida. O también en griego “Kadmilos” que significa “nacido de justas bodas” que en resumidas cuentas es el que debe cargar el peso de la tradición de generaciones pasadas, el miedo heredado, el estigma de morir católico y conservador.

Y pese a todo, no renuncio al nombre de Camilo. Me gusta como suena, pero tampoco le hago caso. Pensar en eso me complica la existencia y la idea de Dios. Eso de ser emisario divino no me agrada, requiere mucho dolor y compromiso. Por algo injurié, leí el padre nuestro con los calzoncillos en la rodilla, dibujé a la Virgen desnuda con un consolador en la misma mano que sostenía al divino niño, invoqué la tristeza para librarme de las responsabilidades, rompí el cordón umbilical a muy temprana edad…

Lo que más me asusta es cuando una mujer que deseo y quiero dice mi nombre. Siento que nombra a otro que no corresponde a mí. Llama a otro con mi cara que piensa cosas diferentes. O después de hacer el amor mi nombre es el que siente mientras yo enciendo un cigarrillo y espero el momento de decir algo, sentir mi voz en mí.

A veces, también, escucho una voz que dice mi nombre, segundos antes de conciliar el sueño, y se me erizan los vellos. Es como si el nombre se pronunciase así mismo y me castigara por ignorarlo, por pasármelo de largo. Me lleva a lugares que no conozco, a paisajes pesadillescos que me hacen despertar a gritos, empapado de sudor e indefenso.

Camilo es un nombre macabro, enemigo, está en contra de todo aquel que lo posea. Por algo la mayoría de Camilos son sonámbulos. Lo que hace el nombre es que cuando el que lo posee duerme, habla através de él. Dice verdades y vergüenzas ocultas. Claro, uno no se da cuenta hasta el otro día que el nombre hizo en uno una de las de las suyas.

Ahora que no estoy en mi país y que no conozco a nadie que se llame Camilo, camino tranquilo. Pero presiento algo, una jugarreta que me puede desestabilizar, un truco de mal gusto. A Lu, con la mujer que intento algo, mi nombre le ha dicho cosas mientras duermo. Quizás también se las haya dicho mientras creo que hablo con ella. Es maldadoso ese nombre. A ciencia cierta no sé qué es lo que le haya dicho. El caso es que ella está rara conmigo, más distante, hasta me dijo que fuéramos de a poco y luego se acostó a dormir. Es culpa de mi nombre, mi puto nombre. Pero Lu tampoco quiere decirme que fue lo que le dijo mi nombre. Estoy indefenso ante tales sucesos.

Camilo es un nombre fantasma que me persigue, peor que la sombra, me hace rastrillar los dientes de una manera incontrolable cuando descanso, en las horas de la madrugada, cuando estoy en todas partes menos en mí.

Es complicado este nombre de Camilo que se come mi comida, se pone camisas, medias, lee a Jaime Jaramillo Escobar y a Kafka, tiene mal aliento, es nombrado por la mujer que está seria conmigo, se rasca las pelotas y me araña la espalda cada que le da la gana o cada que le da por empujarme al pánico y divertirse un poco.
Salí de Colombia sin ilusión alguna. No quería imaginar el viaje sin viajarlo antes. Debía renunciar a lo que consideraba mío y seguro. Era mi primer aprendizaje. Renunciar a lo aprendido y establecido.

Había quedado con Bibiana y Mauricio en encontrarnos para ir hasta el aeropuerto. No llegaron. Bueno, si llegaron pero tarde. Igual, es nuestra costumbre llegar tarde a todo. Somos lentos, en Antioquia somos lentos y la lentitud nos gobierna. Hablamos lento, caminamos lento, comemos lento, hacemos el amor lento, estamos llenos de rodeos, nos gusta todo desmenuzado y de a poquito.

A la media hora, con dos bolsos, cansado de esperarlos, partí. Tenía miedo. Dos tipejos me observaban. Querían atracarme. Tanto que uno de ellos se llevó una mano al cuello y deslizó el dedo índice como si se cortara a sí mismo la garganta. Soy cobarde. Elegí el miedo e irme a quedarme a esperar a Bibiana y a Mauricio y correr el riesgo de perder los bolsos y ser apuñalado.

Tomé el avión rumbo a Lima. En Lima esperé hasta la madrugada para hacer trasbordo y seguir hasta Argentina.

En el aeropuerto de Lima me senté en una sala de espera. En frente había una americana. La miré y la miré. Era linda. Quería hablarle, decirle hola, estoy de paso, porque no nos damos un beso y esperamos juntos. Pero me entretuve con el libro El castillo de Kafka. Además me esperaba Lu y no quería contratiempos conmigo mismo.

El viaje hasta Buenos Aires duró 4 horas. Desde el avión la llanura era para no creer. Las montañas habían sido erradicadas.

Lu me esperaba a la salida del aeropuerto. Nos dimos un abrazo y un beso. Volvimos a abrazarnos. Aunque estaba un poco cansado la alegría de verla me erotizó. Claro, no fui muy expresivo.

Llegamos a Suipacha, un pueblo que está a tres horas de Buenos Aires. Un pueblo de 10 mil habitantes. Un pueblo tranquilo. Las casas son de un piso y parecen fincas de campo. Tiene tren que hace dos viajes al día. Hay minimercados y calles aún no pavimentadas. Hay bicicletas y automóviles viejos por todas partes. Es otra cosa a los ojos. No hay balcones con flores y mecedoras. Pero hay calles amplias y tren y perros inmensos y empanadas de pollo enrazadas en pastel de arequipe y ancianas en bici y niños en bici y mujeres con sus bebes en bici y una llanura que se escapa a la retina y un pueblo en bici a principios del otoño.

De entrada a la casa de Lu me atrapó el miedo. Yo era el centro de las preguntas y las miradas. Todavía lo soy. Permanecí callado. Me encerré en el cuarto. Dormí hasta tarde. Temía hablar con los papás de Lu. Pero fue más la paranoia. Son un encanto sus viejos y sus hermanos. Después de unas horas fumé con ellos, tomé mate, toqué a Lu, la besé de cuerpo entero. Volví a fumar, caminé por las calles de Suipacha, miré la llanura, extrañé las montañas, comí empanada y estofado de carne y fideos y arroz con carne. Volví a fumar. Una bocanada, dos bocanadas, tres bocanadas y el horizonte sin interferencias y ante los ojos la tranquilidad en bici tarareando un tango.

El hombre Herror se peina, se engorda, se mira al espejo más de lo necesario, come chicharrón y ve sábados felices, saluda de golpe y dice hifueputa porque si, porque le da la gana.

El hombre Herror suele trabajar ocho horas diarias, ver futbol, tirar los pantalones sin fijarse dónde, rascarse las pelotas en la calle porque es un macho, caminar haciendo malacara, decir lo que sea porque para eso es hombre, hombre Herror.

El hombre Herror no tiene un prototipo determinado. Más que rasgos físicos son actitudes lo que lo definen. Es una idea de hombre.

Por lo regular no sabe hacerse un huevo revuelto, planchar o lavar una camisa. En la casa es un parásito que cree que por llevar dinero debe ser admirado por nada.

Se le descubre en frente de la tv, en las tardes, después del trabajo, mirando RCN y Caracol y creyendo en Uribe sobre todas las cosas.

Se le reconoce porque habla en primera persona y está rodeado de hombres. Se aburre con lo que no tiene acción. No conversa sino que da órdenes.

