No acostumbro escribirles a desconocidos, pero quiero contestar a un comentario hecho en el artículo pasado por un individuo que se hace llamar Perdiendo el tiempo.

Aclaro, en ningún momento quise denigrar de nadie. Hablé desde el aprecio que tengo por cada una de las personas involucradas. Y cada una de ellas, como usted, querido Perdiendo el tiempo, winnie pooh, me son como ositos de peluche.

En este texto te propongo un juego. Seré yo, esto que mal escribe, a las dos de la mañana y usted es mi winnie pooh. Mi querido osito, le suelto una máxima: Hay mucha gente juzgando por ahí de la misma manera como se rascan un codo. Pero, ¿qué alguien les rasque el codo? un problema de orden nacional.

En tu silencio de receptor (para eso te utilizo en este texto) debes estar asustado con mis afectos personales, problemas de faldas, manías sexuales con las personas que aparecen y desaparecen por estos textos. Pero no te asustes. No va al caso. Cada uno es un universo de universos. El mío tiene algo del suyo y el suyo del mío. Llegará el momento en que yo escuche tu mundo, el de los winnie pooh. Probablemente me duerma y te deje hablando solo. Porque a diferencia tuya pertenezco a los hombres que son hormiguitas ante el sol con preocupaciones de elefantes. Por eso soy el emisor en este texto.

Su seudónimo me agrada: Perdiendo el tiempo, le queda de maravilla. Pues es lo que usted hace en este blog.

Y si estoy solo, triste, atormentado. Te ves bien al rincón de la cama escuchándome sin protestar. Estado perfecto de las relaciones intimas. Debe existir un ser pasivo en una relación para que no se quiebre la idea del amor. Tal vez lleguemos a ser una buena pareja. Yo con mis asuntos (ser activo) y vos mi gran oreja disponible (ser pasivo). Después, líneas adelante, te demostraré que el amor no existe. Al menos el convencional.

Pero todo lo que escucha asume el deber de dar soluciones. En apariencia el más callado es el más sabio. Y te delego una tarea simple, por ser el más sabio. Preséntame una niña, medio ninfómana, con mirada felina, bruja a mis 5 sentidos. Le quedaría altamente agradecido. Hasta le escucharía una que otra palabra. Pero, recuerda bien, ella debe tener senos grandes, unos que le roben miradas al deseo y sobre todo que me dé dos días de vacaciones por semana. Tiempo suficiente para extrañar sus senos.

Estoy solo y triste. Infinitamente triste. Tan triste que la tristeza se entristece de verme. Una tristeza de plomo. Se me doblan los pies. Una tristeza que me comprime el pecho y hace que todos los días me vea otro ante el espejo. Imagino que a vos esas cosas no te pasan. Te ves tan tierno, al lado de la cama, que no imagino tristeza alguna rondándote.

Vuelvo a la tristeza. Quise a una mujer, a muchas mujeres, pero todas se asustan. Me gusta asustarlas. Habrá una en algún lugar que me asuste y con esa me quedaré. Hace poco me asustó una. Acto seguido le puse poemas en su carro, le leí por teléfono, le declaré mis sentimientos. Me entusiasmé. Incluso, hice el intento de no buscar otras mujeres. La esperaba. Me agotó la espera. Es difícil cuando el amado no da el brazo a torcer y no es amante un ratico. Estaba solo queriéndola y queriéndome. Era injusto. O ¿qué piensas mi osito?

Vuelvo a la soledad. Estoy solo. Tan solo como una telaraña en una casa fantasma. Tan solo como un árbol seco en mitad del bosque. Cosa que a todos asusta. Y prefiero estar solo e incompleto y no acompañado e incompleto. Asumo las consecuencias de mis actos.

Querido Perdiendo el tiempo. Cuando despiertes de este sueño de winnie pooh que le impongo y le interesa alguna represaría: Vivo en Girardota, no ando armado. Podes escribirme y acudiré a cualquier cita. Ojala me adelantes los tramites con la muerte.

Vuelvo a la soledad y a la tristeza. Estoy solo y triste por descubrir que el amor no existe. En todas las cagadas cometidas, estudio riguroso del deseo y los impulsos, afirmo que el amor no existe. Es una ilusión. Al menos ese amor fachada. Ese amor a mí me aburre.

El amor no es una promesa a prueba de incendios, un beso de peso pesado, una metáfora de la felicidad, un helado de ron con pasas, una caricia sincera, un idilio exiliado del Edén.

El amor no es la octava maravilla y el deseo que nos gobierna y nos dirige toda la vida. Hablo de ese amor que nos enseñaron en casa, en el colegio y que todos los días nos meten por los ojos los medios de comunicación. Al menos vos, porque no sentís, estas libre de culpa. No has experimentado cuando la sensación quiebra toda voluntad. entonces cuando optas por un no ya habías concedido centeres de si.

El amor inculcado es un espejismo. Te lo revelo por si te interesa enamorarte mi osito de peluche, mi Perdiendo el tiempo con lanitas en cada letra, mi copito de resentimiento, mi orejita disponible, mi silencio de ternuras infinitas. El amor es un sentimiento de cristal. La mujer es de porcelana y el hombre el trapo que le da brillo. Por eso se nos quiebra en las manos cuando no coincide con lo imaginado. Se nos convierte en un cuento de hadas vivido en el infierno.

Y sí existe el amor no es un amor de postales, de llamadas telefónicas, de te quieros aprendidos de memoria, de suspiros imitados de las novelas de RCN, de línea recta, de risa sin dientes. No es un sentimiento puro ni un equilibrio. Es un brinco a los extremos. Está turbio

Miremos el amor como el agua de un estanque. El agua la vemos trasparente, cristalina. Así se nos dijo que debía ser el agua y así deberíamos tomarla. Bueno, pero ¿Que pasa si llueve o cae una roca o una cuerpo extraño al estanque? El agua se enturbia.

El agua turbia también hace parte del estanque. Creo, la parte más sincera. La roca, el tronco que cae al estanque puede ser una mujer o un hombre (según tus inclinaciones). El cuerpo extraño cae y alborota el estanque. Entonces el fondo se alza y sube. Ese fondo son las pasiones, los deseos, las perversiones que nos gobiernan y tememos. Es el odio bajo el amor, el deseo de matar después de haber sido victimas de la más bella ternura, el otro lado del amor, el oculto, el que no se nos ha enseñado, el que no figura en los manuales de conquista. Es la oscuridad hecha luz. Es ahí donde un taburetazo se siente igual que un beso, con la misma perplejidad y desconcierto.

El amor es un sentimiento enfermizo, mi querido Perdiendo el tiempo, personaje de peluche. Por eso, porque no existe el amor es que creo firmemente en Dios y te delego la misión de que me presentes una nena. Recuerda, debe ser tetona para sentir primero la ausencia en los labios. Te quedaría muy agradecido.
Me dijo un amigo que estaba estancado. Que si, mis textos eran ágiles y transparentes, pero sentía que había algo, un no se qué en o se dónde que me frenaba.

Querido amigo, estas en toda la razón. Hay una no se qué en no se dónde que me contiene. Últimamente me da miedo escribir con todo mi desgarramiento. Es tanto que oculto su identidad para no involucrarte.

Hace unas semanas una mujer, involucrada en mi blog, este el que estas leyendo, lector metido y desocupado, se enojó. Me dijo que no tenía derecho a utilizar su nombre para mis textos, que no todo era literatura, que la respetara, que ella no era un personaje público y nadie tenía derecho a saber de sus intimidades.

Eso me generó un problema. Pensé que tal vez ella estaba en lo cierto y que nadie tenía la culpa de mis enfermedades. Mis problemas afectivos, casi patológicos, son míos y de nadie más. A ella le dije que fresca, que se relajara, le estaba dando un poco de inmortalidad. Puro miedo discursivo. Pero en el fondo le concedía todos sus reclamos. Pero es duro aceptar los propios errores. Desde que exista la idea del otro a él se le pueden delegar todos los fracasos.

Pensé que había que perder la vergüenza y escribir sin miedo, arrojarse al vacío. Lo hice y las consecuencias no me gustan. Este blog es enfermizo. Pero aún así me gusta.
Y no sabes como me gustaría decir que te llamas Julio Cadavid, que sos músico y antropólogo, que la nena del reclamo se llama Sandy y todavía la siento, que perdí rastros de Yamile y me hace falta verla, pero no la buscaré porque ya le generé varios problemas. Que trataré ser mesurado y no escribir tanta huevonada. A ver si derrumbo el muro de la vergüenza.



