Estoy triste de nacimiento. Con la tristeza chupé del seno de mi madre y lloré de hambre. Mordí el tetero, aún sin dientes, para que la tristeza no me lo arrebatara. Siempre ha sido así. Siempre muerdo lo que quiero y la tristeza lo arrebata. Por eso rastrillo los dientes dormido, de impotencia y de rabia.


Con la tristeza cambié mis muñecos de yupi, me caí en la bici y me raspé las rodillas, jugué el lobo del aire en un ciruelo, le vi los calzones a la tía mayor y me dio mal de ojo, maté un perrito porque creí que volaba y se estrelló en el suelo, comí mango verde con sal y limón.


Con la tristeza busqué helecho para chambuscar marranos. Cortaba el helecho y lo cargaba sobre la espalda hasta la casa del abuelo. Bebía un jugo de naranja e imaginaba al marrano negro, quemado, humeante, con el helecho que había cortado.
Me paraba frente al espejo con la tristeza, nos mediamos, comprobábamos cual de los dos era más alto. Trataba de empinarme, comer más que el día anterior, alzar las manos, mirar más al cielo si por casualidad se me estiraba el cuello. Siempre era más bajo que la tristeza.


Estoy tan triste tristeza y más que una queja es una ausencia esto que siento. Estoy tan triste tristeza que hay en mí pasos hacía otra parte, pasos que ya me caminan y me llevan, pasos que me salvan. Me atraviesa esa ausencia, me es necesaria.


Estoy tan triste tristeza que esta soledad que soy se hace vieja, se desgasta, se emborracha, se enmarihuana, se enluciana, revisa la cuenta bancaria (002-2702553-1 en Bancolombia, cuenta de ahorros. Nombre completo Juan Camilo Betancur) y ve 100 mil pesos que antes no había. Entonces esta soledad que soy, de cuerpo extraño, sonríe porque hoy está menos triste. Hay caminos, hay labios, hay pasajes.


Tristeza hoy te invito a un cigarrillo. Acompáñame a mirar el cielo para que se te estire el cuello un poquito. Ya no soy egoísta contigo tristeza, ya no me mido con vos, no va al caso. Miremos las nubes. Allá arriba. Nuestras nubes. Y brindémosle un racimo de nubes a aquella persona que me consigno los 100 mil pesos.


Tristeza hoy no estoy tan triste, pero se está tan triste, todo el tiempo, que es bueno fumar, hablar con un amigo, seguir con los preparativos del viaje y agradecer todas las ayudas. Así, tristeza, agradecé también que eres tripulante de este viaje.

Llega un momento en que se debe viajar. No se sabe en que momento. Se siente y cuando se siente es irremediable dar vuelta atrás. Al menos si es una decisión vital.

Hay que atreverse a conocer otras tierras. Ver otras culturas. Porque el asombro se atrofia si lo dejas circulando por las mismas calles, los mismos rostros. El asombro se va acostumbrando a que no hay sur más allá de las montañas.

Siempre me han atraído los viajes. El ignorante no viaja, dicen. Hasta el momento soy uno de los más grandes ignorantes. Cabronamente sedentario.

La sabiduría está en el camino. Vivir es saber. Necesito esa máxima como practica y no como teoría.

Pero estoy lleno de miedos. Culpa de la culpa ancestral de mi familia. Me educaron con el ideal de crecer, procrear, ver tv, comer cerdo en diciembre, casarme, rascarme las pelotas, envejecer, ser ejemplo… en fin. Fin.

A los trece años intuí que si seguía en casa me moriría de solo. Entonces hice maletas. Empaqué dos camisas, algunos muñecos cabezones de yupi que eran personajes del Chavo del Ocho, algunas naranjas, un par de medias Adidas, un pañuelo, una foto de mi madre.

Dije en casa que iba a pasar el fin de semana donde amigo. Pero todavía no era el tiempo.

Vivía en Fredonia y llegué a la ciudad. Una volqueta me llevó. Mierda. No sabía que hacer. Amanecí bajo un edificio. Lloré de solo, de frío, de gris, de oscuro, de niño, de hambre, de noche, de miedo, de cocuyo, de sucio, de mí.

Apenas amaneció volví a casa. No dije nada. Solo en mí quedó ese primer fracaso.
Desde entonces hago paseos cortos, pero con la diferencia que vuelvo, por más lejos que llegué, vuelvo. Es distinto.

Ahora es otra cosa. Conocí una luz que me mueve. Se llama Luciana. Ella es Argentina y vive en Buenos Aires. Me escribo con ella. Hay algo en esas palabras que le escribo y me escribe que me convence de que ella es ese puerto, esa frontera, ese límite al que debo llegar para admitir que ya no hay límites porque ambos seremos frontera.

Ella piensa hacer un viaje hasta Perú. Por lo que me ha dicho es un viaje que quiere hacer desde hace tiempo y ha ahorrado para ello.

Yo, en cambio, apenas empiezo ahorrar. No sé que voy hacer pero algo haré. Hice un presupuesto para el viaje. Necesito unos mil dólares.

Para ese capital redacté algunas cartas a mis amigos para que me ayuden con un trabajo temporal. Necesito dinero. La idea es salir en enero.

Hay dos razones para ese viaje. La primera es viajar y proporcionarle al asombro su estatus de asombro y pueda cantar ese viaje. Y la otra es Luciana. Siento algo muy raro por ella. Si, sin más rodeos, me gusta esa Luciana y quiero luchar por ese encuentro.

Luciana es un país donde las flores bailan tango. Un país donde el suspiro es el himno nacional de los posibles. Tírame ese posible Luciana. Si, indudablemente, estoy enamorado. No hay remedio. Ya sueño con que estoy lejos, buscándote, tocándote, mirándote, hablándote, mordiéndote, enlunado. A ese país me dirijo.

Pero necesito dinero, por eso utilizaré mi blog como medio para financiar ese viaje. Es decir, dejaré la cuenta bancaria para quien quiera patrocinarme, ayudar a esta alma que soy buscar su otra mitad de alma que ahora ve. Quién se haya enamorado me entiende, y está de acuerdo conmigo en que es mejor el amor que la perfección y que por amor la vida cobra sentido. Entonces dejo este numero de cuanta para que me ayuden a encontrar a Luciana.

La cuenta es: 002-2702553-1 en Bancolombia, cuenta de ahorros. Nombre completo Juan Camilo Betancur.

Igual, para quien le interese, redactaré crónicas de viaje para dar fe del viaje y de mi alumbramiento. Hacer los preparativos, querida Luciana, es ya empezar a viajar.



Colombia es un país de asesinos en serie. Los más famosos: Pedro Alfonso López el monstruo de los Andes y el reconocido Garabito. Ambos enfermos sexuales. El primero obsesionado por niñas no mayores de 17 años y las violaba. Después de violarlas las estrangulaba para ver la inocencia en estado puro. Escogía sus victimas a plena luz del día para asegurarle más detalles a su excitación. Fue verdugo en Perú, Colombia y Ecuador. El otro, Garabito, se ensañó con niños. A todos los violaba y torturaba cortándoles los genitales. Garabito ya es cultura general en la violencia de Colombia.

Ambos coincidieron en ocultarse en las montañas. Dejar en lo oculto de la selva, del campo, las pruebas de sus crímenes.

No solo ellos han sido monstruos en serie. Han habido otros sectores, menos visibles, pero igual de devastadores, el estado entre ellos. Entre sus atrocidades se nombra la toma del palacio de justicia y los desaparecidos (...) y ahora la presión que ejerce a la educación pública y a la marcha indígena. O los paramilitares con sus fosas comunes y las decapitaciones con motosierras. O la misma guerrilla con los atentados. Y que decir de la infinita guerra de liberales y conservadores. Y que decir de todos los que usamos la coraza de la indiferencia.

Colombia es un país violento por naturaleza. Una guerra que opaca el paisaje, una guerra que se patrocina desde arriba, una guerra que multiplicó el madre solterismo, una guerra que llevamos en las venas. No es de extrañarse entonces que esos actos ocurran y sigan ocurriendo, sin que surja cambio alguno. El odio escudo nacional de hombres indiferentes. El odio cúspide de sangre derramada por una guerra que nos dio la primera palmada en la nalga. El odio carta magna del instinto.

Son incontables los abusos que suceden a diario. En las noticias solo se cubre la parte más visible de los hechos. Los medios van a los lugares más cercanos, más urbanos, para no perder la chiva. Pero dejan lo otro a oscuras. Las montañas están inexploradas por los medios de comunicación. Hay mucho zancudo, mucho paisaje, mucho silencio en las montañas como atraer al colombiano tan civilizado, que quiere sacar barriga, procrear, tener hijos y morirse. Pero eso sí, que nadie los moleste. Esta historia patria los indigesta.

