El invierno hace estragos y los pobres representan el índice más alto de damnificados y los medios se aprovechan de la situación para registrar el dolor y ganar en rating y amarillismo. Por ejemplo, buscan los primeros planos de madres que lloran sus perdidas o ancianos navegando en colchones en busca de un familiar o un electrodoméstico.


Millones de pobres más pobres sin vivienda, sin dinero, sin ayudas estatales porque las catástrofes naturales no pueden atribuirse como atentados terroristas. O tal vez si: “el invierno es una peligrosa arma biológica del frente Escarcha de las FARC que opera entre las nubes”. Podría decir un comunicado de prensa gubernamental.

Millones de ilusiones bajo la tierra en tiempos de tristeza. Millones de sonrisas borradas en el lodo en tiempos de no importarnos el vecino. Millones de sueños sepultados en tiempos de usura y de escombros por todas partes. Millones de inocencias robadas por fusiles en tiempos donde la infancia es despintada de la historia patria, y es por ello, que con el nacimiento de cada niño mueren todos los colombianos. Millones de pesos en unos pocos bolsillos mientras millones de estómagos chirrean como una puerta con las bisagras mal aceitadas. Millones de lágrimas en tiempos de zombis que miran los alumbrados navideños.

En Colombia no somos dignos de la tierra porque no la escuchamos, no la cultivamos, no nos importa. En Colombia los colombianos son todo menos colombianos y esa es la razón de que no seamos un país autentico con un gobierno autosuficiente para las necesidades nacionales. En Colombia parecemos que no somos un pueblo de la tierra sino un pueblo del aire, sin raíces, que sale a la calle sin arrepentimiento porque es navidad y estamos de fiesta. Siempre estamos de fiesta. Las luces intentan alumbrar la oscuridad que nos circunda desde hace siglos y hay más luces en la ciudad, pero más oscuridad en los ciudadanos. Millones de velitas encendidas con millones de chapolas volando cerca. Millones de oportunidades para invocar la indiferencia y opacar los gritos de nuestra historia con los equipos de sonido de última tecnología. Y sin embargo, podemos beber porque es tiempo de lujuria, de noches bebidas y fumadas, de asesinatos, de fornicaciones desmedidas, de embarazos en tiempos sin padres, sin guías, sin caminos.

Millones de colombianos engañados todos los días y aún así millones de colombianos esperan el milagro en tiempos de tragedias. Y lo único que queda es bailar sobre el pantano porque el Santos de devoción nos dio la espalda.