Eras una película en la que yo no era extra. Sabía que sin importar lo que hiciera olvidarías mi nombre. No estoy hecho para hablarte como tampoco soy deportista, orador, bailarín, futurista. No coincidimos en la línea imaginaria del amor.

Tu amor asume el papel de protagonista. El mío de camarógrafo. Registro al mismo tiempo que me entreno para el olvido.

Pasaste. No dije nada. Tu imagen se me quedó en las retinas. Subí la mirada a las nubes. Respiré. El amor era el gallinazo que surcaba el cielo.
Esa fue la pregunta con la que terminó ayer el documental sobre Jaime Garzón en la biblioteca pública Jacinto Benavente del municipio de Girardota.

El país está más corrupto y sin quien pueda debatirlos sin caer en la trampa del discurso meloso del político, me atrevo a contestar.

Es curioso, lo que decías sobre el robo en el congreso, la privatización de la educación pública, la crisis social por los conflictos armados, el cerebro de las reinas que se les fermentó en los glúteos… todavía, 9 años después, son vigentes.

Fuiste el último mártir. El último genio que se atrevió a decirle en la cara a la gente lo que se merecía que le dijeran. La vez que le dijiste a Valencia Cossio ladrón ( hoy ministro del Interior y justicia con un hermano con nexos paramilitares. Quien valiéndose de su cargo llamó al Fiscal General de la Nación para interferir por su hermano) y amarraste tus cajas de betún para evitar el hurto. A él como a muchos le pusiste el dedo en la llaga,y les tocaba, por impotencia, reír y evitar tus preguntas.

Ahora estamos muertos de miedo. Los paramilitares, como las cucarachas, se esparcieron por todo el país. Hay más paraguas, parafernalia, paramédicos, parapolíticos, paramicos, parapocos, paradojas, paranoia, parásitos, parapara…para abrir la boca primero hay que tragar entero, con dientes y todo. Luego, se puede comentar cosas escabrosas como esa noticia de los parapolíticos investigados por la Fiscalía puedan volver a la Corte Suprema. Es un país, el nuestro, un gallinero enjaulado. Afuera del corral se vive mejor pero no nos dejan salir. Encerraditas las gallinas no ven más allá del cerco y no conocen los privilegios de comer tres veces al día.

Te tocó el boom del narcotráfico, el Escobarismo, el Gavirismo, el Samperismo, el Pastranismo... Los sufriste y los ironizaste. Estuviste embolándoles los zapatos, pero eran ellos los que te embolaban. Resultaban menos astutos que un embolador, respondiendo a preguntas nuevas con respuestas repetidas desde hace 50 años. Les decías inocentes, brutos, indeseados, corruptos, huevones, hifueputas… y solo se les ocurría mostrar los dientes porque tú eras mueco. Pero ellos gruñían mientras vos mordías.

Recuerdo cuando le dijiste al hijo de Galán que lo que recordaba de su padre era que por una causa había que dar la vida. Ahora la vida ha perdido sentido. Nos enajenamos por miedo. Culpa de la educación que no es una educación para el individuo sino para la empresa, para el olvido, para la producción en serie del olvido. Si antes los estudiantes no pensaban ahora ni diferencian el verbo pensar del verbo cagar o comer. Lo peor es que los profesores apenas se diferencian de sus estudiantes por la edad. Se piensa en el país así como se come una bandeja paisa, mientras en la calle, los desplazados muerden cartón para no oxidar las mandíbulas.
Jaime, se nos llenó el país de cooperativas y pobreza. La estrategia es empobrecernos más y como ya no hay quien comente sin miedo, nos están dando el beso de Judas. Porque entre más pobre el pueblo más manipulable. Como el perro, cuando el pueblo tiene hambre, menea la cola y no mira más que con el hocico y el estómago. Entre más miserable más masa es el pueblo. Y digo lo de masa por volumen moldeable. Entonces los medios serían enormes manos que moldean la masa como cúmulo de maíz.

No te tocó la reelección de Uribe. Es lo peor que nos ha pasado. Nunca antes se había visto tantos congresistas encarcelados por nexos paramilitares. Siempre han robado, pero es que ahora roban con salvoconducto. No te tocó el desastre que nos ha hecho las novelas y los noticieros de Caracol y RCN, la huerta del palacio de Nariño. No te tocó la profesionalización del periodismo. Ese fenómeno del que tanto dudaste. El periodismo es una carrera universitaria. Los nuevos periodistas salen con bozal de la universidad y se creen mesías, y sí, son mesías dela estupidez y de las entrevistas por teléfono.

Desde ese 9 de agosto de 1999 el país sigue peor. Tus lágrimas que a muchos nos hicieron reír se frenaron en seco. Queda uno encabronado de que un tipo como vos haya sido victima de las pataletas de Castaño. Aún inmune a tan desastroso acto. Se te recuerda con el dolor de un Gaitán o Galán.

Jaime, seguimos tragando entero y celebrando el garrote que nos dan. Estarías con los pelos de punta si nos vieras en este momento.

Los enfermos se buscan. Se encuentran, se violentan, se contagian, se sufren, se ladran, se maltratan y cuando se alivian se marchan.

Estoy enfermo. Lo sé y mis actos son efectos segundarios. Padezco una mutación. Me transformo en perro. Con los días el perro que llevo dentro de mí es más autónomo.

Saberlo no sirve de nada. Igual las cosas llegan sin que pueda evitarlas. Voy perdiendo la batalla.

Últimamente exhibo mi animalidad sin vergüenza. Así como un perro menea la cola y ladra yo hablo y actúo

A veces, camino a casa, me acompañan unos panas. Lucas y los otros de la manada que cuidan en bar donde trabajo los fines de semana. Voy como si fuera parte de ellos. Alzo la pata y orino. Acto seguido ellos orinan conmigo. Sonrío y me asusto. Comparto mi humidad con ellos así como ellos comparten su animalidad conmigo. El puente es el orín. De alguna manera somos fraternos.

Hasta tengo una serie de poemas sobre un perro. Antes de que el perro alce la pata y… se titula. Algo de raro debe de haber en esos poemas. Tal vez es el registro de mi mutación.

Me comporto como un perro callejero. Soy un perro callejero. Me siento un perro callejero con cara de perro doméstico.

El fin de semana pasada, específicamente el domingo, amanecí con un guayabo puntudo. No tengo novia y no sabía que hacer para calmar el deseo. Y llamé a una pelada de Bello. Pactamos que venía a eso de las tres de la tarde.

Me bañé. Me estregué bien las pelotas. Verifiqué cada uno de mis órganos fueran aún míos y no del perro que me crece por dentro. A las tres estaba en la entrada de la iglesia más hombre que perro.

Caminamos hasta la casa. Me tomé un vaso de agua. Entramos a la pieza. Quise estar reposado y que ella hablara un poco. No quería que mi sed de ella me delatara. Me dijo hola y la besé.

Mierda. Me le tiré encima. Un animal. La desvestí y jugué con su cuerpo. Guao.

Quería penetrarla, saciar mi instinto. Cuando estuve dentro ella brincó y dijo que no, que afuera lo que quisiera. Adentro no. Ummm…

Fresca le dije. Tenía que demostrar que podía controlar la situación. En silencio miré el techo. Guao. Me preguntó si me vine y si eso era sexo. Le dijo no a las dos preguntas. Que ella no sabía que era eso y que tenía un trauma. Que algo en ella se activaba como mecanismo de defensa cuando las cosas se le salían de control. Cuando empezaba a sentir cosas que no entendía se alteraba y se alejaba como si eso fuera una herejía.

No me contestó y volví a su cuerpo. Guao. Lo mismo. El brinco y mi condición de iniciado. Guao. Mierda. Guao.

Me dijo que yo no estaba hecho para el amor y que mientras no dejara de idealizar a la mujer no estaría con ninguna. Cierto, dije, pero asumo mi soledad sino empeño mis sentidos en lo que siento. No quiero decirle a una mujer te quiero como deporte para llegar a su sexo. Si quiero follar follo y lo digo sin rodeos ni mentiras. Quiero decir te quiero cuando no me de miedo tirarme de cabeza al abismo sin importar si pierdo la vida. Con usted no se puede, me dijo.

