Supongamos que perdí. Estoy con ella pero sin ella. Muerto el deseo los cuerpos son estatuas que conviven.
Supongamos que el silencio cristaliza y las manos desconocen el lenguaje de las caricias.
Supongamos que hay cactus en la habitación y el aire asfixia de tantos acertijos en las paredes.
Supongamos que descubrimos cierres en la boca y tenemos la risa como rehén.
Pero el juego continúa. Sí. Perdimos, es todo. Entonces al diablo las suposiciones y tiremos de nuevo, por separado, los dados y ¡a las apuestas!
Hacía frío cuando me desperté y miré a la calle. El amarillo salía de todas las esquinas y me señalaba. Era el amarillo o yo.

Miré el primer otoño de mi vida. Todavía lo miro. Hay guayacanes por todas partes, hasta en los sueños. Pero el amarillo se despertó con sed de mí.

Crucé la esquina, la que va al departamento en que vivo desde hace una semana. Miré la flecha, obedecí la señal. El mundo está hecho de señales y crímenes de color amarillo. Puto amarillo. Mi crimen será escribirlo con h hamarillo y fotografiarlo.

Crimen a medio cometer. Así que saqué la cámara de la mochila, miré la entrada de la estación del tren. Apunté y tracate. Perdón, la cámara no hace ruido de pistola.

De nuevo, otro disparo a un árbol seco. Porque en otoño las hojas se amarillean, luego se secan y caen de los árboles. Después llega el invierno.

Como todo turista, porque todavía soy turista, si me ven como turista, el turista que habla distinto. Bueno, como turista le disparé a estación del tren. Heregía permitida por mi asombro anóstico, por mi duelo con el amarillo.

No quedé conforme con el atentado a la estación del tren. Apunté a otra esquina para verificar el pulso y la furia del amarillo. Mejoran las cosas. Más amarillo. Amarillo y yo amari.

La heregía mayor, la iglesia, la nueva iglesia, la que fue reformada en los 90. El lugar donde un cura Irlandez no quiso dejarse entrevistar porque no le dio la gana, porque yo tenía cara de indio civilizado y mugroso. Cura que escucha rock pesado y llama a Dios todos los domingos a la 7 de la tarde.

Luego le disparé al sol porque no me gusta el sol, ni la iglesia, ni el calor, ni el frío, ni este blog, ni las fotos, ni los lectores, ni Dios, ni la llegada, ni la salida, ni la quietud sin acción.

Aviso parroquial: "Necesito mujer que hable poco y no le moleste que yo hable poco y sea un ocioso y esté erecto todo el día. Las interesadas pueden dejar los mail en los comentarios de este blog y yo me contacto. Ah deben pagar la cerveza y los cigarrillos".
Hoy quise gritar, llorar, enloquecer
Quise no aparentar,
arrancarme la cara,
dejarme llevar por mis impulsos,
ser insano
y poco confiable
Quise llorar,
ahogarme con las lágrimas
Quise tirarme por la ventana,
ser otro,
reposar en una tumba sin nombre
Quise llorar
Quise salir y abrazar a alguien
Quise amar y ser amado
Quise llorar
Quise llorar y entender la pena
Tuve miedo
Temblaba desde adentro
Quise con humo
llenar el agujero que aparece en el espejo
Quise no se débil y contradictorio
Quise mirar el techo y entender,
encontrar un motivo
Y miré
y miré
el techo.
Nunca me han gustado los finales felices. Son desesperantes si se anhela terminar la búsqueda individual con alguien. Me gusta la existencia de un rostro brumoso en el corazón haciéndome maromas para que lo vea, para que lo haga palpable. Porque cuando acudo al llamado la magia desaparece y el rostro se hace indivisible, con común denominador: el aburrimiento.

Tal vez no aprenda a estar con nadie. Tal vez no quiera. Tal vez si quiera. Tal vez no pueda. Tal vez llore. Pero lo bueno de los finales es la bruma que se levanta cuando quedas solo así la soledad te doble las piernas.

Si, me hiciste un favor examor, me tiraste a los cocodrilos de la bruma. Debo aprender a defenderme con el cortaúñas que usurpé de mi madre y guiarme con la brújula del instinto. De cremallera abierta al horizonte hasta que el sol aparezca en las entrepiernas de otra. Chao amor, nos vemos en otro cuerpo, en otros pechos, en otras circunstancias.
No porque me esté quedando calvo, tenga tres pelos en el mentón, fume como loco, quiera fornicar noche y día me acople al calificativo de poeta.

No porque haga versitos, escriba en este blog mas de lo necesario, juegue a ser trascendental, plagie algún ritmo de Leon de Greiff y trague saliva sin vergüenza acepte que llevo alta la pipa.
No porque esté ensoñado de tiempo completo, enrede misterios (o eso creo), coleccione instantes que garabateo en un cuadernito con vacas en la carátula, me insulte cuando me veo en el espejo porque me desconozco y arrugue el ceño de tanta pregunta signifique que soy poeta.

No porque me duela el cuello de mirar el cielo, me abisme con las nubes a riesgo de parecer autista, celebre cada movimiento, vea por minutos la fila de hormigas que cargan palitos y hojas secas, me encandile con lo bello y lo quiera para mí con el egoísmo del viento indique que soy poeta.

