Hace poco un amigo, Mauricio, me dijo que mis textos eran poco serios. Qué corría el riesgo de quedarme escribiendo pendejadas. Qué una columna de opinión es un espacio para dar luz sobre la situación del país. Me decía que veía muy entretenida esta realidad, tan absurda, como para evadirla.

No estoy del todo en acuerdo con sus planteamientos. Desde nuestra condición, la de pueblerinos tranquilos, en la que vivimos, con sufrimientos fabricados, es evidente que escribamos en tercera persona.

La realidad nos es ajena. Nada de lo que pensemos de la guerra de este país es pensado desde el campo de batalla. No tenemos la experiencia como guía. A mí, por lo menos, me agota empuñar un revolver. Vemos la vida desde la ventana.

Sí, los libros, las interminables lecturas, las conversaciones, los amigos… han afianzado una posición ante desastre político del país, pero sin poner la mano en el fuego. Es rumor lo que decimos. Feligreses sin religión que comulgan con el vacío.

Se lee sobre política, filosofía, literatura, historia… con el riesgo de olvidar al otro día lo leído. En nuestra situación somos conjeturas, hijos del viento, esquirlas de viento. Viento y vacío. Ni la poesía, la prosa, la prensa, el amor, la amistad… nos llena. Estamos incompletos. Todo nos aburre. Nada está a la medida de nuestra desazón.

Somos hijos de una época global. En segundos, Internet nos comunica con cualquier rincón del planeta. Somos como hormiguitas en una ponchera todo el tiempo vigiladas. Cosa que nos arrastra y nos dice que debemos estar enterados del mundo, imponiéndonos una visión crítica y apresurada. Nos arrolla este cambio de milenio.

Lo anterior no quiere decir que haya que olvidarse de las cosas pequeñas, la que a simple vista parecen triviales. Es ahí, en lo tan visible que parece ridículo donde está el ingenio. En esas cositas está la universalidad. Son las ocurrencias de la afirmación del individuo.

Le compruebo. Empezaré a nombrar algo trivial, y que por lo trivial sea una visión horrorosa de la realidad colombiana, esa, que usted dice tan entretenida. A mí me da pánico.

Miremos los techos de los colegios. A simple vista no se puede decir nada sobre el tema. Si lo reto a que describa la crisis colombiana a través del techo de un colegio, de seguro, no me dirás nada. Contestaras, ¡ah! ¿Qué guevonadas las suyas? ¡Haber, póngase serio! Pero haré que esa guevonada le sea una cosa de horror.

Los techos de lo colegios, mi Mauro, por si no lo has notado, son una muestra de que nuestra educación es el refugio de guerra. Si se hace una comparación de la arquitectura de los colegios viejos a los nuevos, se sorprende, que hoy día, se construyan con menos techo. ¿Por qué?

El por qué está en la arquitectura. Cada vez los colegios se parecen más a los batallones. Mire el colegio de la Colombia, el que queda al terminar la cuadra de De bluss o el Atanasio. En alguna esquina veras que no hay techo. En vez de tejas hay algunos paredones, verticales al cielo, salidos de contexto. Son barricadas amigo mío. Protección contra el enemigo.

Si te acordás, meses atrás, hubo tensiones entre Venezuela y Colombia y Ecuador Colombia. Se pensó hasta e n una guerra. ¿Dónde cree que nuestros soldados se irían a refugiar y atacar al enemigo?

Cada que paso por un colegio y veo a un batallón camuflado, siento náuseas. Me es una tensión constante. Pero esta mirada de los colegios no es más que una ocurrencia, insustancial, mía. Pero esa es mi visión, y por ser mía, válida e importante.

Se me puede debatir muy fácil. Soy muy emocional y me valgo de generalidades para manifestar un desacuerdo. Pero, no creo que se pueda dar a luz un contexto que antes no se haya sentido. Por eso, nuestro rigor mental se mide por la laboriosidad de nuestras manos. Y nuestras manos no saben de la rabia e impotencia de ser victima de un paramilitar, un gerrillero o del presidente de la república. Nuestras uñas no son garras para un ideal de lucha. Más bien nos comemos las uñas.

Sabemos que nuestros ideales como nuestra amistad, la tuya y la mía y la de toda la manada de Girardota, son tan fuertes como el cabello de una mujer.

Somos la plebe del privilegio. Estamos vacíos y aburridos hasta el fin de los días. Por eso el afán de hacerlo todo, fumarlo todo, saberlo todo. Pero vamos por el camino que no es, porque es un camino sin flores, sin viento. Porque en los argumentos nunca llueve, no existe la tarde ni el horror de quedarse dormido para siempre.

A muchos nos preocupa quedarnos calvos. Buscamos lociones capilares y menjurgues para complicamos la existencia. Creemos que la belleza está en la protuberancia de cabello. Pero entre más pelo más cerca de la bestia.


El clavo, como se cree, no es menos atractivo, así sea bajo, rechoncho y moreno. No es una involución al primate. Al contrario, es más humano. Pierde pelaje y muda de pelo y de ideas. Porque el calvo piensa otras cosas porque no se entretiene en recuperar lo perdido y es más ingenioso. Le toca pensarse un poquito más. Porque no tener pelo no significa no ser espontaneo.


La calvicie es una renuncia a la belleza codificada. Belleza de moda, la que nos vende los medios de comunicación y la cultura de consumo. O ¿por qué no hay un calvo promocionando una crema dental o producto del Éxito?


Mitos hay muchos sobre la calvicie como el lavarse el cabello bajo el chorro de agua, usar muchos shampoos y químicos, fumar, no cepillarse o cepillarse mucho, la herencia paterna, la pensadera, la mala alimentación… El que se va a quedar calvo, clavo se queda y debe agradecerlo porque tendrá una preocupación menos.


El pelo empieza a caerse, a quedarse en las manos, en los peines, en las camisas, en las sábanas, en los bares, en las calles, en todas partes. Entonces viene la preocupación. Se relaciona la calvicie con la vejez y a nadie le gusta sentirse viejo, saberse feo y ridículamente rechazado. Pero el rechazo es propio. El que te quedes calvo no implica que perdas la movilidad de las manos o quedes cojo. Seguís igual de salud. El problema es ser débil de carácter y sufrir una crisis de autoestima.


Mientras la frente se vuelve terrateniente y se adueña de toda la cabeza no se desaprovecha vitrinas, espejos, retrovisores de motos y automóviles, vidrios y cuanta cosa dé reflejo.


Ser calvo es aceptar la naturaleza de calvo y mirar las ventajas. No habrá que gastar plata en tratamientos para el cabello. Con lo que invierte una mujer o un hombre vanidoso en el cuidado del cabello podría comprarse el mercado de tres familias de estrato uno y dos. La vanidad es desalmada y no le da hambre.


Curiosamente, los lugares con pelo son los que más maluco huelen. No tener pelo en la cabeza es no tener ese olor a grasa, a ropa secada en la sombra, que expele el cuero cabelludo cuando está sucio o cuando se baña todos los días.


Me gusta la calvicie. La espero. Ya me peino de para arriba y dejo que el sol alumbre mis entradas que parecen autopistas a la espalda.


Los calvos se rascan menos la cabeza porque tienen menos arrepentimientos. El sentido dec ulpa se materializa en un halón de pelo. Pero la calvicie no es un exceso de culpa, es solo la caída del cabello.


No más tratamientos, nos más espejos, no más vanidades, no más peinarse de lado para tapar las entradas, no más artilugios de apariencia, no más peluquines, no más gorras, no más palmas de manos extendidas en la cabeza para sentir el peso del pelo en la cabeza, no más lociones.


No tener pelo es quitarle el rastrojo a las ideas. El sol le alumbra más el cerebro a un calvo. Te espero calvicie. Aprendo a quererte. No renegaré. Ofrezco mi frente al ingenio y al sol

El día que se celebra la batalla de Boyacá, a mí me atracaron. Bueno, no a mí sino a una amiga.

Veníamos de la Extravía, la casa del periódico, donde había un concierto de los Señores Usuarios. Caminábamos rumbo a mi casa, en Jamundí el hoyo. Cuando pasábamos por el barrio Naranjal, había dos individuos sentados en un toldo de tablas. Ambos vestidos de negro. Uno tenía una máscara de brujo o hechicero y el otro tenía la capota de la chompa que le caía hasta la nariz.

Los tipos esperaron que pasáramos. Luego se abalanzaron sobre nosotros.
- ¡Pasen todo lo que tienen! ¡yaaaaaa! Decía el de la máscara.
- No le voy a pasar nada, ¡ni mierda! contesté.

El gamín se me lanzó con el puñal enarbolado. Le di un bolsazo en la espalda. Brincó y volvió atacarme. Esta vez quería clavarme el puñal en el rostro. Puse la mano y me perforó la planta de la mano y le hizo una fisura al dedo meñique. La furia me nubló y me lancé sobre el enmascarado. Otros dos bolsazos.

- Hey, ayúdame que este marica no se deja atracar.

Otro bolsazo.

- Veni, te espero. Haber… vea… quíteme lo que quiera si es hombrecito. Le decía.

Ella estaba en pie, paralizada. Observaba. El otro gamín, el de la chompa le arrebató el bolso y empezó a correr. El enmascarado hizo lo mismo.

- Hey, mis papeles. Devuélvanme los papeles. Eso no les sirve, decía ella.

Fuimos a buscarlos. Quería encontrármelos y acribillarlos a pata. La sangre me hervía. Imaginaba que les partía la nariz con un puño, que me imploraban, que lloraban y más piedra.

