Hay ciertos días en los que al abrir los ojos sientes que estás contento a medias. Pues, reír mucho precipita el llanto. Entonces empiezas a hacer lo debido, lo que para ti requiere más concentración, con un poco de distancia. Es importante dejar un hilo de duda en los ojos para sobrevivir a este momento de la historia. Sabes, que todo puede cambiar. Ahora cuentas con la certeza de que existe cierta incertidumbre, como engranaje del caos, que puede hacer de cada instante un cambio repentino de las circunstancias. Es la magia del cambio. Como sí también como no. Aceptas, que el  asombro no admite planes muy rígidos o muy descuidados. Sabes que ciertos días, casi todos,  cualquier hecho puede ocurrir. Ejemplo, que este comentario sea solo un pensamiento fugaz.
A veces prefiero imaginar que no existe para no ne­cesitarla. Pensar que ya no la pienso para que ma­ñana no me duela. Ese es el secreto de que todos los días me enamore más de ella. Es que no espero verla siempre. Incluso, en las horas de la tarde cuando el ocaso es un manto violeta sobre las montañas siento que ya no la siento. Empiezo a no extrañarla. Es de­cir, para encontrarla un poco hay que olvidarla otro tanto. Por eso, la distancia es ella marchándose to­dos los días a mi encuentro.

Así el malestar sea general, te duelan los huesos, la irritabilidad te queme la garganta, soportes una ausencia parecida a un dolor en los huesos y tengas los ojos irritados... Es prudente encender una vela y orar por la calma, el amor y el equilibrio. Siempre hay respuestas Tocad la puerta del corazón y el universo empieza a manifestarte en milagros.

Desde hace un tiempo decidí acercarme a las personas desde otra perspectiva, una más tranquila, que permita conversar un poco más. Pues, han sido muchos los encuentros donde lo importante se ha disipado por lo urgente y después de unos días de lo mismo solo queda el agotamiento. Sin embargo, al tomar esta determinación se me acercó una mujer comprometida, dispuesta a todo conmigo. Me dije: "Enrique ahora que no quieres una relación te llega una oportunidad inimaginable e irracional". Ella argumentó que veníamos de otras vidas, que recordaba muchas cosas conmigo, que me había demorado mucho en encontrarla, que podía separarse y dedicarse a mí el resto de la vida, que esto, que aquello... Ante esa oferta me sentí abrumado. No me interesó en que las cosas me llegaran tan fácil. 
En mi casa, después de muchos mensajes sin responder, sin ganas de explicar por qué no quería salir con ella, con varias excusas para evitar un encuentro... ella se apareció. Abrí la puerta y estaba con un hombre que resultó ser su compañero.
Se sentaron en el mueble y más que incomodo estaba asustado. Él hombre me miraba de pies a cabeza. Yo sudaba. Ella me preguntó sin anestesia, ¿estás de acuerdo en que mi esposo nos dé el visto bueno? Estuve en silencio. El hombre no dejaba de mirarme. Parecía que estaba más por ella que por él mismo. Yo no quería estar con ninguno. Ella volvió a preguntar. Tragué saliva. Estaba aterrado. Era como si de pronto me cayera sobre la cabeza un ladrillo. Abrí la boca y respondí que "no". Argumenté que estaba comprometido con otra persona. Ella se quedó con la boca abierta y después de vociferar algunas palabras de fuerte calibre, salió de la casa cerrando la puerta con violencia. El hombre me dio la mano y dijo que agradecía mi sinceridad. Pues fue él quien le habló de nuestro encuentro en vidas pasadas. Era un último entusiasmo antes de que se viera recluida en una cama. Ella tenía una enfermedad terminal y viviría unos meses. No supe qué responder. Estreché la mano del hombre y lo vi partir a paso lento y seguro. 

