Desperté con muchas ganas de verte. Entonces me dije: "¿Por qué no la ves? Pensé "¿Por qué no la veo?". Cabrón, si eres una gueva, en vez de decírtelo a ti mismo, como si eso bastara, mejor decírselo a ella. Si Cabrón, escribile, al menos, si no te atreves a llamarla, que "te gustaría verla y abrazarla, verla reír y guiñarle un ojo". Ah... y si no puedes escribir nada interesante, cosa que te sucede con frecuencia, ve al grano, escríbele esto: "Quiero verte".

Mientras me decidía anocheció y me encontré frente a la cama, con una copa de vino vacía. Ella era otro puñal perdido. Otro camino sin ruta. Mis pasos dibujan la figura de una mujer. Mis pasos dibujan la huida de una mujer.

Sabía que ella no era la mujer que quería de compañía. Aunque me caía bien había algo en su olor que no me agradaba. Olerla me hacía sentir violento. No podía decirle: “mira nena, es que no me gusta cómo hueles y esa es la razón por la que no podemos estar juntos”.

Yo era, en cambio, el hombre que ella quería de compañía. Conmigo ella podía SER sin necesidad de fingir. Pero había estado tan esquivo, tan intocable que ella no podía decirme: “mira nene, es que me gustas en serio y te quiero a mi lado por muchos días”.

Ella estaba interesada en mí y eso era un acontecimiento en mi historia de desencuentros amorosos. Por eso empecé a responder a un juego que no me interesaba jugar. Lo que me atraía era la idea de que yo le gustara.

Tal vez, aquella noche, en la que nos encontramos en aquel bar de mala muerte, quería que las cosas llegaran hasta dónde llegaron. Recuerdo que mientras evité hablar, ella me dijo, sin anestesia, sin tiempo de pensar una contra respuesta:

- No entiendo el por qué te niegas a estar juntos si la pasamos tan bien, además ambos nos gustamos.

Sabía que ella, en su naturaleza, no era la mujer que podía clavarme sus miradas y sus uñas en el corazón. Le faltaba delgadez, oler a ella sin intermediarios químicos, acudir al médico para que la ayudara con la rinitis, tonificar su trasero y afeitarse el mentón antes de dar un beso. Faltaba que ella me gustara.

Noches atrás nos habíamos encontrado en una fiesta de una amiga. No me imaginé que ella estaría allí esperándome. Ella me saludó y me invitó a fumar. Salimos al balcón y hablamos, mejor dicho, la escuché. Por cada tres palabras de ella un sorbo de ron. Preferí atontarme con licor a decirle que no estaba interesado en su historia y sus sueños. El licor hizo su efecto y la besé, pero sentí que besaba a un adolescente recién afeitado. No pude volverla a besar.

Después de esa noche estaba decido a decirle: No, no más, chao. La llamé. Nos sentamos en el bar de mala muerte y al final de la noche, contra todo pronóstico, resulté en la casa de ella, en la cama de ella, al rincón de ella. Me excitaba hacer mal las cosas para tener el placer de pensar cómo salir bien librado. Sentí su mano en mi espalda. Nos tocamos. Le pedí un preservativo. Justo cuando me lo estaba poniendo: pissssss… se acabó la función. Le dije que el preservativo estaba malo y así yo no le iba. Cómo puede me lo quité y lo metí dentro del zapato para que ella no sospechara de mi precocidad.

- ¿Te gusto? –dijo ella.

- Ehhh… bueno…

- Y si te gusto y me gustas ¿Por qué no lo intentamos? Lo que creo es que tienes miedo y por eso te previenes.

- Puede ser. También puede no ser. Lo que creo es que nos buscamos por miedo a estar solos. Llevamos tanto tiempo sin pareja que podemos aferrarnos ciegos a una mentira.

- Florentino, porque no te dejas de rodeos y dices lo que piensas.

- Ehhh… bueno… no… nada… pienso… eh… que hoy es la última vez que te busco. Quiero dejar las cosas así, inconclusas, para que nos recordemos sin daños. Haré lo posible, por el bien de los dos, en evitarte.

- Porque no te dejas de teorías y admites que tienes miedo.

- No tengo miedo. Creo. De verdad creo… que deberíamos dormirnos porque tengo que madrugar.

