Yagé: ni alucinación ni droga

El Yagé, su nombre, es muy probable que venga  de la lengua Geral  del Brasil, una lengua franca que los jesuitas utilizaron para hablar con los indígenas.  Los Tukanos, grupo representativo del Vaupés lo conocen como el Caapi, Gahpí y Kahpí.  Los Cubeo le llaman Mihí,  los Guahibo le llaman Kápi, los Noanamá le llaman Dápa y en general en Ecuador y Perú se le conoce como Ayahuasca.  En estudios botánicos se refieren a Banisteriosis. En esencia, todos estos nombres se refieren a una  enredadera selvática, silvestre, de efectos endógenos y no alucinógenos. Endógenos quiere decir efectos en el interior de la persona. 
  
Al yagé también se le denomina planta milenaria porque ha sido una planta  que han utilizado los indígenas desde tiempos prehistóricos.  Hay registros arqueológicos que afirman su existencia desde hace unos 3.000 años antes de nuestra era con el desarrollo de la cerámica en Perú, Ecuador y Brasil. 

Además, el yagé como la coca, las daturas, los rapés eran y son plantas sagradas para los indígenas.  Por lo tanto el Yagé ha sido utilizado para alejar malos espíritus, fortalecer espíritus débiles, curar cáncer, depresiones y otras enfermedades.

Hago estas aclaraciones porque el pasado 23 de abril falleció el  joven Henry Miller de nacionalidad británica. Este joven estuvo en una ceremonia de yagé con el Taita Guillermo Mavisoy del resguardo Kamëntza Biyá. Este episodio le ha dado vuelta al mundo al ser titular en  los medios nacionales como internacionales. Lo cierto es que todavía no se sabe cuáles fueron las causas de su muerte porque Medicina Legal no ha dado su veredicto. Lo que afirma el taita es que el yagé no fue la causa de su muerte. Conozco al taita y su trabajo. Por ello, a continuación publico una crónica que hace un amigo del Taita Guilermo a quién considero  un gran médico del yagé.





Por Sergio Alejandro Henao



Seguramente, definir a un hombre como él, sería trabajo para un libro. Solo puedo recurrir a mis impresiones, a lo que he oído de otros, a lo que he oído de él mismo y a lo que ha hecho no solo por mí, sino por tantas personas que conozco.

El Taita Guillermo Nació en Putumayo, en Sibundoy, en el antiguo pueblo indígena Kamentza Biyá, sabios conocedores de diversas plantas sagradas medicinales, entre ellas el Yagé. A los 10 años salió de la casa, porque en esos tiempos se era hombre a muy corta edad.

Comenzó a vagar por el mundo. Aunque mejor es decir, a cumplir su destino en el mundo.  Pronto se encontró con quien sería su maestro, el reconocido curandero Siona, finado Taita Pacho Piaguaje. Muchas fueron las cosas que aprendió de él, pero la más importante fue trabajar la sagrada medicina del yagé. Quienes tuvieron el privilegio de ser seguidores y aprendices del finado Piaguaje, podrán dar cuenta de su exigencia. Tal como lo cuenta Taita Guillermo, el rigor de su maestro era implacable. Exigía compromiso, responsabilidad, entrega para la enseñanza que le estaba Compartiendo.

La medicina
El Taita tiene plena conciencia de su  saber. Ciencia o no a la luz de la epistemología occidental, el conocimiento de sus ancestros tiene una técnica, unos principios, unas formas de proceder –de acto y de palabra-, es decir, toda una amalgama de conocimientos que son los que permiten a los Taitas, también conocidos como Shamanes, curar y ayudar a las personas no solo en sus enfermedades orgánicas, sino también espirituales, o mentales. Cada uno lo nombra de acuerdo a su sistema de creencias, pero lo cierto es que no cualquiera puede lo que puede un Taita.

Tener conciencia de su saber quiere decir que el Taita, cuando caminas con él, reconoce cientos de especies de plantas curativas, y aquellas que por lo regular nombramos rastrojo o arvenses, él puede saber con exactitud sus propiedades, reacciones, contraindicaciones, ventajas, preparaciones. Lo sabe porque su forma de aprender es la más efectiva: probando. Hablo en presente porque el Taita nunca ha dejado de ser aprendiz, aunque es, con la propiedad que le confiere la edad y la experiencia, un maestro íntegro, un sabedor consumado. Su actitud es lo más parecido a un maestro socrático: la conversación, el caminar, el viajar, el reírse, el no presumir de sus saberes, es la  manera como ha formado una personalidad sencilla, alegre, humilde pero digna.

El taita 
El abuelo Guillermo rara vez lo ve uno con el rostro grave, o amargo. Tiene por costumbre natural la sonrisa. Su gesto es amable, generoso. Ello gracias a que no ha hecho de sus conocimientos un altar para rendir culto ciego a su personalidad. No ha hecho de su nombre el bastión que acostumbran algunos,  cuando merced a sus saberes erigen una muralla de  la cual solo se percibe desde abajo egoísmo y soberbia.

Es claro que nadie es monedita de oro, como dicen, para caer bien a todos. Pero me ha sorprendido, en las muchas oportunidades que  le he visitado en el resguardo, y las veces que él ha venido a mi casa, que no habla mal de nadie. No denigra de sus iguales, agradece todo el tiempo. Dios es su palabra constante. Su segunda más común es aquella que expresa una sonrisa desinteresada.

Es raro, y algunos pensaran que hasta sospechoso, que uno solo tenga cosas buenas para decir de cualquier persona.  Pues bien, en la medida de nuestra humanidad, cada cual suponga los errores que pueda tener este hombre. Insto a que con la vara que cada uno se mide, mida a los demás. De todos modos, por más defectos que pueda tener, no creo que logre superar el carisma y la calidez de su ser, que ha permitido que gente de todo el país lo rodeé y lo considere aparte de maestro, amigo y casi hasta padre.   
Taita Guillermo no solo es un buen hombre, quien quiera que asista a él en busca de una sanación, corroborará la fuerza y el empeño que entrega en ayudar a quien lo necesita. Puede pasar toda una noche  y todo un día asistiendo sus pacientes, ayudándolos en los momentos más difíciles. Según el ritmo del ritual, el Taita baila, canta, hace música, realiza sanaciones, sin menguar en ningún instante la intención y el empeño.

Quienes hemos ido a su casa, podemos dar fe de que recibe a viajeros, caminantes, peregrinos, y les brinda techo sin pedir dinero a cambio. Comparte hasta aquello que le falta. No para de trabajar todo el día. Camina con el ímpetu de los antiguos Charquis incas. No se doblega con facilidad. Ni siquiera en esos momentos de mayor exigencia, física, emocional y espiritual.