Volví a su cuerpo, esta vez con más furia, con el ego herido y no busqué su sexo. Guao. Me le monté por detrás. Eché saliva en sus nalgas. Lamí su espalda. Me moví. Me fabriqué una penetración fuera de ella, pero en ella. Tenía que ladrar, de alguna manera ladrar, moverme, lamer, ladrar, guao, guao… Ladré sobre su espalda. Moje su espalda y cuando estaba listo para ser domesticado ella se fue. Guao. Adiós. Calle. Guao. Otra perrita. Guao.


Conozco un cuentista fracasado. Pero un episodio de su vida, para mí, es su único cuento digno de ser leído.

El cuentista está casado con una pintora. Desde que convive con ella su producción literaria disminuyó notoriamente.

Él dice que ya no tiene tiempo para sí mismo. En cambio la pintora puede estar con ella así él la acompañe. Esa es la gran diferencia entre ambos.

Cuando el cuentista siente que puede escribir y el cuento lo espera acostado sobre la página en blanco, y solo falta poner el lápiz sobre la hoja para que el cuento se mueva, se insinúe y aparezca por arte de magia, ella lo distrae. Él dice que no puede escribir mientras lo miran. Se siente intimidado. Algo le impide concentrarse con otros ojos.

El cuentista desiste de escribir, algo habitual en él. Se sienta al lado de su esposa y antes de comentarle su situación ella lo envuelve, sin escapatoria. Le habla de los proyectos de sus exposiciones, de sus cuadros, de la calidad de los pinceles, de la importancia de los pintores clásicos en la pintura contemporánea, de la diferencia entre la fotografía y la pintura. Luego le pide que le pose. El cuentista abatido, en silencio, posa y se queda en la misma posición por horas.

El cuentista se siente frustrado, lejos de su anhelo de ser el renovador de la literatura. No protesta. Cada vez siente que tiene menos palabras. Mira el techo y sigue, por inercia, las órdenes de la pintora. Qué el mentón un poco más arriba. No... a la izquierda... así... sí... ¡Perfecto!

Quizás mientras parece un sonámbulo recuerda cuando era soltero y se sentaba en su mesa de noche y escribía horas y horas y perdía la noción del tiempo. Escribía sin medida y sin interferencias. Tenía el mundo a disposición de sus manos. Su condición actual no era de su agrado.

El cuentista baja la mirada del techo y mira a su mujer. Sus ojos la interrogan. Tal vez esté indignado de sentirse observado, marioneta, limitado y cada vez más insatisfecho con su escritura. Ella le sonríe. El cuentista le dice que está cansado de posarle y que ha llegado el momento de escribir. Después de mucho tiempo habla, se hace sentir. Miró a su esposa. Empezaré por mi mismo. Seré un personaje de uno de mis cuentos. Un tipo de piel de cristal. Y para subsistir y continuar escribiendo, debes dejarme solo. Porque sí se me toca mucho, si se me molesta mucho, si no me das mi espacio, me tarjaré y romperé para siempre.
Hace unos días editaba un cuento. Lo leí. Luego fui a la cocina y me serví jugo de tomate. Me senté y le dije al autor que no lo mandara al concurso de cuento de la revista de la Universidad de Antioquia.

A ese texto le faltaba el autor. Ficcionar el amor no sirve si lo ves como un idilio y no como una enfermedad que te saca los sentimientos más macabros y angelicales.

Hay temas trillados como el amor, la muerte y la noche entre otros. Y no se puede escribir de ellos sino se parte de la propia experiencia. Porque desde que se maldijo al hombre con el lenguaje está escribiendo sobre los mismos asuntos. Hay una tradición de siglos con los mismos problemas. Sin la propia vos, sin el propio desgarramiento, no se puede decir nada propio.

No soy cuentista, es algo que tengo claro. El cuento es un género complicado. La brevedad, el ingenio, la precisión y la inmortalidad se juegan con cada palabra. Pero escribir cuento no es imposible. Cortazar, Poe, Chejov... lo hacían, se puede decir, a ojos cerrados. Pero eran ellos con sus ocurrencias y la literatura ya tiene sus nombres.

Mientras hablaba me decía que tenía que tirarme al vacío, dejar el temor, escribir con toda la furia que me nazca, no arrepentirme.

Al fin y al cabo, son mis impulsos, materia prima de mis ocurrencias. Basta de afanes de revoluciones literarias. Últimamente los escritores son más plagas que las cucarachas. Hago parte de esa plaga. Abundan. La escritura como exorcismo y no como cúmulo de premios.

Y no solo en la literatura, también en la vida, porque literatura sin vida es polvo y olvido. Gonzalo Rojas en uno de sus poemas decía que hay que cometer todos los errores posibles, sin arrepentimientos. Es decir, vivir. T. S. Eliot afirmaba lo mismo cuando decía que todo es un eterno principio. Entre más errores cometidos, más argumentos y sabiduría al empezar de nuevo.

La vergüenza nos castra. Entendemos la vida como una línea recta. Nacer, reproducir y morir. Cada hecho que despierta al niño interno es reprimido porque se es adulto. ¿Crecer para qué? ¿Para qué la vida sea un tablero con fechas y compromisos?

Cuando gozamos, es casi inmediato el arrepentimiento. Como si fuera pecado olvidarse del mundo, en esa embriaguez de la consumación de los sentidos. Como si nos fuera prohibido la plenitud de la embriagues. Si estar ebrios es atreverse a la ocurrencia. Y no hay nada tan espontáneo, tan de uno como la ocurrencia. Relaciones que solo a uno se le ocurren. Incoherencias que a uno le son lógicas en temas tan pegajosos como el amor. Ejemplo, comparar el amor con un pollo de engorde.

Tiempo de amor tres meses, lo que, en promedio, dura la vida de un pollo. Como el pollo, el amor, al principio, es tierno, amarillo y esperanzador. Como el pollo el amor se pone feo. Al pollo se le caen las plumas y queda en cuero y el pico y las patas se le alargan. Es la adolescencia del pollo. En el amor la presencia, la continua presencia, hace que el otro se nos muestre como es, feo, sin maquillaje, en estado natural, con sus caprichos y manías y olores. Nos desagrada y ya ni lo determinamos. Pero cuando se siente la perdida, la madurez del deseo, el otro se robustece y vuelve el encanto. Pero es inevitable la indiferencia acumulada y todo se acaba. El pollo, a los tres meses se empluma, robustece, pero hay que matarlo. Igual se muere si se deja vivo por doméstico. Porque, como decía un poeta ingles, el campo es el único lugar donde el pollo camina crudo.

Perder la vergüenza es atreverse a la ocurrencia, la voz interna que se castra por el que dirán, por el hacer textos que gusten a otros y no a uno mismo.

No concibo ningún texto que no surja de la necesidad de escribir. La necesidad dicta las reglas de la escritura.

Escribir sin preservativos, sin lamentaciones, atreverse a decir lo que se te ocurra así te exilien, te apaleen. Un texto bueno se te sale de las manos y nace como una planta, como una erección, como un ser vivo.

Hace poco un amigo, Mauricio, me dijo que mis textos eran poco serios. Qué corría el riesgo de quedarme escribiendo pendejadas. Qué una columna de opinión es un espacio para dar luz sobre la situación del país. Me decía que veía muy entretenida esta realidad, tan absurda, como para evadirla.

No estoy del todo en acuerdo con sus planteamientos. Desde nuestra condición, la de pueblerinos tranquilos, en la que vivimos, con sufrimientos fabricados, es evidente que escribamos en tercera persona.

La realidad nos es ajena. Nada de lo que pensemos de la guerra de este país es pensado desde el campo de batalla. No tenemos la experiencia como guía. A mí, por lo menos, me agota empuñar un revolver. Vemos la vida desde la ventana.

Sí, los libros, las interminables lecturas, las conversaciones, los amigos… han afianzado una posición ante desastre político del país, pero sin poner la mano en el fuego. Es rumor lo que decimos. Feligreses sin religión que comulgan con el vacío.

Se lee sobre política, filosofía, literatura, historia… con el riesgo de olvidar al otro día lo leído. En nuestra situación somos conjeturas, hijos del viento, esquirlas de viento. Viento y vacío. Ni la poesía, la prosa, la prensa, el amor, la amistad… nos llena. Estamos incompletos. Todo nos aburre. Nada está a la medida de nuestra desazón.

