Crearme, recrearme, vaciarme, hasta que el que se vaya muerto, de mí, un día, a la tierra, no sea yo...

Juan Ramón Jimenéz


La importancia de no ser tan apuesto como uno se imagina

>> sábado, 17 de enero de 2015



Recuerdo que de adolescente, la época más complicada de mi vida, donde fui una especie de orangután extra-delgado y extra-tímido me la pasaba con un espejito, como muchos otros, imaginando cómo sería si tuviera los ojos azules, el cabello liso y brillante, una piel blanca, un discurso fluido y un montón de muchachas llamándome a mi casa para invitarme a un helado.

La necesidad de sentirme aceptado me llevó a buscar un montón de sensaciones estériles. Ubico la esterilidad en el postulado de este tiempo de creer que somos imagen, momento, impulso, placer. Nos hemos creído la tonta idea de que vivir bien es otorgarnos la mayor cantidad de placeres disponibles como si en esa fugacidad de los sentidos se encontrara las respuestas a nuestra individualidad. Pero no, sucede lo contrario. Al final, cuando nada, por más que se intente, satisface los sentidos, se siente la existencia como una herida. Una herida que no se cura con pomadas faciales, con sexo día por medio, con ingerir alcohol hasta la cirrosis, con ser un catador de químicos y drogas, con sentarse en un bar en espera de que el idilio llegue y nos salve de nosotros mismos. Entonces duele vivir porque no hay experiencia de vida. Duele vivir porque no hay nada duradero que permita el arraigo y la posibilidad de crecer desde lo que somos y no desde lo que proyectamos. 

Vamos por la vida con un montón de credos ajenos. Tragamos entero y aceptamos que la única forma de vivir es la que nos enseñan quienes se temen a sí mismos. Esto es una idea muy pobre de la existencia. En algún momento hay que verse la cara y eso es suficiente. Con que un ser se escuche evita ir como muchos a la peluquería, hacerse el mismo corte, frecuentar el mismo bar, hablar las mismas cadencias discursivas de los otros y lo peor, hacer de la desidia una especie de afrodisiaco que paradójicamente a veces funciona, pero al final se derrumba.

Unos años después, ya un poco más resignado a mi apariencia, a mi piel trigueña, a mis ojos grandes de párpados caídos, a mis entradas pronunciadas, a mi resistencia a las reuniones sociales, a mi desgano por la vida de los otros, a mi indecencia de no quedarme donde no quiero, a mi intolerancia de escuchar la historia que no me interesa, a mi incapacidad de estar con más de una mujer al tiempo, entendí que no soy de esos hombres que pasan por una calle y roban miradas ni esos que van a una fiesta y casi siempre consiguen una amiga que olvidan por otra. No lo soy porque mi naturaleza es más reposada y necesito grandes cantidades de silencio y soledad para estar en paz conmigo mismo. Esas dosis de mí que ya son un hábito me permiten cantar y sonreír, incluso cuando todo parece derrumbarse.

Entendí, con el tiempo, que los fracasos lo van llevando a uno a donde debe estar. Y fracasé en mis intentos de ser otro. Por ello, no tuve más remedio que mirar más allá de lo que creí que era. Es decir, mi imagen. Por tanto puedo decir, sin ironía, que agradezco de corazón a todas las mujeres que no me hicieron caso. A ellas debo la independencia emocional que he adquirido. Entendí que lo mejor que me pudo pasar fue no tener grandes atributos físicos porque me vi en la necesidad de saber más de mí, de lo que hay dentro, de lo que fluye como una fuente inagotable y me da la seguridad de que la salud, lo sé por experiencia, hace bello al más feo. Tampoco soy el más feo, pero si soy de los hombres más saludables que conozco. Y la salud no es un estereotipo de belleza: Es una seguridad que se trasmite en la mirada, en el donaire al caminar, en la capacidad de ser autosuficiente con lo que se es. 

En estos últimos meses me he sentido más observado de lo necesario. Atribuyo este fenómeno al hecho de proporcionarme grandes cantidades de bienestar. Al sentirme propio me imanto y soy más que el espectáculo de la imagen. 

5 comentarios:

Nada más importa sábado, enero 17, 2015  

Durante mucho tiempo sufrí y padecí lo mismo, aunque de verdad, no había ni hay nada de malo en mi apariencia.
Conforme paso el tiempo, entendí que tenia que saber observarme como corresponde y no como creía que lo hacían otros.
Las cosas fueron fluyendo solas y así, de a poco conocí mi yo mas intimo y supe que tenia y necesitaba aceptarme.
Nunca sufrí un rechazo en cuanto a eso, al contrario, tuve solo uno que me marco para siempre, pero fue por otros motivos que no vienen al caso.
No se si agradezco a quienes no me hicieron caso en su momento, aunque si lo pienso si, porque de otra forma no estaría donde estoy ni tendría la realidad que tengo.

Espero estés bien.

Juan Camilo sábado, enero 17, 2015  

Nada más importa

Gracias por su comentario. Me alegra leerte. Sobre todo por atreverte a contar algo tuyo, tan íntimo, en tus líneas. De eso se trataba, de elaborar un texto que tocara un poco al otro, pero más que al otro,era tocarme. Pues hace muchos textos no me atrevía a pensarme en una realidad circundante. Espero que estés bien. Un abrazo y bello fin de semana.

Ana Milena Agudelo Echeverry jueves, enero 22, 2015  

Muchos nos identificamos con este escrito, y después de ser madre, me siento la mujer mas bella.

gracias

me encanta leerte Cami.

Ady Alonit jueves, enero 22, 2015  

Pues...yo creo que todos de una forma u otra hemos pasado por ese hermoso despertar...y los que no han tenido esa dicha,es una lástima,lo describes humanamente hermoso...aveces creo que yo pasé de igual forma,lo descrito,pero al revés! puedes creerlo?no,sé si me entiendas.

Juan Camilo sábado, enero 24, 2015  

Ana Milena
Me alegra lo de tu maternidad. Es un milagro eso que vives.

Ady Alonit
El reverso de las cosas es otro camino, al final, si es lo que se está buscando, se llega a lo mismo. Muchas gracias por su comentario.

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Cada palabra es un conjuro para espantar la soledad

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