Trataba de cerrar los ojos, pero el olor a desinfectante mezclado con crema de manos para bebé y el sudor de su cuerpo me incomodaba. Quería no estar con ella. Llegué a sentir repulsión. Imaginé que la ahogaba con la almohada y entre más nítida era la imagen del homicidio más deseo sentía por ella. La vi bella, deseable y la busqué. Nos besamos y nos tocamos sin quitarnos la ropa.

En la mañana, al despedirnos, ella sonrió. Su sonrisa era de triunfo. Sonreí porque ante ella, ante mí, de nuevo era un ser fragmentado, un ser que había hecho lo contrario de lo que había pensado y dicho. Un ser vacío, con los ojos vidriosos bajo el cielo azul de las ocho de la mañana.
Ruido y viento.
Viento en las coyunturas de los dedos.
Sus ojos dos acertijos.
Loca hermosa.
Loca hermosa.
Loca chiquitica.
Loca marciana.
Encendimos la tarde con entusiasmos.
Fuimos dos locos por el centro de Medellín.
Las calles eran una marca de labial en un pañuelo olvidado.
Medellín de conjuros en ruina, de amantes cansados.

Viento y humo
Loca hermosa, no sabemos el amor,
por eso hablamos.
Amar lo perdido para no anhelarlo.
Amar la herida para que no duela.
Amar te loquita hermosa.

Viento y abrazo,
beso de media luna.
Sus 20 y mis 28 años sumaron dos bocas.

Viento y viento.
Ella se fue entre el viento
Vino con el viento.
Loquita hermosa.
Adiós loquita hermosa.
Ella se fue sin fecha.
Yo me quedé trabado y con la intención de desvestirla.

Hartarse de respirar, de creer que la mujer que quieres aparecerá de pronto y te dará un puto beso, de mirar por la ventana las mismas nubes y asombrarse porque todavía eres un romanticismo pasado de moda, de usar bufandas porque es el accesorio del siglo XXI.

Hartarse de que los amigos aparezcan con discursos vitalistas y luego se marchen dejándote a oscuras, de leer y no recordar, de escupir sin que nadie te vea, de no poder desprenderse de la madre porque cocina muy rico.

Hartarse de que amor sea solo una función de un cajero automático y no tengas cuenta bancaria para el cortejo, de que el sexo deba padecerse para sentirse mamífero y eterno, de que la soledad te siga halando las piernas antes de dormir y se te burle por triste, de que cuente hasta diez y nada suceda, de que a muchos kilómetros estén los senos que tanto te deleitan en la mujer que ya no delitas.

Hartarse de la sombra, de las entradas prolongadas, del bruxismo agravado, de la hipermetropía y el astigmatismo, del estómago delicado, de ocio adictivo, del pájaro que canta menos porque no le gusta la jaula rectangular de la loca sin alpiste, de la barba que aparece, de las orejas que crecen, del reloj que te dieron para que te digan señor en la calle, del teléfono que no suena porque no te interesa hablar sin mirar a los ojos, de los años que te inmovilizan, de las mujeres que ves en el metro y no vuelves a ver, de los artistas que creen que pueden salvar el mundo porque son flacos y buena vibra, de los evangelistas que profetizan el paraíso y no soportan la picadura de un zancudo.

Hartase hasta que los ojos se pongan rojos, hasta que las cervezas estén vacías, hasta que a la cama vuelva una copiloto, hasta que se acepte que no hay remedio, que todo está jodido, que las ciudades se tragan los espíritus, que los cuerpos nacen sin alma, que la muerte se divierte de tanto vivo muerto y por eso se lleva a los vivos vivos.

Hartarse para estar en domingo toda la semana, besar sin deseo, comer de gula, hablar de solo, caminar sin rumbo. Hartarse, hartarse, hartarse… de una buena vez hartarse y ser indecente para hartar al otro y hartarse menos uno mismo.
NO te escribiré más si eso es lo que quieres. Seré breve entonces. Basta de esperanzas, de juegos invalidos del corazón. Pero mi corazón invalido te dice adios con un te quiero entre latido y latido. Aún eres magia que derrota la ausencia. En fin, querida mía, hasta que el azar se acuerde de nosotros.
Saludes a Catalina, la gata que nunca quise.
Encontrarse a una persona que no tenga un raspón en las rodillas y los codos es un descubrimiento a tomar en cuenta. Porque las cicatrices son recuerdos en relieve que develan que hubo un sueño o una lección importante.

