- Les escribo una carta de amor para sus mujeres. Las cartas son efectistas. Vea, si es para reconquistar a una esposa es mejor una carta medio dulzona y cotidiana. Nunca fallan. Soy experto en eso.

- ¿Y cuánto sale eso?, dice uno Daniel, uno de los eciatorianos

- Es sencillo, la pago yo, contesto

- ¿Cómo?, responde Matín, el otro ecuatoriano

- Si, vea, por la denuncia de la perdida del pasaporte, de la tarjeta andina y la cámara digital que no tengo, ustedes me cobraron 30 dólares. Yo necesito 15 para llegar a la frontera de Ecuador Colombia. Así que con 15 dólares, que antes no tenían, para esta noche tendrán una mujer contenta. Porque si ven bien mi sutación, no tengo los 60 dólares que me cobra migarciones para costear el sello que no aparece en el pasaporte, dije.

- No sé, contesta Martin, uno de los ecuatorianos que sabe que sé que todo es una farsa.

- Bueno, es cosa que se debe decidir. Además, por una carta tendrán más que un beso. Dije

- Pero puedes trabajar en el parque, prosigue Daniel, el otro ecuatoriano, como si ignorara que en un parque ecuatoriano no se puede hacer actos públicos

- Es cierto, pero para conseguir el almuerzo, pero no para el pasaje. Pero muchachos, sus corazones me lo agradecerán así me hayan cobrado una fortuna por una denuncia que se hace gratis.

Los dos ecuatorianos se vieron. Me dieron los nombres de sus mujeres, Dolores y Milagros. Le escribí las cartas. Pagaron mi pasaje. Sonreí y salí a ver como solucionaba lo del almuerzo. Todavía me falta llegar a Tulcán. Salí a caminar Huaquillas, municipio de Ecuador y a pensar en Jimena, la peruana que me enseñó a abrazar de nuevo. Ay Jimena tus besos aleteo de suspiro me calman el hambre hoy que hace un calor insoportable.


Salí a caminar porque en las noticias de Perú se anunciaba un paro de transporte público en Lima.

Me interesaba andar por una de las vías, Javier Prado, y presenciar el espectáculo.

Hacía sol, fenómeno raro por estos días. Medio almorcé. Me empieza a gustar el arroz con queso.

Salí de la pensión sin bañarme. No me interesaba bañarme. Además no iba a visitar a nadie. Simplemente no quería bañarme.

Caminé y el cambio fue notorio. Se podía respirar. Una avenida sin buses es una casa con patio o un cuarto con ventana.

Se debería decretar un día al mes sin buses. Un día dedicado al ocio. Un día para hacer nada y no bañarse. Un día en que se prohíba llevar reloj y programar citas. Un día para decirle a un desconocido hola y chao.

Caminé y canté una canción que no me sabía. Inventé la letra. Di algunos saltitos en la calle. Me sentía bien sin tanto automóvil aplastando el paisaje con el ruido.

Llegué a la Plaza Jockey y ya no quise entrar. Cuando quise devolverme no supe donde estaba.

Además no había buses para el retorno. En fin, volví a cantar y caminé sin saber a donde, ajeno y propio del azar.
Aún veo en tus ojos las aulas de clase
y los vestidos de muñeca
Tocarte es como tocar una sobrina

Tu virginidad no es tesoro para piratas
al menos los de mi clase,
los que roban todo lo que brilla
Te dejaría en naufragio

Te mentiría si te digo un te quiero
sería arroparme del frío con una musculosa
Aunque linda te falta abismo
para no hundirte con mis besos,
porque tengo un mordisco de tigre
camuflado en crema dental labios adentro

Es mejor así
luego entenderás que a veces
una aventura no cicatriza
y no quiero ser recordado como herida
sino me desangro un poquito.

Miró a una pareja que se besaba es la base de la estatua del parque del amor en Mira Flores -Lima. La estatua es el símbolo del amor idílico, hombre y mujer petrificados en un gran beso.

Ella envidió a la pareja. A sus 35 años creía, que podía hacer mejor una demostración de afecto que ellos. Se le aguaron los ojos y maldijo el amor. Caminó por el borde de la autopista, rumbo a la playa. Tomó el celular y miró el número de un amor no correspondido, el padre de su hija. Llamó y nadie le contestó. Guardó el celular en el bolsillo de la chaqueta.

El frío le endurecía los labios. Se oficiaba en las noticias el inicio del invierno. El gris opacaba el mar. El gris se parecía a su melancolía. Tenía una melancolía gris. En gris miraba el gris. Era un gris que llevaba dos meses sin trabajo, lejos de su hija, sin chance con su ex-marido, sin dinero para pagar la pensión ni para comer, sin el apoyo de su familia, sin amigos, sin que su ex-marido le conteste el celular. Un gris que lloraba.

La niebla le sonaba a solo de violín en el corazón y las lágrimas llegaron a sus ojos. Volvió a tomar el celular, llamó a su ex-marido. Nada. Su ex-amorcito no la vería más, pensó. Una lágrima rodó por su mejilla y dio en una de sus zapatillas deportivas. Había caminado un kilómetro desde el parque del amor. Nadie la saludó, nadie le dijo adiós. Nadie vio en sus ojos la fatalidad del fin.

Infló el pecho y puso el celular en el seno izquierdo. Miró el abismo, los más de 20 metros de altura. Cerró los ojos y se lanzó al vacío. La última imagen que recordó fue la sonrisa de su hija.
Soñé que mi rostro era un huevo freido. No había ningún rastro humanos más que el recuerdo de lo que alguna vez tuve un rostro. En el sueño hablaba burbujitas. Todo me era amarillo y borroso. Quise despertar. Desperé, me faltó la nariz para respirar y la boca para gritar. Quería mi rostro. Así que intenté verme las manos en el sueño. Pero como no me las podía ver, junte una mano con otra y de golpe abrí los ojos.

Respiré. Fui al baño. Me miré al espejo. Mi cara flaca, mi barba de mafioso acantinflado, mis parpados caídos, mis lagañas. Me comí una lagaña y la sentí saladita. Lo mejor de dormir son las lagañas. Me comí la pesadilla. Me enjuagué el rostro y volví al cuarto. Dormí como un bebe.

Me desperté de nuevo a las 10 de la mañana. Como no hago mayor cosa me despierto a la hora que me da la gana. Fui a hacerme el desayuno. Amanecí con ganas de huevo revuelto con tomate y cebolla. Eché el huevo en el sartén. Y mi rostro se dibujo en la superficie de teflón, entre la clara, la cebolla y el tomate.
Creí que todo había salido bien. Te dejé la notita en la mesa en que estudiabas. Me dijiste que necesitabas estudiar pero agradecías el recado. Sonreí y me senté en otra mesa.

A los minutos me tocaste la espalda. En ese momento meditaba una frase de Séneca que decía que deja de temer el que deja de añorar. Lo curioso era que añoraba que me hablaras.

Nos tomamos un café. Me sorprendí cuando me dijiste que tenías 17 años. Una niña con cuerpo de mujer. Entendí que no debía esperar nada de ti. De nadie. El amor funciona cuando se admite que el otro se puede ir sin que eso te duela. Se toma una mano pero no se ata un alma. Claro que lo nuestro era un encuentro de notitas. Porque me sentía apuesto y me sentaba a que alguna chica se atreviera a romper el hielo. Mi ingenuidad es aprueba de juicios.

Esa tarde me invitaste a un café. Te di mi mail en la notita y me escribiste. Concretamos una cita en la Biblioteca Nacional de Lima en la Hemeroteca. Llegaste un poco tarde. Una hora. En ese tiempo sentí que todo se derrumbaba. Esperar no ha sido mi fuerte y no me concentraba en las cartas de Séneca. Me contradecía. La ansiedad de verte podía contra todos mis principios y solo deseaba que me encontraras distraído.

Me sentí de tu edad y eso que ya paso del cuarto de siglo. Eso que ya no soy un niño, aunque haya prolongado mi adolescencia más del límite. Tal vez por eso mi personalidad a veces es una nota musical fuera de tono, que puede sonar mal a la armonía de todas las cosas que me rodean.

