Llegué con Carolina a mi apartamento, por el barrio San Joaquín. Nos
tocábamos como si fuéramos apariciones.
En la cama, con el deseo burbujeando en la piel le quité la camisa.
Ella me rasgó la mía: ¡ris ras!, ¡tris! Y miré su cuerpo, todavía era perfecto,
con sus tetas como mangos criollos, su nalga tonificada y sus piernas largas.
―Es increíble que todavía sienta tanto amor por ti ―expresó
Carolina mientras pasaba su mano por mi pierna.
―Eres mi primer amor y ese nunca se olvida ―dije y
la besé lento y los besos hacían más carnosos los labios.
Con la mano recorrí su espalda, la introduje bajo
el cabello, le acaricié le cráneo. La intensidad de los besos se incrementó. Mi
lengua jugaba con la suya y Carolina enterró sus uñas en mi espalda. Luego, me
empujó para que me acostara en la cama. Ella, con el dedo índice, en la punta
del pene, hizo caricias suaves y llevó su mano hasta los testículos. La
erección dolía y quise penetrarla. Ella me alejó.
―Espera un poco más.
En cuclillas sobre mí, hizo presión a mi pene con
su vagina. Su sexo se humedeció y apenas
el glande ingresaba a su vagina, ella se alejaba. Yo agarraba las sabanas e
intentaba no gritar. De pronto, ella, tomó mi pene con una mano y lo movió por
su sexo desde el clítoris hasta el ano. Y lo introdujo en su vagina; el pene
entró lento.
―¡Ay… mi amor! ―dijo.
―¡Carolina, te amo! ―manifesté y le apreté las
nalgas.
―¡Yo… ahhh… sí… así amor… ay… también te amo! ―medio
susurró al tiempo que apoyaba sus manos en mis rodillas, con firmeza, para
inclinarse hacia atrás.
Mi verga dura abría las cavidades internas del sexo
de Carolina. Ella empezó a gemir y yo con ella. Los movimientos eran frenéticos
y los dos jadeantes, vertiginosos, imparables.
―¿Crees que podemos venirnos los dos al tiempo?,
¿aguantas un poco más? ―expresó mientras hacía movimientos circulares.
―Sí. Ahí voy ―e introduje mi dedo índice por su
ano.
―¡Florentino! ¡Qué ricooo! ―decía con sus manos
sobre mi pecho y con su rostro sin un gesto definido―. ¡Ayyy….ah… mi amor…
siiiiii!
―¡Carolina! Estoy por…
Y me abracé a Carolina como un hombre sediento a una fuente de agua.
Ella se abrazó a mí como un olvido que es recordado. Nos abrazamos como si
nuestros cuerpos poro a poro, respiración a respiración, suspiro a suspiro,
caricia a caricia, beso a beso… fueran un mismo organismo, un mismo
estremecimiento, un mismo espasmo.
Carolina me besó lento y se me aguaron los ojos. Estaba de
nuevo enamorado.
―Prometo no dejarte de nuevo ―dijo mientras se bebía mis lágrimas.
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