Pero es en las montañas donde la muerte es más lenta y horrorosa. Con Pablo Escobar se hizo mucha bulla porque era un fenómeno urbano y las muertes eran rápidas y visibles. En cambio con los paramilitares apenas se descubren sus atrocidades, porque sucedió en las montañas, donde no hay una cede de un medio de comunicación, ni una ONG, ni una alcaldía, ni un CAI, ni nada. Donde no hay como verificar ningún hecho.

Es en las profundidades de las montañas del suroeste antioqueño, acaba de nacer otro asesino en serie. Se dice que tiene vínculos con los paramilitares, hoy, las águilas negras. Es un joven de 19 años y ya ha matado a dos. Pero no a niñas ni niños, sino a hombres con algún retardo mental. Específicamente en el municipio de Fredonia, en la vereda de Travesías.

Él se llama Yeison Acevedo Morales y ha matado a dos. El primero fue a un tío, Ernesto Morales, el pasado 16 de octubre. Y el segundo fue Carlos Garrucha, un tío político, a quien asesinó el pasado dos de noviembre.

Yeisón después del primer asesinato, tal vez el más duro, el que le mediría la sangre, se fugó por dos semanas. Luego volvió a su antigua casa como si hubiera salido de vacaciones. Su antigua familia lo acusó a la policía. Por falta de pruebas fue liberado.

Yeison estuvo en la casa, silencioso, planeando la muerte de Carlos Garrucha. Necesitaba hacerse más fuerte para ir por el gran pez, Pedro Pablo Echeverry, el que mató a su padre.

Yeisón desde pequeño siempre, cuando hablaba, miraba a la derecha. Pocas veces seguía una conversación con la mirada fija. De pronto se acordaba de algo y miraba a la derecha. Entonces se quedaba callado y apretaba los puños. Porque el hombre cuando mira a la izquierda es cuando miente y a la derecha cuando recuerda.

Yeisón desde muy pequeño iba a la casa de Pablo a observarlo. Lo miraba fijamente. Luego se quedaba llorando, solo, jurando vengarse. Además Pablo embarazó a su madre, al poco tiempo de haber matado a puñaladas a su papá.

Pedro Pablo en estos instantes está encerrado en su casa. Se muere lentamente. El terror lo ha visitado. Tiene una tienda y desde hace dos semanas no la abre. Esta cagado de miedo. Además sabe que su nombre se susurra con más fuerza al otro lado. Y que su hijo, el único digno de él, el que engendró con un error, cada vez se hace más fuerte. Y sabe que su muerte va a ser lenta y dolorosa, más lenta y dolorosa que las que ha cometido su verdugo.

Yeisón se prepara para Pablo y Pablo lo sabe. Yeisón tortura a Pablo con la imaginación de su propia muerte. Con varías personas dejó el recado de que el viejo maldito será el último y el más sufrido.

Pablo estaba en casa, con su segunda esposa, mirando tv, cuando le contaron del asesinato de Carlos Garrucha.

Carlos Garrucha era la mano de derecha de Aurelio, el abuelo de Yeisón. Carlos era que cortaba los guineos, recolectaba el café, mercaba, realizaba las tareas básicas de la casa. Era casado y tenía dos hijos.

Yeisón, después de que fue detenido, volvió a casa, hizo maletas y se fue. Eso hizo creer.

En casa de Aurelio se fue el agua, Garrucha como siempre acudió a arreglar el daño. Como antes, era posible que un tronco o arena hubieran taponado el tanque o la tubería.

Garrucha apareció el lunes tres de noviembre, picado a machetazos, dentro del tanque. Yeisón le dio 23 machetazos, lo cortó por las articulaciones. Cabeza, brazos, piernas... Luego puso una lata sobre el tanque, a la lata la aseguró con llantas y rocas. Y marchó.

Pablo escuchó la noticia. Se hizo el fuerte. Dijo acostarse a dormir. Pero no durmió. Esa noche escuchó pasos fuera de su casa y una voz que pronunciaba su nombre.




Últimamente ando mesurado en este blog. No he querido contar muchas cosas. Intento ser parcial y escribir sobre generalidades. Según se dice, las generalidades dan cierto aire de decencia y sabiduría.  El que es general es universal. El que sabe de todo es más práctico. Pero no soy decente ni sabio. Además esas cuestiones de vanidad, en verdad, me dan flatulencias.

Sé que debo respetar a los otros. Nadie es culpable de mis desgarramientos. ¡Qué me demanden entonces!  No escribo para que me lean. Aunque su lectura, querido lector, me hace sentir menos solo. Mi fin es descubrirme en mí. Tocar mis debilidades, saber de mis límites, enfocar mis miedos. El resultado final, el texto, si gusta o no, me dará igual porque fue un estudio de mí, un resultado de mí, lo otro es añadidura.

Podrán decirme que ese argumento es valido pero sin que se publique texto alguno. De acuerdo. Pero si lo público y no lo público quedaré igual. Veré con los mismos ojos el mundo. Nada a parte de mí habrá cambiado. No me interesa salvar el mundo, no quiero acumular dinero, no soy un caudillo, apenas puedo hablar. Así que no veo la diferencia si lo que quiero es ser o no ser aceptado por quien me lee. Es cosa del lector los juicios. Además me atrae la idea de que mis errores alteren a los que comenten los mismos errores. Tal vez lo que les duela es que se identifican con algunas de mis cosas y no les gusta sentirse endemoniados, débiles, frágiles, insignificantes, asustados, indefensos, fracasados. Entonces reaccionan y atacan o se van o se quedan y leen sin decir nada, como mirando en mí ego de ellos eso que odian.

Estuve por varias semanas jugando a ser bueno. Quería hacer bien las cosas y encajar en el sistema de las buenas intenciones e individuos incorruptibles.  Bueno, lo hacía motivado por la fiebre del amor. Que le vamos hacer, también soy miope de corazón.

Estaba enamorado. Si Luciana, de mujer mayor. Pero está vez la barrera de la edad pudo más que la entrega. Tengo la manía de mirar donde no debo. Por ella dejé de contarme con todo el desgarramiento. Por ella creí un posible. La esperé más de lo conveniente.

Luciana, cuando uno se enamora ve derecho todo lo que es torcido. El deseo circula por las venas, nubla la vista, atrofia los sentidos. Se tiene la razón envenenada de impulsos. Pero me gusta ese envenenamiento.

En fin, sucede, fui más poesía que hombre. Creo que ya te lo había dicho. Y no me justifico. Admito que no hice bien las cosas. Mi cobardía, mi puta cobardía, no sabes cuánto me fastidia. Llené la esperanza de distancias. Faltaron algunas vueltas a la tierra antes de que yo naciera. Le faltó otro giro al destino para que fuéramos complemento. Contra eso no hay poder humano. Si uno quiere un árbol de mandarina, lo consigue, pero no puede hacer que el mandarino dé frutos antes tiempo. Hay unas leyes por encima de nuestros deseos.

Se puede saber que se quiere esto o aquello y que esto y aquello no coincide con lo que se siente de esto y aquello. Tal vez por buscar lo que no me corresponda me pierda otra cosecha, otro florecer que si es el que me corresponde y se marchita por mi terquedad, por mi ansiedad, por mi prisa, porque soy un torombolo, un morocho como me decís de cariño, tu morocho, un mamarracho, un hombrecillo con los brazos tercos. Hay que mesurarse Camilo para arrojarse al abismo con más determinación. Hay que sincerarse ¿Por qué a quien le mentís cuando mientes?

Luciana, me decías que en algún momento íbamos a coincidir, no sabías cuándo ni en qué tiempo, pero que íbamos a coincidir. Por las cosas, por como están pasando, creo que tenías razón y qué será en este tiempo. Vea, le tiro un pedazo de magia. Hace aproximadamente dos horas escuchaba tu canción Golondrinas y una tórtola se entró a la casa. Dio vueltas por el techo. De golpe aterrizó en la cama de mi hermanita. Yo estaba en el comprador fumando y escuchándote. En la casa hay una perrita que no quiero mucho, pero no me cae mal del todo. La perrita se lanzó al ataque. El ave se introdujo en las cobijas. Vi la perrita encima de la cama y atrapé la tórtola. Me senté con ella en el computador. Puse tu canción y el ave se quedó quieta. Me dio por pensar que me la habías enviado. Me sonreí. Esas ideas son muy tontas. Pero soy tonto, soy ingenuo, soy despistado, soy débil, soy pobre, soy ocioso, soñador, tímido, triste y esas ideas para mí no son tan tontas por lo tonto que soy cuando me sé tonto. Luego salí de casa, abrí la mano y la tórtola se fue.

No quería que se fuera ni la tórtola ni mi idea de vos en la tórtola. Pero eso es lo que quiere todo el mundo. Soy un infante en estas cosas del amor y no quiero crecer. Solo los niños conocen la sabiduría del amor porque no idealizan y no desean más de lo que les es permitido por el asombro.

