La cosa que a uno más le inquieta en la vida, al menos hasta donde tengo entendido, es ser un aventurero. Sí, que la existencia de uno deje un recuerdo en la historia. Que uno pueda tocar la fama con las manos y ser recordado por siempre. Eso no va conmigo. No quiero ser recordado. No he hecho meritos para tal cosa.

De pequeño se quiere ser un hombre con cuatro pies y rescatar la princesa avispa que fue raptada por una colonia de hormigas. Derrotar a las hormigas, casarse con la princesa y tener un hijo mitad avispa, mitad humano. Luego se desea, más grandecito, ser el mejor futbolista. Yo nunca pude jugar bien al fútbol. Siempre fui un petardo para ese deporte. Aunque admito que imaginé que era el mejor futbolista del mundo. Hasta me vi en la selección Colombia, al lado del Asprilla, haciendo túneles y marcando goles.

Lo más característico, cuando a uno lo invaden los problemas de identidad, es querer ser otro tipo más talentoso, más apuesto, más inteligente. Yo nunca estuve conforme conmigo, ni con mi cuerpo, mi estatura, mis sobacos, mis piernas, mi frente, mi ombligo, mi personalidad. Siempre quise ser agradable a todos menos a mi mismo. Así que me fabricaba una imagen de mí que no era la mía. Me figuraba que tenía el cabello liso, la piel blanca, los ojos buenos y azules. Quería ser el hombre más lindo del mundo, el que deslumbraría con su belleza. Quería que todas las niñas se enamoraran de mí.

Pero, nunca fui más que el que soy, un feo que aprendió a hablar bonito. Nunca pude aclarar los ojos, así me hubiera echado limón para aclararlos. Nunca me blanqueé la piel, así me haya escondido del sol por meses. Nunca pude ver otro distinto a mí en el espejo y eso me generó grandes depresiones. Me escondía de lo que yo era.

Todo intento de mí, de definición de mí, era un atentado a la imagen de mí, la que proyectaba y odiaba. Por eso cada que intentaba hablar de mí las palabras se me quebraban en la boca como si me tumbaran los dientes.

Para acabar de ajustar en mi casa yo era el maniquí de mi madre. Ella me vestía como a ella le daba la gana. Los pantalones me partían las pelotas en dos y el borde me llegaba hasta el pecho. Mi madre me peinaba de partido. Lo más desastroso era que los pantalones eran botatuvo y las gruyas me quedaban grandes. Y mis pies son inmensos. Entonces la imagen de mí, la que proyectaba, con los días era más desastrosa. Si me guevoniaban en el colegio por el tamaño de mis pies. Recuerdo que una vez un profesor me dijo que había nacido adulto de los pies. Nunca entendí ese chiste, pero siempre me dolió.

Mi imagen era desastrosa ante mis ojos. Empecé a andar encorvado. No quería que nadie me viera, ni menos llamar la atención con mi imagen, la de espanto.

Empecé a hablar menos. Con los días menos. Hasta que sin saber como, ni porque, me volví tartamudo. Gran lío.

En definitiva era una gueva en todo el sentido de la palabra. Y cuando a uno las cosas no le salen bien y no acepta que le salgan mal, entonces, las cosas se le empeoran más. A mí me pasó lo mismo y los manes del colegio me empezaron a hacer imposible la estadía. Imaginé que los mataba a todos, pero cuando los veía de frente, les sonreía cual mariquita asustado. Me decían pie grande, mariquita, ñoño, atolondrado, gago, ahuevado…

No sé como estoy en pie, caminando, soportándome, recordando, viviendo. El caso es que me dije, un día en que no aguanté más, en que exploté: Camilo, debes ser y aceptar al retrazado mental que llevas por dentro. Eso me dolió pero fue un hallazgo. Recuerdo el día en que exploté. Cursaba noveno y un man de 1;80 metros de alto y acho me dijo mariquita, me le tiré y lo agarré del cuello y le golpeé el rostro. El man, recuerdo, se llamaba Didier Arrollave, me cogió como un bastón y destrozó conmigo una matera, una silla. Admito que grité, pero aguanté la sacudida.

Después de ese percance, empecé a hablar, mierda, hablar y hablar y hablar. Mal hablado hablé por los codos, las orejas, las rodillas. Era una lora gaga, una simulación de megáfono averiado, una fiel imitación de gallo que empieza a caraquear. Hasta me rajé con una cuchilla minora la telita que uno tiene debajo la lengua, porque había escuchado que esa telita era la culpable de mi gaguera. Gran mentira, seguí igual de gago y solo y sin la telita bajo la lengua.

Pero nunca dejé de imaginar cosas. Pero fue mucho después que pude ficcionar algunos hechos. Fue cuando entendí que el respeto, lo que entendí por el respeto, es hacer cosas asombrosas que otros no son capaces de hacer. Entonces dije, lo admito, que estuve con tres mujeres en una noche, que me hicieron sexo oral, que me invitaron a sus fincas, que me culíe a la mejor niña del colegio. Bueno, dije la mitad de todo. Pero nunca estuve con ninguna mujer hasta que cumplí los 19 años. Lo anterior a los 19 fue solo paja. Es tanto que a mi edad, a los 25 años, no conozco el mar, no he acampado, no se ingles, no trabajo, escribo mal, vivo con mi madre. Estoy lleno de limitaciones.

Bueno, el caso es que desistí de esa forma de respeto, la de mentir para ser respetado y venerado. Pues a mí no me funcionó. Esa forma de respeto me precipitó al abismo. Me jodió la respiración. Así que decidí por quedarme callado, por aceptar al bicho raro que soy, la de ser un pajizo, un tipo pasional, un débil de carne, un lío sentimental, un poeta frustrado, un prosista en ruina.

Me dije, a la mierda de aventuras y en vez de imaginarme a las tres mujeres que me follaba en una noche, empecé a sentir a las tres me abofeteaban en una noche o me decían retrazado mental. Pero eso, era verdad.

Tuve que reinventarme. Aún me reinvento. Pero me ha ido mejor así. Al menos eso me ha ayudado a no decir más de lo que me callo. Se que estoy enfermo, de siquiatra, maniático, pervertido, solo… pero, soy yo, inevitablemente yo. Solo así he podido tocar, por mis propios meritos, el seno de una mujer y sudarme en ella toda la noche.

Se que no soy aventurero. No sé como serlo. Solo me he valido del fracaso, de la incertidumbre, para definirme, para no darme de trompadas con los amigos, para no haberme vuelto un violador, un sicario, un padre de familia, un obrero de empresa, un domador de serpientes, un caminante por la paz, un don Juan consumado.

No soy un aventurero, si hasta me embalo para amarrarme los zapatos. Miento, pero no por decir más de lo que soy sino al contrario, para invisivilizarme.

Cada me duele más la prisa con que se mueve el mundo en que vivo. Cada día los avances tecnológicos, las modas, el consumo, la idea de progreso, la necesidad de producir, la incapacidad de ser individuo han hecho que el día me sea más corto.

El mundo, el de principio de siglo, éste que me está tocando presenciar, está proclamando la prisa como la única religión posible de subsistir en un mundo tan cambiante, donde nunca hay nada definitivo, porque la competencia siempre está latente, inventando algo, cada vez más extraño y útil. Ejemplo claro, los celulares y su infinitud de usos y herramientas.

Si, como decía, me duele que cada día haya menos espacio para el individuo. Cada vez interesa menos que el hombre se piense así mismo porque eso requiere que se detenga, renuncie al ritmo abismal del progreso y se quede quieto. Mirando como la prisa desploma el amor y la conversación. Ya no se conversa, ya no se escucha. Lo que se hace ahora es hablarse ante el otro, mostrarse ante el otro, ser una producción en serie de palabras ante el otro. Ser un super hombre, una maquina con arterias y huesos.

Pero detenerse es otra cosa. Admitir que se es imperfecto, que sos casa del miedo, que te equivocas, que sos inseguro, que sos pervertido, que te asusta hasta el zancudo que no te ha picado. Detenerse es aceptarse.

Pero aquel que se detenga debe dejar de producir, de comprar cosas innecesarias, cosas que consiguen inducidos por la moda y la necesidad de comprar. Apuesto que más de la tercera parte de las pertenecías que se tienen en la casa son innecesarias, están haciendo bulto. Porque un comercial de tv dijo que comprar el ultimo televisor pantalla plana era estar in, a la moda. Así con tanta cosa que estorba y entretiene.

Pero la culpa es de todos, todos los que no se atreven a detenerse y salirse del engranaje del sistema, ese que nos envejece más rápido. Gracias a esa cantidad de gente que se muere en el momento que se olvidan de ellos, es que hay que atreverse a vivir y anclar los pies, detenerse.

Lo que nos dice el progreso es que produzca, como lo decía en son de sátira el escritor francés Voltaire, “Trabajemos sin razonar, es el único medio de hacer la vida soportable”.

Sí, trabajemos sin razonar, sin pensar como si fuéramos máquinas creadas para el trabajo y no para la vida, como si fuéramos una tuerca, muchas tuercas, tuercas, solo tuercas. Trabajemos sin ser individuos, sin atrevernos a jugar, a sentir que es posible el asombro, a soñar, a crear. Trabajemos para involucionar al progreso y morir sin haber sido nada, solo una mancha de aire que respiró, copuló, procreó, trabajó, compró un televisor, trabajó, envejeció, trabajó y murió como una máquina vieja de procrear otras maquinas de procrear.

Esta vida es otra cosa distinta al progreso, a la idea de progreso que nos venden en la familia, en el colegio, en la tv. Hay que renunciar a ser todo eso que nos piden que sea y que no somos. El hecho de pertenecer al engranaje es dejarse entristecer porque sos feo, imperfecto, injusto. Es llenarse de mocos por no tener esa mujer que sale en una propaganda de cerveza y tener que envejecer con una mujer mueca y cantaletosa. Es admitir que siempre te faltará algo para aceptarse tal cual sos, el último celular, la última chaqueta que hace masajes a al vez que te protege del frío.