Recuerdo una caída monumental. Estaba en sesto y mamá me había dado una bicicleta verde marca Arvar. Con varios amigos nos íbamos en las tardes a patrullar la carretera de la vereda. Queríamos aprender a pedalear de pie y ser ciclistas expertos.

Cierta vez, un sábado, mamá me dijo que fuera por la leche. Tomé la bici porque había que atravesar la vereda. Sentía el viento y las manos temblaban en el manubrio al pasar las rocas y los huecos. No había nada más mágico.

De regreso a casa vi a una niña que me gustaba. Su mamá la peinaba. Me acomodé la mochila en la que llevaba la leche. Empecé a pedalear de pie para que ella me viera. Justo frente a su mamá caí sobre la barra y luego al suelo. Me levanté como pude. La botella de coca-cola litro y medio en la que traía la leche se quebró. Intenté pedalear pero la cadena se había enredado. La niña y la mamá fueron en mi ayuda. Les dije que no había pasado nada y me monté en la bici. Cuando me aseguré de que ellas no me veían me miré los codos y las rodillas. Estaba raspado. Entonces lloré y descubrí que los hombres si lloran y el amor era una caída vergonzosa.

Me caí muchas veces y por ello desconfío de aquellos que no tienen cicatrices. Por lo regular son el tipo de personas que hacen un escándalo porque los picó un mosquito o les salió una espinilla en la nariz. Son los que caminan hasta donde llegue la señal del celular. Son los que viajan y se fotografían desde todos los ángulos posibles para poder tener tema de conversación. Son los que no se atreven a cambiar de rutinas. Son los que temen volver a la infancia donde rasparse las rodillas no era un evento traumático.
Me desperté con la respiración entre cortada. Había soñado que estaba iracundo entre las sombras. Fui a la cocina por un vaso de agua y volví a acostarme.

Al día siguiente tenía una cita con una amiga. Ella me había invitado a caminar a su pueblo natal. Comparamos una caja de vino tinto, frutas, agua y panes. Llegamos a una quebrada. Extendimos una sábana y nos comimos los panes con mantequilla. Ella extrajo de su bolso una pipa y fumamos marihuana. Nos tocamos. Los movimientos eran lentos. Los besos más profundos y secos. Nos apretamos y sentimos los cuerpos bajo la ropa. Pisss…

Desde hacía unos días me sentía desconfiado de mis erecciones. Había llegado a un estado de plenitud que no hacía falta el deseo. Entonces cada encuentro duraba lo que duraba la primera erección. Después no había fuerza que hiciera erguir el pájaro. Cuando sucedió el estremecimiento quedé casi muerto y lo único que quería era dormir. Ella durmió conmigo.
Nos despertamos y tomamos vino. Fumamos más. Las nubes ennegrecieron el cielo y se escucharon los truenos. Decidimos marcharnos. Había que cruzar la quebrada descalzos. Luego subir una roca para llegar a un camino. Sobre la roca nos besamos. Empecé a olerla. Ella se sentó encima. La fricción de los cuerpos cada vez más violenta. Empezamos a gritar como animales en celo. Parecíamos gatos, lobos, perros cuando nos tocábamos. El deseo en un ambiente natural, rodeado de árboles, viento y agua era más instintivo.

Un trago de vino. Nos despedimos con un beso en la mejilla. Estaba cansado pero con ganas de seguir hasta el fondo. Quería más acción. Tenía sed de cuerpo. Llamé a una amiga que estaba cortejándome hacía unos días y que había evitado porque no me gustaba. Nos encontrarnos en su apartamento. Estaba recién bañada con el cabello mojado y suelto. Nos sentamos en un sofá. Ella trajo ron y cervezas. Nos besamos. Nos tocamos. La erección fue sofisticada y de aguante. Nos mordimos. Ella me tocó el miembro y yo llevé mis dedos a su sexo. Los gemidos y la furia. Con violencia nos revolcamos en el sofá, en el tapete, en la cama. Pisss…

Ella me abrazó y yo quería dormir al otro lado de la cama. Además no me había gustado que tuviera barba bajo el mentón. Tampoco que en los dedos me hubieran quedado grumos. Me eché saliva en los dedos y los limpié en la sábana. Ella con su lengua me rodeó la oreja y cerré los ojos. Estaba agotado y pensaba en como irme. No me arrepentía de lo que había sucedido pero no quería que se repitiera. Ella no me gustaba y estaba en su cama queriendo irme. Para no desespérame con las caricias fraguaba un plan de escape. Había decidido irme y no volver. Huiría definitivamente.