Nada de eso. No soy tal cosa y he tenido que soportar con impotencia que algunos amigos míos me lo digan. Por el aprecio que les profeso, se han salvado de un puñetazo.

Tejedor, campesino, maicero, montañero, frijolero soy. Un hombre bioceánico, encorderillado, empacillado, embambucado, encafeinado, emparrandado, enguascado soy.

No es gratuito que lleve una guerra de 50 años contenida en la piel y me ronden actos violentos, de asesino. Soy producto histórico, uno más de los hijos de los ochenta en Colombia. Los que hayan nacido en esa década saben lo que siento. Somos violentos por inercia.

Aún así creo en las flores, en los mangos, en los aguacates. Soy creyente del trópico. Soy Antioquia, montaña, Cuaca, Urabá, Choco y me gusta la arepa y el chocolate y el huevo revuelto al desayuno.

No porque evoque mi tierra después de haber atravesado las fronteras tras un sueño soy poeta. No se confundan. Nada de eso. Es solo un rumor falso. Porque a donde vaya, a donde llegue seré un campesino, un hombre con el espíritu en hojarasca, un antioqueño de cepa, un mazamorrero con nubes y montañas incrustadas en la retina.
Anteayer no quería verte ni tocarte. Ayer te odié porque tenía frío y dormí solo. Hoy miro el lado de la cama en que faltas y no se hunde. Miro. Susurro, despacito, silaba por silaba, tu nombre.
En los últimos dos meses he aprendido más de la mano izquierda de lo que hubiera imaginado.

Debido a un accidente, a una pelea necesaria, me quedó inhabilitada la mano derecha. Así que por necesidad debí aprender a manejar la izquierda.

Con la izquierda uno hace la señal del anticristo y los cuernos y representa sus deseos impuros. Nos avergonzamos de un acto de izquierda porque es la mano que escondemos cuando tiramos la piedra, aunque la piedra haya sido tirada con la derecha.

Con la derecha nos bendecimos, nos sentimos seguros, saludamos con dignidad, damos la primer caricia porque es la mano de los movimientos exactos y de buen olor.

Con la izquierda no se puede saludar a nadie. El que saluda con la izquierda es juzgado de loco o que esta perdiendo el uso de sus facultadas motrices.

La mano izquierda representa los actos femeninos y la derecha los masculinos. Claro, actos mirados con la lupa de occidente, cultura de hombres.

La izquierda es la mano de la guerrilla y la derecha del gobierno. La izquierda es del subversivo y la derecha del aristócrata. La izquierda de la mujer culta y la derecha del hombre promedio.

En fin, con la izquierda se evoca la inconciencia, la parte femenina que en mi conciencia masculina encuentra un equilibrio entre estas dualidades, tan preocupantes desde los orígenes.

Hoy es un día de izquierda, de caminar y de asombrarse por las cosas nimias e interesantes que por visibles no son tomadas en cuenta. Un día para tomarse un vino y recordar un amor perdido.



Tengo un afán desenfrenado. Falta el aire. Quisiera fumar. Pero ese querer es de tiempo pasado, cuando era triste. Ahora es distinto. Siento otras sensaciones. Es como sentir en cámara lenta que es casi como no sentir. Sucede el movimiento sin ambiciones.

Cuando podía fumar lo disfrutaba porque el cigarrillo es el maquillaje del triste. Entre más triste fumar más. Se ve bien, un solitario de cabaret, el que fuma su tristeza.

Cruzo, como todas las noches, sin novedad, las calles. Atrás los faros y las conversaciones. Llego a la estación del tren. Me siento en una banquita. Deja de agradarme la idea de esperar. Ya ni sé porque razón espero pero espero. Hay algo en el movimiento del que llega que me inquieta,
ahora que han desaparecido las fechas y el tiempo se resume en un siempre y repetitivo minuto que se alarga .

La estación está vacía. Estoy solo, sentado, conciente del viento pero sin sentirlo. Un teléfono suena. Trin, trin, trin… Un perro evita pasar por mi lado, en un chillido huye con rabo entre las patas.

Los grillos, el ladrido de los perros, los motores de los automóviles anticipan el grito mecánico, la voz de hierro de la locomotora. Miro lo negro del horizonte. Espero la señal, la luz del tren atravesando con sus seis vagones la oscuridad y el silencio.

Siempre es lo mismo, la esperanza de distraerme un poco con la vida de otros.
El aburrimiento duerme hasta las 10, hora en que la ilusión se quiebra en pedazos y la soledad hace pesados los brazos.
El amor no resucita al tercer día.
Era un día de los mejores hasta que aparecí con la cámara y trácate, empecé a cazar instantes

Lo primero que hice fue besar a Lu porque me dio la gana besarla. Además tenía unos labios que eran para apretar quijada y soltar saliva. Un mua en todas las direcciones.
Ese día Lu le había escrito un poema al vendedor de tinto, pero el vendedor no le pidió el poema porque yo estaba ahí, interfiriendo con mi cara de madroño esterilizado.
Una imagen de una estación de tren. Sería inaudito no tomarla ¿No creen lo mismo?
Ah... este soy yo. Posé a propósito porque estas son las fotos que se toman en los viajes. Que se le va hacer. No soy original pero me veo bien en sepia.
A esta señora se le olvidó empacar su almuerzo y se devolvió porque se le vinagraba. Eso pasa en todos los paises.
Me callo comentario. No es necesario. Si alguien lo encuentra ofrezco recompensa.