Ella, de la que me enamoré antes de vos, fue la que tocó la puerta. Ella me dejó una ausencia cálida. Sé que no hay ausencias cálidas. Pero esa fue cálida, que le vamos hacer, así la sentí. Fue una ausencia propulsora, ausencia  aceite, ausencia sacudida de deseo, ausencia puente, ausencia guía, ausencia maestra de ceremonia.

Tal vez otros tipos sean más prácticos y en mi lugar no renuncien y jueguen a hacerse indispensables.  Pero no soy como otros tipos porque ni sé como soy. Además, mi apuesta es la ilusión y no el futuro. Por eso me pierdo, porque por dar no abro los ojos y no veo indicios, señales, pistas. Soy experto envolatándome.

Ahora todos los hombres que soy empezaron a leer otras pistas,  otros signos que los llaman, otras señales que los hacen visibles.

Si, eres tú, Luciana, la argentina, la música, la de las señales, la que canta el olor de la orquídea y el jazmín y vive en la otra orilla del olvido. Miles de kilómetros separan nuestras bocas. Y lo contradictorio es que siento que vives a dos casas de la mía. Que basta con abrir la puerta, caminar un poco, verte la cara, besarte la boca, tomarte la mano y que me moleste la cremallera y entonces reír porque me descubriste soñándote en cada parte de mi cuerpo.

De nuevo, por ti, Luciana, soy el círculo y me repito como todo lo que sueña y tiene manos y se queja y sufre y fuma y se rasca el estómago. De nuevo el amor, el deseo, la cursilería. De nuevo el de nuevo. Pero ¿Cuántas veces se siente lo mismo en la vida? Si muchas. Pero ¿Con cuánta determinación? ¿Cuánta Luciana?¿Por qué no hacer equipaje?

 

Despertarse en la mañana, desayunar y bañarse. Esta camisa sí, ésta otra no. Lavarse los dientes. Estar cara a cara frente al mundo, habitándolo, sufriéndolo. Escuchar las noticias y sentirse triste de que nada cambiará sino se instaura el caos y nos rebelamos todos contra el gobierno de un hombre. Es triste que millones de hombres sean gobernados por un solo hombre. Un solo hombre es un país entero. Un solo hombre nos tiene en guerra sembrando desierto en el campo.

Es muy fácil no complicase la vida y complicársela es tremenda empresa. De ahí que finjamos que nada pasa, que el presidente puede resolverlo todo y adoptemos la indiferencia como coraza.

No conozco al primer individuo con una vida sobria dedicado solo a florecer como los claveles. Tenemos el lenguaje y por eso no somos claveles. Para el ciclo del clavel buen tiempo, rayos de sol, lluvia y tierra bastan. Al hombre siempre le va a faltar algo: una mujer, una vaca, una prenda de vestir, un asesinato por cometer, una Luciana, otra reelección, el azúcar en el chocolate.

No sé del primer hombre conforme. Si existe que me escriba para aprender de él en todo momento y vivir sin quejarme, satisfecho de respirar, ir al baño, mirar las estrellas o soñar sin la agonía de existir.

Un hombre satisfecho es un extraterrestre, sin sentimientos, sin deseos. De las preocupaciones nace una fugacidad espontánea del espíritu llamada felicidad. Entonces el hombre satisfecho no es feliz ni triste, está vacío.

No, no quiero la plenitud. Hombre satisfecho no me escriba. No me gusta la perfección porque no tendría a quien culpar por las consecuencias de mis actos.

Veamos, si un hombre está más allá del bien y del mal no amaría. Estaría enfermo. Me atrevería a decir que la imagen de Dios le sería un espejismo, porque Dios es el argumento para imaginar un pie en la pierna amputada. En Colombia es donde más creemos en Dios por la cantidad de piernas emputadas que ha dejado está guerra. Curiosamente es uno de los países con más arrepentimientos y fiestas.

Supongamos que exista un hombre perfecto sin testimonio de un desamor o una diarrea, sin azares, sin miedos. Un hombre sin azares no necesita de Dios puesto que nada le debe. Se acude al bueno de Dios como se acude a una prendería, se empeña el alma por un perdón.

La perfección no sabe de bostezos, de mujeres lúgubres, de enamorarse de una amando a diez, de quebrarse un tobillo, de comer lechuga e indigestarse, de emborracharse y querer enamorar la luna con poemas mal escritos, de levantarse todos los días sin saber que hacer.

La perfección nos hace insensibles. No hay preguntas, no hay deseos de vivir, no hay lucha. Por eso es importante la infelicidad. Solo siendo infelices se puede pensar en ser felices. Si se está aburrido 7 días a la semana, pero si por casualidad una alegría te embriaga tres horas, hay que sentir esas tres horas como si fueran siete días. Entonces no se habrá sido más feliz. Cuando un pájaro con un ala herida se traslada de un lugar a otro, con todo el dolor y la impotencia, es feliz entre saltico y saltico cuando alza sus patas de la superficie del césped. A esa felicidad me refiero, a la felicidad de los salticos.

Es inútil la plenitud, la perfección, el querer ser mejor el día de mañana, realizar proyectos de vida, ser el centro del universo. La vida es un caos sin remedio. La vida son episodios efímeros y desordenados. De ahí que la depresión sea constante porque no controlamos los azares, porque nada sale como queremos. Vivamos ese desorden sin pretender ordenarlo.

En caso de que se puede arreglar el caos y el presidente de la república nos venda la idea de que todo está bien, que los paros de los cañeros y los indígenas son un problema en miniatura, que la crisis de la bolsa de valores en Estados Unidos no afecta nuestra economía, que los paramilitares se desmovilizan cuando nunca se han desarmado, que todo es una tonta idea de control, de salvación. Pero tras esa idea está el caos que oculta el discurso. Y ni el presidente de la república ni nadie pueden arreglar este caos. La vaina se sale de las manos, siempre ha estado fuera del alcance. El caos está desde siempre, y vivirlo es aceptarnos. Si se arregla el caos deja de ser caos y si el caos deja de regirnos dejamos de ser nosotros porque la vida no es solo el lenguaje y si el caos deja de ser vida ¿Qué sería de la vida? ¿Qué sentido tendría procrear por accidente? ¿Me preocuparía a caso del polen en la flor? ¿Seguiría declarándole mi amor a una mujer imposible a la que le escribo cartas y le confieso que la quiero? ¿Iría por la calle robándole a los senos altura? ¿Estaría escribiendo estas cosas?

Hay que complicarse un poco la vida. Los problemas ofrecen diversión. Los problemas nos hacen más individuos. Los problemas nos brindan soluciones y si no hay soluciones no hay problemas y si las hay, como decía un amigo, tampoco hay problema. No hay que controlarlo todo. De vez en cuando es recomendable intentar desayunar con un bolígrafo o saludar un sapo para preguntarle sobre Vivildi.

El hombre sería menos triste de lo que es ahora si se atreve a ser imperfecto y pensar por si mismo y dudar de todo aquel que se crea el salvador. Pues no hay nada más vital que los reos, los hijos pródigos, como el hijo que se va de casa y vive y sufre y malgasta la herencia y es infeliz y vuelve a casa y le matan el mejor cerdo. Mientras el hijo que siempre estuvo fiel, trabajador, perfecto, nunca tuvo una atención significante de su padre. Porque las ovejas descarriadas aprenden a ser sus propios pastores. Se atrevieron a ser infelices, renunciar a las seguridades, aceptar las imperfecciones, el caos interior para encontrarse así mismos
El lunes es para sentirlo sin palabras, sin deseos, estancado, hueco por dentro. El lunes es un día de salto de renglón. Un día para no recordar. Un día para andar con las manos en los bolsillos del pantalón. Un día para no mirar el cielo porque los ojos están nublados. Un día para llorar sin que se note. Un día para morirse de impotencia.

No me gusta el lunes. Un lunes es como encontrarse la luz del día después de una noche de fiesta. El lunes huele a muerte porque es el día en que más gente muere. Es el día de los infartos y los paros cardíacos. Es el día en que más caras tristes cruzan las calles, toman los autobuses, luchan con las ojeras. Es el día es que nadie se toca las orejas porque no hay tiempo para estar por el aburrimiento de estar. La gente detesta trabajar el lunes porque es el inicio de otra semana.

Lunes aburrimiento. Martes resignación. Miércoles vacío. Jueves alucinación. Viernes marihuana. Sábado mujer. Domingo dolor de estómago. Lunes aburrimiento y temblor en el alma.Fumarse un cigarrillo un lunes es fumarse un cansancio. Enamorarse de una mujer el lunes es asegurarse un olvido. Hacer planes un lunes es hacer castillos en el aire. Escribir poemas un lunes es insultar al buen gusto y la prudencia. Hacer el amor un lunes es apuñalar el corazón a indiferencias.