Una cerveza. Un cigarrillo. Otra cerveza. Una mujer cruza la calle y su olor a rosa con desodorante deja burbujas violetas en el aire. Otra cerveza. Otro cigarrillo. Los senos se multiplican en una línea undívaga y distante. Los traseros conversan sobre el movimiento oculto de las miradas. La luna se sumerge entre las nubes y su imagen borrosa es un espectáculo para ciegos
Lo que más le asusta son las madres comunitarias. Son de su misma edad, incluso menores y lo miran, le dan café, galletas, gaseosa o pasteles de guayaba con un vaso de leche. Para ellas es el hombre perfecto, sensible, amable, con sueldo y que debe acariciar como una mujer con barba. Aunque él sabe de los cortejos, sonríe y les hace creer que es demasiado educado para ellas. Pero, lo que ellas no saben es que él apenas puede contenerse. Cuando él les mira los labios con ganas de besarlas, estar entre sus piernas, respirando, chupando, mordiendo, lamiendo, gimiendo, suspirando… También se las imagina en minifalda restregándole su miembro en sus traseros. Por eso, él sacude la cabeza tantas veces para pensar en otras cosas y no sentirse tan mundano. Pero, si una madre comunitaria lo saluda y le pregunta si es casado él responde que es divorciado porque así se siente más interesante. Y ella le dice que no parece mientras camina hacia la cocina. Él sonríe y se queda viendo como su trasero se mueve y se contornea, se mueve y se aleja, se mueve y deja en el aire una quejido de cremallera.
Escribo sin esfuerzo
como si las palabras me encontraran
como si hubiera algo que me mueve.
Una fuerza superior que me llama
me hace sostener el bolígrafo
hasta donde me sea posible.
No puedo hacer otra cosa que escribir
no idolatro a nadie
no extraño a nadie.
Puedo estar solo muchas horas
sin anhelar un encuentro.
Me encierro a sentir lo insoportable
a respirar y escuchar la quebrada
a olvidar tanta cosa que deseo
a fumar mariguana y estar.
Tirarme a la nada
verle la cara al abismo
a estar conmigo
a afilar los colmillos...
y estiro las manos
y atrapo palabras
como si danzara
una canción cósmica.
Una noche sin lluvia de noviembre
siento que he escrito toneladas de poemas
y puedo escribir otras toneladas.
Tengo que contarlo todo: la chica que esta lejos y no quiere conmigo, la chica que no me gusta y quiere conmigo, la soledad que está conmigo, la falta de sexo y licor que pueden conmigo… Por ello, a veces, parece que no vivo para mí sino para aquellos que me leen. No es que me queje, es que siento que he perdido intimidad y no puedo callarme. Me explico, si me rompo un tobillo escribo un post, si mamá no entiende que ya estoy grandecito y me quiero ir por quinta vez de la casa escribo otro post, si una chica me guiña el ojo escribo varios post… y entro al blog varias veces al día y leo mis post y me agradan. Veo los comentarios y hago clic en quien me comenta para dejarle otro comentario. Intento escribirle algo ingenioso para asegurarme que vuelva a comentarme. Y si no vuelve a comentar me siento algo frustrado porque perdí un posible amigo post. Sobre todo busco chicas post. Por eso, me alegro como un niño cuando me comentan. Si es un chico post respondo con halagos post, pero, si es una chica post respondo con cortejos post. En resumen, la comunidad post es lo último. Porque es allí donde están los escritores post que escribirán libros post para público post con ideas post. Y el público post piensa corto porque en el mundo post todo es breve y vertiginoso, rápido y distante, olvidadizo y fugaz. Y los verdaderos post son lacónicos y no dicen mucho porque sobre abundan. Por eso, al público post le gusta el sexo post, sexo sin tacto, sexo post-ergado. Me di cuenta que era un chico post cuando le puse un contador al blog y empezó a importarme más las visitas que los post. Esa es la razón de que haya más chicos post. Chicos que sino miran el blog se angustian y sufren depresiones post, desconexiones post, soledades post. Chicos que van con el portátil a todas partes para escribir de todo. Y para ser un chico post hay que cumplir dos requisitos básicos. Primero, ser un personaje post para lectores desconocidos post. Segundo, evitar relacionarse con personas que no hayan creado un blog porque son los arcaicos, los que ocultan sus pensamientos. Y la onda en el tiempo de la prisa post es decir hasta lo que no se piensa.

En fin, creo que el siquiatra, el que me da los calmantes, dice que debo volver a integrarme a la sociedad, interactuar con mis amigos, conseguirme una novia, olvidarme de la Internet por unos días, caminar por el campo… Y la verdad es que no entiendo al siquiatra cuando me habla de la sociedad. No sé a que sociedad se refiere. Lo que creo, es que él no entiende esto de la comunidad post.
El mar atraviesa la noche con furia.
Beso a mi chica y no la puedo coger.
Tiene una infección urinaria.
La arena de la sábana se pega al cuerpo.
Las moscas rondan.
Beso a mi chica en los ojos
labios
orejas
cuello
hombros
senos
vientre…