Bueno, tengo algo de narcisita. Me gusta el tenis de mesa . Che, si encuentro algún contrincante les aviso. Por lo pronto. No nada. Suerte.

Desde hace una semana que el invierno va apareciendo en tus ojos.

Trabajas hasta las cuatro, vas a la escuela, regresas con el movimiento de las horas torturándote los huesos, y aún así me haces algo de comer, vemos una película por día, me enseñas a hacer artesanías, me invitas a tomar mate con tus amigos. Te resistes a creer que soy autista y esperas a que te sorprenda con un discurso encantador. Pero nada, no respondo.

La verdad es que la claridad me ha tragado las palabras. Ahora que puedo ver al horizonte sin interferencia me duelen los ojos.

Te veo y me veo y siento frío. Hasta pienso comprarme un paraguas para verte a los ojos. Incluso tengo un saco de lana para enfrentar tu mirada. Se hace escarcha en la piel.

Recuerdo cuando viajamos en tren desde Suipacha hasta Buenos Aires y en Buenos Aires tomamos el Subterráneo. Literalmente íbamos bajo tierra. Impresionante. Todavía me impresiona. Sin punto de transición aparecimos en el centro de la ciudad, en medios del movimiento, los automóviles, los edificios, las avenidas…

Sacaste un mapa de Buenos Aires porque es una ciudad inmensa y más vale estar preparado. Miraste el mapa y nos dirigimos a la fotocopiadora de Nervio, un amigo tuyo.

Entramos. Saludaste y me entretuve con un cd de Pearl Jam. No hablé. Apenas contestaba a las preguntas. Las palabras se me quebraban en la garganta. A la salida, en el parque del congreso, me dijiste que me distraigo con facilidad y nada se me puede cruzar en las manos porque pierdo noción del espacio y tiempo, tengo un poder de distracción bárbaro.

Caminamos. Mejor dicho caminaste, yo iba de porta retratos. Una fotografía Colombiana que gesticula y se enferma de la panza con el agua de Buenos Aires. Una fotografía que mientras empacabas tus cosas en tu apartamento se quedó mirando la película “El curioso caso de Benjamín Button” de David Fincher protagonizada por Brad Pitt. Una fotografía que le gusta la actuación de Brad Pitt en las películas de drama como la de El lado oscuro del sol o Doce monos, por citar solo algunas. Terminaste de hacer las cajas y la fotografía ahí, sin revelar intención.

Vi nubecillas en tus ojos. Nubecillas que se posaban encima mío, sobre mi cabeza. Sentí frío. Temblé.

Afuera llueve. Las nubecillas de tus ojos cubren el cielo. Llueve. Más allá de la lluvia llegan noticias. Tres amigos se graduaron: Lucho, William e Ingrid. La mamá de Alejandro lamenta que hubiera abandonado la carrera.

Las nubecillas de tus ojos bañan las calles, despintan el color de la tarde, le arranca hojas a los árboles.

Pero más allá de la lluvia se avecina el otoño. Más allá de la lluvia viene la otra estación de tus ojos, espero que también sea otoño y las hojas de los árboles que hay en tus ojos se pinten de amarillo, de un amarillo que es de todos los matices. Espero en otoño atravesar la lluvia, el frío, la llanura y morderte los labios y cantar con vos milongas amarillas.

Estoy atrapado en mi nombre. Un nombre que respira y mira. Un nombre que parece inofensivo pero que intenta gobernarme.

Llamarse Camilo es un interrogante sin resolver. Por algo camino encorvado, cada vez más parecido a un interrogante. Si hasta me conseguí un sombrero para graficar el punto que me falta para ser el interrogante completo.

Esto del nombre empecé a sentirlo desde muy chico cuando un Oscar, un Diego, un Edwin, un Mauricio se comportaban muy diferentes y parecían convivir sin problemas con el nombre que les tocó llevar como cruz. En mí era otra cosa.

En el colegio, cuando encontraba a otra persona con el mismo nombre le hacía preguntas sobre mis comportamientos. Cosas como que los asustaba, si eran introspectivos, si tenían dificultades para relacionarse con otros nombres. Me sorprendía el silencio de estas personitas a tales preguntas. Evitaban contestarme. Así que debía observarlos y sacar mis propias conclusiones.

El Camilo es cosa seria. El que lleve ese nombre por lo general es fanático algo o está en continua discordia consigo mismo porque no admite que ese nombre lo controle.

Aunque en apariencia el Camilo se puede relacionar con otros nombres no intima con nadie. No se caracteriza por llamar a un amigo, a no ser a pedir un favor. Está en líos con el amor y el trabajo. Lo único que lo salva es la salud. Necesita estar de pie para cargar el peso de llamarse Camilo.