Es verdad que nadie puede ver a través del corazón. Solo Dios. Pero Dios a veces nos muestra seres para que comprendamos que su corazón está en las cosas más sencillas de la vida. El Taita es una de esas herramientas de Dios. Tal vez lo digo porque su oración, su rezo, es el más ecuánime y generoso que he podido escuchar nunca. Pide por todos por igual, por los pobres y los ricos, por los paracos, los guerrilleros, los militares, por los gobernadores, los alcaldes, obispos y arzobispos. Dice que todos tenemos defectos y errores, pero que ante Dios todos somos iguales. Porque y concluye el taita  "solamente el que purifica la sangre y las almas  es Dios del cielo". 

Un ratón cruzó la sala. Llegó hasta la cocina. Al frente estaba el pedazo de queso envenenado que le había puesto doña Flor. Ella, una viuda cincuentona sentía repulsión por los ratones. Había ensayado todas las trampas y venenos que se anunciaban en el mercado. Pero el nuevo inquilino seguía inmune. Así que consiguió un gato, uno que le había recomendado una amiga. El ratón llegó hasta el queso. Lo olió. Se llevó las patas delanteras al hocico y pasó de largo. Buscó un pedazo de galleta y volvió a entrar al agujero del que salió. El gato desde el sofá bostezó. Sigiloso se dirigió hasta el pedazo de queso. Con los dientes lo llevó hasta el recipiente de la basura. Se aseguró, como muchas otras veces,  de no tragar saliva. Luego, se echó en el sofá  a esperar que Doña Flor le sirviera su taza de leche caliente.

Hay amores que vienen desde antes. Amores que eran citas acordadas de otras vidas y se establecieron para determinado momento, con ciertas alineaciones astrales. Eso dijo un maestro yogui en una meditación. Aquella vez, en compañía del maestro, vi una muchacha muy bonita que me sonreía. No dije nada referente a mi visión. Pensé que esa imagen era un invento mío por mi fijación con las mujeres bonitas. Luego, a los días, conocí una mujer que curiosamente se fijó en mí. Hecho que cambió las dinámicas porque estaba acostumbrado a cortejar diez mujeres para conversar, finalmente, con una. Cuando la encontré, estaba en una cafetería leyendo el periódico, ella me saludó y me dijo que había soñado conmigo. Sonreí y por seguir el juego respondí que la estaba esperando. Imaginé que se iría, pero no, se sentó y hablamos toda la tarde, la semana, el mes... Ahora está dormida en mi lecho, veo su espalda con pecas, desnuda, blanca. Los primeros rayos del sol entran por las rendijas de la puerta. Sus piernas de bailarina se envuelven entre las cobijas. La veo y siento que llevo años mirándola, años esperándola. Con sigilo llevo mi barbilla hasta su cuello y la deslizo por la columna vertebral hasta la entre pierna. Ella suspira y habla dormida en una lengua que no entiendo. En ese momento veo su rosto y no dista mucho del que vi en la meditación. Entonces sonrío y continúo, sin demoras, recuperando el tiempo perdido.  

A mis diez años no sabía cuáles de mis actos eran pecados. Aproveché que Jairo también estaba haciendo la fila para preguntarle. Él sonrió y me dijo que decía mentiras, desobedecía a su madre y tenía malos pensamientos. Indagué por sus malos pensamientos y me sorprendí cuando me dijo que eran las mujeres. Al llegar mi turno me arrodillé frente al sacerdote y le dije: “Pa-padre mis peca-cados son estos: soy desobediente con mi madre; soy a veces, no to-todo el tiempo, mentiroso; ayer con una piedra maté a un pa-pájarito; también le vi los senos a una tía.” En ese momento debí decirle al padre que me gustan los senos grandes porque ellos representan todo el interés que una mujer pueda despertar. Quítele los senos a una mujer y dejará de cautivarte. Incluso, una mujer puede ser fea pero si posee senos grandes tiene una oportunidad. Son los senos un centro de atracción para el hombre. Estoy completamente seguro de que si a un árbol lo intervinieran genéticamente y le hacen en su tallo implantes de senos, no faltará el individuo que bajo su sombra se excite. A ciencia cierta, no entiendo bien de dónde proviene la magia de los senos, pues no son más que dos protuberancias de carne. Pero, cuando se ven esas protuberancias, sin importar lo que se piense de ellas, lo único que se quiere es besarlas. Después uno se da cuenta de que pierdan la gracia porque saben a nada, aunque uno se empecine en creer que saben a todo. Tal vez la atracción está en el movimiento. Imaginarlos bajo una blusa es calcularle el tamaño, el color y el diámetro del pezón. Quizás es en ese instante donde vibre más el deseo. Pues el deseo es un efecto visual en el que se involucra el instinto y la emoción. Por eso, unos senos grandes, a punto de romper una blusa, son más mordaces en el corazón del hombre que un abrazo fraterno. Por algo cuando pasa una mujer con senos grandes lo primero que se mira es ese lugar del cuerpo como si los senos tuvieran vida propia. Senos-aves que vuelan en busca de maíz en los parques y plazas públicas… El sacerdote me miró. Dijo que debía rezar dos padres nuestros y dos aves marías. Con una de sus manos palpó mis tetillas. Miré al sacerdote sin entender el por qué hacía esas cosas. Él tenía los ojos cerrados y susurraba una oración en latín. A los segundos abrió los ojos y me dijo en tono socarrón que si me interesaba ser monaguillo para acompañarlo en el arduo camino de alabar a Dios. Le dije no. Igual, hice la primera comunión y no volví a la iglesia porque ese recuerdo me indisponía y no era excusa suficiente para convencer a mamá de que no solo el sacramento nos hace hijos de Dios.


Recuerdo que en el bachillerato admiré a un profesor de español porque a veces, en sus clases, nos contaba algún cuento. Pero, por lo regular, era un profesor de escritorio y tablero. A los años ingresé a la Universidad y estudié periodismo. Tiempo después me encontré al profe en una de las jardineras del Alma Mater. Nos sentamos a conversar, bueno, más que a conversar me tomé la palabra. Le hablé de los surrealistas, del Boom Latinoamericano, de la poesía de Cesar Vallejo, de la prosa argentina, de Séneca, de Carrasquilla, de Montaigne… cuando quise preguntarle algo me sorprendí al verlo con la boca abierta. Él no había entendido que mi gran deseo era compartirle mis lecturas así como un niño le comparte un juguete a otro.  

En ese momento me dije que era necesaria una reforma que partiera desde la pasión y la responsabilidad por enseñar. Porque el docente, que en este texto nombro “el niño líder” es el primer camino para que el individuo se acepte individuo. Es el que aterriza los conceptos de los libros para demostrar que la vida es digna de respirar.

Por ello, es necesario cambiar los paradigmas de nuestra educación si queremos cambiar las bases de nuestra sociedad. Estos cambios son urgentes porque los avances del milenio exigen generaciones más creativas y capaces de entender el entorno. Por algo los niños y las niñas ahora son más veloces y despiertos. Nacen con un montón de conceptos aprendidos y asimilan con habilidad asombrosa los avances tecnológicos. De ahí que un bebé pueda asimilar la primera palabra a los diez meses, a los dos años dominar trescientas y  a los tres años dominar un promedio de mil palabras.[1] Desconocer esto es estancar las habilidades creativas y significativas en el futuro de los niños.

