Domingo. Otro domingo. El único día amargo y rojo. El día de la carne. Como siempre me desperté a las 10:30 de la mañana y le hice el almuerzo a mi hermanita. Pero quise hacer de ese acontecimiento algo distinto. No heroico sino distinto. Así que fumé marihuana y salí a llevarle el almuerzo a mi hermana. Quería saber que era llevarle el almuerzo a mi hermana en ese estado. Quería enojarme con el sol con argumentos porque no me gusta que me laman. Me ofusca el calor. He asociado el calor con el embarazo y la reproducción en masa. Y por estos días prefiero un Sida a un hijo.

Estaba solo y no quería soportarme en el mundo. No quería soportar el sol. Pero fue una experiencia buena. Al fin y al cabo buena.

Salí de casa y compré un cigarrillo Boston. Estaba tranquilo. Levitaba. Iba en el aire. Pero me cuidaba. No quería que nadie me sorprendiera en el aire. No es sano volar por estos días. Te pueden acusar de paraco o guerrillero o político o poeta o vago o violador… Y no quería caminar, para eso me había trabado.

El sol me quemaba el cuello. Pero ya no me importaba el sol. Mi actitud de murciélago se había rendido ante ese monstruo de luz. Igual, el sol estalla, encandila y hace felices a los más ciegos. Fui feliz levitando y con el sol lamiéndome el cuello, quemándome la piel.

Entré al atrio del pueblo. Ya sí lo hice caminando, consciente de mis pies. Como van a remodelar el parque los venteros lo invadieron. El parque es un pequeño centro comercial, de los de más baja categoría.

Las carnicerías están al lado de las verdulerías. El campesino sobre un costal exhibe su mejor yuca, la que arrancó el sábado en la tarde de su huerta casera.

La plaza de mercado huele a tierra. Huele a pantano reseco la plaza de mercado un domingo a medio día. Aunque más bien huele a todo y nada. El pantano es cosa mía. No hay olores definidos. El aroma de la cebolla sobrepasa el olor de la carne y el de la carne sobrepasa el olor de la naranja y de la naranja sobrepasa el olor del tomate y el del tomate el de la papa y el de la papa el de la yuca y el de la yuca ninguno. Pobre yuca. El campesino tiene que gritar. ¡Yuca fresca, mírenla! para que se percaten de ella. La yuca es demasiado tímida para dejarse vender. En cambio la carne es otra cosa. La carne hace fuerza, se enrojece y refresca su color. La carne muestra su mejor color ante el padre que le enseña al hijo como comprar carne. Porque a la vez el hijo a su hijo le enseñará a comprar carne, porque la carne es su sustento. Así es que se ha enseñado. Pero la yuca no. Ésta trata de esconderse todo el tiempo. Se tira tierrita encima y con las horas empalidece. Intenta confundirse entre el pavimento y el aire. Le teme al reconocimiento porque es un atajo al olvido. La yuca no quiere ser reconocida. Le aterra la idea de que como a la carne la utilicen para llenar los congeladores de las neveras. Y que una madre sienta que sin carne en la casa no hay mercado, no hay nada, se aguanta hambre. A la yuca le gusta el anonimato. No es vanidosa. Sabe que la vanidad la convierte en parte del sancocho. La vanidad la mata, le cambia la apariencia.

Llegué al supermercado donde trabaja mi hermana. Entré como pude, le entregué el almuerzo e intenté salir rápido. Tenía miedo. Debía comprar media canasta de huevos. Me sentía mal. No quería que descubrieran mi honradez. Los huevos valían 2.350 pesos y yo solo tenía 2.350 pesos. Me asustó que de pronto la cajera, que no era mi hermana, registrara más y yo no supiera que decirle.

“Perdone usted, es que pensé que valía 2350 pesos y eso fue lo que traje. Atienda al que sigue, yo dejo lo huevos”. Pensé que era una buena respuesta, en caso de peligro. Era una buena A bajo la manga.

Le entregué la plata a la cajera. Ella la contó. Mientras pasaba las monedas de 100 y 200, la de 500, la de 50, la de 200 y la de 100 y las sumaba al billete de mil, pensé que los huevos valían 2.500 y por 150 pesos tendría que salir avergonzado de no tener 150 pesos de reserva.

- Señor, le sobran cincuenta pesos, hoy los huevos están en promoción, me dijo la cajera.

Sonreí, y como ya tenía los huevos en las manos, dije gracias y partí. Al pasar por la caja registradora en que trabaja mi hermana le hice señas y me despedí. Salí del supermercado con 50 pesos. No me servían de nada. No me alcanzaba ni para un cigarrillo, pero no los arrojé a la basura, para algo te debían servir 50 pesos, así fuera para que me humillaran o para tirárselos a la yuca.

De nuevo paso por la plaza de mercado. Detalle que había pasado de largo, la música. En la plaza de mercado suena música parrandera y carrilera. Esa música crea una atmósfera distinta. Allí, perfectamente, el campo le arrebata al concreto (la civilización) el aburrimiento y lo convierte en sonrisa. Se siente bien estos lugares cuando tenes el alma empedrada con hojitas y tronquitos, cuando tenes alma de campesino.

Llegué a una tienda. No quería llevarme los 50 pesos para la casa, ni para un cigarro me alcanzaban. Pedí un confite. Una morena gordeta, de ojos desviados, porque mi compra era muy mala, mandó a su hijo a que me atendiera. El niño sacó de un frasco, redondo, de plástico, de entre una gran variedad de confites, una menta y un chicle motita. Él se destapó la motita, se la llevó a la boca, la mordió y cerró sus ojos. Se tomó su tiempo. Luego se acordó que yo existía y me dijo que con mucho gusto señor. Metí la menta en el bolsillo y me fui sin despedirme.

En casa pensé que debería escribir. Miré los árboles, escuché la cañada y busqué en el paisaje un pájaro. De entre una hoja de plátano salió un toche, voló y se alejó de mí. Sonrío. Recuerdo la invisibilidad de la yuca. Me identifico con la yuca. Me gusta la personalidad de la yuca. Y escribo como si ya supiera que escribir. Como si yo fuera una yuca. Como si ya supiera que escribir.

Te penetré odiándote. No te hice el amor. Te hice un asesinato a seis asaltos. Te odié con furia y amor.

El primer odio fue con ternura. Te toqué, fumé marihuana y bailé desnudo. Fui un caballo brioso e indomable por la planicie de tu cuerpo.

El segundo fue religioso. Entré en ti a profanar a Dios. Lo encontré entre tus piernas y me fui contra él a apuñalarlo. No me importó ser una hormiga. No fui consiente de mí fragilidad.

El tercero fue literario. Te leí algunos de mis textos. Me conté ante ti. Te puse un hombre al alcance de tus oídos. Luego, mi verga fue un lápiz que escribió en tu vientre: te odio.

El cuarto fue bohemio. Fumé más marihuana. Fuimos a un bar. Bebimos cerveza. Bailé solo porque me importaron más los amigos. No te quise besar en público. Borracho me llevaste a casa. Y te violé porque no te querías dar cuenta de que había anochecido y era necesario dormir.

El quinto fue mañanero. Me sentí mal por los dos. Antes de decirte buenos días te cabalgué dormida. Quería cerciorarme de que estabas viva para volver al intento de matarte.

El sexto fue amor. Te besé lento. Te toqué con todos los dedos. Chupé tu pezón izquierdo y me supo a chocolate y olvido. Traté de robarle a tu corazón algún latido. Ya no quise matarte. Te abracé desconsolado y triste. Me dieron ganas de llorar. Quise meterme en ti y quedarme como un microbio pegado a tu cuerpo. Y te miraba y te miraba sin palabras en la cabeza porque te habías muerto

La niña es la perrita de la casa. Es una fresh puddle que en la familia es más importante que yo.

La excusa de mi madre y mi hermana es que la niña es una animalito y depende de nosotros. Sino le damos comida se muere de hambre, sino la inyectamos se llena de perritos, sino la consentimos se muere de tristeza y necesitaría un psicólogo porque la depresión canica es una enfermedad mortal, sino la mal criamos se muere de encierro porque ella entiende otra lógica y por eso puede hacer lo que le venga en gana.

Es terrible cuando un animal se humaniza y se le trata como si fuera un humano. La niña lleva con nosotros unos siete años de humana. La miman, le traen cositas, le hablan, duermen con ella. Es como otra hija de mi madre. La niña tiene un lugar en la familia que no ha pedido. Ella llena una carencia de afecto, una incapacidad de amar a un semejante. Porque en la casa, mi madre, mi hermana y yo tenemos problemas con el amor y los afectos, y así como otros canalizan sus traumas afectivos en un gato, un cocodrilo, una ex-novia, una iguana, un conejo, un caballo, un amigo, un televisor, un vibrador, nosotros lo hacemos en una perrita.