Dimos varias vueltas sin pista. Fuimos al comando y nos dijeron que volviéramos después de las ocho de la mañana que a esa hora, a las dos de la mañana, no podían hacer nada.

Ella me decía que fuéramos al medico. Le dije que no, que estaba bien, que era solo una cortadita.

En casa ella me lavó las heridas. Me curó la mano. Me amarró un pañuelo en el antebrazo y otro en la palma de la mano. Tenía otra fisura en la espalda. Ella me lavó las heridas con jabón rey.

Estábamos cansados e impotentes. Ella sufría por sus papeles y yo también. Mis cortadas pasaron a un segundo plano. Sentía que tenía aún la rabia corriéndome por las venas.

La vi mirándome e implorándome que descansara. Me dieron ganas de hacerle el amor. Intenté. No pude. Me lastimé terriblemente la mano. Ella se percató y me llevó al baño. Me quité el pañuelo. En ese instante sentí un tirón en la cabeza. Desperté en el suelo con mi cabeza entre sus manos. Me desmayé. Me di un totazo en la coronilla y me manqué la otra mano.

- Estoy bien, fresca nena. Esto no es nada. Le dije

Volvimos a la cama. Me dieron ganas de llorar. La quería a mi lado. Me arrepentí de todo lo que le he hecho. La abracé y le dije que la quería. Nos besamos.

Esta vez no me importaron mis heridas, y a media maquina la penetré con toda la ternura que me fue posible. El dolor y el placer cuando se mezclan son casi una beatitud. Me santifiqué en entre sus piernas.

No pude dormir. La mano me dolía. Me había lastimado. Pero nada de quejas.
A la mañana fui al baño y volví a desmayarme. Mi hermana me trajo un vaso de agua. Volví a la cama y dormí, por fin, algunas horas.

En el comando nos dijeron que el man de las denuncias no se encontraba, estaba paseando en Barbosa y que ya no volvía. Nos embobaron. Salimos piedros. Aquí nadie puede morirse un jueves o un viernes santo ni ser atracado un festivo porque la autoridad moral del estado no está disponible. Hay que ser hijo de un tombo para que los trámites sean efectivos.

En fin. Ella se fue y yo me quedé con tres chuzones y con la impotencia de no poder hacer nada más que escribir este texto que tampoco sirve de nada.

Es preferible copular que besar en muchas ocasiones. ¿Por qué después de que la magia se quiebra en los labios se quiere huir y se deja de ser atento y cordial?

Una persona deja de ser interesante si su primer beso representa un cúmulo de saliva y tristeza, una entrega fingida, un mordisco de tigre mueco, un lengüetazo limpia garganta.

Pero no hay buenos besadores. La magia del beso es la tensión del mismo, cuando el desconocimiento madura en los labios, cuando los labios es todos los músculos, cuando después del beso no se puede pronunciar palabra alguna, cuando una risita de bobo se te sale y sos todo un estremecimiento, cuando dejas que el suspiro te sea espontáneo. Porque los labios son el portón al corazón.

No soy un besador diestro, más bien soy un aprendiz. Sí, he besado, varías mujeres han comido de mi cosecha de besos. Pero recuerdo muy pocos. La mayoría se me cayeron de los labios por mi afán de cópula, por el beso fantasma que me persigue.

Los besos se olvidan porque los dejamos caer en la rutina. Se acostumbró saludar y despedirse de la pareja de beso mecánico. Se convirtió el beso en un acto de memoria, en un protocolo, en una necesidad de olvido. Y cuando pica el instinto y el beso es más que una instrucción para un saludo, se besa con feroz apetito: Beso, gemido, apretón, cama, revoltura, sábanas al suelo y hasta mañana.

Pero uno siempre recuerda un beso más que los otros. En general el primer beso. Para muchos, como yo, un acontecimiento traumático.

Cursaba sexto en el colegio José María Ovando, ubicado en la vereda El Plan del municipio de Fredonia. Por esa época era un maniquí a la estética de mi madre. Es decir, ella me vestía a su antojo. Era un desastre mal vestido.

Dora terceriaba sexto. Era una mujer a mis ojos. Estaba enamorado de ella. Pero nunca le dije nada. Nunca he estado con las mujeres que cortejo. Soy muy evidente, muy directo y las asusto. En vez de cortejar ataco. Soy un fiasco en eso del amor.

Salimos a descanso. Había una tienda. Unos se arrojaban sobre otros a ver quién era el primero en comprar el bolis con pan. Yo me quedaba esperando. El contacto físico, sino es por necesidad, siempre me ha desesperado. No resisto el juego de manos. Me parece una debilidad de carácter.

Dora estaba al lado y me habló. Me dijo que si la invitaba a un pan con bolis. La miré. Me temblaban las piernas. Estaba paralizado, sin palabras. Y sin pensar le dije si, pero que me daba a cambio. Ella sonrío y me dijo que un beso. La invité al bolis con pan.

Quedamos en que yo iría cinco minutos antes de que se acabara el recreo al balcón que estaba al frente de nuestro salón. Ella estaría esperándome.

El recreo se me hizo eterno. Los minutos se me estiraban. Incluso recordé las veces que besaba los pilares de la casa y los abrazaba y les decía que los amaba, que tendríamos hijos, que me sintieran, porque así lo había visto en la tv, en las novelas que veía mi madre. Pero lo de besar los pilares terminó mal. En una ocasión me enterré una viruta del pilar en el labio superior. Se me hinchó y no pude hablar en tres días. Por ese tiempo me gustaba espiar a un tío cuando besaba a su novia. Los veía tocarse, mover la cabeza, apretarse. Pero le temía a los pilares así que la emprendí con la mano. Besaba la mano y movía la cabeza y la apretaba. Pero no había besado a ninguna niña y no sabía que hacer con Dora.

Dora me estaba esperando en el balcón, al lado de la puerta, con un bombombum rojo en la boca. Yo iba con las manos en los bolsillos. Temblaba. Dora me tomó el mentón y puso sus labios en los míos. Me quedé quieto. Los labios de ella ensalivaron los míos. El sabor del bombombum entró a mi boca. La miré. Sonrió y se fue. Me quedé con el sabor del bombombum.

Quise besarla de nuevo, pero no fui capaz de decirle nada. Le tenía miedo y la admiraba. No fui capaz. No fui capaz, así su beso bombombum me hubiera estremecido.

Creí que todos los besos sabían a bombombum. Besé, meses después, a una primita y nada. Ese beso me supo a tierra. Luego besé a la primer novia y nada.
Con los días más triste. Hasta empecé a regalar bombombum a toda mujer que era posible al beso. Pero no era lo mismo, quedaba con los labios pegajosos.
No encontré otro beso semejante. Todo intento era una melancolía más en mi álbum de ausencias.

Tengo un trauma con sabor a bombombum. Pero ya no busco el beso bombombum. Dejé de tener prisa y de querer besar a cuanta mujer veía. Estoy más reposado, porque sé que el beso como el amor es un contagio, una enfermedad que a su vez es la cura.

El amor muere con cada persona. Cada persona es una lechuga del huerto, frágil al verano y al invierno. Cada persona es una plantita que se daña al contacto. Hoy te me has dañado. Hoy te has muerto.

Te esperé sin imágenes en el corazón. Tristemente alegre. Todo era posible, hasta que no llegaras. Creí estar listo para el encuentro con tu indiferencia. Creí... creí... creí...
¡Ah.. mi orgullo! Mi puto orgullo, por eso estoy tan solo.

No te escribiré más. Lo juro, ¡por mi diosito!, no serás más palabra en mí. No más de tus posibilidades, de que tu imagen se haga carne a mi deseo, de que pueda besarte con todos mis músculos, de que todavía teniéndote a distancia me tote estar con estas ganas de hacerte el amor no más que tocándote, de que mis dedos tiemblen al aire tanteando vacío...

No más. No llegaste. Es suficiente. Se quedarme callado. No se rogar aunque todo sea ruego. Te ruego porque no te ruego, porque no rogándote llevo a ruegos extrañándote. Me someto a la indiferencia. No te busco de frente. No me ha funcionado ser evidente. Siempre pierdo cuando quiero. Un enamorado de imposibles. Manía de la soledad. Por eso te busco de reojo, por las rendijas, en silencios, en miradas, en carticas cursis, en un no me importas de mentiritas, en olvidos en pequeñas dosis. Sígote sacándote del montón, de esa cosecha de mujeres, de la uniformidad del erotismo, para no hacer en ti un puerto a mi huida.

¡Basta! Soy aprendiz del olvido. Lo que pasa es que usted es todo un reto a mi olvido. Serás un records guinnes de olvido. Piénsote, siéntote tan cerca como lejos. No eres mi dolor así me duelas.

No conozco tu desnudez. No he ajustado tu desnudez a la silueta de tu cuerpo. Te conozco vestida, orgányca, terrestre. Tu desnudez es oscuridad a mi tacto. Tu desnudez trampa para ángeles. Quiero enredar mis manos en tu desnudez. Desnudez de sábado a las dos de la mañana, ebrios, tú con tus preocupaciones y yo con mis palabras azules para despeinarte. Me gusta cuando te despeinas. Pareces que me vieras de pronto, sin esperarme, espontánea al abrazo, tristemente vestida. Borro tu nombre de mi tacto.

...¡Ah, quién eres! ¡Quién eras! ¿Quién?
...¡Ah! ya recuerdo, no llegué a tiempo. No estoy hecho para la contemplación de las flores, soy brusco de impulso. Por eso soy indiferencia. Indiferencia Betancur. Indiferencia que te vaya bien. Indiferencia que aprendo. Indiferencia que ahora sonrío más sin temor a perder un diente y verme feo. Indiferencia ya no te espero.
Me enseñaste a ser luna para tu condición de nube. Todas tus tú pasan delante de mí. Las veo pasar como a otras. Pasan, se alejan.