Esa primera palabra que se asimila a los diez meses se gesta desde el vientre.  Por ello Evelio Cabrero Parra en su texto La Lectura anterior al texto escrito nombra la existencia de un “libro psíquico” que se lee y escribe desde el momento de la gestación con la voz de la madre.

Es, entonces, el sonido de las palabras que luego se complementa con los gestos de los padres el que potencia esa primera palabra que luego será cien, después mil y finalmente la representación de un mundo con múltiples significados.

Esa “primera letra” que se concibe a los diez meses luego será otras letras,  otras maneras de ver el mundo. Al menos así lo planteaba al pedagogo Loris Malaguzzi al decir que el niño está hecho de cien lenguas pero les robamos noventa y nueve y luego la escuela y la cultura le separan la cabeza del cuerpo. Eso, y duele decirlo,  es crecer, es irse quedando quieto y sumergido en un letargo sin asombro.

Quizás si el profe de español que encontré en la universidad hubiera seguido asombrándose y motivando las diversas maneras de nombrar el mundo, muchos de los que estudiaron conmigo hubieran tenido otras oportunidades. Pero, como mi profe muchos otros se quedaron en la educación impersonal. Y esto los llevó a brindar una educación sin asombro, una educación de clausuras, del juego controlado, de la imaginación sembrada en surcos y de la imposibilidad de concebir las múltiples posibilidades de la lengua.


Juan creció en un país donde las noticias registraban a diario decenas de robos, abusos del poder, asesinatos a sindicalistas, desplazamiento forzado a indígenas y campesinos. Él se preguntaba, desde su casa de campo, ¿cómo es posible que esto suceda? Igual, mientras tuviera a su padre, madre y hermano, podría seguir en la comodidad de su casa, viendo la tv.   

Cierta mañana un grupo de uniformados tocaron a su puerta, su hermano, Carlos, dos años mayor, salió a recibirlos. A los dos jóvenes los militares los condujeron fuera de casa con el pretexto de que los necesitaba el capitán del batallón. 

Carlos a los dos días apareció muerto en una cuneta con un camuflado y con un rifle que solo utilizan, según las fuerzas armadas, la guerrilla. De Juan no se supo nada.

Tres años después, en los medios de comunicación encuentran a un senador muerto. Lo curioso fue que estaba camuflado y sin el dedo índice de su mano derecha. Se dice que existió hace mucho tiempo, entre los campesinos, el ritual de que a los asesinos les cortaban el indice de la mano derecha porque este dedo al ser cortado deja al hombre sumergido en sus remordimientos y sin posibilidad de reencarnar.  Por ello, les cortaban el índice a los violadores y asesinos. 

Según las investigaciones, como el senador, han aparecido muertos y camuflados varios jefes militares y  políticos en los últimos meses sin el dedo índice.  

Una flor para todas la flores 

En mi casa de campo, frente a la valle, veo el vuelo de los gallinazos, nuestra ave insigne de los andes. Mientras tanto pienso un rato qué palabras escribir para manifestar mi agradecimiento a la mujer, hoy, en su día universal. 

Encuentro que todo lo que escriba suena a postal de mercado de baratijas. No soy un escritor por encargo y me cuesta decir algo en fechas especiales. Al parecer, cuando se tiene el don de las palabras, en momentos como estos, las palabras son un prolongado y angustiante silencio. No fluyes y recaes una y otra vez en los lugares comunes. Además, me cuesta creer que en Colombia se celebre el día internacional de la mujer un día para maltratarla los otros 364. En las noticias abundan los maltratos intrafamiliares y de abusos sexuales. Por eso, hoy al decir esta boca es mía las palabras se agarran de la lengua porque no se sienten satisfechas con lo que quiero escribir. Entonces me callo. Sigo mirando el valle, hay más gallinazos. Al parecer, estas aves de rapiña, están tras las intenciones de los colombianos, tan bien peinados, que hoy en una mano llevan una flor y en la otra el puño cerrado. Aun así, agradezco a mi madre, mi hermana, las mujeres que me he encontrado en toda mi vida. Pues, considero que son una minoría de personas, me incluyo, que hoy celebran igual que todo el año la existencia de la mujer.

Bien podría decirse de mí que soy una amorosa insaciable, una amante de otoños en el trópico, una romántica con corazón de lata y una soñadora de tiempo completo. Bien podría decirse de mí que soy una gladiadora ante los insectos, una defensora de lo cursi y una embalsamadora de cicatrices. Bien podría decirse de mí que soy querida por Alguien y por ello soy fanática de la línea recta y me cuesta ser infiel. Bien podría decirse de mí muchas cosas y engañarse. Por eso, para no divagar sobre mi aspecto y cualidades de circuito mejor digamos que soy un electrodoméstico, una sandwichera. Sí me enchufan siento y pienso una mortadela entre panes. Tal vez la única idea de amor posible en tiempos del no asombro.

Desde pequeño Suspiro quería conocer el mar pero se sentía demasiado efímero para emprender el viaje. Imaginaba, cuando miraba el cielo que el mar era una colcha mal tendida sobre una cama o un soplo del gran suspiro que toca todas las cosas. A veces, por pensar en el mar llegaba tarde a su trabajo. Cupido lo había contratado para que alentara a ciertas parejas que a pesar de quererse carecían de la magia a la hora de besarse y un beso sin temblor de estómago o contracción del sistema respiratorio es solo un simulacro. 
Suspiro logró ahorrar el dinero suficiente para conocer el mar. Tomó un avión y llegó  hasta la costa caribeña colombiana. Cuando llegó a la playa sus ojos empezaron a llorar. Sintió por primera vez sus lágrimas. Algo dentro se derritió. Algo lo conmovió tanto que no se dio cuenta de que el mar tenía sus olas contraídas y los peces alborotados porque había encontrado un suspiro para las noches de luna llena. 



Vibrar con los árboles
Silbar con los grillos
Respirar con las ranas
Flotar como el alga
           como el pez
           como tronco
Sostener el asombro
como una luciérnaga
ante el cielo estrellado
Ser cuerpo en mí
Otro cuerpo
Este cuerpo
Cuerpo de mi necesidad de mí
Silencio del tacto
Voz apagada de la tierra


Uno se enamora del dolor
de la camiseta que huele a cerveza
del rincón de la cama que hace la ausencia
del poema que no entregaste porque lo escribiste con moscas
de la mujer que hizo del teléfono un puente de la zozobra al abrazo
de la mujer que detona bombas para espantarte el sueño
Luego
Estas solo
Y los habitantes que hay en ti
están de urgencias
heridos de amor
esperando a que amanezca.


Si una mañana cualquiera, al verme a tu lado, me desconoces, te pido por favor que no huyas porque no me responsabilizaría de mis actos.
                               



