Hay cosas que un hombre debe hacer para ser digno de tal apelativo.
La primera es irse de la casa. Renunciar a las seguridades de la madre, de la familia. Renunciar a las atenciones, a que la mamá le lave los calzoncillos, le haga sopa de fideos los miércoles, le tienda la cama, lo trate como un retrasado mental, le ponga babero para que no se chorree frijoles en la camisa, le diga el niño de la casa, le muestre el mundo como un idilio y no como un campo de batalla.
Hay que huir de la casa. Saberse uno en el mundo. Porque el amor de madre, cuando es sincero y entregado y desinteresado es como un par de zapatos estrechos. Porque te gusta el par zapatos, tus únicos zapatos. Además son los zapatos de moda, no te importa que te queden estrechos. Con tal de no ir descalzo y no ser juzgado por tus callos y los dedos deformes. No importa que los zapatos te tuerzan los pies, te jodan los puentes, te quiebren los dedos y no podas caminar muchas distancias porque no te aguantas los jodidos zapatos. Así el amor de madre, no te jode el pie, pero si te oprime los sueños, que es peor. Te quiere tanto que te sentís culpable de irte, de quedarte, de no hacer nada, de hacer algo. Y por una gratitud que no estas obligado a agradecer, te quedas en casa mientras los sueños se te van marchitando, las ideas se van torciendo, el corazón se va arrugando sin satisfacciones. Por eso hay que irse de casa. Entre más rápido mejor.
Bueno, siento que es importante irse de casa, pero, irónicamente, vivo con madre. Tengo esa idea loca de que ella es la primera mujer que me dio la vida. Ella y mi hermana. Tengo dos mujeres en la casa para aprender de ellas. Así que las trato como novias. Aclaro, las trato, no las toco como novias. Creo, que de alguna forma, la mujer que se encarte conmigo y le den ganas de estrellarme contra la pared con un taburetazo porque decidí escribir a hacerle el amor, en algún momento, cuando se acabe la magia del cortejo, la trataré como traté a mi madre o a mi hermana.
En fin, aun no me voy de la casa. Pero se que debo irme, tarde o temprano, volverme a ir.
Lo otro que debe hacer un hombre es matar a los ídolos. Renunciar a la idea de Dios en todas sus posibilidades. Nadie puede pretender salvar a nadie sino se ha salvado así mismo. Es como si uno buscara en el otro amarse así mismo.
Hay que matar las influencias, los autores que nos gustan, los amigos que admiramos, los discursos que nos deslumbran. Hay que olvidarse hasta de uno mismo. Reinventarse desde el dedo meñique hasta los dientes. Decirle a Dios: Qué sabe que hermano, usted existe y los es todo, está en todo, pero sabe qué pelao, yo no estoy con usted en todo. Suerte que lo vi. Hasta la vista Dios, tengo cosas más importates que pensar en usted, como mirar las nubes, pensar en el entrepiernado de … uhhhhh… mejor me callo, como solucionar mi huida de casa, como irme de todas las seguridades y adquirir la soledad como una enfermedad venérea. Irme a algún lado, así sea a la muerte, pero irme y aprenderme en la lejanía.
Los ídolos nos joden la existencia, la psiquis. Nos metemos en situaciones que no nos pertenecen. Prestamos argumentos de otros tipos para solucionar nuestros problemas. Como si la vida fuera un ensayo y la puesta de sol una cita de Montaigne o la mirada de una mujer un verso de Pedro Salinas. Como si uno fuera solo un experimento de gelatina permeable a todo, menos así mismo.
Irse y aprender a decidir. Irse y sentir los rugidos del hambre. Irse y verse sin rumbo. Irse y esconderle la cola al diablo. Irse y descubrir que Dios es una farsa. Irse y destetarse del amor de madre. Irse y aprender a llorar. Irse, irse, irme, irnos. Irse