El tiempo te borró. El tiempo se metió entre ambos. Quedamos con hojarasca en los ojos. Hueles a vidrio, a un adiós cayéndose de la piel, a lechuga, a todo, a nada, a muerte.
Somos bulla. Entre más escándalo más felices. Nuestra idea de la felicidad en la lujuria del ruido.
Pero ¿Quién puede ser feliz a medio día con una canción de Darío Gómez? Una y otra vez Darío Gómez. ¡Irrespetuosos! Al que le guste Darío Gómez que lo escuche, pero a un volumen moderado. La involución es permitida por iniciativa propia no por contagio. A los vecinos no tiene que gustarle Darío Gómez. Como a la vida también tenemos derecho al silencio.

Estoy en mi casa, alterado, porque otro no es capaz de estar consigo mismo y prefiere aturdirse y aturdirme. Por culpa de ese semejante mío tuve que parar la lectura de Los Endemoniados de Fedor Dostoyevski.

Imagino que él dirá lo mismo de mi música. Pero es que yo no se la impongo. Si escucho música es para mí, no para él. Me importa un pito que los demás se enteren si estoy alegre. El principal benefactor de mi alegría soy yo, lo otro es accidente y vanidad. Pero no ¡Estamos demasiado tristes!

Los adeptos a Darío Gómez y a muchos de estos canta autores populares buscan la satisfacción de sí mismos en la cuota oficial de una tocada de teta o de nalga, en aparentar que son hombres porque beben, fuman, pelean, emborrachan, son injustos, bullosos, paracos, matones, dicen hifueputa, y son machistas, pendencieros o pendejos. Buscan la satisfacción enajenándose de si mismos. Buscan la tranquilidad en lugares diferentes a sí mimos. Gravísimo error. Como si para la realización del ser se necesitara de Darío Gómez.

En Antioquia estamos demasiado tristes. Queremos por cualquier pretexto que el otro crea que estamos alegres, así agredamos sus espacios e impongamos nuestros gustos y nuestras carencias como únicas verdades.

Cuando un hijo se va a la ciudad y viene a casa de visita, éste quiere que todos los vecinos se den cuenta de que él vino, claro, de visita (debe ser el caso de mí vecino). Pone el equipo de sonido a todo volumen, muestra los codos más de lo necesario orgulloso de que sus cicatrices se borran poco a poco, mira más por un ojo que por el otro simulando ser bizco porque en la ciudad todos son bizcos. Pura bulla, pura bizcada, puro escándalo, pura deformación de la esencia, pura tristeza camuflada, porque es el fondo está solo, triste, inseguro, gris.

Entre más bulla más lejos de sí mismo, entre más bulla más sexo, entre más bulla más licor, entre más bulla más feliz, entre más bulla más Darío Gómez, entre más bulla más simio, entre más bulla más ignorante, entre más bulla más triste, entre más bulla más vacío, entre más bulla menos individuo.

El ruido es la religión. No se camina sino que se grita. Los kilómetros no se andan, se gritan. El campo dejó de ser para los pies ahora es para la boca. ¡Gran tristeza!

Estamos tan tristes, tristes.... tan enajenados, enajenados... tan solos, solos... Se nos olvidó escuchar, respetar y mirar a los ojos.

Estamos tan tristes, tan sonámbulos, tan metidos en la moda del desconocimiento propio que no sabemos que es lo que es estar callados un minuto, un puto minuto.

Estamos tan tristes en Girardota, en Medellín, en Antioquia, en Colombia, en Suramérica que no existe una conciencia del individuo. Somos otra referencia de coca-cola, del estado. Somos otra ficha del progreso, otro engranaje del olvido, otro empleado, otro muerto con cedula, otra producción en serie de fetos sin identidad, sin voz, sin alma.

Estamos tan tristes que necesitamos de la bulla y el ruido para creer en Dios, para reelegir a Uribe, para escuchar a Darío Gómez, para creernos la idea de que la felicidad existe, para embrutecernos y así, justificar nuestros pecados y nuestra propia ausencia.

Lo mejor del encierro he sido yo. Fueron dos semanas conmigo mismo. Lo único que hice fue afirmar al niño que llevo adentro. Salí más niño y más egoísta de lo que entré a mi cuarto.

Llevo varios años buscándome. Y lo único que he logrado es potenciar al niño que llevo dentro. Es ahí donde está el origen de mi personalidad, mi espontaneidad, mi yo esparcido y concentrado.

Volver a la inocencia es el camino. Cada vez afilar más el asombro, las ganas de vivir y celebrar todo aquello que te afecta. Si una incertidumbre, si una tristeza, si una melancolía te llega, celebrarla.

Renunciar a las seguridades, quitarse la venda, atreverse a ser egoísta. Olvidarse de los amigos, la familia, las mujeres para estar con uno así sea un ratico.

No perder la capacidad del asombro. Volver al estado del infante en el alma. Es ahí donde el individuo es egoísta, es él y encuentra su espontaneidad, su originalidad. Es ahí donde el hombre empieza a ser el mismo, a aceptarse, a asumir sus limitaciones como virtudes.

Yo por ejemplo, he empezado a contar mis perversidades desde mi inocencia, desde mi capacidad de asombro, desde el no juicio, porque el juicio coarta la imaginación, porque adquirís la manía de imaginar lo que te parece bueno y te beneficia y te negas otras alternativas.

Si, puede ser un pretexto volver a la inocencia para mi aceptación como individuo, pero me agrada y es mi elección. No es mala ni buena esta elección que tomo, es solo una elección, una posibilidad, un hecho que asumo y siento necesario. Es un camino a mí mismo, un canto de mi voz interna. Otros harán lo que les dicte su voz interna, su guía del instinto, su banda sonora del ser.

En este momento empiezo a jugar conmigo, con mis impulsos. Empiezo a escuchar la voz interna, a contradecirme, a experimentar con mis deseos, con mis debilidades.

Hace poco me dije que no me iba a masturbar y me masturbé a la media hora. Soy contradictorio y qué. ¿Quién puede decirme algo? ¿No soy imperfecto? ¿El alma no es imperfecta? Luego me dije que no iba a fumar y compré medio paquete de bostón. Eso me asusta. Me hace replantear muchas cosas ¿Será que lo que considero como realización del alma si esta regida por mi voluntad, por mi deseo de ser, o será un impulso, un accidente independiente a mí?

Uno tiene una voz interna que no escucha por estar tan aturdido de mundo. Una voz que te guía. Algunos la llaman corazonada y otros instinto. Pero viene siendo lo mismo, la voz interna. Porque no solo el aire comprimido que sale por la boca es lo único que se tiene para comunicarse con otros y con uno mismo.

Esa voz interna esta llena de rastrojo. Está en el fondo, porque se adquiere esa falsa convicción de la vanidad y la hace inaudible, insonora.

Para escucharla hay que dejar de escuchar la voz juzgadora de tu madre, la que te limita desde pequeño por su afán de educarte y decirte que esto es bueno y esto es malo para que seas alguien en la vida. El bien y el mal no son sino moral, idea de Dios, miedo cultural concentrado, represión del instinto.

Luego hay que dejar de escuchar el lenguaje de las apariencias, el que aprendes en el colegio, en la universidad, en las instituciones para agradar a las mujeres, a los amigos, a la sociedad. Ese ruido no es más que carencia de sí mismo. Adquirís modales establecidos, ciertas modas innecesarias, cierto modo de hablar, cierto comportamiento uniformado, cierto hipo genérico. Eso es opacar la propia voz.

Luego hay que dejar a un lado esa voz de los deseos superficiales, esa voz que te dice que debes salir adelante, ser mejor el día de mañana, progresar, conseguir una mujer, un carro, una casa, un celular, un portátil, graduarse de la universidad, tener una reputación, emplearse y estar bien remunerado. Puro artificio. Apenas conseguís lo material esclavizas el alma para mantener el lujo. Te vendes por la apariencia. Dejas de importarte por vete bien.

Lo necesario está en uno. Uno es la respuesta a todas sus preguntas y la pregunta a todas las respuestas y las no preguntas y las no respuestas. Lo que pasa es que se está tan ocupado en aturdirse, en no ser, en buscarse en las disco, en los bares, en los cafés, en los centros comerciales, en las mujeres, en la literatura, en la calle, en las apariencias que olvidas entrar a ti mismo.

Uno nace con una vocecita interna que lo guía, le dice que hacer, a donde ir. Se nace genio pero se emprende una empresa macabra de embrutecerse, de atrofiar el instinto, ocultar la personalidad y olvidar la espontaneidad.

Así como el árbol florece, el sol alumbra, el viento va y viene en todos los sentidos, el pájaro canta, uno habla y piensa y se peina y sufre y ve y escucha desea y se muerde la lengua y muere. Se es otro milagro de la naturaleza. La vida son posibilidades de vidas y no una vida programada.

Uno se niega las posibilidades por los beneficios de las apariencias y se olvida de sí mismo, porque es más cómoda la vida del otro, los errores del otro, las carencias del otro. Lo de uno es un problema y una vergüenza. Pero en esa vergüenza está la magia del instante, tu voz, tu originalidad, tu ritmo.

Al final se descubre que en uno solo hay espacio para uno. Hay que empezar por ser egoísta. Luego uno es todos los espacios, todos los caminos, todos los egoísmos.