Somos hijos de una época global. En segundos, Internet nos comunica con cualquier rincón del planeta. Somos como hormiguitas en una ponchera todo el tiempo vigiladas. Cosa que nos arrastra y nos dice que debemos estar enterados del mundo, imponiéndonos una visión crítica y apresurada. Nos arrolla este cambio de milenio.

Lo anterior no quiere decir que haya que olvidarse de las cosas pequeñas, la que a simple vista parecen triviales. Es ahí, en lo tan visible que parece ridículo donde está el ingenio. En esas cositas está la universalidad. Son las ocurrencias de la afirmación del individuo.

Le compruebo. Empezaré a nombrar algo trivial, y que por lo trivial sea una visión horrorosa de la realidad colombiana, esa, que usted dice tan entretenida. A mí me da pánico.

Miremos los techos de los colegios. A simple vista no se puede decir nada sobre el tema. Si lo reto a que describa la crisis colombiana a través del techo de un colegio, de seguro, no me dirás nada. Contestaras, ¡ah! ¿Qué guevonadas las suyas? ¡Haber, póngase serio! Pero haré que esa guevonada le sea una cosa de horror.

Los techos de lo colegios, mi Mauro, por si no lo has notado, son una muestra de que nuestra educación es el refugio de guerra. Si se hace una comparación de la arquitectura de los colegios viejos a los nuevos, se sorprende, que hoy día, se construyan con menos techo. ¿Por qué?

El por qué está en la arquitectura. Cada vez los colegios se parecen más a los batallones. Mire el colegio de la Colombia, el que queda al terminar la cuadra de De bluss o el Atanasio. En alguna esquina veras que no hay techo. En vez de tejas hay algunos paredones, verticales al cielo, salidos de contexto. Son barricadas amigo mío. Protección contra el enemigo.

Si te acordás, meses atrás, hubo tensiones entre Venezuela y Colombia y Ecuador Colombia. Se pensó hasta e n una guerra. ¿Dónde cree que nuestros soldados se irían a refugiar y atacar al enemigo?

Cada que paso por un colegio y veo a un batallón camuflado, siento náuseas. Me es una tensión constante. Pero esta mirada de los colegios no es más que una ocurrencia, insustancial, mía. Pero esa es mi visión, y por ser mía, válida e importante.

Se me puede debatir muy fácil. Soy muy emocional y me valgo de generalidades para manifestar un desacuerdo. Pero, no creo que se pueda dar a luz un contexto que antes no se haya sentido. Por eso, nuestro rigor mental se mide por la laboriosidad de nuestras manos. Y nuestras manos no saben de la rabia e impotencia de ser victima de un paramilitar, un gerrillero o del presidente de la república. Nuestras uñas no son garras para un ideal de lucha. Más bien nos comemos las uñas.

Sabemos que nuestros ideales como nuestra amistad, la tuya y la mía y la de toda la manada de Girardota, son tan fuertes como el cabello de una mujer.

Somos la plebe del privilegio. Estamos vacíos y aburridos hasta el fin de los días. Por eso el afán de hacerlo todo, fumarlo todo, saberlo todo. Pero vamos por el camino que no es, porque es un camino sin flores, sin viento. Porque en los argumentos nunca llueve, no existe la tarde ni el horror de quedarse dormido para siempre.

A muchos nos preocupa quedarnos calvos. Buscamos lociones capilares y menjurgues para complicamos la existencia. Creemos que la belleza está en la protuberancia de cabello. Pero entre más pelo más cerca de la bestia.


El clavo, como se cree, no es menos atractivo, así sea bajo, rechoncho y moreno. No es una involución al primate. Al contrario, es más humano. Pierde pelaje y muda de pelo y de ideas. Porque el calvo piensa otras cosas porque no se entretiene en recuperar lo perdido y es más ingenioso. Le toca pensarse un poquito más. Porque no tener pelo no significa no ser espontaneo.


La calvicie es una renuncia a la belleza codificada. Belleza de moda, la que nos vende los medios de comunicación y la cultura de consumo. O ¿por qué no hay un calvo promocionando una crema dental o producto del Éxito?


Mitos hay muchos sobre la calvicie como el lavarse el cabello bajo el chorro de agua, usar muchos shampoos y químicos, fumar, no cepillarse o cepillarse mucho, la herencia paterna, la pensadera, la mala alimentación… El que se va a quedar calvo, clavo se queda y debe agradecerlo porque tendrá una preocupación menos.


El pelo empieza a caerse, a quedarse en las manos, en los peines, en las camisas, en las sábanas, en los bares, en las calles, en todas partes. Entonces viene la preocupación. Se relaciona la calvicie con la vejez y a nadie le gusta sentirse viejo, saberse feo y ridículamente rechazado. Pero el rechazo es propio. El que te quedes calvo no implica que perdas la movilidad de las manos o quedes cojo. Seguís igual de salud. El problema es ser débil de carácter y sufrir una crisis de autoestima.


Mientras la frente se vuelve terrateniente y se adueña de toda la cabeza no se desaprovecha vitrinas, espejos, retrovisores de motos y automóviles, vidrios y cuanta cosa dé reflejo.


Ser calvo es aceptar la naturaleza de calvo y mirar las ventajas. No habrá que gastar plata en tratamientos para el cabello. Con lo que invierte una mujer o un hombre vanidoso en el cuidado del cabello podría comprarse el mercado de tres familias de estrato uno y dos. La vanidad es desalmada y no le da hambre.


Curiosamente, los lugares con pelo son los que más maluco huelen. No tener pelo en la cabeza es no tener ese olor a grasa, a ropa secada en la sombra, que expele el cuero cabelludo cuando está sucio o cuando se baña todos los días.


Me gusta la calvicie. La espero. Ya me peino de para arriba y dejo que el sol alumbre mis entradas que parecen autopistas a la espalda.


Los calvos se rascan menos la cabeza porque tienen menos arrepentimientos. El sentido dec ulpa se materializa en un halón de pelo. Pero la calvicie no es un exceso de culpa, es solo la caída del cabello.


No más tratamientos, nos más espejos, no más vanidades, no más peinarse de lado para tapar las entradas, no más artilugios de apariencia, no más peluquines, no más gorras, no más palmas de manos extendidas en la cabeza para sentir el peso del pelo en la cabeza, no más lociones.


No tener pelo es quitarle el rastrojo a las ideas. El sol le alumbra más el cerebro a un calvo. Te espero calvicie. Aprendo a quererte. No renegaré. Ofrezco mi frente al ingenio y al sol

El día que se celebra la batalla de Boyacá, a mí me atracaron. Bueno, no a mí sino a una amiga.

Veníamos de la Extravía, la casa del periódico, donde había un concierto de los Señores Usuarios. Caminábamos rumbo a mi casa, en Jamundí el hoyo. Cuando pasábamos por el barrio Naranjal, había dos individuos sentados en un toldo de tablas. Ambos vestidos de negro. Uno tenía una máscara de brujo o hechicero y el otro tenía la capota de la chompa que le caía hasta la nariz.

Los tipos esperaron que pasáramos. Luego se abalanzaron sobre nosotros.
- ¡Pasen todo lo que tienen! ¡yaaaaaa! Decía el de la máscara.
- No le voy a pasar nada, ¡ni mierda! contesté.

El gamín se me lanzó con el puñal enarbolado. Le di un bolsazo en la espalda. Brincó y volvió atacarme. Esta vez quería clavarme el puñal en el rostro. Puse la mano y me perforó la planta de la mano y le hizo una fisura al dedo meñique. La furia me nubló y me lancé sobre el enmascarado. Otros dos bolsazos.

- Hey, ayúdame que este marica no se deja atracar.

Otro bolsazo.

- Veni, te espero. Haber… vea… quíteme lo que quiera si es hombrecito. Le decía.

Ella estaba en pie, paralizada. Observaba. El otro gamín, el de la chompa le arrebató el bolso y empezó a correr. El enmascarado hizo lo mismo.

- Hey, mis papeles. Devuélvanme los papeles. Eso no les sirve, decía ella.

Fuimos a buscarlos. Quería encontrármelos y acribillarlos a pata. La sangre me hervía. Imaginaba que les partía la nariz con un puño, que me imploraban, que lloraban y más piedra.