El libro de cuentos Los errantes se publicó en diciembre del 2013 con la editorial Silaba. Fue uno de los proyectos ganadores  en la Segunda Convocatoria de Estímulos al Talento Creativo 2013. 

Este libro nace de un proyecto que me rondó meses y era el de escribir una serie de cuentos breves que retratarán las búsquedas y renuncias de un hombre de provincia al que lo rondan cuatro temas fundamentales: la renuncia, el amor, la muerte y  el ensueño.

El fondo de esta tesis, lo sustenta mejor alguien que ha pensado por muchos años el valor de la literatura más allá del deleite de escribir y leer. Esta tesis la plantea mejor Piedad Bonnett en su texto Literatura y Universidad donde afirma de manera contundente que la literatura es una manera de ajustar cuentas con la realidad en que vivimos: “La literatura es sobre todo arma de indagación, pregunta que se hace a la realidad. Ella ahonda, imagina, recrea, examina, juega, potencia, crea mitos y utopías. Y nos vincula a lo más esencial de la naturaleza humana, la lengua”.

 Foto solapa del libro de cuentos Los errantes

Por ello, el libro de cuentos Los errantes son una serie de relatos, muchos de ellos, no superiores a las 200 palabras. Otros, los más extensos, no exceden los tres folios, que abordan la cotidianidad como materia prima de estudio para analizar nuestros imaginarios de ahora que son los mismos del de nuestros abuelos. Para eso es indispensable la brevedad porque siento que estos relatos nacen de la exigencia del momento, pues no es un secreto que nuestra sociedad predica la moda de la inmediatez y el consumo.

El afán caracteriza al hombre actual, tanto en la cuidad como en la provincia, porque necesita informarse lo más rápido posible y por eso evita las lecturas lentas, rumiantes y cuidadosas por la simple razón que lo desespera. Aclaro que el hecho de que los microrrelatos sean rápidos no quiere decir que sean explícitamente para personas afanadas. Al contrario, en esa brevedad se plantean o insinúan historias y situaciones tan complejas que se necesita más de una relectura para  rumiar un poco en el contenido.  Por eso, aunque las virtudes del cuento corto no son precisamente para la gente afanada, permiten, a mi modo de ver, llegar a ellas de manera directa porque en Antioquia se vive con una intensidad singular muchas veces efímera, pero propia. Muchas de esas vivencias son casi imposibles de escribir por lo volátiles y complejas.  Es por ello que en los microrrelaros se intenta abordar incidentes intrascendentes donde un personaje se detiene  a recordar un instante de sus vivencias, que a veces, condensan toda su vida. Es este instante el que se condensa en el cuento corto, el microrrelato o la minificción  porque busca la expresión máxima de la condensación literaria. Es esta brevedad la que contiene la esencia misma de la narrativa. De ahí que en unas líneas o un párrafo se logre construir atmósferas o sensaciones más complejas que las que podrían plantearse en varias páginas. Quizás, sean estos factores los que exijan una peculiar forma de escribir, que uno podría definir como telegráfica, nerviosa, cortada, pero que permite dibujar un aspecto sicológico y sociológico de un personaje en un tiempo donde todo es tan efímero porque se vive a una velocidad, a veces, aterradora.  Por algo Julio Cortázar en su  texto: Aspectos del cuento dice: “la novela gana siempre por puntos, mientras que el cuento debe ganar por knock-out. Es cierto, en la medida en que la novela acumula progresivamente sus efectos en el lector, mientras que un buen cuento es incisivo, mordiente, sin cuartel desde las primeras frases.”

El libro que presento parte de la experiencia de haber vivido muchas de las situaciones que enfrentan los personajes, porque es la vivencia la que le da cuerpo a las historias. Tal vez por ello, el pensador antioqueño Estanislao Zuleta plantea que: “Se carece de oídos para escuchar aquello  a lo cual no se tiene acceso desde la vivencia”. Solo cuando se tiene algo que contar, que parta desde la experiencia, la prosa fluye. De ahí que el cuento corto me permita abordar situaciones complejas y a la vez triviales de la cotidianidad nuestra para trabajar dilemas tan abismales en el hombre como la renuncia, el amor, la muerte y el ensueño.

Así, el libro Los errantes no es más que un intento consciente, no desesperado, llegar a cualquier persona en cualquier momento. Entonces la lectura será a voluntad y sucederá en cualquier parte, como debe ser toda lectura que nace, como todo lo que nace, espontanea.


Llevo varios días sintiendo que a la hora de despertarme no he descansado lo suficiente. Una amiga que hace tiempo estudia el mundo onírico me dice que pueden pasar dos cosas. Una: estoy en un despertar de conciencia. Segunda: que al hígado no le llega suficiente sangre y por ello los sueños se disparan. La miré con mucha atención porque me asustó la segunda teoría. En ese momento ella sonrío y dijo en voz alta, como si yo no estuviera, que hace unos días, al despertarse, habla en voz alta como si le respondiera algo a alguien que en sueños le hace ciertas preguntas que a ella también le inquietan.


Estuve en frente tuyo imaginando mil formas de decirte hola. Estabas en la Hemeroteca de la Biblioteca Nacional de Lima. Controlabas tus impulsos de enviar tu tesis de grado a la mierda. ¡Cuánto te aburrías! Yo controlaba los impulsos de decirte hola. Todo era forzado. Pensaba cómo saludarte cuando me preguntaste la hora. Luego me preguntaste si era colombiano. Te dije sí, soy del país donde se cultiva el mejor café del mundo y te invité a un café peruano. Aquella tarde te hablé de mi travesía desde Argentina. El tiempo fue poco para mirarnos. Quise quedarme en tus ojos hasta que te diste cuenta de que debías irte.

Estuve pensándote en la noche. Apenas sabía tu nombre: Jimena, y ya te extrañaba. Sacudí la cabeza para pensar en otra cosa.  Al despertarme me estiré. Desayuné. Me dirigí a un locutorio. Te cité a hacer nada en la biblioteca. Nos encontramos a las siete de la noche. Me alegré con verte. Te vi el cabello casi rubio cubriéndote el rostro. Me miraste. Vi tus ojos verdes. El ojo derecho a pocos centímetros parecía que miraba para otro lado. No importaba. Me esperabas porque también querías verme. Éramos dos extraños conociéndose. Me invitaste a pagar los servicios públicos de tu apartamento. Cruzamos la avenida Javier Prado. Entramos al centro comercial Plaza Vea cuando me dijiste que parecía seminarista. La factura estaba vencida. Nos reímos. Me llevaste a un centro cultural cerca a tu casa en el distrito Jesús María. Pagaste mi pasaje porque sabías que estaba en la ruina. Ya me había retirado del negocio de las cartas de amor

Mi apuesta fue ser sincero. Sentía que sólo teníamos las palabras para vivirnos. Además, había descubierto que en Migración Perú-Chile en vez de los sesenta días que pedí me pusieron diez. Llevaba más de treinta días de ilegal.