La impotencia atraviesa la noche con furia.
Me subí al sub en la estación Olleros. Ella me esperaba dos estaciones después. Cuando la vi estaba fumando y nos dimos un abrazo distante, pero tranquilo. Tomamos un taxi rumbo a la casa de su hermana. Cuando llegamos vi sobre una mesa una bolsa con galletas, pan tajado, fresco Tan sabor naranja, dulce de leche, atún y una botella de agua. Fuera de la bolsa había un mate de plástico con la bombilla. También había unas fotos y una carta de despedida. Yo le dije que no me arrepentía de nada, mientras ella se lamentaba de no haber estado juntos mi última noche en Buenos Aires. Sonreí. Sabía que se nos había muerto el amor de tanta inclemencia, de tanto dolor de panza, de tanta ausencia y silencio. Muerto el anhelo, el deseo se llena de tierra y distancia. El gran error fue haberle suplicado y el amor no debe acostumbrarse a las suplicas o a la necesidad de afecto porque se deja de alimentarlo con dulcísimas miradas. Y nosotros habíamos hecho todo lo necesario para que el amor nos fuera tormento. De un momento a otro cada uno hacía lo propio, sin importarle lo del otro. Como si cada uno empezara a recorrer un camino opuesto. Ya nuestros ritmos no eran compatibles. Así lo quisiéramos, no éramos los que necesitábamos ser para estar juntos. Y si una mujer no es la que debe estar contigo, la que te dejará recostar en su vientre, por más que intentes no podrás estar con ella. Siempre se presentará algo que impida el encuentro. Eso quiere decir que ella no es la que debe estar a tu lado. Porque cuando una mujer es la indicada, la que te acompañará, llegará en donde quiera que estés, en el instante preciso. El peligro es quedarse detrás de una mujer no indicada mucho tiempo negándose a la posibilidad de dejarse encontrar. No imaginaba eso con Ella. Además, nosotros ya no éramos encuentro, no éramos compatibles y nuestros movimientos habían dejado de ser armoniosos hace mucho tiempo. Nos quedaba cierto recuerdo lejano que apenas llegaba a la gratitud y no al deseo de sentir que se puede tocar la eternidad con las manos. Y la eternidad es el instante del instante, el beso que te genera mareo, la respuesta orgánica a ese beso, como una calada de cigarrillo en ayunas o un sobresalto al corazón.
—Lamentamos decirle que prescindimos de sus servicios.
—Bueno, las cosas no son como uno las imagina —contesto.

Miro la jefa de personal y quiero abofetearla porque por su culpa soy un desempleado más.
“Nancy la gente está acostumbrada a ser pisoteada. Si un jefe de personal dice lústrame los zapatos, lustran los zapatos. Yo soy distinto porque defiendo la dignidad del individuo. Por ello… eh… ya sabes… renuncié”. No, parezco muy heroico. “Nancy es hora de cambiar de vida y conseguir un mejor trabajo”. Tampoco. “Mira… eh… voy a montar un negocio con un amigo que será una mina de oro”. Ni yo lo creo. “Mientras surtía los aceites una voz interna me dijo que algo grande estaría por ocurrir y ya sabes… eh…”.

—Hola ¿Cómo te fue?
—Bien querida… eh… lo novedoso… eh… es que perdí el trabajo.
—¡Cómo! ¿Hablas en serio?
—Si, pero hay solución.
—¡Solución! Lo mismo dijiste cuando te despidieron de la fotocopiadora. ¡Siempre lo mismo! ¡Tu puta inestabilidad!
—Nancy no te enojes, las cosas volverán a ser como antes, confía en mí.
—¡Cómo antes! ¿Cuándo aprenderás a asumir responsabilidades? ¡Estoy harta de mantenerte!
—Pero Nancy...
—¡Pero nada! ¡Te vas!
—Nancy…
—Ya me sé tus excusas. Eres diferente a otros tipos, eres orgulloso, eres libre, eres el que escucha una voz interna que nos hará millonarios.
—Nancy, me duelen tus palabras.
—¡Ahora te duele!
—Ehhh...
—¡Lárgate!

En la calle soy otro desempleado sin mujer y sin casa. A unas cuadras adelante veo un bar.

—Señorita, una cerveza.

Pongo la maleta en el piso. Una cerveza y otra y otra. Una mujer se acerca:

—Te ves mal.
—¿Te parece?
—Si, pero yo te puedo… sabes… rehabilitar.
—¿Qué harías?
—Tienes que descubrirlo.
—No estoy de ánimo para las adivinanzas.
—Pareces un adolescente.
—Y si eso te parezco ¿por qué no te vas?


