Crearme, recrearme, vaciarme, hasta que el que se vaya muerto, de mí, un día, a la tierra, no sea yo...

Juan Ramón Jimenéz


La mística de una taza de café

>> miércoles, 4 de febrero de 2015


El café es la contra a la prisa. Por ello, se recomienda tomarlo sentado, con música a no muy alto volumen porque es la bebida que exalta la conversación y para conversar se parte del principio básico de la comunicación que es escuchar. 

Es importante estar cómodo y dispuesto. Para eso acudir a un lugar confortable como los kioscos, las cafeterías y los cafés. Cuando se está dispuesto, bien acompañado, en un lugar agradable, entre tazas de café, entonces sucede el milagro de la conversación donde las palabras regalan un rato de ocio compartido. Los temas, sin importar su naturaleza, mientras permitan dialogar son el aliciente para que el café sea uno de los pocos rituales que nos acerca al otro. Quizás, el único que persista a la soledad de las vitrinas, al desenfreno de las nuevas tecnologías, al enajenamiento del prójimo que es suplantado por el nebuloso virtual.

En china el té y en Argentina el mate son bebidas de encuentro. Gracias a esto en ambos países los niños saben que tanto el mate como el té son legados culturales, de encuentro, de interacción, de reconocimiento de sí y del otro. En Colombia el café es la posibilidad de comunicarse. Tal vez esto sea una razón fuerte por la que los colombianos no seamos, en la totalidad, autómatas del estado, la empresa y la religión. 

Mientras existan las invitaciones a tomarse un café con el pretexto de conversar o resolver alguna treta emocional. Mientras el campesino conserve la costumbre de hablar con su compadre, en las tardes noches, entre tazas de café. Mientras inventemos excusas para sentarnos y sentirnos parte de la tierra cafetera que habitamos. Mientras se disfrute de un café y se respire es posible soñar con un país de más oportunidades. 

Hablo de soñar un país porque Colombia es una mujer que los dirigentes violan y desangran cada día. Por algo es tan evidente que el colombiano promedio, el que no sale en los medios de comunicación, el que sufre en silencio, viva en miseria en un país multimillonario en recursos. Es un país, ahí viene la paradoja, patria ostentosa de los extranjeros. El oro, el agua, el petróleo, el carbón, las fuentes hídricas… entre otros recursos son capital de multinacionales. A parte de eso, nuestros gobernantes se maravillan en exhibirse públicamente de sus negocios internacionales que traerán inversión a nuestro territorio. En el fondo, nos dicen imbéciles en la cara y aplaudimos porque nos gusta la cultura de la escasez. Nos acostumbraron a no ser autosuficientes, a acceder a una educación mediocre y casi imposible en los niveles superiores, a la mendicidad, a trabajar inhumanamente por un sueldo miserable. 

¿Cuándo tiempo disponemos los colombianos para respirar, para contemplar el cielo, para leer un libro, para preguntar qué amamos? ¿Existe una posibilidad para que el colombiano pueda vivir sin que le suenen las tripas? Dicen que sí. Sin embargo, en lo cotidiano, el colombiano llega agotado a su casa y apenas puede comer y dormir. Apenas puede sentir su cuerpo para satisfacer las necesidades básicas. Es un panorama desconsolador el nuestro. Y aun así, persiste la esperanza de tomarse un café con los amigos. 

Entre tanta enajenación todavía se frecuenta las cafeterías. Se conversa. Se olvida por unos minutos, lo que dura la taza de café, del afán del día. En ese instante, el hecho de compartir nos hace sentir que somos algo más que entes que nacen, crecen, trabajan, se reproducen y mueren. 

Es evidente el ritmo acelerado de los días donde la presión del trabajo nos hace creer que sin laburo no hay seguro médico, techo, amor, estudio, fiesta, es decir, no hay vida. Es un país sin Dios el que nos han vendido. ¿Qué tal si descubriéramos que nos merecemos más? ¿Qué tal si descubriéramos que somos una potencia mundial en recursos? ¿Qué pasaría si rompemos la cristalidad de la escasez que nos ha sido impuesta por los que temen nuestro despertar? ¿Qué pasaría si todos aquellos que compartimos el ritual del café soñáramos a Colombia? ¿Qué sucedería si entre tazas de café nos preguntáramos sobre la miseria que nos han obligado vivir? ¿La aceptaríamos? 

Voy concluyendo con que un buen café, uno que sea íntimo, debe ser negro como el cuervo, amargo como una mala noticia, caliente como el aliento del fuego y dulce como un beso con los ojos cerrados. Debe beberse en cantidades reducidas, en un pocillo pequeño, a medio llenar y en dosis controladas. El vapor debe ser una flor gris azulosa que se abre en el aire. 

Es necesario volver a mirarse a los ojos. Volver a conversar. Volver al hechizo de las tardes de lluvia, de las ventanas empañadas, de las noticas a desconocidas, de las velas encendidas en la noche, de los abrazos compartidos, de los proyectos fecundos de cafetín, de los regalos, de las cenas. Volver a sonreír. Volver a disponer de tiempo para un café. 

2 comentarios:

Humberto Dib domingo, febrero 22, 2015  

Sea café, mate o té, estoy de acuerdo en que habría que volver a esos momentos en los que el tiempo no nos dolía.
En mi país, del café pasamos a la caipirinha, no es un buen cambio.
Un fuerte abrazo.
HD

Juan Camilo martes, febrero 24, 2015  

Humberto

Gracias por su comentario. Reciba de mi parte un un abrazo.

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Cada palabra es un conjuro para espantar la soledad

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