Pensé escribir sobre Ingrid Betancour, pero es tema nacional. Cualquier cosa que diga sobre su rescate no es más que otra suposición de ese rescate. Lo único que falta en esta historia es esperar que los medios de comunicación colombianos den la certeza de la ayuda de extraterrestres en el rescate de Ingrid Betancour.

Además es sospechoso que suceda tal acontecimiento dos días antes del cumpleaños de Uribe y que pase en este momento en que su imagen pública está tan desacreditada.

Lo peor de todo es que las entrevistas que se le hacen a la máxima figura, por estos días del mártirismo colombiano son las mimas.Las historia necesita mártires. Por eso, me aventuro a hacerle una entrevista más humana, más cochina, a la sufrida Ingrid Betancour, como si ella no fuera más que una mujer con orejas. Nada extraordinario

C: Perdonara usted, señora, pero no le haré las preguntas de cajón. Las que ha contestado por estos días y las que seguirá contestando. Las respuestas usted ya se las sabe de memoria. Quiero preguntarle sobre mí, un desconocido a sus ojos. ¿Qué harías si me quedo calvo después de esta entrevista?
I: Para eso falta bastante tiempo. Muchachito. Haber: 1. Te compraría una peluca
2. Me reiría mucho
3. Te regalo un sombrero de copa, de esos que traje de la selva.

C: Cómo se que eres muy decente y no me decís, por decencia, claro, las cosas que has sentido en cautiverio. Me atrevo a preguntarte ¿Cuántas veces has querido meteré un puño a un periodista? I: Que recuerde... Humm... Muchas. Pero la más reciente es en esta entrevista. C: Has pensado, me imagino, que soy un bicho raro. Por algo me mira de esa forma. Piensas que esto más que una entrevista es una tomadera de pelo. Ahora ¿A qué bicho me parezco?
I: A un sapo. A un sapo de ojos cuadrados y dedos largos. A un sapo cantando solo en un estanque.

C: Suponiendo que me de una enfermedad y pierda las manos y usted esté haciéndome la visita, porque le interesa volver a hablar con el único periodista que no le rinde pleitesía. Y por cosas de la vida un insecto me pica un testículo ¿Me rascarías?
I: Si, no sería nada raro. Recuerdo haberle hecho lo mismo a Marulanda. Eso que él era más viejo y más feo.

C: Después de seis años de cautiverio ¿Cree en el amor?
I: Creo que sí. La búsqueda del amor es constante. Mis hijos son el amor.
I: Y usted periodista ¿has conocido el amor?
C: No. ¡Qué tal! Tendría hipo todo el tiempo.

I: Hubieron días de miseria. La esperanza me era ajena. Hasta sentía que los sentidos me fallaban. Ahora, si a usted le tocara perder un sentido ¿Cuál perdería?
C: Ninguno. Creo que me dejo morir.

I: Por cosas del oficio, mis asesores investigan a mis entrevistadores. Me enteré de que usted escribe poemitas. No conozco ninguno de sus textos. Pero tengo una inquietud desde mi adolescencia. Cosa que no he dicho nada de eso porque creo es una bobada, pero ¿Qué es mejor, sexo o poesía?
C: Afortunadamente no ha leído nada mío. Sería un desperdicio de tiempo. En cuanto a su pregunta, prefiero el sexo para escribir poesía. Si utilizo al poema para obtener sexo, la mujer termina prefiriendo la poesía que al hombre.

I: ¿Por qué una avispa?
C: Por cúlona. Porque desde que te liberaron estas echando cantaleta, pareces una avispa volando. Fueron seis años que usted misma se buscó. Se merecía eso. Nadie más que usted. Luego salís y le ayudas al dictador Uribe para que siga dictando, para que a través de tu imagen el pueda legalizar lo de su reelección. Usted será una cortina de humo. Porque tenes el veneno contenido. Esperas insoportablemente utilizar tu aguijón. I: Entonces ¿El sapo, como usted y como el pueblo colombiano, se come la avispa?

C: No. Le daría indigestión. Pero la entrevista no era para mí sino para la mártir Ingrid Betancur. Así que continuo con mis preguntas.C: ¿Algún guerrillero te hizo el favor durante este tiempo? ¿Cómo pasaste tantos años sin nada de nada? o, cuente pues, ¡no se haga la pícara! mala, así no, haber... cuente pues... ah... no le de pena que eso es de humanos.
I: No le voy a contestar. ¡Irrespetuoso! ¡Saquen a este enfermo de aquí! ¡Guardias!
C: No, espere. La última. No te imaginas que en este momento, te aprieto con la mano una mano y...

I: Eso saquen a ese maldito de aquí. Se ganó una demanda

Un pueblo es todos los pueblos. El hombre es hombre bajo cualquier credo e idioma, así intente buscar la perfección en banalidades.

Vivo en Girardota desde hace tres años. No sé que azahares me trajeron de a este pueblo. Igual no importa.

Salí de Fredonia con un sentimiento raro de matar. No soportaba la rebeldía en mi cuerpo. La tranquilidad me olía vinagre. Tomé la tranquilidad de la mano y me quemó los dedos. La niebla de Fredonia, gracias a Dios, también me nubló el alma. Salí porque me estaba matando la lentitud de un pueblo. Porque en un pueblo el lunes se repite cinco veces a la semana. Cosa que ahora adoro.

Llegué a Medellín y la cuidad me tragó de un bocado. Me atracaron dos veces. El amor desesperó al animal que tenía dentro, y lo invocó. El animal saltó de mí y devoró algunas mujeres. Antes, mi instinto, estaba tranquilo pastando en el campo. Fui un pueblerino asustado en la ciudad que atacó, gracias al pánico. Conocí la droga, el dolor, la soledad, el hambre, el fastidio, el miedo… la incertidumbre. Pero la cuidad también me dio el anonimato, la invisibilidad, licor, buenos amigos y unas ganas terribles de fornicar sin pretexto.

Sino hubiera conocido a Mauricio, un hijo de Girardota. Si él no me hubiera mostrado que en Girardota, como en Medellín, la tradición también se puede quebrar en pedacitos. Que también era posible abrirle las piernas a la cultura, verle sus nalgas de asfalto para que se entregara sin medidas a los trasnochadores. Que se podía ir a la ciudad desde un pueblo. Que lo uno y lo otro eran lo mismo, porque una cuidad también son todas las ciudades. Por él me vine a vivir a Girardota.

En un principio, como todos los principios, el asombro es un fastidio camuflado. Me maravillé con la idea de volver a un pueblo. Sobre todo, cuando la cuidad me había dejado más flaco de lo que era, más solo, más enfermo, más demonio.

Girardota, tenía esa atmosfera de pueblo. Las calles estaban metidas en un hechizo, en un lento disfrute como de bochorno, que aún no alcanzo comprender. Calles que me hacían transitarlas, como si fueran grandes corredores de una casa gigante.

Me calmé. Decidí quedarme en Girardota por un buen rato. No sé cuanto dure, pero me agrada este pueblo. Pero las personas y los espacios cambian y Girardota cambió, le llegó el progreso y el acné.
Mierda, esa cara limpia, la de Girardota cuando llegué, de campesina juguetona, que se enrojecía si la miraban muy seguido. Ese rostro de niña que jugaba con gallinas y le tiraba maíz a las palomas, ha empezado a deteriorarse.

El monstruo del progreso, que quiere que los pueblos sean más ciudad que pueblo. Para que la gente, como en las ciudades, deje de saludarse, de mirarse a los ojos, de reconocerse, de decirse buenas noches. Porque solo en los pueblos se dice buenas noches sentido desde las tripas. Ese progreso quiere que Girardota sea invisible y le de el germen del desconocimiento. Quiere que se extingan los ancianos con sus bastones, es su esfuerzo desenfrenado de desandar los pasos, con la esperanza de meterse en un recuerdo de antaño, y no verle todas las mañanas la cara a la muerte. Muerte que los saluda dos veces al día.

El progreso quiere meterle la necesidad a los girardotanos de que hay que acabar con los balcones, con la arquitectura colonial, con las casas de bareque. Porque una mecedora, sola, en un balcón, es antiestético. Porque saludar es de gente incivilizada, porque enamorarse de esas muchachas que guardan los papeles de chocolatinas en su mesa de noche es amor de escuela, porque respirar el aire a las seis de la mañana es cosa de bobos, porque decirle a una sicóloga que te gusta es cosa de adolescente, porque mirar para el cielo es una perdida monetaria…

El progreso ha llegado a Girardota, la doble calzada, la remodelación del parque, el derrumbamiento de las casas antiguas, las fábricas, el parque empresarial… y cambiaron las apariencia del pueblo. Se llenó de obra negra, de edificios, de prisa.

Girardota empezó a menstruar. Lo dice el afán que merodea, desde hace poco, por las calles. Seremos violados por esta nueva Girardota. Nos llenaremos de acné y olvido

Desde que empecé a sentir las mujeres, a endemoniarme por ellas, me inmiscuí en un juego azaroso. Fui como un anfiteatro lleno de amores furtivos que empezaron a oler mal.

Todas mis relaciones sentimentales fueron como un juego de parqués. Cada relación, cada mujer un juego. Así de rápida, con apuestas, fichos, dados, perdidas, ganancias, rabias, huidas y dinero.

El parqués se jugaba en dos modalidades, la contada y la de piedra en piedra. Así me enseñaron en casa. Me gustaba más la contada, en la que uno tira los dados y cuenta la cantidad que sale en los dados en los cuadritos del parqués. Con ese resultado uno armaba las estrategias del juego, las de asegurar los fichos o la de dejarle carnadas a los otros jugadores. Una maravilla. Y así han sido mis relaciones, un juego de parqués en la forma contada.