En el centro cultural no había actos culturales. Nos sentamos en el parque que estaba en frente y encendimos un cigarrillo. Hablamos del amor, de la eyaculación precoz, de tu tesis de grado, de mi ocio descarado. Me invitaste a comer pollo a la brasa. Sentía que llevaba hablando contigo décadas. Por algo no parábamos de mirarnos y reírnos. Nuestros errores eran sinceros. Te acompañé a casa y te di un beso en la mejilla.

El sábado en tu casa vimos la película El perfume. Me impresionó la cantidad de libros de tu biblioteca. Hablamos de Vallejo, Charles Bukowski, Julio Cortázar y Jorge Luis Borges. Nos miramos. Jugué con tu gata Catalina. La gata maulló y me arañó. Quise arañarte y que me arañaras porque la mujer perfecta, según Balzac, es la que araña. Derramaste el café sobre la mesa. Hablé con la boca llena de pan y algunas migajas cayeron sobre la mancha del café derramado. Intenté hacerte un truco para evitar el debate sobre el final de la película que me había gustado. Intenté hacer aparecer de tu oreja una chupeta. El truco era mirarte la oreja. Delegar toda la atención en tu oreja. Luego extraer del bolsillo de la camisa la chupeta sin que te dieras cuenta. Llevar la chupeta hasta tu oreja y hacerte creer que llegó por arte de magia. Pero la chupeta se cayó del bolsillo. La tomé del suelo y te la entregué avergonzado.

No quería irme. No querías que me fuera pero no te atrevías a decirme que me quedara. Te dije que era tarde. Me respondiste que era tarde. Te dije que ya no conseguía combi. Sabías que no era cierto. Para que no fuera evidente tu intención te negaste un poco al principio. Luego cediste satisfecha de haber defendido la imagen de mujer pulcra. Debías mostrarme el maravilloso trabajo que habían hecho contigo tus padres. Dejaste claro que a tus veintiséis años eras una mujer atractiva e independiente. Me acosté en el cuarto de tu hermano que andaba lejos de Lima. Te acostaste en tu cama. Los cuartos estaban divididos por una pared delgada de madera. Pero la parte superior de la pared era de plástico y se veía tu reflejo deforme. Vi sin ver cómo te quitabas la ropa. Me contaste tu vida amorosa y me confesaste de tu facilidad para dominar a las personas. Nos sorprendió el alba. Nos dormimos porque era tarde y era justo descansar. Me desperté a las diez de la mañana. Te llamé. En pijama hiciste el desayuno. Me despedí con otro beso en la mejilla. Sentí tu mejilla cerca, tan cerca como tu cuerpo.

Durante la semana hice votos de silencio. No dije tu nombre para extrañarte menos. Pero no aguanté las ganas de verte y te cité el sábado siguiente en la catedral de la Plaza de Armas. Imaginé que no ibas a llegar. Cuando te vi desaparecieron las dudas. Caminamos por el centro de Lima. Luego entramos al bar Queirolo cerca a la Plaza San Martín. Me invitaste a cerveza Cusqueña negra. Fumamos como locos. Estábamos locos. Era nuestro último sábado y no nos habíamos dado un beso. Me temblaron los labios.

Nos dirigimos a tu casa. Le echaste la comida a la gata. Te esperé en el mueble. Estiré los pies. Te sentaste al lado. Nos tocamos por encima de la ropa. Te olía y me apretabas. Nos besamos. Quería quedarme en ti. Recorría tu rostro con mis dedos. La gata me arañaba los pies cada vez que te tocaba. Puta gata. Una y otra vez tiraste la gata al suelo. Una y otra vez la gata me arañaba los dedos de los pies. Nos encerramos en el cuarto de tu hermano. Tenías ropa interior negra, la que contrastaba con el blanco de tu piel. En tu cuello metía mi rostro y te decía: “Te quiero”. En mi pecho tus labios decían: “Te esperaba”. Te miré hasta la madrugada. Malogré los preservativos de tu hermano. No encontré la erección indicada. Estaba tan tranquilo que mi pájaro no respondía. Tal vez tanto ajetreo con la gata le quitó el entusiasmo. Hacía falta un poco de perversión y nos tocamos hasta que mi pájaro cantó.

Nos dormimos a las seis de la mañana. Me desperté a las ocho. Te abracé y te di un beso de buenos días. Hice huevos revueltos sin sal. Hiciste jugo de naranja y café. No faltaba nada.

El amor era reírnos juntos, verte hacer el café, besarte los párpados, lavar los platos,  barrer el apartamento, la gata arañándome los pies, salir a la calle sin bañarnos a comprar panes.

Me bañé y salimos al centro de Lima. Te acompañé a comprar un tiquete. Ibas de viaje. Caminamos. Sentí el cansancio y nos sentamos en el Parque Universitario. Te dije que no era un caballero. Por eso, te pedí que me sostuvieras una rosa mientras me amarraba los zapatos. Te reíste porque sabías que era mi forma de darte la rosa. Te besé.

 Almorzamos en un restaurante chino. En la mesa del lado una niña de tres años me hacía monerías. Me sorprendiste respondiéndole a la niña. Tomamos una combi rumbo a tu casa. Teníamos sueño. No quisiste ir a misa porque habías dicho la verdad en los últimos días y te había gustado. Dormimos en tu casa. Cuando me desperté sabía que era la hora del adiós definitivo. Nos besamos. Fuiste a la cocina y empacaste en una bolsa un paquete de pan y atunes. Te abracé porque no volvería a verte. Bajé en el ascensor. Abrí la puerta de la calle. Crucé la avenida. Tomé una combi. Miré el cielo. No había sol. Las nubes se apilaban en mis ojos.


Creo que uno debe escribirle a aquellos milagros naturales que siempre estuvieron ahí, están ahí y permanecerán en el tiempo. Es un acto de agradecimiento poder referirse a imponentes paisajes que nadie más que uno conoce por el hecho de haber nacido en ellos. En este caso quiero dedicarle unas líneas al Cerro Bravo. Cerro que se impone en el municipio de Fredonia, ubicado al suroeste de Antioquia.

Para empezar quiero referirme al cerro de “tu” y no de “él”. De “él” a “tú” hay grandes distancias. Una de ellas: Mientas el “tú” es como un abrazo el “él” es como la fotografía del mismo. De ahí que el “él” al nombrar el Cerro lo represente como un monumento rígido de unas pocas líneas telegráficas y “tú”, en cambio, es un texto más ameno y sentimental.

 Querido Cerro te impones en el tiempo y por ello estás en el paisaje desde antes que nos inventáramos la palabra “Cerro”. Eres un rumor que nadie escucha porque te mueves en otra frecuencia. Eres como esa palabra que se dice y nunca termina de pronunciarse: La palabra que encierra todas las palabras.