Hablaste de tu viaje a Europa. Te escuché. Soy bueno escuchando. Hablamos unas dos horas.

A la salida, recuerdo que jugaba Perú Colombia, las selecciones más degradantes de las eliminatorias del mundial. Hablaba con el vigilante de la biblioteca (peruano) de que quedaríamos bajo cero en el resultado final.

Cuando salí no estabas. Miré a todos lados y nada. Carajo. Cuando al final de la cuadra te despedías con la mano alzada. Te dije adiós de lejos, prendí un cigarrillo y camine a mi cuarto. Caminé. Aprendí la lección.

- Su identificación.
- Florentino Cólera, señor oficial.
- Señor, necesito una declaración detallada de los hechos sino quiere que lo lleve al calabozo por marica.
- Ehhh..! ¿Es que por eso dan cárcel? Entonces por qué no piden en extradición a Fernando Vallejo.
- ¿A quién?
- Bueno, disculpe, pensé que conocías al primo de García Márquez.
- ¿Márquez? ¿Me está tomando el pelo? Vea… no sabe usted que está cometiendo el delito de desacato al no contestar a una pregunta de un oficial del ejército nacional apostólico romano de la república de Colombia.
- Disculpe oficial, no es mi intención. Bueno, le contestaré y sabrá que no soy marica y esto es un error.

Como verá señor oficial, yo soy un tipo con educación superior, soy apuesto aunque para algunos parezca una trapera que sonríe. En fin, la belleza es relativa y es cuestión de enfoque. Además me gustan las mujeres y espero una demanda por meterme con una menor de edad. Claro, esa demanda es preferible a ser marica. ¡Cierto!. No ponga esa cara. Sin más rodeos. No se impaciente. Le voy a demostrar que no me puede encarcelar por estar en un bar gey. El escándalo público no es mi culpa, como verá.

Vea, todo empezó hoy en la tarde cuando le dije a un amigo que no se atrevía a ir a un bar gey. El amigo me dijo que él ya había ido. Arrugué el ceño porque era yo el que no me había atrevido.

Salimos, entramos al bar que está cerca de la estación de Metro Prado, en toda la curva de la oriental, donde detuviste a ese gorila y a mí.

Entramos al bar. Los tipos bailaban. Eso no lo había visto en vivo y en directo. En la pista de baile se querían comer a besos. Se tocaban, se excitaban. Admito que no estaba ni estoy preparado para eso. Tanto, señor oficial, que le dije a mi amigo que me iba. Él se sonrío y me dijo que hiciera lo que quisiera, era problema mío. Lo miré. Él sonrío y sacó un tipo a bailar. Me quedé solo en la barra viendo a una pareja queriendo arrancarse los jeans con los dientes.

Un tipo empezó a mirarme. Más que un tipo era un gorila. El barman me dio una cerveza y me dijo que me la había enviado le gorila. Le sonreí. Dejé la cerveza en la barra y caminé hasta el baño. Me despeiné. Hice algunas caras de mongólico que no debo forzar mucho. Quería parecer lo más feo posible para no llamar la atención. Volví a la barra. Tomé un trago de cerveza. Incluso para que nadie se me acercara me saqué un moco delante de todos, lo moldeé entre los dedos pulgar el índice y lo pegué al envase.

El gorila que medía como dos metros, era barbado, corpulento, se acercó. No le importó lo del moco. Alcé el moco con la mano. No sirvió de nada. Con su mano que era dos ó tres veces la mía tomó mi brazo y me dijo que si bailábamos.

Oficial, en serio, eso me dijo. No sabe usted el frío que me dio. No sabía que contestarle. Si le decía no, de pronto me aplastaba la cabeza con un puño. Y si le decía si, era indigno a mi hombría. El caso es que le dije al gorila que estaba con mi novio y señalé a mi amigo. El gorila me miró fijo y apretó mi mano con fuerza. Me solté y asustado me metí a la pista, separé a mi amigo de su pareja, le dije que tenía que ayudarme, tenía que bailar conmigo, porque un gorila me quería…

Bailamos un merengue, uno de Ricarena. Recuerdo alguna frase “sacúdelo que tiene arena…” nada más ordinario que esa frase.

El gorila se paró en frente de la pista y le preguntó a mi amigo si era mi novio. Éste contestó que no. El gorila se enfureció. Despicó un envase de cerveza. Algunos tipos empezaron a gritar como locas. Admito que también grité, pero no como loca sino como gallina. Vea, si, tal como le dijo, estiré las manos como un ave, incliné la cabeza y le dije al gorila que yo era cinturón negro. Él se río. Y cuando se reía ¡trácate!, le di un patadón en las pelotas. Luego salí del bar y el gorila detrás con una silla levantada. En ese instante pasaba usted en su patrulla y me sorprendió huyendo. Y doy gracias a Dios que aparecieron, porque sino ese animal me hubiera partido en dos. Esa es la verdad.

- Mejor váyanse los dos. Cada uno a su casa. Y usted, me dijo el oficial, si no puede resolver sus problemas como hombre, es mejor que no salga de su casa.
- Bueno oficial, seguiré su consejo. Es bueno seguir las sugerencias de un oficial del ejército apostólico romano de la república de Colombia. Sin ustedes Colombia ya habría tenido otro novel.
- ¿Qué quiso decir?, eso no me gustó, sea lo que sea, pero no me gustó.
- Nada oficial, solo hablaba de la efectividad y la inteligencia de la fuerza pública.
- Ahhh… bueno, pero lárguese ya y que no lo vuelva a ver porque pasará la noche en un calabozo por desacato y burla a la autoridad.
- Qué la virgen lo acompañe oficial.
Y del recuerdo el olor de tu cuerpo invade el cuarto. Cierro la ventana y los ojos. Abrazo al aire y me sé tu cuerpo, mi cuarto vacío.
Llegué hace unos días a una ciudad donde nunca llueve, donde el aire infecta más que el cigarrillo, donde el transito es un accidente gramático, donde la comida es infinita, donde me va bien y no me siento bien. Para el vacío no hay fronteras.

Camino por las calles sin rumbo, con las manos en los bolsillos. Bolsillos que están rotos de soportar el peso de la incertidumbre. Entro a supermercados, compro cigarrillos. Camino, me siento en las plazas públicas a mirar a la gente. Miro e intento pararme y contar historias para ganarme la vida de esa forma. Pero me abrumo y me quedo sin hacer nada. Regreso al cuarto triste y desilusionado de mí.

Por suerte un amigo me hospeda sin cobrarme alimentación y dormida. Paso las noches sin frío y con la panza llena. Pero no es suficiente. Falto yo. Me la paso encerrado en el cuarto, leyendo, escribiendo, fumando, pensando en mi problema con el sexo opuesto.

No me interesa el mundo afuera si tengo para comer y dormir. Menos trabajar para conseguir dinero, vivo con poco y ahora lo que quiero es escribir. Nada más que escribir. Entenderme. Hacer de mis líneas tubos de laboratorio de mi personalidad. Ando hecho un lío de párpados caídos.

Así van las cosas. De vez en cuando cortejo a una chica y cuando lo difícil está hecho y solo falta pedir el número telefónico, el mail, el abrazo, el beso, la fiesta, me despido.

Dentro el deseo se debate con la voluntad. Deseo abrirle las piernas a todas las mujeres, pero quiero dominar el instinto, dejar de añorar y temer al amor. Por eso no salgo. Quiero estar en todas mis facultades para ver más allá de mis limitaciones.

Llevo cuatro días encerrado. Cada vez el precipicio aumenta. Doy golpecitos en el pecho y escucho el eco, el vacío ilimitado dentro de mí.

La habitación dentro de una pensión, Juan dentro la habitación, el vacío dentro de Juan, y las sombras, el gris, las calles, el frío, la cabeza baja, el peso, el dolor de garganta y el paso de los días como dardos en los ojos.

Otra vez la altura hacía el fondo de mí. Otra vez la ventana y la tentación de saltar de cabezas al asfalto.