No, eso no es vivir. Hay otras cosas más pequeñas y asombrosas. Atreverse a ser uno mismo es ser esa libélula que estorba al engranaje y vuela celebrando su imperfección, su incapacidad para ser otra cosa distinta a la que es. Vamos a ser nosotros mismos, esas libélulas que aún juegan, conversan, sueñan, se detienen y celebran su existencia. Atrevámonos a jugar, a detenernos, a ser el mosquito en el ojo del progreso.

Sandy es el nombre que más sábados tiene en la semana. Es un nombre, o mejor dicho un sábado, que me permite todos los días salir en la noche, dirigirme al bar boca, sentarme, tomarme una cerveza y morder la canción Imagine de Jhon lennon.

Sandy es el nombre que más se parece a la sandia. Es un nombre rosado por dentro, jugoso. Es un nombre hecho para morder lento, con calma, como si lo mordido a la vez mordiera a lo que muerde.

Sandy es el nombre que me falta, el sábado que me falta, la caricia que me falta, la piel que me falta.

Si, es mi piel la que más conoce de las caricias de Sandy, del nombre de Sandy, de la figura de Sandy hecha luz y deseo, de la Sandy que es más que nombre y me mira tras su nombre con tal misticismo como si fuéramos una irrealidad imposible.

Mi Sandy, mi nombre de Sandy, estoy contigo pero solo de ti. Me duelo de ti, de mis ganas de ti, de no poder quererte como tu quieres que te quiera, de ser esto que soy y no otra cosa menos amorosa y constante que pueda llevarte al cine e invitarte a estar conmigo lejos del cielo y de mí.

No Sandy, no soy más que esto, esto que ves y lamentas no tener como una porcelana, esto que te quiere de repente, de suspiro y abrazo. Esto que te quiere porque sí, porque no entiende el por qué te quiere, pero que te quiere sin explicación, sin lógica, sin juicio. Esto que te recuerda con vista de vela, de cuerpo desnudo a mi sed de ti, a mi temor de ti, a mi ausencia de ti.

Mi piel, Sandy, por tu culpa, se ha quedado sin sábados. Pero, mi piel se niega a quedarse sin sábados y retiene la sensación que le produce recordar tu nombre. Mi piel te piensa, Sandy, te piensa y hace que te extrañe. Mi piel es cómplice de tus caricias.

Es en mi piel donde más sé que te gusta tocarme, desnudarme, besarme, hablarme al oído y susurrarme un suspiro a la espalda. Sandy es el sábado de mis sensaciones.

Es a mi piel a donde voy a buscarte, a hablar contigo cuando no estoy contigo. Es en mi piel donde me resisto a dejarte, pero, es mi piel donde faltas, es mi piel lo que me falta, es mi piel lo que no tengo. Estoy lleno de distancia y escarcha.

Sandy estoy solo de ti. Te tengo sin tenerte como si fuéramos uno que busca al otro. Ese uno que quisimos ser y ya no soportamos, ese uno que nos niega, ese uno que no soy yo y que tu ansias, ese uno que me niega en ti.

Estamos, Sandy, llenos de sospechas y temerosos de que esas sospechas nos sean ciertas.

No Sandy, no quiero seguir así. No te quiero, no me dueles, no me importas… y sin embargo… y sin embargo me faltas.

No Sandy, no me siento culpable, no te diré más que te quiero, no quiero sentir tu nombre picándome en lo labios… y sin embargo… y sin embargo me faltas.

No Sandy, no quiero seguir pensándote posible, medida de mi deseo, color de mi aventura. No Sandy. Y sin embargo, y sin embargo…

Hasta hace poco, muy poco, creía en la otra mitad, en la mujer que llenaría todos mis vacíos, en la mujer que me dejaría dormir en medio de sus tetas, en la mujer hada-teta, en la mujer hada-teta-cuento-de-hada. Pero va. Puro va. Es solo va. Eso es puro va. Va y más va. La mentira más placentera y peligrosa que nos vende la cultura. Puro va.

Por esa idea de amor he cometido muchas estupideces. Solo por creer que es verdad. La idea de amor que tengo es con una mujer de tetas grandes y salvajes y cuando la encuentro, o creo que es la elegida, la mujer para mi amor va, claro, me pongo nervioso porque estoy reaccionando desde mi deseo, desde mi afán de copula va.

Una vez a una niña de tetas grandes que me gustaba le di un banano y partí muerto del pánico, cuando ella lo que quería era hablar conmigo y no comerse un banano. Puro va. Debe pensar que estoy loco. Va.

Después le leí un poema de Jaime Sabines a una violinista y me fui. Días después la violinista me reconoció y lo que hice fue pedirle, de una, sin el proceso debido, por causa de sus tetas, por el embrujo de sus tetas, un beso. Claro, ella también se asustó. Puro va.

Y la última fue la peor. En Girardota hay una niña que me gustaba, bueno, me gusta. Lo raro era que ella no era tetona, más bien no tenía tetas, pero tenía algo raro, una coquetería que la hacía ver a toda ella como un teta gigante, toda ella una teta-cuento-de-hada. En la época del incidente ella trabajaba en una bar, yo empecé a frecuentar el bar. Cada día la quería más para mí. Empecé a imaginar que la besaba como si sus labios fueran un enorme pezón. Puro va. Hasta que me decidí entregarle una carta. Esperé el momento indicado. El 31 de octubre fui al bar y dije que me había disfrazado de cartero y le tenía una carta. Mierda. Puro va, nada más que va. Va, va y va. Le entregué la carta que no era. Al llegar a casa encontré la carta en un cuaderno y le entregué por equivocación una lista de mercado. Lo peor de todo es que volví a escribirle otra carta justificando mi error, donde le decía que no fue un error sino un acto previamente estudiado. Pobre gueva, pobre gueva-va-mierda-va me dije después. Dejé de frecuentar el bar. Tenía pena. También tengo vergüenza.

Bueno, la niña, la última que asusté y debe pensar como muchas, que soy un psicópata en potencia, un maniático va y enfermo de teta va, la vi sentada preocupada por el amor. Al menos esa fue la impresión que me dio. Ella estaba con un tipo, que precisamente no era yo, y me quedé como detective mirándolos. Ella aprobaba cada uno de los movimientos del tipo como si eso lo retuviera, como si él fuera la representación de su príncipe azul. Pero no estaba encantada con él sino con la idea que ella se había fabricado de él. Algo parecido a lo que me pasó a mí con ella. Yo imaginé una mujer que no correspondía a la que ella era y cuando quise hablar con la mujer que ella era y no la que yo había imaginado fue demasiado tarde, ambas se habían ido (la teta gigante que imaginé y la destetada que no me dio ni un abrazo). La diferencia es que ella no sabe que lo que quiere del tipo es lo que él la hace sentir y no lo que él es.

Por la idea que se tiene de amor uno deja de ser el que es por la aprobación del otro. Gran problema, mi primer problema, nuestro gran problema, el va de todo el asunto. Por ello, digo y sostengo que el amor es un invento cultural. El amor es va, no existe, es puro va por no decir pura mierda.

El amor es un mito y una adicción a los sentidos. Por ello creo, no con certeza sino con sospecha, que el amor no existe. Amor va por va del amor va. A fuerza del amor, de la idea del amor, nos fabricamos una tragedia innecesaria.

Lo que afirmo es que el amor es un producto de la sensación. El amor como Dios es un argumento bellísimo de la cultura, una idea de felicidad que mueve a masas. Por ello es una búsqueda del espíritu muy bien justificada en los discursos de la religión, de la literatura y demás artes. Pero, a nivel individual es un cuento distinto.

He hecho el ejercicio de preguntarle a varios conocidos sobre sus posiciones acerca del amor. Todos han coincidido en que el amor es una búsqueda, una carga de sentimientos que no saben explicar pero que sienten, una entrega al otro, una complicidad de soledades, una realización del deseo, una cosa ahí que no entienden pero que los gobierna, una carencia de control. Esas respuestas, miradas con mesura, no son más que sensaciones. Sin lugar a dudas están sorprendidos es de lo que los otros los hace sentir. Puro va en el otro. Están vencidos por sus propias sensaciones, enamorados de lo que los otros les produce.

Es decir, el amor, o lo que se quiere creer que es el amor, no es más que un capricho de los sentidos. Es una apuesta a lo inmediato. Por algo cuando la magia, el aleteo de mariposa que se dice sentir en el estómago, se deja de sentir, el amor deja de ser el invariable, el espontáneo, el eterno, el centro de todo. Cuando se satisface los sentidos se apela entonces a la prudencia, la paciencia y la huida.

Es casi una regla general que cuando pasa lo de los sentidos se empiece a molestar con el aliento, las palabras, la incapacidad para razonar, la sumisión del otro. Esto no es más otra prueba de que el amor, o lo que se cree que es el amor, no es más que una adicción a los sentidos.

Te amo mientras te sienta porque me siento. Es, sin lugar a dudas, el egoísmo es su estado puro. Te quiero porque lo que me produces y no por lo que sos. Puro va. El gran va.

Es difícil aceptar la idea que hay una mitad de uno por ahí buscándolo, soñándolo, padeciéndolo. No creo en esa media naranja, en esa v que busca la a. Puro va. Eso es esperanzarse en un deseo de mujer, en una imagen de mujer. Cosa que negaría la posibilidad de sentir a otras mujeres y quererse en ellas, en la adicción al sentir que producen.

Igual pasa con el alcohol y los cigarrillos o las drogas alucinogenas. Lo que se desea es lo que se siente y no la droga en si.

El amor entonces, es una adicción placentera a los sentidos, no, como se cree, la realización del espíritu, el fin de una búsqueda o la fuerza unificadora de un solo ser que andaba dividido en dos.

El amor, entonces, es la mujer que me deje dormir en sus tetas y me permita soñar todas las tetas. Esa es mi manera de amarla, amo sus tetas, que sin lugar a dudas me harán sentir que soy querido y respirado. Te quiero, mujer inexistente, porque te espero con la boca abierta, dispuesto a contarle todos mis secretos va, llenos de va, a tus tetas va, con sus pezones va.