La otra versión es más avanzada y más perezosa y es la de piedra en piedra. Solo son validos los 12, 7, 5. Otro número en los dados es inútil. No sirve, se pierde el tiro. Esa modalidad nunca me gustó. Tenía que limitarme y estar más quieto. Tal vez es la forma que juega la otra gente, la que tiene una vida más organizada y planeada y aburrida.

La forma contada es distinta. Esa forma me permitía más movimiento y podía saciar mi instinto de premiador insaciable. Claro, sin premiar, esa parte me asusta, así que me la salto. Me gustaba comerme todos los fichos, los que más pudiera. Renunciaba al cielo y daba la vuelta por mi apetito de fichos. Es decir, en el juego, uno tiene una casa donde guarda sus cuatro fichos. Cuando se le comen los fichos, éstos vuelven a la casa. Al lado de la casa hay una casilla que se llama el cielo. El cielo es del mismo color de la casa. El cielo es donde llegan los fichos a descansar, a salir del juego. Gana el primero que lleva los fichos al cielo y los saca del juego. Ese es el juego, en términos generales.

A mí no me gustaba meter mis fichos en el cielo sino era estrictamente necesario. Es decir, cuando los otros fichos estaban fuera de mi apetito. De lo contrario, ponía mis fichos en el límite, donde podía decidir si entrar al cielo o volver al inicio del juego, a la casa, y dar de nuevo la vuelta. Me quedaba allí, en el límite, insatisfecho. Mi sed de fichos me hacía insoportable el cielo. Mi cielo era los otros fichos.

Así en mis relaciones amorosas. Nombremos el noviazgo como el cielo del parqués. La cúspide del juego. El lugar donde se canalizan los instintos, las pasiones, las tensiones, los cortejos, las contradicciones, en otras palabras, los fichos. Es el lugar seguro donde se está protegido de los fichos de otros jugadores, jugadoras en mi caso.

Pero como dije, no me gustaba el noviazgo. Uno dice novia. Pero novia es también no-vía, no transito, obstrucción del juego, aburrimiento de salirse del juego.

Yo tenía sed de otros fichos. Y sí, me comí muchos fichos. Me satisfacía con comérmelos. Aunque no sacié el hambre, seguía comiendo fichos. Y eran los fichos de las mujeres. Con ellas jugué mis pasiones. Les mordí la entrepierna, la espalda, los labios, los senos... Hacía dos ó tres sacudidas. Tiraba los dados. Las devolvía a sus casas. Claro, también me dejaba comer con un poquito de sal y limón. Ese era el juego. Comer y dejarse comer.

Me gustaba pararme en el límite del noviazgo (cielo) y esperar que pasara otra mujer con sus fichos para comérmela. Tiraba los dados. Si lo que salía en los dados me permitía lanzarme sobre la victima, lo hacía sin dudarlo, sin arrepentimientos. Era sino dar otra vuelta y volver. Pero volvía con más apetito y más prisa a dar de nuevo la vuelta. Nunca pensé en ganar un juego.

Me comí algunas mujeres y otras tantas me comieron. Siempre perdí. Nuca llevé todos mis fichos al cielo. Siempre dejaba uno ó dos por ahí, desprevenidos. Me sentía inacabado si sacaba todos los fichos del juego. Así con las mujeres. Nunca me comprometí con todos mis fichos y cuando veía las cosas muy serias, que se podía ganar el juego, tiraba los dados y huía del cielo y salía a buscar otras mujeres.

He vivido el amor como un juego de parqués. Pero ahora las cosas son distintas. Diana, la última con quién jugué, con quién quise perder de nuevo, me cambió las reglas. Ella quiere que los dos ganemos, que yo me convierta en su cielo y ella en el mío.

Mis fichos están dentro de ella. Los fichos de Diana también están en mí y les susurran palabritas a los oídos: fichos amanecí con ganas de arañarlos, con anhelos de besarlos, con la necesidad de una erección del ficho mayor.

Tiro los dados y mi último ficho se resiste e intenta quedarse en el límite (noviazgo). Pero no hay carnada mejor que Diana. Así que me decido y meto el último ficho al cielo-Diana.

Diana tiene los dados y me mira, me dice que quiere comerme noche y día, que sus fichos esperan con las piernas abiertas a los míos. Diana es un cielo posible, mi cielo, mi apetito.

Últimamente me sos otra. Siento que algo ha cambiado. Que quisimos tanto sentirnos, que has construido un muro entre ambos. No haré nada para derrumbarlo. Hasta me seduce la idea de un muro entre dos personas. Aunque me duele sentir ese muro. El hecho de escribirte y que no contestes es como darme en la nariz con la puerta que no abre.

No sé que ha pasado. Bueno si sé, empecé a sentirte ahora que vos me has dejado de sentir. Así suceden las cosas. Conocemos más de las personas que nos interesan en su ausencia. Al menos eso es lo que demuestras.

No he hecho nada para llegar a vos, como invitarte a una cerveza, a caminar, a conversar, porque ya lo intenté y no coincidimos en el momento preciso. No insistí en algo que se tornaba en desencuentro. Pero soy terco, por algo no dejo de ser trágico. No sé como rogar. Respeto mucho el poder del no o las apariencias del no. Valoro mucho una negativa.

Lo peor de todo es que no tengo derecho de escribir esta carta. Otra carta que te escribo. Es solo que reacciono desde la última fase de la renuncia. Son mis últimos movimientos, mis últimos giros, mis últimas palabras que destino a usted. No puedo seguir escribiéndote si no me contestas o si me contestas y todo sea tan angustiante y hermoso.

No me gusta estar del lado de la orilla en que el sol nunca se oculta. Cuando encuentro un cómplice, encuentro una sombra y un viento para los abismos que me fabrico desde hace rato y que son tan insoportables como el sol.

Entendí tarde, muy tarde, que eras lo que siento. Es tarde porque ya no hay entrada. El muro está muy fuerte para mí. Y no quiero que se derrumbe. Y me tortura saber que no puedo pasar al otro lado. No tengo los bríos para hacerlo. No quiero estar detrás de vos como otros tipos. No soy otros tipos. Por eso mis complicaciones. No me imagino diciéndote reinita, echándote flores, persiguiéndote por todos lados, tratando de tocarte bajo cualquier pretexto. Me abruma la intensidad. Todo eso me parece lo más aburrido del cortejo, porque es lo más fingido.

Yo quise que las cosas nacieran como ocurrió con los abrazos. Pero tengo demasiadas complicaciones como para convencerte de que también puedo ser una elección para vos. Eso, si lo sientes, no es necesario aparentártelo o tratar de convencerte.

Soy lo que soy, y no sé como remediarlo, porque es lo que soy. Estoy en mí y con una mujer que quiero pero que siento un poco menos que vos. No te escribiré más. No quiero darle más cuerda a esta trama. Este es mi último brinco.

Te quiero, lo sé. Me gustas, no lo puedo negar. Pero no eres mi centro. Renuncio a ti, no por ti sino por mí. Estoy sintiéndote, escribiéndote, pensándote más de lo necesario. Por eso haré lo que debí hacer desde un principio. Es decir, nada. Porque creo que se debe renunciar a lo que se quiere para saber hasta que punto lo quieres. Por eso renuncio a ti. Necesito estar seguro de que esto no es pura vanidad.

Me muero por vos, pero no haré nada que me traicione para llegar a vos. Que las cosas nazcan. Si hemos de volvernos a sentir, que sea, entonces, así. Sino aprenderé de tu ausencia la forma en que no me hagas daño.

Me dueles y me salvas. Pero no me gusta estar de este lado, en que soy todos los tipos y no el tipo. Soy egoísta. Lo sé. Tengo otra y no renuncio a ti. Pero la otra está empezando a crecerme. Ya siento sus brinquitos en el estómago. Haré el intento de verte como a todas las mujeres. Eso me costará. Pero por algo soy poeta. Por algo debo hacer lo que me dicta la locura del corazón.

Y si hemos de coincidir después de mis renuncias y tus renuncias, entonces haré de ti la mejor cosecha de besos de la que se haya dado noticia en este siglo. Pero, mientras eso sucede, si ha de suceder, te cantaré en silencio hasta que se silencie la música y nos volvamos a encontrar, como queremos, con fechas y ausencias.

Desde siempre me ha inquietado la muerte. Desde muy pelao quise explicaciones sobre el tema. No entendía el por qué la muerte generaba tanto dolor y miedo. Quería sentir ese miedo y ese dolor para saber que era la muerte. Pero nada. Muerte puta. Te busqué donde no estabas.

Me subí a un árbol de ciruela que con un poquito de sal en una bolsa. Me senté en un gajo, cogí una ciruela, la mordí, le eché sal. Miré el cielo y jugué a desaparecer nubes. Guardé la fruta en los bolsillos. Una, dos, tres frutas. Esperé y la muerte nada.

Me senté en el tejado a eso de las siete de la noche. Llevé conmigo una cobija. Me enrollé. Tenía un machete de palo. Había hecho el machete con mis propias manos. Quería robarle la guadaña a la muerte. Llegó el frío, el miedo, los cocuyos, el silencio, los zancudos y la muerte nada.

Empecé el cuaderno de religión al revés. Cursaba cuarto de primaria. De la última página a la primera. Pensé que si escribía al revés podía volver al pasado, a lo que era antes de estar vivo, que sospeché era estar muerto. Creí que si escribía al revés yo crecería al revés. En vez de llegar a viejo retornaría el útero a verle la cara a la muerte. Nada. Lo del cuaderno no funcionó. La profesora me dejó toda una semana, en los descansos, pasando el cuaderno al derecho.