Además, etimológicamente, llamarse Camilo es colgarse al cuello una misión divina y tormentosa. El origen de este enigma es hebreo “Kadmel” que significa “aquel que es mensajero de Dios”, un dictamen divino y el que lleva ese dictamen debe consagrarse al dolor y la purificación inmerecida. O también en griego “Kadmilos” que significa “nacido de justas bodas” que en resumidas cuentas es el que debe cargar el peso de la tradición de generaciones pasadas, el miedo heredado, el estigma de morir católico y conservador.

Y pese a todo, no renuncio al nombre de Camilo. Me gusta como suena, pero tampoco le hago caso. Pensar en eso me complica la existencia y la idea de Dios. Eso de ser emisario divino no me agrada, requiere mucho dolor y compromiso. Por algo injurié, leí el padre nuestro con los calzoncillos en la rodilla, dibujé a la Virgen desnuda con un consolador en la misma mano que sostenía al divino niño, invoqué la tristeza para librarme de las responsabilidades, rompí el cordón umbilical a muy temprana edad…

Lo que más me asusta es cuando una mujer que deseo y quiero dice mi nombre. Siento que nombra a otro que no corresponde a mí. Llama a otro con mi cara que piensa cosas diferentes. O después de hacer el amor mi nombre es el que siente mientras yo enciendo un cigarrillo y espero el momento de decir algo, sentir mi voz en mí.

A veces, también, escucho una voz que dice mi nombre, segundos antes de conciliar el sueño, y se me erizan los vellos. Es como si el nombre se pronunciase así mismo y me castigara por ignorarlo, por pasármelo de largo. Me lleva a lugares que no conozco, a paisajes pesadillescos que me hacen despertar a gritos, empapado de sudor e indefenso.

Camilo es un nombre macabro, enemigo, está en contra de todo aquel que lo posea. Por algo la mayoría de Camilos son sonámbulos. Lo que hace el nombre es que cuando el que lo posee duerme, habla através de él. Dice verdades y vergüenzas ocultas. Claro, uno no se da cuenta hasta el otro día que el nombre hizo en uno una de las de las suyas.

Ahora que no estoy en mi país y que no conozco a nadie que se llame Camilo, camino tranquilo. Pero presiento algo, una jugarreta que me puede desestabilizar, un truco de mal gusto. A Lu, con la mujer que intento algo, mi nombre le ha dicho cosas mientras duermo. Quizás también se las haya dicho mientras creo que hablo con ella. Es maldadoso ese nombre. A ciencia cierta no sé qué es lo que le haya dicho. El caso es que ella está rara conmigo, más distante, hasta me dijo que fuéramos de a poco y luego se acostó a dormir. Es culpa de mi nombre, mi puto nombre. Pero Lu tampoco quiere decirme que fue lo que le dijo mi nombre. Estoy indefenso ante tales sucesos.

Camilo es un nombre fantasma que me persigue, peor que la sombra, me hace rastrillar los dientes de una manera incontrolable cuando descanso, en las horas de la madrugada, cuando estoy en todas partes menos en mí.

Es complicado este nombre de Camilo que se come mi comida, se pone camisas, medias, lee a Jaime Jaramillo Escobar y a Kafka, tiene mal aliento, es nombrado por la mujer que está seria conmigo, se rasca las pelotas y me araña la espalda cada que le da la gana o cada que le da por empujarme al pánico y divertirse un poco.
Salí de Colombia sin ilusión alguna. No quería imaginar el viaje sin viajarlo antes. Debía renunciar a lo que consideraba mío y seguro. Era mi primer aprendizaje. Renunciar a lo aprendido y establecido.

Había quedado con Bibiana y Mauricio en encontrarnos para ir hasta el aeropuerto. No llegaron. Bueno, si llegaron pero tarde. Igual, es nuestra costumbre llegar tarde a todo. Somos lentos, en Antioquia somos lentos y la lentitud nos gobierna. Hablamos lento, caminamos lento, comemos lento, hacemos el amor lento, estamos llenos de rodeos, nos gusta todo desmenuzado y de a poquito.

A la media hora, con dos bolsos, cansado de esperarlos, partí. Tenía miedo. Dos tipejos me observaban. Querían atracarme. Tanto que uno de ellos se llevó una mano al cuello y deslizó el dedo índice como si se cortara a sí mismo la garganta. Soy cobarde. Elegí el miedo e irme a quedarme a esperar a Bibiana y a Mauricio y correr el riesgo de perder los bolsos y ser apuñalado.

Tomé el avión rumbo a Lima. En Lima esperé hasta la madrugada para hacer trasbordo y seguir hasta Argentina.

En el aeropuerto de Lima me senté en una sala de espera. En frente había una americana. La miré y la miré. Era linda. Quería hablarle, decirle hola, estoy de paso, porque no nos damos un beso y esperamos juntos. Pero me entretuve con el libro El castillo de Kafka. Además me esperaba Lu y no quería contratiempos conmigo mismo.

El viaje hasta Buenos Aires duró 4 horas. Desde el avión la llanura era para no creer. Las montañas habían sido erradicadas.

Lu me esperaba a la salida del aeropuerto. Nos dimos un abrazo y un beso. Volvimos a abrazarnos. Aunque estaba un poco cansado la alegría de verla me erotizó. Claro, no fui muy expresivo.