Para él, la mujer, no es un ser pensante sino un ente con las piernas abiertas. Acude a ella para satisfacer el instinto.

Está afanado así no tenga que hacer. Por correr no escucha, por correr cree que Dios es un bulto de billetes. Dios es dinero. Y se empeña en conseguir a Dios, ambicioso de Dios. No puede vivir sin Dios en los bolsillos. Con Dios va a misa, a los centros comerciales, a los prostíbulos. Con Dios compra amor, respeto, camisas, miedo, vulvitas aceitadas, equipos de sonido, computadores…

El hombre Herror, por su afán de Dios Herror, no se permite el ocio. El ocio le molesta porque lo demuestra hombre Herror, banal, superficial, sin Dios, sin patria, sin vida, sin tiempo. Entonces se encabrona y ataca con el exilio a todo el que le devele un detalle de la intimidad y ensueño. No le gusta sentir que es un instante la vida, de pronto se le acaba y no tiene suficiente Dios para acceder a sus necesidades mercantiles.

Pero, en el fondo, el hombre Herror no tiene tiempo. La vanidad lo ciega, lo paraliza. Por eso le gusta el poder y apoya la violencia. Es fascista por sus comodidades. No le incomoda los comunicados de que redacta el hombre Basura de las águilas negras en Medellín. Que mueran los que tengan que morir porque Uribe tiene la razón. Sino alza un arma, alza su indiferencia en ráfaga.

En definitiva el hombre Herror se cree el redentor de occidente. Hombre hacha hombre hecho hombre chuzo hombre hueso hombre hielo hombre hambre hombre Herror…

El hombre Herror cree que se las sabe todas. Se cree el galán de turno. Imagina que su mirada es un trampolín al cuerpo de la mujer Herror. La que se maquilla 8 horas al día, la que no habla sino que mueve sus tetas y culo para ser escuchada. La también conocida como la mujer enlatado, la que se agita, se le mira la fecha de vencimiento, se digiere en poco tiempo y se olvida porque en el mercado de los hombres Herror habrá otra mujer enlatado más novedosa y liviana. Cada vez la mujer Herror es más portátil y tetona.

El hombre Herror cree que en el machismo como una religión. Tras ese mecanismo de control domina lo que no entiende. Hace de la mujer una propuesta publicitaria y no una intimidad compartida. Le hace creer a la mujer que es mujer Herror, la que debe acompañarlo sin pensar, la que debe estar al alcance del apetito sexual los minutos que sea necesario, la que no tiene proyectos individuales, la que cocina, la que representa el cero a la izquierda.

La excusa es que la historia de occidente, la de Latinoamérica específicamente, es una historia de hombres, hombres Herror. Por eso estamos tan jodidos. El pensamiento es masculino al igual que toda propuesta de cambio.

Y la mujer se creyó ese cuento y representa el papel a la perfección sin quejarse. Se dejó domesticar del miedo del hombre Herror. Porque en el fondo, el hombre Herror está lleno de miedo y sabe que en la escala natural es poca cosa, una figura de acompañamiento. Es la mujer la que crea, el rostro de la vida, la conservación de la especie. A ella le corresponde cargar el látigo del dolor. Es la mujer la que da vida y manipula los deseos de los hombres. Ella es la fuerte. Por algo en el catolicismo es María el portaequipaje de la salvación y José la imagen de acompañamiento, si importancia, ahí, entreteniéndose con la carpintería.

Es indignante que el hombre Herror someta a la mujer hasta la mujer Herror. Cuando ella es la que domina. Ella es la que intuye. Por algo todo problema sentimental es una falla masculina. La insatisfacción sexual es un efecto masculino.

Es la mujer la que puede cambiar esta mierda. Ya el hombre tuvo su oportunidad y su legado fue la guerra por la guerra, por el poder, por el dominio. Es hora de que las mujeres dejen su papel de títeres y derroquen a Uribe, cambien su discursito: Trabajar, trabajar y trabajar, por trabajar, soñar y vivir.

La mujer es un ser oblicuo y el hombre Herror un ser vertical. La mujer puede hacer varias cosas al tiempo. Está demostrado que puede ver tv, remendar una camisa, estar pendiente del sartén, hablar por teléfono sin descuidar ninguna de las actividades. Eso en otro ámbito sería distinto. El hombre Herror en cambio solo puede hacer una cosa al tiempo. Es inútil en todas sus posibilidades. Se queja por todo.

Al menos yo, hijo y nieto del hombre Herror, creo en la mujer. Es ella la propuesta del cambio. Claro, si despierta y hace lo que le da la gana, lo que le nazca, como complacerse más que complacer, dejar salir sus instintos sin ser juzgada, dejar de ser mirada en tercera persona, rebelarse con los cosmeticos. A esa mujer que hace lo que quiere, enfrenta a las mujeres Herror porque las encuentra indignas de su genero, la que propone un paro domestico nacional, la esa mujer me consagro.

Ahora soy un discípulo de una mujer, la escucho. Una de esas criaturas extrañas, que mira y pregunta y menstrua y habla me hechiza. A ella le entrego mi condición de hombre Herror para que convierta en un hombre, sin adjetivos.


…
Había sido infalible, impecable en el robo de libros. Además robar libros no le hace daño a nadie, sobre todo en un país donde los lectores son bichos raros. Hay robos terribles y permitidos como el de los bancos y el de los gobernantes. Pero ellos gozan de inmunidad porque no roban libros.

Mi primer robo fue en Fredonia. Cursaba en once en el colegio Liceo Efe Gómez. En la biblioteca vi un Libro, Ficciones de Borges. Había escuchado que Borges era un genio y un laberinto. Así que eché el libro en la mochila en frente de la bibliotecaria y partí. Aproveché mi cara de nerdo y criatura inofensiva.

Luego, el segundo libro, fue más pensado. Estudiaba Contabilidad y Finanzas en el SENA. En realidad era un simulacro. Pocas veces asistía a clase porque me aburrían los números. Pero debía hacer algo para que mi familia no ocupara mi ocio en labores del campo. Así que decía que estudiaba y lo que hacía era que me internaba en la biblioteca pública.

Admito, hice trampa. Pero, ¿Quién no ha hecho trampa? Y desde que hablemos, por el mero hecho de hablar, ya somos unos mentirosos, porque el lenguaje es metafísico y por ello impreciso, tramposo.

El mejor promedio del curso, el número humano, estaba enamorado de una mujer que yo conocía y era un petardo escribiendo. Hicimos un trato. Él me pasaba los pasteles de cada examen y yo escribía cartas de amor a la susodicha. Así mantuve la farsa por dos años.

Cierta vez a la biblioteca llegó una donación de libros. La bibliotecaria, como la mayoría de las bibliotecarias, ocupaba el cargo por favor político. No sabía nada de libros. Era una vergüenza que estuviera allí. Yo hubiera hecho maravillas en su lugar.

La masa gris que prestaba libros me mostró la donación. Vi una edición ilustrada de la Isla del Tesoro de Stevenson. Sentí la tentación de darle un puño y salir corriendo. Pero me contuve. Debía demostrarle mi superioridad, era más inteligente, de vez en cuando es grato saberlo.

Le dije que iba a prestar el primer tomo de las Mil y una noches. Miró el libro y me dijo que si alcanzaba a leer ese mamotreto. Sonreí. Los libros donados estaban sobre el escritorio. Los mejores robos son los más evidentes, los que se hacen de frente. Cuando ella registraba el libro y como era grande debía maniobrarlo con las dos manos, detalle previsto, aproveché y tomé el libro de Stevenson y lo guardé en la mochila. No se dio cuenta. Me entregó el tomo de las Mil y una noches. Salí de la biblioteca feliz.

