Crearme, recrearme, vaciarme, hasta que el que se vaya muerto, de mí, un día, a la tierra, no sea yo...

Juan Ramón Jimenéz


El Hombre que hizo de su vida un libro comunitario

>> lunes, 6 de abril de 2015


La muerte violenta es un fenómeno que ha golpeado a miles de personas en Medellín y sus historias son un libro de horror. Un libro que pocos se atreven a abrir porque el dolor de miles de víctimas continúa bajo tierra pidiendo justicia. Entre esas víctimas hay hombres, verdaderos héroes, que se atrevieron alzar la mirada y aportaron un granito de arena a la paz. Hombres con tal grado de bondad que dieron su vida al servicio de otros. Hombres que entendieron que es el servicio lo que nos puede acercar al otro. Hombres que creyeron que si dejaban mejor los metros de tierra en que habitaron habían valido sus esfuerzos. Uno de esos hombres fue Jairo Alberto Valencia a quien balearon en Medellín el 12 de septiembre del 2007. Él fue historiador de la Universidad Nacional y su pecado fue ayudar al prójimo. Entre sus acciones se cuenta que fundó la Corporación Cultural Altavista con el fin de iniciar procesos sociales comunitarios. 

El hombre
En el momento de su muerte, a sus 42 años, era profesor de cátedra del Departamento de Trabajo Social de la Universidad de Antioquia. Vivía en la comuna 13, en el Barrio Floresta, en la calle 49G con la carrera 96, con su esposa Yaneth Rodríguez y su hijo Santiago. Era un hombre estudioso que en las noches de los jueves y los viernes se quedaba hasta las tres de la mañana estudiando. A veces entre semana. Esa era su pasión. 

Jairo jugaba fútbol los fines de semana y cada año organizaba en el barrio el pesebre ecológico. Para ello convocaba a la comunidad para hacer bingos y otras actividades durante el año con el fin de reunir fondos. Lo que más le gustaba era que los niños estuvieran en el proceso de armar el pesebre. 

“Él siempre estuvo en mi formación deportiva. Él fue quien me incentivó a ser un nadador de alto rendimiento. Él era el que reclamaba las notas en el colegio y me explicaba los temas que no entendía. Con él era obligatorio leer ciertas páginas de libros todos los días. Siempre me incentivó a la formación”, recuerda Santiago.

Homicidio
El cuatro de septiembre Santiago Valencia cumplió años. Su padre los celebró en familia. Pocos días después llamó a su hijo y le mostró un papel que tenía guardado. “Él me mostró la hoja, era una póliza y me dijo: ‘acá se la dejo guardada. Si a mí me llega a pasar algo con esto no tienen que pagar nada más del crédito’. Es decir, que no asumiéramos nosotros su deuda. Yo creo que eso fue un presentimiento”. 

El doce de septiembre Jairo madrugó y desayunó en familia. Después le dijo a Santiago que se terminara de cepillar los dientes que él llevaría la basura y luego calentaría la moto. Santiago lo vio salir y Yaneth volvió a acostarse. Santiago estaba cepillándose cuando escuchó unos disparos y luego una moto que se fugaba. En un principio Santiago creyó que el ruido era un estruendo que alguien había hecho con un madero en la calle. Así que salió de la casa y al instante vio que un vecino llegó en una moto, frenó y miró en dirección a la basura y luego a Santiago. Así varias veces. “Me pareció muy extraño la actitud del vecino así que volví a entrar a la casa y subí hasta el balcón. Entonces fue cuando lo vi, pegué un grito y salí de nuevo corriendo. Tras de mí mi mamá en pijama. Cuando llegué lo cogí, él estaba temblando. Mi mamá me dijo que fuera donde un vecino que tenía carro. Me pegué del timbre. Pero cuando llegamos ya se lo habían llevado en un taxi. Cuenta mi mamá que cuando estaban llegando a la Unidad Intermedia de Salud de San Javier él le apretó las manos. Cuando lo vieron los médicos ya no tenía signos vitales”. 

Por esos días Santiago y su madre se habían trasladado de casa, por el mismo sector. Yaneth renunció a su trabajo de enfermera para seguir con el de peluquera y de esta forma estar más cerca de su hijo. En la peluquería, dos días después de terminarse las novenas de Jairo, entró un niño con un ramo de flores. El ramo tenía una nota donde la amenazaban. Yaneth y Santiago empacaron sus cosas y con la colaboración de su familia salieron por la noche sin que nadie se diera cuenta. 

Días antes, en un sueño de Santiago, Jairo le preguntó cómo estaban. Santiago le respondió que bien. Jairo desapareció y no volvió a presentársele en sueños. Santiago vuelve al colegio y pierde inglés durante varios períodos. El idioma que estaba estudiando Jairo. 

Impune 
En primera instancia la policía dio la hipótesis de que intentaron robarlo. Pero no era viable porque Jairo tenía todas las cosas personales. Además, si lo que buscaban era la moto, hubieran esperado que la sacara. Otra hipótesis fue que lo asesinó un delincuente que por esos días había salido de la cárcel y que murió en diciembre del mismo año. Este sujeto, lideraba una banda en el barrio. Así se cerró el caso.

Jairo no recibió amenazas, afirman sus familiares. Lo que se rumora es que su muerte fue una reacción de las bandas. “Alguien no estaba contento con la forma de ser de Jairo Alberto: su carisma, liderazgo, ayuda a los demás, y la única forma de sacar sus frustraciones, era sacando al líder del camino”, asevera Nancy, su hermana.

A Jairo lo recuerdan como un hombre que dio su vida al servicio de los otros, sobre todo a su familia. Su hijo ahora se prepara como politólogo en la Universidad de Antioquia y siente que el legado que le dejó su padre es trabajar por la comunidad. Sabe que lleva en la sangre la bondad y el servicio. Pues, en estos tiempos, los héroes son anónimos, los que en vez de robar pantalla en los medios de comunicación se preocupan por sus semejantes sin esperar recompensas. 

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