 De pequeño te vi desde la casa de mi abuelo, ubicada en la vereda Travesías. Vereda de donde se te puede ver como una pirámide perfecta. Desde allí, subido en un ciruelo, te vi durante horas, días, meses y años y sentía algo que no era capaz de llevar a las palabras. Ahora, con unas cuantas palabras de más, vuelvo a verte, no desde la casa del abuelo, y vuelvo a sentir lo mismo. Pareciera que te escondes bajo un manto de niebla para ocultarte de todos porque quieres estar solo, en intimidad. Imagino que todo tú se re-acomoda y tu estructura de roca, de volcán dormido, te hace ver, bajo la niebla, como un gigante sentado en flor de loto. Entonces meditas. Quién sabe en qué piensas, pero es notable que haces algo porque la temperatura baja y todo lo que representas y cuidas empieza a laburar. Por ejemplo: La araña teje y luego, cuando siente su tela segura, se queda estática sin temerle al viento, esperando el momento oportuno para moverse. Los pinos, qué decir de los pinos, guerreros con armaduras que rugen de tristeza porque nosotros, los hijos de Adán, los talamos sin misericordia…

Abuelo Cerro eres el testimonio de otro tiempo que nos viene a decir que todo es transitorio y curiosamente lo transitorio es lo que más daño te hace. Pero eso no te importa. Por más daño que te hagamos no podremos moverte de tu lugar. Estarás ahí después de nosotros. Por ello, esperas a que el sol caliente las piedras, los árboles. Entonces los pájaros cantan y acompañan un rumor apenas perceptible que se pronuncia en otra frecuencia desde hace tiempo.

Desde hace días, debido a unas ilustraciones sobre algunos cuentos de Poe y algunos poemas de Baudelaire, ha empezado a ver la muerte en los sueños. De esos paisajes oníricos extrae la mortecina hermosura que hace de lo terrorífico sublime. 

Es consciente de que desde hace mucho le coquetea a la parca. Ella, valora el trabajo de su admirador que hace de ella -un simple fenómeno natural- un suceso hermoso y sórdido. Por ello, en los sueños le suministra información suficiente para que él pueda ver lo que necesita. Pero él debe pagar sus sueños. En el estado de vigilia debe soportar una melancolía sin precedente, una de esas que te pueden explotar la cabeza una noche cualquiera, una que te hunde más los ojos… solo así puede extraer de sus dedos los colores del terror que recrean el apocalipsis de nuestros tiempos.

                                      Estas flores se ven en todas las calles
                                   Fotografías Estefanía Carvajal


Decidí viajar a Guatapé con el fin de pasar una tarde tranquila y almorzar en una de las mangas cercanas a la represa en compañía de Estefanía. Ella y yo tenemos la idea de visitar algunos municipios y narrar, de manera muy personal, sin desconocer el rigor periodístico, el viaje. Queremos filtrar la información adquirida por la sangre. Hecho que olvidaron los cronistas de viaje. Pues, las crónicas de viaje deben transcender el paquete turístico de hotel y los datos históricos que son como etiquetas en camisetas sin estrenar. 

 Llegamos a la Terminal de Transporte del Norte y compramos dos tiquetes. Cada uno valió 12 mil pesos. El viajé duró dos horas y media. 

 En la entrada a la piedra del Peñol decidimos continuar y no entrar a este lugar tan necesario para las cámaras fotográficas. Pues, en los viajes, últimamente, son las cámaras las que disfrutan el viaje y el foto-aficionado, por su incapacidad de ver el paisaje fuera de la pantalla del artefacto, se limita y se convierte en la mascota de buenos modales que lleva la cámara a todos partes. 

 Sabíamos que por temporada de vacaciones llegan un promedio de mil quinientos personas por día, a diez mil la entrada por persona, un negocio próspero, como la seguridad social en Colombia. Por eso pasamos de largo. 

 Subir a la piedra es bonito por la vista, por los más de 600 escalones, por el temblor de piernas; pero uno puede disfrutar de la misma libertad que venden en los avisos publicitarios sí se acuesta en una manga a mirar el cielo y a conversar con la muchacha que te gusta. Por ejemplo, los ojos de Estefanía tienen más de doscientos metros de hondura porque al miraros fijamente debo sonreír para no darme de cara ante el abismo de la belleza. Así como los indígenas en los tiempos prehistóricos adoraron la piedra yo miro los ojos de Estefanía. 

 Para los que quieran ir a la piedra que vayan y se unan a los planes turísticos que ofrecen información elemental como: “Señor turista la GI que se observa en el costado occidental era una iniciativa para escribir GUATAPÉ pero como una norma prohibía intervenir estos lugares el trabajo quedó iniciado. Por eso solo se lee la GI. Señor turista es importante que recuerde que el 16 de julio de 1954 esta piedra fue escalada por primera vez por Luis Villegas, un campesino de la zona”. Pero no cuentan que este campesino en la actualidad está moribundo y que fue o es un devoto Krisna y esto da otra referencia a su viaje. 

 Llegamos a Guatapé a medio día, el municipio de mejor disponibilidad de cabañas, hoteles, hosterías, finca hoteles y apartamentos para alquiler de la zona, con excelentes planes especiales en días de sol y paseos en barco. Pero un viernes a medio día, con el cielo gris, estas espectaculares ofertas son estrategia de mercadeo. Por ello, decidimos alejarnos del caserío, de lo que aparece en las imágenes de los fascículos. 

 Aunque muy lindos los zócalos, los balcones, las flores, Guatapé también es la periferia. La periferia de Guatapé está ubicada en la subregión Oriente del departamento de Antioquia. Esta periferia limita por el norte con la periferia del municipio de Alejandría, por el este con la periferia del municipio de San Rafael, por el sur con las periferias de los municipios de Granada y El Peñol y por el Oeste con la periferia de El Peñol: el municipio sin pasado cuyo origen son las 2.262 hectáreas de tierra inundadas a las que los peces se les comieron los cimientos y raíces. 

 La periferia de Guatapé está a 79 kilómetros de Medellín, la cuidad de las luces artificiales, las luces EPM, las luces que atraen turistas, moscas y bichos. 

La periferia del de cacique Guatapé quien debe estar echando humo por las orejas porque saquearon los lugares sagrados como el cementerio. Pero así es nuestra historia, les debemos a los saqueadores el progreso del que ahora nos sentimos orgullosos. 

Pasamos el puente y nos dirigimos hacía unas cascadas que están unos quinientos metros después del Parque Lineal, parque cercado donde los aventureros pagan 10 mil pesos para armar sus carpas y pasar la noche. 

 Llegamos a unas mangas, con un charco. Nos encontramos un señor de unos cincuenta años, rechoncho, con rostro de conejo. Nos contó que iba a visitar a su primo para negociar una novillona de un millón de pesos, pero pensaba ofrecerle, por ser familiar, unos 400 mil pesos. El hombre con rostro de conejo se fue y a los minutos llegó su primo, don Marcos. 