En el tercer robo fui cómplice intelectual. Estaba con Mauricio Hoyos en la biblioteca pública de Girardota. Ambos hablamos de la ineptitud de la bibliotecaria de ese entonces. Tanto que él se había robado un tomo de la obra completa de Shakespeare. Él me digo que era muy fácil. La cuestión era hundir el estómago, abrirle espacio al libro, sacar pecho y nalga.

Mauricio guardó dos libros de tamaño representativo y los apoyó en la pretina del pantalón. Yo guardé los cuentos completos de Chejov y un libro de poesía de Juan Ramón Jiménez. Me temblaban las piernas y me tallaban los libros en la pelvis. Pero salimos ilesos con nuestro improvisado paso de reina. Hasta hablamos con la bibliotecaria y le dijimos que hacía muy bien su trabajo.

El cuarto fue en Confama. Eran eso de las tres de la tarde. Leía las enseñanzas de Don Juan de Castaneda. Hacían una bulla horrible. No podía concentrarme. Tampoco podía prestar el libro porque no era afiliado. Así que debía pensar rápido si quería leer ese libro.Fui al baño a pensar. Nada se me ocurría. Además tenía miedo de que la biblioteca tuviera alarma y me sorprendieran. Cuando salí del baño había una niñita de unos 6 años con un libro de cuentos en la mano. Le hice ojitos y la llamé. La niña salió con el libro y no se activó la alarma.

Entré. Del casillero saqué un cuaderno y algunas hojas de blog. Lo que hice fue meter el libro entre las hojas y sobre las hojas puse el cuaderno. Me dirigí al casillero y guardé las hojas con cuaderno y libro. Volví a sentarme. Leí otra media hora. Luego partí.

Pero el último robo fue un fiasco. Estaba en la Universidad de Antioquia. Hacía trámites para cancelar el semestre. Entregué los formularios y las cartas al jefe de departamento de la Facultad de Comunicaciones. Ah, también estregué el carnet. Gran vacío entregar el carnet.

Triste, me dirigí a la biblioteca y encontré la continuación de las enseñanzas de don Juan.

Pensé: “entregué los formularios hace una hora. De manera que no han deportado la cancelación de semestre. Todavía figuro como estudiante activo. Así que puedo prestar el libro y partir. Si, buena idea. Además para que deporten la cancelación de semestre el Comité de Departamento debe reunirse y eso se demora de dos a tres días. Así que no hay sospecha”

Me dirigí al primer piso de la biblioteca. Tomé un ficho. En la taquilla registré la huella digital.

- ¿Juan Camilo Betancur?
- Si, soy yo
- ¿va a prestar libros?
- Si, uno
- ¿está seguro?

Empecé a sudar. Algo andaba mal. Pero ya no podía huir.

- Si.
- Muy raro, muy raro, porque usted, señor, aparece en el sistema que canceló semestre.
- Ehhh… ¿eso es posible? ¿no hay un error? Y ¿eso puede pasar sin que uno se de cuenta?
- El sistema no miente Juan Camilo.
- Pero… pero… no sé… bueno… voy a ver que pasa porque no entiendo nada
- Si, averigüe y después viene por el libro
- Gracias
- ¡Señor! ¡Juan Camilo! ¡Espere!
- Si, dígame
- Es tan amable y me devuelve el bolígrafo
- ¡Claro, cómo no! Disculpe

Salí de la biblioteca y sonó la alarma. Me requisaron, pero no encontraron sino mi vergüenza y como no le servía a nadie me dejaron ir.

- Te amo
- No digas eso
- ¿Por qué?
- Es demasiado grande. Además, el te amo, es la atadura al otro, la aceptación de que el otro sea el amo. Y no hay amos en las relaciones sino cómplices.
- No me digas eso. Usted no siente lo que yo siento. Y si me da la gana de decirte que te amo es porque así lo siento. Y usted, egoísta, no puede entender lo que siento porque soy yo quien lo siente. Así que no le invente teorías al amor para justificar tus miedos y tus carencias afectivas.
- Ehhh… si… no… ¡Mira!.. Venden helados. ¿Quieres helado? Comamos helado. Si, comamos helado. Y olvidemos el asunto.
- Me besas
- Claro nena, con lengua y todo

En primera instancia escribís porque eres escritor. Bueno o malo, flaco y solo, lo que sea, pero escritor.

Te escribís. Tienes palabras que barajas en los dedos, que a veces, se te salen de control.

¿Qué escribís entonces? La verdad: tu historia. Instantes revueltos por la testarudez de contarlos.

Porque te gusta caminar rumiando alguna imagen, alguna frase sin temporalidad. Tus pies se hacen cargo del cuerpo mientras te abismas en cualquier cosa. Y te gusta verte así: individual y tuyo.

Te lees, relees y te ves. Sonreís. Te gusta como escribís y cuentas tus cosas porque no mientes cuando hablas de ti. Así, después odies lo que escribes. Pero te gusta verte y te relees como si te vieras.

Claro que no lees a tus amigos todo el tiempo. También tienes vergüenza. Pero cuando estas con tus amigos y ellos hablan, leen, caminan, te acuerdas de algo tuyo y sonreís.

Ocurre que tus textos son como espejos, vitrinas, retrovisores, vitrales y ves tu reflejo undívago y lo buscas con ansiedad y contemplación. De esa misma forma te relees. Claro, lo haces sin que nadie se dé cuenta. Con cinismo callas y hablas de otras cosas. Y continuas feliz de que no te hayan descubierto.

Por la posibilidad de jugar, vivir la inocencia no permitida y atreverse a decir lo indebido. Por asombrarse por tan poco. Por sentir a veces que el silencio te hace extensión de dominio del cuerpo porque traficas con palabras. Porque así te duela la mano de escribir persistes en el hechizo, en la comulgación con lo inacabado.

Porque te resistes a dejar de soñar es que escribes. Y no importa lo que escribas. Tu yo asustará igual a los perros, mirará los senos de la mujeres con peculiar atención en el movimiento de la carne, jugará a mascar paisaje. Porque, en definitiva, eres escritor y eres más apuesto escribiendo que hablando.


Entonces éramos el aire que sobrevolaba el asombro. Entonces no creiamos que la distancia fuera real. Entonces más que pensar nos amabamos.











Llegó la ausencia con sus racacielos.
Inferior a una mosca repito tu nombre, Sin respuesta


Solo mis sombras me contestan y se me hacen visibles. A veces soy la sombra de lo que reflejo. Es más compacta mi imagen cuando estoy triste.



Ahhh... Los amigos...
Siempre saben encarar las ausencias.
Siempre saben lo que hay que hacer cuando uno se ahoga en sus propios orines. Siempre te hacen caras para que olvides la tuya.
















Pero no hay escapatoria. Llega la noche y el desespero y el desvario. No me sienta bien la soledad porque me desfiguro.
















Este grito me reprime. Ven pronto. Ven luna adorada. ven no tardes tanto. ven, ven.... ven





Es harto llegar y explicarle a todo el mundo lo que es realizar un viaje. Pues la osadía de un viaje es seguir viajando y no volver. Cometí el error de volver. Por eso voy a narrar algunos episodios de ese viaje. Y quiero escribir antes de quedarme como un loro repitiendo lo mismo. Ya no quiero abrir la boca para decir lo mismo.
Mi viaje empezó cuando me separé del grupo. Así estuviera en Perú me sentía en Girardota porque andaba con un selecto decorado de las calles girardotanas. No estuve en ningún momento solo porque tenía con quien hablar. Así viéramos otras cosas estuve protegido todo el tiempo. Agradecí con un poco de tristeza cuando me quedé solo.