Mujer líquida, así seas un invento de mi perversión, así no existas, sos mi idea de amor. Sos mi afiche pegado en el techo, sos mi deseo derramado por los dedos, sos mi parte humana, la más desagradable pero la más humana. Pues, así parezca raro, también soy humano y estoy enfermo con mi idea amor va. Puro va, pura mierda va. Pobre representación-de-hombre-gueva-carente-de-amor-va. Puro va.


Sin exagerar, el pan ha permeado todas mis costumbres. No sé, sino no hubiese comido pan, si fuese el mismo en este momento.

Además, me atrevo a profetizar, que no hay un individuo, en este momento, que desconozca la existencia del pan. Y si existe tal ser, creo, que no sería humano, sería, quizás, un híbrido entre reptil y marciano, un desterrado de la evolución.

En fin, me cuesta pensar que sería de mi vida sin el pan. De seguro no me hubiera aprendido el padre nuestro. No tendría sentido esa oración si se omite esa fasecita: “Dadnos el pan de cada día” (aclaro que no creo en el Dios cristiano, pero me fascina la historia tal como está escrita).

Tampoco me hubiera gustado la historia de Cristo sino hubiera multiplicado los panes. No sé que hubiera sido del catolicismo si Cristo se hubiera hecho el bobo, si hubiera desistido de utilizar el pan para atraer a sus adeptos, si hubiera utilizado por ejemplo la tostada o la galleta saltín, eso sería un desastre.

Claro, el pan no fue un invento de Cristo. Hay indicios de que las primeras cosechas de trigo se realizaron entre el V y VI milenio antes de Cristo en Egipto. ¡Cárajo! ¡Qué vaina tan antigua! No me imagino en una cena egipcia con una pieza de pan dura, plana y reseca, que así era que se hacían.

En fin, el pan, sus variedades y sus mitos. Nadie, creo, al morder un pedazo de pan se detiene a obsérvalo como sino fuera un pan, sino una puerta a otro mundo. Claro, somos tan civilizados que ya no hay tiempo para el sueño. Pero si miramos el pan, por lo menos, un minuto, veremos una cosa borrosa que se fusiona con lo etéreo, lo invisible. No estoy tomando el pelo, lo que pasa es que en el 600 antes de Cristo, el pan se colocaba sobre las tumbas para facilitarle el camino a la otra vida a los difuntos. Con ese dato, al menos a mí, me inquieta comerme un pan sin antes mirarlo.

Ah, bueno, debemos agradecerle a los romanos el hecho de que usted que me lee y yo que le escribo conozcamos el pan. Ellos inventaron las panaderías y las propagaron por toda Europa. Claro que las cosas exquisitas y antiguas de las que aún podamos disfrutar deben haber sido, de alguna manera, imaginadas por los griegos. Los griegos creían que los panaderos eran protegidos por la diosa Demeter de la nutrición, que tenía una larga y rubia cabellera de espigas de trigo. Además, creían que la primera pieza de pan fue amasada en el Olimpo.

En la literatura el pan también ha dejado huella. Pero, tal vez el episodio más importante, inimaginable, es el del personaje de Víctor Hugo, Jean Valjean, en la novela Los miserables, cuando roba el pan. Sin ese pan la novela perdería la esencia. Pues ese robo acontece un castigo ridículo, miserable y humano.

Bueno, que cosa tan complicada la del pan. Su magnifica existencia nos hace dependientes de él. Al menos para mí es así. El pan es una tentación, un placer posible, un alimento que acompaña a cualquier otro alimento, una excusa para tomar vino, un contagio de alegría.

Todo lo anterior, esas referencias, para afirmar que vivir es un parche. Mientras existan placeres como el pan, me digo, es un contagio el abrazo.

Recuerdo que pequeño, en el colegio, cuando no tenía dinero para comprarme un pastel me compraba un pan y un bolis. Eso, en aquella época, valía unos 200 pesos. Lo que hacía era remojar el pan con el bolis y luego lo mordía. La sensación era algo inexplicable, como si estuvieras robandole la ambrosía a los dioses. La cosa era que uno no quedaba lleno, sino satisfecho que era otra cosa.

Creo que sin el pan mi niñez no hubiera sido feliz. Hubiera corrido menos. No hubiera esperado con ternura y ansiedad el desayuno. El chocolate no hubiera sido chocolate. Los trocitos de pan en el chocolate le daban un sabor mágico, sólido y dulce.

También recuerdo que con varios amigos he celebrado la amistad con pan y vino. Pero la cena que más recuerdo fue la primera vez que tomé hongos con Mauricio en Girardota. Yo había ido a ese pueblo, que después sería mi pueblo, con otro amigo, Jhonatan, el loco. Recuerdo que subimos al nido de los gallinazos, recolectamos los hongos, volvimos a la casa de Mauro, hervimos los hongos con panela y nos los comimos.

Fue un vuelo brutal. Por ese recuerdo soy capaz de empeñar mi computador con toda mi literatura incluida. Jhonatan se nos durmió en toda la entrada de la casa de Mauro. Por un momento ignoramos la existencia del loco. En fin, llegó la mamá de Mauro y entró a la casa asustada. Nos dijo que había un loco en la puerta de su casa dormido. En efecto era un loco. Fuimos por el loco y nos encaminamos para el parque, y por cosas de la inmensidad, camino a la flota de buses, nos antojamos de pan.

El pan, en serio, sentí que me llamaba, me decía, Camilo estoy hecho a la medida de tu apetito। Creo que lo mismo le pasó a Mauro con el vino. Sin exagerar, le dimos gracias a la vida por la posibilidad de disfrutar de esos pequeños placeres. Cenamos, eso es todo, las sensaciones me las reservo.

Pero si voy a contar un dato. No hay nada comparable a como se siente el apn en los labios después de fumar hierba y pasarlo con un trago de cerveza. Receta de Alejandro González, otro gran hermano.

No creo, ya lo dije antes, que el pan llegue a desconocerse por algunas culturas. Como el dolor, el amor y la muerte el pan sobrepasa las limitaciones del lenguaje. Es tanto que si el pan fuera prohibido como las drogas, hace rato, imagino, se habría legalizado. Es tanto que si la guerra fuera por el monopolio del pan, hace rato se hubiera acabado. Gracias al pan somos la especie más universal del planeta. Gracias al pan, es que dejo este texto en este punto. No quiero escribir más, me antojé de un pan. Hay nos vemos en las panaderías.
Nunca me ha gustado trabajar. No porque me crea incapaz. Al contrario, cuando me da la gana, hago las cosas mejor de lo que me imagino y por eso, por el impulso de la pasión, me embalo. No soy muy amigo de la constancia.

Es difícil mover el cuerpo sin conectarlo con el espíritu. Los que conozco son muy ágiles con el cuerpo. En cambio, yo soy lento, muy lento con mi cuerpo por la conciencia que tengo de mí. Esa conciencia, esa sospecha de lo que es uno y teme, empezó desde hace mucho.

Recuerdo que siendo aún niño le dije a mi madre que no quería trabajar porque me sentía mal conmigo mismo. Ella me besó en la frente y me dijo que no me preocupara, que eso no era para preocuparse, que el trabajo dignificaba al hombre, que mejor dejara de pensar cosas sin sentido y fuera a recolectar café con el abuelo.

El abuelo me esperaba. Me miró y me sonrió. Se sentía orgulloso de que su nieto, a los diez años, ya se perfilara como un excelente recolector de café, quizás el más alto e inteligente de la familia. Él me saludó, me tocó el hombro y me dijo que tenía la libertad de acercarme al árbol que quisiera. La condición, dejó muy claro el viejo, era que árbol de café que empezaba a quitarle los granos maduros debía terminarlo, no dejarlo empezado, y solo dejar los granos verdes. Además, tenía la libertad de moverme por los cafetales en busca de los mejores árboles de café.

Por aquel entonces tenía unos diez años y estaba en los preparativos para la primera comunión. Otra cosa que enorgullecía al viejo. Para él era indispensable que Dios entrara a mí por la boca.

Pero, ya a esa edad, me estaba picando el ocio en el alma, la primera idea de mí en el viento. Así que me dejé llevar por esa fascinante fuerza inutilizadora. Empecé a hacerme el huevón. Al principio empezaba muy animado y triaba los granos al tarro con fuerza para que supieran que yo estaba trabajando, que yo era el nieto de mi abuelo, que trabajaba con ánimo. Luego, ya no cogía los granos del árbol sino del mismo coco y los volvía a tirar al coco. Después, cuando me aseguraba que ni mi abuelo ni ninguno de sus trabajadores estaban cerca, me metía bajo un árbol de café a no hacer nada. A veces buscaba barro y hacía figuras. No hacía más que marcianos. Eso era lo que creía. Cuando sentía que alguien se acercaba, me quedaba quieto, casi sin respirar, escondido, con una sonrisa en los labios. Me sentía ¡hay como me sentía! me sentía astutamente ocioso. Esperaba que el trabajador del abuelo vaciara el café en el costal y que volviera al surco. Cuando estaba lejos me levantaba, como gato salía del árbol de café, me dirigía al costal y sacaba puñadas de café. Luego trataba de poner todo como antes, para no generar sospechas. De esa manera daba resultados sin mucho esfuerzo. Hasta la idea de ser descubierto me agradaba más que robar el café.

En fin, trabajé una semana en esas condiciones, ociosamente dichoso. Tanto que no quería hacer nada más que ocio. El problema fue que me volví más que ocioso, descarado.

La hazaña terminó, tristemente, la vez que mi abuelo fue a vaciar el café en el costal. Esperé a que se marchara. Saqué el café de su costal. Cuando me dirigía a mi árbol de café a seguir moldeando mis figuras de barro el abuelo me agarró de la camisa y me alzó en el aire. El café se me regó. Luego el abuelo me lanzó por los aires y caí en un gajo de un cacao. Lo miré. No tuve tiempo de pensar. Lo único que se me ocurrió fue correr cuando lo vi con su machete en la mano recriminándome que le hubiera robado ¡robado! justo antes de hacer la primera comunión. Vi sus ojos en llamas. Echaba fuego por la boca. Salió tras de mí. No volé porque no era pájaro, pero, del susto, corrí como si volara.

