Crearme, recrearme, vaciarme, hasta que el que se vaya muerto, de mí, un día, a la tierra, no sea yo...

Juan Ramón Jimenéz


Evolución emocional a través de un oficio

>> jueves, 15 de junio de 2017


Considero que existe un oficio para cada persona y en la medida en que se dedique a ello puede evolucionar emocionalmente en todas sus relaciones. Es decir, el sentido de la vida se manifiesta cuando hallas el oficio donde vibra tu espíritu. Sea el que sea. Aquello a lo que cada vez le inviertes más tiempo. El oficio que se hace con amor es el rio de la vida que fluye sin detenerse y desemboca en el mar. Eres parte del fluir de la vida que es laboriosa y se proyecta al infinito. Si identificas lo que amas hacer nadie puede darte las pautas porque se establecen en tu interior. Por lo tanto, empiezas a ser el director de la orquesta. Cuando eso sucede, empiezas a identificar tus deseos más profundos. Aquellos que si no satisfaces te pasan la cuenta de cobro con los años. Por lo tanto, cuando descubres tu oficio te ocupas de ti mismo. No importa si estás triste, alegre, iracundo, nostálgico, con o sin dinero… Lo relevante es que eres útil y no para los demás, sino para ti. Los otros, con todo el respeto que se merecen, pueden esperar. Luego, es una ley universal, ahí sí los otros, se interesan en ti. 

Al dedicarte a un oficio, con el tiempo, comprendes que es irrisorio controlar tus emociones. Sin embargo, te permites sentirlas sin mutilarlas, sin que te dominen, sin desconocerlas hasta que aprendes a vivir con ellas. Eso es evolución emocional a partir de un oficio. Es tan alta que transforma todas las relaciones. 

Volviendo a lo del oficio, el mío es ser escritor. Es lo que me vibra. Recuerdo que empecé a interesarme por las letras cuando me gradué del colegio. Es curioso, cuando dejaron de enseñarme en la escuela me interesé por aprender. Al principio fue difícil. Partí de la necesidad de ocuparme para que el tiempo no me atormentara con el paso de las horas. 

Mientras removía la tierra fértil de la literatura fabricaba sueños e imposibles. Tensión de hueso y nervio. En la juventud me confundía la caricia, la humedad del beso, el deseo encendido. Todos mis actos eran una urgencia en caída libre a segundos de jalar el seguro del paracaídas. De pronto, una tarde en que inhalé profundo para pedir un poco de sosiego tuve la sensación de levitar, de sostenerme en el aire como ángel. Era ingrávido y sin esfuerzo cada gesto, cada paso, cada signo encajaba en la profecía del reinado de la montaña sobre el hombre. Era montaña, tierra, jardín, palabra y hombre. Era natural y sencillo. Había encontrado mi lugar en el mundo.

4 comentarios:

Ginebra Blonde viernes, junio 16, 2017  

Entiendo y siento tus palabras como propias, si no en su forma, sí en su contenido… Porque he de decir que yo también encontré mi lugar en el mundo, y no sólo eso, sino que me atrevería a decir que también me encontré a mí misma, pues desgraciadamente y por X circunstancias, me encontraba perdida en un mutismo y mundo paralelo… y fueron ellas, las palabras, las que me tendieron esa mano maravillosa con la que salir más allá de mis muros…

Un placer leerte, Juan… Bello y reflexivo…

Bsoss y feliz finde.

Juan Camilo viernes, junio 16, 2017  

Ginebra
Me alegra mucho su comentario. Es decir, la palabra nos redime. Un abrazo y por este espacio siempre bienvenida.

psilocibios domingo, junio 18, 2017  

Camilo, hermoso y excelente texto. Un saludo muy cordial y amistoso !

Juan Camilo jueves, junio 22, 2017  

Psilocibios
Gracias por el saludo. Otro abrazo cordial

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Cada palabra es un conjuro para espantar la soledad

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