 Don Marcos iba con un sombrero, un bastón metálico, una mochila, botas de caucho y tres perros (mariposa, yaco y guardián). Bajaba por las vacas a las que unos instantes después se llevó. Don Marcos nació en la vereda el Biscocho del municipio San Rafael. Llevaba años administrando una finca, en la que desde que lo atracaron, dejó de habitar. Se casó con una mujer 24 años mayor que él. Cuando él tenía 21 años ella tenía 45. Dice que a sus 66 años sigue enamorado de ella. Habla y cierra los ojos como si estuviera saboreando un postre de leche o un recuerdo remoto. Es el amor el que le activa las papilas gustativas. 

 Anochecía cuando salimos de las mangas y antes de llegar al puente nos encontramos con un señor golpeado por las fiestas decembrinas. Nos saludó en inglés y nos ofreció marihuana. Nos confundió con extranjeros que pululan desde que Medellín se ganó el reconocimiento a la cuidad más innovadora. Lo miramos y al darse cuenta de que éramos más antioqueños que la arepa, se disculpó ofreciéndonos, así porque sí, una habitación gratis para pasar la noche. Él llevaba varios días bebiendo. Cuando hablaba sus palabras se pegaban una a la otra, como si jugaran a enredarse, a no soltarse. Estaba bajo el influjo de la música de las montañas, que no es otra cosa que la malicia mal intencionada y el regionalismo radicalista tan de “el paisa es el putas”, tan de noches alicorados y depresiones explosivas. Nos despedimos agradeciendo su hospitalidad tan desbordada. 

 Llegamos a la flota y negociamos con el chofer el pasaje. Por 20 mil pesos nos llevaron de vuelta a la ciudad. Me recosté en los brazos de Estefanía y cerré los ojos. Recordé sus besos que con el almuerzo y la manga de don Marcos, fue lo mejor de Guatapé.

Me toca el sacerdocio, el rito supremo, un silencio impuesto. Estoy siempre mascando una palabra. La siento en la boca. Paso la lengua por cada una de sus letras. Dejo pasar un poco de oxígeno para potenciar el sabor y sentir un juego pirotécnico en el paladar. Cerrar los ojos y olvidarse de todo. Todo puede esperar cuando empiezas a creer. Es cuando te concentras en tu respiración. Exhalas lento, sin prisa y descubres que en cada bocanada se deletrea la palabra: "amor". No lo puedes evitar. Sucede. Así como un día soleado. No importa la hondura de tus preguntas igual el sol alumbra todo. No falta viento. Decidís abrir los ojos y te quedas absorto de cara al cielo.

Cilmoa Turbanec nació en un pueblito ubicado en el suroeste antioqueño. Su edad es un misterio. Es hijo de campesinos, de recolectores de café. Ellos lo único que dicen de él es que era un niño muy silencioso y que no los miraba a los ojos. Por eso los asustaba. Creían que tenía el diablo por dentro. Pero más que el diablo lo que tenía era la poesía que más que mirar hacia afuera lo llevaba a mirar hacia adentro. 

Desde pequeño se negó a quedarse en su casa. A los 14 años abandona a sus padres y se va a vivir al casco urbano de Fredonia. Allí termina sus estudios y por un tiempo trabaja en supermercados con el único fin de ahorrar e irse para la ciudad a abrirse un espacio con su poesía. 

La primera vez que lo vi trabajaba como empacador en un supermercado. Era un chico delgado, de cabello ondulado, piel blanca, que pocas veces miraba a los ojos. Descubrí, la única vez que hablé con él, que solo miraba a los ojos a aquellos que consideraba sus iguales. Al resto, dice, no vale la pena ni escucharlos. 

Cuando lo vi me sorprendí de su delgadez y de su fuerza. Como ninguno podía alzarse un costal de unos 70 kilos sin quejarse. Era un empleado eficiente y silencioso. Yo había entrado a trabajar en ese supermercado porque mi madre había movido algunas fichas con sus amigos. Durante meses intenté hablarle y él sin mirarme contestaba monosílabos. Después, no volvió al supermercado y desapareció del paisaje del pueblo. 

Años después, ya me había graduado de periodismo de la universidad, me encontré a Cilmoa en el centro de Medellín, el café Versalles, por pasaje Junín. Seguía igual de flaco, pero con barba. Estaba en una mesa tomándose un café. Me senté frente a él y sin mirarme me dijo “¿Qué quiere?” le dije: “Entrevistarlo”. Él sonrío y por primera vez me miró a los ojos. 

Esa tarde hablé con él por primera vez. Hablé, puedo decirlo, con un verdadero poeta. Lo sorprendente fue que habló de él como si hablara de mí mismo. Ese misterio de la palabra que define todo lo soterrado y silencioso me ronda. Esa palabra que acude a la pregunta más que a la respuesta. Esa palabra es la que comparto en esta entrevista. 

¿Quién es Cilmoa Turbanec? ¿Qué costumbres tiene y en que planeta vive? 
Cilmoa es un hombre que es muchas cosas. En su infancia fue un niño tímido, creció en el campo. Estudió en un colegio mixto y hablaba poco. Desde entonces vive solo. Le gusta caminar en las tardes. Le gusta el vino tinto. Le gusta su soledad así como le gusta la guanábana o el jugo de mango. Le gusta enamorar muchachas. Le gusta encarar el amor. Le gustan los boleros. Su gran frustración es no haber aprendido a tocar guitarra. Cilmoa vive en el planeta tierra a pocos años luz del asombro. 

 Dicen que cada poeta que nace tiene la compleja función de inventar el mundo, el lenguaje. Reinventarse a sí mismo siempre que sea necesario. ¿Cómo ha sido ese proceso en usted? 
Cada poeta está en la obligación de inventarse así mismo, escudriñarse y dejar en el verso un pedazo de piel. Lo que no sé es si lo mismo deba hacerse con el mundo. Creo que la invención del mundo viene por añadidura. Uno mismo es un mundo y en la medida que lo interrogue, lo sufra, lo otro será otra pregunta. No sé si esa pregunta se responda o si valga la pena responderla, pero atreverse a preguntar es tener otras posibilidades. Llamemos a esas posibilidades caminos. Entonces es gratificante caminar en uno, en los amigos, en las mujeres, en el lugar donde se vive y sacarle provecho a los pies. 

 Te escuché decir alguna vez que es lamentable la situación en la que se encuentra el escritor, de lo difícil que es ser escritor. Para ser más especifico, si es tan difícil escribir ¿Por qué escribe? ¿Podría simplemente, como ya lo ha hecho, dedicarse toda la vida a trabajar en una empresa? 
Considero que cualquier opinión que dé sobre el escritor es prematura. No sé si a mí mismo se me pueda llamar así. Ese apelativo hay que dejárselo al tiempo. Pero si creo que se debe ser fiel a sí mismo, a sus cuestionamientos. Luego, esperar que sean los hechos los que den las certezas de lo que uno dice que es uno. De esta manera, el recuerdo, la medida del tiempo en nosotros, será lo único que pueda afirmar sí uno de verdad es un escritor. Se preguntará entonces ¿Si está inseguro, por qué sigue escribiendo? la cuestión es elemental, estoy incompleto. Por ello escribo, para descubrirme, para inventarme, para indagar todo aquello que apenas sospecho que soy. Escribo para evitar que lo que desconozco de mí, que es un 90% me convierta en un hombre peligroso. Me explico, soy, como todo colombiano consciente de su historia, un tipo violento. De ahí que la escritura, en ese sentido, mengue las ganas de golpear y agredir al prójimo. Lo del trabajo es electivo. Como en este país todavía es una utopía elegir un trabajo, es necesario soñar. Es la única manera de diferenciarse del obrero, que a causa de sacrificar su vida a un sistema que no lo necesita, se vuelve un catedrático de la queja. De ahí que muchos de ellos sean homicidas en potencia. 