El caso de la niña no es del otro mundo. La mayoría de las familias ven en sus mascotas la realización de muchos afectos reprimidos. Basta con escuchar el nombre de sus mascotas: Mateo, Camilo, Jesús, Lucas... y niña.

La niña es grosera y me ha hecho la vida imposible. Desde hace unos tres años nos odiamos y nos queremos sin medida.

Una vez intenté matarla, cuando eso trabajaba en un supermercado, había llegado a la casa cansado y con ganas de matar. Hay días en que uno quiere matar. Somos violentos por naturaleza. Los humanos somos una especie sensaciones y contradicciones. Estamos vivos en la medida en que sintamos. Por la sangre nos corre la guerra. Hacemos la guerra y buscamos la paz con más guerra, con la eliminación del otro. Bueno, amanecí en mí de asesino y llegué a la casa. La niña ladre que ladre. Le grité que se callara. Ladre que ladre. ¡Cállate! Ladre que ladre. ¡Cállate o te mato! Ladre que ladre. Al parecer me estaba ladrando a mí. Ladraba para sacarme de control. Ladre que ladre.

Salí y fui a una farmacia. Compré un frasco de mata ratas. Volví y la niña estaba en una silla mirándome. Empezó a ladrar de nuevo. Ese ladrido se me metía en la cabeza y me ofuscaba, me desconectaba algo. Me dolía esos ladridos. Me sentía de cortocircuito. Ladre que ladre. Me llevé las manos a las orejas. ¡Cállate demonio!

Recordé las veces que la niña me despertaba a las cinco de la mañana. Ella se hacía al lado de la cama, justo en la cabecera, y ladre que ladre. O cuando se subía a la cama, trepaba hasta la almohada y ladre que ladre. De un salto la niña se tiraba de la cama y se iba para la cama de mi hermanita. Como si cada acto fuera conciente y lo hiciera adrede. O las veces en que estaba encerrado en mi pieza leyendo. No quería que la niña me molestara con sus ladridos. Pero empezaba a rasguñar la puerta y a chillar. Me conmovía y abría. Me miraba como si realmente me necesitara y no fuera capaz de estar sola. Se echaba bajo la silla y se dormía. Al rato empezaba a roncar. La movía para que se despertara. Me gruñía. Volvía a roncar. La movía e intentaba morderme. Luego dejaba de roncar pero empezaba a peer. Tenía que irme de la pieza.
Recordé todo eso y otras cosas y fui a la cocina, saqué un pedazo de carne, le eché veneno y se lo tiré. La perrita se lo comió y me lamió las manos. Me sentí mal. La abracé y le di un beso. La niña me lamió la cara. La solté y siguió mirándome. No dejaba de mirarme. Míreme. Me sentí mal. Me dieron ganas de vomitar. Fui a la cocina por un tarro de aceite. Tomé a la niña, le abrí el hocico y le vertí el aceite. La niña se retorció y chilló hasta que vomitó. La bañé, la besé, le pedí perdón, la saqué a pasear y prometí no hacerle nada malo.

Las cosas iban bien. Hasta la perrita y yo habíamos hecho las pases. Hasta había dejado de ladrar y peer en mi pieza. Pero hoy ha vuelto a lo de antes. Me despertó a las seis del mañana. Luego me destrozó unas hojas de una novela que empecé a escribir. Dejé que destruyera las hojas, me hacía un bien. Después ladre que ladre. Ladre que ladre. ¡Cállate! Ladre que ladre. ¡Qué te calles o te tiro por la ventana! ladre que ladre. ¡Sino te callas te mato! Ladre que ladre.

Desistí de la batalla. Decidí irme a caminar y despejar la cabeza. La niña sabe que soy incapaz de alzarle la mano. No mato una mosca. Así que ella ladra y yo grito que se calle. Pero, tal vez, ella hace lo mismo que yo y grita que me calle, que deje de gritar, que mi voz es muy fea y la intranquiliza, que mis gritos se le meten al cerebro y le desconectan algo, que si sigo gritando me va a morder, que si no dejo de gritar una noche de estas me arrancará el corazón de un mordisco, que ya sabe como hacerlo, que ya lo ha intentado varias noches pero no lo ha hecho porque me quiere y le gusta que yo la mime.

Camino. Pateo piedritas de impotencia. Una piedrita, dos piedritas... La niña está en casa esperándome. Tres piedritas, cuatro piedritas. No soy capaz de matar una mosca así tenga la cabeza llena de impulsos macabros. Cinco piedritas, seis piedritas. Guau, guau, guau...
Hay cosas que no entiendo, y por eso mismo me desconciertan. Voy a contar una de tantas cosas que me pasan y aún ummmm… no sé.

Una vez venía en el bus hacía Girardota. Eran eso de las seis de la tarde. Esa jodida autopista a esa hora es un desastre. Hay trancones. La gente con zorra, mal aliento… El estrés se respira. El calor, el bochorno te hace insoportable el viaje. Queres convertirte en asesino y matar a todos los que huelen feo. Pero nada, te aguantas la rabia.

Había descubierto un método para tal tragedia. Era un juego, que muchas veces, me hizo corto el viaje. La cuestión era sentarme en una silla x, cerrar los ojos, hacerme el dormido. Imaginaba, siempre, que la persona que se sentaba a mi lado era una mujer (paradójicamente hermosa). Hacia la operación en la imaginación. Casi siempre se me sentaba un man, gordo, grasoso y me agredía con su tamaño y presencia. Pero cuando se me sentaba una mujer era otro cuento.

Sentía que era mujer por su olor. La olía y no abría los ojos. La olía para cerciorarme de no ir a cometer un error imperdonable. Olía de nuevo. Casi siempre olía a manteca quemada mezclada con jabón Neko. Entonces, cuando el olor era inconfundible, empezaba el juego. Siempre he creído que se puede pasar imágenes eróticas a otra persona con un roce de mano o de brazo. Imaginaba que besaba el cuello de la mujer y de una, por mi debilidad, la cremallera se abultaba. Una imagen tras otra. Curiosamente, me olvidaba de los ojos. La cuestión era sentir.

Ese juego lo hice muchas veces. La clave era el olor. Infalible el olor. La mujer huele diferente al hombre. Su olor a mamífero es menos fuerte que el del hombre porque ella sufre más. El hombre respira como tractor, la mujer respira como sin respirar, como si fuera un acto acrobático. El hombre se sienta y agrede el espacio, la mujer se sienta y se acomoda como una ficha de un rompecabezas. El hombre huele a caca de sapo con un poco de vaselina y leche de vaca y pantano, la mujer, ya lo dije.

Solo dos veces tuve éxito. Una, mierda, una señora empezó a moverse, a búscame, a respirar raro, a tocarme con la mano la rodilla. Me asusté por qué no creí que esa locura funcionara. No imaginé que lo de las imágenes eróticas fueran efectivas. No estaba preparado para responder a la efectividad de mi experimento. Abrí los ojos y era una señora divina. Ella también abrió los ojos y me hizo malacara. Se paró del asiento y se sentó en otro. Se ofendió porque yo quebré el hechizo, la complicidad del juego. La vi dormida en otro asiento buscándole el lado a otro.
Luego, días más tarde, volví a sentir que otra mujer respondía a mis imágenes eróticas. Me comprimía y era como si la imagen bajara de la cabeza, pasara por el cuello, descolgara por el hombro y de mi codo brincara al codo de ella y la encalambrara. Ella también empezó a moverse y yo con ella. Aprovechaba cada curva de la carretera para buscarle el lado. Sabía que si abría los ojos se rompería el hechizo. Toque que toque, imagen tras imagen, respiración tras respiración. De pronto, válgame Dios, sentí unos labios en los míos. Pero fui un valiente porque no abrí los ojos. Sentí el beso. Cuando terminó abrí los ojos y vi una mujer bajarse del bus. Cuando arrancó, ella, parada en la calle, se despidió con la mano. Era joven y morena y delgada. No la volví a ver.

Después de eso no volví a hacer ese juego. No sé bien por qué, pero esa mujer, la que me besó, me imposibilitó para emitir mis imágenes eróticas. Quede medio y triste. Estoy lleno de ausencias.

E intentado hacer el juego en otras rutas. Pero nada. Lo mismo. Siento como el beso de no sé quién, de una fantasma, me sube a los labios y me despierto y abro los ojos. Hasta le escribí unas líneas por si me la encuentro algún día:

“Me diste un beso araña. Un beso con ocho patas. Lo sentí en ocho partes al mismo tiempo. Me diste el beso de las ocho ausencias. Me dejaste el misterio como una red”.

Pero nada. Así son las cosas. Para mis tomentos otro tormento.

Una mujer de cuarenta años, gorda y rezandera por todos lados, fue encontrada muerta, en su cama, sin una gota de sangre. En el cuello, en la yugular, tenía un puntico rojo, como una picada de zancudo. Los médicos y las autoridades desconocen las causas de la muerte. Aunque todo el pueblo sabe, lo rumora, que la mujer soñó con Dios.