Busqué la muerte en las mujeres. Las amé con odio. Las odié con ternura. Me odié en ellas. Me amé en ellas. Intenté morirme en ellas. Me asusté en ellas. Huí de todas la mujeres que me dijeron te quiero mientras se cortaban las uñas. Sentí que algo tramaban. ¿Cuando crecieran de nuevo las uñas qué? Por eso el semen fue un aullido, una petición a la furia y a la desesperación. El semen fue mi grito líquido. Semen en la cama, en el baño, en el recuerdo, en la cara, en la mano, en el estómago, en el piso, en el miedo, en los calzoncillos, en los sueños, en la vida. Semen y olvido, mi legado. Pensé que la muerte tenía tetas y culo y la busqué en todas las mujeres. Las penetré queriéndome quedar dentro de ellas, en sus vientres. Quedarme allí calientito, a oscuras, buscando el verdadero rostro de la muerte. Pero fue imposible. Esa idea de muerte me dejó más vivo y más triste y más lleno de semen.

Me quedé callado en la pieza dejándome morir. Miraba el techo. Techo destechado, techo de techos, escenario de vacios, techo techón, te echo de menos techo, por techo como techo me abrumo, techo techito techo hijueputa. Sin respuestas. Me quedé con los ojos pegados al techo. Quise ser techo, materia inanimada. No sentir para no buscar. Entonces sino buscaba la muerte me encontraba. Pero nada. Me dormí y desperté yo en mí, separado del techo y de la muerte.

Escribí conjuros para invocar a la muerte. Escribí páginas y cuadernos. Creí que así ella accedía a mis llamados. Pensé que nos veríamos la cara de hombre a muerte, de muerte a muerte. Toneladas de palabras sin uso. Palabras en el basurero. Palabras pegadas con alfileres del techo. Palabras trituradas entre los dientes. Palabras empolvadas de olvido. Palabras que alzaron vuelo como pájaros y desaparecieron para siempre. Palabras aplastadas por los buses. Palabras encerradas con purina de engorde. Palabras con colmillos afilados, siempre hambrientas, sedientas de poetas chillones y afeminados, para salvar la literatura de una hecatombe.

Luego callé. Ni una palabra. La definición es definición, división de la cosa. Si digo árbol, el árbol es el árbol y no todo el paisaje. Entonces pensé que si no nombraba la muerte ella sería todo el paisaje y no la muerte. Una hormiga, una montaña, una pichada, una gotera, una nube… eran muerte. Pero el silencio era otro dialogo, otra división de de las cosas, otra enajenación de la muerte.

Busqué la muerte en la familia, en el colegio, en las mujeres, en los amigos, en los atardeceres, en los libros, el las nubes, en el miedo, en la lujuria, en la yerba, en la poesía, en la vida… Pero la muerte nada. Inalcanzable. Muerte a prueba de búsquedas. Muerte a todas las distancias y misterios. Siempre estuvo en mis ojos.
Conocí una mujer que no bebe y no fuma. Pero ella es todo el licor y el humo que necesito para espantar la pesadilla de la sobriedad. Su sobriedad me embriaga.

Ella estableció las condiciones para que la vaina entre ambos funcione. Me dijo que no peleara en la calle, no fumara marihuana sino resguardado, no estuviera con otra mujer delante de ella, no le dijera mentiras. Le dije listo.

Así son las relaciones. Acuerdos y acuerdos para acceder a la animalidad del otro. Buscamos preámbulos para no avergonzarnos del instinto. Porque somos animales que bebemos y cantamos. Es nuestra naturaleza. Hasta el asno rebuzna cuando bebe agua.

Acepté el acuerdo, soy un animal, un oscuro animal con garras y colmillos, un endemoniado animal que contiene su instinto. Un animal que bebe y se emborracha y mira el cielo. Un animal que aprendió a beberse el cuerpo de la mujer. Cada parpadeo un trago. Cada caricia un trago.

Me bebí a esta mujer el domingo. Su desnudez me aguó la boca. Su desnudez fue la caligrafía de mi erección. Su desnudez fue el octavo día de mi aullido. Su desnudez fue un cielo palpable a mis manos. Empecé a contarle los lunares. Parecían estrellas en su cuerpo. Como las estrellas eran incontables, pero se quedaron alumbrando el recuerdo. Me basta cerrar los ojos para ver su cuerpo en el firmamento, como si ella estuviera pegada con alfileres allá en lo alto y mi mirada le encendiera sus lunares- estrellas y uno que otro lunar se fugara de su cuerpo y desapareciera en la nada. Lunares fugases.

El domingo fue un astronauta borracho en su cuerpo. Viajé en ella desafiando la gravedad y bebí hasta la última gota de su desnudez.

Luego me sometí al acuerdo y le dije listo. No pelearé en público, igual nunca le busco problema a nadie, aunque por estos días quiero meterle un puño a un punkero de Girardota que lo llaman El simio. No fumaré marihuana, la primera mentira, hay que mentir un poquito, solo un poquito, es recomendable para el misterio. No me meteré con otra mujer delante de ella, me parece un buen trato, porque en ella mato la bestia que hay en mí y sé que en mis ojos, después de ella, el deseo estará dormido y veré con el desinterés y el cansancio del alma la belleza de otras mujeres.

Cuando ella partió de casa dejó en la sábana su olor a lechuga y a vino tinto. Se fue sobria de mí. Ignoró que mi mirada era de vino. No quiso embriagarse por establecer los acuerdos, el contrato para la entrega de su animalidad. Cuando yo había saciado mi apetito, había hecho las pases con el animal que llevo dentro, antes de firmar con un beso el contrato.

Ella no vio que había en mis ojos un bar, una mesa, dos sillas vacías, dos copas de vino y una canción de fondo, Contigo de Joaquín Sabina . Se fue, pero dejó en la cama, que es un desierto, su recuerdo como agua, como vino, para seguir emborrachándome.

Domingo. Otro domingo. El único día amargo y rojo. El día de la carne. Como siempre me desperté a las 10:30 de la mañana y le hice el almuerzo a mi hermanita. Pero quise hacer de ese acontecimiento algo distinto. No heroico sino distinto. Así que fumé marihuana y salí a llevarle el almuerzo a mi hermana. Quería saber que era llevarle el almuerzo a mi hermana en ese estado. Quería enojarme con el sol con argumentos porque no me gusta que me laman. Me ofusca el calor. He asociado el calor con el embarazo y la reproducción en masa. Y por estos días prefiero un Sida a un hijo.

Estaba solo y no quería soportarme en el mundo. No quería soportar el sol. Pero fue una experiencia buena. Al fin y al cabo buena.

Salí de casa y compré un cigarrillo Boston. Estaba tranquilo. Levitaba. Iba en el aire. Pero me cuidaba. No quería que nadie me sorprendiera en el aire. No es sano volar por estos días. Te pueden acusar de paraco o guerrillero o político o poeta o vago o violador… Y no quería caminar, para eso me había trabado.

El sol me quemaba el cuello. Pero ya no me importaba el sol. Mi actitud de murciélago se había rendido ante ese monstruo de luz. Igual, el sol estalla, encandila y hace felices a los más ciegos. Fui feliz levitando y con el sol lamiéndome el cuello, quemándome la piel.

Entré al atrio del pueblo. Ya sí lo hice caminando, consciente de mis pies. Como van a remodelar el parque los venteros lo invadieron. El parque es un pequeño centro comercial, de los de más baja categoría.

Las carnicerías están al lado de las verdulerías. El campesino sobre un costal exhibe su mejor yuca, la que arrancó el sábado en la tarde de su huerta casera.

La plaza de mercado huele a tierra. Huele a pantano reseco la plaza de mercado un domingo a medio día. Aunque más bien huele a todo y nada. El pantano es cosa mía. No hay olores definidos. El aroma de la cebolla sobrepasa el olor de la carne y el de la carne sobrepasa el olor de la naranja y de la naranja sobrepasa el olor del tomate y el del tomate el de la papa y el de la papa el de la yuca y el de la yuca ninguno. Pobre yuca. El campesino tiene que gritar. ¡Yuca fresca, mírenla! para que se percaten de ella. La yuca es demasiado tímida para dejarse vender. En cambio la carne es otra cosa. La carne hace fuerza, se enrojece y refresca su color. La carne muestra su mejor color ante el padre que le enseña al hijo como comprar carne. Porque a la vez el hijo a su hijo le enseñará a comprar carne, porque la carne es su sustento. Así es que se ha enseñado. Pero la yuca no. Ésta trata de esconderse todo el tiempo. Se tira tierrita encima y con las horas empalidece. Intenta confundirse entre el pavimento y el aire. Le teme al reconocimiento porque es un atajo al olvido. La yuca no quiere ser reconocida. Le aterra la idea de que como a la carne la utilicen para llenar los congeladores de las neveras. Y que una madre sienta que sin carne en la casa no hay mercado, no hay nada, se aguanta hambre. A la yuca le gusta el anonimato. No es vanidosa. Sabe que la vanidad la convierte en parte del sancocho. La vanidad la mata, le cambia la apariencia.

Llegué al supermercado donde trabaja mi hermana. Entré como pude, le entregué el almuerzo e intenté salir rápido. Tenía miedo. Debía comprar media canasta de huevos. Me sentía mal. No quería que descubrieran mi honradez. Los huevos valían 2.350 pesos y yo solo tenía 2.350 pesos. Me asustó que de pronto la cajera, que no era mi hermana, registrara más y yo no supiera que decirle.