Desde ese día mi abuelo empezó a odiarme, a mirarme raro.

A mí me había mordido el ocio. Por primera vez me hacía más lento que todos, más distinto que todos, más reflexivo que todos los de la familia.

El ocio me había curado de la conjuntivitis, pero me había agudizado la pupila. Por ello, creo, de ver las cosas con tanto asombro, de gastar la mirada en las cosas, me quedé miope.

No sé que pasó con el abuelo, espero que le haya dado una enfermedad Terminal. No es que le guarde rencores, es que no lo quiero. Da igual.

Por mi lado, el ocio me ha lentizado, me ha hecho creer un inútil. Pero, en realidad no soy tan inútil como creo. Soy un tipo laborioso, creador. Sobre todo creador. El buen ocioso requiere de tiempo a solas para crear. El ocio no es precisamente no hacer nada, es detenerse, solo eso. Porque es de todas las ocupaciones la que requiere más abismo.

Ahora, mi ocio es como una antitesis de mi ocio. Estoy más ocupado que la gente que se dice que trabaja y cumple un horario.

Ellos trabajan ocho horas todos los días. Yo trabajo 16, 17 hasta 20 horas al día. Que la novela sobre mamá, que el libro de poemas sobre la incertidumbre, que los textos para el periódico El balcón, que Sandy, que los textos para el blog, que los talleres de poesía en la biblioteca, que las conversaciones sobre lo trascendental, que la vida, que la nada, que la hormiga, que la literatura, que la gripa…

El trabajo, eso que se cree que es el trabajo, es el ocio del espíritu, la perdida del alma. Pero el trabajo del alma no tiene jornadas laborales ni tiempos requeridos. Siempre está funcionando. A menos alma más cuerpo.

Cada cosa que pasa, cada evento importante que nos marca en algún momento de la vida, es el mismo evento que se repite invariablemente.

El hoy es un presente. Solo presente. Toda cronología es un estarse sucediendo.

Se tiene la manía de estarse explicando el origen de las cosas, por eso, es que les atribuimos pasado, presente y futuro. Pero eso no es más que una debilidad de vacío, un miedo al abismo, un soporte conceptual que nos ata, nos separa de la naturaleza, nos hace concientes del deterioro. El cuerpo no es más que un soplo, un parpadeo constante, un punto.

Queremos darle estructura a los sentidos. Y por ello es que nos volvemos adictos a las sensaciones. Programamos el azar. Nos dormimos contentos porque tenemos la certeza de que mañana también habrá horas, las mismas del hoy y del ayer. Queremos creer que las dos de la tarde sí son las dos de la tarde. ¿Quién sabe? Las dos de la tarde bien podría ser otra cosa, una ráfaga de viento que se escucha pero que no se mueve.

Aún no sabemos si una cosa envejezca o la vejez es un mero efecto óptico, una justificación humana, una maldición cultural. Pero, si el tiempo es un invento humano, no cabría decir que un árbol envejezca. Tal vez si envejezca pero para la lógica del hombre, lo que no se sabe es si es lo mismo para el árbol o para cualquier otra forma de vida.

En fin, lo que se sospecha es que el tiempo es un pretexto para sentirnos. Nos programamos por miedo a pensar que somos otra cosa, como una mancha de aire, un reflejo de reflejos, un fantasma de fantasmas.

A veces imagino que no envejezco, que no he nacido, que no soy el producto de una serie de eventos que me afirman. Tal vez sea todo al mismo tiempo. Quizás, por razones de la razón, por la medida de los recuerdos, por la idea de un pasado es que creo que hay un ciclo, un proceso de materia, una vida y pienso que las cosas transcurren.

Pero, la relatividad, la consecuencia, la reacción, los relojes, los recuerdos, el ayer, el mañana, la muerte, no son más que mitos culturales y científicos. Medida de sucesos. Medida de medidas.

No sé si esto que escribo lo empiezo a escribir, lo leo después de escribirlo, lo pienso para escribirlo, lo termino de escribir. Más bien lo es todo al mismo tiempo, lo escribo mientras lo pienso y lo leo y lo termino de escribir sin haberlo empezado o quizás nunca lo escribí.

Y sí es así con cada cosa, con cada recuerdo, con cada deseo, con cada imagen ¿Habrá unidad del hecho? ¿Existirá una cronología que mida cada uno de mis actos?