No hago nada los lunes. Duermo hasta las diez de la mañana. Estiro las manos. Bostezo. Miro a través de la ventana la montaña que me saluda y me saco un moco, lo envuelvo en los dedos índice y pulgar y tiro la bolita verde al piso. Voy a la cocina. Prendo la grabadora. Escucho a Julio Sánchez Cristo hablando bien del presidente Uribe y de su resistencia ante los consejos comunitarios. Apago la grabadora. No me interesa el país un lunes. Que se decrete el día de la indiferencia el día lunes.

Prendo el fogón de gas. Veo la arepa dorarse en la parrilla. La arepa huele distinto el lunes. Huele a cable quemado, a caucho viejo. Igual, le echó mantequilla y la muerdo. Me como la arepa sin sentir que me como una arepa, de la misma manera en que se saluda a cualquier persona en la calle, por reflejo, por necesidad de movimiento, por incapacidad de hacer una sola cosa a la vez, por pensar mientras el cuerpo hace otra cosa, por detestar el lunes.

Vuelvo a la cama. Quiero leer pero estoy cansado. Quiero escribir pero no sé qué. Quiero ser un hombre responsable pero es lunes para imaginar un futuro. Quiero hacer algo pero no hay deseo. Puto lunes.Miro el techo y me siento triste, aburrido, enamorado, solo, impotente, quejumbroso, lunes, amarillo, malparido, fracasado, inseguro, otra vez solo, otra vez lunes, otra vez fracasado, otra vez enamorado, otra vez solo, otra vez malparido, otra vez inseguro.

Lunes care nalga. Lunes de putas sin maquillaje. Lunes lunar de la semana. Lunes de espanto. Lunes de cigarrillos. Lunes en que te echan de la vida. Lunes para aburrirse con todo y con todos. Lunes sin respuesta. Lunes sin lectores. No me lean. Huevones.
Salí de Fredonia hace seis años para estudiar periodismo en la Universidad de Antioquia. Partí. Porque hay que hacerse hombre fuera de casa. Luego regresar a valorar lo perdido.

Fredonia es frío, cafetero. Cuna del escultor Rodrigo Arenas Betancur, el escritor Don Efe Gómez. También es un municipio arrasado por tres derrumbes. Acontecimientos que son Iconos en la tierra de hombres libres. Hechos turísticos en la historia del municipio.

Mi casa estaba ubicada en la vereda Travesías. Era una vereda tranquila. Nunca pasaba nada. El tiempo se entretenía comiendo naranjas o jugando al escondijo con nosotros. Y le hacíamos trampa al tiempo. No lo buscábamos. Queríamos ser eternos un ratico.

Conocí mucha gente en ese lugar, de allá es mi infancia. Mis recuerdos están llenos de cielos estrellados, de tardes nubladas, de novenas del niño Dios, de gallinas, de carreteras, de arepas con mantequilla de vaca, de sueños que eran posibles porque eran inocentes.

Se creía en la tranquilidad. No había plata pero nada faltaba. Siempre había una risa que ofrecer al vecino. Sabíamos con quien enojarnos porque podíamos hacer las pases. Fuera del campo todos estamos enojados porque no nos detenemos a caminar y todo no es invisible y todo se mide con la prisa.

Ernesto Morales siempre me saludaba con una sonrisa. Iba a la casa a que mi madre le diera chocolate y un par de galletas Saltín. Llegaba a las seis de la mañana. Sonreía y se despedía. Daba una ronda por las casas vecinas. Llegaba a la hora del almuerzo, el desayuno o la comida cuando no tenía trabajo. Cuando trabajaba se quedaba en una sola casa. Trabajaba por la comida y por tener un techo donde dormir algunas noches. No le gustaba su casa porque su familia era muy escandalosa y se insultaban por deporte.

Él era pacifista. No le gustaba pelear. Huía de los problemas. Le tenía fobia a la policía porque pensaba que lo iban a culpar de un delito no cometido. Es legal una equivocación.

Cantaba en las mañanas. Escucha desde mi pieza su voz a las 6:00 am. Era como mi reloj despertador para ir al colegio. Cantaba las mismas canciones: algunas rancheras de Vicente Fernández y otras de despecho de Darío Gómez.

Le decían Colanta porque era lo único que decía de pequeño. Si le preguntaban que quería contestaba Colanta. Colanta con banano, Colanta con agua de panela, Colanta con café, Colanta con mermelada de guayaba.

Tenía una novia 10 años mayor. Salían los domingos, iban a misa, se confesaban. Luego se sentaban felices, enamorados, con las mejillas encendidas después del beso, en unas de las heladerías del atrio a mirar a la gente pasar.

Si estuviera vivo tendría unos 36 años. Lo mataron el sábado 16 de octubre. Le hincharon el rostro a golpes. Le reventaron un zurriago en la frente. El asesino fue un sobrino.

Ese sábado habían dos festivales. Uno en la vereda la Toscana y otro en Travesías. Ernesto estaba con su novia en el festival de la Toscana. Bailaron, se abrazaron y se dieron un beso tímido en la despedida. A la media hora llegó su sobrino, Yeison Acevedo Morales. Al enterarse de que su tío no estaba se dirigió al otro festival. Tampoco. Caminó hasta una cantina, El reposo. Allí lo encontró. Ernesto estaba sentado en la barra con una cerveza Pilsen y un cigarrillo President. Se le acercó y le dijo que caminaran. Ernesto se despidió cantando.

Ese día Yeison tenía la herida de un recuerdo en sus ojos. Un reclamo que hacía al tipo equivocado. La perdida de algo sagrado subía por sus venas.

A su padre lo mataron cuando tenía dos años. Lo mató Pedro Pablo Echeverry en 1991, año de la constitución Política de Colombia. Lo mató a puñaladas por una ruana y porque lo había descubierto amante de la mamá de Yeison. Jugaban dominó y mi abuelo perdió. Pelaron. Luego mi abuelo huyó. Lo encarcelaron a los dos meses . A Yeison lo adoptó su abuelo, Aurelio, y le brindó una casa para dormir y crecer.

El cadáver de Ernesto apareció el domingo a las 10 pm. Le habían dado dos puñaladas en el corazón y echado a rodar por un cafetal. El informe de la necropsia es que fueron dos los asesinos. Uno solo no hubiera proporcionado esas heridas. Del otro todavía es un misterio su identidad.

El la mañana del domingo Yeison se levantó. Desayunó. No miró a nadie a la cara. Se despidió evitando cualquier conversación. Hizo maletas y se fue.

En la tarde del lunes fue hallada en su habitación el arma asesina y una camisa ensangrentada.
Mi abuelo, Pablo Echeverry se despertó asfixiado en la madrugada del martes. Había soñado con el rostro de Yeison. Supo que el pasado había despertado y que sus actuales buenas intenciones no borrarán el mal que ha hecho. Han empezado a rondarlo. El equivoco ya es mayor de edad y como él, ya ha matado a una persona inocente.
Tierra
Mi Sergio, no hay método científico a la hora de concebir un verso ni barcos de papel ni sombrillas abiertas para mirar el cielo. El verso como luz a los ojos, como frío a la piel, como sangre a las venas es al poeta tierra movediza. Porque hay rascacielos al abismo tras cada verso que atraviesa los sentidos. Y todo es absorbido, hasta el letargo que padezco. Y todo es música manifestada en dolor y alegría, en odio y amor, en tierra y respuesta.

Aire
Mi Sergio, El poema es un canto a un imposible entendimiento, al la constante mi-seria, por algo se escribe, por algo escribes, por algo escribo. Por eso el poema es multidireccional como el viento. El poeta es un embudo a la página, un intermediario, un médium, un árbol en que el poema anida cuando le da la gana.

Agua
Mi Sergio, tienes razón, navego en espejismos. Y creo no soy poeta porque el poeta no elige ser poeta. No se educa para escribir versos de la misma manera que un abogado o ingeniero. No edifica ladrillo a ladrillo un poema. El poema es un susurro en un país sin territorio, un movimiento, un aleteo, un océano contenido en un vaso de cristal.

Fuego
Mi Sergio, no sé si despierte, pero si acudiré a la mesa de mortandad a ver el chocolate servido. No sé si beba, estaré ahí. No se si hable, estaré allí. No sé si escriba porque el poema no es un acta de El Colombiano o El espacio, no es una noticia porque la noticia no tiene alma. El poema es un trozo de alma en estado gelatinoso que tiembla con la temperatura en la palma de la mano. Es sustancia incolora, incolora, inanimada para espíritus afanados. Vos sabes eso más que nadie. Porque el poema es divinidad hecha lenguaje, inexplícale y maravillosa como una flor al alba, un relámpago en la tormenta, una antorcha encendida.
Cada cosa hace parte de otra cosa que a la vez en la misma cosa que la nombra. Es decir, cada elemento hace parte del equilibrio de otro elemento que justifica su existencia. Todo es paisaje necesario, elemento necesario: unidad.