Dimos varias vueltas sin pista. Fuimos al comando y nos dijeron que volviéramos después de las ocho de la mañana que a esa hora, a las dos de la mañana, no podían hacer nada.

Ella me decía que fuéramos al medico. Le dije que no, que estaba bien, que era solo una cortadita.

En casa ella me lavó las heridas. Me curó la mano. Me amarró un pañuelo en el antebrazo y otro en la palma de la mano. Tenía otra fisura en la espalda. Ella me lavó las heridas con jabón rey.

Estábamos cansados e impotentes. Ella sufría por sus papeles y yo también. Mis cortadas pasaron a un segundo plano. Sentía que tenía aún la rabia corriéndome por las venas.

La vi mirándome e implorándome que descansara. Me dieron ganas de hacerle el amor. Intenté. No pude. Me lastimé terriblemente la mano. Ella se percató y me llevó al baño. Me quité el pañuelo. En ese instante sentí un tirón en la cabeza. Desperté en el suelo con mi cabeza entre sus manos. Me desmayé. Me di un totazo en la coronilla y me manqué la otra mano.

- Estoy bien, fresca nena. Esto no es nada. Le dije

Volvimos a la cama. Me dieron ganas de llorar. La quería a mi lado. Me arrepentí de todo lo que le he hecho. La abracé y le dije que la quería. Nos besamos.

Esta vez no me importaron mis heridas, y a media maquina la penetré con toda la ternura que me fue posible. El dolor y el placer cuando se mezclan son casi una beatitud. Me santifiqué en entre sus piernas.

No pude dormir. La mano me dolía. Me había lastimado. Pero nada de quejas.
A la mañana fui al baño y volví a desmayarme. Mi hermana me trajo un vaso de agua. Volví a la cama y dormí, por fin, algunas horas.

En el comando nos dijeron que el man de las denuncias no se encontraba, estaba paseando en Barbosa y que ya no volvía. Nos embobaron. Salimos piedros. Aquí nadie puede morirse un jueves o un viernes santo ni ser atracado un festivo porque la autoridad moral del estado no está disponible. Hay que ser hijo de un tombo para que los trámites sean efectivos.

En fin. Ella se fue y yo me quedé con tres chuzones y con la impotencia de no poder hacer nada más que escribir este texto que tampoco sirve de nada.

Es preferible copular que besar en muchas ocasiones. ¿Por qué después de que la magia se quiebra en los labios se quiere huir y se deja de ser atento y cordial?

Una persona deja de ser interesante si su primer beso representa un cúmulo de saliva y tristeza, una entrega fingida, un mordisco de tigre mueco, un lengüetazo limpia garganta.

Pero no hay buenos besadores. La magia del beso es la tensión del mismo, cuando el desconocimiento madura en los labios, cuando los labios es todos los músculos, cuando después del beso no se puede pronunciar palabra alguna, cuando una risita de bobo se te sale y sos todo un estremecimiento, cuando dejas que el suspiro te sea espontáneo. Porque los labios son el portón al corazón.

No soy un besador diestro, más bien soy un aprendiz. Sí, he besado, varías mujeres han comido de mi cosecha de besos. Pero recuerdo muy pocos. La mayoría se me cayeron de los labios por mi afán de cópula, por el beso fantasma que me persigue.

Los besos se olvidan porque los dejamos caer en la rutina. Se acostumbró saludar y despedirse de la pareja de beso mecánico. Se convirtió el beso en un acto de memoria, en un protocolo, en una necesidad de olvido. Y cuando pica el instinto y el beso es más que una instrucción para un saludo, se besa con feroz apetito: Beso, gemido, apretón, cama, revoltura, sábanas al suelo y hasta mañana.

Pero uno siempre recuerda un beso más que los otros. En general el primer beso. Para muchos, como yo, un acontecimiento traumático.

Cursaba sexto en el colegio José María Ovando, ubicado en la vereda El Plan del municipio de Fredonia. Por esa época era un maniquí a la estética de mi madre. Es decir, ella me vestía a su antojo. Era un desastre mal vestido.

Dora terceriaba sexto. Era una mujer a mis ojos. Estaba enamorado de ella. Pero nunca le dije nada. Nunca he estado con las mujeres que cortejo. Soy muy evidente, muy directo y las asusto. En vez de cortejar ataco. Soy un fiasco en eso del amor.

Salimos a descanso. Había una tienda. Unos se arrojaban sobre otros a ver quién era el primero en comprar el bolis con pan. Yo me quedaba esperando. El contacto físico, sino es por necesidad, siempre me ha desesperado. No resisto el juego de manos. Me parece una debilidad de carácter.

Dora estaba al lado y me habló. Me dijo que si la invitaba a un pan con bolis. La miré. Me temblaban las piernas. Estaba paralizado, sin palabras. Y sin pensar le dije si, pero que me daba a cambio. Ella sonrío y me dijo que un beso. La invité al bolis con pan.

Quedamos en que yo iría cinco minutos antes de que se acabara el recreo al balcón que estaba al frente de nuestro salón. Ella estaría esperándome.

El recreo se me hizo eterno. Los minutos se me estiraban. Incluso recordé las veces que besaba los pilares de la casa y los abrazaba y les decía que los amaba, que tendríamos hijos, que me sintieran, porque así lo había visto en la tv, en las novelas que veía mi madre. Pero lo de besar los pilares terminó mal. En una ocasión me enterré una viruta del pilar en el labio superior. Se me hinchó y no pude hablar en tres días. Por ese tiempo me gustaba espiar a un tío cuando besaba a su novia. Los veía tocarse, mover la cabeza, apretarse. Pero le temía a los pilares así que la emprendí con la mano. Besaba la mano y movía la cabeza y la apretaba. Pero no había besado a ninguna niña y no sabía que hacer con Dora.

Dora me estaba esperando en el balcón, al lado de la puerta, con un bombombum rojo en la boca. Yo iba con las manos en los bolsillos. Temblaba. Dora me tomó el mentón y puso sus labios en los míos. Me quedé quieto. Los labios de ella ensalivaron los míos. El sabor del bombombum entró a mi boca. La miré. Sonrió y se fue. Me quedé con el sabor del bombombum.

Quise besarla de nuevo, pero no fui capaz de decirle nada. Le tenía miedo y la admiraba. No fui capaz. No fui capaz, así su beso bombombum me hubiera estremecido.

Creí que todos los besos sabían a bombombum. Besé, meses después, a una primita y nada. Ese beso me supo a tierra. Luego besé a la primer novia y nada.
Con los días más triste. Hasta empecé a regalar bombombum a toda mujer que era posible al beso. Pero no era lo mismo, quedaba con los labios pegajosos.
No encontré otro beso semejante. Todo intento era una melancolía más en mi álbum de ausencias.

Tengo un trauma con sabor a bombombum. Pero ya no busco el beso bombombum. Dejé de tener prisa y de querer besar a cuanta mujer veía. Estoy más reposado, porque sé que el beso como el amor es un contagio, una enfermedad que a su vez es la cura.

El amor muere con cada persona. Cada persona es una lechuga del huerto, frágil al verano y al invierno. Cada persona es una plantita que se daña al contacto. Hoy te me has dañado. Hoy te has muerto.

Te esperé sin imágenes en el corazón. Tristemente alegre. Todo era posible, hasta que no llegaras. Creí estar listo para el encuentro con tu indiferencia. Creí... creí... creí...
¡Ah.. mi orgullo! Mi puto orgullo, por eso estoy tan solo.

No te escribiré más. Lo juro, ¡por mi diosito!, no serás más palabra en mí. No más de tus posibilidades, de que tu imagen se haga carne a mi deseo, de que pueda besarte con todos mis músculos, de que todavía teniéndote a distancia me tote estar con estas ganas de hacerte el amor no más que tocándote, de que mis dedos tiemblen al aire tanteando vacío...

No más. No llegaste. Es suficiente. Se quedarme callado. No se rogar aunque todo sea ruego. Te ruego porque no te ruego, porque no rogándote llevo a ruegos extrañándote. Me someto a la indiferencia. No te busco de frente. No me ha funcionado ser evidente. Siempre pierdo cuando quiero. Un enamorado de imposibles. Manía de la soledad. Por eso te busco de reojo, por las rendijas, en silencios, en miradas, en carticas cursis, en un no me importas de mentiritas, en olvidos en pequeñas dosis. Sígote sacándote del montón, de esa cosecha de mujeres, de la uniformidad del erotismo, para no hacer en ti un puerto a mi huida.