Quiero cerrar los ojos y no abrirlos nunca

Quedarme dormido

Quiero

noche

que me hospedes

Me des de mamar misterios

como a los búhos

No quiero despertar.
Hay varios tipos de don Juan, o como se le suele llamar a los grandes conquistadores, pero hablaré de tres, para mí, que los representé en algún momento de mi vida, creo, los más representativos. El que conozca a otros bien puede decirlo y utilizar los comentarios de este blog que para algo deben servir.
En primera instancia, el que más padecí en mi adolescencia y el más común, es el don Juan lengua rellena.
Éste siempre está cortejando y hablando. En la calle, en las cantinas, en las disco, en los supermercados siempre está piropiando. Claro, los piropos son poco confiables. Dice por ejemplo: Hola reinita, chao biscocho, sí como camina cocina me engordo en un mes...
Es un hombre exagerada y apresuradamente atento. Lo gobierna el instinto. Por ello es capaz de idolatrar hasta la incoherencia y decir que por una mujer es capaz de subir a la luna en bicicleta o atravesar el Nilo en chalupa. Pero cuando logra su cometido, llevarse a la cama a su victima y ésta, enamorada, ilusionada le pide que vaya a su casa porque se siente sola, él, el don Juan lengua rellena, dice que no puede porque esta lloviznando.
El don Juan lengua rellena está siempre solo así tenga mujer e hijos. Por su afán de fornicar no tiene tiempo de aceptar su mujer interna, la que compagina con la parte masculina de la mujer que busca. Quizás por ello llega a los 50 más solo y ansioso que antes, porque por tocar se olvidó de conversar y escuchar.
Luego, a mis 20, en mis primeros meses universitarios, pasé de ser el don Juan lengua rellena a ser el don Juan contraportada. Éste tipo de don Juan cree que la mujer se conquista con datos bibliográficos o enciclopédicos. Y de un momento a otro, fuera de contexto, como si su aporte fuera revelador y profético, dice así porque sí, como si lo que dijera fuera un afrodisíaco, cosas como esta: nena, sabias que a parte de la mujer la hiena es el único mamífero que tiene clítoris. Luego del aporte se queda callado, mirando las nubes, como si mirar las nubes en vez de dolor de cuello le diera estatus e inteligencia.
El don Juan contraportada concibe a la mujer como si fuera un estante para libros en el cual amontonar sus curiosidades. Pero este don Juan no es más que eso, datos curiosos. Poco ha pensado sobre si mismo. Lo prueba el hecho de que busque en citas de otros tipos explicación a sus actos. No está en capacidad de afrontar sus propios problemas. Su error es creer que las cosas se comportan de forma lógica y razonable y que se pueden clasificar. Él cree que las mujeres como las gallinas se pueden clasificar por raza, plumaje y cacaraqueo. Pero si la mujer fuera una cosa descifrable y se clasificara como se clasifican los animales en animal planet según su comportamiento, sería otra cosa distinta e impensable desde la complejidad del asombro, metáfora del amor.
Luego fui el don Juan paquete de papitas. Fui solo empaque. Este don Juan se aprende uno que otro poema, el más popular de los poetas populares. Entre su derrotero entran los versos más conocidos de poetas como Neruda, Benedetti, Gonzalo Rojas, Jaime Sabines... Entonces ve una mujer sentada, fumando un cigarrillo, sola. Cree que ella lo está esperando y que al verlo y escucharlo se lanzará a sus brazos prendidamente cautivada. Él se sienta al lado de la mujer y sin saludarla abre la boca y deja salir el poema: Mi táctica es mirarte, aprender como sos, quererte como sos... Puedo escribirte los versos más tristes esta noche... Juro que esta mujer me esta partiendo los sesos porque entra y sale como una bala loca... Debí encontrarte diez años antes o después, pero te encontré hoy, justo a tiempo...
Este don Juan no está enamorado de la mujer que corteja sino de todas las mujeres posibles al cortejo. Es solo empaque. Apenas es un boceto de poeta que ni merece incluirse como caramelo en un álbum de chocolatinas. Aún no sabe de los abismos que generan la literatura. Si se le indaga, sí se ve más allá del empaque, se descubre, con tristeza, que está inflado de aire. Por dentro está vació. Más fácil se explota que admitir su carencia. Es más feo que honrado. Sabe que es frágil al dolor. Siempre está huyendo. Por ello se vuelve experto en mandar carticas y recitar poemas a varias mujeres a la vez. Porque si una de ellas le para bolas, lamentaría, a partir de ese momento, no cortejar a otras mujeres. Lo más seguro es que huya porque no está preparado para tener algo serio.
En fin, fui eso y más. Ahora soy el anti don Juan. Un fracaso andante. Me tengo miedo, sobretodo cuando estoy ebrio. Sé que así lo evite, mi naturaleza me traiciona y vuelvo al cortejo. Sé que esa búsqueda desenfrenada es distraerse del amor. No hay que perfumarse, exhibirse y hablar tanto. El amor no es una gripa contagiosa que se busca porque en esa apresurada búsqueda lo que se hace es que no se deja encontrar. No hay que planear métodos de conquista. Hay que saber errar, sufrir y estar solo. Mi gran problema.
¡Cuanta alegría! ¡Cuanta plenitud! Hay en orinar al aire libre. Sacar de sí, sin filas, sin ambientadores, sin prisas ese líquido amarillo, humeante y caliente.
Ese pequeño episodio puede incluirse en uno de los tantos placeres de la vida. Para mí, los segundos o el minuto que dure el orinar, mientras se siente los escalofríos, me producen igual placer que comer, caminar, hacer el amor o leer un buen libro.
Claro, hablo de orinar en la calle, en un árbol, en un muro, a la intemperie. Es ahí cuando se siente el verdadero placer. En los baños públicos la sensación es distinta, más artificial. Siempre te distraen el tipo siguiente en la fila, la mujer que te espera en la mesa, que quizás para desenamorase de ti imagina el proceso que utilizas para orinar, bajar la cremallera, sacar el pirulo con la mano derecha, esperar que el orín salga, luego sacudir el pirulo, guardarlo, lavarse las manos, volver a la mesa y acariciarle el rostro. Lo que ignora la mujer es que el hombre al orinar cierra los ojos y alza la cabeza. Porque ese acto es la forma de agradecer a los astros tal placer. Pero si estás en el baño de un bar y miras hacia arriba solo veras adobes y concreto. La orinada es más corta y se orinó sin sentir que se estaba orinando.
En un baño es casi imposible concentrarse y sentir. El inodoro te desconcentra. Además desde que entras al baño, arriba del inodoro encuentras letreros que te critican el arte de orinar, te disciplinan la orinada, te limitan. Esos letreros de orine feliz, orine contento, pero hágalo adentro no son más que un atentado al buen orinador. Pues, éste, debe tomar su pirulo y jugar tiro al blanco. Debe estar atento a no chilguetear el borde del inodoro y lo más probable es que no cierre los ojos. Debe comportase porque está en un lugar que tiene dueño.
Pero hay algunos orinadores que se olvidan de estos protocolos y chilguetan sin arrepentimientos el borde del inodoro. Claro, mientras orinan, pero al abrir los ojos se dan cuenta de la indecencia cometida y lo que hacen, arrepentidos, es tomar una pedazo de papel higiénico y limpiar el borde de la taza. Este tipo de orinadores se delatan porque siempre se están disculpando. Se acostumbraron a orinar con arrepentimiento y en vez de placer sienten pena. Así con sus actos cotidianos, al tomar la palabra, al dar su opinión, al conversar, son los que más se disculpan.
En cambio los verdaderos orinadores, los que disfrutan de orinar a campo abierto y cerrar los ojos con la nariz apuntando al cielo, lo hacen entregados al placer, sin importarles el segundo después. Sienten con más intensidad los escalofríos, la orina y sobre todo no piensan en nada. Porque en ese momento, cuando se disfruta, no se piensa en nada.
Conocí en Fredonia, quizás, el más grande orinador del que se pueda dar cuenta, Bladimir Álvarez, el poeta Bladimir. Él acostumbraba, en aquel tiempo, retardar el placer de orinar. Se pasaba toda la tarde sin orinar. Entrada la noche, con el orín acumulado, se dirigía a las afueras del pueblo. Decía que no había mayor placer para él. Él discrepaba de los baños. Decía que se sentía regañado después de orinar. Casi siempre salía de mal genio. En cambio cuando orinaba en campo abierto era un tipo lucido.
Por mi parte, considero, que no soy un buen orinador, pero si discrepo de los baños. No me gusta orinar en baños cuando tengo la oportunidad de hacerlo al aire libre. Me gusta el vapor del orín. Sé que así el olor que expele el orín sea ácido, es mi olor.
El olor de los baños no me agrada. Me huele a sexo sucio y mal intencionado. En cambio el olor en campo abierto, mezclado con hierba, sobretodo si es de noche, es como el olor de una mujer cuando se despierta.
¡Cuanta dicha! ¡Cuanta libertad! Orinar libre sin presiones. ¡Cuánto placer! ¡Qué reconciliación orinar a campo abierto¡ sentir salir de uno ese líquido caliente.
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En lo único que soy disciplinado es en el ocio. Puedo dar cátedra del ocio. Pero eso compete a otro artículo donde pueda exponer con más libertad mis apuntes sobre el ocio. Aquí, aunque el ocio influye, lo importante es la escritura.
Al escribir es necesario haber sido un tipo ocioso y por mi ocio es que me he detenido a pensar y creer que escribiré sin fecha limite. Tal vez mañana deje de escribir, pero hoy no sé si ese mañana ocurra en cuarenta años o en unos meses. Es algo incierto. En lo insospechado de la escritura está el placer de escribir. Nunca se sabe, con certeza, cuando se es un escritor. Con los días se está más cerca de la ignorancia y el olvido de sí a la sabiduría e iluminación que se le atribuye al escritor.
La cosa es más complicada que solo leer y escribir. Hay que digerir lo leído, extraer lo que hay de uno en la lectura. Luego, por venganza, hay que contar el mundo interno, padecerlo, estar a oscuras con uno mismo. Entonces la prosa y la poesía fluyen como agua. Florecen sin artificios. Es necesario no limitar las perversiones, los miedos, las pasiones, los impulsos a la hora de empezar a escribir. Como quien dice, entre más se desborde más posibilidades habrá en moldearse y encontrarse.
La escritura es un proceso largo y doloroso. Quién escriba debe estar dispuesto a enfrentarse a sí mismo en sus peores estados. Verle la cara a sus demonios y en vez de huirles invitarles a un trago y hablar con ellos. Soportar desánimos punzantes, tristezas de plomo, agonías laberínticas, perversiones sexuales, asesinatos en serie... Porque cada cosa que se conciba en el papel es un pedazo de oscuridad que se le roba al ser, a la esencia, a lo que se desconoce y gobierna los impulsos.
Al escribir se debe aceptar que eres como una barquita de papel en el océano. El viento te arrastra, las olas te golpean, la tormenta te hunde, los truenos te asustan, los peces te muerden todo el tiempo. La idea es que estés perdido el mayor tiempo posible, que soportes los mayores desgarramientos. Cuando puedas soportar todo el abismo y aceptes que estas perdido y que el recuerdo es como una ancla que te precipita al fondo, empezaras a salir del océano. La barquilla que sos, por fuerza del desastre, buscará la playa. Es entonces cuando salís y descubrís que afuera del mar la vida es igual de abismal, pero ya no estas solo y sin que lo busques o lo desees, serás guía de aquellos que no se atrevieron ni se atreven a lanzarse al océano a su propio encuentro. Tus sufrimientos son la claridad de los miedos de otros. Los otros, los más débiles, no sabrán más que idolatrar y procrear.
Por mi cuenta, por el ocio que me he permitido tener, todos los días, mínimo, saco media hora para no hacer nada y disfrutar de la inutilidad del movimiento. A veces me excedo y paso horas tirado en cama, dejándome caer en mí. Después de ese viaje interior me levanto abrumado pensando en la muerte. Pero eso es lo menos que debe esperarse al presenciar su propio abismo. La oscuridad es discípula de la muerte. Decía Montaigne que hay que aprender a morir a toda hora, pensar en la muerte a todo momento, prepararse para morir porque el que convive con su propia muerte no es un ser servil y sumiso.
Yo he tocado parte de mi perversión. A veces me he asustado con lo que concibo de las cosas y agacho la cabeza avergonzado. Pero otras veces dejo que todo lo que imagino se haga palpable en mi imaginación. Cuando dejo fluir mis pensamientos llegan a un punto que ya no se entienden. La conciencia de esas imágenes son fantasmales y sin sentido. La razón entre más se racionalice más incoherente. Al menos en mí así ocurre.
Es común que camine por la calle y vea una mujer bella. Como cualquier otro tipo la miro. Algo en ella me atrae diferente a sus tetas y culo. Algo que forma la totalidad de su imagen y el conjunto de sus músculos y huesos, como una aureola que forma otra figura, una aureola que moldea por encima de la mujer una lengua. Veo a la mujer caminando bajo la aureola de lengua. La aureola pasa, lentamente, de ser traslucida y reflexiva a ser pegajosa, babosa y rosada. La mujer es absorbida por la aureola y se convierte en una lengua gigante que camina en frente mío. Me estriego los ojos y sigo viendo la misma mujer. Pero la lengua me atrae y deseo que se voltee y quede en frente mío y me escupa, que todo yo sea una baba pegada a la lengua gigante entregado al gusto de las cosas.
También al escuchar una canción he sentido que no escucho la canción sino que veo la canción. Que la canción es un pueblo al que puedo observar unos minutos. Un poblado con voz y vida propia. Y que yo soy un gigante que contempla la canción. Estiro la mano. En las primeras casas de la canción hurgo. Busco cualquier cosa. Por lo general lo que encuentro es una imagen mía en miniatura bailando en pantaloneta. Tomo al hombrecillo que soy entre las manos y lo alzo, lo veo bailar sin importarle mi presencia. Abro la boca y me lo trago. Lo siento bajar por la garganta, moviéndose, bailando aún. No me contengo y bailo y brinco y destruyo el poblado. La gente corre, la canción se destruye con mi alegría. Estoy próximo a morir y celebro mis últimos segundos de vida. Cuando en canción no se escucha un ruido de terror me desmayo y duermo sobre las ruinas de canción.
Casi siempre me sobresalto después de esas visiones. Todavía me contengo. No me dejo fluir como debería. Todavía estoy en mitad del océano padeciéndome, conociéndome. No me acostumbro a morir. Por ello es que me quedo horas enteras en frente de una página, sin saber que escribir, asustado con lo que veo, con un leve temblor en las manos. Pero feliz, porque así no escriba nada y me pese la inutilidad, escribir, (cuando es por vocación) es un estado incierto, una pena placentera.
Él sintió una piquiña en el tibillo. Descubrió una ronchita. Pensó que lo había picado un zancudo. No le prestó importancia. Se dirigió al baño, se cepilló los dientes, se acomodó el mechón de pelo que le cubría la frente, se vistió y salió de casa.
Él trabajaba de reportero en un periódico local. En la mañana pasaba por las instalaciones del periódico, reclamaba su grabadora, su libreta de apuntes y su cámara fotográfica y salía a hacer su trabajo. A eso de las cuatro regresaba y entregaba el material que hubiese recolectado.
Afuera del periódico compraba un café. Mientras descansaba sintió de nuevo la puquiña. Alzó la bota del Jean y vio que la roncha había crecido. Pensó que por el corre corre del día se le había infectado. En casa con pañitos de agua tibia con sal arreglaría todo. Pagó el café y se dirigió a casa. Abrió la puerta. Tiró la mochila en la mesa. En la cocina puso a hervir agua con sal. El teléfono sonó. Ella, su novia, con la que se iba a casar en pocos meses, le recordó la cita que tenían a las ocho en el bar de siempre. Colgó. Cuando Él iba a hacerse los paños se sorprendió que la roncha le había abarcado todo el pie. Con el agua tibia la piquiña se le hizo insoportable. La roncha se propagó. Le picaba era horrible. Vio que los poros se agrandaban, ensanchaban. Sintió sed. Fue a la cocina y el dolor del pie le impidió ir erguido. A gatas llegó, abrió la canilla y sorbió en un vaso un trago de agua. Se sentó en una silla. Puso el pie encima del otro. Lo soplaba. Quiso llamar a Ella para pedirle ayuda, pero el dolor lo inmovilizó. La roncha le había subido hasta la rodilla. El dolor y la piquiña era algo que él no podía soportar. Se desmayó.
Al despertar, sin abrir los ojos, intentó mover el pie. Se sorprendió al descubrir que su pie no le dolía. Movió el pie y éste respondió. Esperó algún efecto segundario, pero las cosas parecían andar bien. Abrió los ojos y miró su pie. Ya no tenía la horrible roncha. Encontró que su pierna ya no era su pierna. En vez de un pie con tobillo y dedos y rodilla se encontró con una pata de gallina. Su rodilla, su menisco, tobillo y pie eran un tubo amarillo lleno de ranuras. Sus dedos habían desaparecido y a cambio habían surgido tres garras que se abrían como abanico en las baldosas de la cocina. Él se sonrió, se puso un par de medias. Ajusto su pata al calcetín y al zapato. Miró el reloj que había encima de la nevera. 7:30 pm. Aún tenía tiempo para cumplir la cita. Se vistió, se perfumó. Salió de casa.
Durante el camino sentía el pie más ligero, con cierta destreza que antes no tenía. Por un trayecto saltó en un solo pie. Su pata de gallina amortiguaba con gran facilidad y elasticidad el peso del cuerpo.
Ella lo esperaba en un café. Se saludaron. Ella pidió una cerveza y Él una avena de trigo. Ella le sonreía. Él le guiñaba el ojo. Hablaron un rato. Acordaron los preparativos de la boda. Hicieron la lista de los invitados. Él pagó la cuenta y se despidió de su novia.
Camino a casa encontró una tienda abierta. Necesitaba un paquete de arepas y un quesito para el desayuno. Los compró. Encima del mostrador había varías mazorcas exhibidas. Se llevó una. En casa guardó el paquete de arepas y el quesito en la nevera. Lo mismo iba hacer con la mazorca pero decidió llevársela al cuarto. Se quitó la ropa. Vio su pata y la puso sobre una silla. Quería contemplarla. No entendía lo que le sucedía. Tampoco quiso pensar en ello. Se llevó la mazorca a la boca y la desgranó con los dientes. Tiró la tusa al piso. Se metió dentro de las cobijas y se durmió. A la mañana no fue a trabajar. En la tarde sonó el teléfono una y otra vez.Ella se preocupó al enterarse de que él no había ido al trabajo y no le contestaba el teléfono. Él nunca había sido incumplido. Debía haberle pasado algo. Fue a su casa y tocó a la puerta. Nadie le abrió. Ella buscó al dueño del apartamento. Éste tenía otra llave. Abrieron. La casa estaba desordenada como siempre. En el cuarto de él sintieron ruidos. Con sigilo se aproximaron a la habitación. Al entrar se encontraron con una gallina escarbando en la cama. Ella tomó la gallina y se la llevó a casa. Salieron del apartamento. Ella llamó a todos los amigos de Él. No hubo respuesta. Él no aparecía. Ella lloró y maldecía la cobardía de Él. Él nunca apareció y la madre de Ella mató la gallina para hacer un sancocho e invitó a toda la familia.