Ayer dormí en mi primer cuarto que no debo abandonar al otro día. Miré la llave antes de dormirme y la puse al lado del pasaporte, la cedula de ciudadanía y algunos soles. Descubrí la importancia de tener llave de un lugar. Es la señal de que eres independiente y no tienes que pedir permiso para salir o entrar. Es una ruptura, tal vez la primera, al cordón umbilical.


La habitación está entre la llave. Pues es la llave la que me permite el ingreso y saber que lo que veo está diseñado a mi gusto. En el cuarto hay una cama portátil, de hierro, negra, de una plaza. Para que fuera cómoda la cama, Hernán, el hermano de Neville (el peruano que me hospeda) me ayudó a buscar algunos cartones. Doblamos los cartones después de limpiarlos. El polvo se extendía, estiraba los brazos y tocaba todo. Sobré los cartones acomodamos el colchón que forramos con una sábana de Aladino.


Barrí el piso. El polvo salía por la habitación y se pegaba a todo, hasta a los sueños. Salía por la puerta e iba directo a la terraza, en busca de ropa limpia.


La habitación está en un tercer piso, es la única que hay en el tercer piso, es la única que abre mi llave. Porque una llave tiene su chapa así como uno tiene su mitad por ahí que no se deja encontrar. Soy llave sin chapa pero si tengo una llave con chapa. Espero que esa chapa a la que debo incrustarme también busque a la lleve con antejos que soy.


Para subir al cuarto hay que utilizar una escalera de madera. La escalera se debe apoyar en la pared cada que se baja de la habitación. En caso de que otro inquino mueva la escalera, debo gritar para que alguien la acomode y así poder descender.
En el segundo piso hay siete habitaciones, en su mayoría habitadas por peruanas. Hay dos baños y un lavadero compartidos.


La habitación de Neville está al final del pasillo del segundo piso. Ahora es una habitación limpia. Hablo de esta habitación porque también tengo las llaves de ella, por eso la siento cercana. La limpiamos, le sacamos el polvo. Para pintar es lógico mover las cosas y llegar con trapos a ángulos insospechados, a las oficinas de operación de la gripe porcina. Claro que mientras pintábamos y limpiábamos hablábamos de otros polvos en otros cuartos triangulares, más húmedos, más coquetos, más precisos, más rosados, más gritones, más íntimos, más paisas, más dispuestos a dejarse mover de sitio, a dejarse aspirar la mugre con besos y palabritas torcidas.


El resultado es que como pintores nos va mejor conversando. Pues fue un fracaso el cuarto. Quedó como para mirar de reojo y evitarse el comentario por respeto al buen Neville.


Ya en mi cuarto, en mi primera noche en mi cuarto, miré la llave. Me sentí raro, con ganas de llorar, pero de alegría. Sabía de la importancia de las llaves y sus propiedades curativas.


La llave es manifestación visible de la intimidad, es el conjuro al lugar que espera sin horarios. Las llaves son un camino a la libertad y la despreocupación. Con la llave se posee la tranquilidad de ser y estar en un lugar donde es posible tirarse sus pedos, hablar dormido, levantarme a media noche y fumarme un cigarrillo, conducir alguna vecina a jugar un poco a las caricias, hacer flexiones de pecho y abdominales diaras para estar en forma cuando venga la muerte. Las llaves dan estatura, calma. La llave permite sentirme parte de algo acondicionado a las propias especificaciones. Las llaves remiten a un espacio propio e intimo.


Porque las llaves de hotel están provistas de llaveros de 20 centímetros de largo para que al huésped le de vergüenza llevarlas. Además son llaves provisionales, con hora determinada. En cambio la llave de tu propio cuarto la llevas a todas partes, incluso cuando viajas lejos y no las necesitas. Hacen parte de tus objetos preciados.
Con una llave se puede abrir un cuarto, un pan, agujerear una pelota, escribir puto en la pared de un baño, señalar el lugar donde vives. Con una llave se lleva un lugar a todas partes.


Una llave guarda muchos otros objetos así la llave por si misma apenas ocupe el lugar de una menta: Las escaleras, la ropa extendida a un metro de la puerta, los gatos que pasan por el techo y maúllan reclamándome por la interrupción de mi estadía a sus aventuras gatunas, los zapatos de nuevo en desorden, la ropa, la mesa de planchar en la que planeo escribir un libro de poemas, el taburete con algunos libros, la canasta donde guardo las medias sucias, la ventana que da al cielo gris, los cigarrillos que se apilan, las voces de las vecinas que quieren conocerme, el jabón de baño que me dio Luciana, la toalla húmeda, el amor debatiéndose a muerte con el polvo, el folklore peruano, la promesa de Consuelo (una de las vecinas) a enseñarme a bailar… Todo eso resumido en la llave del cuarto, en la llave que llevo con cuidado.
Hoy me siento fuerte. Después de dormir en un templo Krsna y bañarme cada que defecara, vestirme todos los días para estar limpio, comer frutas al desayuno, leer, hablar de los chistes sofisticados de Krsna, danzar por las calles de Buenos Aires (Belgrano) festejando el día, soñar con mis manos y hacer lo que quiera en el sueño. Después de despedirme de Luciana, partir con el remordimiento de no haber encarado a la ciudad y sentir las noches en las calles. Después de cuestionarme el amor, Dios, la muerte, la búsqueda, el dolor, la vergüenza, la vanidad, llego a Perú renovado y con una risita bajo los labios a escribir de nuevo para este blog.

Confieso que hice una maldad y no me arrepiento. En el camino, en el bus, conocí a otro chico de Colombia, se sentaba justo al lado. Estaba triste y solo, sin dinero y con ansias de retornar a Cali. Me sentí con nostalgia de estar lejos. Así que mi hice cargo de él y compartí mi comida. Partimos el pan con atún, bebimos agua con Tan (sabor a naranja). Le di galletitas y le conté mi historia. Luego cenamos, le presté un saco por el frío que hacía en la frontera de Argentina con Chile donde en estos momentos los nevados parecen un helado de vainilla. Lamenté no llevar una cámara para demostrarle a mis ojos que existe un blanco más blanco que el blanco. Me sorprendió Chile y sus controles. No puedes entrar verduras ni furtas porque no son nada comparadas con las frutas y las verduras chilenas, por eso hay que comprarlas en Chile. En fin, en Chile si no sos ingles perdes el tiempo y sos un pobre diablo. Afortunadamente iba de paso. Llegamos a Lima y busqué un Hostel favorable. Con suerte encontramos en la municipalidad de San Juan de Miraflores, por Canevaro, frente al bulevar, un hostel de 15 soles. Claro, después de buscar mucho y de pasar por marica al preguntar por una habitación. Pues no había hostales de viajeros sino de traque que traque ¡ay que rico!

En la mañana le pasé 10 dólares a Fabio para que llegara a Colombia, al menos para que comiera algo. Caminamos un rato. Le hablé del amor, de la necesidad de Dios así sea para interrogarlo, de la dicha de viajar, de las ganas que tengo de una arepa, de la idea de llegar a Colombia contando cuentos en el camino. Él me miraba y sonreía. Es un buen tipo Fabio, es más inocente que yo, me cae bien. Almorzamos arroz Chaufa. Fuimos a buscar un billar. No lo encontramos. Nos regresamos y nos perdimos. Pero nos reímos de nuestros fracasos. De pronto, en una esquina, me encontré con otro paisa, lo abracé y me invitó a fumar marihuana. Fumé. Fumé. Fumé. Fabio se quedó esperando en una esquina. Estaba extrañado. Le parecía malo lo que yo había hecho, pero no decía nada por vergüenza ajena. Me despedí de Evaristo, el paisa, le dije que lo llamaría para que nos tomáramos unos vinos y para contarle unos cuentos. Caminamos y dos cuadras después se me borró la ubicación de los pies. Le dije a Fabio que no sabía donde estaba. Él me dijo que tampoco. Sonreí. Le propuse que nos dividiéramos para que uno de los dos se salvara. Él me miró y dijo que no sabía donde era el lugar, ni se acordaba del nombre. Le contesté que yo tampoco porque la bareta no permitía ser racional, por eso estaba dándole la vuelta a Latinoamérica, ganándome la vida contando cuentos. Fabio me sonrío y dijo bueno. Nos separamos. En el bolsillo tenía la dirección del Hostal, el número de la avenida. Así que me compré un helado y pregunté por donde llegaba. Caminé, me acordé de la llamada que le hice a mi madre para decirle “te quiero” y pedirle que rezara un padre nuestro por mí. Me puse el pasamontañas y encontré el camino al hostel.