¡Basta! Soy aprendiz del olvido. Lo que pasa es que usted es todo un reto a mi olvido. Serás un records guinnes de olvido. Piénsote, siéntote tan cerca como lejos. No eres mi dolor así me duelas.

No conozco tu desnudez. No he ajustado tu desnudez a la silueta de tu cuerpo. Te conozco vestida, orgányca, terrestre. Tu desnudez es oscuridad a mi tacto. Tu desnudez trampa para ángeles. Quiero enredar mis manos en tu desnudez. Desnudez de sábado a las dos de la mañana, ebrios, tú con tus preocupaciones y yo con mis palabras azules para despeinarte. Me gusta cuando te despeinas. Pareces que me vieras de pronto, sin esperarme, espontánea al abrazo, tristemente vestida. Borro tu nombre de mi tacto.

...¡Ah, quién eres! ¡Quién eras! ¿Quién?
...¡Ah! ya recuerdo, no llegué a tiempo. No estoy hecho para la contemplación de las flores, soy brusco de impulso. Por eso soy indiferencia. Indiferencia Betancur. Indiferencia que te vaya bien. Indiferencia que aprendo. Indiferencia que ahora sonrío más sin temor a perder un diente y verme feo. Indiferencia ya no te espero.
Me enseñaste a ser luna para tu condición de nube. Todas tus tú pasan delante de mí. Las veo pasar como a otras. Pasan, se alejan.

El tiempo te borró. El tiempo se metió entre ambos. Quedamos con hojarasca en los ojos. Hueles a vidrio, a un adiós cayéndose de la piel, a lechuga, a todo, a nada, a muerte.
Somos bulla. Entre más escándalo más felices. Nuestra idea de la felicidad en la lujuria del ruido.
Pero ¿Quién puede ser feliz a medio día con una canción de Darío Gómez? Una y otra vez Darío Gómez. ¡Irrespetuosos! Al que le guste Darío Gómez que lo escuche, pero a un volumen moderado. La involución es permitida por iniciativa propia no por contagio. A los vecinos no tiene que gustarle Darío Gómez. Como a la vida también tenemos derecho al silencio.

Estoy en mi casa, alterado, porque otro no es capaz de estar consigo mismo y prefiere aturdirse y aturdirme. Por culpa de ese semejante mío tuve que parar la lectura de Los Endemoniados de Fedor Dostoyevski.

Imagino que él dirá lo mismo de mi música. Pero es que yo no se la impongo. Si escucho música es para mí, no para él. Me importa un pito que los demás se enteren si estoy alegre. El principal benefactor de mi alegría soy yo, lo otro es accidente y vanidad. Pero no ¡Estamos demasiado tristes!

Los adeptos a Darío Gómez y a muchos de estos canta autores populares buscan la satisfacción de sí mismos en la cuota oficial de una tocada de teta o de nalga, en aparentar que son hombres porque beben, fuman, pelean, emborrachan, son injustos, bullosos, paracos, matones, dicen hifueputa, y son machistas, pendencieros o pendejos. Buscan la satisfacción enajenándose de si mismos. Buscan la tranquilidad en lugares diferentes a sí mimos. Gravísimo error. Como si para la realización del ser se necesitara de Darío Gómez.

En Antioquia estamos demasiado tristes. Queremos por cualquier pretexto que el otro crea que estamos alegres, así agredamos sus espacios e impongamos nuestros gustos y nuestras carencias como únicas verdades.

Cuando un hijo se va a la ciudad y viene a casa de visita, éste quiere que todos los vecinos se den cuenta de que él vino, claro, de visita (debe ser el caso de mí vecino). Pone el equipo de sonido a todo volumen, muestra los codos más de lo necesario orgulloso de que sus cicatrices se borran poco a poco, mira más por un ojo que por el otro simulando ser bizco porque en la ciudad todos son bizcos. Pura bulla, pura bizcada, puro escándalo, pura deformación de la esencia, pura tristeza camuflada, porque es el fondo está solo, triste, inseguro, gris.

Entre más bulla más lejos de sí mismo, entre más bulla más sexo, entre más bulla más licor, entre más bulla más feliz, entre más bulla más Darío Gómez, entre más bulla más simio, entre más bulla más ignorante, entre más bulla más triste, entre más bulla más vacío, entre más bulla menos individuo.

El ruido es la religión. No se camina sino que se grita. Los kilómetros no se andan, se gritan. El campo dejó de ser para los pies ahora es para la boca. ¡Gran tristeza!

Estamos tan tristes, tristes.... tan enajenados, enajenados... tan solos, solos... Se nos olvidó escuchar, respetar y mirar a los ojos.

Estamos tan tristes, tan sonámbulos, tan metidos en la moda del desconocimiento propio que no sabemos que es lo que es estar callados un minuto, un puto minuto.

Estamos tan tristes en Girardota, en Medellín, en Antioquia, en Colombia, en Suramérica que no existe una conciencia del individuo. Somos otra referencia de coca-cola, del estado. Somos otra ficha del progreso, otro engranaje del olvido, otro empleado, otro muerto con cedula, otra producción en serie de fetos sin identidad, sin voz, sin alma.

Estamos tan tristes que necesitamos de la bulla y el ruido para creer en Dios, para reelegir a Uribe, para escuchar a Darío Gómez, para creernos la idea de que la felicidad existe, para embrutecernos y así, justificar nuestros pecados y nuestra propia ausencia.

Lo mejor del encierro he sido yo. Fueron dos semanas conmigo mismo. Lo único que hice fue afirmar al niño que llevo adentro. Salí más niño y más egoísta de lo que entré a mi cuarto.

Llevo varios años buscándome. Y lo único que he logrado es potenciar al niño que llevo dentro. Es ahí donde está el origen de mi personalidad, mi espontaneidad, mi yo esparcido y concentrado.

Volver a la inocencia es el camino. Cada vez afilar más el asombro, las ganas de vivir y celebrar todo aquello que te afecta. Si una incertidumbre, si una tristeza, si una melancolía te llega, celebrarla.

Renunciar a las seguridades, quitarse la venda, atreverse a ser egoísta. Olvidarse de los amigos, la familia, las mujeres para estar con uno así sea un ratico.

No perder la capacidad del asombro. Volver al estado del infante en el alma. Es ahí donde el individuo es egoísta, es él y encuentra su espontaneidad, su originalidad. Es ahí donde el hombre empieza a ser el mismo, a aceptarse, a asumir sus limitaciones como virtudes.

Yo por ejemplo, he empezado a contar mis perversidades desde mi inocencia, desde mi capacidad de asombro, desde el no juicio, porque el juicio coarta la imaginación, porque adquirís la manía de imaginar lo que te parece bueno y te beneficia y te negas otras alternativas.

Si, puede ser un pretexto volver a la inocencia para mi aceptación como individuo, pero me agrada y es mi elección. No es mala ni buena esta elección que tomo, es solo una elección, una posibilidad, un hecho que asumo y siento necesario. Es un camino a mí mismo, un canto de mi voz interna. Otros harán lo que les dicte su voz interna, su guía del instinto, su banda sonora del ser.

En este momento empiezo a jugar conmigo, con mis impulsos. Empiezo a escuchar la voz interna, a contradecirme, a experimentar con mis deseos, con mis debilidades.

Hace poco me dije que no me iba a masturbar y me masturbé a la media hora. Soy contradictorio y qué. ¿Quién puede decirme algo? ¿No soy imperfecto? ¿El alma no es imperfecta? Luego me dije que no iba a fumar y compré medio paquete de bostón. Eso me asusta. Me hace replantear muchas cosas ¿Será que lo que considero como realización del alma si esta regida por mi voluntad, por mi deseo de ser, o será un impulso, un accidente independiente a mí?

Uno tiene una voz interna que no escucha por estar tan aturdido de mundo. Una voz que te guía. Algunos la llaman corazonada y otros instinto. Pero viene siendo lo mismo, la voz interna. Porque no solo el aire comprimido que sale por la boca es lo único que se tiene para comunicarse con otros y con uno mismo.