Hay un momento en la historia de todo hombre que el instinto deja de primar, por el hecho de que el fruto de los encuentros se basa más en los enredos emocionales que en la posibilidad de estar bien consigo mismo. Eso lo entendió José cuando vio por ultima vez  a Julia. Ellos se  habían aferrado a la idea de un imposible que les ayudaba a soportar la cotidianidad con sus parejas. Sin embargo, en el último encuentro José se sintió distinto. Era como si por las grietas que había hecho de sus relaciones entrara por fin la luz de la cordura y se sintió algo incómodo al saber que en casa lo esperaba su esposa. Intentó dialogar con Julia y ella, desconcertada, con el rostro descompuesto, como si los gestos no encontraran una expresión, le dijo que ese era el último encuentro. Él quiso detenerla, como en otras ocasiones, sin embargo, esta vez, la dejó ir. No sabía muy bien porqué, pero se sentía tranquilo  y sin culpa.   

A veces anhelas tanto estar en silencio, que cuando por fin estás solo, callado y asilado, sientes un silencio tan aturdidor que te asustas y te duele el espacio y le haces el quite a la soledad.

Desde hace unos años, en el arte de escribir poemas, he encontrado que no hay método ni métrica. A veces, es una imposibilidad, una ruptura al lenguaje, una rebeldía de la moral y del sistema. Es decir, hay tal libertad en algunos versos que es imposible que fueran gestados más allá de un arrebato divino. Al menos, a esos versos, los imperfectos e impredecibles, son los que vuelvo una y otra vez a leer. 

Algunos ejemplos de esos versos son: “Un día en que discurren vientos ineluctables / ¡un día en que ya nadie nos puede retener! Porfirio Barba Jacob. “E hizo Dios la expansión,/ y separó los sonetos/ de la versificación libre. Y fue así./ Y llamó Dios a la inspiración.” José María Zonta. “He llorado al hombre, frágil cosa, y a la vez mirada y voz del Universo. He llorado el corazón del hombre, capaz de tanta dicha. He llorado la extraña dicha de estas lágrimas.” Carlos Framb. “Siento lo que escribo al ponerse el sol,/ o cuando una nube pasa la mano sobre la luz/ y un silencio corre por toda la hierba.” Alberto Caeiro, “Un hombre se me viene cayendo por la sangre/ con una copa rota entre los dientes…” Jorge Boccanera.  Son solo un puñado de versos. Quedan faltando los indispensables. 

En fin, hay una espontaneidad en esos versos que no la da el estudio del lenguaje. Tal vez la embriaguez. Pienso esto sentado en un bar. Frente a mí hay algunos envases de cerveza y la libreta de apuntes sin una línea memorable. De fondo se escucha Soda Stereo. La luz está difuminada y el poema, el imposible, tal vez se manifieste. Tal vez. ¡Más cerveza!


A media voz
acepto el medio yo que busca 
a la media tú que no sabe porqué sonríe.




El Hortalero, así se hace llamar aquel hombre que vive en una casa en el campo dedicado a sus cultivos, no solo de la tierra sino del espíritu. Digo del espíritu porque después de estar un tiempo con él uno sale inquieto, con cierta sospecha de lo que cree cierto. Lo conocí porque Carolina, mi compañera, organizó una cita privada. Aunque vivía solo, eran muchas las personas que deseaban visitarlo. Después de publicar su único libro La mujer agapanto. Diario de un jardinero, su fama se disparó a pesar de él. Sin embargo, después de un periodo corto en que promocionó su libro, se alejó por completo de los escenarios, las lecturas, las charlas y esos eventos que algunos escritores anhelamos, a veces, más que la misma literatura. Este hecho me llamó la atención. 