Tu voz desempolvó las horas.

Alegraste mis siete angustias.

En cuatro patas

maúllo en los tejados.

Te separo de las sombras,

del recuerdo.

Atrapo un relámpago

y vuelvo a casa.

Me meto entre las cobijas

y estás en mi lecho,

gatamente disponible

como si no hubieras muerto.

No es por ego o pura vanidad, pero en el sentido intimo de las cosas, y mis amigos lo comparten, soy el más inteligente.
No hablo de la inteligencia adquirida con disciplina y que es ágil y certera como la de un matemático o un físico. Tampoco de la inteligencia lucida que profesan los sabios y los poetas maduros. Menos de la inteligencia que alumbra ante otras y hace ver las cosas fáciles como la de los artistas.
Mi inteligencia es distinta porque surge del ingenio, y el ingenio como la música, cada vez debe ser más sutil y fino.
No afirmo que las otras inteligencias carezcan de ingenio. Es solo que la mía carece de disciplina. No me interesa dar respuestas sistemáticas y generales, sin darme la oportunidad de florecer mientras hablo, entregándome al asombro.
Muchos dedican todo su ingenio a luchar por un sueño y lo consiguen. Se condenan al amor por el amor, tienen hijos y envejecen, debido al éxito de sus aciertos, cómodamente (todo hombre soñador y coherente tiene una mujer que lo sueña). Son, en resumidas cuentas, el ejemplo a seguir de las generaciones futuras. Se les recuerda por su aporte a la humanidad. Son los puntos de referencia de sus adeptos.
Pero también hay otro tipos de personas, la mayoría, que por miedo a enfrentar sus demonios se aferran a los que otros ya vencieron y asumen como propios.
En forma moderada, pertenezco al segundo tipo de individuos, a los indefinibles. Con la diferencia que en mí las ambiciones no van más allá de mis narices. Por ello, no puedo defender una idea cabalmente porque deja de interesarme cuando ya no me pertenece. Tampoco me preocupa el seguir los preceptos de la sociedad, de lo simple que se ve conseguir un trabajo, una mujer, una casa y vivir lleno de ilusiones.
No puedo, por lo inteligente que soy, hacer bien las cosas. Debo agudizar, cada día, el ingenio y solucionar mis problemas más inmediatos, como el conseguir dinero para los cigarrillos y las cervezas.
Cada día es otro paso al anonimato. Cada día me despreocupo más del mañana y duermo, al final de la jornada, contento de conseguir lo necesario. Al no tener dinero controlo los impulsos de consumir cosas que no necesito.
Al no poseer proyectos a futuro, el presente, un poco, se me dificulta. Entonces, mi inteligencia, al igual que mi ingenio que la bombea, con los días, se agudiza. Mi genialidad se debe a que, lo que para otros es casi biológico (una vida tranquila, rutinaria, en una casa, enamorado, con un buen sueldo y un perro que ladre a las visitas) para mí es casi imposible.
Soy genio en la medida en que hago mal las cosas. Entre más desfachatado más brillante. En eso, sin duda, aventajo a mis contemporáneos. Ellos pertenecen a la época de la precocidad, donde los más precoses son los preferidos de la suerte y están, a causa del compromiso, siempre ocupados. Ellos no sentirán una crisis existencial como solitaria en el estómago.
Por ellos, por los que ignoran que la tristeza es posible, seré el caudillo de los inútiles, a los que como a mí se les oxidó el corazón por el desuso, pero que, admiten, sin envidia, que yo, de manera impecable, hice las cosas mal.



Para los que nacieron en el campo y se criaron entre árboles. Para los que jugaron en potreros y asustaron a los caballos. Para los que metían cocuyos entre las cobijas creyéndolos más naves espaciales que cocuyos. Para los que buscaron lombrices en la tierra y se fueron con ellas en un frasquito, en el bolsillo, a pescar. Para los que, desafortunadamente crecieron, cuando la infancia sucumbió a los tentáculos de la razón, y sintieron que al campo no podían progresar y se marcharon... habrán de saber que serán, de alma, campesinos.

No importa que se pongan ropa fina, vayan a bares de rock, hablen de mujeres, trabajo, la academia, la ciudad. No importa si compran pomadas y químicos para disimular la tez rosasea que caracteriza al campesino. Porque creen que en la ciudad la palidez es estar a la moda. El pálido es el contemporáneo.

No importa que cambien de acento y se crean más civilizados, frecuenten los cines y las discotecas. Después, regresan al campo de visita. En casa miran a sus padres y sientan tristeza de ellos. De la humildad tan macabra en que viven. De que hacen parte de un pasado que ignora que el dinero hace más rápida y más desdichada la vida, pero más rápida. Entonces le compran ropa nueva a sus padres.

Se creen mecías y saludan con exagerada amabilidad porque saben que están de visita. Si se quedasen para siempre, no saludarían tan rápido y sin tanta bulla.

Saberse efímeros los hace sentir importantes. Exhiben sus ropas, sus peinados, sus tez pálidas. Porque en la ciudad la piel se blaquea. Invitan a los antiguos amigos a cerveza y les cuentan de cómo se vive en la ciudad.

No importa que vuelvan a la ciudad y se encierren en sus cuartos a recordar los paisajes de la infancia y anhelen volver a casa. Porque en la ciudad hay que estar encerrado. El encierro es la representación del individualismo, del desconocimiento del otro. En la ciudad deben andar a prisa, ir algún lado, entrenarse para la indiferencia y desacostumbrarse de saludar a todo el que se encuentran.

Pero los días de descanso, así no se lo digan a nadie, anhelan volver al campo, solo volver y ver los árboles, los pájaros, las nubes. Estar unos instantes y disfrutarlos. Luego partir a la ciudad hasta que deciden volver definitivamente al campo. Se construyen una casa y viejos, se entregan felices a la muerte.

Fueron como animales de circo que divirtieron a muchos durante años. Estuvieron encerrados, con las tres comidas al día. Ya cansados de lo mismo, a un descuido del domador de animales, se escaparon al campo. Vuelven más viejos a morir donde nacieron. Aceptando que fue un error haber huido de la muerte cuando fue vida.

Para los que nacieron en al campo y están lejos de él y aún se sienten jóvenes para volver, no duden, vuelvan al campo ahora que están jóvenes. No esperen toda una vida para decidir algo que pueden evitar.