Llegamos a Suipacha, un pueblo que está a tres horas de Buenos Aires. Un pueblo de 10 mil habitantes. Un pueblo tranquilo. Las casas son de un piso y parecen fincas de campo. Tiene tren que hace dos viajes al día. Hay minimercados y calles aún no pavimentadas. Hay bicicletas y automóviles viejos por todas partes. Es otra cosa a los ojos. No hay balcones con flores y mecedoras. Pero hay calles amplias y tren y perros inmensos y empanadas de pollo enrazadas en pastel de arequipe y ancianas en bici y niños en bici y mujeres con sus bebes en bici y una llanura que se escapa a la retina y un pueblo en bici a principios del otoño.

De entrada a la casa de Lu me atrapó el miedo. Yo era el centro de las preguntas y las miradas. Todavía lo soy. Permanecí callado. Me encerré en el cuarto. Dormí hasta tarde. Temía hablar con los papás de Lu. Pero fue más la paranoia. Son un encanto sus viejos y sus hermanos. Después de unas horas fumé con ellos, tomé mate, toqué a Lu, la besé de cuerpo entero. Volví a fumar, caminé por las calles de Suipacha, miré la llanura, extrañé las montañas, comí empanada y estofado de carne y fideos y arroz con carne. Volví a fumar. Una bocanada, dos bocanadas, tres bocanadas y el horizonte sin interferencias y ante los ojos la tranquilidad en bici tarareando un tango.

El hombre Herror se peina, se engorda, se mira al espejo más de lo necesario, come chicharrón y ve sábados felices, saluda de golpe y dice hifueputa porque si, porque le da la gana.

El hombre Herror suele trabajar ocho horas diarias, ver futbol, tirar los pantalones sin fijarse dónde, rascarse las pelotas en la calle porque es un macho, caminar haciendo malacara, decir lo que sea porque para eso es hombre, hombre Herror.

El hombre Herror no tiene un prototipo determinado. Más que rasgos físicos son actitudes lo que lo definen. Es una idea de hombre.

Por lo regular no sabe hacerse un huevo revuelto, planchar o lavar una camisa. En la casa es un parásito que cree que por llevar dinero debe ser admirado por nada.

Se le descubre en frente de la tv, en las tardes, después del trabajo, mirando RCN y Caracol y creyendo en Uribe sobre todas las cosas.

Se le reconoce porque habla en primera persona y está rodeado de hombres. Se aburre con lo que no tiene acción. No conversa sino que da órdenes.

Para él, la mujer, no es un ser pensante sino un ente con las piernas abiertas. Acude a ella para satisfacer el instinto.

Está afanado así no tenga que hacer. Por correr no escucha, por correr cree que Dios es un bulto de billetes. Dios es dinero. Y se empeña en conseguir a Dios, ambicioso de Dios. No puede vivir sin Dios en los bolsillos. Con Dios va a misa, a los centros comerciales, a los prostíbulos. Con Dios compra amor, respeto, camisas, miedo, vulvitas aceitadas, equipos de sonido, computadores…

El hombre Herror, por su afán de Dios Herror, no se permite el ocio. El ocio le molesta porque lo demuestra hombre Herror, banal, superficial, sin Dios, sin patria, sin vida, sin tiempo. Entonces se encabrona y ataca con el exilio a todo el que le devele un detalle de la intimidad y ensueño. No le gusta sentir que es un instante la vida, de pronto se le acaba y no tiene suficiente Dios para acceder a sus necesidades mercantiles.

Pero, en el fondo, el hombre Herror no tiene tiempo. La vanidad lo ciega, lo paraliza. Por eso le gusta el poder y apoya la violencia. Es fascista por sus comodidades. No le incomoda los comunicados de que redacta el hombre Basura de las águilas negras en Medellín. Que mueran los que tengan que morir porque Uribe tiene la razón. Sino alza un arma, alza su indiferencia en ráfaga.

En definitiva el hombre Herror se cree el redentor de occidente. Hombre hacha hombre hecho hombre chuzo hombre hueso hombre hielo hombre hambre hombre Herror…

El hombre Herror cree que se las sabe todas. Se cree el galán de turno. Imagina que su mirada es un trampolín al cuerpo de la mujer Herror. La que se maquilla 8 horas al día, la que no habla sino que mueve sus tetas y culo para ser escuchada. La también conocida como la mujer enlatado, la que se agita, se le mira la fecha de vencimiento, se digiere en poco tiempo y se olvida porque en el mercado de los hombres Herror habrá otra mujer enlatado más novedosa y liviana. Cada vez la mujer Herror es más portátil y tetona.

El hombre Herror cree que en el machismo como una religión. Tras ese mecanismo de control domina lo que no entiende. Hace de la mujer una propuesta publicitaria y no una intimidad compartida. Le hace creer a la mujer que es mujer Herror, la que debe acompañarlo sin pensar, la que debe estar al alcance del apetito sexual los minutos que sea necesario, la que no tiene proyectos individuales, la que cocina, la que representa el cero a la izquierda.

La excusa es que la historia de occidente, la de Latinoamérica específicamente, es una historia de hombres, hombres Herror. Por eso estamos tan jodidos. El pensamiento es masculino al igual que toda propuesta de cambio.