Abrí los ojos y ella estaba aferrada a mi pájaro. Me hizo el mejor sexo oral de los últimos suspiros. Sin besarla me aferré a ella. Sobre la pijama le hice presión a su vientre con mi pelvis. Empecé a sudar porque era una urgencia venirme para poder huir. Pisss…

Dormí otra hora. Ella tenía el desayuno servido. Ninguno habló. Lavé los platos. La miré y le dije chao. Ella dijo chao. Tomé el autobús rumbo a casa. La ciudad estaba gris. Una brisa empañaba los cristales. Limpié el vidrio. No tenía rabia
Instrucción 1
Cuando el hombre te salude piensa que tu novio no existe. Es necesario que no lo recuerdes para que puedas reír un poco menos si estas contenta y conservar la postura.

Instrucción 2
Es importante que intuyas el te quiero cuando el hombre te diga te quiero sin decir una palabra. Mírale los labios. Un sutil temblor te dirán lo que quieres saber.

Instrucción 3
Si quieres huir no dudes un instante. El amor es esquivo y entre más corras mejor para el destino. Para encontrar lo perdido hay que perderse. El hombre estará esperando con tu sonrisa en una bolsa de papel de regalo.

Instrucción 4
Si no tienes palabras se te recomienda en esta instrucción reír un poquito. Basta con estirar los labios, sacar la lengua o pararse de cabezas en el piso.

Instrucción 5
No te pases de coqueta porque es fundamentar ser descortés para asumir riesgos en el amor. Por ejemplo: dar un beso porque si, porque te dio la gana. No importa si el asombro llega sin medida, sin por qué, sin dónde. No sería asombro.

Instrucción 6
Cuídate de las conversaciones planas, de las caricias de memoria, de las miradas a las tres de la tarde, de querer por rutina, de ser mamá antes que mujer. Para ese malestar no hay aspirinas.

Instrucción 7
Asegúrate que el hombre tenga las partes del cuerpo completas. Las orejas en las orejas, los pies en los pies, las manos en las manos, la boca en la boca... ¡Imagínate si el hombre te hablara por la nariz y te mirara por el pecho! El amor sería un desorden emocional. Luego de verificar las partes del cuerpo busca un imperfecto: la verruga en el dedo, el diente negro, la oreja pequeña, la cicatriz… Es el imperfecto el conducto para acceder al corazón del hombre.
Esta noche amor te doblo en mil pedazos. No estoy dispuesto a que sigas habitando todos los espacios. Necesito respirar y entender que sin mujer también se respira. Hay otras cosas: El ocaso, el niño que saluda sin motivo, el amigo que te acompaña a ser silencio.

Esta noche amor te doy la espalda. Empiezo a entender que para follar sin que sea un asunto traumático hay que admitir que no todo es follar. Es necesario eyacular para adentro y que la esperma te suba al cerebro. Entonces se es erotismo y no un impulso erótico.

Esta noche, amor, renuncio al cuerpo desnudo de una mujer, a sus senos tan perfectos a mis dedos y boca, a la idea de que sin ella estoy medio. Porque uno no es medio. Uno es uno. Dios es uno. Lo otro es lo otro. Uno es y punto.

Esta noche amor eres una de las cosas que no uso. Adiós a la cursilería, al anhelo, a mis gestos autistas, mi sonrisita de niño rebelde, mi simpatía fingida, mis carticas inútiles. Es necesario sacudirse y quitarse la viruta del cuerpo, la capa gelatinosa que obstaculiza la vista de las estrellas, las nubes, la luna. Esta noche el amor es alimento para ratones.






¿Si hacemos el amor estarías dispuesta a no fingir la permanencia?
El deseo duerme y no duerme. Me confundo esperando y no esperando. Respiro y me da tos. Me angustio a propósito para somatizar el vacío.
No me gustas porque soy vanidoso y solo escucho cuando me halagan y los halagos serían otra cosa contigo. Me cuadricula la estética. Soy ciego por culpa de la belleza. Confieso esto porque no tengo nada contra ti. Me agrada tu conversación, tu disposición a la entrega, tus ganas de mí, tus coqueteos suspensivos. Pero, para que no haya mal entendido, el problema es que no eres flaca ni tetona.