Luego continúe mi viaje con Luciana, para mí, el verdadero viaje. Salí con ella de Cusco hacía Arequipa, la ciudad blanca, la que no tiene edificios, la ciudad colonial del Perú, la que tiene un volcán activo, la segunda ciudad más importante de Perú. Allí nos hospedamos en un hostel de poca monta. Caminamos sin afanes, sin la sed del paisaje que envuelve y ciega al turista.

Debido al paro del los agricultores que le reclamaban al gobierno de Alan García sobre la privatización del agua de los cultivos. Los agricultores amenazaban con cerrar todas las vías alternas de Arequipa y dejar al pueblo incomunicado. Al paro se unían los transportadores. Así que compramos, de inmediato, un pasaje para las playas de Camaná.

Llegamos a un hostel que se llamaba Copacabana. Allí dormimos y casi morimos deshidratados por una diarrea. Cagué lo que no había cagado en toda mi vida.

Al principio, en las playas de Camaná, estaba la maravilla de ver el mar todo el día hasta el anochecer, quedarse como autista mirando las olas formar escaleras para acceder al horizonte, ver las gaviotas cazar cangrejos en la playa, meterse al mar y temerle a las olas, impresionarse con la idea de que las gaviotas son a la playa lo que la paloma al pavimento...

Las playas de Camaná son un bañero. Es decir funcionan solo tres meses al año. Desde diciembre a febrero. En 2003 este sitio fue arrasado por la furia del mar. Y sobre las ruinas se reconstruye de nuevo. El resto del año, en invierno, la gente que allí vive se desplaza a la zona urbana.

La idea era seguir el viaje hasta Nasca, luego Ica y finalizar en Lima. Pero, gracias a un Ceviche que nos comimos tuvimos que estar en cama tres días, sin poder distanciarnos del baño por más de 5 minutos. Ambos, Lu y yo, teníamos infección intestinal.

Parecíamos una herida de cuerpo entero que supuraba pus por el ano. Una herida que tenía la pesadilla de no volver a ver el mar. Una herida consciente de su debilidad que se ahogaba de impotencia.

Medicamento, sueño, diarrea, dolor de estómago, papel higiénico, el sonido de las olas, dolor de ojo, silencio, fiebre, dolor de culo, olor de muerte, olor de sal, olor de olor, olor de tristeza, olor a Caganá. Olor a peruano con ínfulas de brujo Inca.

Recuerdo que un peruano me rezó porque tenía mal de ojo. Me dejé rezar. Con pedazos de papel periódico me rozó todo el cuerpo. Me tocó el ombligo. Balbuceo un padrenuestro. Luego quemó el pedazo de papel periódico y el periódico ahumó todo el hostel y me dijo que listo. La diarrea continúo. Era un delirio la cordura.

Volvimos al mar y partimos para Lima. Luego nos separamos. Luciana para Argentina y yo para Colombia. Pero ese no es el fin de la historia, porque esto ya no es un anecdotario de un escritorzuelo de futilidades. Esto ya es vida y es impredecible. El sueño apenas comienza









El frío patrulla las calles
Lo veo en las esquinas con su puñal de viento
Espera que pase
Para lanzarse y agujerarme la piel
Frío de soledad
Frío de montaña
Frío de silencio
Frío del ser
Me detengo
Lo espero
Enciendo un cigarro
Miro al cielo
Y lo encaro
Pobre frío
Mi inconstancia lo sonrojó
Escalofrío le dio mi mirada
Escarcha le soy
Frío le soy
Cuchillo le soy
Nena
Entraré en ti a calentarme de esta victoria
Hundiré esta gloria de 16 centímetros
Y juntos
Nos reiremos del frío
Y de esta soledad de nos cobija.

El viaje a Machu Picchu se ha contado de todas las maneras por todos los viajeros que han visitado este lugar. Así que lo que diga ya se ha dicho y mejor. No esperen de mí que redacte otra guia de viaje. Soy un extranjero en mi alma.

No hablaré del genital de la tierra como lo llama Neruda. Es bello. Es una ciudad para mí hecha por una cultura extraterreste. En el abismo las piedras vuelan. Aguilas de piedra cruzan el firmamneto. La maravilla hecha piedra.

Muchos van, más que a viajar, a buscar algo en ellos mismos. Yo fui por curiosidad. Como curioso miré sin pedir nada a cambio. Fui ojos por todos los lados de mi cuerpo.

Así resumo lo que vi. El que quiera conocer Machu Picchu qué viaje y lo visite. En Internet encuentra rutas de viajes y consejos.

El que quiera ánimos para viajar que le sirvan los míos. Pues si un tipejo como yo, sin dinero, sin ubicación geográfica, sin planes, sin empleo, sin agallas, sin un as bajo la camisa viajó... cualquiera puede hacerlo. La cosa es salir.

Claro que mi viaje, por ser tan inutil, fue guiado por los Dioses. Y no miento. A los más tarados nos cuida Dios.

Arriba, en la montaña, hay espirítus que sienten el llamado Inca. Julio es uno de ellos. Lo vi correr, reir, asombrarse, brincar, jugar... En 15 minutos recorrío todo el lugar y volvió a recorrerlo. Tanto que la noche anterior, dormido, decía que era una chimba lo que veía. Mientras yo, dormido, hablaba un idioma aún desconocido para la real academia y enredaba oscuridad con los dedos.

Tengo piedras y piedras y piedras en el alma. Mis pensamientos son caminos Incas a las nubes. Estoy hecho un asombro de 42 de calzado (Mauro, gracias por las botas).
Tengo dolores de estómagos por la comida peruana. Tengo ganas de mas piedras, mas montañas, mas cielos y menos de mí. Me gusto cada vez menos en cualquier lado.
Salí de Girardota con una deuda grande. Pero por más dinero que deba no es suficiente para la distancia que le brindo a mis pies.
Salí sin despedirme de nadie. No me gustan las despedidas.
Mi madre en la puerta de la casa, al verme con la maleta a la espalda, lloró. Presentía algo que no me dijo. Vio algo que debo descubrir.
Pero no he sentido que estoy lejos del país porque descubrí que soy de ninguna parte. Sin ambición no hay apegos.
En el avión me dio por leer un libro que me regaló Carlos Lola “Viaje a pie de Fernando Gonzáles. No leí nada. Me quedé en la insana contemplación de las nubes.
Intenté escribir algunas líneas en mi cuaderno de apuntes. Nada salía. Era atrevido escribir sin vivir. Nada.
Todavía no escribo. No sé como filtrar por mi boca, por mis dedos, tanto paisaje a cumulado. Las catedrales de Lima, los parques, las cervezas, la comida de mas, el viaje a Cuzco de 24 horas en bus, el frío seca huesos de Cuzco y la cara de Colombianos que nos delata.
Con Pipe, en uno de los callejones de Cuzco, buscábamos marihuana. Un tipejo se acercó. Nos preguntó si hablábamos español. Pipe dijo sí. Le preguntamos si vendía hierba. Nos dijo si pero valía unos 50 soles, es decir, unos 35 mil pesos la bolsita que uno consigue en el aeropuerto de la universidad en 2 mil pesos. Estábamos armando un pedo. Dos plazas nos ofrecieron. Al final no compramos nada como buenos colombianos que somos.
Nos fuimos a dormir. Y soñé que no despertaba.