Y la mujer se creyó ese cuento y representa el papel a la perfección sin quejarse. Se dejó domesticar del miedo del hombre Herror. Porque en el fondo, el hombre Herror está lleno de miedo y sabe que en la escala natural es poca cosa, una figura de acompañamiento. Es la mujer la que crea, el rostro de la vida, la conservación de la especie. A ella le corresponde cargar el látigo del dolor. Es la mujer la que da vida y manipula los deseos de los hombres. Ella es la fuerte. Por algo en el catolicismo es María el portaequipaje de la salvación y José la imagen de acompañamiento, si importancia, ahí, entreteniéndose con la carpintería.

Es indignante que el hombre Herror someta a la mujer hasta la mujer Herror. Cuando ella es la que domina. Ella es la que intuye. Por algo todo problema sentimental es una falla masculina. La insatisfacción sexual es un efecto masculino.

Es la mujer la que puede cambiar esta mierda. Ya el hombre tuvo su oportunidad y su legado fue la guerra por la guerra, por el poder, por el dominio. Es hora de que las mujeres dejen su papel de títeres y derroquen a Uribe, cambien su discursito: Trabajar, trabajar y trabajar, por trabajar, soñar y vivir.

La mujer es un ser oblicuo y el hombre Herror un ser vertical. La mujer puede hacer varias cosas al tiempo. Está demostrado que puede ver tv, remendar una camisa, estar pendiente del sartén, hablar por teléfono sin descuidar ninguna de las actividades. Eso en otro ámbito sería distinto. El hombre Herror en cambio solo puede hacer una cosa al tiempo. Es inútil en todas sus posibilidades. Se queja por todo.

Al menos yo, hijo y nieto del hombre Herror, creo en la mujer. Es ella la propuesta del cambio. Claro, si despierta y hace lo que le da la gana, lo que le nazca, como complacerse más que complacer, dejar salir sus instintos sin ser juzgada, dejar de ser mirada en tercera persona, rebelarse con los cosmeticos. A esa mujer que hace lo que quiere, enfrenta a las mujeres Herror porque las encuentra indignas de su genero, la que propone un paro domestico nacional, la esa mujer me consagro.

Ahora soy un discípulo de una mujer, la escucho. Una de esas criaturas extrañas, que mira y pregunta y menstrua y habla me hechiza. A ella le entrego mi condición de hombre Herror para que convierta en un hombre, sin adjetivos.


…
Había sido infalible, impecable en el robo de libros. Además robar libros no le hace daño a nadie, sobre todo en un país donde los lectores son bichos raros. Hay robos terribles y permitidos como el de los bancos y el de los gobernantes. Pero ellos gozan de inmunidad porque no roban libros.

Mi primer robo fue en Fredonia. Cursaba en once en el colegio Liceo Efe Gómez. En la biblioteca vi un Libro, Ficciones de Borges. Había escuchado que Borges era un genio y un laberinto. Así que eché el libro en la mochila en frente de la bibliotecaria y partí. Aproveché mi cara de nerdo y criatura inofensiva.

Luego, el segundo libro, fue más pensado. Estudiaba Contabilidad y Finanzas en el SENA. En realidad era un simulacro. Pocas veces asistía a clase porque me aburrían los números. Pero debía hacer algo para que mi familia no ocupara mi ocio en labores del campo. Así que decía que estudiaba y lo que hacía era que me internaba en la biblioteca pública.

Admito, hice trampa. Pero, ¿Quién no ha hecho trampa? Y desde que hablemos, por el mero hecho de hablar, ya somos unos mentirosos, porque el lenguaje es metafísico y por ello impreciso, tramposo.

El mejor promedio del curso, el número humano, estaba enamorado de una mujer que yo conocía y era un petardo escribiendo. Hicimos un trato. Él me pasaba los pasteles de cada examen y yo escribía cartas de amor a la susodicha. Así mantuve la farsa por dos años.

Cierta vez a la biblioteca llegó una donación de libros. La bibliotecaria, como la mayoría de las bibliotecarias, ocupaba el cargo por favor político. No sabía nada de libros. Era una vergüenza que estuviera allí. Yo hubiera hecho maravillas en su lugar.

La masa gris que prestaba libros me mostró la donación. Vi una edición ilustrada de la Isla del Tesoro de Stevenson. Sentí la tentación de darle un puño y salir corriendo. Pero me contuve. Debía demostrarle mi superioridad, era más inteligente, de vez en cuando es grato saberlo.

Le dije que iba a prestar el primer tomo de las Mil y una noches. Miró el libro y me dijo que si alcanzaba a leer ese mamotreto. Sonreí. Los libros donados estaban sobre el escritorio. Los mejores robos son los más evidentes, los que se hacen de frente. Cuando ella registraba el libro y como era grande debía maniobrarlo con las dos manos, detalle previsto, aproveché y tomé el libro de Stevenson y lo guardé en la mochila. No se dio cuenta. Me entregó el tomo de las Mil y una noches. Salí de la biblioteca feliz.

En el tercer robo fui cómplice intelectual. Estaba con Mauricio Hoyos en la biblioteca pública de Girardota. Ambos hablamos de la ineptitud de la bibliotecaria de ese entonces. Tanto que él se había robado un tomo de la obra completa de Shakespeare. Él me digo que era muy fácil. La cuestión era hundir el estómago, abrirle espacio al libro, sacar pecho y nalga.