Moraleja: No he contado el primer cuento y tal vez no lo cuente porque ya es un cuento decir que me estoy ganado la vida contando cuentos. Además fumé ganya, comí helado, llamé a mamá después de dos meses de no saber nada de ella y le hice una maldad a un compatriota. En definitiva es una chimba la vida.
1

Dentro, el mal se reprime
el odio habita, nos habita
Cada sueño un crimen fallido
Se entreteje el dolor
se fermenta el origen
la locura
¡Matar matar! grita el corazón
A pinchar ojos con agujas
hacerse bestia
aliarse con las sombras
¡Basta de espectáculos!
Dios no existe
la felicidad es la fetidez en el zapato
Volver al instinto
la animalidad
cazar el alimento con las propias manos
morder
chupar
acabar con la hipocrecía
perder el control
sentir desde las tripas
El amor es un tema inquietante y que no podremos resolver. En realidad no sé que es lo que tanto buscamos en el otro. A veces da la impresión de estar más enamorado del amor que de la persona que lo despierta. Un error que no nos cansamos de cometer, un error vital, un error de contrarios.

Si, nos gusta sin mesura lo contrario. Nos entregamos solo si hay resistencia y nos resistimos cuando se nos entregan. Un juego agotador. Un dolor de intereses truncados.

De verdad me interesa la búsqueda del amor más que el amor mismo, por eso no encuentro ningún hallazgo. Tal vez no exista. En esto no se puede teorizar porque se corre el riesgo de juzgar antes de amar sin haber amado.

Partamos que la convivencia no podrá resolverse. La convivencia fue el gran problema en la literatura de Julio Verne y encontró que no tiene solución. Pues, aunque el hombre se entienda en masa, es decir, en cantidades el hombre es predecible. Ejemplo, se dice que los hombres se interesan más por lo abstracto y las mujeres por lo práctico, la manufactura. De ahí que la mujer sea considerada la inventora de la agricultura y el hombre de la filosofía. Bueno, como datos generales eso es medible y se puede aplicar a un buen número de personas. Pero, a lo que voy, es que el hombre como individuo es impredecible e inclasificable. Nadie sabe como actúa en él su inconciencia. Y el que cree tener alguna luz en sus impulsos luego se queda frío al saber que, como lo expresa Wilde, solo se es conciente de los impulsos más débiles, pues una fuerza aterradora es la que gobierna. De esta manera las cosas se complican pero en esa misma medida fascinan.

El amor, gran dilema. Parece que se despierta cuando la esperanza va perdiendo su brillo. Recuerdo un episodio con Luciana, fui algo cruel, pero quería hacer un experimento. Ella estaba enojada conmigo porque nunca le discutía y no tomaba decisiones. Cada día sentía en ella que se molestaba con mi presencia. Me miraba con desilusión porque no era ese hombre para admirar y seguir, ese conversador y encantador de serpientes que es pilar y sombra, ese soporte ilusorio donde colgar las penas y los calzones lavados. Al no ser El hombre, tuve la oportunidad de aplicar un contrario. Antes de dormirme la miré y le dije que basta, que dejara de sentir culpa, que me largaba, que no debí haber viajado, que no sé que le vi. Ella se quedó mirándome y me pidió un abrazo. Al menos por esa noche estuvimos tranquilos.

No sé a que se deban estas reacciones. Lo único que entendí es que en el amor todos somos analfabetos. Yo encabezo la lista. Y aún con mis desconocimientos, sé que lo que más duele es negarse a olvidar. La esperanza de ser feliz nos llena de temores, cada vez más grandes, de que nunca se concrete un sueño. Pero cuando se deja de esperar se deja de temer.

El temor es una venda en los ojos que no deja ver el milagro de respirar. Un temor que conduce al vacío. Esa sensación de vacío nos destruye, es como una industria dentro de uno que se expande por todo el cuerpo. El vacío de estar incompleto, el vacío de que las cosas no se puedan dejar de anhelar. Por eso, para mí, lo que hago es defender el egoísmo y dejar a mi soledad que conviva con otras soledades.

El amor es un juego de contrarios de dos soledades distintas. Igual, todo esto puede ser un equivoco, pero tanto me he equivocado que los errores son lo que me han permitido estar vivo. Después de la tormenta llaga la lluvia y de la lluvia el gris.

Ensayo de expresión coporal en la Escuela Especial #501 de Suipacha



Chiqui cruza la vía del tren en bicicleta. Se dirige a la escuela Especial # 501 de Suipacha, municipio perteneciente a la provincia de Buenos Aires, Argentina.

- ¡Cristina! ¡Cristina!, la llaman.

Medio saluda. Está más habituada a su seudónimo, así se llame Cristina Rojas. Mira el reloj: 6:30 de la tarde. Sabe que la esperan para empezar el ensayo de teatro. Verifica que no haya algún automóvil que de golpe le borre la sonrisa.

Pedalea. Cruza la calle. Apoya la bicicleta en un costado de la pared. Acomoda su bolso de mano. Chiqui besa en la mejilla a sus alumnos, seis especiales (discapacidades) y tres convencionales (“normales”) que conforman el grupo de Teatro Integrado Un paso hacía el futu
ro. Las voces se mezclan, se hacen inaudibles.

Todos se dirigen al interior de la escuela, al salón ubicado en el ala derecha, a dos metros de la entrada. En orden se sientan y esperan el ejercicio de expresión corporal. Chiqui enciende la grabadora. Al son de la cumbia se mueven, brincan, olvidan el movimiento, bailan sin importar si se equivocan porque si se equivocan se ve más natural el baile. La idea es soltar los músculos y dejar la vergüenza a un lado.

Luego, en cámara lenta, se van acostando hasta quedar extendidos en el suelo. Cierran los ojos y deben pensar en cosas agradables. Chiqui piensa en Alicia Aldabe, la que le propuso en el 2003 dirigir un grupo de teatro integrado, la que le dijo que la discapacidad no existe y el retardo mental es arbitrario, la que le mostró personas en vez de certificados médicos… y sonríe.

- Estoy feliz de estar con ustedes y les deseo lo mejor en la vida porque son mi familia, dice uno de los chicos.
Fabían Martín, actor del teatro Integrado Un paso hacía el futuro

Chiqui lo mira y sonríe de ternura. Los recuerdos la rondan. A su cabeza llega un episodio del año 2006. En ese año, con la obra Huesito Caracú, en los Torneos Juveniles Bonaerenses organizados por la provincia de Buenos Aires, en la modalidad de Teatro Integrado, obtuvieron tres premios:
Mejor obra integrada, mejor actor de toda la provincia y medalla de bronce. Recordó la alegría de estar en Mar del Plata con sus chicos festejando el reconocimiento del jurado.

En silencio se incorporan. Respiran. Caminan unos minutos y organizan el escenario. Llevan una mesa a la mitad del salón, ponen una sábana sobre la mesa. En la mesa hay cuatro sillas, un plato, un paquete de galletas, una bolsa vacía de parva.
Cristina Rojas asesorando a Luis Rosales, el mejor actor en 2006 de la provincia

Los chicos se sientan en la mesa. Chiqui lee en voz alta la obra, línea por línea. Algunos de los chicos no saben leer ni escribir y los que saben leer lo hacen en letra mayúscula.

- Pochoclo, pochoclo, choclooo… pochoclooo… usssrrr… usssrrr… ja, grita la Nona, personaje que representa Fabián Martín.
Chiqui abraza a Fabián y le dice que bien, que si puede eructar, perfecto.