Aunque Carolina me había dicho que enfocáramos la conversación en el amor, el original, el verdadero, el nuestro, yo me centré en su libro y sus influencias. Él, con su cabello cano, su sombrero ajustado a la cabella como el mismo cabello, su voz ronca y pausada empezó a decirme que su libro no era nada asombroso. Lo que hizo fue hacer un diario de campo de sus emociones mientras cultivaba sus flores y vivía con uno de sus amores transitorios y eternos. Transitorios porque para él el encuentro con una mujer no es definitivo, cosa que si es la ilusión, por lo que prefiere asumir el encuentro con final incluido. En ese proceso agregó algunos episodios de El profeta de khalil Gibran, de algunos versos de Lao Tsé, de algunas inspiraciones de Canto a mí mismo de Walt Whitman, de Ilusiones de Richard Bach, de las Cartas a Lucilio de Séneca, de Viaje a pie de Fernando González, en esencia. Aunque me sorprendió que su punto de partida fue El guardador de rebaños de Alberto Caeiro, el poeta de la naturaleza, heterónimo de Fernando Pessoa. Afirma que lo sorprendió la idea de un poeta de la naturaleza y se dijo ¿por qué no? Fue cuando durante años empezó a hacer anotaciones de sus lecturas indispensables, las que se releen y fue haciendo una mixtura de esas ideas con las propias hasta consolidar un libro sencillo, compacto y natural. A eso, le añadió matices de una historia personal que absorbió esas filosofías. Por lo que concluía que no había nada nuevo en su libro. Su único libro. También confiesa algo sonriente que deseaba dejar un libro esencial, con el paisaje de su Antioquia querida. Sin más pretensión que dar pruebas de que el hombre puede saciar sus impulsos destructivos si se conecta con el Creador. Quise indagar sobre la imagen de Dios y Carolina me dio un codazo. Sugería que fuéramos al grano. Así que callé. 

El nombre de El Hortalero es Ángel de la huerta, de familia de comerciantes. Estudió Filosofía y no terminó el pregrado. Se retiró de la universidad para dedicarse a una casa que su familia iba a vender porque no le interesaba a nadie. No sé cómo ha sorteado la economía. No quise preguntar. No era lo importante ante un hombre como él. Aunque eso no le impidió para sus lecturas y su estilo de vida. Ahora su casa es como un centro holístico que no necesita publicidad. Tenía muchas inquietudes y él se acomodó en la silla. Me miró profundo a los ojos. Luego sonrió hasta la carcajada. Nos ofreció un poco de vino y luego miró a Carolina. Ella empezó a sudar y yo sentí algo extraño en el aire, como si hubiese subido un vapor caliente. Así que volví a mirarlo. Él, en tono solemne, pidió que le contáramos el motivo de la visita. Carolina dijo: “Florentino se expresa mejor”. Sonreí y pregunté qué opinaba del amor original. Volvió a reír. Tomó un sorbo de vino y contestó: “El problema del amor original no es que sea original. Igual, el inicio sucede como por encantamiento. El meollo del asunto es el final. Eso no se recuerda en el encuentro y de insensatos nos hacemos daño, nada original”. Intenté formular otra pregunta y él respondió que no era necesario. Se puso de pie y nos regaló algunas flores. 

Al despedirnos Carolina me preguntó qué opinaba. Alcé los hombres a falta de palabras. Sin embargo, la veía hermosa. Ella sonrió y con un beso entendimos el regalo que habíamos recibido de El Hortalero con solo mirarnos.

Más de dos décadas imaginó el amor de su vida. Leyó la carta astral, la maya, fue a adivinos ambulantes...  Tanto indagó que olvidó dejarse encontrar. Estaba tan distraído que no se percató de que su otra mitad, después de verlo y no sentirse reconocida, lo dejó partir.


Cuando me endiabla algún pensamiento sacudo la cabeza para alejarlo. Esta estrategia permite relacionarme con otras personas. Saber que la mente es tramposa sirve para no darle mucha mente a los pensamientos. El cerebro es como una antena receptora de ondas que distribuye por todo el cuerpo. Por eso, es necesario que esas ondas tengan una buena vibración para encontrar la conexión con la voz interior. Es en el corazón dónde está esa voz o la fuente de la sabiduría. Incluso, la ciencia moderna ha entrado a valorar que este órgano sirve para algo más que bombear sangre al cuerpo. Por ello, procurarse buenos pensamientos es permitirse estar en paz consigo mismo. Aunque lo sé de memoria soy incapaz de sentirlo. Pues, en los momentos difíciles me vencen los pensamientos tormentosos. Hasta que me domina el Mister Hyde interior.