Te entiendo. Estoy de tu bando. También odio mi sed de ojo, mi puta manía de enamorarme de lo que veo y desear un cuerpo diferente cada tarde después de que las mujeres salen uniformadas del trabajo.

Ya que sabes lo que siento, te digo otra cosa. Me preocupa no saber mirar piel adentro. Sé que piel adentro ninguna mujer se te compara. Pero me interesa más la piel.

Tal vez me quede solo. Tal vez mi castigo sea ver y no conseguir lo que veo. Tal vez el amor, daga clavada en el pecho, se quede daga en el pecho. Tal vez no ame porque me decepciono muy fácil. Tal vez mi mal sana actitud… tal vez… lo supongo… tal vez… signifique… tal vez… que no te guste.


No quiero un harem. Con una mujer basta. Saben los amantes que una mujer es todas las mujeres si puede sostener una conversación desprovista de cosméticos baratos y caprichos de mercado, sin hacer el índice alfabético de novios que soportan los amiguitos mariquitas.

La mujer que puede decir no y mandarte a la mierda en cualquier momento es la mujer para sentir con los cinco sentidos. Es la mujer que te agua los ojos cuando es herida y recuerdo. Es la mujer de intención dirigida. Es la mujer para odiar y amar sin piedad. Es la mujer que se ve sin la estítica contaminada de la retina. Por eso no importa si es gorda y se asfixia en la cama, si su cuerpo escultural carece de bríos, si sus manos son en miniatura y es lubrica hasta dormida, si es rubia e invoca desnuda a su hermano para protegerse del amor. No importa si es extraña días después. Si esa mujer se atreve a tocar y sentir como la sienten, es que también pensó en la certeza de la entrega, del entusiasmo sin planes. Luego, ella sabe, no importa el luego. Entonces no duele la soledad después de haber querido a esa mujer de infarto.

A cada mujer que he querido la quise de caída libre al abrazo sin escatimar locura para sentir escalofríos. Los amigos dicen que son más de algunas mujeres. Para mí todas son una. Una y nada más que una en su momento. Lo que pasa es que no me niego al olvido. Me aterra convertirme en un hombrecillo-guerrero-pabellón-cadáveres-amores-inconclusos. La que se fue se fue. Claro, olvido no quiere decir huida.

Todavía creo en la magia. Todavía creo en la vida. Todavía quiero continuar el viaje sin cargas ni fantasmas en el corazón. Todavía sueño con esa mujer a la otra orilla de la cama. Todavía tengo besos en los labios y se me para cuando beso. Todavía creo que es posible anclar mis suspiros en el pecho de una emisaria de las estrellas.

Vuelvo y repito: con una mujer basta. Con una mujer que lubrique abrazos y no se crea el cuento de princesita en espera de guerreritos con escudos de hojalatas llenos de espermatozoides dispuestos a vencer su virginidad sin conquistar su corazón.





El martes de la semana pasada tumbaron uno de los árboles emblemáticos de la Universidad de Antioquia. Era el árbol fálico de la jardinera principal. Tenía una protuberancia varonil envidiable. Primero le cortaron el falo. Luego todo el árbol. Nadie se manifestó porque en Medellín los árboles no importan. Por algo nos matamos con la misma disposición que vamos a misa.

Somos naturaleza en descomposición. Nuestra lógica, la citadina, fruto descompuesto. No sentimos y creemos que eso es pensar y pensar bien. Cuando era más importante el árbol viril que todos los planos futuristas de la ciudad industrial. A desenterrar todas las raíces de la tierra y desterrar las aves y las mariposas de Medellín porque son indignas al cemento y progreso.

En Medellín ya no preocupa el origen. Medellín la generación del Metro, los parques sin árboles, las fabricas de confecciones, las balas perdidas y los atracos. La generación de la indiferencia. Indiferencia por la paloma sin nido, el grillo sin hojas, el pájaro sin ramas, el viento sin sombra. Que muera todo porque en la ciudad lo único importante es que nada es importante.

¡Si en Medellín miraran las montañas con árboles y pájaros y antioqueños! Pero la indiferencia prefiere un par de tetas, una garrafa de aguardiente y un sancocho de gallina. Luego un portátil.

