Crearme, recrearme, vaciarme, hasta que el que se vaya muerto, de mí, un día, a la tierra, no sea yo...

Juan Ramón Jimenéz


Mar bravío de la Habana

>> domingo, 22 de febrero de 2015




Llegas al malecón de la Habana y tus olas embisten, golpean las piedras, piedras y muralla construida por los españoles para evitar que los piratas robaran lo que ellos ya habían robado. En el aire se siente la sal, sal del agua, sal de lo oscuro, sal adherida a la piel, sal del mar abierto de mil brazos que ruge como un león hambriento, sal del mar revuelto, mar de peces profundos, mar de corales en remolinos, mar que llega al malecón y asustas al turista, mar de sal que choca contra el malecón, sal que es aire en un mar de amores ahogados en los rugidos de sal de un león marino que ruge al son de las olas, al son del mar, al son de un frío atípico en la Habana, al son del mar que llega al malecón.


 

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