Acabo de llagar a casa. Me acuesto en la cama de mi madre. Estiro los pies. Es sábado a las dos de la tarde. Es un día y una hora en que no hay mucho que hacer. Miro los pies, mis dedos deformes y sonrió. Miro la TV. Tengo frío. Estoy tan solo que quiero aburrirme, así siento algo, y sé que para aburrirme basta con ver el canal de RCN.

La pantalla se enciende. Primero se torna gris, pigmentada, como una lluvia de granizo. Luego se aclara y aparece, progresiva y lentamente, la cinta “Los Ángeles de Charlie”. ¡Mierda!

No sé porque veo la película. No quiero verla. Sé que es malísima y boba, pero me quedo viéndola. ¡Cárajo! (el carajo con tilde me parece que tiene más estilo. Además, la sílaba cá da un brinquito en los labios que me gusta). Sé que estoy perdiendo el tiempo, pero, a la vez, no quiero hacer nada para remediarlo.

Sé que el argumento de la cinta es para bobos. Basta con ver esos numeritos de baile que no tienen nada que ver con el argumento, que solo sirve para exhibir traseros y pechos. O las parodias cojas de otras películas o series, ejemplo: CSI’s o se oye Flashdance. Aún sabiendo eso, sigo viendo.

Las escenas de acción en las que se ve a las tres chicas y a los malos no se las cree nadie. Pero las veo y me asombran. Eso de que saltan desde una presa con un camión (que casualmente lleva un helicóptero en el maletero) y consiguen poner en marcha el helicóptero, subirse todas a él y volar antes de darse contra el suelo. ¡Qué mierda tan jodida!

Son injustos, para un espectador, ver los saltos imposibles de esas chicas que desafían todas las leyes de la física sin que se les parta el coño. O que aparte de bobas y elásticas y bellas y retefollables uno crea que son inteligentes. Pues de la nada, de obra y gracia de Joseph McGuinty Nichol (director), poseen una habilidad sorprendente de deducción, que ni los del CSI juntos ni Sherlock Homes con todo el opio pueden igualar. Es que deducen que una mancha de aceite en el traje de una mujer atropellada, pertenece a un 4*4, del que sólo hay modelo y cuyo dueño es el vecino de la muerta. Uno se queda con la boca abierta. En fin, la cinta los Ángeles de Charlie, ni para aburrir sirve.

Otro punto, es la construcción de los personajes. Desde el nombre de las chicas se falló en la historia de la película. Nath, Dylan, Alex (Cameron Diaz, Drew Barrymore, Lucy Liu). Nombres inapropiados, ambiguos, muy masculinos, pensados tal vez, como para justificar el trabajo de las muchachas, que es imposible de imaginar en cuerpos tan frágiles.

Esta película, dirigida por un tal McG (Joseph McGuinty Nichol). En el año 2003. Hace parte de una racha de cintas en las que Hollywood acusa cada vez, no sólo su falta de nuevas ideas sino también una inusitada ineficacia para contar historias, y para ello, refritan series televisivas de décadas pasadas: Batman, The Brady Bunch, Los vengadores, Misión Imposible, Perdidos en el espacio, Mi marciano favorito, Jim West, Maverick, El fugitivo, El Santo, Los Beverly Ricos, Los locos Addams... y están pensado en llevar a Barney al séptimo arte.

A la película la afecta bastante que el director, McG, haya sido hijo de la publicidad y de los vídeos musicales. Cada secuencia es como un videoclip.

No sé como acabé de ver la película. Confieso que queda uno con una sensación extraña de haber visto nada. Tal vez eso era lo que quería. Ser un agujero negro un ratico. Creo que hay que ser inútil un ratico. Vi la película y quedé en blanco ni siquiera aburrido.

Se termina la película. Cambio de canal. Nada. No sirvo para ver televisión. Apago la Tv y me quedo mirando el techo. La perrita ladra. Intento buscar un zapato y reventarle el hocico, pero no tengo alientos de mover la mano. La dejo ladrar. Sigo mirando el techo. Suena el teléfono. No contesto. No quiero hablar con nadie. Trinnn, trinnn, trinnn...

Trinnn, trinnn, trinnn... Otra vez el teléfono. El maldito télefono. El puto teléfono. Y para no escuchar más ese aparato contesto.

- ¡Aló! Funeraria el agujero negro, en que podemos colaborarle

- Aló. ¡Aló! ¿Con Camilo?

- Sí, con él

- Habla con Héctor, ¿Qué hubo hermano? llamaba a saludarlo. ¿Usted no cambia? Y ¿Qué hace?

- No... ehhh… nada interesante. Acabo de decepcionarme otra vez. Vi los Ángeles de Charlie para aburrirme y no me aburrí. La verdad, no soy critico ni poeta ni escritor ni cuentista ni nada, pero esa película es ¡Un fiasco! Me hubiera gustado más ver en el canal 63 ó 62, de Cable Unión, entre las rayas del canal, los cuerpos curvos, de una película porno. Por lo menos me hubiera dormido agotado y débil.

- Ah… Eso suele pasar. ¿Qué tal si esta semana voy a Girardota y nos tomamos una cerveza?

- Claro hombre. ¿Por qué no me llama al celular?

- listo.

- Suerte.

Hay cosas que un hombre debe hacer para ser digno de tal apelativo.

La primera es irse de la casa. Renunciar a las seguridades de la madre, de la familia. Renunciar a las atenciones, a que la mamá le lave los calzoncillos, le haga sopa de fideos los miércoles, le tienda la cama, lo trate como un retrasado mental, le ponga babero para que no se chorree frijoles en la camisa, le diga el niño de la casa, le muestre el mundo como un idilio y no como un campo de batalla.

Hay que huir de la casa. Saberse uno en el mundo. Porque el amor de madre, cuando es sincero y entregado y desinteresado es como un par de zapatos estrechos. Porque te gusta el par zapatos, tus únicos zapatos. Además son los zapatos de moda, no te importa que te queden estrechos. Con tal de no ir descalzo y no ser juzgado por tus callos y los dedos deformes. No importa que los zapatos te tuerzan los pies, te jodan los puentes, te quiebren los dedos y no podas caminar muchas distancias porque no te aguantas los jodidos zapatos. Así el amor de madre, no te jode el pie, pero si te oprime los sueños, que es peor. Te quiere tanto que te sentís culpable de irte, de quedarte, de no hacer nada, de hacer algo. Y por una gratitud que no estas obligado a agradecer, te quedas en casa mientras los sueños se te van marchitando, las ideas se van torciendo, el corazón se va arrugando sin satisfacciones. Por eso hay que irse de casa. Entre más rápido mejor.

Bueno, siento que es importante irse de casa, pero, irónicamente, vivo con madre. Tengo esa idea loca de que ella es la primera mujer que me dio la vida. Ella y mi hermana. Tengo dos mujeres en la casa para aprender de ellas. Así que las trato como novias. Aclaro, las trato, no las toco como novias. Creo, que de alguna forma, la mujer que se encarte conmigo y le den ganas de estrellarme contra la pared con un taburetazo porque decidí escribir a hacerle el amor, en algún momento, cuando se acabe la magia del cortejo, la trataré como traté a mi madre o a mi hermana.

En fin, aun no me voy de la casa. Pero se que debo irme, tarde o temprano, volverme a ir.

Lo otro que debe hacer un hombre es matar a los ídolos. Renunciar a la idea de Dios en todas sus posibilidades. Nadie puede pretender salvar a nadie sino se ha salvado así mismo. Es como si uno buscara en el otro amarse así mismo.

Hay que matar las influencias, los autores que nos gustan, los amigos que admiramos, los discursos que nos deslumbran. Hay que olvidarse hasta de uno mismo. Reinventarse desde el dedo meñique hasta los dientes. Decirle a Dios: Qué sabe que hermano, usted existe y los es todo, está en todo, pero sabe qué pelao, yo no estoy con usted en todo. Suerte que lo vi. Hasta la vista Dios, tengo cosas más importates que pensar en usted, como mirar las nubes, pensar en el entrepiernado de … uhhhhh… mejor me callo, como solucionar mi huida de casa, como irme de todas las seguridades y adquirir la soledad como una enfermedad venérea. Irme a algún lado, así sea a la muerte, pero irme y aprenderme en la lejanía.

Los ídolos nos joden la existencia, la psiquis. Nos metemos en situaciones que no nos pertenecen. Prestamos argumentos de otros tipos para solucionar nuestros problemas. Como si la vida fuera un ensayo y la puesta de sol una cita de Montaigne o la mirada de una mujer un verso de Pedro Salinas. Como si uno fuera solo un experimento de gelatina permeable a todo, menos así mismo.

Irse y aprender a decidir. Irse y sentir los rugidos del hambre. Irse y verse sin rumbo. Irse y esconderle la cola al diablo. Irse y descubrir que Dios es una farsa. Irse y destetarse del amor de madre. Irse y aprender a llorar. Irse, irse, irme, irnos. Irse

Ayer llegué a la casa. Me senté en el computador y quería escribir un texto para el blog. Lo había pensado toda la semana. Quería argumentar que el celular es un atentado a la individualidad. De alguna manera ya lo tenía escrito en la cabeza.