Otra cerveza. ¿Cuánto le debo? Gracias. Al querer tomar la maleta descubro que ésta no está ni tampoco la mujer que antes me había saludado. Así que en la calle soy otro ebrio sin empleo, sin mujer, sin casa y sin maleta. Voy cabizbajo y en una esquina tres jóvenes me detienen. El mas chico se lleva las manos al bolsillo del pulóver.

—Viejo, danos la billetera.
—¡Qué!
—¡Maricón la billetera! ¡Yaaaaaaaaaaa..!
—¡Qué!

De un puñetazo en la oreja me arroja al piso. Siento, sin poderme defender, como sacan la billetera del pantalón. Intento reponerme del golpe cuando de nuevo me toman de la camisa y me levantan de un tirón.

—¡Borracho la calle no es dormitorio público! Búscate otro lugar o...
—O ¿Qué? ¿Me golpearas?
—Muy bravo ¡Toma!

Con la cacha del revolver el policía me rompe la frente. Recuerdo la jefe de personal, a Nancy, a la mujer del bar, a los tres atracadores y de un golpe le hundo un pómulo al policía. Otros policías acuden a la escena.

— ¡Quieto, manos arriba! —grita un oficial.

Alzo las manos y TRÁCATE. Un cachazo en el rostro. De nuevo al piso y los polizontes empiezan a patearme. Minutos después un gato pasa y saca las uñas.
Todo lo que piense puede alterar el orden de las cosas.
Cada acción es como un bumerán:
Una mala intención coarta el aliento del otro,
un deseo perverso oxida el abrazo,
una queja tras otra queja evocan el invierno.
Hay que aprender a agradecer para afirmar el propio peso,
estar sobrio para aceptar la soledad,
respirar para arar el espíritu en Dios,
la multiplicidad del instante,
el fuego que mueve todos los cuerpos.
Cada cosa es una pieza fundamental de la existencia.
La flor es más antigua que el hombre
y apenas huele.
La roca es el origen del oxígeno
y no se mueve.
El amor florece y apenas es una vibración.
Pero, el pájaro canta
y se prefiere el ruido de los automóviles en la autopista.
Todo es imagen mientras se toque
en estos tiempos donde nadie ama
y el cuerpo es el altar del olvido.
¡Oh fuerzas invisibles!
¡Oh vibraciones intangibles!
¡Oh manifestaciones divinas!
Los hilos los cortaron hace mucho.
La rebolusion
avita el hip hot
consiente.

Medeyin 2010
Muaaaaaaaaa
mua
muaaaaaaaaaaa
mua
muaaaaaaaaaaa
más cerca
mua
muaaaaaaaaaa


Porque se me rompen los dientes
de querer...
ya sabes...
reina de todas las distancias
muaaaaaaaa
mua
muaaaaaaa












Volví a escribirle a Y. porque no quería acertar que las cosas terminaran sin haber empezado. Claro que desde hace unas relaciones para acá esa ha sido la constante. Todo empieza sin empezar. Y. optó por la indiferencia y yo no hice nada para remediarlo. Me hice el fuerte. Me dije a mi mismo que no debía perseguir mujeres como si se fueran a extinguir. Así que dejé de escribirle. Pero, la vi sentada en una cafetería, con su delgadez, sus hombros descubiertos, sus gafas de lentes gruesos, sus ojos distantes y saltarines. Me senté frente a ella para que supiera que como ella yo también podía ignorar. A los veinte minutos le escribí un versito y se lo entregué. Y. sonrió y ya, no más, fin de la historia. No logré que Y. se abalanzara sobre mí y me dijera que por mis líneas sería mía para siempre y nos iríamos a vivir juntos. Maldije su nombre con un trago de cerveza y una calada de cigarrillo. Con Y. las cosas van para ningún lado. La siento lejos. Está lejos. Mierda. Lejos. Tanto que ni los versos de los grandes poetas que leo la tocan.