Lo que está fuera del alcance de la creación del hombre como la vida misma, el hombre termina humanizándola. El hombre mitifica para entender lo que su imaginación no comprende. Porque solo recordamos lo que nuestra imaginación nos permite recordar.

Por ejemplo a los animales domésticos los dotamos de facultades que no les corresponden y creemos que se enamoran, se sienten tristes ante el fin del mundo, toman cerveza y cortejan en estado de embriaguez, les gusta las telenovelas de RCN, los perfumamos, los vestimos, les ponemos nombres humanos, los hacemos dependientes de nuestra incapacidad de estar solos. Y peor aún, creemos que son los únicos que nos entienden.

Lo mismo con las cosas que fabricamos como los vestidos, los escaparates, los muebles y creemos que adquieren cierta energía que los diferencian de otros vestidos, escaparates y muebles. Les damos vida y creemos que con otra persona se revelarían porque nos pertenecen y les hacemos falta.

Pero los hombres no solo son los que humanizan su entorno. El entorno también trasforma el hombre, lo salvajiza. Hay días en que amanecemos árboles y nuestros sueños son pájaros que anidan y se van a otros árboles. También amanecemos cielo y en los ojos se nos ve algunas nubes diminutas. Pero, debido a nuestra inconstancia, a estar siempre corriendo hacía la muerte, a desbordarnos sin control, amanecemos casi siempre cañadas.

Como cañadas nos tornamos, antes de la tormenta, transparentes. En la noche la cañada se hace escuchar. En la noche es cuando somos más conversadores. Caso concreto me sucedió con Julio Cadavid, mi buen amigo Julio. Una vez me lo encontré a medio día y no supe que decirle. Pero en la noche hablamos hasta la madrugada sin interrupciones.

Pero llueve y la cañada crece, se desborda. Nosotros también crecemos y nos desbordamos. Todo en nosotros es turbulencia y como una cañada en creciente arrastramos todo lo que nos encontremos. Furiosos chocamos contra lo conocido y desconocido sin pedir perdón. Nuestras pasiones se nos salen de la piel y huelen a pantano. La cañada cruje y nosotros gritamos, damos alaridos, nos en remolinamos y tragamos angustias así como la cañada traga viento. Somos nocivos en creciente, lo inundamos todo.

Luego escampa. Somos de nuevo trasparentes, en apariencia inofensivos, sonrientes, igual que la cañada, igual que el agua transparente que intenta reflejar el canto de los pájaros en su superficie.
De joven, antes de que me graduara de la universidad, trabajaba en un bar. Me gustaba esa vida. Era poco lo que ganaba, pero me servía para los pasajes. Era el tiempo de las buenas intenciones.

Los bares son necesarios para la catarsis de los hombres. Son en esos lugares donde el hombre se enamora con más frecuencia. El amor está en las mesas, en la barra, en el licor, en el cigarrillo, en las paredes. El hombre puede enamorarse hasta tres veces en una noche. Llegan. Piden una cerveza. Se sientan en la barra como animales feroces. Las victimas de su instinto son aquellas damiselas solitarias. Los hombres las miran, les mandan una cerveza. Claro, yo les llevaba la cerveza. Luego las miran y se sientan al lado. El resto depende de la mujer.

Las mujeres también beben. El licor les altera los sentidos y el instinto de conservación. Entonces ven el amor, en las mesas, en las paredes, en la nariz respingada de algún tipo y si querer, si que lo hayan pensado ese día, piensan en tener un hijo en tipos tan inconstantes como yo.

En el fondo, en lo que se esconde tras las palabras, lo que la cultura determina en el inconciente, la mujer dice quiero tener un hijo y el hombre dice puedo huir de la mujer que quiere tener un hijo.

Cosa seria esa la del juego del amor. Más de una vez resulte enredado en situaciones embarazosas. Pero no me arrepiento. Tenía mis buenas intenciones. Por ese entonces había decido hacer bien las cosas y empezar, por fin, una relación seria, fiel y aburrida, pero seria.

Aquel día, domingo, había dos mujeres en el bar. Llovía horrible. Me emputaba la lluvia. Quería que escampara. Era una noche de los mil demonios de la lluvia. Lluvia caza buena intenciones. Quería que escampara para que la más fea de las dos mujeres se fuera. Porque se había hecho un peinado y la lluvia lo estropeaba. Deseaba que escampara. Rezaba.

En verdad, era una chica muy fea, pero, no hay que negarlo, estaba hecha una reina de belleza para mi apetito trasatlántico de vulvitas espumosas y oceánicas.

La otra era lesbiana y era una amiga. Se tomaba una cerveza. Con ella no había problema. Como sabía que no tenía chance no la miraba con el pipi, con los ojos del instinto. No había deseo. Pero con la otra era diferente. Solo verla, su fealdad, me daba ganas de metérsela toda hasta el estómago. Su fealdad me excitaba.

Por esos días había arreglado las cosas con Lucrecia y no quería traicionarla. La quería y por eso iba a hacer bien las cosas. Me había ducho a mi mismo: Florentino, esa es la mujer con la que te vas a quedar. Como te gustan las relaciones turbulentas, y Lucrecia es turbulenta, es la indicada. Sabes que Lucrecia te saca a flote las pasiones más macabras. Y cuando le haces el amor también la matas. Porque el amor es una muerte gemida en el otro.

Pero no escampaba y mis buenas intenciones se derretían con la lluvia. Puta lluvia daña buenas intenciones.

Cerré el bar. Nos quedamos los tres adentro. Mientras arreglaba las cuentas ellas dos conversaban. Luego me senté al lado de ellas. Hablamos. Quedé a unos centímetros de la fea. La otra fue el baño. Miré a la fea, le dije que ese día iba a pecar, le iba a ser infiel a su novio. Se río. Creyó que bromeaba. Y bromeaba pero en serio. Porque las cosas serias hay que decirlas charlando para que surtan efecto. Mientras reía lleve una mano a su sexo y por encima del pantalón froté los dedos. No impidió ninguno de mis movimientos. La otra se sentó al frente de nosotros. Seguimos conversando, seguí acariciando el sexo de la fea, seguimos haciendo de cuenta que no pasaba nada, seguí acariciando la entrepierna de la fea.

A ratos me cansaba de la muñeca de la mano y me hacía el huevón y prendía un cigarrillo y volvía con la mano a su entrepierna.

Estaba a punto de reventar la cremallera. Tenía una erección tumba muros. De pronto, porque me dolía la mano, la espalda y el miembro que atacaba enfurecido la cremallera, me acordé de Lucrecia, de sus ojos de bruja, de su sonrisa, de sus movimientos de bailarina en la cama, de sus gritos de felina en celo y propuse que bailáramos. Era la única manera de sacarle la mano a la fea de la entrepierna y no serle infiel a Lucrecia y ser consecuente con mis buenas intenciones.

Las cosas se enredaron más. La lesbiana propuso un juego. Consistía en que ella iba a ser profesora de baile y nosotros sus alumnos. Me puso contra la pared. Me dijo que no me moviera. A la fea le dijo moviera sus nalgas, me rastrillara las nalgas, me hiriera mortalmente las buenas intenciones con sus nalgas. La fea puso las manos en el piso. Hizo fuerza y empujó hacía atrás. Mierda. Cerré los ojos y traté de pensar en algo feo. Pensé en la fea y no pude resistir. La embestí. La fea me dijo: ¡Calmado Florentino! Es solo un baile.

Me senté en la barra. Saqué una cerveza, prendí un cigarrillo. Quería parar el juego. La lesbiana dijo que no habíamos terminado. Faltaba el sanduche. La miré y solté la carcajada.

La lesbiana se hizo tras de mí y la fea al frente. La fea me daba la espalda y yo le daba la espalda a la lesbiana. El caso era que yo debía seguir los movimientos de la lesbiana y la fea los míos. Nos movimos en círculos. Hacíamos una buena coreografía. De pronto la lesbiana me embistió. Me dio con su vientre en la nalga. No me aguanté y solté la carcajada. ¡Florentino, es en serio!Volvimos al sanduche, igual que antes. La lesbiana volvió a embestirme. Me aguanté la risa y embestí a la fea. Me gustó la embestida. Me embestían y embestía. Me tallaban el trasero con la hebilla de una correa y tallaba la nalga de la fea con mi aparato reproductor. Mis manos volvieron al sexo de la fea. La fea dijo listo. No le gustó que la apretara. Paramos. Se fue. Se sentó en la barra. La lesbiana seguía embistiéndome. La vi y tenía los ojos cerrados y la boca abierta. Me volteé. La embestí de frente. Ella abrió los ojos. Nos sentamos en la barra, en silencio. Decidí irme para la casa. En la puerta nos despedimos. Había escampado. Maldije a la lluvia y me fui con la lesbiana. Había encontrado mis buenas intenciones en el bolsillo del saco.


Desde hace unos meses en el municipio de Girardota vienen sucediendo una serie de atracos, la mayoría con armas blancas. Los atracos se han realizado altas horas de la noche, a eso de la una o las dos de la mañana. Los ladrones esperan a las victimas a las afueras del pueblo o en las calles solitarias.