Nos gusta la grasa y los tiros al aire. Nos gusta el gris en todas sus posibilidades. Nos gusta la mujer del prójimo porque está operada y es la del prójimo. Si fuera la nuestra sería feliz el prójimo. Nos gusta el árbol para leña. Nos gusta la panza llena para no pensar. Nos gusta el ruido para no escucharnos. Nos gusta los negocios para competir y eliminar. Que se muera el que se muera, igual en Medellín nacimos muertos.

En Medellín se nos olvidó que sale el sol y es un desprestigio la aguapanela, la arepa con mantequilla de vaca, las mujeres con las mejillas rosadas del frío de la montaña.

Medellín sin arcoíris. Medellín sin luna y sin poesía porque se olvidó que en la montaña la luna despoja al poeta de su alma y hace de la poesía zancudos. Pero en Medellín matamos los zancudos con desinfectantes y olvidos de grueso calibre.


El abuelo paterno fue lo único que le agradecí a mi padre. Recuerdo que a mis 7 años estaba sentado con mi abuelo en el patio de la casa. La casa era una hacienda cafetera ubicada en la vereda el Uvital del municipio de Fredonia. Había un patio empedrado con una banca de madera. Mi abuelo solía sentarse en la banca en las tardes. La abuela nos llevaba café con tostadas untadas de mantequilla de vaca.

El abuelo era blanco y se le veía la barriga. Más que blanco el abuelo era rosado. El abuelo apoyaba las manos sobre la barriga y miraba el cielo. Tarde tras tarde me sentaba con él a mirar las nubes. No hacia falta las palabras. Él miraba no se qué que lo enternecía y yo juagaba con dinosaurios gigantes de algodón. Pero una tarde el abuelo señaló el cielo con la mano derecha y me dijo: “no se olvide, nunca se olvide de mirar arriba para que no le sea insoportable respirar.” Luego puso su mano en mi hombro.

Después de la muerte del abuelo el recuerdo del abuelo era un pedazo de cielo que hería. Fui creciendo, haciéndome terrestre para mirarle el sexo al amor. Elegí la equivocación por voluntad. La adolescencia un agujero de amarguras insondables. Me escondí de la inmensidad y las nubes. Me volví impaciente. Me emborraché. Dormí en la calle con el olor de una entre pierna en los dedos. Peleé cara a cara con la muerte. Besé tantas bocas que no recuerdo. Me permití tantos enamoramientos como decepciones. Busqué el llanto para elevar la mirada a las nubes.

Quise vivir el amor como una llamarada que ardía por última vez. Por eso deseaba por desear sin cerciorarme si a la que deseaba quería ser deseada. Entonces me emputaba conmigo mismo y me enamoraba para buscar un infarto por erección y entusiasmo a destiempo.

Pero, al final, uno descubre que una sonrisa es más importante que todas las promesas mercantiles del progreso y las normas de convivencia. Más efectiva que las teorías filosóficas y los horarios de oficina. Igual de reconciliadora que los grillos, las ranas y las noches estrelladas. Y me gustó como sonrió Mayra anoche. Estaba hermosa y distante. Hermosa y con sueño. Hermosa y callada. Hermosa e intocable. Hermosa y un mensaje mudo: “Pelao, me gusta la magia. Pero algo falta. Falta saltar al cuerpo. No sé. Como que quiero a ratos.”
Igual, mirar la sonrisa de Mayra me remitió al abuelo. Te recordé abuelo, viejo barrigón y amado:

- Viejo apenas te entiendo. Me enseñaste a sonreír de nuevo. La sonrisa espanta el miedo. La sonrisa enternece como el agua dulce. Aunque, viejo, con Mayra no sé. La sonrisa me confunde. Deberías ayudarme. Soy muy ingenuo y evidente. Tal vez por eso Mayra me mira y me hace sentir piloto sin instrucciones de vuelo, ángel desterrado del cielo, viento sin árbol. Como si quisiera y no quisiera. Fuera y no fuera. Pasara y no pasara. Llegara y no llegara. Como una visión en celofán. Como si Mayra mirara golondrinas para alejar a los intrusos del misterio de sus ojos. Viejo, la verdad, estoy en aprietos porque me gustan las nubes y la sonrisa de Mayra.
Y veo como el que ve y no se gusta solo porque no tiene a quien abrazar cuando se estremece con las nubes. Entonces sé que ella, viejo, no responderá a mi llamado porque teme quedarse conmigo a contarle lunares a la noche. Ella teme que un beso le mate sus golondrinas. De que ese quererme a ratos sea un querer de más tiempo. Porque ella utiliza ese querer a ratos como un pretexto para no tomar la iniciativa. No conmigo que leo señales y de pronto las entiendo. Pero, viejo, son temores que no quiero entender porque quiero sentir más que pensar en sentir. Así que a ella sus temores y a mí las nubes.