Queridos amigos y no amigos que me han visto, leído, odiado, amado, creído que soy un retardado mental con gracia o un genio embrutecido. Qué estoy en esa delgada línea de la locura que rompe toda prudencia, esa línea que no admite ambición alguna, os dejo en estas líneas el más fraterno de mis abrazos.

Queridos míos, como sabéis, no tengo ambición alguna. Mi vida es un infle y desinfle de panza: el ejercicio de mis sensaciones. Lo otro, el mundo de la apariencia, para mi es inconsciencia. De ahí que mis proyectos sean solo acumulación de aire. Vacío. Porque así como otros quieren posesión material e intelectual, yo quiero nada. Con que respire y vea el cielo en la mañana me basta, con que los salude me es suficiente. Qué la vida se haga cargo de mi si es tan sabia como dicen.

No tengo ambición alguna. Por eso no cuento con dinero y ninguna relación amorosa me dura más de tres meses. No soy mesurado. No ahorro. Si tengo algo me lo gasto. La plata, como el semen, el amor, la vida me estorban y trato de quitarme culpas dándolo todo. No me importa el mañana. El hoy es lo que quedó y es y vendrá. Lo otro, el ayer y el mañana, son interpretaciones del hoy. Vivo el hoy así me muera de mañana.

Pero a pesar de todo creo en el amor así me distraiga de olvido. Porque para no olvidar debo asegurarme una mujer que me acompañe a hacer el odio como los marsupiales.

Amor y amistad, palabras mal interpretadas. Amor es carencia y la amistad idilio. Si alguien es nuestro amor y nuestro amigo es la afirmación de una carencia afectiva manifestada en una ilusión alejada de toda realidad. Gran dilema.

El cuento de la amistad es engorroso. Es empalagosa toda manifestación de afecto. Pero eso se debe al sistema educativo del que somos victimas.

En el colegio nos enseñan que la amistad es un valor, algo medible. Cómo si la amistad se midiera por metros o kilos o distancias. Pero así es el colegio. Le hacen creer a uno que una sensación y otra sensación son dos sensaciones. Cuando una sensación es movida por varias sensaciones, entonces una sensación son varias sensaciones y no una sensación. Así varias sensaciones más varias sensaciones no son dos sensaciones. Pero eso no debe decirle a los pelados porque la idea del colegio es la información de la individualidad, la idiotez en masa que come y caga y procrea y muere. La vida en cuatro pasos (nacer, crecer, reproducir y morir). Claro, para que esa terrible angustia de la vida en cuatro pasos duela menos nos ofrecen una amistad de idilio para acabarnos de confundir.

En clase de ética nos dicen que la amistad, el respeto, la tolerancia, la familia, la decencia y la huevonada hacen del uno alguien en la vida. ¡Alguien en la vida! ¿Se es alguien en la vida si se siguen los consejos de los profesores que son loros del sistema educativo? Porque en los colegios los profesores, triste decirlo, la mayoría se aprenden un discurso y lo repiten año tras año.

La amistad pura parafernalia de currículo. Si la amistad es “algo en la vida” (juiiiiiiiiii) es otra cosa distinta a un fascículo.

En caso de que se crea en el discurso de un profesor de ética que ni entiende que es la ética y que en los últimos meses ha leído nada distinto a la lista de mercado, no sería raro escucharlo citar apartes de libros que no existen y con títulos azarosos. Solo para no admitir que es un ser atrasado. Sus últimos libros, los recomendados, serían algo así: La amistad la mejor propuesta farmacéutica para abrazar al otro, Aprenda a ser amigo en 15 pasos, Entre amigos S.A, Cómo conseguir amigos en serie…

La amistad, queridos míos, ocurre sin hora de llegada ni de salida. No hay puntos cardinales sino abrazos entre nosotros. El sur es la cerveza del sábado, el norte la conversación interminable, el occidente las lecturas compartidas y el oriente la eterna intimidad en continuo amanecer. La amistad no envejece. No hay deseo de posesión y como no hay deseo de posesión no hay deseo sino complicidad.

En cambio con las relaciones amorosas es otra cosa, es la carencia afectiva la que invoca el encuentro. Las fechas pautan los recuerdos y el tiempo transcurrido. El calendario se inventó para los enamorados, para que encierren en círculos las fechas importantes para asegurarse la atención del otro.

La mujer tiene fecha de vencimiento. Cuando se jode, se toca, se posee, se chupa, se cansa, se viene… se descubre que el amor es aburrido. Entonces la mujer empieza a oler a cansancio, a lunes a las ocho de la mañana, a mamá cantaletosa, a cura desesperado, a beso de mueca y se busca a los amigos, a ese soplo de viento que nos despeina y nos hace sentir menos tristes.

Queridos amigos míos, afortunado soy al contar con ustedes. Pues no habrá otra época entre nosotros donde el ocio sea una manifestación tan vital que sea propuesta de vida.

Nos atrevimos a ser inútiles, a mirar las nubes, a cortejar niñas, a fumar marihuana, a enojarnos con Mauricio porque no hacía una cosa al tiempo y con una boca mantenía cinco conversaciones, a evitar a Sergio cuando se le salía la señora interna y hablaba en todas las direcciones, a buscar a Julián para refrescar algunos abrazos en sus palabras de viento, a caminar por las calles de Girardota sin rumbo fijo y encontrarnos a Cristian con una empanada en las manos, a emborracharnos en la casa de Julio y escucharlo cantar y abrazarlo más allá de la piel, a hacer colada en la Extravía y preguntar por Felipe y su religión de ternuras y cuentos vigilantes, a brincar en las mangas imitando a los grillos, a fumarnos un cigarrillo en una tarde de lluvia, a hablar de entrepiernas con Alejo González y de las nubes que parecen gatos que cobijan nuestros sueños, a mirarnos a los ojos después de una resaca, a bendecir a Fabio y su trompeta y su hijo Samuel, a tener el alma empedrada, a hablarle a Cesar Alzate de todas nuestras inconstancias juveniles, a sonreírnos con Lucho y sus ocurrencias, a escribir sin medida el transcurso de los últimos días, a importunar a Willian para que nos preste 100 mil pesos para un viaje al Perú, a tomarnos un tinto en silencio porque las palabras se quedaron en la libreta de apuntes, a escuchar a John Edwar leernos sus interminables poemas temblorosos, a recordarnos como los más geniales de nuestra época, a jugar ula ula con la eternidad, a sernos historia entre tanta indiferencia.

Queridos amigos y no amigos que me han visto, leído, odiado, amado, creído que soy un retardado mental con gracia o un genio embrutecido. Qué estoy en esa delgada línea de la locura que rompe toda prudencia, esa línea que no admite ambición alguna, os confieso que nunca habrá otro lugar en la historia que garantice tanta genialidad junta, despeinada, revuelta, separada y tan cercana a mí. Los quiero y eso es otro testimonio de que Dios existe y es todos ustedes. El templo de esta religión soy yo que los llevo en mí como equipaje y evangelio.