Puse las manos en el teclado:

No sé que escribir… no se me ocurre nada… estoy triste… mierda no puedo escribir… mamá sálvame de mi mismo… Tres elefantes se balanceaban sobre la tela de una araña… ehhhhhhhhhh…. Ahhhhhhhhhhh…. Pusssss… nananana… ¡Cárajo!

Me levanté del computador. Pensé que era el momento para escribir en un cuaderno y no en el pc. Tomé el cuaderno entre las manos. Alcé el bolígrafo. Intenté retomar las ideas que ya tenía organizadas en la cabeza. Me quedé como quieto. Esperaba ser poseído por el tema. Nada. Otra vez nada. Por inercia escribí un verso. “Morir es una posibilidad, vivir son muchas posibilidades”

Mierda. Nada me salía de los celulares. De esa plaga. De esa enfermedad que es más contaminante que las mujeres embarazadas. Y peor aún, una mujer embarazada hablando por celular. En mi cabeza todo estaba en orden. El argumento era que el celular es una negación del individuo, una adicción a la dependencia, un no querer escucharse, una incapacidad a decir no.

Me preocupa el hecho de que el celular se esté convirtiendo en un método de tortura, de control. Además porque cada vez son más versátiles y multiusos. Y se está pensado (no es muy descabelladlo que suceda) que el hombre sea el celular del celular. Llegará un momento en que ya no haga falta comunicarse con el otro porque el celular dará el mensaje determinado. Ese aparatejo pondrá citas, dará la hora de suicidarse, levantarse, enamorarse, emborracharse sin que el individuo abra la boca. Llegará el momento en que el hombre no pueda más que gesticular más que monosílabos por haber perdido la necesidad de expresar las preocupaciones porque el celular será su tarot, su mesías, su olvido.

Seguía en frente al cuaderno, con el mismo verso sobre la muerte. Pero nada sobre los celulares. Intenté escribir una primera frase “Los celulares son más peligrosos que los sacerdotes” No. Esa frase es muy ambigua, apenas la entiendo. La taché. ¿Pero si tenía todo tan claro? Mierda.

De nuevo envisto la página. Escribo: celular, célula, celulitis, celululular, cecelulularlar. ¡Puta página en blanco! Me sos incomprensible. No me dejas escribir. Puta página. Si tuvieras piernas no dudaría en meterte la mano. Celular, celular, celular. Puta página. Puto Camilo.

Por la página en blanco pasan imágenes, temas, nombres de mujeres, fracasos, pero nada referente a los celulares. Incluso intento variar de tema y escribir sobre los paramilitares extraditados. Cosa que también me preocupa. Uribe otra vez se salió con la suya. Es un presidente guerrerista y manipulador, nos tiene engañados a todos. Ha pelado con Ecuador, con Venezuela, con Nicaragua, Con las Farcs, con el cielo, con las universidades, con los profesores, con los camioneros, con la constitución y le lambe las botas a los Estados Unidos. Lo más preocupante es que cada vez su tercer mandato es más promulgado. Y ahora con lo de la extradición de los paracos es más popular. Cuando lo de la extradición es una cortina de humo. Es una negociación entre los paracos, Uribe y los Estados Unidos. Hay algo en el fondo más macabro. Además eso es posible porque somos un país paralítico, parásito, paraguas, pararayos paranguacutirimicuaro, paraco, un país de vegetación roja por las once guerras civiles que hemos sufrido. Qué se pudra Uribe y los uribistas. Mierda, ese no es el tema.

Sigo con la página con el mismo verso y unas frases tachadas. Desisto de escribir, acepto que no es mi día. Apago el computador. Voy a la cocina y busco una galleta Saltín. Vuelvo a la pieza. Muerdo la galleta. Pienso en los celulares. Me siento triste e inútil. Apago el bombillo. Me tiro a la cama. Otro mordisco. Miro el techo, bueno, imagino que miro el techo porque todo está oscuro. Otro mordisco. Ya no pienso. Otro mordisco. Otro mordisco. Otro mordisco.

Camilo cursa cuarto de primaria. Es un niño silencioso y tímido, le asustan las preguntas. La timidez le enciende las mejillas.

En el salón, en clase de artística, Camilo saca un cepillo de dientes, un pincel, un cuarto de cartón paja, un lápiz y los vinilos. Debe pintar algo, lo que se le ocurra. Camilo dibuja una rosa con espinas.

Alza el pincel, lo unta de vinilo, el verde hace su trabajo, el rojo mezclado con blanco da el rosa casi rojo de los pétalos. Al ver el dibujo se sonroja y decide dárselo a Juliana, la niña que se sienta a tres sillas. Camilo mira a Juliana que también lo mira y baja la cabeza para evitar el contacto con la mirada. En ese momento desiste de su hazaña y se queda mirando el piso con la esperanza de que se abra y se lo trague de una vez por todas.

Juliana toma el pincel, el cartón paja, el cepillo de dientes, los vinilos y dibuja una matera. Ella quiere un recipiente para sembrar un gajo de ciruela y una fruta de naranja. Quiere un híbrido, un ciruelo que dé naranjas con pepas de ciruela.

La profesora revisa los dibujos. Al ver mamarracho de Camilo dice que es feo y amorfo. Camilo intenta explicar que es una rosa con espinas, la que quiere darle a Juliana. Pero se queda mirando a la profesora, una gallina con buenos modales, sin abrir la boca. La profesora se sonríe.

- ¡Muchachito! ¿qué es eso? Si es una rosa perdió todo el tiempo, esas espinas parecen dientes de tigre. Su dibujo es pésimo, no es fiel a la realidad. No sé en que estás pensando, pero no debe ser nada bueno. En fin, por no haber hecho el ejercicio como debía hacerlo debe repetirlo. Si, repetirlo en el tiempo del descanso.

Suena el timbre. Las sillas de un lado para otro, los niños en plena locura de loncheras. Los gritos y Camilo al lado de la ventana, con la mirada clavada en el patio, en los niños que han empezado a jugar chucha cogida y escondidijo, en Juliana que abre su lonchera y muerde un pan tajado. Una lágrima cae sobre el cartón paja. Otra lágrima. Se limpia los ojos y en silencio dibuja la rosa, esta vez sin espinas. La profesora lo felicita.

Camino a casa, con la flor sin espinas bajo el brazo, Camilo ve a Juliana. Con determinación, como si no fuera un niño tímido, como si la timidez no existiera en su vocabulario, como si la timidez fuera otra cosa, se dirige a ella y le entrega la flor. Juliana sonríe. Camilo se asusta, sonríe, vuelve a sonreír, se siente bobo, no sabe que más hacer y sin decir nada se aleja cabizbajo. Piensa que de nuevo hizo todo al revés, que estaba condenado a ser rechazado, que la vida era injusta, que el amor era injusto, que Juliana no lo quería, cuando había sucedido lo contrario. Camilo para Juliana fue un héroe, el niño que le dio una rosa que era a la vez una naranja con pepas de ciruela por dentro.

Camilo se recrimina el haber entregado la flor sin espinas. Hubiera hecho más no haberla entregado. Maldice a la profesora. Con las manitas en el bolsillo, de vez en vez patea una roca, va triste porque había obsequiado una rosa sin espinas. Intenta llorar pero no puede.

De pronto siente que alguien le toca la espalda. Se voltea y ve a Juliana. Ella le da las gracias y le propone que sean novios. Así por así, sin espinas y preámbulos. Camilo siente sus mejillas arder. No sabe que decir. Juliana sonríe y le toma la mano. Camilo sigue callado, asustado, con ganas de llorar. A unos cuantos metros siente una punzada en el corazón y sin medir el peso de sus palabras se suelta de la mano de Juliana y le dice que no, que él no quiere ser su novio porque no le gustan las mujeres. Juliana se queda paralizada. El rechazo la deja muda e impotente y ve como su novio de unos minutos se va y se aleja de ella. Juliana llora.

Juliana llega a casa y tira la flor al bote de la basura, sin percatarse que a la rosa le había nacido en el tallo una gran espina que parecía un diente de tigre.

Me atormenta ser un hombre sin procesos. Me confunden los tramites. Hasta para llenar una boleta que dan en los supermercados por compras mayores de 20 mil pesos para la rifa de un televisor necesito que me ayuden. Lo único que hago por iniciativa propia es sentir pánico.

No sé como hacer las cosas cuando las cosas requieren tiempo y dedicación. Soy experto en aburrirme. Soy constante en la inconstancia. Soy demasiado impulsivo como para cultivar afectos. No soy capaz de llamar a un amigo y decir:

- ¡Hey! estoy solo y triste, necesito un amigo. ¡Qué tal si nos tomamos una cerveza o un café!