Hay libros escritos con tal fuerza que a pesar del tiempo siguen diciendo. Como que con la fuerza que se escribe, también se lee. El es caso de la Mujer Agapanto. Diario de un Jardinero, que regresa renovado, mejor dicho, nuevo. Pues es un libro que tiene vida propia. Es como si fuera un mundo independiente de mí, su autor. Cuando lo escribí, hace ya varios años, no imaginé que fuera tan querido por los lectores. Argumentaba en ese entonces, cosa que no ha cambiado, que no se puede escribir de lo que no se conoce. Solo cuando se tiene algo para contar, que parta de la experiencia, la prosa fluye. Por algo decía Eduardo Galeano: “Sea señor escritor, por una vez al menos sea usted la flor que huele en vez de ser el cronista del aroma”. Se refiere a esa autenticidad que se lleva dentro y que uno se pasa buscando en bares, mujeres, libros… Yo la encontré en las flores y entendí que la clave de toda buena escritura, al menos una responsable y espontánea, es sentir lo que se dice para que no haya simulacros. De ahí que el gran reto de La mujer agapanto. Diario de un jardinero, fuera y sea que los textos se conciban desde un razonamiento sencillo y natural. Ahora, es esta nueva edición, que es tal vez la primera porque encontró una historia dentro de un relato novelado que se alimenta del formato del diario. Y un diario personal da la dimensión de que es un subgénero de la autobiografía, data de la narración que hace una persona de las experiencias personales que vive. Normalmente los diarios personales son leídos únicamente por su autor, en especial, por las cuestiones privadas e íntimas. Precisamente es esa intimidad la que pretende compartir el personaje, El Hortalero, el narrador. Y lleva lo personal al plano literario. 



Él estaba sentado en su casa mirando las nubes. Una figura extraña se le manifestaba hace días. Aunque mirar las nubes para muchos era acto cursi más que poético, para él no importaba. Quería mirar las nubes y lo que los otros opinaran lo tenía sin cuidado. Casi siempre el otro es una distracción que deja un ruido molesto en el interior. Eso pensaba de todos, menos de ella, la que lo visitaba y sin hablarle lo miraba a distancia o se quedaba en un lugar cercano. Mientras, él preparaba su corazón. No quería que algún fantasma le impidiera acercarse, como le había ocurrido antes. Al cabo de una semana, cuando quiso buscar a la mujer, se encontró que no estaba. Tal vez nunca estuvo. Tal vez. 


De niño ves el amor como un jardín sin zancudos
en un castillo lejano.

De joven sientes el desierto, arena en las tripas,
festín de anfibios.
Te crecen cicatrices, vellos y olvidos.


De viejo confirmas que el amor es un jardín sin castillo,
con zancudos, lagartijas y desierto.