Creo que algo está mal en mí respecto al amor. No quiero admitir, pero como que mendigo amor. Quiero que me den caricias, besos, palabras, abrazos, entrepiernas, entradas y salidas en la madrugada después de unas copas de vino. Como que no aprendo a estar solo. Esa tarde me encontré con O. y la besé sin que me gustara. Le dije que metiera una de sus manos al bolsillo del jean para que sintiera mi gran pluma de tinta espesa y húmeda. No me arrepentí. La verdad fue delicioso, aunque para muchos sea un suceso enfermo y triste. Bueno O., lo que más me gustó fue ver tus gestos que no sabían como acomodarse a tu rostro. Luego llamé a S. y le escribí a B. No me sorprendió que S. me dijera infantil y me colgara. Pero lo que le escribí a B. lo reproduje y se lo envié a C., M., A., y N. Como ninguna se reportó le dije a la luna que si quería que durmiéramos juntos y la luna me mostró su lado oscuro. Entonces me dormí solo. Desesperado y solo. Triste y solo. Borracho y solo. Entendí que necesito estar solo. Cuando ya iba a cerrar los ojos apareció de la nada una mujer vestida de negro y con tez blanca. Una mujer en extremo delgada y con el rostro cubierto con un velo. Me asusté y le dije que no la necesitaba, que me llamara para asignarle una cita. La mujer sonrió y dio varias volteretas, como la mujer maravilla y se sumergió en la tierra como un taladro. Pero las baldosas estaban intactas.
Para vencer, ceder.
Capitulo 1
El Hombre estaba apoyado en la baranda de la cama intentando no pensar en que tenía hambre. Miraba el techo casi sin parpadear mientras apretaba a su panza una biblia de pasta dura. Llevaba horas esperando a La Vida y empezaba a desesperarse. Así que abrió las manos representando una cruz (la biblia cayó al suelo) y gritó: “tengo sed”.

Miércoles
Miércoles mató a su abuelo justo el día en que despertó de su estado de coma. Al abrir los ojos lo primero que hizo fue buscar un espejo. Se miró y no se reconocía a sí mismo. Le parecían extrañas las alas que le habían salido en la espalda, abajo de los omoplatos. Intentó moverlas y el movimiento le produjo un ardor que le aguo los ojos. En ese instante abrieron la puerta, era su abuelo. Miércoles abrió las alas y le clavó los dedos índices en los ojos. El viejo produjo un ronquido seco. Luego, Miércoles introdujo la mano derecha en el pecho de su abuelo y extrajo el corazón. Agitó las alas y salió por la ventana.

Capitulo 2
La Vida se sentaba en los parques a observar la fila india de hormigas que cruzaba el césped. Con una ramita seca extraía una hormiguita y la dejaba caer en un charco. Cuando la hormiguita intentaba escapar La Vida la hundía una y otra vez . Luego, La Vida de un sobresalto, sin importarle la coordinación de sus movimientos, su hombro derecho más caído que el izquierdo, atravesaba el parque hasta llegar a su casa. Subía a su habitación y mordía un muñeco de yeso colgado que El Hombre le había construido hace años.

El Hombre
El Hombre bajó las manos y caminó hasta la ventana. Frente había otra ventana en la vio el forcejeo de dos personas. Se estregó los ojos para enfocar bien y vio como los cristales se rompieron en pedazos en el pavimento. A la vez vio un individuo con alas elevándose en el aire. Todo fue tan rápido que cuando volvió a parpadear solo quedaba la ventana con el vidrio roto.


Capitulo 2.5
La Vida cruzó, casi sin darse cuenta, el espacio que había entre dos vehículos en movimiento. Uno de los vehículos frenó en seco. Al otro lado de la calle La Vida se detuvo y vio trozos de vidrio en el pavimento. ¡Sorpresa! entre el vidrio y la tierra había un pedazo de carne dando brinquitos. La Vida continúo su camino a casa sin detenerse.