Cuatro chicos, sentados, esperan la hora de actuar, observan y se ríen. Ríen porque se sienten cómodos, porque ha empezado el otoño, porque la risa es universal, porque Chiqui les enseñó a reír, porque Fabián no sabe decir pochoclo y se entiende lo que dice, porque la risa salta de la boca y aprende a actuar.
Beatriz de Roo, actriz del Teatro Integardo Un paso hacía el futuro

Tocan a la puerta. Han venido algunos de los padres de los chicos. Se despiden y confirman a que horas se encuentran el sábado para cenar, estudiar la obra y luego ir a un club a tomarse un refresco.

Chiqui apaga las luces. Cierra el salón. Se dirige por un pasillo al patio de la escuela. De su bolso extrae un cigarrillo Malboro. Fuma, mira, no quiere que la descubran fumando. Sufre de la presión y su marido, hijos y amigos no le permiten fumar.

Otra bocanada. Mueve la mano, la mira, practica para el taller de actuación que recibe desde hace seis años en la ciudad de Mercedes. Cierra la mano y recuerda sus actuaciones en los grupos de teatro del municipio: La musa 10 y la Agrupación artística vocacional Suipacha.

El humo del cigarrillo se filtra por la ventana de un aula. En el aula ve niños, claro, los niños no están, son un recuerdo de cuando ella era directora de la escuela rural #11 José de San Martín en la cual se jubiló en el 2006. Sacude la cabeza. Apaga el cigarrillo. Con el dedo índice y pulgar sostiene el filtro. Cierra la puerta. Tira la colilla del cigarrillo a la calle. Busca en el bolso crema dental y la escupe después de saborearla.

Toma la bicicleta, mira el reloj: 7:30 de la tarde. Verifica que no haya vehículos en el cruce de la estación. Pedalea y silbando un tango su figura desvanece.

“Cierra los ojos y no grites si sientes frío en el cuello” , fue lo último que le escuché. Pero sé que me observa y siente agrado de verme caminar en las noches pasando la lengua por el filo de los colmillos.
Coordinar la fuerza. Defecar, orinar y escribir al mismo tiempo, sin interrupción, en armonía. Solo para sentir y atestiguar la fetidez de estar despierto.
Últimamente he estado con ciertos temores que no logro entender. Temores sin razón alguna y que me han limitado. Pero al diablo los temores que son como moscas en la mierda o anónimos en los comentarios.

Para quién le interese, que lea, y para quién no, que se acueste y vea un telenovela o se coma una galleta saltín con mermelada y trate de no pensar a ver si se lo llevan las hormigas de una vez.

En fin, estoy enojado con todo. Así que acepto los desafíos. Me importa un rábano desgastarme y aparentar que todo anda bien. No, nada marcha bien, estoy en un país que desconozco y es difícil conseguir trabajo.

Vivo una vida que no sé si me corresponde, lo tengo todo pero todo me falta y no entiendo lo que en esencia me falta.

Camino para buscar respuestas. Ninguna me llega. El viernes hice una excursión a la nada. Salí a caminar sin rumbo. Llegué a un pueblo a 16 kilómetros de Suipacha. Eran eso de las ocho de la noche cuando llegué. Estaba perdido y no me importó, lo que menos quería era llegar a algún lado.

Caminé 5 horas. Allá, en Goriteaga o como se llame ese pueblo, me recibió un policía, me pidió el pasaporte y le pedí un cigarrillo. Me dijo que no me podía quedar así que mirara como iba a hacer para devolverme.

Llegué a un club, hablé con la dueña, Coca, así se llamaba y le cambié un libro de Fernando González por un chorizan con Cocacola. A las tres de la mañana realice el camino de vuelta. Había niebla, el frío me inmovilizaba, quería tirarme al un lado de la calle y quedarme allí hasta el final.

Continúe y pensé y miré las estrellas y las maldije porque me dio la gana y estaba furioso, con todo. Me emputé conmigo y quería morir caminando. No me importaron las ampollas de los pies. Quería desmayarme. A las 7 de la mañana llegué al apartamento y el cansancio me doblegó todo el día. A la mierda yo, mis faltas de ortografía y todo el que me lea. fin
Supongamos que perdí. Estoy con ella pero sin ella. Muerto el deseo los cuerpos son estatuas que conviven.
Supongamos que el silencio cristaliza y las manos desconocen el lenguaje de las caricias.
Supongamos que hay cactus en la habitación y el aire asfixia de tantos acertijos en las paredes.
Supongamos que descubrimos cierres en la boca y tenemos la risa como rehén.
Pero el juego continúa. Sí. Perdimos, es todo. Entonces al diablo las suposiciones y tiremos de nuevo, por separado, los dados y ¡a las apuestas!
Hacía frío cuando me desperté y miré a la calle. El amarillo salía de todas las esquinas y me señalaba. Era el amarillo o yo.

Miré el primer otoño de mi vida. Todavía lo miro. Hay guayacanes por todas partes, hasta en los sueños. Pero el amarillo se despertó con sed de mí.

Crucé la esquina, la que va al departamento en que vivo desde hace una semana. Miré la flecha, obedecí la señal. El mundo está hecho de señales y crímenes de color amarillo. Puto amarillo. Mi crimen será escribirlo con h hamarillo y fotografiarlo.

Crimen a medio cometer. Así que saqué la cámara de la mochila, miré la entrada de la estación del tren. Apunté y tracate. Perdón, la cámara no hace ruido de pistola.

De nuevo, otro disparo a un árbol seco. Porque en otoño las hojas se amarillean, luego se secan y caen de los árboles. Después llega el invierno.

Como todo turista, porque todavía soy turista, si me ven como turista, el turista que habla distinto. Bueno, como turista le disparé a estación del tren. Heregía permitida por mi asombro anóstico, por mi duelo con el amarillo.

No quedé conforme con el atentado a la estación del tren. Apunté a otra esquina para verificar el pulso y la furia del amarillo. Mejoran las cosas. Más amarillo. Amarillo y yo amari.

La heregía mayor, la iglesia, la nueva iglesia, la que fue reformada en los 90. El lugar donde un cura Irlandez no quiso dejarse entrevistar porque no le dio la gana, porque yo tenía cara de indio civilizado y mugroso. Cura que escucha rock pesado y llama a Dios todos los domingos a la 7 de la tarde.

Luego le disparé al sol porque no me gusta el sol, ni la iglesia, ni el calor, ni el frío, ni este blog, ni las fotos, ni los lectores, ni Dios, ni la llegada, ni la salida, ni la quietud sin acción.

Aviso parroquial: "Necesito mujer que hable poco y no le moleste que yo hable poco y sea un ocioso y esté erecto todo el día. Las interesadas pueden dejar los mail en los comentarios de este blog y yo me contacto. Ah deben pagar la cerveza y los cigarrillos".
Hoy quise gritar, llorar, enloquecer
Quise no aparentar,
arrancarme la cara,
dejarme llevar por mis impulsos,
ser insano
y poco confiable
Quise llorar,
ahogarme con las lágrimas
Quise tirarme por la ventana,
ser otro,
reposar en una tumba sin nombre
Quise llorar
Quise salir y abrazar a alguien
Quise amar y ser amado
Quise llorar
Quise llorar y entender la pena
Tuve miedo
Temblaba desde adentro
Quise con humo
llenar el agujero que aparece en el espejo
Quise no se débil y contradictorio
Quise mirar el techo y entender,
encontrar un motivo
Y miré
y miré
el techo.
Nunca me han gustado los finales felices. Son desesperantes si se anhela terminar la búsqueda individual con alguien. Me gusta la existencia de un rostro brumoso en el corazón haciéndome maromas para que lo vea, para que lo haga palpable. Porque cuando acudo al llamado la magia desaparece y el rostro se hace indivisible, con común denominador: el aburrimiento.

Tal vez no aprenda a estar con nadie. Tal vez no quiera. Tal vez si quiera. Tal vez no pueda. Tal vez llore. Pero lo bueno de los finales es la bruma que se levanta cuando quedas solo así la soledad te doble las piernas.