Para el anónimo 1,2 y que hace de abogado 2 del anónimo 1,2 y que es considerado brillante por otro anónimo que no es el anónimo 1,2 porque es el anónimo que lee al anónimo 1,2. A ellos, los nadie con voz, le va otro cuento. Un cuento que no es brillante como el anónimo 1,2 y que al anónimo que no es el anónimo 1,2 califica de brillante. En fin, queridos anónimos, este es un texto pañuelo para estos días de sol. Así que cualquier anónimo brillante puede utilizarlo, le doy permiso, para que se limpie el sudor de la frente

Una enfermedad el amor. Me daba más amor que gripa. El corazón no tenía defensas y cualquier luz lo encandilaba.

Estaba en clase de filosofía y yo miraba a Aura Rosa. Ella era una niña blanca, de cejas negras, cabello liso y negro. Ella cantaba y lo hacía bien. Toda mi atención estaba en ella.

En el descanso me le acerqué y le dije que me gustaba, así porque sí, por impulso, porque tenía buen trasero. Ella se sonrió y me dijo que no era su tipo. No dije nada y partí.

A la semana realizaron un concurso de poesía en el colegio. Ella ganó. Más me enamoré. Fue horrible. Me enteré que Aura Rosa se había ennoviado con un pelagato que le gustaba las artes marciales y los veía a los dos en los descansos entrenar. Fumaba mientras ellos entrenaban. No hablé durante meses. Callado le di el duelo a esa mujer que aprendía a pelear y estiraba sus nalgas entre patada y patada.

Luego empecé a hablar con Claudia, una muchacha que hacía el duelo de su novio que prestaba servicio militar y que no iba a volver. Claudia hablaba de cómo se besaban, de cómo él le propuso matrimonio y cuando ella dijo si él prefirió el ejército a la iglesia. Sin saber como, me encontraba otra vez enamorado de esta mujer que lloraba a otro tipo, pero, por sus nalgas alargadas y torneadas aguantaba que me hablara de su soldadito.

Claudia contó que su soldadito era muy candente. Él la desvistió, le tocó sus nalgas alargadas y torneadas, le besó los pechos, la penetró y ella sitió como él entraba.

En mí empezó el dolor de estómago. Entre más hablaba más me dolía el estómago. Miré sus labios, carnudos, moviéndose, me llamaban y sin control me lancé a ellos al tiempo que le apretaba las nalgas. Ella se separó. Me dijo que eso no se hacía.

Me quedé callado, mirándola, viéndola irse con sus nalgas alargadas y torneadas. Ella se puso de pie y dijo que no me quería volver a hablar en lo que le quedaba en el resto de la vida.

Permanecí callado un tiempo. No busqué a nadie. No quería hablar con nadie, estaba triste y solo y no quería que nadie se diera cuenta.

En casa, en la noche, empecé a dibujar mujeres desnudas. Había algún sentimiento reprimido que exorcizaba con los dibujos. Las dibujaba nalgonas, con traseros de ensueño. En una ocasión dibujé a la virgen con su hijo, ambos desnudos, viendo tv. La virgen era trigueña y tenía un trasero inmenso. Pues la virgen debe ser la madre de todos los traseros, de lo contrario no sería virgen. Era una virgen con un trasero que me gustaba. Un trasero para darle una palmadita.

Mi madre vio el dibujo y lo quemó porque era herejía. No dije nada. No volví a dibujar. No hacía nada. Me la pasaba caminando, fumando, callado.

Pero llegó Lina, una hija de una profesora. Ella era una mujer trigueña, tenía una cintura pequeña, un trasero bien proporcionado ¡Muy proporcionado! y unos pechos insinuantes. La veía y la veía y no podía quitarle los ojos a su trasero ¡Qué trasero!

Un hijo de Lina nacería con un coeficiente intelectual más grande que el resto de niños debido al tamaño de su trasero. Porque el feto tendría toda la grasa de los glúteos de Lina para desarrollarse y formar el cerebro. Tendría grasa de sobra hasta para formar dos cerebros.

Imaginaba que un hijo de ella, por su trasero, sería un genio. Claro, el padre no debería ser yo. Pues mi madre es desnalgada. Siempre ha tenido el trasero como símbolo y no como presencia. De ahí mi comportamiento, mi desastre. De ahí que tenga un cerebro sin grasa suficiente para ser más practico y que sea un cumulo de tuercas sin uso, regadas, confundidas.

El trasero de Lina me enamoró. La veía sentada viendo a los muchachos jugar futbol. Mierda, y yo que no servía para ningún deporte. Lina buscaba el complemento a la horma de su trasero. Un hombre tonificado, piernón, atlético, resistente y bello. No reunía ninguna de esas características. Mis pies eran pitillos con un par de nudos en la base. Cualquier viento los doblaba o los hería mortalmente.

Algo debía hacer para llamar la atención. En casa dañé varios pares de medias. Con unas tijeras les rompí las puntas. Metí el pie y subí las medias, una por una, hasta los gemelos. Luego amarré las medias con un cordón, en cada pie, para que no se me fueran a bajar a los tobillos. Me subí el pantalón. Me vi al espejo y parecía otro, un hombre con buenas piernas, en apariencia atlético. Porque una mujer que tiene un trasero-manantial-de-genios espera un hombre con piernas fuertes que le sirvan de soporte a ese trasero-manantial-de-genios.

Pasé por el lado de Lina y no me vio. Al otro día y al otro. Llegaba a casa y me quitaba las medias. Los pies estaban morados con la sangre estancada. El último día que me puse las madias Lina me miró y me llamó.

- Hola, te he visto mucho por estos días y me dio curiosidad por saber como te llamabas.

- Ehhh… Flo-re-re-ren-ti-ti-noo

- ¡Florentino! Qué nombre

- Sí

- Y a que te dedicas Florentino

- Ehhh… Flo-re-re-ren-ti-ti-noo

- ¿Eres bobo?

- Ehhh… Flo-re-re-ren-ti-ti-noo.

Lina se paró y se fue. Me quedé viéndola irse. No sirvieron las medias, ese simulacro de soporte para su trasero-manantial-de-genios. De nada sirven las estrategias para llegar a una mujer sino puedes hablarles cuando es necesario el dialogo. Y no sabía como hablarle a una mujer. Era un fiasco.

Lina se ennovio con el mejor deportista del colegio. Su trasero había encontrado un candidato para el genio que esperaba la luz de la vida dentro de su trasero. En su trasero los genios nadaban. ¡Hay ese trasero! Era demasiado trasero para mi invisibilidad esa Lina.


Trabajo en un bar hace varios meses. Meses en los que la noche es el escenario de mis impresiones. Bueno, no más bagatelas, al grano, esto no es un acto poético sino una anécdota. Luego hablaré del bar, de su gente, de su espacio, del sexo, del licor.

En el bar peleé. Y fue muy diferente a lo que me había imaginado. Antes caminaba por la calle e imaginaba que me daba a golpes con un transeúnte. Que le partía la cara con mis manos. Siempre había creído que a la hora de golpear a otro lo haría con palmaditas. Pero cuando el transeúnte me miraba inclinaba la cabeza y seguía de largo. Me daba pánico que hiciera mi sueño realidad. Un cobarde por naturaleza.

Al bar llegó un tipejo y fue directo al baño. Cuando salió, después de orinar, de tocarse el pájaro para tener fuerzas de realizar su cometido, empezó a tumbar las sillas y las mesas y a patearlas. En ese instante hablaba con otro man sobre la crisis del dólar y el desempleo que ha ocasionado. Tenía un vaso de agua en la mano.

Miré como caían las sillas. Llamé al intruso.