Miro las nubes y les hago preguntas. Siguen su continúa marcha. Siempre las mismas nubes. Nada en ellas cambia. Sin embargo son otra cosa, como las angustias, distintas. Rondan, pasan, se van, vuelven, maravillan, dibujan el rostro de Mayra, desaparecen, aparecen y son una angustia insoportable pero vital y necesaria.

Luego las nubes desdibujan el rostro de Mayra porque más arriba y más abajo de las nubes están la divinidad y el misterio. Entonces no importa nada. Una mano de nube es el cielo. Una mano que me toca el hombro como se toca un recuerdo. Una mano que me enseña que tanto afuera como dentro del corazón las nubes son la misma cosa distinta. El mismo rostro del abuelo con los ojos cerrados.

Días sin leer, sin pensar, sin escribir, sin beber, sin amar, sin llorar, sin huir. Así justifica la bondad el impotente.
No te he hablado así como te veo. No me has hablado así como me ves. Estamos ahí. Preferimos la niebla para conservar el misterio de la piel. Tal vez el aburrimiento nos espante más que el amor. Tal vez.
Estas ganas de vos preguntan por ti. Les respondo que te veo en la tarde. Entonces mis ganas de vos dan un salto mortal. Un ataque de alegría las baña. Mis ganas de llamarte son más comunicátivas y marcan tu número telefónico. Te saludan y te dicen que mis ganas de vos escribieron en el aire, en un salto mortal sin presedente: "Me gustas".
Entramos al turco. Ella iba con un vestido de baño insinuante. Yo con una pantaloneta de baño narigona. El vapor me hinchaba las mejillas. Pero el deseo ardía más bajo la piel. Así que ni sentía el vapor.

- Creo que seríamos buenos amantes, dije.

- ¿Por qué lo dices?

- Bueno, hemos sido sinceros. Hacemos lo que queremos. No seríamos mojigatos. Nos permitiríamos la perversión sin torturas.

- Puede ser. Pero como que está caliente el turco.

- No me parece, pero si quiere salimos a la otra sala, la de menos vapor.

- Si, es mejor.

Nos sentamos. Haberme atrevido me excitó. No quería esconder lo que sentía. Estaba erecto. Incomodaba estar así frente a ella. Era peor que estar desnudo. En el turco había poca gente. Me senté con los pies abiertos con todo el pecado eréctil. Ella miró de reojo.

- Está como tarde, dijo ella.

- Si, pero tarde ¿para qué?

- No sé.

- Lo que pasa es que estas asustada. Te gusta el riesgo y no te gusta admitirlo. Odias a los hombres que se pasan de atentos. Te aburre una relación sin tención. Aunque buscas compromiso quieres asegurarte vértigo. Si te casas conseguirás un amante porque el marido te es suficiente. Eres insaciable. Lo sabes.

- Para. No es justo que me digas esas cosas. Además estoy enamorada. Sabes como soy enamorada. Él tiene automóvil. Me lleva al trabajo. Es cordial. Me llama y salimos juntos. Pero aún no se atreve a nada. Pero quiero con él.

- Ehhh… bueno… me alegra… pero…

- ¡Hasta ahí!

- Fresca, era solo un beso. Eso me calma la erección.
Ante la ventana maldigo tu nombre
porque no puedo alzar la bocina del teléfono
e invitarte a mi lecho.

Hacer las ganas de ti posibles.
Quedarnos desnudos
esta madrugada de verano.
Mirarte a los ojos de cerca.

Pero no,
no estas,
no estarás.
No habrá lecho
ni madrugada ni labios.
Solo esta ventana con un pedazo de cielo.
En el cielo suelto mis señales.
Escribo con nube la palabra milagro.
Todo es posible.

Pero maldigo tu nombre.
Tu puto nombre.
Me falta putamente.