Después de dicha una palabra ya no hay marcha atrás. Las palabras se filtran en la sangre. Entran a rincones insospechados y desestabilizan las estructuras mentales o emocionales. Cada  palabra es un canal por el que pasa información que queda, como una semilla, germinando en un individuo. Una palabra mal dicha es un tizón encendido que quema una y otra vez en la llaga. Así mismo una palabra en el momento justo es el vaso de agua en el desierto. De ahí, que el poder de la palabra unifique el pensamiento y la acción. Es decir, cuando la palabra es el vehículo que transporta un pensamiento que se convierte en acción trasmite un modo de vida. En esa medida, puede transformar conciencias, forjar  cimientos de una cultura, estructurar los mitos de un pueblo y también, destruir a un individuo o una nación. Por ejemplo, en la segunda guerra mundial los nazis utilizaron la palabra como un mecanismo de tortura contra los políticos o artistas judíos. Encerraban a sus víctimas y durante días les decían: “¡No existen, están solos, son basura!” Hasta que enloquecían o confesaban. La palabra es posibilidad, comunicación, camino. Por ello, entendí la responsabilidad moral y ética al pronunciarla, sobre todo en momentos coyunturales. A veces, uno dice lo primero que se le ocurre y se lamenta de eso toda la vida, cosa que ocurre en una discusión. Como es regular en las confrontaciones uno acude a sus vibraciones más bajas, las que están soterradas. Lo peor de nosotros llega a la superficie como una procesión de sombras. Viene del lado oscuro, donde el odio es un volcán en erupción o una bestia peluda que escupe fuego. Entonces al abrir la boca la lava interna, el resentimiento que somos, quema todo a su paso. Familia, pareja y amigos se calcinan. Lo más cercano sufre y no nos damos cuenta de lo solos que nos quedamos cuando vertimos nuestra suciedad. Como si aquellos que nos aprecian estuvieran condenados a soportar nuestra crueldad, ese placer antiguo que se inyecta a través de la palabra.

Considero que existe un oficio para cada persona y en la medida en que se dedique a ello puede evolucionar emocionalmente en todas sus relaciones. Es decir, el sentido de la vida se manifiesta cuando hallas el oficio donde vibra tu espíritu. Sea el que sea. Aquello a lo que cada vez le inviertes más tiempo. El oficio que se hace con amor es el rio de la vida que fluye sin detenerse y desemboca en el mar. Eres parte del fluir de la vida que es laboriosa y se proyecta al infinito. Si identificas lo que amas hacer nadie puede darte las pautas porque se establecen en tu interior. Por lo tanto, empiezas a ser el director de la orquesta. Cuando eso sucede, empiezas a identificar tus deseos más profundos. Aquellos que si no satisfaces te pasan la cuenta de cobro con los años. Por lo tanto, cuando descubres tu oficio te ocupas de ti mismo. No importa si estás triste, alegre, iracundo, nostálgico, con o sin dinero… Lo relevante es que eres útil y no para los demás, sino para ti. Los otros, con todo el respeto que se merecen, pueden esperar. Luego, es una ley universal, ahí sí los otros, se interesan en ti. 

Al dedicarte a un oficio, con el tiempo, comprendes que es irrisorio controlar tus emociones. Sin embargo, te permites sentirlas sin mutilarlas, sin que te dominen, sin desconocerlas hasta que aprendes a vivir con ellas. Eso es evolución emocional a partir de un oficio. Es tan alta que transforma todas las relaciones. 

Volviendo a lo del oficio, el mío es ser escritor. Es lo que me vibra. Recuerdo que empecé a interesarme por las letras cuando me gradué del colegio. Es curioso, cuando dejaron de enseñarme en la escuela me interesé por aprender. Al principio fue difícil. Partí de la necesidad de ocuparme para que el tiempo no me atormentara con el paso de las horas. 

Mientras removía la tierra fértil de la literatura fabricaba sueños e imposibles. Tensión de hueso y nervio. En la juventud me confundía la caricia, la humedad del beso, el deseo encendido. Todos mis actos eran una urgencia en caída libre a segundos de jalar el seguro del paracaídas. De pronto, una tarde en que inhalé profundo para pedir un poco de sosiego tuve la sensación de levitar, de sostenerme en el aire como ángel. Era ingrávido y sin esfuerzo cada gesto, cada paso, cada signo encajaba en la profecía del reinado de la montaña sobre el hombre. Era montaña, tierra, jardín, palabra y hombre. Era natural y sencillo. Había encontrado mi lugar en el mundo.