Pero no. No llamo. Soy incapaz de llamar. No puedo, aunque anhelo hacerlo.

No soy capaz de estar con nadie por mucho tiempo. No soporto la idea de decirle a otro hermano solo cuando lo necesito o pedirle algo cuando pueden regalármelo. Cuando pido algo es cuando sospecho que no me lo pueden regalar porque eso implica más sacrificio o solo porque quiero aparentar que soy descarado. No sé cual de las dos acepciones sea la correcta. Últimamente que intento explicarme, afirmarme, consolidar mi yo, me siento más incoherente. Tal vez no hay explicación y todo es sospecha. Tal vez, como decía Cortazar, las explicaciones son errores bien vestidos.

Me desaparezco por épocas. Dejo de frecuentar a los amigos que usualmente frecuento. No es que no los quiera, sino que no me soporto en ellos. Somos, a veces, insoportablemente parecidos y no me importa irme. Los quiero, y por ese sentimiento, creo que son los más propensos a la distancia, no al olvido. Simplemente me ausento. Es humano el egoísmo y la incertidumbre.

Toda esta desazón, la del miedo a ser querido, estoy seguro, empezó a los catorce años cuando perdí mi infancia.

Una noche me acosté niño y al día siguiente desperté joven. No hubo el proceso debido, el tramite planificado. De un momento a otro caí al abismo, le vi la cara al diablo, me vi a mí mismo ante le espejo: me adolecí.

La culpa fue de una prima. Por ella deje mis muñecos de yupi, mis volquetitas de madera, mis llantas, mis paraísos perdidos, mis castillos de arroz, mis sueños de ciruela. Ella me desnudó, me besó en la boca, puso su pezón en mis labios, me mordió la oreja, me incitó a que le enrollara su vello púbico y luego los soltara como resortes.

Recuerdo que sentí que algo me faltaba por dentro. Estaba vacío. La infancia me había dejado atrás.

Empecé a pensar solo en la prima. Tenía las hormonas alborotadas. Mis pupilas eran los ojos de las hormonas. El aire era follable, las matas de plátano eran follables, las revistas de cromos eras follables, las mortadelas eran follables, los caramelos del álbum de chocolatinas eran follables, las cáscaras de banano eran follables, las gallinas eran follables, tu tía y tu novia eran follables, todas las mujeres eran follables, el amor era follable, Dios era follable, la prima retefollable.

El único problema era yo, mis cuatro pelos en el sobaco, mi voz de megáfono averiado, mi insinuación de bozo, mi adolescencia. Es decir, apenas tenía tarjeta de identidad para entrar en la prima y partirla en dos. Mientras su novio era mayor de edad y podía partirla en dos las veces que se le diera la gana.

Empeoré. Sentía el recuerdo de la prima, su desnudez de jugo de naranja, raspándome el estómago, la vejiga, los riñones. No podía estar tranquilo. Hasta que una noche, jodido de tanto pensarla y no poderla poseer, me masturbé. Estaba boca bajo en la cama. Me moví y sentí algo bacano. Me volví a mover y más bacano. Mierda, la cosa de moverse sobre el colchón es bien bacana, me dije. Ya no pude parar y dele que dele, frote que frote y pusssssssssss. Mierda. Sentí que algo se me había jodido. Pensé que el pipi se me había dañado. Imaginé que me iba a quedar mongólico. Estaba tan asustado que recé un padrenuestro, el primero sentido de verdad.

Estaba endemoniado. No sabía lo que me pasaba. Nuca estuve preparado para mí. Aún no estoy preparado. Simplemente me había saltado un paso. Pero debía hacer algo para aliviarme. Así que de tanto contradecirme, de decirme no más colchón y volver con más determinación al colchón, al frote que frote, al arrepentimiento, al padrenuestro... descubrí la mano y con la mano me quedé. Podía apretarla o soltarla un poco. La maravilla era que podía imponer un ritmo, una necesidad saciada de cantar con el movimiento.

Culpé a mamá por lo que me pasaba. Ella no me enseñó a ser joven, a adolecerme. Nunca me dijo que el amor era un casco de limón untado de pimienta que te extrémese y te deja lleno de llagas y suspiros. No me advirtió que la mujer entra en uno como si uno fuera un cuarto y te desordena, distiende la cama y luego se va sin tenderla. No me dijo que el sexo era una melancolía necesaria, una necesidad a la catarsis, una renuncia a la divinidad, un bautizo al instinto, un matarse placenteramente, un instante estirado, una cruz para los calzoncillos, un interrogante en mayúscula.

Pobre mamá, ya no la culpo, apenas tuvo tiempo de ser ella para educarme. Ya hice las pases con ella. Madre te perdono por haberme dado la vida, por haber hecho de mí este espanto de hombre, este ser diminuto que aún no se perdona, esta mancha de aire perdida en algún lugar del olvido. Madre te libro de todas mis culpas porque ahora soy yo que debe empezar a desandarse poco a poco. Ir, como siempre debió ser, sin desvíos, a la invisibilidad, a la inutilidad total.


Un Amigo, Julián, me dijo hace mucho tiempo que toda mujer llamada Sandra es un misterio y una confirmación con los sentidos. Estoy de acuerdo. Pero lo que le faltó agregar a Julián es que si además era delgada era dos veces un llamado a los sentidos.

Ella se llama Sandra, vive en Don Matias y estudia Enfermería en la Universidad de Antioquia. Ella, como ya sospechaba, resultó ser una mujer para sentir con los 5 sentidos. Cosa que por estos días está en vía de extinción en las mujeres. Las mujeres de ahora son mujeres de dos sentidos: la vista y el tacto. Veo, toco, toco, veo y huyo. Ella, Sandra, la mujer que se piensa con los 5 sentidos, es un mundo por dentro de su delgadez. Lo compruebo.

Sandra, descubrí, es crepúsculo por dentro. Sí, así como suena, un crepúsculo por dentro. El caso es mirarla bien. Ella a simple vista no es más que una mujer delgada. Pero si se le mira, si se deja que los ojos se le queden mirándola, así no más, como si no se le mirara, se descubre algo mágico. Sí, se siente una piquiña detrás de las orejas, la misma que se siente cuando uno ve a la mujer que le gusta y ella sabe lo que uno siente y ella siente algo parecido. Ese zumbido, hallazgo del hallazgo, es una invitación a que entres al parque que ella es y oculta. Sí, una mujer delgada e interesada cuando quiere arrugarte el corazón y la camisa se abre por dentro. Se te voltea al revés. Entonces lo que se siente detrás de las orejas es el zumbido de una puerta que se abre. Una puerta invisible a la mirada del instinto y el deseo. Porque detrás de toda mujer delgada, cuando se le mira la delgadez con duda, con asombro, se descubre una puerta a ella, a un paisaje de ella, a un pedazo que es ella y cela, a un pequeño paraíso oculto en ella. Claro, solo es posible pasar la puerta si ella lo permite.

Sandra me abrió la puerta. Dejó que yo entrara a ella. La clave era verla tanto que pareciera que no la estuviera viendo para que su delgadez fuera un camino y no un limite a ella.

Entré en Sandra y vi que ella por dentro es un paisaje, un paraíso, un parque de reserva natural. Pensé que si abrazaba a Sandra con fuerza sería posible que a ella se le sallieran algunas nubes por las orejas o el copo de un árbol por la boca o un pájaro por la nariz. Pero al abrazarla con fuerza solo le torcí el cuello. Su paisaje interno esta muy bien pagado por dentro.

Sandra, lo confieso, por dentro, después de su delgadez, es un crepúsculo con todas sus variaciones y paisajes.

En Sandra, por dentro, hay un sol deshilachado, cual casco de zapote, para calentarte los huesos. Y literalmente me tiré en Sandra, por dentro de Sandra, a calentarme los huesos, a sentir el sol-Sandra dorándome la piel. También me recosté en uno de los tallos de los tantos árboles que crecen dentro de Sandra para ventilarme el corazón, y quedarme embelezado con las montañas que hay dentro de Sandra, montañas cansadas de ser vistas con deseo y descuido, montañas vírgenes al tacto de los ojos, montañas torturadas de ser vistas de la manera indebida, de ser tocadas de la forma incorrecta, de ser besadas con los labios de la prisa y el cansancio.

Sin medidas ni esperas ni radares ni métodos miré a Sandra por dentro. Me quedé hechizado con lo que había y hay tras la delgadez de Sandra, porque Sandra es una línea que es circulo y cuadrado y rombo y triangulo y sonrisa y cielo y rectángulo y nube y abrazo y poliedro y mujer y aire y cinco de la tarde y lluvia y sol casco de zapote y hombre dormido.

Me dormí por dentro de Sandra, por lo que se ve más allá de lo visto, donde dormir es anochecer. Anochecí con el nombre de Sandra en la boca. Y su nombre fue dulce en la boca. Cada letra fue como un trocito de chocolate derritiéndose en la lengua, una explosión de escalofríos. Su nombre bajó por la garganta endulzándome por dentro. Su nombre me descubrió por dentro, me vio por dentro, me abrazó por dentro, me asustó por dentro y me desperté de adentro hacía afuera.