Si, me hiciste un favor examor, me tiraste a los cocodrilos de la bruma. Debo aprender a defenderme con el cortaúñas que usurpé de mi madre y guiarme con la brújula del instinto. De cremallera abierta al horizonte hasta que el sol aparezca en las entrepiernas de otra. Chao amor, nos vemos en otro cuerpo, en otros pechos, en otras circunstancias.
No porque me esté quedando calvo, tenga tres pelos en el mentón, fume como loco, quiera fornicar noche y día me acople al calificativo de poeta.

No porque haga versitos, escriba en este blog mas de lo necesario, juegue a ser trascendental, plagie algún ritmo de Leon de Greiff y trague saliva sin vergüenza acepte que llevo alta la pipa.
No porque esté ensoñado de tiempo completo, enrede misterios (o eso creo), coleccione instantes que garabateo en un cuadernito con vacas en la carátula, me insulte cuando me veo en el espejo porque me desconozco y arrugue el ceño de tanta pregunta signifique que soy poeta.

No porque me duela el cuello de mirar el cielo, me abisme con las nubes a riesgo de parecer autista, celebre cada movimiento, vea por minutos la fila de hormigas que cargan palitos y hojas secas, me encandile con lo bello y lo quiera para mí con el egoísmo del viento indique que soy poeta.

Nada de eso. No soy tal cosa y he tenido que soportar con impotencia que algunos amigos míos me lo digan. Por el aprecio que les profeso, se han salvado de un puñetazo.

Tejedor, campesino, maicero, montañero, frijolero soy. Un hombre bioceánico, encorderillado, empacillado, embambucado, encafeinado, emparrandado, enguascado soy.

No es gratuito que lleve una guerra de 50 años contenida en la piel y me ronden actos violentos, de asesino. Soy producto histórico, uno más de los hijos de los ochenta en Colombia. Los que hayan nacido en esa década saben lo que siento. Somos violentos por inercia.

Aún así creo en las flores, en los mangos, en los aguacates. Soy creyente del trópico. Soy Antioquia, montaña, Cuaca, Urabá, Choco y me gusta la arepa y el chocolate y el huevo revuelto al desayuno.

No porque evoque mi tierra después de haber atravesado las fronteras tras un sueño soy poeta. No se confundan. Nada de eso. Es solo un rumor falso. Porque a donde vaya, a donde llegue seré un campesino, un hombre con el espíritu en hojarasca, un antioqueño de cepa, un mazamorrero con nubes y montañas incrustadas en la retina.
Anteayer no quería verte ni tocarte. Ayer te odié porque tenía frío y dormí solo. Hoy miro el lado de la cama en que faltas y no se hunde. Miro. Susurro, despacito, silaba por silaba, tu nombre.
En los últimos dos meses he aprendido más de la mano izquierda de lo que hubiera imaginado.

Debido a un accidente, a una pelea necesaria, me quedó inhabilitada la mano derecha. Así que por necesidad debí aprender a manejar la izquierda.

Con la izquierda uno hace la señal del anticristo y los cuernos y representa sus deseos impuros. Nos avergonzamos de un acto de izquierda porque es la mano que escondemos cuando tiramos la piedra, aunque la piedra haya sido tirada con la derecha.

Con la derecha nos bendecimos, nos sentimos seguros, saludamos con dignidad, damos la primer caricia porque es la mano de los movimientos exactos y de buen olor.

Con la izquierda no se puede saludar a nadie. El que saluda con la izquierda es juzgado de loco o que esta perdiendo el uso de sus facultadas motrices.

La mano izquierda representa los actos femeninos y la derecha los masculinos. Claro, actos mirados con la lupa de occidente, cultura de hombres.

La izquierda es la mano de la guerrilla y la derecha del gobierno. La izquierda es del subversivo y la derecha del aristócrata. La izquierda de la mujer culta y la derecha del hombre promedio.

En fin, con la izquierda se evoca la inconciencia, la parte femenina que en mi conciencia masculina encuentra un equilibrio entre estas dualidades, tan preocupantes desde los orígenes.

Hoy es un día de izquierda, de caminar y de asombrarse por las cosas nimias e interesantes que por visibles no son tomadas en cuenta. Un día para tomarse un vino y recordar un amor perdido.



Tengo un afán desenfrenado. Falta el aire. Quisiera fumar. Pero ese querer es de tiempo pasado, cuando era triste. Ahora es distinto. Siento otras sensaciones. Es como sentir en cámara lenta que es casi como no sentir. Sucede el movimiento sin ambiciones.

Cuando podía fumar lo disfrutaba porque el cigarrillo es el maquillaje del triste. Entre más triste fumar más. Se ve bien, un solitario de cabaret, el que fuma su tristeza.

Cruzo, como todas las noches, sin novedad, las calles. Atrás los faros y las conversaciones. Llego a la estación del tren. Me siento en una banquita. Deja de agradarme la idea de esperar. Ya ni sé porque razón espero pero espero. Hay algo en el movimiento del que llega que me inquieta,
ahora que han desaparecido las fechas y el tiempo se resume en un siempre y repetitivo minuto que se alarga .

La estación está vacía. Estoy solo, sentado, conciente del viento pero sin sentirlo. Un teléfono suena. Trin, trin, trin… Un perro evita pasar por mi lado, en un chillido huye con rabo entre las patas.

Los grillos, el ladrido de los perros, los motores de los automóviles anticipan el grito mecánico, la voz de hierro de la locomotora. Miro lo negro del horizonte. Espero la señal, la luz del tren atravesando con sus seis vagones la oscuridad y el silencio.

Siempre es lo mismo, la esperanza de distraerme un poco con la vida de otros.
El aburrimiento duerme hasta las 10, hora en que la ilusión se quiebra en pedazos y la soledad hace pesados los brazos.
El amor no resucita al tercer día.
Era un día de los mejores hasta que aparecí con la cámara y trácate, empecé a cazar instantes

Lo primero que hice fue besar a Lu porque me dio la gana besarla. Además tenía unos labios que eran para apretar quijada y soltar saliva. Un mua en todas las direcciones.
Ese día Lu le había escrito un poema al vendedor de tinto, pero el vendedor no le pidió el poema porque yo estaba ahí, interfiriendo con mi cara de madroño esterilizado.
Una imagen de una estación de tren. Sería inaudito no tomarla ¿No creen lo mismo?
Ah... este soy yo. Posé a propósito porque estas son las fotos que se toman en los viajes. Que se le va hacer. No soy original pero me veo bien en sepia.
A esta señora se le olvidó empacar su almuerzo y se devolvió porque se le vinagraba. Eso pasa en todos los paises.
Me callo comentario. No es necesario. Si alguien lo encuentra ofrezco recompensa.

Bueno, tengo algo de narcisita. Me gusta el tenis de mesa . Che, si encuentro algún contrincante les aviso. Por lo pronto. No nada. Suerte.

Desde hace una semana que el invierno va apareciendo en tus ojos.

Trabajas hasta las cuatro, vas a la escuela, regresas con el movimiento de las horas torturándote los huesos, y aún así me haces algo de comer, vemos una película por día, me enseñas a hacer artesanías, me invitas a tomar mate con tus amigos. Te resistes a creer que soy autista y esperas a que te sorprenda con un discurso encantador. Pero nada, no respondo.

La verdad es que la claridad me ha tragado las palabras. Ahora que puedo ver al horizonte sin interferencia me duelen los ojos.

Te veo y me veo y siento frío. Hasta pienso comprarme un paraguas para verte a los ojos. Incluso tengo un saco de lana para enfrentar tu mirada. Se hace escarcha en la piel.

Recuerdo cuando viajamos en tren desde Suipacha hasta Buenos Aires y en Buenos Aires tomamos el Subterráneo. Literalmente íbamos bajo tierra. Impresionante. Todavía me impresiona. Sin punto de transición aparecimos en el centro de la ciudad, en medios del movimiento, los automóviles, los edificios, las avenidas…

Sacaste un mapa de Buenos Aires porque es una ciudad inmensa y más vale estar preparado. Miraste el mapa y nos dirigimos a la fotocopiadora de Nervio, un amigo tuyo.

