Crearme, recrearme, vaciarme, hasta que el que se vaya muerto, de mí, un día, a la tierra, no sea yo...

Juan Ramón Jimenéz


Sobre el erotismo

>> martes, 14 de abril de 2015




Hace tiempo logré diferenciar el erotismo de la pornografía. El primero es la sutileza que excita la imaginación en un llamado al placer en función de una idea del amor. El segundo, es un llamado a los placeres carnales que, no es una característica constante, puede partir de una soledad prolongada, de una dependencia emocional que desemboca en el hastío. 

El origen de la palabra “erótico” proviene del latín “eroticus” y éste del griego “erotikós” y se refiere al amor sensual. Esta palabra deriva del dios “Eros”, dios del amor. Estas referencias llevan a pensar en lo erótico como una sugerencia a ideas o intenciones que se recrean en la imaginación. En este plano el sentido de las emociones se renuevan, se potencian, se excitan. Es un encuentro con lo sensual desde lo sutil. 

Depende a qué le prestemos más atención. Si es el cultivo del cuerpo entonces la imagen de éste es toda la posibilidad de encuentro. Pero el placer en el cuerpo, desde la óptica del placer por el placer, se esfuma. Es como un fuego que arde y se apaga al instante y solo queda el humo espeso en vez de la anhelada braza ardiente. Entonces se siente que hace falta otro poco, otra mujer, otro encuentro… Debido a que se busca la superficie se encuentra uno con el vacío, el que siempre estuvo, el que no se va por más que tonifiques los músculos. El vacío de sí que se intenta llenar con la imagen de otro. Y lo que ocurre es que se encuentran dos vacíos que se ensanchan después de agotar la experiencia del cuerpo.

Sin embargo, si el encuentro es más desde lo contemplativo, ¡no hay nada más hermoso que una mujer desnuda! Y si a esa imagen se le permite expresar su belleza sin agotarla con el tacto, puede suceder que el cuerpo experimente otros registros. He escuchado que en algunos místicos la presencia de Dios en el plano físico es como un orgasmo, una felicidad continúa. Esa comunión del cuerpo y el espíritu llena el vacío de sí y permite otro diálogo. Cuando se observa la desnudez con amor, respeto y admiración se encuentra de nuevo la inocencia. Esa inocencia es la misma que irradia un niño. En él, el cuerpo no está en completo desarrollo, por ende, desconoce el llamado de las pasiones y solo participa de la comunicación del espíritu con lo que toca y ve. Esa inocencia se puede recuperar, se puede cultivar. La clave está en construirse adentro un templo para sí y desde allí partir al encuentro con el otro. Como es adentro es afuera. Y si adentro se está bien consigo mismo, el afuera es la contemplación de lo hermoso, de la desnudez es su estado más puro. 

Después de la contemplación se puede dar esa comunión que va más allá de la piel. Si se da puede compararse con lo que siente un pintor frente a la pintura cuando se olvida del espacio y el tiempo; es decir, se puede sentir otra dimensión, otro estado de conciencia. También, puede compararse con lo que experimenta un campesino frente a un cultivo de albahacas al remover la tierra y organizar los surcos; llega un momento en el que se concentra en ese presente, en ese ahora que entra en meditación, el punto cero, donde el roce con la tierra le electriza todo el cuerpo. Esas experiencias parten de una motivación, de una disposición del espíritu que registra ese gozo sutil y constante de vibrar con las cosas. En esa medida vivir es un privilegio. Cada día brinda un sinfín de placeres.

Hace poco, en mi casa, frente a un fuego, sentí lo cotidiano del erotismo. Trataré de recordar el momento sin omitir los detalles. A unos metros, en una manga, el viento mueve las hojas de un arbusto. El viento mece las hojas que tienen la forma de una mujer sentada. Su cabellera vegetal convoca a varias abejas que se posan en sus hojas. El viento ingresa hasta el centro del arbusto al tiempo que un azulejo canta. Imagino que la mujer arbusto se acuesta sobre el césped mientras el viento susurra palabras de otro tiempo cuando le narra como él lleva las semillas a los huertos, se desliza por la superficie del agua para generar pequeñas olas y escuchar la voz de la luna que conserva el agua. Esas palabras entran en el arbusto y cada hoja, cada tallo, al unísono, se contrae para ser raíz, tierra en movimiento. El viento mueve el arbusto y sus hojas recrean el cuerpo de una mujer, con los ojos cerrados, inmersa en secretos. Un azulejo ronda el arbusto sin dejar de cantar, las abejas se posan en una hoja, luego en otra y allí se quedan unos segundos para libar de la miel que emana el arbusto en las hojas de la parte inferior. Un olor a menta alegra al viento que en espiral asciende con el olor como si se tratara de un fruto invaluable. De pronto, el arbusto se llena de abejas. El azulejo se reúne con su pareja. Vuelan juntos hasta un naranjo donde se acicalan, juegan con sus picos entre sus plumas, cantan y saltan de rama. Uno de ellos se queda inmóvil mientras el otro, con su pico, le hace más azul las plumas. Las abejas, en las hojas, toman la miel que necesitan y van partiendo. Luego el arbusto, sin viento, se mueve y de su interior se escucha el canto de los azulejos. El olor a menta ha desaparecido y el fuego, ardiente, entre sus llamas violenta, delinea el rostro de una mujer que conozco. Una mujer medio felina y alza sus brazos con algunas bolitas naranjas que entrega al viento. A ella le entra por la espalda un rayo de luz. Sus senos tiemblan y emanan gotitas de miel. Algunas bolitas de fuego rondan a la mujer, al parecer abejas de luz. Las abejas recogen la luz, la inagotable luz, la luz del amor que es todo y es miel. Luego, entre el humo, las chispitas de fuego ascienden al cielo mientras ella se torna de varios colores y su cuerpo se hace paisaje y suspiro…

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Cada palabra es un conjuro para espantar la soledad

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