- Oee

Él me miró y sin pensarlo le lancé el vaso. Luego salí y sin saber cómo, sin explicarme el por qué de la reacción, me enceguecí. Lo puñetee. Fue fantástico. Hubo un momento en que me veía a mi mismo dándole puños y sonreía. Era extraño. No sentía los golpes que le daba y más le daba porque quería sentir en la mano lo que era reventar a otro.

Las gafas cayeron lejos. El man se levantó medio atontado y se marchó. Empecé a buscar las gafas. Las encontré. Les faltaba un lente. Lo busqué. Lo puse. Al ponerme las gafas estaban empañadas. Las limpié. Lo curioso es que en el ajetreo se arreglaron las gafas. Antes las había dañado, me había sentado en ellas y me quedaban torcidas. Pero con lo de la pelea quedaron como nuevas.

La mano se hincho. Trabajé igual. Ese día me invitaron a varías cervezas. Fumé hierba. Era una especie de superhéroe de pacotilla. No estaba ni triste ni alegre, solo tenía la mano hinchada. No tenía rencor, solo dolor de mano. Al llegar a casa me miré la mano y me quejé. Era horrible el dolor.

Ha pasado una semana y no he vuelto a ver al tipo. Me gustaría verlo. No sé bien por qué, pero verlo. Pues todavía tengo la mano izquierda buena.



La luz de la aurora se filtra por las rendijas de la ventana. Los rayos de luz hieren los ojos de Felipe. Estira las manos, se despereza, mira el techo, busca las pantuflas debajo de la cama, se las pone y se dirige al baño. En el espejo ve la espalda arañada. Sonríe. Vuelve al cuarto. En la cama la ve a ella, dormida, como si nada le importara.

Son las siete de la mañana, hora de levantarse, bañarse, ponerse el pantalón azul oscuro y la camisa blanca. Hora de medio peinarse, medio desayunar, med
io caminar en la punta de los pies para no despertar a la mujer que duerme en la cama.

Felipe sale de casa. En la calle la gente va y viene. Los carros se abalanzan sobre el peatón. Camina con la mirada al frente, como un buen ciudadano moderno, con los ojos rectos para prever cualquier movimiento sospechoso e inmediato. Siempre alerta, alterado, a prisa, pendiente del peatón y los automóviles. Siempre ciego al paisaje, a la niebla que empaña los cristales de los edificios, al sol que lo saluda entre las ramas de los árboles. Siempre distante de los transeúntes. Siempre mirando el reloj que lleva en su mano izquierda.

En la avenida camina y mira la calle, los postes, los transeúntes, las casas, pero sin mirarlas, sin pensar en lo visto... Imágenes sin resolución y pixeladas. Camina sin mirar, sin ir, sin pensar. Solo importa llegar a su trabajo. Mira el reloj, todavía tiene algunos minutos. Cruza la avenida. Camina media cuadra. Llega al edificio donde trabaja. Sin decir palabra, con un movimiento de cabeza, saluda al guardia. Entra al edificio, se dirige al ascensor. Presiona el botón que lo lleva al piso décimo. Se baja del ascensor. Camina hacía la oficina, saluda al jefe y se sienta en el sillón giratorio.

Felipe es el encargado de corregir los textos que se publican en la revista El rasguño. Es el editor. Es quien elige que publicar, el filtro que deben pasar muchos escritores jóvenes.

El día avanza. Felipe está leyendo un cuento sobre la tristeza del hombre. Un texto de un cuentista de no más de veinte años. Lo sabe por el tono del texto, por el afán de contarlo todo, sin medida y gracia. La historia del cuento no salva al cuento. Es lastimera y no dice nada. Habla de un hombre que su tristeza lo vuelve trasparente con el transcurrir de los días. Aunque la idea es interesante no atrapa al lector. No es una fotografía de un instante, un knockout al lector como lo plantea Cortazar. Es un relato disperso y confuso, plagado de adjetivos. Cada que nombra al protagonista le precede el adjetivo triste. Y el protagonista se llama El hombre. Pone el triste como si fuera el apellido, pero esa no es la intención porque el triste es un adjetivo. No hay intención del autor en repetir El Hombre triste más de quince veces en un texto de tres páginas. Además, adjetivo “triste” no es el indicado para representar un estado de ánimo. En vez de ir hombre triste puede ahorrase el adjetivo y dejar al sujeto: hombre, que de por sí es triste. Todo hombre es triste y desde que nace debe arreglárselas con la tristeza como hizo el poeta peruano Cesar Vallejo. El sufrimiento es el legado de las culturas antiguas. Escribir hombre triste es redundante si el contexto del cuento no lo deja claro. Es un texto experimental, anecdótico. Dos elementos muy frecuentes en los escritores jóvenes. Más que decir mostrar, representar. El adjetivo triste se suprime. El cuento es triste de publicar.

La hora del almuerzo. Felipe se dirige al restaurante, pide una sopa de fideos. Cucharea la sopa. Se centra en la sopa. No mira más que los fideos en la cuchara, como disminuyen después de cada cucharada. El plato limpio. Deja la cuchara sobre el plato y bebe cocacola. Eructa. Prende un Piel Roja sin filtro y vuelve a la oficina.

La multitud le aburre, pero, sabe que sin ella estaría inmensamente aburrido. Sin que nadie se de cuenta, como decía Baudelaire, hay que darse un baño de multitud. Necesita de otros cuerpos y de otros rostros que lo ignoren y le permita estar en la invisibilidad que brinda la ciudad. No puede vivir sin el bullicio, así en su apartamento sea un acto religioso el silencio y solo escuche el eco de sus pasos. Hasta la mujer que vive con él es un voto de silencio.

Felipe no habla de mujer alguna, ni de proyectos y sueños. Sus conversaciones se basan en lo urgente, en lo inmediato, en la bolsa de leche que falta, en el pago del arriendo, en la sección que sustituirá la sección Cuento para este número, en la sonrisa que debe pensar dos minutos antes de abrir la puerta de su apartamento.

Felipe exhala la última bocanada de su cigarrillo y tira la colilla al suelo. La colilla da contra una roca y cae sobre un charco de agua, al apagarse suena a un estornudo retenido en la boca. Medio saluda al portero, entra al edificio, se dirige a la oficina y se agazapa en el escritorio.

Afuera, en el edificio del frente, justo a veinte metros de la oficina de la revista El rasguño hay un apartamento. En el apartamento, frente a la ventana, hay una mujer leyendo. Ella no corre las cortinas y empieza a desvestirse. La camisa primero, luego la falda. En interiores continua la lectura. La mano izquierda recorre el borde del brasier. Lento se lo quita mientras con la mano derecha sostiene el libro. Se ensaliva los pezones.

Felipe toma uno de los textos que habla sobre la poesía contemporánea. Se indigna al leer calificativo en la poesía. La poesía para él no tiene tiempo, no es contemporánea. La poesía debe trascender los filtros del tiempo, debe ir más allá que los meros acontecimientos actuales, debe tocar lo profundo del lenguaje y eternizarlo, y no, como se cree, exaltarlo por determinada época. La poesía no tiene fecha sino música, o de lo contrario no se conocería a Homero, a Villón, a Safo, a Sheskespeare, a kavafis... Si ellos hubieran escrito poesía contemporánea hoy estarían cautivos en su tiempo, en lo contemporáneo de ese entonces y hoy pasado, caduco. De modo que este texto es impreciso y no se publica. Felipe toma otro texto a la vez que sorbe un trago café.

La mujer sigue leyendo con la mano izquierda entre sus piernas.