“Perdone usted, es que pensé que valía 2350 pesos y eso fue lo que traje. Atienda al que sigue, yo dejo lo huevos”. Pensé que era una buena respuesta, en caso de peligro. Era una buena A bajo la manga.

Le entregué la plata a la cajera. Ella la contó. Mientras pasaba las monedas de 100 y 200, la de 500, la de 50, la de 200 y la de 100 y las sumaba al billete de mil, pensé que los huevos valían 2.500 y por 150 pesos tendría que salir avergonzado de no tener 150 pesos de reserva.

- Señor, le sobran cincuenta pesos, hoy los huevos están en promoción, me dijo la cajera.

Sonreí, y como ya tenía los huevos en las manos, dije gracias y partí. Al pasar por la caja registradora en que trabaja mi hermana le hice señas y me despedí. Salí del supermercado con 50 pesos. No me servían de nada. No me alcanzaba ni para un cigarrillo, pero no los arrojé a la basura, para algo te debían servir 50 pesos, así fuera para que me humillaran o para tirárselos a la yuca.

De nuevo paso por la plaza de mercado. Detalle que había pasado de largo, la música. En la plaza de mercado suena música parrandera y carrilera. Esa música crea una atmósfera distinta. Allí, perfectamente, el campo le arrebata al concreto (la civilización) el aburrimiento y lo convierte en sonrisa. Se siente bien estos lugares cuando tenes el alma empedrada con hojitas y tronquitos, cuando tenes alma de campesino.

Llegué a una tienda. No quería llevarme los 50 pesos para la casa, ni para un cigarro me alcanzaban. Pedí un confite. Una morena gordeta, de ojos desviados, porque mi compra era muy mala, mandó a su hijo a que me atendiera. El niño sacó de un frasco, redondo, de plástico, de entre una gran variedad de confites, una menta y un chicle motita. Él se destapó la motita, se la llevó a la boca, la mordió y cerró sus ojos. Se tomó su tiempo. Luego se acordó que yo existía y me dijo que con mucho gusto señor. Metí la menta en el bolsillo y me fui sin despedirme.

En casa pensé que debería escribir. Miré los árboles, escuché la cañada y busqué en el paisaje un pájaro. De entre una hoja de plátano salió un toche, voló y se alejó de mí. Sonrío. Recuerdo la invisibilidad de la yuca. Me identifico con la yuca. Me gusta la personalidad de la yuca. Y escribo como si ya supiera que escribir. Como si yo fuera una yuca. Como si ya supiera que escribir.

Te penetré odiándote. No te hice el amor. Te hice un asesinato a seis asaltos. Te odié con furia y amor.

El primer odio fue con ternura. Te toqué, fumé marihuana y bailé desnudo. Fui un caballo brioso e indomable por la planicie de tu cuerpo.

El segundo fue religioso. Entré en ti a profanar a Dios. Lo encontré entre tus piernas y me fui contra él a apuñalarlo. No me importó ser una hormiga. No fui consiente de mí fragilidad.

El tercero fue literario. Te leí algunos de mis textos. Me conté ante ti. Te puse un hombre al alcance de tus oídos. Luego, mi verga fue un lápiz que escribió en tu vientre: te odio.

El cuarto fue bohemio. Fumé más marihuana. Fuimos a un bar. Bebimos cerveza. Bailé solo porque me importaron más los amigos. No te quise besar en público. Borracho me llevaste a casa. Y te violé porque no te querías dar cuenta de que había anochecido y era necesario dormir.

El quinto fue mañanero. Me sentí mal por los dos. Antes de decirte buenos días te cabalgué dormida. Quería cerciorarme de que estabas viva para volver al intento de matarte.

El sexto fue amor. Te besé lento. Te toqué con todos los dedos. Chupé tu pezón izquierdo y me supo a chocolate y olvido. Traté de robarle a tu corazón algún latido. Ya no quise matarte. Te abracé desconsolado y triste. Me dieron ganas de llorar. Quise meterme en ti y quedarme como un microbio pegado a tu cuerpo. Y te miraba y te miraba sin palabras en la cabeza porque te habías muerto

La niña es la perrita de la casa. Es una fresh puddle que en la familia es más importante que yo.

La excusa de mi madre y mi hermana es que la niña es una animalito y depende de nosotros. Sino le damos comida se muere de hambre, sino la inyectamos se llena de perritos, sino la consentimos se muere de tristeza y necesitaría un psicólogo porque la depresión canica es una enfermedad mortal, sino la mal criamos se muere de encierro porque ella entiende otra lógica y por eso puede hacer lo que le venga en gana.

Es terrible cuando un animal se humaniza y se le trata como si fuera un humano. La niña lleva con nosotros unos siete años de humana. La miman, le traen cositas, le hablan, duermen con ella. Es como otra hija de mi madre. La niña tiene un lugar en la familia que no ha pedido. Ella llena una carencia de afecto, una incapacidad de amar a un semejante. Porque en la casa, mi madre, mi hermana y yo tenemos problemas con el amor y los afectos, y así como otros canalizan sus traumas afectivos en un gato, un cocodrilo, una ex-novia, una iguana, un conejo, un caballo, un amigo, un televisor, un vibrador, nosotros lo hacemos en una perrita.

El caso de la niña no es del otro mundo. La mayoría de las familias ven en sus mascotas la realización de muchos afectos reprimidos. Basta con escuchar el nombre de sus mascotas: Mateo, Camilo, Jesús, Lucas... y niña.

La niña es grosera y me ha hecho la vida imposible. Desde hace unos tres años nos odiamos y nos queremos sin medida.

Una vez intenté matarla, cuando eso trabajaba en un supermercado, había llegado a la casa cansado y con ganas de matar. Hay días en que uno quiere matar. Somos violentos por naturaleza. Los humanos somos una especie sensaciones y contradicciones. Estamos vivos en la medida en que sintamos. Por la sangre nos corre la guerra. Hacemos la guerra y buscamos la paz con más guerra, con la eliminación del otro. Bueno, amanecí en mí de asesino y llegué a la casa. La niña ladre que ladre. Le grité que se callara. Ladre que ladre. ¡Cállate! Ladre que ladre. ¡Cállate o te mato! Ladre que ladre. Al parecer me estaba ladrando a mí. Ladraba para sacarme de control. Ladre que ladre.

Salí y fui a una farmacia. Compré un frasco de mata ratas. Volví y la niña estaba en una silla mirándome. Empezó a ladrar de nuevo. Ese ladrido se me metía en la cabeza y me ofuscaba, me desconectaba algo. Me dolía esos ladridos. Me sentía de cortocircuito. Ladre que ladre. Me llevé las manos a las orejas. ¡Cállate demonio!

Recordé las veces que la niña me despertaba a las cinco de la mañana. Ella se hacía al lado de la cama, justo en la cabecera, y ladre que ladre. O cuando se subía a la cama, trepaba hasta la almohada y ladre que ladre. De un salto la niña se tiraba de la cama y se iba para la cama de mi hermanita. Como si cada acto fuera conciente y lo hiciera adrede. O las veces en que estaba encerrado en mi pieza leyendo. No quería que la niña me molestara con sus ladridos. Pero empezaba a rasguñar la puerta y a chillar. Me conmovía y abría. Me miraba como si realmente me necesitara y no fuera capaz de estar sola. Se echaba bajo la silla y se dormía. Al rato empezaba a roncar. La movía para que se despertara. Me gruñía. Volvía a roncar. La movía e intentaba morderme. Luego dejaba de roncar pero empezaba a peer. Tenía que irme de la pieza.
Recordé todo eso y otras cosas y fui a la cocina, saqué un pedazo de carne, le eché veneno y se lo tiré. La perrita se lo comió y me lamió las manos. Me sentí mal. La abracé y le di un beso. La niña me lamió la cara. La solté y siguió mirándome. No dejaba de mirarme. Míreme. Me sentí mal. Me dieron ganas de vomitar. Fui a la cocina por un tarro de aceite. Tomé a la niña, le abrí el hocico y le vertí el aceite. La niña se retorció y chilló hasta que vomitó. La bañé, la besé, le pedí perdón, la saqué a pasear y prometí no hacerle nada malo.

Las cosas iban bien. Hasta la perrita y yo habíamos hecho las pases. Hasta había dejado de ladrar y peer en mi pieza. Pero hoy ha vuelto a lo de antes. Me despertó a las seis del mañana. Luego me destrozó unas hojas de una novela que empecé a escribir. Dejé que destruyera las hojas, me hacía un bien. Después ladre que ladre. Ladre que ladre. ¡Cállate! Ladre que ladre. ¡Qué te calles o te tiro por la ventana! ladre que ladre. ¡Sino te callas te mato! Ladre que ladre.

Desistí de la batalla. Decidí irme a caminar y despejar la cabeza. La niña sabe que soy incapaz de alzarle la mano. No mato una mosca. Así que ella ladra y yo grito que se calle. Pero, tal vez, ella hace lo mismo que yo y grita que me calle, que deje de gritar, que mi voz es muy fea y la intranquiliza, que mis gritos se le meten al cerebro y le desconectan algo, que si sigo gritando me va a morder, que si no dejo de gritar una noche de estas me arrancará el corazón de un mordisco, que ya sabe como hacerlo, que ya lo ha intentado varias noches pero no lo ha hecho porque me quiere y le gusta que yo la mime.

Camino. Pateo piedritas de impotencia. Una piedrita, dos piedritas... La niña está en casa esperándome. Tres piedritas, cuatro piedritas. No soy capaz de matar una mosca así tenga la cabeza llena de impulsos macabros. Cinco piedritas, seis piedritas. Guau, guau, guau...
Hay cosas que no entiendo, y por eso mismo me desconciertan. Voy a contar una de tantas cosas que me pasan y aún ummmm… no sé.