Me sentí extraño con tanta maravilla y me alejé de Sandra, de lo que había y hay dentro de ella, ese jardín, ese bosquecito hecho a la medida de mi descanso, ese pedazo de naturaleza al que fui a asustarme. Me alejé de dentro de Sandra para volver a ver su delgadez, la que mal acostumbrado estoy a mirar. Preferí irme para volver muchas otras veces. Igual a un hombre desconfiado las buenas noticias son más peligrosas que las malas noticias. Pero mientras me salía de Sandra, de sus paisajes, le dije Sandra como si la tocara, como si al pronunciar cada letra de su nombre tocara cada poro de su cuerpo, cada insinuación de su desnudez. Porque al deletrear su nombre, admití y admito, que estoy sintiendo a Sandra, estoy siendo yo dentro de Sandra y dejando que ella sea una mujer para los cinco sentidos, una mujer, la mujer, que atardece y sigue atardeciendo en mis ojos.

El siguiente texto hace parte de una novela que nunca debí escribir: “Anatomía del destierro”. Esta novela está condenada al olvido. La condeno yo. Es una novela llena de rencor, odio, locura, incoherencia, porno. Al parecer no puedo ser parcial ni escritor ni Dios. Mi literatura, si es que se puede llamar literatura, es un cuadrilátero, un campo de batalla, un país tercermundista, un zancudo con resfriado.

Mi cuerpo es un solo temblor, un quejido, un estupor de irrealidad. Eso siempre me pasa cuando me despierto de alguna pesadilla. Los sueños no dejan de atormentarme, de sobresaltarme, de asustarme. Sopencos sueños, malditos sueños. Maldita yo que los sueño.

Soñé que estaba dentro de mi cabeza. Sí, dentro de mi cabeza. Mi cabeza era una especie de auditorio o teatro. En mi cabeza, como en un teatro, había butacas. Yo estaba sola y sentada en primera fila. Era la única espectadora de mi sueño. Mi sueño transcurría sobre una pantalla como si fuera una película en un teatro. En la pantalla, en la que mi sueño empezaba a sucederse, yo caminaba por el campo. Yo, la espectadora, era a la vez, la actora de mi sueño. Sopenca situación. En el sueño iba desnuda. Vestirse estaba pasado de moda. Caminaba. Sopa, caminaba. Al norte se escondía el sol en una montaña, al sur la noche se desperezaba, al occidente una niebla blanca se anteponía al paisaje y al oriente aparecía un caserío en imágenes difusas. Caminé hacía el caserío. Los habitantes de aquel lugar, cosa rara, también estaban desnudos. Los niños jugaban desnudos, las mujeres lavaban la ropa desnudas, los ancianos fumaban tabaco a fuera de sus casas desnudos, los leñadores trabajaban desnudos. Esta gente apenas se percataba de mis miradas indiscretas. La desnudez era su mejor traje. Miré sin vergüenza a los leñadores. Me entretuve de lo lindo. Por más que quise no ver la desnudez y... eso... eso... sopa... eso que se exhibe y cuelga de un hombre cuando está desnudo, no pude. Fui débil y miré, aún con pudor, el sexo de los leñadores. Caminaba. Miraba. caminaba. Pudor. Sopa.

Mis ojos encontraron los ojos de un leñador después de vestirlo con la mirada. El leñador medía 1,85 metros de estatura. Su barba era negra y abundante. Él dejó de trabajar. Tiró su hacha al suelo y se dirigió a mí. Parecía conocerme. Al llegar me dijo que se llamaba Ernesto. Luego, sin darme tiempo de contestar, me besó. Ernesto tomó mis senos en sus ásperas manos. Chupó, chupó y chupó. Sopa y otra vez chupó y chupó. Volvió a mi boca. Sopa. Me derrumbó. Toda la savia del leñador se derramó dentro de mí. Sentí mi pezón izquierdo hirviendo y manando algo. Ernesto, sin mirarme, se puso de pie y se marchó. Toqué mi pezón con los dedos índice y pulgar y lo sentí más grande de lo normal. Alcé la cabeza. Sopa. ¡Qué vi! Mi pezón era un pene en miniatura, de unos diez milímetros de largo por cuatro de ancho, con su respectivo glande. Éste derramaba sobre mi pecho gotitas de leche, gotitas blancuzcas y espesas. ¡Sopenca excitación! Intenté mover las manos, las piernas, pero no tenía fuerzas. Me quedé en el piso mirando las ramas de los árboles. Las ramas de un cedro eran movidas por el viento. De repente un gajo se desprendió del árbol. Escuché su grito de toro enfurecido que quería aplastarme. Cerré los ojos y grité. Sopa. Desperté y verifiqué si estaba herida. Descansé. Pero encontré sobre la camisa de la pijama un parchecito de varias gotitas de leche.

Las apariencias no son más que apariencias. No es nuestra imagen ante el otro la que mostramos sino la imagen del otro en nosotros. Queremos la aprobación del otro para sentirnos seguros.

Nos gusta jodidamente vernos seguros y estables, así, por dentro, lo que nos callamos y nos domina y nos asusta y sentimos a la medida de nuestras preocupaciones, estemos de espanto. Porque se mal acostumbró a aparentar a estar bien cuando por dentro se está desmoronado, quebrado, terriblemente triste.

Somos imperfectos y no nos gusta la imperfección. Nos en malacara sabernos injustos, egoístas, inseguros, débiles, contradictorios, incoherentes. Tememos a la desnudez de los conceptos. Buscamos justificaciones en cosas distantes de uno, que nos brindan la seguridad, que nos permitan ser invisibles, que nos dejen estar ahí huyendo de nosotros mismos para no tener la molestia de tomar decisiones.

Nos casamos con los ismos, con las doctrinas, las instituciones, las personas. Como decía Estalisnao Zuleta, buscamos una persona o una seguridad que nos libere del aburrimiento para darle sentido a nuestras vidas. Gran error el que advierte Estalisnao. Me queda muy de para arriba creer que la realización de uno solo sea posible en el otro. Como si para estar conmigo primero debiera estar con otro. Además el respeto, la diferencia, entre otras necesidades del espíritu no es adoctrinarse. El respeto no es un currículo de una institución o una doctrina y que para adquirirlo primero hay que merecerlo y creer ciegamente. El respeto no debe ser aprendido sino interiorizado. El respeto no debe saberse de memoria.

Nos asusta la soledad. Distraemos la soledad. No somos capaces de estar solos. Porque no se está solo estando sin compañía. Se puede estar en una habitación sin nadie pero al enfrentarse a la quietud, a los propios pensamientos, a las voces que nos reclaman por no escucharlas, solo se nos ocurre prender el televisor, alzar la bocina del teléfono y llamar a alguien, leer un libro, jugar con el celular. Siempre buscamos un pretexto para no aceptar que estamos solos y necesitados de compañía, de la nuestra, la que postergamos con las justificaciones.

Son terroríficas las renuncias. Renunciar al otro nos parte el corazón y nos negamos la posibilidad de aprender del otro en la ausencia. No gusta estar solos, nos aturde la luz en la soledad y hace mucho frío. Pero atar al otro es irrespetarlo, si se quiere ir, que se vaya. Hay que aprender a renunciar para hacer de la debilidad de estar solos nuestra aliada. Hay un ejercicio que a mí me ha servido. Tirar, a conciencia, a la basura, objetos con alto valor sentimental. Por ejemplo, dejé tirado, en algún lugar de la biblioteca de la Universidad de Antioquia, mi último cuaderno de apuntes. En el cuaderno había escrito varios poemas, mis últimos poemas. Y lo que me inquietaba era que los textos me gustaban. Agradezco haber perdido el cuaderno.

Existe un pánico a la inutilidad, entonces, para no pensarnos y sufrirnos, para no quedarnos quietos dispuestos a ser un gran interrogante, nos matriculamos en la búsquedas de otros y formamos un proyecto de vida, estudiamos y nos volvemos desesperantes con la academia siempre en la boca, queriendo explicar el mundo a través de los conceptos como si todo sucediera por obra y gracia del lenguaje. Como si la lluvia fuera menos buena que la conversación de dos niños sobre la luna, como si escribir o decir perro fuera la única forma de reconocer al perro y la única afirmación de su existencia.

Hay cosas que escapan a la razón, a la nuestra, y en la medida en que más se nos escapen, más inseguros estamos porque no podemos calificarlas o enjuiciarlas porque no las entendemos Porque estamos mal enseñados a juzgarlo todo। Esto es bueno porque me conviene y es malo porque es distinto a mis intereses. La moral, gracias a Dios, nos contiene y potencializa nuestra imperfección.