Ya te respiro. Sé que estás atrás del suspiro. Tu olor te delata. Digo tu olor porque sé de flores y por ello puedo identificar ciertos aromas, besos, abrazos y caricias. Las flores me han dotado de una sensibilidad que me permite mirar más allá de las cosas. No es que sea clarividente es solo que soy intuitivo. Ese no sé cómo que me hace percibir cosas en el otro es lo que me permite sentir el amor. Cuando el amor emerge desde lo más íntimo del ser es una espiral de luz en un campo magnético. Es vibración y energía. Es más que pasión porque la pasión es una deformidad en el alma. El apasionado se obsesiona y la obsesión es un conjunto de manías que subordina a los espíritus débiles. Nada de estupideces y disparates. El amor es más que un instinto. Es una inspiración, es una creación. 

Ya viste las coordenadas de mi abrazo. Te invito a volar. ¡Abre las alas! El viento es dulce. Es hora de que confíes en la bondad del universo que todo lo organiza. El amor es una fuente inagotable de luz que otorga una felicidad a prueba de tristezas e insectos molestos.

En ese amor crecemos como bosque. En mí verás un abrigo para el frío y una hoguera para la noche. Notarás en ti bombillitas azules. Son flores. Y respiraré profundo. Y mis suspiros, como abejas, se harán contigo intimidad.

Voy a tu encuentro algo incierto,
algo distante, algo contradictorio.
Soy tan predecible en mis predicciones
que me torno algo rebelde, algo incrédulo,
algo necio.
Voy al silencio para sentirte sin molestia,
sin reclamo, sin control
y el espacio y el tiempo
y mi manera de estar solo
y tu manera de mirarme
como si un abandono o un olvido te llegara.
Tal vez estemos hechos para lo durable,
tal vez nos asuste tanto bienestar,
tal vez necesitamos el recuerdo más que el presente,
tal vez busquemos todos los peros
para anteponer el concepto a la caricia,
tal vez voy a tu encuentro algo distraído,
algo suspicaz, algo contradictorio
y no me declaro culpable.
Voy con amor y sin afán a otro encuentro.
Voy algo despreocupado, algo alegre,
algo desatento
y tal vez mañana yo no sé.

Veo el vuelo de los gallinazos, el ave insigne de los andes. Mientras tanto pienso un rato qué palabras escribir para manifestar mi agradecimiento a la tierra. Encuentro mi escritura como postal de mercado de baratijas. No soy un escritor elocuente o fluido. Al parecer, no soy escritor, más bien un escribano que le da por garabatear sus opiniones sin pensar muy bien cómo. Le suceden las palabras así como brota la hierba de la tierra. Si mucho intelecto, más bien descuidadas, pero frescas. Tal vez por eso, cuando intento hilar una idea las palabras son un silencio prolongado. No fluyo y vuelvo a los lugares comunes. Además, me cuesta creer que en Colombia se celebre la tierra cuando en las noticias abundan los incendios forestales, los derramamientos de petróleo, la tala indiscriminada, los desechos de carbón arrojados al mar, el cáncer de la minería… Por eso, al decir esta boca es mía las palabras insatisfechas se agarran de la lengua. Entonces callo y sigo mirando los gallinazos. Al parecer, estas aves de rapiña, están tras las intenciones mortecinas de los colombianos tan bien peinados, tan elocuentes en los proyectos de protección ambiental y tan desconectados de la madre tierra. Lo sé porque cuando huelen una flor la imaginan disecada ya que son incapaces de oler sin poseer.


Uno de mis dilemas ha sido el de los cierres. Durante años dejé cosas empezadas con la esperanza de que las dilatara el tiempo. Por ejemplo, iniciaba un nuevo estudio y no terminaba. Lo mismo con las relaciones emocionales. Esto, creo, por la incapacidad de priorizar y de asumir responsabilidades. Lo nombro porque mi ignorancia ahora entiende un poco la dinámica de los círculos o la circularidad de las cosas que hacemos. 