Mauricio guardó dos libros de tamaño representativo y los apoyó en la pretina del pantalón. Yo guardé los cuentos completos de Chejov y un libro de poesía de Juan Ramón Jiménez. Me temblaban las piernas y me tallaban los libros en la pelvis. Pero salimos ilesos con nuestro improvisado paso de reina. Hasta hablamos con la bibliotecaria y le dijimos que hacía muy bien su trabajo.

El cuarto fue en Confama. Eran eso de las tres de la tarde. Leía las enseñanzas de Don Juan de Castaneda. Hacían una bulla horrible. No podía concentrarme. Tampoco podía prestar el libro porque no era afiliado. Así que debía pensar rápido si quería leer ese libro.Fui al baño a pensar. Nada se me ocurría. Además tenía miedo de que la biblioteca tuviera alarma y me sorprendieran. Cuando salí del baño había una niñita de unos 6 años con un libro de cuentos en la mano. Le hice ojitos y la llamé. La niña salió con el libro y no se activó la alarma.

Entré. Del casillero saqué un cuaderno y algunas hojas de blog. Lo que hice fue meter el libro entre las hojas y sobre las hojas puse el cuaderno. Me dirigí al casillero y guardé las hojas con cuaderno y libro. Volví a sentarme. Leí otra media hora. Luego partí.

Pero el último robo fue un fiasco. Estaba en la Universidad de Antioquia. Hacía trámites para cancelar el semestre. Entregué los formularios y las cartas al jefe de departamento de la Facultad de Comunicaciones. Ah, también estregué el carnet. Gran vacío entregar el carnet.

Triste, me dirigí a la biblioteca y encontré la continuación de las enseñanzas de don Juan.

Pensé: “entregué los formularios hace una hora. De manera que no han deportado la cancelación de semestre. Todavía figuro como estudiante activo. Así que puedo prestar el libro y partir. Si, buena idea. Además para que deporten la cancelación de semestre el Comité de Departamento debe reunirse y eso se demora de dos a tres días. Así que no hay sospecha”

Me dirigí al primer piso de la biblioteca. Tomé un ficho. En la taquilla registré la huella digital.

- ¿Juan Camilo Betancur?
- Si, soy yo
- ¿va a prestar libros?
- Si, uno
- ¿está seguro?

Empecé a sudar. Algo andaba mal. Pero ya no podía huir.

- Si.
- Muy raro, muy raro, porque usted, señor, aparece en el sistema que canceló semestre.
- Ehhh… ¿eso es posible? ¿no hay un error? Y ¿eso puede pasar sin que uno se de cuenta?
- El sistema no miente Juan Camilo.
- Pero… pero… no sé… bueno… voy a ver que pasa porque no entiendo nada
- Si, averigüe y después viene por el libro
- Gracias
- ¡Señor! ¡Juan Camilo! ¡Espere!
- Si, dígame
- Es tan amable y me devuelve el bolígrafo
- ¡Claro, cómo no! Disculpe

Salí de la biblioteca y sonó la alarma. Me requisaron, pero no encontraron sino mi vergüenza y como no le servía a nadie me dejaron ir.

- Te amo
- No digas eso
- ¿Por qué?
- Es demasiado grande. Además, el te amo, es la atadura al otro, la aceptación de que el otro sea el amo. Y no hay amos en las relaciones sino cómplices.
- No me digas eso. Usted no siente lo que yo siento. Y si me da la gana de decirte que te amo es porque así lo siento. Y usted, egoísta, no puede entender lo que siento porque soy yo quien lo siente. Así que no le invente teorías al amor para justificar tus miedos y tus carencias afectivas.
- Ehhh… si… no… ¡Mira!.. Venden helados. ¿Quieres helado? Comamos helado. Si, comamos helado. Y olvidemos el asunto.
- Me besas
- Claro nena, con lengua y todo

En primera instancia escribís porque eres escritor. Bueno o malo, flaco y solo, lo que sea, pero escritor.

Te escribís. Tienes palabras que barajas en los dedos, que a veces, se te salen de control.

¿Qué escribís entonces? La verdad: tu historia. Instantes revueltos por la testarudez de contarlos.

Porque te gusta caminar rumiando alguna imagen, alguna frase sin temporalidad. Tus pies se hacen cargo del cuerpo mientras te abismas en cualquier cosa. Y te gusta verte así: individual y tuyo.

Te lees, relees y te ves. Sonreís. Te gusta como escribís y cuentas tus cosas porque no mientes cuando hablas de ti. Así, después odies lo que escribes. Pero te gusta verte y te relees como si te vieras.

Claro que no lees a tus amigos todo el tiempo. También tienes vergüenza. Pero cuando estas con tus amigos y ellos hablan, leen, caminan, te acuerdas de algo tuyo y sonreís.

Ocurre que tus textos son como espejos, vitrinas, retrovisores, vitrales y ves tu reflejo undívago y lo buscas con ansiedad y contemplación. De esa misma forma te relees. Claro, lo haces sin que nadie se dé cuenta. Con cinismo callas y hablas de otras cosas. Y continuas feliz de que no te hayan descubierto.