Estén seguros de irse ahora, que son briosos y pasionales, y disfruten del campo, del silencio malacaroso en un balcón y vivan. No dejen que la vejez los prive de coleccionar ocasos, de ordeñar la noche, de sentir que es larga y tranquila la vida. No le teman a su libertad.

Vayan y no me esperen, no me llamen, no me juzguen, es que se me está empedrando el alma. Qué no les pase lo que a mí. Que tal vez prefiero el tedio y derramarme todos los días sobre estás líneas. Tal vez les sea tarde esperarme.
Brindo por los que aún tropiezan y se le encharcan los ojos. Por los que alguna vez soñaron con que eran astronautas. Por los que han mirado un revólver con satisfacción. Por los que esperaron el amanecer con una botella rota en las manos. Por lo que hablaron solos dormidos confesando sus más siniestras tristezas. Por los que se entregaron tanto que se olvidaron de recibir.

Brindo por todos aquellos, que alguna vez, fueron rebeldes sedentarios.

Alzo la copa de vino y me atraganto por aquellos, que ante un tejado, por la perdida de una pelota, sintieron una desolación alarga cuellos.

Brindo por los que vivieron tan intensamente que no tuvieron tiempo de estar tranquilos. Por los que fueron tan ellos que la noche de sus penas no conoció el alba. Por los que aún sabiendo que su causa es una causa perdida, alzan el pecho y con más determinación continúan. Por los que beben solos y esperan pacientemente a que la vejez les haga compañía.

Brindo por los que intentaron por todos los medios creer en Dios. Por los que habiendo nacido en mi patria aún se resisten a ser conquistados por el progreso y la idea de una vida digna.

Brindo por los que jugaron con muñecos de yupi y creyeron que eran monstruos de cabezas gigantes. Por los que apostaron con un amigo el amor y perdieron. Por los que se hacían los que no tenían hambre para que sus madres les diera la sopa. Una cucharadita por su mamita que los quiere tanto y la boca se abría después de una malacara complaciente. Brindo por los que se asustaron ante un espejo porque amanecieron más altos y con los primeros vellos en las axilas. Brindo por los que se hacen perseguir de la infancia porque se robaron la nostalgia.

Por los que alzaron el teléfono y preguntaron por una persona que no conocían para no sentirse tan solos.

Brindo por ustedes, derrotados, los que saben que mañana es un peor día.

Brindo por los que se hacen los dormidos para que la irrealidad no los sorprenda.
Derrotados ¡A su salud esta derrota! La felicidad no existe.

Mi situación no es envidiable. Quiero llorar y sacar con lágrimas esta mierda que siento. No puedo. Estoy jodido. Me pesa mi vida, mi inutilidad. Tantas veces he dicho que no soy bueno para nada que al parecer es para lo único que sirvo. Pienso que represento el papel del incomprendido, el solitario, el decadente, el triste, el que involuciona al sedentarismo.

Estoy comprimido, estancado, estático, al margen de mis sueños.

Mis sueños no son lo que siento. En mí pesan y por mi cobardía de hacer de ellos mandamiento de vida, me inmovilizan. Ya no los siento como punzadas en lo profundo del alma, sino como un agudo desanimo.

No quiero hacer nada. La universidad me parece lo mismo que estarme en un rincón del cuarto, con las manos en las rodillas, apretando los dientes, esperando a que la muerte se apiade y venga a hablar conmigo.

Me estoy cansando de no poder estar en otro estado de animo distinto a la desolación.

Alegría habítame desde todos los sentidos. No me dejes ser el mismo disco rayado; el mismo eje condenado a girar sobre si mismo, a lo oscuro, el dolor. ¡Si tan solo pudiera llorar!

No vislumbro lo que me contiene. Me duele ser el que soy. Nadie más que yo. Mi más sincera mentira. Me sufro desde los pies hasta el inconsciente. Soy del tamaño de un precipicio. No termino de caer. No lloro.

Me tengo a mí mismo, con los días más extraño.

Creí que vivir en una provincia, en un pueblo, como en mi infancia, ayudaría a remediar mi desasosiego.

Creí que un pueblo me limitaría a ver el cielo y sentirme satisfecho con los ocasos, una de las diversiones de Dios en las tardes.

No me sirvió de nada la provincia. En menos espacio soy más desierto y más selvático.

La geografía de mi alma no está pavimentada. Estoy más allá de lo que ven mis ojos, de lo que tocan mis manos, de lo que respiro, huelo y oigo. Estoy tras el velo que cubre el vacío.

No puedo huir de lo que soy y padezco. Pero si puedo no tener casa. Tal vez lo que no me deje llorar es que mi cuerpo desconoce del dolor del alma. Mi cuerpo siempre ha tenido una cama cómoda, tres comidas al día y ha podido protegerse del frío. Hasta en mí soy disparejo.

Debo salir, hacer un viaje, irme de Girardota. Vivir el dolor de mí alma y hacerlo cómplice del cuerpo.

No quiero saber que un día voy a engordar de ser el que soy ahora, el inútil, el que por miedo a la vida se entregó a la rutina. No quiero huir de todo por miedo a encontrarme.

No. No quiero representar por más tiempo a el incomprendido, el ofendido, el muerto en vida.

Necesito vivir. Irme de viaje. Caminar sin rumbo fijo. Debo ser condescendiente con lo que siento.

Siento que no sé para donde voy. La cotidianidad me lo dice a todo momento. No puedo convivir ni construir una relación estable con una mujer, me es difícil trabajar, se me complica la conversación, no puedo defender ninguna de mis ideas, me asusta todo lo que se conjugue con responsabilidad...

En definitiva, en el sistema en que todos se proyectan y ven sus sueños, yo resbalo y me quedo cruzado de brazos, consumido por la impotencia.

No puedo jugar a ser un ciudadano honrado y trabajador. Sería matarme en vida. Perderme y no aceptarlo.

Si, lo que necesito es seguir mis corazonadas. Irme al mundo. Tener más territorio para expandirme. Darle a mi cuerpo la oportunidad de trasportar mi alma, que si la entiende, sea su dolor y juntos, cuerpo y alma, me enseñen a llorar bajo las estrellas.

Es hora de ser más yo de lo que soy ahora. Más triste y hombre. Más mundo y sueños.

Quiero hacer algo por mí, así fracase: Irme de lo que por cobardía considero mío. Cambiar mi sedentarismo por paisaje.



Soy un resentido desconfiado. Me cuesta mucho creer en las mujeres. Bueno, a las que quiero.


Soy conciente que con este texto las cosas me serán aún más difíciles. Pero que le voy hacer, debo ser fiel a lo que siento y creo. Y creo y siento que todas las mujeres son unas putas antes de ser madres y renunciar a ser mujeres para ser madres. Aunque hay algunas madres... Hum... ¡Qué madres!


Lo de putas no lo digo en forma despectiva. Al contrario, desde el más puro sentir, donde se limita con la santidad. Digo putas como digo aves. La diferencia es que las aves saben esa cosa de ser aves y volar en invierno, a tiempo.


El problema es que las mujeres que me la han jugado no lo han hecho muy bien que digamos. Fueron inocentes.


Al principio creí en ellas. Hasta puedo decir que les fui fiel mientras no dudé. Pero cometieron el error de dejarme pistas. Al parecer fue a propósito para que las descubriera como si yo fuera el detective privado de los cuernos. Y por mi manía de contar historias, de construir hechos con frases sueltas, de leer los rostros, terminé descubriéndolas. En sus rostros vi la culpa. La culpa hizo que sus facciones fueran casi angelicales. Sus pupilas se dilataron constantemente y para no sentirse descubiertas fueron cariñosas y condescendientes.


Hay que desconfiar de las mujeres que te dicen que eres el hombre de su vida. Sobre todo en el momento en que estas serio y no estas pensado en ellas, sino en como desenmarañar un proyecto de novela o el desenlace de un cuento. Y te dicen que eres el hombre de su vida y uno, sorprendido, por tan preocupante ocurrencia, no le queda más de otra que sonreír.


Pero uno nunca llega a imaginarse que tal afirmación fue dicha porque el recuerdo de otro les arañaba las entrepiernas más que tu desprevenida sonrisa. Luego, como para que esa piquiña las haga menos culpables, te excitan y hacen el amor contigo, pero ya no te dicen que eres el hombre de su vida. Y si te lo dicen, es probable que sea cierto y que eres un tipo celoso y posesivo. Porque después de hacer el amor, y si la mujer queda satisfecha, es muy difícil que mienta. Pero si se quedan calladas. ¡Cárajo! Sin duda, hay otro y lo piensan mientras les lames un seno o las ves desnudas.


Lo mejor y lo menos recomendable es que las embaraces. De este modo estarán condenadas a madurar y ser mamás. Pero ya serás tú el que huya. Lo mejor es irse a aceptar que eres un cornudo.


¡Ah, cómo duele la infidelidad cuando uno es la victima! No es fácil admitir que eres una sucursal. Pero si eres lo suficiente maduro para no alterarte. ¡Adelante! Serás el héroe más huevón y burlado.


En mi opinión hay que mandar cualquier sospecha al carajo. Con ella la madre de las sospechas, la mujer: La puta que te hizo frijoles, la que se mojó contigo a altas horas de la noche sin importarle un resfriado, la que te regaló unos calzoncillos de cumpleaños, la que te prestó dinero cuando no tenías ni para comprarte cigarrillos, la que te lloró porque la maltratabas con tus palabras filosas, la que amaneció a tu lado y se reía porque la noche fue corta para tocarte, la que no podes nombrar de otra forma diferente a la de puta porque su recuerdo te duele, la que te hizo sentir querido, la que te dijo pingüino, la que te abrió el pecho para que la traición como espina te chuzara el corazón. Entonces desde lo más profundo de tu sentir, donde se fermenta el odio y representas la soledad sílaba por sílaba, lo único que podes decir es puta. Nadie puede recriminarte, nadie que haya sentido lo mismo, porque hay que sacar el dolor sintiendo, sufriendo y gritando puta, puta, puta...