En el comando de policía las denuncias son pocas. La gente no está denunciando, ya sea por miedo a represarías o por incredulidad de la ley.

No se sabe exactamente cuantos atracos se han realizado en el municipio en estos últimos meses. Pero, gracias a los testimonios de algunos habitantes se puede contabilizar unos siete.

Al dueño del bar, Burdeos (Ubicado en la calle La Santana), conocido como Gustavo Baco, en la cancha del Aurelio, le dieron escopolamina y le robaron el celular y el efectivo.

En Gato Negro, un café Internet y alquiler de películas, se llevaron una pantalla de computador, a plena luz del día. Los ladrones llegaron al negocio y rociaron espray con escopolamina a la muchacha que atendía.

Después a un trabajador de Enka de Colombia, a unas dos cuadras de su casa, por EPM, le robaron 250 mil pesos. El atracador llegó en una motocicleta y sacó un revolver.

A un mesero de un bar, Debluss, en el barrio Naranjal, a eso de las dos de la mañana, le robraron. El mesero iba con una amiga. Dos individuos enmascarados salieron con navajas. Los amenazaron. Se llevaron cincuenta mil pesos y los papeles. Además apuñalaron al mesero en la planta de la mano.

A una empleada de una pizzería, que vive por el Barrio Aurelio, a unas dos cuadras de su lugar de trabajo, le salieron dos hombres en una motocicleta y le robaron veinte mil pesos y el celular.

Al frente a Inverlagos a una mujer le robaron la moto. Dos hombres en otra moto le obstruyeron el camino. La amenazaron con un revolver y se fueron con la moto.

A un mesero de Rancho Alegre (negocio que queda en la autopista Girardota-Medellín, al frente de Friko), en el parque de Girardota le robaron el celular. Una mujer le pidió unos minutos. Cuando tuvo el celular en la mano, otro individuo salió con una navaja y le dijo al mesero que suerte, había perdido el celular.

El motociclista negro

Últimamente, a altas horas de la noche se ha visto en tres ocasiones a un motociclista, vestido de negro, patrullando las calles del municipio.

La primera vez apreció como un enviado de Dios, por detrás del cementerio.

“Iba con mi perro Pastor cuando un hombre vestido de negro, en una moto negra, con casco negro paró. Pensé que me iba a atracar. Me dijo que tenía una misión. Me habló de Dios y me bendijo. Luego como si nada, salió en su moto y se fue”, afirma Sergio Alejandro Henao, funcionario de la biblioteca municipal Jacinto Benavente.

Luego lo vieron, ya no bendiciendo a los transeúntes sino defendiéndolos de los ladrones que últimamente abundan en el municipio de Girardota.

“Recuerdo que estaba en un bar con mi novia. Cosa que hacemos todos los fines de semana. La llevé a su casa. De vuelta a la mía me salieron dos individuos. Estaban enmascarados. Sacaron navajas. Me amenazaron. Eran como las dos de la mañana. Estaba cerca del barrio Guayacanes. Cuando apareció un motociclista vestido de negro. Paró en frente de nosotros. Creí que venía con los atracadores. Pero, sorprendentemente, se bajó de la moto, sacó un revolver. Le apuntó a uno de los enmascarados, les dijo que era la última oportunidad que les daba. Que si los volvía a ver en esas, no tendría piedad. Uno de los enmascarados intentó apuñalarlo. El motociclista brincó. Esquivó el golpe, pero contraatacó con un cachazo del revolver. Golpeó al enmascarado en la cabeza. Ambos huyeron. Luego volvió a la moto y se fue”, declara Luciano Restrepo. (Su nombre fue cambiado)

Nadie sabe de la existencia del motociclista. Sus apariciones son un misterio. Parece un superhéroe, un personaje de ciencia ficción que se ha tomado la justicia por sus manos.

“No sé que pensar. Esto parece una película. Vea, estaba en la casa de una tía, en Girardota la Nueva. Me quedé hasta la una de la mañana. Me despedí. Vivo por el barrio Caballo Blanco. Más abajo de Comfama, en la curva, me salió un muchacho con una navaja. Me quitó el celular y cuarenta mil pesos. El muchacho salió corriendo de Comfama para arriba. Me quedé quieta, con ganas de llorar, inmóvil. A los cinco minutos apareció un motociclista todo de negro. Frenó junto a mí. Me dijo que si el celular y la plata me pertenecían. Dije sí. Me entregó las pertenencias. Luego se marchó en su moto”, recuerda Maruja. (Su nombre fue cambiado).

Esas han sido las tres apariciones del motociclista negro. Algunos dicen haberlo visto, pero sin certeza. Nada se sabe de su procedencia. Solo aparece a altas horas de la noche, en su moto, buscando atracadores, realizando misiones divinas, como un justiciero, un Quijote en motocicleta, un centella contemporáneo, sin revelar su identidad, en completo misterio.

Hay días en que uno amanece vacío. Como si fuera una sucursal de imágenes rotas. Como si fuera una alegoría a ese poema de Porfirio “hay días es que somos tan sórdidos, tan sórdidos…”

Hay días en que no te aguantas a ti mismo. Te miras al espejo. Te decís. Carajo, ¿qué pasa? Sin respuesta. No pasa nada. No hay nada. Amaneciste en blanco, con palabras blancas, con recuerdos blancos, con ideas blancas.

Hay días en que vivir es una estafa a cualquier ilusión o deseo de vida. Respiras, fumas, vas al baño, te miras al espejo, te sientas en la cama, muerdes un vacío y lo pasas con jugo de mora, lees y no lees, escribís y no escribís, caminas y no caminas, sueñas y no sueñas. No estas ni triste ni aburrido.

Hay días es que no tienes piel sino vacío. Un vacío azul que te pones con un vacío blanco, un vacío con resorte que te aprieta las pelotas, un vacío con suela que te protege de las rocas y vidrios, un vacío interestelar que chupas y cuchareas y fumas y muerdes y no lloras.

Hay días en que el vacío se baña, se peina, recibe a su madre que viene del Retiro una vez a la semana, la acompaña a misa, la ayuda a mercar, la lleva a casa, se cansa de ella, se va de la casa, no sabe si es su madre o la del vacío que la acompaña, camina y no camina, respira y no respira, ve y no ve, grita y no grita.

Días en que vacío camina por un vacío de concreto, con catedral, bancos, heladerías, calles, transeúntes, ancianos, niños. Un vacío que tiene la imagen del señor caído en su centro. Un vacío en que vacío naufraga y se olvida.

Hay días en que el vacío te habita y hablas desde otra frecuencia. Palabras no sentidas, peligrosas y sórdidas, sórdidas.

Hay días que existen para pasar en blanco. Ni una emoción, ni una tristeza, ni un amigo, ni una mujer. Días de salto de renglón, de brinco al mañana, de llorar y no llorar, reír y no reír, soñar y no soñar, cagar y no cagar.
No acostumbro escribirles a desconocidos, pero quiero contestar a un comentario hecho en el artículo pasado por un individuo que se hace llamar Perdiendo el tiempo.

Aclaro, en ningún momento quise denigrar de nadie. Hablé desde el aprecio que tengo por cada una de las personas involucradas. Y cada una de ellas, como usted, querido Perdiendo el tiempo, winnie pooh, me son como ositos de peluche.

En este texto te propongo un juego. Seré yo, esto que mal escribe, a las dos de la mañana y usted es mi winnie pooh. Mi querido osito, le suelto una máxima: Hay mucha gente juzgando por ahí de la misma manera como se rascan un codo. Pero, ¿qué alguien les rasque el codo? un problema de orden nacional.

En tu silencio de receptor (para eso te utilizo en este texto) debes estar asustado con mis afectos personales, problemas de faldas, manías sexuales con las personas que aparecen y desaparecen por estos textos. Pero no te asustes. No va al caso. Cada uno es un universo de universos. El mío tiene algo del suyo y el suyo del mío. Llegará el momento en que yo escuche tu mundo, el de los winnie pooh. Probablemente me duerma y te deje hablando solo. Porque a diferencia tuya pertenezco a los hombres que son hormiguitas ante el sol con preocupaciones de elefantes. Por eso soy el emisor en este texto.

Su seudónimo me agrada: Perdiendo el tiempo, le queda de maravilla. Pues es lo que usted hace en este blog.

Y si estoy solo, triste, atormentado. Te ves bien al rincón de la cama escuchándome sin protestar. Estado perfecto de las relaciones intimas. Debe existir un ser pasivo en una relación para que no se quiebre la idea del amor. Tal vez lleguemos a ser una buena pareja. Yo con mis asuntos (ser activo) y vos mi gran oreja disponible (ser pasivo). Después, líneas adelante, te demostraré que el amor no existe. Al menos el convencional.