Por la posibilidad de jugar, vivir la inocencia no permitida y atreverse a decir lo indebido. Por asombrarse por tan poco. Por sentir a veces que el silencio te hace extensión de dominio del cuerpo porque traficas con palabras. Porque así te duela la mano de escribir persistes en el hechizo, en la comulgación con lo inacabado.

Porque te resistes a dejar de soñar es que escribes. Y no importa lo que escribas. Tu yo asustará igual a los perros, mirará los senos de la mujeres con peculiar atención en el movimiento de la carne, jugará a mascar paisaje. Porque, en definitiva, eres escritor y eres más apuesto escribiendo que hablando.


Entonces éramos el aire que sobrevolaba el asombro. Entonces no creiamos que la distancia fuera real. Entonces más que pensar nos amabamos.











Llegó la ausencia con sus racacielos.
Inferior a una mosca repito tu nombre, Sin respuesta


Solo mis sombras me contestan y se me hacen visibles. A veces soy la sombra de lo que reflejo. Es más compacta mi imagen cuando estoy triste.



Ahhh... Los amigos...
Siempre saben encarar las ausencias.
Siempre saben lo que hay que hacer cuando uno se ahoga en sus propios orines. Siempre te hacen caras para que olvides la tuya.
















Pero no hay escapatoria. Llega la noche y el desespero y el desvario. No me sienta bien la soledad porque me desfiguro.
















Este grito me reprime. Ven pronto. Ven luna adorada. ven no tardes tanto. ven, ven.... ven





Es harto llegar y explicarle a todo el mundo lo que es realizar un viaje. Pues la osadía de un viaje es seguir viajando y no volver. Cometí el error de volver. Por eso voy a narrar algunos episodios de ese viaje. Y quiero escribir antes de quedarme como un loro repitiendo lo mismo. Ya no quiero abrir la boca para decir lo mismo.
Mi viaje empezó cuando me separé del grupo. Así estuviera en Perú me sentía en Girardota porque andaba con un selecto decorado de las calles girardotanas. No estuve en ningún momento solo porque tenía con quien hablar. Así viéramos otras cosas estuve protegido todo el tiempo. Agradecí con un poco de tristeza cuando me quedé solo.

Luego continúe mi viaje con Luciana, para mí, el verdadero viaje. Salí con ella de Cusco hacía Arequipa, la ciudad blanca, la que no tiene edificios, la ciudad colonial del Perú, la que tiene un volcán activo, la segunda ciudad más importante de Perú. Allí nos hospedamos en un hostel de poca monta. Caminamos sin afanes, sin la sed del paisaje que envuelve y ciega al turista.

Debido al paro del los agricultores que le reclamaban al gobierno de Alan García sobre la privatización del agua de los cultivos. Los agricultores amenazaban con cerrar todas las vías alternas de Arequipa y dejar al pueblo incomunicado. Al paro se unían los transportadores. Así que compramos, de inmediato, un pasaje para las playas de Camaná.

Llegamos a un hostel que se llamaba Copacabana. Allí dormimos y casi morimos deshidratados por una diarrea. Cagué lo que no había cagado en toda mi vida.

Al principio, en las playas de Camaná, estaba la maravilla de ver el mar todo el día hasta el anochecer, quedarse como autista mirando las olas formar escaleras para acceder al horizonte, ver las gaviotas cazar cangrejos en la playa, meterse al mar y temerle a las olas, impresionarse con la idea de que las gaviotas son a la playa lo que la paloma al pavimento...

Las playas de Camaná son un bañero. Es decir funcionan solo tres meses al año. Desde diciembre a febrero. En 2003 este sitio fue arrasado por la furia del mar. Y sobre las ruinas se reconstruye de nuevo. El resto del año, en invierno, la gente que allí vive se desplaza a la zona urbana.

La idea era seguir el viaje hasta Nasca, luego Ica y finalizar en Lima. Pero, gracias a un Ceviche que nos comimos tuvimos que estar en cama tres días, sin poder distanciarnos del baño por más de 5 minutos. Ambos, Lu y yo, teníamos infección intestinal.

Parecíamos una herida de cuerpo entero que supuraba pus por el ano. Una herida que tenía la pesadilla de no volver a ver el mar. Una herida consciente de su debilidad que se ahogaba de impotencia.

Medicamento, sueño, diarrea, dolor de estómago, papel higiénico, el sonido de las olas, dolor de ojo, silencio, fiebre, dolor de culo, olor de muerte, olor de sal, olor de olor, olor de tristeza, olor a Caganá. Olor a peruano con ínfulas de brujo Inca.

Recuerdo que un peruano me rezó porque tenía mal de ojo. Me dejé rezar. Con pedazos de papel periódico me rozó todo el cuerpo. Me tocó el ombligo. Balbuceo un padrenuestro. Luego quemó el pedazo de papel periódico y el periódico ahumó todo el hostel y me dijo que listo. La diarrea continúo. Era un delirio la cordura.

Volvimos al mar y partimos para Lima. Luego nos separamos. Luciana para Argentina y yo para Colombia. Pero ese no es el fin de la historia, porque esto ya no es un anecdotario de un escritorzuelo de futilidades. Esto ya es vida y es impredecible. El sueño apenas comienza