Entramos. Saludaste y me entretuve con un cd de Pearl Jam. No hablé. Apenas contestaba a las preguntas. Las palabras se me quebraban en la garganta. A la salida, en el parque del congreso, me dijiste que me distraigo con facilidad y nada se me puede cruzar en las manos porque pierdo noción del espacio y tiempo, tengo un poder de distracción bárbaro.

Caminamos. Mejor dicho caminaste, yo iba de porta retratos. Una fotografía Colombiana que gesticula y se enferma de la panza con el agua de Buenos Aires. Una fotografía que mientras empacabas tus cosas en tu apartamento se quedó mirando la película “El curioso caso de Benjamín Button” de David Fincher protagonizada por Brad Pitt. Una fotografía que le gusta la actuación de Brad Pitt en las películas de drama como la de El lado oscuro del sol o Doce monos, por citar solo algunas. Terminaste de hacer las cajas y la fotografía ahí, sin revelar intención.

Vi nubecillas en tus ojos. Nubecillas que se posaban encima mío, sobre mi cabeza. Sentí frío. Temblé.

Afuera llueve. Las nubecillas de tus ojos cubren el cielo. Llueve. Más allá de la lluvia llegan noticias. Tres amigos se graduaron: Lucho, William e Ingrid. La mamá de Alejandro lamenta que hubiera abandonado la carrera.

Las nubecillas de tus ojos bañan las calles, despintan el color de la tarde, le arranca hojas a los árboles.

Pero más allá de la lluvia se avecina el otoño. Más allá de la lluvia viene la otra estación de tus ojos, espero que también sea otoño y las hojas de los árboles que hay en tus ojos se pinten de amarillo, de un amarillo que es de todos los matices. Espero en otoño atravesar la lluvia, el frío, la llanura y morderte los labios y cantar con vos milongas amarillas.

Estoy atrapado en mi nombre. Un nombre que respira y mira. Un nombre que parece inofensivo pero que intenta gobernarme.

Llamarse Camilo es un interrogante sin resolver. Por algo camino encorvado, cada vez más parecido a un interrogante. Si hasta me conseguí un sombrero para graficar el punto que me falta para ser el interrogante completo.

Esto del nombre empecé a sentirlo desde muy chico cuando un Oscar, un Diego, un Edwin, un Mauricio se comportaban muy diferentes y parecían convivir sin problemas con el nombre que les tocó llevar como cruz. En mí era otra cosa.

En el colegio, cuando encontraba a otra persona con el mismo nombre le hacía preguntas sobre mis comportamientos. Cosas como que los asustaba, si eran introspectivos, si tenían dificultades para relacionarse con otros nombres. Me sorprendía el silencio de estas personitas a tales preguntas. Evitaban contestarme. Así que debía observarlos y sacar mis propias conclusiones.

El Camilo es cosa seria. El que lleve ese nombre por lo general es fanático algo o está en continua discordia consigo mismo porque no admite que ese nombre lo controle.

Aunque en apariencia el Camilo se puede relacionar con otros nombres no intima con nadie. No se caracteriza por llamar a un amigo, a no ser a pedir un favor. Está en líos con el amor y el trabajo. Lo único que lo salva es la salud. Necesita estar de pie para cargar el peso de llamarse Camilo.

Además, etimológicamente, llamarse Camilo es colgarse al cuello una misión divina y tormentosa. El origen de este enigma es hebreo “Kadmel” que significa “aquel que es mensajero de Dios”, un dictamen divino y el que lleva ese dictamen debe consagrarse al dolor y la purificación inmerecida. O también en griego “Kadmilos” que significa “nacido de justas bodas” que en resumidas cuentas es el que debe cargar el peso de la tradición de generaciones pasadas, el miedo heredado, el estigma de morir católico y conservador.

Y pese a todo, no renuncio al nombre de Camilo. Me gusta como suena, pero tampoco le hago caso. Pensar en eso me complica la existencia y la idea de Dios. Eso de ser emisario divino no me agrada, requiere mucho dolor y compromiso. Por algo injurié, leí el padre nuestro con los calzoncillos en la rodilla, dibujé a la Virgen desnuda con un consolador en la misma mano que sostenía al divino niño, invoqué la tristeza para librarme de las responsabilidades, rompí el cordón umbilical a muy temprana edad…

Lo que más me asusta es cuando una mujer que deseo y quiero dice mi nombre. Siento que nombra a otro que no corresponde a mí. Llama a otro con mi cara que piensa cosas diferentes. O después de hacer el amor mi nombre es el que siente mientras yo enciendo un cigarrillo y espero el momento de decir algo, sentir mi voz en mí.

A veces, también, escucho una voz que dice mi nombre, segundos antes de conciliar el sueño, y se me erizan los vellos. Es como si el nombre se pronunciase así mismo y me castigara por ignorarlo, por pasármelo de largo. Me lleva a lugares que no conozco, a paisajes pesadillescos que me hacen despertar a gritos, empapado de sudor e indefenso.

Camilo es un nombre macabro, enemigo, está en contra de todo aquel que lo posea. Por algo la mayoría de Camilos son sonámbulos. Lo que hace el nombre es que cuando el que lo posee duerme, habla através de él. Dice verdades y vergüenzas ocultas. Claro, uno no se da cuenta hasta el otro día que el nombre hizo en uno una de las de las suyas.

Ahora que no estoy en mi país y que no conozco a nadie que se llame Camilo, camino tranquilo. Pero presiento algo, una jugarreta que me puede desestabilizar, un truco de mal gusto. A Lu, con la mujer que intento algo, mi nombre le ha dicho cosas mientras duermo. Quizás también se las haya dicho mientras creo que hablo con ella. Es maldadoso ese nombre. A ciencia cierta no sé qué es lo que le haya dicho. El caso es que ella está rara conmigo, más distante, hasta me dijo que fuéramos de a poco y luego se acostó a dormir. Es culpa de mi nombre, mi puto nombre. Pero Lu tampoco quiere decirme que fue lo que le dijo mi nombre. Estoy indefenso ante tales sucesos.

Camilo es un nombre fantasma que me persigue, peor que la sombra, me hace rastrillar los dientes de una manera incontrolable cuando descanso, en las horas de la madrugada, cuando estoy en todas partes menos en mí.

Es complicado este nombre de Camilo que se come mi comida, se pone camisas, medias, lee a Jaime Jaramillo Escobar y a Kafka, tiene mal aliento, es nombrado por la mujer que está seria conmigo, se rasca las pelotas y me araña la espalda cada que le da la gana o cada que le da por empujarme al pánico y divertirse un poco.
Salí de Colombia sin ilusión alguna. No quería imaginar el viaje sin viajarlo antes. Debía renunciar a lo que consideraba mío y seguro. Era mi primer aprendizaje. Renunciar a lo aprendido y establecido.

Había quedado con Bibiana y Mauricio en encontrarnos para ir hasta el aeropuerto. No llegaron. Bueno, si llegaron pero tarde. Igual, es nuestra costumbre llegar tarde a todo. Somos lentos, en Antioquia somos lentos y la lentitud nos gobierna. Hablamos lento, caminamos lento, comemos lento, hacemos el amor lento, estamos llenos de rodeos, nos gusta todo desmenuzado y de a poquito.

A la media hora, con dos bolsos, cansado de esperarlos, partí. Tenía miedo. Dos tipejos me observaban. Querían atracarme. Tanto que uno de ellos se llevó una mano al cuello y deslizó el dedo índice como si se cortara a sí mismo la garganta. Soy cobarde. Elegí el miedo e irme a quedarme a esperar a Bibiana y a Mauricio y correr el riesgo de perder los bolsos y ser apuñalado.

Tomé el avión rumbo a Lima. En Lima esperé hasta la madrugada para hacer trasbordo y seguir hasta Argentina.

En el aeropuerto de Lima me senté en una sala de espera. En frente había una americana. La miré y la miré. Era linda. Quería hablarle, decirle hola, estoy de paso, porque no nos damos un beso y esperamos juntos. Pero me entretuve con el libro El castillo de Kafka. Además me esperaba Lu y no quería contratiempos conmigo mismo.