¡Qué tal que no fuéramos débiles¡ ya hubiéramos solucionado ese terrible interrogante de la convivencia. Porque ninguna ciencia, ninguna arte, ninguna rama del conocimiento ha podido solucionar la convivencia con el otro, el por qué no estamos con nosotros cuando estamos con otros sino con otros. ¡Qué tal que no fuéramos débiles! no nos aburriríamos. El aburrimiento es el campo de batalla del ingenio. ¡Qué tal que no fuéramos débiles! no haríamos las cosas equivocadas, las que tanto nos hacen sufrir, pero las que más nos gusta. ¡Qué tal que no fuéramos débiles! ya habríamos solucionado la desazón del amor, entonces, el amor sería una acción desde el entendimiento y no una angustia desde el asombro.

Yo, por ejemplo, soy débil y aprendo a convivir con mis imperfecciones e injusticias. Un verso de Raúl Gómez Jattin decía que nadie podía herirlo tan mortalmente como él mismo se había herido. A mí me sucede ese verso. A veces, cuando discuto, porque discuto poco, porque no me gusta discutir cuando no se conversa y se dicen palabras mal intencionas solo por llevar la contraria, porque me da miedo perder, porque no me gusta aceptar que otro es más ingenioso. En fin, a veces cuando converso, y me dicen Camilo usted es un irresponsable, usted es un distraído, no sabe mantenerse firme con ninguna idea, es inseguro, no sos capaz de estar con ninguna mujer porque huís de ellas persiguiéndolas, no has hecho nada en la vida que pueda calificarse como importante… Entonces me sorprendo porque no me duele, porque me he dicho cosas peores y con más frecuencia, porque aceptarme es invitar al otro a que esté con él, porque estoy aprendiendo a no alterarme tan rápido con lo que soy.

Acepto, soy un débil ante el amor. Necesito de las caricias, de los mimes, de que me llamen y me digan te quiero, así, yo no sea capaz de decir te quiero porque se me llena la boca de arena.

Acepto que no soy ese tipo seguro, que es más papá que individuo. Ahora llevo el yo como un ramo de flores a una relación cualquiera y por eso digo que busco una mujer que cuide de mí. Sí, siento todo lo que dice la canción Alguien que cuide de mí de Cristina y los subterráneos. Necesito ser cuidado. Soy demasiado débil. Pero, eso sí, que me cuiden sin que mi yo se marchite.

Sí, soy un débil y lo reconozco, un impulso de impulsos, una contradicción con orejas. Todo me asusta, hasta la puesta del sol. Pero saberlo me asusta un poquito menos.

Cuando aceptas tus debilidades sos más fuerte que el otro porque no estas pelando con el otro para aplastarlo y demostrar tu supremacía, tu poder de ser más aparente y seguro. Estas vencido, llegas vencido, conversas vencido y sentís todo lo que hablas, porque el desanimo es el mejor aliado para no fingir. Porque te atreves a ser vos mismo el laboratorio de todos tus deseos. Aceptas que sos débil y asumís tu deber a la desesperación, a la incertidumbre, a la angustia. Porque esos estados te prueban, te retan, te hacen, te afirman. El sufrimiento te va esculpiendo el ser, te hace preguntarte el por qué todo te sale mal, el por qué siempre te pasa lo mismo, el por qué solo se piensa en el golpe después de golpearse, el por qué duele estar vivo, el por qué Dios hace tan mal las cosas y hizo del Sida el castigo al instinto y al placer, el por qué el Sida no es castigo a la guerra y por cada golpe un contagio, el por qué soy yo el que tiene que ser responsable de mis actos que son actos de otros yos en mí que no entiendo, el por qué debo aparentar para convivir con otro, el por qué pregunto. No sé.

Ella tiene 17 años. Es una niña y esta enamorada de mí. Es dúctil y débil. Nació con unos labios concebidos para el sexo oral. ¡OH! Sus labios de putita aprendiz, de felina sin garras, de gemido, de escalera al placer.

Sus labios carnudos, rosados, gruesos, callados han dejado su aliento y su llanto en mi falo. ¡Oh, Labios de putita inocente! ¡Oh, labios de putita fea! ¡Oh, labios de putita sola! ¡Oh, labios de putita sin identidad!

A ella, la putita, la conocí una noche, hace muchas noche en De bluss. Casualmente en el bar en el que trabajo ahora.

Al ver sus labios por primera vez solo pensé en besarla. Fui a su mesa, le hablé. En ese momento no me importó un rechazo.

Conversamos, mejor dicho, conversé largo tiempo conmigo mismo. Ella no hablaba, lo único que me dijo era que hacía croché y lo repitió una y otra vez. No me importaba, yo solo quería llegar a sus labios. Le hablé de Alam Poe, de Cortazar, de Las Mil y Una Noches... no entendió ni mu. Le hablé de música... ni mu. Le hablé de mu y ni mu. Luego callé, entonces, como si ese fuera el verdadero dialogo, ella empezó a reír.

El ruido de su risa era una mezcla de dolor y goce. Era como si La putita, de antemano, supiera, que su risa era su defensa a la impotencia, a la resignación, al abismo de no sospechar nada de si misma. Para ella el reír no era el ejercicio espontáneo de esculpir pucheros. Ella se reía de la misma manera en que el niño ríe al ser reprendido por no tomarse la sopa. Ella se reía para conceder y aceptar ante mí su actitud de victima.

El día que la encontré en el bar le recité, ya camino a su casa, un episodio del libro Rayuela de Julio Cortazar: Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano en tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.

Como era de esperarse La putita abrió sus labios. ¡Dios! Sus labios. Dos fauces dirigiéndose a mí. Entre y salí de su boca como de una cueva, húmedo y pegajoso, triste y parolo, ausente y ensalivado.

Era tanta la fantasía por su labios que imaginé que ella los movía. Pero, como sucedió en el bar, nunca los había abierto. Era yo el que amortajaba sus labios. Los mordía y nada. Los ensalivaba y nada. Le bajé la mano a la entre pierna, le hice mojar el Jean, le apreté el pezón izquierdo y nada que sus labios reaccionaban. Le froté mi falo a su pierna y nada. MIERDA. Hasta que de tanto insistir eyaculé en el intento de hacerle mover sus labios. Luego me marché.

En los días siguientes pagaba escondidijo. La decepción que me llevé con sus labios me dolió en el alma. Su labios estaban hechos para medir mi erección, pero, aún no estaban despiertos para su fin: mamar. Eso me dejó triste. Infinitamente triste. Así que me alejé de ella. Mi putita fracasada.

Días después Iba yo prendo y fumo y me la encontré en el parque de Girardota. Recuerdo que apenas la saludé, y como si ella tuviera obligación de complacer mis caprichos, la convidé a mi casa. Le di a entender que si decía no yo seguiría mi camino solo. Ella dijo sí pero sin abrir sus labios.

En casa le di un vaso de agua. Ella reía. Otra vez su risa empezaba a ofuscarme ¡Puta risa! Para no escucharla más, le dije, con rabia, que la iba a desnudar y se la iba a meter piernas a dentro. La niña adquirió una cara de mamá quiero irme a dormir, mamá este tipo me asusta porque tiene algo en los ojos que no me gusta, mamá quiero pedir perdón por no saber utilizar mis labios. Y esa inocencia me la endureció más y me lancé a sus labios inmensos, pero, tristemente quietos.

Le mordí el cuello, la espalda y ella ahí... inmóvil. Baje a su concha, la lamí, la sorbí, bebí de ella. La monté y penetré. Ella ni gimió. Upppppppppssssss.... Jódido polvazo. De nuevo el pantalón, la camisa, la traba me bajó y me llegó el arrepentimiento. Me mandé las manos a la cabeza. ¡Mierda! ¿Qué hice? ¡Es una niña! Debe alejarse de mí si quiere encontrar el amor. Mierda, no la vuelvo a saludar, ni siquiera a determinar. No quiero cargar con más culpas. La llevé hasta el lugar en que me la había encontrado.

Por un tiempo cumplí la promesa. No quería afectarla sentimentalmente. Pero, después de uno meses, cobardemente volví a ella.

Estaba yo con un amigo tomándonos unas cervezas. Ella nos saludó y sin pedir permiso se sentó en la mesa. El tiempo que permaneció no hizo otra cosa que reír. Su risa cortada me molestaba. En los intervalos en que tomaba impulso para seguir riendo me parecían paradisíacos solo porque no la escuchaba reírse. ¡Si tan solo se riera de la misma manera en que hablaba! Tal vez, se me hubiera hecho más soportable su compañía.

Sé que la culpa fue mía. Si no le hubiese hablado aquel día en el bar no estaría con este anhelo de ser un tipo modelo. También sé que ella, la niña, no merece que la trate como una enorme vagina con tarjeta de identidad. No, ella no merece que la trate como un utensilio a mis perversiones. No, pero, tampoco ella quiere que la trate de otra forma. Le gusta lo de putita fea.