Tal vez ellas se sientas ofendidas. No debería ser así. En serio. Lo de putas es desde el más puro sentimiento, la justificación de que por ellas estás vivo. Deberían sentirse halagadas porque aún se les recuerda y es difícil olvidarlas.


El puta te queda bien. Hasta luce con tu vestido. Puta me abriste los ojos. Espero a otra a la que pueda querer con toda la fogosidad de mi cursilería y me haga reprimir al tipo indeseado que soy cuando estoy en frente de un par de tetas que parecen inteligentes. Puta no te hagas madre ni me odies, por este texto, más de lo que yo te odio. Te necesito para sentirme triste por estos días y andar con las manos en los bolsillos, cabizbajo.


La empanada tiene personalidad. Es de los alimentos el que más me atrae. Podrán decir que su cresta es amorfa y que parece la comida preferida de los punquetos. Puede ser. Pero, es de todas las comidas rápidas la más lenta, la que más se ve. Su cresta es precisamente el centro de su encanto. La empanada, si fuera un ser animado y pudiera responder por sus actos, sería, sin lugar a dudas, un alimento seductor, un don Juan de la Verdura y la comida rápida, siempre dispuesto a dejarse comer.

Por la venta de empanadas hay mucho muchacho como yo estudiando en una universidad. También muchas acciones comunales, grupos juveniles, parroquias, han subsistido de las ventas de las empanadas. Incluso han viajado a la costa con el dinero recaudado.

A parte del episodio anterior, a mí me parece que la empanada representa el pasado de la mayoría de habitantes de Antioquia. Y los que no hayan comido empanada son seres simples, su característica, no es precisamente la de ser soñadores. Vivieron su infancia a medias.

Para ser consecuente con la hipótesis anterior, tan forzada diría un lector, recurriré a un episodio de mi infancia.

De mi infancia lo que más recuerdo son las empanadas que hacía mi madre. Cuando las comía me sentía un ser afortunado y fantasioso. Imaginaba que las empanadas eran solo para mí, al menos las de mi madre. Hipótesis que se desvirtúo con los años. Las empanadas no son un secreto familiar, como lo puede ser el intento de suicidio o aborto.

Más que los muñecos de yupi y las botas con calcomanías del hombre araña, eran las empanadas.

En mi imaginación creí que las empanadas eran hechas de pequeños hombrecillos que mi madre atrapaba y encerraba en la masa amarilla. Creía que estos hombrecillos estaban hechos de cebolla, papa, carne molida, yuca. Qué como uno tenía sangre y huesos, ellos tenían verdura y sal.

Cierta vez me quedé viendo cocinar a mi madre. Me asustó como ella forraba a los hombrecillos en la masa amarillenta que después echaba a freír. Mierda, me dije, qué cosa tan fantástica y cruel.

Por algunos días me quedé sentado en frente de la cocina, mirando la ventana, por si sorprendía algún hombrecillo, materia prima de la empanada. Una tórtola, una cucaracha, pero ni señal de los hombrecillos.

Decidí preguntarle a mi madre como atrapaba los hombrecillos y si yo también podía hacer empanadas. Ella me dijo que no sabía nada de hombrecillos y que lo de las empanadas se podía arreglar. Al día siguiente me puso a moler papa, carne y yuca. Fue un trabajo agotador. Me inquieté, sabía que mi madre me ocultaba algo. Me mentía sobre los hombrecillos empanada.

Cada empanada que comía lo hacía con sumo cuidado. Tenía la esperanza de encontrarme, en el interior, una piernita o una manita de algún hombrecillo. Nunca encontré nada, pero aún conservo la esperanza. No dejo de mirar con curiosidad cada empanada. Algunos amigos me miran perplejos. Ellos no entienden como disfruto de tal manera con un alimento tan barato. Pero es que ellos no saben lo de los hombrecillos. De saberlo, en vez de mirarme, me ayudarían a buscarlos. En esa búsqueda nos santificaríamos.

Lo que hago cuando me como una empanada y no encuentro nada, me sonrío y me dijo: Camilo, vos si sos un huevón ¡Duendecillos! ¡En que estas pensando! Pero me siento pleno, vivo y niño. Por ello cuando como empanadas miro si los que están a mi lado, también comiendo empanadas, se sonríen. Si los hacen también les sonrío y ellos me sonríen. Sabemos que ocultamos algo con las empanadas y nos hacemos, así no sospechemos lo que sea, cómplices.

Sin lugar a dudas, soy uno más de los que se han ensoñado con las empandas. No sé si encuentre algún hombrecillo. Quizás ni existan. Pero sé que ha muchos les ha pasado lo mismo, incluso con otro alimento, bien pudo ser con un pollo asado, una sopa de fideos o un huevo revuelto. Ahora, si tiene las agallas de confesarlo, yo, el vigilante de los hombrecillos empanada, me sentiría más tranquilo y estaría dispuesto a ser su cómplice. Ya que la vida es más intensa cuando está precedida de pequeñas complicidades.

Mis amigos creen poder salvar el mundo. Mientras los escuchaba recordé, que hace meses, perdí una novia porque no asumí una posición política. Ella no entendía como a mí no me preocupaba el macabro gobierno de Álvaro Uribe. Yo le dije que tampoco sabía porque no me preocupaba. Creyó que le estaba tomando el pelo y me dejó por no ser revolucionario. No volví y ella ahora está embaraza.
Cambiar el mundo no es posible. Las doctrinas están pensadas por hombres y por ende tienen fisuras por las que el control y el poder se filtran y generan la supremacía de los unos sobre otros. No hay igualdad entre los hombres. Los unos disfrutan destruyendo a los otros.
Basta con mirar la prensa colombiana para enterarse que la guerra ha sido la razón de nuestra historia, el deporte de la injusticia.
Uno se pregunta entonces ¿Para qué sirve el gobierno? ¿Para qué la democracia? ¿Para qué la oposición? Si las cosas siguen igual, incluso peor. ¿Los muertos registrados no son ya suficientes?
Quizás sea muy pesimista y si se pueda salvar el mundo. Pero de ser así, no tomaré partido de ninguna reforma. No me interesa. Hay gente nacida para esas cosas, por algo se hacen llamar sociólogos, economistas, politólogos, etc. Que ellos entonces, si pueden, incluso mis amigos, salven el mundo.
Considero que para cambiar el mundo habría que acabarlo. Matar o desaparecer aquellos que estén en desacuerdo, aquellos que por sus condiciones de obreros y de discapacitados mentales no entienden la magnitud del asunto. Así, quizás, con los pocos que queden sea posible un mundo mejor.
No veo como los hombres se subordinen felices y realizados a un acuerdo común. El hombre es testarudo por naturaleza. Habría que extinguir la individualidad del hombre. Y sí el hombre no sospecha quién diablos es ¿Cómo se pretende que conozca a otros?
No propongo nada que este almargen de uno mismo. El único mundo posible de cambiar es el interior, el propio, el más íntimo. Y eso que ese es un mundo aún desconocido. Pero cualquier avance, desde ese punto de partida, puede generar cambio.
Querer cambiar el mundo sería una perdedera de tiempo y un desgaste innecesario. Al menos para mí. El tiempo que podría gastarme parado en un parque, en un auditorio, en reuniones con políticos lo invierto en pensarme y pensar que haré para ganarme la vida. Como conseguiré una casa y un trabajo estable y como haré para que el pelo no se me caiga antes de tiempo.
Mis preocupaciones están más al alcance de mis manos. Me dirán que soy un egoísta y solo pienso en mi bienestar, cuando el mundo se desmorona y se destruye. Si, es verdad, soy egoísta. Pues por más que me angustie eso no va a cambiar la mentalidad del político que roba el dinero público ni la del asesino que quiere saciar su sed de muerte.
El único mundo permeable es el propio. Es saludable cambiar de filosofías cada cinco años. De ahí que las cosas que me desvelan sean las mas obvias, como tener presente que a un tinto no se le puede echar sal y una camisa morada no combina con un pantalón naranja. Además, no se puede ir a un dentista a curarse de un daño de estómago.
Me interesan, en gran medida, las cosas simples, las que me son útiles y me sirven para las necesidades básicas. Ejemplo conseguir dinero, no mucho, el suficiente para tener que comer, vestir, dormir y cerveciar.
La vida no es tan complicada como para embarcase en esa empresa de querer salvar el mundo y ser el mártir de una idea ajena. La vida debe sernos vivible. Y eso es posible si soñamos cosas posibles.
Primero uno y luego, si queda tiempo, los otros. Suena crudo, pero es mi más sincera posición.
El hombre no puede menospreciarse al querer cambiar a otro individuo si éste no quiere cambiar. Eso sería como salvarle la vida a un suicida, que sería igual que matarlo.
En síntesis, no creo en la política ni en la democracia ni en ningún mecanismo de gobierno. Las cosas están tan desastrosamente bien constituidas que es una utopía renovarlas. Ese monstruo establecido no lo permite, así, en los deseos reprimidos de una nación se pida a sollozos un cambio.
Mi único gobierno es el mecanismo de mis decisiones. Soy mi patria. El resto es un accidente que pensaré como evitar y soportar. Por ello no creo en el voto y no voto.
No creo en el cambio que esté al margen de uno. Ese cambio radical que promete un mundo mejor. Mientras existamos los pobres, los que no sabemos la utilidad de la política, los que cada día estamos más jódidos, los que nos reproducimos como conejos, los que optamos por la religión del analfabetismo, los que sonreímos con el estómago vacío, los que si morimos no importamos. Mientras la política, por culpa de la misma política, nos sea ajena como los problemas del vecino, el mundo no se puede cambiar.
Por esa cosa de la política, por ese juego del bienestar público, hemos descuidado nuestra propia vida por seguir los sueños de otro. No votar ni creer en nadie diferente a uno mismo. Quizás así, sin la política, su sentido social, tenga vigencia, al saber que es lo que decidimos para nuestra vida. Quizás, entonces, amigos míos, cuando tenga las cosas claras, iré con ustedes a donde sea, convencido de que se puede cambiar esta mierda.