Crearme, recrearme, vaciarme, hasta que el que se vaya muerto, de mí, un día, a la tierra, no sea yo...

Juan Ramón Jimenéz


Sobre la madre

>> jueves, 13 de septiembre de 2007

El éxito de toda relación amorosa se debe a como se conviva con los integrantes del sexo opuesto de la familia. En este caso la madre.
El hombre que encontró el amor, su complemento, fue porque amó insaciablemente a su madre.
Toda relación, después de haber transitado por la fiebre del cortejo, de haber superado la incertidumbre del desconocimiento del otro, de haber aceptado el silencio como otro dialogo, llega a la cotidianidad, a la convivencia, a la intimidad de las relaciones caseras.
En la intimidad de la casa el hombre es él en esencia. Se comporta igual a como se comporta cuando está ebrio. No le da miedo decir te quiero y enojarse. Camina en calzoncillos y reniega porque el huevo tiene cebolla. En casa tiene claro lo que le gusta y lo que no. A veces es injusto. Pero es él.
En la calle es otro tipo. Vende la imagen de Don Juan, de amante, de superhombre, de papá, pero esos comportamientos son máscaras y artificios. Lo que busca es la mujer que lo trate y lo consienta como lo hace su madre.
A fin de cuentas, lo que recrimina, reclama, le gusta, lo llena de su madre es lo que le exige a la persona que lo acompaña.
Se tiene la manía de buscar fuera de casa lo está dentro de casa. Muchos se pasan la vida en busca de la mujer que siempre tuvo a escasos metros. De ahí que se enamoren de cuanta mujer los saluda y siempre estén huyendo.
El hombre puede tener tres mujeres, pero sino se ha detenido a observarse, a analizar como se comporta en frente de su madre o hermana, a entender porque las trata de una forma y no de otra y que esa otra forma es la que utiliza con sus amoríos que se esfuman cuando descubren que los trata de otra forma y no de otra, no puede entender que está solo y que su búsqueda del amor es vacía, sin bases claras.
Me dirán que tengo un complejo de Edipo avanzado, que condiciono todas las mujeres a mi madre, que lo que quiero es follarme a mi madre. En fin, puede ser. Pero los que hayan sido educados con una madre que a la vez fue padre y les permitió el ocio para que pudieran pensar que hacer o no hacer con sus vidas, entenderán a fondo estas líneas, que no son más que gratitud y amor por la madre. La madre es y será la materia prima de nuestras relaciones amorosas.
Los hombres como yo, que han tenido el amor de su vida desde antes de nacer, aventajamos a los huérfanos, a los que nacieron hombres, a los patriarcas, porque no nos basta con una madre. Necesitamos otra, la que nos acompañe a envejecer a un mismo tiempo. Por más que se quiera a una madre el envejecimiento propio es disparejo al de ella. Por ello se le exige y se le da más a la mujer que te acompaña. Ella debe suplir las injusticias de la moral y del tiempo.
No son excusas ni pretextos para justificar el amor por mi madre. Lo que busco, como muchos otros hombres incapaces de confesarlo, es reindicarme con mi madre y que mejor forma que encontrar una mujer que se le parezca, que me toque y que me acompañe a envejecer en un mismo tiempo.

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