Crearme, recrearme, vaciarme, hasta que el que se vaya muerto, de mí, un día, a la tierra, no sea yo...

Juan Ramón Jimenéz


El músico

>> domingo, 4 de enero de 2015



- Me llamo Martín y he sido un desgraciado
- ¿Por qué te crees desgraciado? -Respondió Jorge, un anciano músico que lo había visto varias veces sentado en la misma cafetería, a la misma hora.
- Porque hace años rondo el fantasma de una mujer que amé. Ella me dejó por otro hombre más adinerado ya que  mi música no era suficiente. Con su partida también se fue la música.
- Ah, ya veo. ¿Y si haces el intento de volver a tocar?
- ¡Imposible! Quemé la guitarra y he permanecido en silencio desde entonces.
- Bueno, pero puedes considerar, ya que eres músico, que una pausa hace parte de la canción y no es la canción entera.  -Dijo Jorge después de hacerle una seña a su interlocutor para que lo siguiera.
- ¿Qué es esto? -Repuso Martín al ver varias guitarras dispuestas en una habitación amplia y confortable.
- Son guitarras. A veces me siento a verlas y a veces solo toco y siento que la música es un lenguaje que trasmite más  allá de las palabras. Desde hace una década vengo aquí y le canto a mi difunta María. Sé que no está pero sospecho que donde quiera que esté ella me escucha. La música es como la alquimia, la combinación de los acordes indicados, la emoción sincera y la posibilidad de vibrar con la voz los latidos del corazón permite sonidos insospechados que me otorgan un vacío aterrador, pero a la vez necesario. Un vacío sin principio ni final. Un vacío que me hace olvidar de lo que soy y sueño. Entonces es cuando sucede que me siento observado por el vacío y la música es paisaje, es lo que me permite no sentirme desgraciado. ¿Quieres intentarlo?
- Bueno. -Martín cerró los ojos y los dedos volvieron al diapasón, a los acordes... y poco a poco, la habitación empezó a llenarse de mariposas blancas y una luz que encandilaba. 

A los minutos tocaron a la puerta. Jorge abrió los ojos y se sorprendió al estar solo. Puso la guitarra a un lado, algo molesto, porque lo habían interrumpido. Ante sus ojos apareció una mujer de unos cuarenta años, con varias lagrimas en los ojos, muy bien vestida. 

- Señora en que le puedo ayudar.
- ¿Dónde aprendió la melodía que estaba tocando?
- ¿Por qué lo pregunta? -Repuso Jorge, algo extrañado y con cierto terror que disimuló como pudo.
- Mi señor, hace años me enamoré de un músico, Martín, quién me compuso muchas canciones, pero la que usted tocaba él me la recitó antes de pedirme matrimonio. Me negué. Eran joven y tenía miedo. Él enloqueció. Durante noches salía a tomarse un café y a fumar en una cafetería en el atrio. Después, lo encontraron ahorcado. Por eso, cuando pasaba por la calle y escuché su melodía me conmoví hasta el llanto.

4 comentarios:

maduixeta domingo, enero 04, 2015  

Ups! no me esperaba este final, la historia es preciosa.
felicidades!

una lluvia de besos

Juan Camilo lunes, enero 05, 2015  

Maduixeta
Gracias por su comentario. La idea era esa, que el final fuera inesperado.

Un abrazo

Nada más importa jueves, enero 08, 2015  

Como siempre, muy bien escrito y con un golpe que nadie espera, que da el final.
Aunque injusto le queda bien al texto.

Juan Camilo viernes, enero 09, 2015  

Nada más importa
Una alegría su comentario. Un abrazo para el próximo.

Publicar un comentario

Cada palabra es un conjuro para espantar la soledad

  © Blogger template Simple n' Sweet by Ourblogtemplates.com 2009

Back to TOP