Capitulo 3
Miércoles atravesó el cristal de la ventana con el corazón de su abuelo entre las manos. No había dado diez aletazos cuando sintió un escalofrío en el cuello. Para no perder el equilibrio dejó caer el corazón. Miércoles vio una niña que lo miraba y se intimidó con las sombras que la rodeaban. Sombras de distintos tamaños. Sombras que lo amenazaban. Sombras que parecían buscarlo.


Muerte
Muerte tenía la orden de matar a La Vida, El Hombre y Miércoles. Su plan consistía en alterar el curso de los hechos. Necesitaba que los tres seres se reunieran en un mismo lugar. Así que hizo sentir culpa a La Vida y ésta huyó camino a su casa, la misma de El Hombre. Miércoles vería las sombras que rodeaban a La Vida y se intimidaría, pero, volvería a buscarla.

Capitulo 4
La Vida vio a El Hombre si camisa frente a la ventana. Sin saludarlo continúo a su cuarto. Mordió un muñeco de yeso durante quince minutos. Cuando se tranquilizó bajó unas escalas en caracol. Sus pasos discontinuos retumbaban en los maderos. La Vida llegó a la sala y caminó hacia El Hombre, su padre. Tomó la mano de El Hombre y lo condujo hasta la mesa. Cenaron en silencio. El arroz se mezclaba con los granos de alverja en la boca.

Muerte 5 capitulo
Muerte se recogió el cabello. Caminó como una mujer madura, sin esperanza en los ojos. Subió el edificio. Introdujo las llaves en la cerradura y abrió la puerta. Muerte entró y se sentó en la mesa. En la mesa había tres platos con arroz, alverjas, tajadas de maduro y pollo. Muerte no determinó La Vida ni a El Hombre. En silencio mordió una tajada. Tocaron a la puerta. El Hombre giró la chapa y Miércoles tomó la boca de El Hombre y la abrió de tal manera que se introdujo por ella. El Hombre-Miércoles volvió a sentarse en la mesa. Muerte sintió la energía de Miércoles dentro de El Hombre y se abalanzó sobre él. Como aves de rapiña levitaron hasta el techo. Pelearon. Las lámparas rebotaban. Muerte y El Hombre-Miércoles intentaban devorarse. Lucharon hasta que la luz los envolvió en un enorme manto aural que los cubrió y los hizo incoloros, fantasmagóricos, ecos de burbuja de jabón.

Capitulo 6
Los cuerpos de El Hombre-Miércoles y Muerte se convirtieron en luz. La Vida estuvo mirando la luz con sus ojos inexpresivos. Aunque estaba aterrada no se movió del comedor. Mientras, nosotras vimos a La Vida sentada, inmóvil, sin reaccionar. Entonces salimos de nuestro escondite atraídas por la luz. Pero justo cuando nos dirigíamos al techo La Vida nos distrajo. Empezó a dar gritos y a quitarse la ropa. Abrió las piernas y con la mano derecha humedeció su sexo. En ese momento dejó de gritar y cerró los ojos mientras se mordía los labios. De entre las piernas una abertura con una luz violeta mucho más suculenta que la propia luz. Entramos y nos encontramos con su hijo, el que ahora cuidamos con esmero.
Tiene 27 años y es un poeta aficionado. Desde los diecisiete intenta escribir metáforas, pero sin nada relevante que lo inmortalice. Muchas veces se ha enamorado y unas cuantas ha sido correspondido. Claro que ahora contempla las mujeres sin ver ninguna en específico. Últimamente es un cazador que no sabe utilizar la lanza. Dizque porque no quiere alejarse de la belleza. Por eso, no deja que la belleza lo entristezca porque no puede tocar a la mujer que ve ni alzarle la falda, recitarle un versito húmedo y esas cosas que tanto imaginan los poetas inéditos, que a nadie importa y que se suele creer tienen pelotas de plástico. Lo único que sabe es que morirá un día. Por ello, la fecha es un artificio de la memoria y se recuerda los hechos más que la cifra en que ocurrieron. Por ejemplo, un veinte de octubre será veinte de octubre en el año 3000, a no ser que a los días les pongan ruedas en el futuro y para nombrarlos se necesite perseguirlos con ataúd.

