Crearme, recrearme, vaciarme, hasta que el que se vaya muerto, de mí, un día, a la tierra, no sea yo...

Juan Ramón Jimenéz


Jardines

>> jueves, 5 de septiembre de 2013


Ella se recuesta en una silla. Lo primero que hace es echarse un aceite de esencias florales en la piel. Luego se pone un sombrero y unas gafas oscuras. Se queda, casi desnuda, recibiendo el sol por más de dos horas. Sus senos tienen un tono rosado con bordes verduscos; sus piernas largas, con algunas tunas, se abren un poco. En ese momento se escucha el silbido que produce las hojas de la caña de azúcar al tocarme. Ella empieza a suspirar. Comprimo todos los músculos y me dejo ir en una corriente de aire hacía su cuerpo. Siento su calor y su respiración agitada se parece al silbido las hojas de la caña de azúcar. Me deslizo por sus labios, mejillas, cuello... Ella abre la boca y pasa la lengua por sus labios dejando caer un pétalo húmedo. Hago un giro de 90 grados y recojo el pétalo. Con su olor a rosa voy feliz a recorrer otros jardines.

2 comentarios:

Cristina martes, septiembre 10, 2013  

Ese es el encanto que tienen las flores...
Preciosa entrada Juan, te dejo un fuerte abrazo, bella jornada!

Juan Camilo martes, septiembre 10, 2013  

Cristina
Gracias por sus palabras. Es un encanto leerte.

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Cada palabra es un conjuro para espantar la soledad

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