Pero todo lo que escucha asume el deber de dar soluciones. En apariencia el más callado es el más sabio. Y te delego una tarea simple, por ser el más sabio. Preséntame una niña, medio ninfómana, con mirada felina, bruja a mis 5 sentidos. Le quedaría altamente agradecido. Hasta le escucharía una que otra palabra. Pero, recuerda bien, ella debe tener senos grandes, unos que le roben miradas al deseo y sobre todo que me dé dos días de vacaciones por semana. Tiempo suficiente para extrañar sus senos.

Estoy solo y triste. Infinitamente triste. Tan triste que la tristeza se entristece de verme. Una tristeza de plomo. Se me doblan los pies. Una tristeza que me comprime el pecho y hace que todos los días me vea otro ante el espejo. Imagino que a vos esas cosas no te pasan. Te ves tan tierno, al lado de la cama, que no imagino tristeza alguna rondándote.

Vuelvo a la tristeza. Quise a una mujer, a muchas mujeres, pero todas se asustan. Me gusta asustarlas. Habrá una en algún lugar que me asuste y con esa me quedaré. Hace poco me asustó una. Acto seguido le puse poemas en su carro, le leí por teléfono, le declaré mis sentimientos. Me entusiasmé. Incluso, hice el intento de no buscar otras mujeres. La esperaba. Me agotó la espera. Es difícil cuando el amado no da el brazo a torcer y no es amante un ratico. Estaba solo queriéndola y queriéndome. Era injusto. O ¿qué piensas mi osito?

Vuelvo a la soledad. Estoy solo. Tan solo como una telaraña en una casa fantasma. Tan solo como un árbol seco en mitad del bosque. Cosa que a todos asusta. Y prefiero estar solo e incompleto y no acompañado e incompleto. Asumo las consecuencias de mis actos.

Querido Perdiendo el tiempo. Cuando despiertes de este sueño de winnie pooh que le impongo y le interesa alguna represaría: Vivo en Girardota, no ando armado. Podes escribirme y acudiré a cualquier cita. Ojala me adelantes los tramites con la muerte.

Vuelvo a la soledad y a la tristeza. Estoy solo y triste por descubrir que el amor no existe. En todas las cagadas cometidas, estudio riguroso del deseo y los impulsos, afirmo que el amor no existe. Es una ilusión. Al menos ese amor fachada. Ese amor a mí me aburre.

El amor no es una promesa a prueba de incendios, un beso de peso pesado, una metáfora de la felicidad, un helado de ron con pasas, una caricia sincera, un idilio exiliado del Edén.

El amor no es la octava maravilla y el deseo que nos gobierna y nos dirige toda la vida. Hablo de ese amor que nos enseñaron en casa, en el colegio y que todos los días nos meten por los ojos los medios de comunicación. Al menos vos, porque no sentís, estas libre de culpa. No has experimentado cuando la sensación quiebra toda voluntad. entonces cuando optas por un no ya habías concedido centeres de si.

El amor inculcado es un espejismo. Te lo revelo por si te interesa enamorarte mi osito de peluche, mi Perdiendo el tiempo con lanitas en cada letra, mi copito de resentimiento, mi orejita disponible, mi silencio de ternuras infinitas. El amor es un sentimiento de cristal. La mujer es de porcelana y el hombre el trapo que le da brillo. Por eso se nos quiebra en las manos cuando no coincide con lo imaginado. Se nos convierte en un cuento de hadas vivido en el infierno.

Y sí existe el amor no es un amor de postales, de llamadas telefónicas, de te quieros aprendidos de memoria, de suspiros imitados de las novelas de RCN, de línea recta, de risa sin dientes. No es un sentimiento puro ni un equilibrio. Es un brinco a los extremos. Está turbio

Miremos el amor como el agua de un estanque. El agua la vemos trasparente, cristalina. Así se nos dijo que debía ser el agua y así deberíamos tomarla. Bueno, pero ¿Que pasa si llueve o cae una roca o una cuerpo extraño al estanque? El agua se enturbia.

El agua turbia también hace parte del estanque. Creo, la parte más sincera. La roca, el tronco que cae al estanque puede ser una mujer o un hombre (según tus inclinaciones). El cuerpo extraño cae y alborota el estanque. Entonces el fondo se alza y sube. Ese fondo son las pasiones, los deseos, las perversiones que nos gobiernan y tememos. Es el odio bajo el amor, el deseo de matar después de haber sido victimas de la más bella ternura, el otro lado del amor, el oculto, el que no se nos ha enseñado, el que no figura en los manuales de conquista. Es la oscuridad hecha luz. Es ahí donde un taburetazo se siente igual que un beso, con la misma perplejidad y desconcierto.

El amor es un sentimiento enfermizo, mi querido Perdiendo el tiempo, personaje de peluche. Por eso, porque no existe el amor es que creo firmemente en Dios y te delego la misión de que me presentes una nena. Recuerda, debe ser tetona para sentir primero la ausencia en los labios. Te quedaría muy agradecido.
Me dijo un amigo que estaba estancado. Que si, mis textos eran ágiles y transparentes, pero sentía que había algo, un no se qué en o se dónde que me frenaba.

Querido amigo, estas en toda la razón. Hay una no se qué en no se dónde que me contiene. Últimamente me da miedo escribir con todo mi desgarramiento. Es tanto que oculto su identidad para no involucrarte.

Hace unas semanas una mujer, involucrada en mi blog, este el que estas leyendo, lector metido y desocupado, se enojó. Me dijo que no tenía derecho a utilizar su nombre para mis textos, que no todo era literatura, que la respetara, que ella no era un personaje público y nadie tenía derecho a saber de sus intimidades.

Eso me generó un problema. Pensé que tal vez ella estaba en lo cierto y que nadie tenía la culpa de mis enfermedades. Mis problemas afectivos, casi patológicos, son míos y de nadie más. A ella le dije que fresca, que se relajara, le estaba dando un poco de inmortalidad. Puro miedo discursivo. Pero en el fondo le concedía todos sus reclamos. Pero es duro aceptar los propios errores. Desde que exista la idea del otro a él se le pueden delegar todos los fracasos.

Pensé que había que perder la vergüenza y escribir sin miedo, arrojarse al vacío. Lo hice y las consecuencias no me gustan. Este blog es enfermizo. Pero aún así me gusta.
Y no sabes como me gustaría decir que te llamas Julio Cadavid, que sos músico y antropólogo, que la nena del reclamo se llama Sandy y todavía la siento, que perdí rastros de Yamile y me hace falta verla, pero no la buscaré porque ya le generé varios problemas. Que trataré ser mesurado y no escribir tanta huevonada. A ver si derrumbo el muro de la vergüenza.



Eras una película en la que yo no era extra. Sabía que sin importar lo que hiciera olvidarías mi nombre. No estoy hecho para hablarte como tampoco soy deportista, orador, bailarín, futurista. No coincidimos en la línea imaginaria del amor.

Tu amor asume el papel de protagonista. El mío de camarógrafo. Registro al mismo tiempo que me entreno para el olvido.

Pasaste. No dije nada. Tu imagen se me quedó en las retinas. Subí la mirada a las nubes. Respiré. El amor era el gallinazo que surcaba el cielo.
Esa fue la pregunta con la que terminó ayer el documental sobre Jaime Garzón en la biblioteca pública Jacinto Benavente del municipio de Girardota.

El país está más corrupto y sin quien pueda debatirlos sin caer en la trampa del discurso meloso del político, me atrevo a contestar.

Es curioso, lo que decías sobre el robo en el congreso, la privatización de la educación pública, la crisis social por los conflictos armados, el cerebro de las reinas que se les fermentó en los glúteos… todavía, 9 años después, son vigentes.

Fuiste el último mártir. El último genio que se atrevió a decirle en la cara a la gente lo que se merecía que le dijeran. La vez que le dijiste a Valencia Cossio ladrón ( hoy ministro del Interior y justicia con un hermano con nexos paramilitares. Quien valiéndose de su cargo llamó al Fiscal General de la Nación para interferir por su hermano) y amarraste tus cajas de betún para evitar el hurto. A él como a muchos le pusiste el dedo en la llaga,y les tocaba, por impotencia, reír y evitar tus preguntas.

Ahora estamos muertos de miedo. Los paramilitares, como las cucarachas, se esparcieron por todo el país. Hay más paraguas, parafernalia, paramédicos, parapolíticos, paramicos, parapocos, paradojas, paranoia, parásitos, parapara…para abrir la boca primero hay que tragar entero, con dientes y todo. Luego, se puede comentar cosas escabrosas como esa noticia de los parapolíticos investigados por la Fiscalía puedan volver a la Corte Suprema. Es un país, el nuestro, un gallinero enjaulado. Afuera del corral se vive mejor pero no nos dejan salir. Encerraditas las gallinas no ven más allá del cerco y no conocen los privilegios de comer tres veces al día.