Esa voz interna esta llena de rastrojo. Está en el fondo, porque se adquiere esa falsa convicción de la vanidad y la hace inaudible, insonora.

Para escucharla hay que dejar de escuchar la voz juzgadora de tu madre, la que te limita desde pequeño por su afán de educarte y decirte que esto es bueno y esto es malo para que seas alguien en la vida. El bien y el mal no son sino moral, idea de Dios, miedo cultural concentrado, represión del instinto.

Luego hay que dejar de escuchar el lenguaje de las apariencias, el que aprendes en el colegio, en la universidad, en las instituciones para agradar a las mujeres, a los amigos, a la sociedad. Ese ruido no es más que carencia de sí mismo. Adquirís modales establecidos, ciertas modas innecesarias, cierto modo de hablar, cierto comportamiento uniformado, cierto hipo genérico. Eso es opacar la propia voz.

Luego hay que dejar a un lado esa voz de los deseos superficiales, esa voz que te dice que debes salir adelante, ser mejor el día de mañana, progresar, conseguir una mujer, un carro, una casa, un celular, un portátil, graduarse de la universidad, tener una reputación, emplearse y estar bien remunerado. Puro artificio. Apenas conseguís lo material esclavizas el alma para mantener el lujo. Te vendes por la apariencia. Dejas de importarte por vete bien.

Lo necesario está en uno. Uno es la respuesta a todas sus preguntas y la pregunta a todas las respuestas y las no preguntas y las no respuestas. Lo que pasa es que se está tan ocupado en aturdirse, en no ser, en buscarse en las disco, en los bares, en los cafés, en los centros comerciales, en las mujeres, en la literatura, en la calle, en las apariencias que olvidas entrar a ti mismo.

Uno nace con una vocecita interna que lo guía, le dice que hacer, a donde ir. Se nace genio pero se emprende una empresa macabra de embrutecerse, de atrofiar el instinto, ocultar la personalidad y olvidar la espontaneidad.

Así como el árbol florece, el sol alumbra, el viento va y viene en todos los sentidos, el pájaro canta, uno habla y piensa y se peina y sufre y ve y escucha desea y se muerde la lengua y muere. Se es otro milagro de la naturaleza. La vida son posibilidades de vidas y no una vida programada.

Uno se niega las posibilidades por los beneficios de las apariencias y se olvida de sí mismo, porque es más cómoda la vida del otro, los errores del otro, las carencias del otro. Lo de uno es un problema y una vergüenza. Pero en esa vergüenza está la magia del instante, tu voz, tu originalidad, tu ritmo.

Al final se descubre que en uno solo hay espacio para uno. Hay que empezar por ser egoísta. Luego uno es todos los espacios, todos los caminos, todos los egoísmos.


Pensé escribir sobre Ingrid Betancour, pero es tema nacional. Cualquier cosa que diga sobre su rescate no es más que otra suposición de ese rescate. Lo único que falta en esta historia es esperar que los medios de comunicación colombianos den la certeza de la ayuda de extraterrestres en el rescate de Ingrid Betancour.

Además es sospechoso que suceda tal acontecimiento dos días antes del cumpleaños de Uribe y que pase en este momento en que su imagen pública está tan desacreditada.

Lo peor de todo es que las entrevistas que se le hacen a la máxima figura, por estos días del mártirismo colombiano son las mimas.Las historia necesita mártires. Por eso, me aventuro a hacerle una entrevista más humana, más cochina, a la sufrida Ingrid Betancour, como si ella no fuera más que una mujer con orejas. Nada extraordinario

C: Perdonara usted, señora, pero no le haré las preguntas de cajón. Las que ha contestado por estos días y las que seguirá contestando. Las respuestas usted ya se las sabe de memoria. Quiero preguntarle sobre mí, un desconocido a sus ojos. ¿Qué harías si me quedo calvo después de esta entrevista?
I: Para eso falta bastante tiempo. Muchachito. Haber: 1. Te compraría una peluca
2. Me reiría mucho
3. Te regalo un sombrero de copa, de esos que traje de la selva.

C: Cómo se que eres muy decente y no me decís, por decencia, claro, las cosas que has sentido en cautiverio. Me atrevo a preguntarte ¿Cuántas veces has querido meteré un puño a un periodista? I: Que recuerde... Humm... Muchas. Pero la más reciente es en esta entrevista. C: Has pensado, me imagino, que soy un bicho raro. Por algo me mira de esa forma. Piensas que esto más que una entrevista es una tomadera de pelo. Ahora ¿A qué bicho me parezco?
I: A un sapo. A un sapo de ojos cuadrados y dedos largos. A un sapo cantando solo en un estanque.

C: Suponiendo que me de una enfermedad y pierda las manos y usted esté haciéndome la visita, porque le interesa volver a hablar con el único periodista que no le rinde pleitesía. Y por cosas de la vida un insecto me pica un testículo ¿Me rascarías?
I: Si, no sería nada raro. Recuerdo haberle hecho lo mismo a Marulanda. Eso que él era más viejo y más feo.

C: Después de seis años de cautiverio ¿Cree en el amor?
I: Creo que sí. La búsqueda del amor es constante. Mis hijos son el amor.
I: Y usted periodista ¿has conocido el amor?
C: No. ¡Qué tal! Tendría hipo todo el tiempo.

I: Hubieron días de miseria. La esperanza me era ajena. Hasta sentía que los sentidos me fallaban. Ahora, si a usted le tocara perder un sentido ¿Cuál perdería?
C: Ninguno. Creo que me dejo morir.

I: Por cosas del oficio, mis asesores investigan a mis entrevistadores. Me enteré de que usted escribe poemitas. No conozco ninguno de sus textos. Pero tengo una inquietud desde mi adolescencia. Cosa que no he dicho nada de eso porque creo es una bobada, pero ¿Qué es mejor, sexo o poesía?
C: Afortunadamente no ha leído nada mío. Sería un desperdicio de tiempo. En cuanto a su pregunta, prefiero el sexo para escribir poesía. Si utilizo al poema para obtener sexo, la mujer termina prefiriendo la poesía que al hombre.

I: ¿Por qué una avispa?
C: Por cúlona. Porque desde que te liberaron estas echando cantaleta, pareces una avispa volando. Fueron seis años que usted misma se buscó. Se merecía eso. Nadie más que usted. Luego salís y le ayudas al dictador Uribe para que siga dictando, para que a través de tu imagen el pueda legalizar lo de su reelección. Usted será una cortina de humo. Porque tenes el veneno contenido. Esperas insoportablemente utilizar tu aguijón. I: Entonces ¿El sapo, como usted y como el pueblo colombiano, se come la avispa?

C: No. Le daría indigestión. Pero la entrevista no era para mí sino para la mártir Ingrid Betancur. Así que continuo con mis preguntas.C: ¿Algún guerrillero te hizo el favor durante este tiempo? ¿Cómo pasaste tantos años sin nada de nada? o, cuente pues, ¡no se haga la pícara! mala, así no, haber... cuente pues... ah... no le de pena que eso es de humanos.
I: No le voy a contestar. ¡Irrespetuoso! ¡Saquen a este enfermo de aquí! ¡Guardias!
C: No, espere. La última. No te imaginas que en este momento, te aprieto con la mano una mano y...

I: Eso saquen a ese maldito de aquí. Se ganó una demanda

Un pueblo es todos los pueblos. El hombre es hombre bajo cualquier credo e idioma, así intente buscar la perfección en banalidades.

Vivo en Girardota desde hace tres años. No sé que azahares me trajeron de a este pueblo. Igual no importa.

Salí de Fredonia con un sentimiento raro de matar. No soportaba la rebeldía en mi cuerpo. La tranquilidad me olía vinagre. Tomé la tranquilidad de la mano y me quemó los dedos. La niebla de Fredonia, gracias a Dios, también me nubló el alma. Salí porque me estaba matando la lentitud de un pueblo. Porque en un pueblo el lunes se repite cinco veces a la semana. Cosa que ahora adoro.

Llegué a Medellín y la cuidad me tragó de un bocado. Me atracaron dos veces. El amor desesperó al animal que tenía dentro, y lo invocó. El animal saltó de mí y devoró algunas mujeres. Antes, mi instinto, estaba tranquilo pastando en el campo. Fui un pueblerino asustado en la ciudad que atacó, gracias al pánico. Conocí la droga, el dolor, la soledad, el hambre, el fastidio, el miedo… la incertidumbre. Pero la cuidad también me dio el anonimato, la invisibilidad, licor, buenos amigos y unas ganas terribles de fornicar sin pretexto.