Una vez venía en el bus hacía Girardota. Eran eso de las seis de la tarde. Esa jodida autopista a esa hora es un desastre. Hay trancones. La gente con zorra, mal aliento… El estrés se respira. El calor, el bochorno te hace insoportable el viaje. Queres convertirte en asesino y matar a todos los que huelen feo. Pero nada, te aguantas la rabia.

Había descubierto un método para tal tragedia. Era un juego, que muchas veces, me hizo corto el viaje. La cuestión era sentarme en una silla x, cerrar los ojos, hacerme el dormido. Imaginaba, siempre, que la persona que se sentaba a mi lado era una mujer (paradójicamente hermosa). Hacia la operación en la imaginación. Casi siempre se me sentaba un man, gordo, grasoso y me agredía con su tamaño y presencia. Pero cuando se me sentaba una mujer era otro cuento.

Sentía que era mujer por su olor. La olía y no abría los ojos. La olía para cerciorarme de no ir a cometer un error imperdonable. Olía de nuevo. Casi siempre olía a manteca quemada mezclada con jabón Neko. Entonces, cuando el olor era inconfundible, empezaba el juego. Siempre he creído que se puede pasar imágenes eróticas a otra persona con un roce de mano o de brazo. Imaginaba que besaba el cuello de la mujer y de una, por mi debilidad, la cremallera se abultaba. Una imagen tras otra. Curiosamente, me olvidaba de los ojos. La cuestión era sentir.

Ese juego lo hice muchas veces. La clave era el olor. Infalible el olor. La mujer huele diferente al hombre. Su olor a mamífero es menos fuerte que el del hombre porque ella sufre más. El hombre respira como tractor, la mujer respira como sin respirar, como si fuera un acto acrobático. El hombre se sienta y agrede el espacio, la mujer se sienta y se acomoda como una ficha de un rompecabezas. El hombre huele a caca de sapo con un poco de vaselina y leche de vaca y pantano, la mujer, ya lo dije.

Solo dos veces tuve éxito. Una, mierda, una señora empezó a moverse, a búscame, a respirar raro, a tocarme con la mano la rodilla. Me asusté por qué no creí que esa locura funcionara. No imaginé que lo de las imágenes eróticas fueran efectivas. No estaba preparado para responder a la efectividad de mi experimento. Abrí los ojos y era una señora divina. Ella también abrió los ojos y me hizo malacara. Se paró del asiento y se sentó en otro. Se ofendió porque yo quebré el hechizo, la complicidad del juego. La vi dormida en otro asiento buscándole el lado a otro.
Luego, días más tarde, volví a sentir que otra mujer respondía a mis imágenes eróticas. Me comprimía y era como si la imagen bajara de la cabeza, pasara por el cuello, descolgara por el hombro y de mi codo brincara al codo de ella y la encalambrara. Ella también empezó a moverse y yo con ella. Aprovechaba cada curva de la carretera para buscarle el lado. Sabía que si abría los ojos se rompería el hechizo. Toque que toque, imagen tras imagen, respiración tras respiración. De pronto, válgame Dios, sentí unos labios en los míos. Pero fui un valiente porque no abrí los ojos. Sentí el beso. Cuando terminó abrí los ojos y vi una mujer bajarse del bus. Cuando arrancó, ella, parada en la calle, se despidió con la mano. Era joven y morena y delgada. No la volví a ver.

Después de eso no volví a hacer ese juego. No sé bien por qué, pero esa mujer, la que me besó, me imposibilitó para emitir mis imágenes eróticas. Quede medio y triste. Estoy lleno de ausencias.

E intentado hacer el juego en otras rutas. Pero nada. Lo mismo. Siento como el beso de no sé quién, de una fantasma, me sube a los labios y me despierto y abro los ojos. Hasta le escribí unas líneas por si me la encuentro algún día:

“Me diste un beso araña. Un beso con ocho patas. Lo sentí en ocho partes al mismo tiempo. Me diste el beso de las ocho ausencias. Me dejaste el misterio como una red”.

Pero nada. Así son las cosas. Para mis tomentos otro tormento.

Una mujer de cuarenta años, gorda y rezandera por todos lados, fue encontrada muerta, en su cama, sin una gota de sangre. En el cuello, en la yugular, tenía un puntico rojo, como una picada de zancudo. Los médicos y las autoridades desconocen las causas de la muerte. Aunque todo el pueblo sabe, lo rumora, que la mujer soñó con Dios.

Acabo de llagar a casa. Me acuesto en la cama de mi madre. Estiro los pies. Es sábado a las dos de la tarde. Es un día y una hora en que no hay mucho que hacer. Miro los pies, mis dedos deformes y sonrió. Miro la TV. Tengo frío. Estoy tan solo que quiero aburrirme, así siento algo, y sé que para aburrirme basta con ver el canal de RCN.

La pantalla se enciende. Primero se torna gris, pigmentada, como una lluvia de granizo. Luego se aclara y aparece, progresiva y lentamente, la cinta “Los Ángeles de Charlie”. ¡Mierda!

No sé porque veo la película. No quiero verla. Sé que es malísima y boba, pero me quedo viéndola. ¡Cárajo! (el carajo con tilde me parece que tiene más estilo. Además, la sílaba cá da un brinquito en los labios que me gusta). Sé que estoy perdiendo el tiempo, pero, a la vez, no quiero hacer nada para remediarlo.

Sé que el argumento de la cinta es para bobos. Basta con ver esos numeritos de baile que no tienen nada que ver con el argumento, que solo sirve para exhibir traseros y pechos. O las parodias cojas de otras películas o series, ejemplo: CSI’s o se oye Flashdance. Aún sabiendo eso, sigo viendo.

Las escenas de acción en las que se ve a las tres chicas y a los malos no se las cree nadie. Pero las veo y me asombran. Eso de que saltan desde una presa con un camión (que casualmente lleva un helicóptero en el maletero) y consiguen poner en marcha el helicóptero, subirse todas a él y volar antes de darse contra el suelo. ¡Qué mierda tan jodida!

Son injustos, para un espectador, ver los saltos imposibles de esas chicas que desafían todas las leyes de la física sin que se les parta el coño. O que aparte de bobas y elásticas y bellas y retefollables uno crea que son inteligentes. Pues de la nada, de obra y gracia de Joseph McGuinty Nichol (director), poseen una habilidad sorprendente de deducción, que ni los del CSI juntos ni Sherlock Homes con todo el opio pueden igualar. Es que deducen que una mancha de aceite en el traje de una mujer atropellada, pertenece a un 4*4, del que sólo hay modelo y cuyo dueño es el vecino de la muerta. Uno se queda con la boca abierta. En fin, la cinta los Ángeles de Charlie, ni para aburrir sirve.

Otro punto, es la construcción de los personajes. Desde el nombre de las chicas se falló en la historia de la película. Nath, Dylan, Alex (Cameron Diaz, Drew Barrymore, Lucy Liu). Nombres inapropiados, ambiguos, muy masculinos, pensados tal vez, como para justificar el trabajo de las muchachas, que es imposible de imaginar en cuerpos tan frágiles.

Esta película, dirigida por un tal McG (Joseph McGuinty Nichol). En el año 2003. Hace parte de una racha de cintas en las que Hollywood acusa cada vez, no sólo su falta de nuevas ideas sino también una inusitada ineficacia para contar historias, y para ello, refritan series televisivas de décadas pasadas: Batman, The Brady Bunch, Los vengadores, Misión Imposible, Perdidos en el espacio, Mi marciano favorito, Jim West, Maverick, El fugitivo, El Santo, Los Beverly Ricos, Los locos Addams... y están pensado en llevar a Barney al séptimo arte.

A la película la afecta bastante que el director, McG, haya sido hijo de la publicidad y de los vídeos musicales. Cada secuencia es como un videoclip.

No sé como acabé de ver la película. Confieso que queda uno con una sensación extraña de haber visto nada. Tal vez eso era lo que quería. Ser un agujero negro un ratico. Creo que hay que ser inútil un ratico. Vi la película y quedé en blanco ni siquiera aburrido.

Se termina la película. Cambio de canal. Nada. No sirvo para ver televisión. Apago la Tv y me quedo mirando el techo. La perrita ladra. Intento buscar un zapato y reventarle el hocico, pero no tengo alientos de mover la mano. La dejo ladrar. Sigo mirando el techo. Suena el teléfono. No contesto. No quiero hablar con nadie. Trinnn, trinnn, trinnn...

Trinnn, trinnn, trinnn... Otra vez el teléfono. El maldito télefono. El puto teléfono. Y para no escuchar más ese aparato contesto.

- ¡Aló! Funeraria el agujero negro, en que podemos colaborarle

- Aló. ¡Aló! ¿Con Camilo?

- Sí, con él

- Habla con Héctor, ¿Qué hubo hermano? llamaba a saludarlo. ¿Usted no cambia? Y ¿Qué hace?

- No... ehhh… nada interesante. Acabo de decepcionarme otra vez. Vi los Ángeles de Charlie para aburrirme y no me aburrí. La verdad, no soy critico ni poeta ni escritor ni cuentista ni nada, pero esa película es ¡Un fiasco! Me hubiera gustado más ver en el canal 63 ó 62, de Cable Unión, entre las rayas del canal, los cuerpos curvos, de una película porno. Por lo menos me hubiera dormido agotado y débil.

- Ah… Eso suele pasar. ¿Qué tal si esta semana voy a Girardota y nos tomamos una cerveza?

- Claro hombre. ¿Por qué no me llama al celular?

- listo.

- Suerte.