Crearme, recrearme, vaciarme, hasta que el que se vaya muerto, de mí, un día, a la tierra, no sea yo...

Juan Ramón Jimenéz


Bogotá un cielo sin sol

>> sábado, 17 de diciembre de 2011


Llegué con Diana a eso de las siete de la noche en medio de un aguacero. Los taxis con el agua hasta la mitad de los neumáticos pasaban de largo. Recordé que en la mañana en las noticias habían anunciado fuertes lluvias mientras mostraban una toma área de la entrada de la ciudad. La autopista parecía un hilo de hierro sobre un rio gris patrullado por peces metálicos.

Después de una hora resolvimos abordar un bus y luego un taxi que nos llevaría hasta la casa de una hermana de Diana. Allá, al bajarnos, sin percatarnos, dejamos una maleta con la mitad de nuestro efectivo. No quedamos con las placas del vehículo ni con el nombre del chofer. Nada podíamos hacer más que respirar y comernos un ajiaco para desintoxicar nuestra suerte.

Decidimos arrancar de nuestro vocabulario la palabra hubiera para no atormentarnos por la perdida del maletín. Porque el hubiera empieza invocar una cantidad de cosas que ya no van a pasar porque nunca fueron. De esta manera evitamos desencadenar malestares y culpas innecesarias.

Nos madrugamos para el centro de la ciudad. Entramos al café El Automático donde el humo era un pasado de pulmón roto que retumbaba en el aire. Un café que a falta de fumadores consiguió un televisor de pantalla plana, del tamaño de una pared, para que la gente consuma y hable menos. Es una característica de estos tiempos creer en el malsano imaginario de que entre más grande el televisor más prospero el negocio.

Caminamos por la séptima, una tripa de cemento congestionada de parásitos provistos de sombrillas, chaquetas y bufandas. El olor del café con orín se filtraba entre la lluvia, más bien se trepaba a la lluvia. Afortunadamente en la Candelaria, donde nació la Sabana de Bogotá, el progreso de rascacielos y vidrios polarizados no tiene entrada. Es posible sentirse en un pueblo atrapado en el tiempo de José Asunción Silva con sus trajes bien planchados para sus excursiones nocturnas. 

Entramos en un café y pedimos un vino. Encendimos de a cigarrillo. Miramos el cielo y parecía que el apocalipsis fuera una espuma gris que se iba a abalanzar sobre la ciudad más gris de Colombia. Abracé a Diana y la besé. Ante el desastre mejor besar a la mujer que amas que salvar lo insalvable.

1 comentarios:

Belén lunes, diciembre 19, 2011  

Estoy segura que el sol saldrá por algún lado... quién sabe por dónde y porqué, pero saldrá...

Besicos

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Cada palabra es un conjuro para espantar la soledad

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