 Esta es una pregunta muy común, se la hace siempre a un escritor ¿Cómo aborda usted la escritura de un libro de poemas? 
La forma en que abordo la escritura es a través de las preguntas y las vivencias que me haga en determinado momento. En síntesis, cada libro de poemas responde a un episodio de mi vida. Primero escribía por disciplina un promedio de tres poemas diarios. Lo único que hice fue escribir el mismo texto tres veces. Ahora me planteo una pregunta, por ejemplo, la causa de mi incertidumbre. Y descubro que me gusta la incertidumbre y disfruto estar en ella. Entonces me escribo, cuento lo que vivo, mis manías, mis caprichos, mis perversiones. Porque lo único que quiero, más que contestarme, es ser sincero conmigo mismo. Es decir, concibo todos los poemas como si fueran uno solo. Parto de mí hacia el mundo. Sí, salen muchos textos desastrosos, pero esos textos son necesarios para que los otros, los definitivos, florezcan y merezcan quedarse como testimonio. 

 Ante un mundo en constante crisis, ante un mundo que se desploma hacia un desconocido abismo ¿cree que tiene sentido andarse escribiendo versitos? 
Disgrego de esa pregunta. Es muy pesimista como para responderla igual. Pero, precisamente, porque hay mucha gente que piensa así, es que es necesario escribir versos. No sé si los míos puedan acolchonar la caída al abismo. Espero que no. No soportaría la culpa de saberme salvador, sobre todo cuando ni yo mismo me he salvado. Pero, y de una cosa si tengo sospechas, es que por la fuerza inevitable de ese abismo hay que aferrarse a algo, así ese algo sea la misma caída. Quizás, y es probable, uno descubra que eligió el camino equivocado. Pero esa elección es ya una certeza de fe. Y por esa ilusión creo que vale la pena atreverse. Además, cuando se elige creer en algo puedes descarriarte del rebaño o de la gente que pasa por la vida como si fueran de paseo a un centro comercial. Si es así, entonces vale la pena escribir versitos porque se aprendió a ser pastor de sí mismo.

¿Qué piensa usted de los escritores inéditos, esos que como usted no saben que será de lo que escribe? ¿Lo acosa a usted la incertidumbre de no ser todavía nadie para la literatura? ¿Cree que algún día será alguien? Y si ha de ser alguien ¿Qué tipo de alguien será o qué tipo de nadie? 
 Creo que el desconocimiento es la mejor escuela para afianzar un estilo. Y cuando más truncado mejor. Entre más enmarañada parezca la esperanza de inscribir tu nombre en la literatura, más ingenio se requiere para conseguirlo. Entre más inteligente más dificultades y sufrimientos. A mayor exigencia mayor sufrimiento. Por ello, una vez más lo digo, lo importante es ser fiel a un deseo íntimo, el que en verdad te mueve el espíritu. Porque son más los que abandonan una empresa a los que la consiguen. 

 Puede que usted escriba poemas, pero a veces pasa que un poeta no sabe que diablos es la poesía (Si acaso es algo) ¿Tiene usted idea de que es la poesía? ¿Cree que le compete a un poeta pensar esas cosas? 
Ese es un debate vigente. Definir las cosas no es más que definirlas. Pessoa, el poeta portugués, se jactaba de ver con los ojos y no con las páginas leídas. Claro, para Pessoa decir eso tuvo que haber visto mucho con las páginas leídas. Bueno, en nuestro caso, si creo que se deba tener nociones de la poesía. Estas nociones permiten descubrir el ejercicio de escribir y leer. Estas nociones son: 1: No teorizar la poesía, más bien sentirla porque la poesía es la vida misma. 2: Ser sincero y decirse a sí mismo sí sus versos son pura incapacidad de escribir en prosa. Esto le da valor poético a lo poco que se pueda escribir desde el corazón. Además, se quita uno esa molestia de utilizar el poema para contar lo que solo se puede narrar en prosa. 3: No utilizar ni una palabra superflua en el poema porque esa palabra es como una segunda intensión. Al final siempre se descubre y decepciona. 4: Evitar el ritmo y la musicalidad de los poetas que se admira. Hay que matar en uno toda influencia para empezar a escuchar su verdadera voz. 5: Esquivar temas trascendentales como el amor y la muerte, como lo decía Rilke, habría que luchar contra una tradición que lo ha hecho brillantemente. 6: Si se hace bien todo lo anterior el poema que se escriba es un poema que muestra y representa. 7: Escribir superfluo es como un golpe en el pecho, corta la respiración. 8: Escribir si no se puede hacer otra cosa. Si es así, la poesía es todos los días. Escuché decir que la poesía el día festivo de la semana. Pero también es los otros días. 

Si el mundo se fuera a acabar dentro de 24 horas y usted quisiera habitar lo más poéticamente el mundo, es decir, siendo lo más usted posible, sin restricciones de ningún tipo ¿Qué haría en sus últimas 24 horas? No se salga por la tangente. Responda seriamente. 
La verdad es que haría lo mismo que venía haciendo. Un amigo decía que escribía en su cuaderno, cuando estaba en el colegio, todos los días: Hoy es un buen día para morir. Sería bello repetirlo ese día. Pero si hay cositas que he pensado y me contengo por cortesía. Pero si las he pensado es porque de alguna manera las he anhelado. La primera: tirar una serpiente venenosa en el concejo municipal y cerrar la puerta con llave. Segunda: desnudarme y hacer las mismas cosas que hago vestido. Tercera: tirar un pedo químico en una de las oficinas de apuestas o chance y decir desafiante que fui yo. Cuarta: no escribir ese día porque eso me quitaría tiempo. Quinta: orinar la puerta de un centro comercial. 

Usted es un poeta inédito, mándele a todos los poetas inéditos, como usted, un mensaje. Algo que se diría a usted mismo si ya no lo fuera? 
Ah, que no pidan perdón por sus textos. Si el texto no se defiende por si solo es una inocentada del autor. Es dañino escribir para que otro te apruebe. Lo importante es sentir lo que se hace. Escribir o no escribir no es la cuestión. Si puede abandonar la escritura ¡adelante! Se habrá librado de una carga de abismos, pero, si no puede huir entonces sumérjase y encárese. Descubrirá, con los días, así no lo acepte, que la tristeza seca la carne, pero que, como decía el escritor español Luis Bonilla, es preferible ser flaco que famoso.