Felipe, sin mirar al frente, sin sentir curiosidad en lo que hay al frente, sin dejar de pensar en los textos, se dirige a la ventana y baja la persiana porque ventea y siente frío. Vuelve al escritorio y a su sillón giratorio. Organiza algunos papeles. Limpia el escritorio y el sillón. Se queda unos minutos mirando los papeles. Los organiza de nuevo. Verifica que todo esté en Orden. Mira el reloj. Es hora de volver a casa. Ve un libro de Stefan Zweig “Veinticuatro horas en la vida de una mujer” y lo guarda en el bolsillo del pantalón. Cierra la puerta. Ya todos se han ido. Baja el ascensor. Se despide del guardia. Baja a la calle y camina.

Felipe vuelve a enceguecer, vuelve a fijar los ojos en el vacío de la tarde que ha empezado a tornarse oscura. Medio ve las sombras de las personas que se encuentra. No saluda a nadie porque en la ciudad es un acto medieval saludar y mirar a los ojos a los transeúntes. Llega a casa, sube las escaleras. Acto seguido y memorizado, al introducir las llaves en la cerradura de la puerta, ensaya una sonrisa. Abre la puerta.

Una mujer lo espera, trigueña, pelo lacio, ojos saltones, en una silla mecedora. Él apenas se inmuta. Felipe enciende un cigarrillo. Se sienta en el sofá de la sala. El jazz lo relaja. Prende el equipo. There to get ready, Summer song de Dave Bruveck le brinda sosiego.
Ella sentada al frente de la ventana, en la mecedora, lo mira por encima del libro “Sexus” de Henry Miller y siente un cosquilleo en el estómago. Ella quiere hombre, pues, desde la tarde, desde que empezó a leer ha querido... Ya saben...

Felipe siente una mano en el cuello, se deja tocar. Ella le desabrocha la camisa, el pantalón. Ella se quita los calzones que es lo único que cubre su cuerpo y se abalanza sobre él. Él apenas mueve los labios. Ella gime. Él mira el vacío suspendido en el techo de la sala. Apenas se mueve, no deja de pensar en la poesía contemporánea. Imagina que diría Ezra Pound de la poesía contemporánea o que sería de un Arthaud, un Lautréamont, un Rimbaud si fueran contemporáneos y no clásicos. Ella lo araña. Las sombras en el techo, las telarañas, la poesía contemporánea. Ella se baja, le da un beso, se pone la camisa blanca de Felipe y se dirige a la cocina. Se sirve un vaso de agua. En silencio entra al dormitorio. Felipe entra luego. Alza las cobijas y se acuesta a un lado. Se duerme con la inquietud de si el autor del texto sobre la literatura contemporánea ha leído a Walt Whitman o a Fernando Pessoa. Los más seguro es que no.
Estaba en casa a eso de las cuatro de la tarde. Preparaba el almuerzo. Calentaba espaguetis en el fogón de gas. No había arroz. Detalle no previsto. Busqué en la nevera y encontré medio paquete de pan tajado. Saqué dos rebanadas. En un plato vertí los espaguetis, las dos rebanadas de pan, tajadas de plátano maduro y algunos pedazos de arepa frita. Al lado del plato puse un vaso con jugo de tomate de árbol. Me senté al lado de la ventana. Mordí una rebanada de pan. Comí espagueti. Masticaba.

El pan se mezclaba con el jugo de tomate a la vez que lo que quedaba de esa mezcla se mezclaba con la arepa frita y las tajadas de plátano maduro. La revoltura final pasó garganta abajo. Mordí otro pedazo de pan.

Veía el cielo. Era un cielo azul con muchas nubes blancas. Las nubes se movían. Hacían figuras. Masticaba en un acto mecánico. En las nubes aparecían figuras. Primero un toro, luego una casa, un seno, un torso, un castillo… hasta q
ue me vi contigo acostados en una cama de nube.

Moví la cabeza, asustado, pero, ahí estábamos los dos en las nubes observados por mí en la tierra. Te miraba y me miraba sin dejar de masticar. A veces detenía la quijada, pero retomaba el movimiento al instante.

En las nubes nos mirábamos a los ojos en ataques de sonrisas. Te besaba sin ansiedad para que el beso fuera más largo. El viento torneaba tu desnudez. A cucharadas me tragaba tu desnudez. Comía como te veía. Sentí el estómago caliente y te apreté. Tu desnudez alumbrándome la boca.

Tocaba tu espalda. Tu piel en la punta de los dedos. Te besaba la columna vertebral porque te quería vertical y mía. Te en
salivé los pezones. Con los labios hice círculos, rectángulos, espirales. Acudí al llamado eléctrico que le hacía tu cuerpo al mío.

Me abriste las piernas. Tu humedad entibió mi deseo. Entré despacio. Quería sentir hasta el fondo, engarzado a ti, empujándote con la pelvis. Salgo. Entro. Salgo. Entro.

Un pedazo de arepa frita cae del plato. La perrita ladró. Miré el plato y parte de los espaguetis estaban en el suelo al lado de una tajada y un pedazo de arepa frita. Mordí otro pedazo de pan y volví a mirar las nubes.

Arriba seguíamos tocándonos. Estabas e
n encima. Te movías. Te dejabas caer hasta mi pecho y me besabas los cuatro vellos que por cosas de la sinrazón allí me nacieron. Seguías besándome hasta el ombligo, incluso más abajo. Cerré los ojos. Indefenso me entregué a la sensación.

Rodábamos en las nubes. Te besé la entre pierna. Me bebé tu olor. Te bebí. En mi boca tus estremecimientos. Salada y dulce era tu desnudez. Rodábamos sin miedo a caernos. Volábamos. El aire nos comprimía. Éramos aire con piel y deseo. Aire en deporte extremo. Aire que buscaba sur vientre arriba donde la oscuridad respira. Aire unido al temblor que produce la altura. Aire en la danza del instinto en una coreografía de subí y bajas y embestidas.

Ya no masticaba. Sostenía un pedazo de arepa frita en los labios. Lelo miraba. Lelo sostenía la arepa en loa boca. Lelo me
sorprendieron algunos gránulos de sal en los labios y me limpié sin dejar de mirar.

Embestidas, gemidos, gritos, suspiros, caricias, sudor, nubes, besos, senos, ojos, senos, labios, senos, espalda, senos, estremecimientos, senos, senos y tetas. Penetración con los 5 sentidos.

Te llené el cuerpo de besos como si con cada beso intentara atar a ti una estrella, como si mi saliva fuer
a alfileres para pegar en tu piel, tu piel de noche, lucecitas en desorden. Te besé los párpados porque que tras ellos habían dos lunas en creciente.

La perrita ladró y la miré. Pedía espaguetis, más espaguetis. Ella se comió gran parte del almuerzo. Le tiré el último pedazo de pan. Intenté mirar las nubes y vi solo nubes. Nada más que nubes. Me busqué y te busqué y nada. No insistí. Lavé los platos. Miré la perrita que me miraba. La miré fijamente. Le saqué la lengua. La perrita miró hacía otro lado. Sonreí.

Me dirigí al cuarto. Me tiré en la cama. No quería hacer nada. Miré el techo. Miré la ventana y esperé. Me preparaba para ser soñado. Porque lo soñado cuando es soñado con todos los sentidos sueña quién lo soñó sin escapatoria. Por eso desde ayer te espero con tu sueño volador, con tu sueño húmedo, con tu sueño de gemidos traslucidos, con tu sueño de nube, con tu realidad de nube eléctrica. Mientras, miro el cielo con sed, ansioso.