Sino hubiera conocido a Mauricio, un hijo de Girardota. Si él no me hubiera mostrado que en Girardota, como en Medellín, la tradición también se puede quebrar en pedacitos. Que también era posible abrirle las piernas a la cultura, verle sus nalgas de asfalto para que se entregara sin medidas a los trasnochadores. Que se podía ir a la ciudad desde un pueblo. Que lo uno y lo otro eran lo mismo, porque una cuidad también son todas las ciudades. Por él me vine a vivir a Girardota.

En un principio, como todos los principios, el asombro es un fastidio camuflado. Me maravillé con la idea de volver a un pueblo. Sobre todo, cuando la cuidad me había dejado más flaco de lo que era, más solo, más enfermo, más demonio.

Girardota, tenía esa atmosfera de pueblo. Las calles estaban metidas en un hechizo, en un lento disfrute como de bochorno, que aún no alcanzo comprender. Calles que me hacían transitarlas, como si fueran grandes corredores de una casa gigante.

Me calmé. Decidí quedarme en Girardota por un buen rato. No sé cuanto dure, pero me agrada este pueblo. Pero las personas y los espacios cambian y Girardota cambió, le llegó el progreso y el acné.
Mierda, esa cara limpia, la de Girardota cuando llegué, de campesina juguetona, que se enrojecía si la miraban muy seguido. Ese rostro de niña que jugaba con gallinas y le tiraba maíz a las palomas, ha empezado a deteriorarse.

El monstruo del progreso, que quiere que los pueblos sean más ciudad que pueblo. Para que la gente, como en las ciudades, deje de saludarse, de mirarse a los ojos, de reconocerse, de decirse buenas noches. Porque solo en los pueblos se dice buenas noches sentido desde las tripas. Ese progreso quiere que Girardota sea invisible y le de el germen del desconocimiento. Quiere que se extingan los ancianos con sus bastones, es su esfuerzo desenfrenado de desandar los pasos, con la esperanza de meterse en un recuerdo de antaño, y no verle todas las mañanas la cara a la muerte. Muerte que los saluda dos veces al día.

El progreso quiere meterle la necesidad a los girardotanos de que hay que acabar con los balcones, con la arquitectura colonial, con las casas de bareque. Porque una mecedora, sola, en un balcón, es antiestético. Porque saludar es de gente incivilizada, porque enamorarse de esas muchachas que guardan los papeles de chocolatinas en su mesa de noche es amor de escuela, porque respirar el aire a las seis de la mañana es cosa de bobos, porque decirle a una sicóloga que te gusta es cosa de adolescente, porque mirar para el cielo es una perdida monetaria…

El progreso ha llegado a Girardota, la doble calzada, la remodelación del parque, el derrumbamiento de las casas antiguas, las fábricas, el parque empresarial… y cambiaron las apariencia del pueblo. Se llenó de obra negra, de edificios, de prisa.

Girardota empezó a menstruar. Lo dice el afán que merodea, desde hace poco, por las calles. Seremos violados por esta nueva Girardota. Nos llenaremos de acné y olvido

Desde que empecé a sentir las mujeres, a endemoniarme por ellas, me inmiscuí en un juego azaroso. Fui como un anfiteatro lleno de amores furtivos que empezaron a oler mal.

Todas mis relaciones sentimentales fueron como un juego de parqués. Cada relación, cada mujer un juego. Así de rápida, con apuestas, fichos, dados, perdidas, ganancias, rabias, huidas y dinero.

El parqués se jugaba en dos modalidades, la contada y la de piedra en piedra. Así me enseñaron en casa. Me gustaba más la contada, en la que uno tira los dados y cuenta la cantidad que sale en los dados en los cuadritos del parqués. Con ese resultado uno armaba las estrategias del juego, las de asegurar los fichos o la de dejarle carnadas a los otros jugadores. Una maravilla. Y así han sido mis relaciones, un juego de parqués en la forma contada.

La otra versión es más avanzada y más perezosa y es la de piedra en piedra. Solo son validos los 12, 7, 5. Otro número en los dados es inútil. No sirve, se pierde el tiro. Esa modalidad nunca me gustó. Tenía que limitarme y estar más quieto. Tal vez es la forma que juega la otra gente, la que tiene una vida más organizada y planeada y aburrida.

La forma contada es distinta. Esa forma me permitía más movimiento y podía saciar mi instinto de premiador insaciable. Claro, sin premiar, esa parte me asusta, así que me la salto. Me gustaba comerme todos los fichos, los que más pudiera. Renunciaba al cielo y daba la vuelta por mi apetito de fichos. Es decir, en el juego, uno tiene una casa donde guarda sus cuatro fichos. Cuando se le comen los fichos, éstos vuelven a la casa. Al lado de la casa hay una casilla que se llama el cielo. El cielo es del mismo color de la casa. El cielo es donde llegan los fichos a descansar, a salir del juego. Gana el primero que lleva los fichos al cielo y los saca del juego. Ese es el juego, en términos generales.

A mí no me gustaba meter mis fichos en el cielo sino era estrictamente necesario. Es decir, cuando los otros fichos estaban fuera de mi apetito. De lo contrario, ponía mis fichos en el límite, donde podía decidir si entrar al cielo o volver al inicio del juego, a la casa, y dar de nuevo la vuelta. Me quedaba allí, en el límite, insatisfecho. Mi sed de fichos me hacía insoportable el cielo. Mi cielo era los otros fichos.

Así en mis relaciones amorosas. Nombremos el noviazgo como el cielo del parqués. La cúspide del juego. El lugar donde se canalizan los instintos, las pasiones, las tensiones, los cortejos, las contradicciones, en otras palabras, los fichos. Es el lugar seguro donde se está protegido de los fichos de otros jugadores, jugadoras en mi caso.

Pero como dije, no me gustaba el noviazgo. Uno dice novia. Pero novia es también no-vía, no transito, obstrucción del juego, aburrimiento de salirse del juego.

Yo tenía sed de otros fichos. Y sí, me comí muchos fichos. Me satisfacía con comérmelos. Aunque no sacié el hambre, seguía comiendo fichos. Y eran los fichos de las mujeres. Con ellas jugué mis pasiones. Les mordí la entrepierna, la espalda, los labios, los senos... Hacía dos ó tres sacudidas. Tiraba los dados. Las devolvía a sus casas. Claro, también me dejaba comer con un poquito de sal y limón. Ese era el juego. Comer y dejarse comer.

Me gustaba pararme en el límite del noviazgo (cielo) y esperar que pasara otra mujer con sus fichos para comérmela. Tiraba los dados. Si lo que salía en los dados me permitía lanzarme sobre la victima, lo hacía sin dudarlo, sin arrepentimientos. Era sino dar otra vuelta y volver. Pero volvía con más apetito y más prisa a dar de nuevo la vuelta. Nunca pensé en ganar un juego.

Me comí algunas mujeres y otras tantas me comieron. Siempre perdí. Nuca llevé todos mis fichos al cielo. Siempre dejaba uno ó dos por ahí, desprevenidos. Me sentía inacabado si sacaba todos los fichos del juego. Así con las mujeres. Nunca me comprometí con todos mis fichos y cuando veía las cosas muy serias, que se podía ganar el juego, tiraba los dados y huía del cielo y salía a buscar otras mujeres.

He vivido el amor como un juego de parqués. Pero ahora las cosas son distintas. Diana, la última con quién jugué, con quién quise perder de nuevo, me cambió las reglas. Ella quiere que los dos ganemos, que yo me convierta en su cielo y ella en el mío.

Mis fichos están dentro de ella. Los fichos de Diana también están en mí y les susurran palabritas a los oídos: fichos amanecí con ganas de arañarlos, con anhelos de besarlos, con la necesidad de una erección del ficho mayor.

Tiro los dados y mi último ficho se resiste e intenta quedarse en el límite (noviazgo). Pero no hay carnada mejor que Diana. Así que me decido y meto el último ficho al cielo-Diana.

Diana tiene los dados y me mira, me dice que quiere comerme noche y día, que sus fichos esperan con las piernas abiertas a los míos. Diana es un cielo posible, mi cielo, mi apetito.