El viaje hasta Buenos Aires duró 4 horas. Desde el avión la llanura era para no creer. Las montañas habían sido erradicadas.

Lu me esperaba a la salida del aeropuerto. Nos dimos un abrazo y un beso. Volvimos a abrazarnos. Aunque estaba un poco cansado la alegría de verla me erotizó. Claro, no fui muy expresivo.

Llegamos a Suipacha, un pueblo que está a tres horas de Buenos Aires. Un pueblo de 10 mil habitantes. Un pueblo tranquilo. Las casas son de un piso y parecen fincas de campo. Tiene tren que hace dos viajes al día. Hay minimercados y calles aún no pavimentadas. Hay bicicletas y automóviles viejos por todas partes. Es otra cosa a los ojos. No hay balcones con flores y mecedoras. Pero hay calles amplias y tren y perros inmensos y empanadas de pollo enrazadas en pastel de arequipe y ancianas en bici y niños en bici y mujeres con sus bebes en bici y una llanura que se escapa a la retina y un pueblo en bici a principios del otoño.

De entrada a la casa de Lu me atrapó el miedo. Yo era el centro de las preguntas y las miradas. Todavía lo soy. Permanecí callado. Me encerré en el cuarto. Dormí hasta tarde. Temía hablar con los papás de Lu. Pero fue más la paranoia. Son un encanto sus viejos y sus hermanos. Después de unas horas fumé con ellos, tomé mate, toqué a Lu, la besé de cuerpo entero. Volví a fumar, caminé por las calles de Suipacha, miré la llanura, extrañé las montañas, comí empanada y estofado de carne y fideos y arroz con carne. Volví a fumar. Una bocanada, dos bocanadas, tres bocanadas y el horizonte sin interferencias y ante los ojos la tranquilidad en bici tarareando un tango.

El hombre Herror se peina, se engorda, se mira al espejo más de lo necesario, come chicharrón y ve sábados felices, saluda de golpe y dice hifueputa porque si, porque le da la gana.

El hombre Herror suele trabajar ocho horas diarias, ver futbol, tirar los pantalones sin fijarse dónde, rascarse las pelotas en la calle porque es un macho, caminar haciendo malacara, decir lo que sea porque para eso es hombre, hombre Herror.

El hombre Herror no tiene un prototipo determinado. Más que rasgos físicos son actitudes lo que lo definen. Es una idea de hombre.

Por lo regular no sabe hacerse un huevo revuelto, planchar o lavar una camisa. En la casa es un parásito que cree que por llevar dinero debe ser admirado por nada.

Se le descubre en frente de la tv, en las tardes, después del trabajo, mirando RCN y Caracol y creyendo en Uribe sobre todas las cosas.

Se le reconoce porque habla en primera persona y está rodeado de hombres. Se aburre con lo que no tiene acción. No conversa sino que da órdenes.

Para él, la mujer, no es un ser pensante sino un ente con las piernas abiertas. Acude a ella para satisfacer el instinto.

Está afanado así no tenga que hacer. Por correr no escucha, por correr cree que Dios es un bulto de billetes. Dios es dinero. Y se empeña en conseguir a Dios, ambicioso de Dios. No puede vivir sin Dios en los bolsillos. Con Dios va a misa, a los centros comerciales, a los prostíbulos. Con Dios compra amor, respeto, camisas, miedo, vulvitas aceitadas, equipos de sonido, computadores…

El hombre Herror, por su afán de Dios Herror, no se permite el ocio. El ocio le molesta porque lo demuestra hombre Herror, banal, superficial, sin Dios, sin patria, sin vida, sin tiempo. Entonces se encabrona y ataca con el exilio a todo el que le devele un detalle de la intimidad y ensueño. No le gusta sentir que es un instante la vida, de pronto se le acaba y no tiene suficiente Dios para acceder a sus necesidades mercantiles.

Pero, en el fondo, el hombre Herror no tiene tiempo. La vanidad lo ciega, lo paraliza. Por eso le gusta el poder y apoya la violencia. Es fascista por sus comodidades. No le incomoda los comunicados de que redacta el hombre Basura de las águilas negras en Medellín. Que mueran los que tengan que morir porque Uribe tiene la razón. Sino alza un arma, alza su indiferencia en ráfaga.

En definitiva el hombre Herror se cree el redentor de occidente. Hombre hacha hombre hecho hombre chuzo hombre hueso hombre hielo hombre hambre hombre Herror…

El hombre Herror cree que se las sabe todas. Se cree el galán de turno. Imagina que su mirada es un trampolín al cuerpo de la mujer Herror. La que se maquilla 8 horas al día, la que no habla sino que mueve sus tetas y culo para ser escuchada. La también conocida como la mujer enlatado, la que se agita, se le mira la fecha de vencimiento, se digiere en poco tiempo y se olvida porque en el mercado de los hombres Herror habrá otra mujer enlatado más novedosa y liviana. Cada vez la mujer Herror es más portátil y tetona.

El hombre Herror cree que en el machismo como una religión. Tras ese mecanismo de control domina lo que no entiende. Hace de la mujer una propuesta publicitaria y no una intimidad compartida. Le hace creer a la mujer que es mujer Herror, la que debe acompañarlo sin pensar, la que debe estar al alcance del apetito sexual los minutos que sea necesario, la que no tiene proyectos individuales, la que cocina, la que representa el cero a la izquierda.

La excusa es que la historia de occidente, la de Latinoamérica específicamente, es una historia de hombres, hombres Herror. Por eso estamos tan jodidos. El pensamiento es masculino al igual que toda propuesta de cambio.

Y la mujer se creyó ese cuento y representa el papel a la perfección sin quejarse. Se dejó domesticar del miedo del hombre Herror. Porque en el fondo, el hombre Herror está lleno de miedo y sabe que en la escala natural es poca cosa, una figura de acompañamiento. Es la mujer la que crea, el rostro de la vida, la conservación de la especie. A ella le corresponde cargar el látigo del dolor. Es la mujer la que da vida y manipula los deseos de los hombres. Ella es la fuerte. Por algo en el catolicismo es María el portaequipaje de la salvación y José la imagen de acompañamiento, si importancia, ahí, entreteniéndose con la carpintería.

Es indignante que el hombre Herror someta a la mujer hasta la mujer Herror. Cuando ella es la que domina. Ella es la que intuye. Por algo todo problema sentimental es una falla masculina. La insatisfacción sexual es un efecto masculino.

Es la mujer la que puede cambiar esta mierda. Ya el hombre tuvo su oportunidad y su legado fue la guerra por la guerra, por el poder, por el dominio. Es hora de que las mujeres dejen su papel de títeres y derroquen a Uribe, cambien su discursito: Trabajar, trabajar y trabajar, por trabajar, soñar y vivir.

La mujer es un ser oblicuo y el hombre Herror un ser vertical. La mujer puede hacer varias cosas al tiempo. Está demostrado que puede ver tv, remendar una camisa, estar pendiente del sartén, hablar por teléfono sin descuidar ninguna de las actividades. Eso en otro ámbito sería distinto. El hombre Herror en cambio solo puede hacer una cosa al tiempo. Es inútil en todas sus posibilidades. Se queja por todo.

Al menos yo, hijo y nieto del hombre Herror, creo en la mujer. Es ella la propuesta del cambio. Claro, si despierta y hace lo que le da la gana, lo que le nazca, como complacerse más que complacer, dejar salir sus instintos sin ser juzgada, dejar de ser mirada en tercera persona, rebelarse con los cosmeticos. A esa mujer que hace lo que quiere, enfrenta a las mujeres Herror porque las encuentra indignas de su genero, la que propone un paro domestico nacional, la esa mujer me consagro.

Ahora soy un discípulo de una mujer, la escucho. Una de esas criaturas extrañas, que mira y pregunta y menstrua y habla me hechiza. A ella le entrego mi condición de hombre Herror para que convierta en un hombre, sin adjetivos.


…