Con las primeras cervezas fui un tipo puritano. Al ritmo de los tragos fui doblando la culpa y la arrojé con la ceniza del cigarrillo al suelo. Con varias cervezas solo quería jóderla y metérsela. Cachondo propuse que bajáramos a mi casa.

Llegamos, mi amigo se tiró en la cama y mientras escuchábamos a Fito Paez tomé a La putita de la mano, la saqué de la pieza y la llevé al baño. Allí le quité la camisa y el brasier. Intenté con los pantalones y no se dejó (mejor, supe después, para mí). Por encima del Jean le toqué la concha. El índice apretaba el clítoris y en pocos instantes sentí su olor de mamífero en calor. La tocaba, la besaba y sus putos labios inmóviles. Me bajé la cremallera y saqué mi miembro. Ella lo observó y le sonrió como si este fuera un espectador, y no, como era, como debió ser desde un principio, el protagonista de la historia. Lo llevé a su boca. Al principio lo masajeó. Yo, para que se acostumbrara a mi pájaro ardiente le decía que lo disfrutara, que sacara su instinto, que moviera la lengua, que pusiera a funcionar sus enormes labios, que para eso estaban hechos. Ella poco a poco accedía a mis peticiones. Primero lo tomó en sus manos y lo apretaba con los labios y dedos. Movía boca y lengua salvajemente. En minutos sacó todo lo bruja que tenía oculto. Yo movía el miembro hacía adentro y fuera de su boca. ASÍ... SI MI PUTITA, ASÍ,..... SÍ, ... MÁS RAPIDO, COMPLÁCEME.... DÉJAME LLEGAR... MÁS RÁPIDO, MÁS LENGUA, MÁS SALIVA, MÁS.... MÁS.... Y por fin en su boca quedó acumulado el semen. Ella me miró preguntándome que hacía con eso, si se lo tragaba o lo botaba. Le dije que si no le gustaba podía botarlo. Ella tiró mi líquido en el lavamanos. Nos pusimos la ropa. Yo ya quería que se fuera y que me dejara dormir. Pero, las reglas de la cortesía me obligaron a ser un tipo moralista y esperar unos minutos. Debía llevarla, según el dictamen de la moral, hasta el parque de Girardota. Con mi amigo la llevé. De regreso a casa, me acosté a dormir y yo soñé que era un niño bueno.

La cosa que a uno más le inquieta en la vida, al menos hasta donde tengo entendido, es ser un aventurero. Sí, que la existencia de uno deje un recuerdo en la historia. Que uno pueda tocar la fama con las manos y ser recordado por siempre. Eso no va conmigo. No quiero ser recordado. No he hecho meritos para tal cosa.

De pequeño se quiere ser un hombre con cuatro pies y rescatar la princesa avispa que fue raptada por una colonia de hormigas. Derrotar a las hormigas, casarse con la princesa y tener un hijo mitad avispa, mitad humano. Luego se desea, más grandecito, ser el mejor futbolista. Yo nunca pude jugar bien al fútbol. Siempre fui un petardo para ese deporte. Aunque admito que imaginé que era el mejor futbolista del mundo. Hasta me vi en la selección Colombia, al lado del Asprilla, haciendo túneles y marcando goles.

Lo más característico, cuando a uno lo invaden los problemas de identidad, es querer ser otro tipo más talentoso, más apuesto, más inteligente. Yo nunca estuve conforme conmigo, ni con mi cuerpo, mi estatura, mis sobacos, mis piernas, mi frente, mi ombligo, mi personalidad. Siempre quise ser agradable a todos menos a mi mismo. Así que me fabricaba una imagen de mí que no era la mía. Me figuraba que tenía el cabello liso, la piel blanca, los ojos buenos y azules. Quería ser el hombre más lindo del mundo, el que deslumbraría con su belleza. Quería que todas las niñas se enamoraran de mí.

Pero, nunca fui más que el que soy, un feo que aprendió a hablar bonito. Nunca pude aclarar los ojos, así me hubiera echado limón para aclararlos. Nunca me blanqueé la piel, así me haya escondido del sol por meses. Nunca pude ver otro distinto a mí en el espejo y eso me generó grandes depresiones. Me escondía de lo que yo era.

Todo intento de mí, de definición de mí, era un atentado a la imagen de mí, la que proyectaba y odiaba. Por eso cada que intentaba hablar de mí las palabras se me quebraban en la boca como si me tumbaran los dientes.

Para acabar de ajustar en mi casa yo era el maniquí de mi madre. Ella me vestía como a ella le daba la gana. Los pantalones me partían las pelotas en dos y el borde me llegaba hasta el pecho. Mi madre me peinaba de partido. Lo más desastroso era que los pantalones eran botatuvo y las gruyas me quedaban grandes. Y mis pies son inmensos. Entonces la imagen de mí, la que proyectaba, con los días era más desastrosa. Si me guevoniaban en el colegio por el tamaño de mis pies. Recuerdo que una vez un profesor me dijo que había nacido adulto de los pies. Nunca entendí ese chiste, pero siempre me dolió.

Mi imagen era desastrosa ante mis ojos. Empecé a andar encorvado. No quería que nadie me viera, ni menos llamar la atención con mi imagen, la de espanto.

Empecé a hablar menos. Con los días menos. Hasta que sin saber como, ni porque, me volví tartamudo. Gran lío.

En definitiva era una gueva en todo el sentido de la palabra. Y cuando a uno las cosas no le salen bien y no acepta que le salgan mal, entonces, las cosas se le empeoran más. A mí me pasó lo mismo y los manes del colegio me empezaron a hacer imposible la estadía. Imaginé que los mataba a todos, pero cuando los veía de frente, les sonreía cual mariquita asustado. Me decían pie grande, mariquita, ñoño, atolondrado, gago, ahuevado…

No sé como estoy en pie, caminando, soportándome, recordando, viviendo. El caso es que me dije, un día en que no aguanté más, en que exploté: Camilo, debes ser y aceptar al retrazado mental que llevas por dentro. Eso me dolió pero fue un hallazgo. Recuerdo el día en que exploté. Cursaba noveno y un man de 1;80 metros de alto y acho me dijo mariquita, me le tiré y lo agarré del cuello y le golpeé el rostro. El man, recuerdo, se llamaba Didier Arrollave, me cogió como un bastón y destrozó conmigo una matera, una silla. Admito que grité, pero aguanté la sacudida.

Después de ese percance, empecé a hablar, mierda, hablar y hablar y hablar. Mal hablado hablé por los codos, las orejas, las rodillas. Era una lora gaga, una simulación de megáfono averiado, una fiel imitación de gallo que empieza a caraquear. Hasta me rajé con una cuchilla minora la telita que uno tiene debajo la lengua, porque había escuchado que esa telita era la culpable de mi gaguera. Gran mentira, seguí igual de gago y solo y sin la telita bajo la lengua.

Pero nunca dejé de imaginar cosas. Pero fue mucho después que pude ficcionar algunos hechos. Fue cuando entendí que el respeto, lo que entendí por el respeto, es hacer cosas asombrosas que otros no son capaces de hacer. Entonces dije, lo admito, que estuve con tres mujeres en una noche, que me hicieron sexo oral, que me invitaron a sus fincas, que me culíe a la mejor niña del colegio. Bueno, dije la mitad de todo. Pero nunca estuve con ninguna mujer hasta que cumplí los 19 años. Lo anterior a los 19 fue solo paja. Es tanto que a mi edad, a los 25 años, no conozco el mar, no he acampado, no se ingles, no trabajo, escribo mal, vivo con mi madre. Estoy lleno de limitaciones.

Bueno, el caso es que desistí de esa forma de respeto, la de mentir para ser respetado y venerado. Pues a mí no me funcionó. Esa forma de respeto me precipitó al abismo. Me jodió la respiración. Así que decidí por quedarme callado, por aceptar al bicho raro que soy, la de ser un pajizo, un tipo pasional, un débil de carne, un lío sentimental, un poeta frustrado, un prosista en ruina.

Me dije, a la mierda de aventuras y en vez de imaginarme a las tres mujeres que me follaba en una noche, empecé a sentir a las tres me abofeteaban en una noche o me decían retrazado mental. Pero eso, era verdad.

Tuve que reinventarme. Aún me reinvento. Pero me ha ido mejor así. Al menos eso me ha ayudado a no decir más de lo que me callo. Se que estoy enfermo, de siquiatra, maniático, pervertido, solo… pero, soy yo, inevitablemente yo. Solo así he podido tocar, por mis propios meritos, el seno de una mujer y sudarme en ella toda la noche.

Se que no soy aventurero. No sé como serlo. Solo me he valido del fracaso, de la incertidumbre, para definirme, para no darme de trompadas con los amigos, para no haberme vuelto un violador, un sicario, un padre de familia, un obrero de empresa, un domador de serpientes, un caminante por la paz, un don Juan consumado.

No soy un aventurero, si hasta me embalo para amarrarme los zapatos. Miento, pero no por decir más de lo que soy sino al contrario, para invisivilizarme.