Te tocó el boom del narcotráfico, el Escobarismo, el Gavirismo, el Samperismo, el Pastranismo... Los sufriste y los ironizaste. Estuviste embolándoles los zapatos, pero eran ellos los que te embolaban. Resultaban menos astutos que un embolador, respondiendo a preguntas nuevas con respuestas repetidas desde hace 50 años. Les decías inocentes, brutos, indeseados, corruptos, huevones, hifueputas… y solo se les ocurría mostrar los dientes porque tú eras mueco. Pero ellos gruñían mientras vos mordías.

Recuerdo cuando le dijiste al hijo de Galán que lo que recordaba de su padre era que por una causa había que dar la vida. Ahora la vida ha perdido sentido. Nos enajenamos por miedo. Culpa de la educación que no es una educación para el individuo sino para la empresa, para el olvido, para la producción en serie del olvido. Si antes los estudiantes no pensaban ahora ni diferencian el verbo pensar del verbo cagar o comer. Lo peor es que los profesores apenas se diferencian de sus estudiantes por la edad. Se piensa en el país así como se come una bandeja paisa, mientras en la calle, los desplazados muerden cartón para no oxidar las mandíbulas.
Jaime, se nos llenó el país de cooperativas y pobreza. La estrategia es empobrecernos más y como ya no hay quien comente sin miedo, nos están dando el beso de Judas. Porque entre más pobre el pueblo más manipulable. Como el perro, cuando el pueblo tiene hambre, menea la cola y no mira más que con el hocico y el estómago. Entre más miserable más masa es el pueblo. Y digo lo de masa por volumen moldeable. Entonces los medios serían enormes manos que moldean la masa como cúmulo de maíz.

No te tocó la reelección de Uribe. Es lo peor que nos ha pasado. Nunca antes se había visto tantos congresistas encarcelados por nexos paramilitares. Siempre han robado, pero es que ahora roban con salvoconducto. No te tocó el desastre que nos ha hecho las novelas y los noticieros de Caracol y RCN, la huerta del palacio de Nariño. No te tocó la profesionalización del periodismo. Ese fenómeno del que tanto dudaste. El periodismo es una carrera universitaria. Los nuevos periodistas salen con bozal de la universidad y se creen mesías, y sí, son mesías dela estupidez y de las entrevistas por teléfono.

Desde ese 9 de agosto de 1999 el país sigue peor. Tus lágrimas que a muchos nos hicieron reír se frenaron en seco. Queda uno encabronado de que un tipo como vos haya sido victima de las pataletas de Castaño. Aún inmune a tan desastroso acto. Se te recuerda con el dolor de un Gaitán o Galán.

Jaime, seguimos tragando entero y celebrando el garrote que nos dan. Estarías con los pelos de punta si nos vieras en este momento.

Los enfermos se buscan. Se encuentran, se violentan, se contagian, se sufren, se ladran, se maltratan y cuando se alivian se marchan.

Estoy enfermo. Lo sé y mis actos son efectos segundarios. Padezco una mutación. Me transformo en perro. Con los días el perro que llevo dentro de mí es más autónomo.

Saberlo no sirve de nada. Igual las cosas llegan sin que pueda evitarlas. Voy perdiendo la batalla.

Últimamente exhibo mi animalidad sin vergüenza. Así como un perro menea la cola y ladra yo hablo y actúo

A veces, camino a casa, me acompañan unos panas. Lucas y los otros de la manada que cuidan en bar donde trabajo los fines de semana. Voy como si fuera parte de ellos. Alzo la pata y orino. Acto seguido ellos orinan conmigo. Sonrío y me asusto. Comparto mi humidad con ellos así como ellos comparten su animalidad conmigo. El puente es el orín. De alguna manera somos fraternos.

Hasta tengo una serie de poemas sobre un perro. Antes de que el perro alce la pata y… se titula. Algo de raro debe de haber en esos poemas. Tal vez es el registro de mi mutación.

Me comporto como un perro callejero. Soy un perro callejero. Me siento un perro callejero con cara de perro doméstico.

El fin de semana pasada, específicamente el domingo, amanecí con un guayabo puntudo. No tengo novia y no sabía que hacer para calmar el deseo. Y llamé a una pelada de Bello. Pactamos que venía a eso de las tres de la tarde.

Me bañé. Me estregué bien las pelotas. Verifiqué cada uno de mis órganos fueran aún míos y no del perro que me crece por dentro. A las tres estaba en la entrada de la iglesia más hombre que perro.

Caminamos hasta la casa. Me tomé un vaso de agua. Entramos a la pieza. Quise estar reposado y que ella hablara un poco. No quería que mi sed de ella me delatara. Me dijo hola y la besé.

Mierda. Me le tiré encima. Un animal. La desvestí y jugué con su cuerpo. Guao.

Quería penetrarla, saciar mi instinto. Cuando estuve dentro ella brincó y dijo que no, que afuera lo que quisiera. Adentro no. Ummm…

Fresca le dije. Tenía que demostrar que podía controlar la situación. En silencio miré el techo. Guao. Me preguntó si me vine y si eso era sexo. Le dijo no a las dos preguntas. Que ella no sabía que era eso y que tenía un trauma. Que algo en ella se activaba como mecanismo de defensa cuando las cosas se le salían de control. Cuando empezaba a sentir cosas que no entendía se alteraba y se alejaba como si eso fuera una herejía.

No me contestó y volví a su cuerpo. Guao. Lo mismo. El brinco y mi condición de iniciado. Guao. Mierda. Guao.

Me dijo que yo no estaba hecho para el amor y que mientras no dejara de idealizar a la mujer no estaría con ninguna. Cierto, dije, pero asumo mi soledad sino empeño mis sentidos en lo que siento. No quiero decirle a una mujer te quiero como deporte para llegar a su sexo. Si quiero follar follo y lo digo sin rodeos ni mentiras. Quiero decir te quiero cuando no me de miedo tirarme de cabeza al abismo sin importar si pierdo la vida. Con usted no se puede, me dijo.

Volví a su cuerpo, esta vez con más furia, con el ego herido y no busqué su sexo. Guao. Me le monté por detrás. Eché saliva en sus nalgas. Lamí su espalda. Me moví. Me fabriqué una penetración fuera de ella, pero en ella. Tenía que ladrar, de alguna manera ladrar, moverme, lamer, ladrar, guao, guao… Ladré sobre su espalda. Moje su espalda y cuando estaba listo para ser domesticado ella se fue. Guao. Adiós. Calle. Guao. Otra perrita. Guao.


Conozco un cuentista fracasado. Pero un episodio de su vida, para mí, es su único cuento digno de ser leído.

El cuentista está casado con una pintora. Desde que convive con ella su producción literaria disminuyó notoriamente.

Él dice que ya no tiene tiempo para sí mismo. En cambio la pintora puede estar con ella así él la acompañe. Esa es la gran diferencia entre ambos.

Cuando el cuentista siente que puede escribir y el cuento lo espera acostado sobre la página en blanco, y solo falta poner el lápiz sobre la hoja para que el cuento se mueva, se insinúe y aparezca por arte de magia, ella lo distrae. Él dice que no puede escribir mientras lo miran. Se siente intimidado. Algo le impide concentrarse con otros ojos.

El cuentista desiste de escribir, algo habitual en él. Se sienta al lado de su esposa y antes de comentarle su situación ella lo envuelve, sin escapatoria. Le habla de los proyectos de sus exposiciones, de sus cuadros, de la calidad de los pinceles, de la importancia de los pintores clásicos en la pintura contemporánea, de la diferencia entre la fotografía y la pintura. Luego le pide que le pose. El cuentista abatido, en silencio, posa y se queda en la misma posición por horas.

El cuentista se siente frustrado, lejos de su anhelo de ser el renovador de la literatura. No protesta. Cada vez siente que tiene menos palabras. Mira el techo y sigue, por inercia, las órdenes de la pintora. Qué el mentón un poco más arriba. No... a la izquierda... así... sí... ¡Perfecto!

Quizás mientras parece un sonámbulo recuerda cuando era soltero y se sentaba en su mesa de noche y escribía horas y horas y perdía la noción del tiempo. Escribía sin medida y sin interferencias. Tenía el mundo a disposición de sus manos. Su condición actual no era de su agrado.

El cuentista baja la mirada del techo y mira a su mujer. Sus ojos la interrogan. Tal vez esté indignado de sentirse observado, marioneta, limitado y cada vez más insatisfecho con su escritura. Ella le sonríe. El cuentista le dice que está cansado de posarle y que ha llegado el momento de escribir. Después de mucho tiempo habla, se hace sentir. Miró a su esposa. Empezaré por mi mismo. Seré un personaje de uno de mis cuentos. Un tipo de piel de cristal. Y para subsistir y continuar escribiendo, debes dejarme solo. Porque sí se me toca mucho, si se me molesta mucho, si no me das mi espacio, me tarjaré y romperé para siempre.