Ella estaba frente a mí hablando, con el envase de la cerveza en la mano. Sus gestos me eran deseables, sus senos deseables, sus piernas deseables, sus muñecas deseables… Era un regalo de la estética, parecía una reproducción del cuadro La Rochelle del pintor William Adolphe Bouguereau (Francia, 1825-1905). Claro, la modelo que yo veía estaba con ropa y no tenía el mar de fondo. De tanto verla en tanto en tanto la necesité cerquita, calientita para besarla toda la noche y decirle mía hasta el amanecer. Pero de tanto verla, de tanto pensarla, de tanto tanto tantotanto imaginarla en mi lecho se me hizo necesaria.

- ¡Qué haces!, dijo ella
- Sospechaba que ibas a huir del beso.
- Entonces no lo hubieras intentado y nos hubiéramos evitado el mal rato.

Sonreí. Con más determinación me conduje de nuevo a sus labios. Esta vez me dejó sentir la humedad de sus besos. Pero algo había sucedido. Ya no la veía tan maravillosa. De su rostro destilaba una gota de piel como si le faltara todavía un último detalle, una pincelada final. Y de súbito llevó la mano a la mejilla. Se incorporó. Caminó hasta el extremo del parque. Cruzó la calle y abordó el Circular ruta 301. Frente a mí quedó una mancha grisácea que olía a sexo húmedo, a cruasán, a bostezo de bebé y a empanada de mil con guacamole.

Algún día los textos como hormigas treparán por las paredes con ideas tres veces mayores que su peso.  En fila india ascenderán a los árboles y hurtaran de la intimidad del verde, del centro del oxigeno, algunas líneas  de Stevenson o versos de Pound. Entonces, cuando eso suceda, el mercado del papel y el carboncillo se irá a pique, al igual que las futilidades del erudito que sacrifica el instante por las normas áridas de la escritura que se envenena de amor frígido.  Lo más seguro, ocurrirá que serán llamados genios aquellos que no escriban.
Si todo por estos días da lo mismo: la Universidad cada vez tiende más a la privatización, la indiferencia es el nuevo gobernante de los colombianos, la muerte es el rating en los noticieros, la vergüenza denigra la política…nada nos satisface, entonces, da lo mismo estar alegre. Porque el que se atreve a sonreír se atreve a creer. Y los niños creen al 120% cada día. Si, estas creaturas de orejas grandes, voces alteradas por gas helio, discursos impecables de lo indecible, manitas de ratón gigante, dientes inestables y amarillos, piernas torpes… me enseñaron reír todos los días. Porque si la vida es un acto de fé ellos son los monjes que enseñan el cómo creer. Pero, reconciliarse con la infancia puede ser aterrador. Porque al volver a la época en que no existen los rencores se vuelve a necesitar de un guía, de un soporte que brinde seguridad y pautas en el camino. La independencia entonces es una niña recostada en la cama, con pijama de boleros, esperando a que le narren un cuento para conciliar el sueño.

El edificio del frente, justo a doce metros de la oficina, una mujer lee en ropa interior. Con una mano recorre el borde del corpiño hasta encontrar el pezón y ensalivarlo.
Atrapados como ciegos los habitantes del pueblo en que vivo memorizan rutas sin horizonte. Caminan sin imaginar que arriba de ellos está la luz. Para ellos la  vida fue la encrucijada de ciertas cosas que se repitieron una y otra vez sin que se dieran cuenta que pasaban.  De viejos, cuando sintieron el dolor de espalda y el temblor en las manos, se enteraron de que las cosas que los asustaron de jóvenes siguen siendo las mismas. Y los jóvenes que ven repiten sus historias y caminan por las mismas calles sin horizonte.  En esta tierra de ciegos en la que vivo alquilan recuerdos y promocionan el olvido todos los domingos después de misa.