Las cosas son cíclicas. Se manifiestan una y otra vez en el tiempo. Una tristeza, por ejemplo, vuelve cada tanto y cada tanto se sumerge uno en ella. Es como si una especie de círculo guiara nuestras acciones. Es decir, uno abre y cierra, inicia y termina, sufre y se alegra, llora y se ríe… 

Cada acción se podría nombrar como un círculo que representa un momento, una etapa o un cambio en nuestras vidas. Casos concretos: el círculo de la escuela, el del colegio, el de la universidad; el círculo del primer amor, de la primera relación esperanzadora, de la familia; el círculo del primer empleo y la alegría del primer sueldo, del trabajo ideal, de la independencia económica; el círculo de la búsqueda de uno mismo, del aprendizaje del amor, del hallazgo de la espiritualidad, de su lugar en el mundo.

Estamos atravesados por estos círculos. Y creo que al nombrarlos se los lleva al plano de la conciencia y esto permite aprender a cerrarlos. Es importante cerrarlos como abrirlos. El cierre permite un mejor campo de visión del aquí y el ahora. Pues, cuando no se cierra un ciclo se puede quedar padeciéndolo o viviendo en el pasado. Esto para cada una de las cosas que hacemos. Cerrar un círculo y permitirse abrir otro para expandir la visión del ahora. También hay que considerar, según las prioridades de la acción a realizar, el tiempo estimado. Es crucial darse un tiempo para cada círculo. Al menos los que se puedan realizar y estén entre las posibilidades y los deseos más profundos.

Si es en lo sentimental, aprender a defender el “no” que surgió de algo más profundo que un capricho o una pataleta. Si ese “no” es una necesidad íntima que busca el bienestar del corazón, es necesario continuar. Mirar atrás es dudar y vivir del recuerdo, de la sombra que vuelve con la tristeza, con la culpa y el apego. Ese “no” es el cierre y el inicio de un “si” que se empieza a sentirse en armonía. 

Lo otro es descubrir que es aquello con lo que se vibra. Eso a lo que más le has inyectado energía vital. Sea lo que sea. Una cosa al tiempo. Luego llevarlo a la materialización. ¿Cuántas cosas hemos proyectado y se han quedado en la nebulosa? ¿Cuántas veces nos hemos quedado a mitad del camino? ¿Qué nos distrae? 

Darle término a un círculo permite abrir otro y al cerrarlo se abre otro. Así sucesivamente hasta que se descubre que se ha logrado aquello que te hace feliz y necesitas para una vida en servicio al corazón. Cuando un círculo se cierra el aprendizaje se potencia. El aprendizaje del conocimiento de sí sucede en forma de espiral. La espiral está constituida de círculos. En esa medida, se fluye con el universo.

Es vital descubrir el poder, entendiendo como poder el oficio, la tarea o el camino que se elija como opción de vida a materializar. De esta manera vibrar y disponer un tiempo estimado. En caso de que se elija sembrar, un primer círculo sería hacer un surco de lirios y cerrarlo sería verlo florecer. Luego, volver a abrir otro. Si el primero se hizo bien la experiencia para el segundo garantiza un mejor cuidado. 

Otra forma de entender esto de los círculos es cuando un padre suelta a su hijo o un hijo suelta a su padre. Esto no quiere decir que se olvide el uno del otro. Lo que supone es soltar al otro para que viva su vida, pero con la certeza de que cuenta con un cómplice. Para eso es la familia, para compartir y acompañarse. 

Claro, hay círculos dentro de los círculos que a su vez tienen otros círculos. Por ejemplo, la historia del hombre que abandona a su hijo y de viejo se lamenta porque su nieto se siente solo. Escena que se repite una y otra vez en nuestra historia de patriarcados. Por ello, el machismo es un círculo abierto en Antioquia que se abre en muchas familias e individuos. Es como una sombra que pasa de padres a hijos. La lujuria es uno de los círculos que están dentro del círculo del machismo y dentro del círculo de la lujuria está el círculo de la falta de voluntad al bien. Esto se repite. La energía que se le inyecta a las cosas queda girando hasta que se materializa. Algo de lo que sentimos cuando creamos queda en el fruto. De ahí que el hecho de cerrar un círculo permita entrar en otro y seguir avanzando en la espiral que es la vida.