Casi siempre es el miedo de ser nosotros lo que nos lleva delante del espejo.
Antonio Porchia


La pata de gallina

>> sábado, 5 de enero de 2008

Él sintió una piquiña en el tibillo. Descubrió una ronchita. Pensó que lo había picado un zancudo. No le prestó importancia. Se dirigió al baño, se cepilló los dientes, se acomodó el mechón de pelo que le cubría la frente, se vistió y salió de casa.
Él trabajaba de reportero en un periódico local. En la mañana pasaba por las instalaciones del periódico, reclamaba su grabadora, su libreta de apuntes y su cámara fotográfica y salía a hacer su trabajo. A eso de las cuatro regresaba y entregaba el material que hubiese recolectado.
Afuera del periódico compraba un café. Mientras descansaba sintió de nuevo la puquiña. Alzó la bota del Jean y vio que la roncha había crecido. Pensó que por el corre corre del día se le había infectado. En casa con pañitos de agua tibia con sal arreglaría todo. Pagó el café y se dirigió a casa. Abrió la puerta. Tiró la mochila en la mesa. En la cocina puso a hervir agua con sal. El teléfono sonó. Ella, su novia, con la que se iba a casar en pocos meses, le recordó la cita que tenían a las ocho en el bar de siempre. Colgó. Cuando Él iba a hacerse los paños se sorprendió que la roncha le había abarcado todo el pie. Con el agua tibia la piquiña se le hizo insoportable. La roncha se propagó. Le picaba era horrible. Vio que los poros se agrandaban, ensanchaban. Sintió sed. Fue a la cocina y el dolor del pie le impidió ir erguido. A gatas llegó, abrió la canilla y sorbió en un vaso un trago de agua. Se sentó en una silla. Puso el pie encima del otro. Lo soplaba. Quiso llamar a Ella para pedirle ayuda, pero el dolor lo inmovilizó. La roncha le había subido hasta la rodilla. El dolor y la piquiña era algo que él no podía soportar. Se desmayó.
Al despertar, sin abrir los ojos, intentó mover el pie. Se sorprendió al descubrir que su pie no le dolía. Movió el pie y éste respondió. Esperó algún efecto segundario, pero las cosas parecían andar bien. Abrió los ojos y miró su pie. Ya no tenía la horrible roncha. Encontró que su pierna ya no era su pierna. En vez de un pie con tobillo y dedos y rodilla se encontró con una pata de gallina. Su rodilla, su menisco, tobillo y pie eran un tubo amarillo lleno de ranuras. Sus dedos habían desaparecido y a cambio habían surgido tres garras que se abrían como abanico en las baldosas de la cocina. Él se sonrió, se puso un par de medias. Ajusto su pata al calcetín y al zapato. Miró el reloj que había encima de la nevera. 7:30 pm. Aún tenía tiempo para cumplir la cita. Se vistió, se perfumó. Salió de casa.
Durante el camino sentía el pie más ligero, con cierta destreza que antes no tenía. Por un trayecto saltó en un solo pie. Su pata de gallina amortiguaba con gran facilidad y elasticidad el peso del cuerpo.
Ella lo esperaba en un café. Se saludaron. Ella pidió una cerveza y Él una avena de trigo. Ella le sonreía. Él le guiñaba el ojo. Hablaron un rato. Acordaron los preparativos de la boda. Hicieron la lista de los invitados. Él pagó la cuenta y se despidió de su novia.
Camino a casa encontró una tienda abierta. Necesitaba un paquete de arepas y un quesito para el desayuno. Los compró. Encima del mostrador había varías mazorcas exhibidas. Se llevó una. En casa guardó el paquete de arepas y el quesito en la nevera. Lo mismo iba hacer con la mazorca pero decidió llevársela al cuarto. Se quitó la ropa. Vio su pata y la puso sobre una silla. Quería contemplarla. No entendía lo que le sucedía. Tampoco quiso pensar en ello. Se llevó la mazorca a la boca y la desgranó con los dientes. Tiró la tusa al piso. Se metió dentro de las cobijas y se durmió. A la mañana no fue a trabajar. En la tarde sonó el teléfono una y otra vez.Ella se preocupó al enterarse de que él no había ido al trabajo y no le contestaba el teléfono. Él nunca había sido incumplido. Debía haberle pasado algo. Fue a su casa y tocó a la puerta. Nadie le abrió. Ella buscó al dueño del apartamento. Éste tenía otra llave. Abrieron. La casa estaba desordenada como siempre. En el cuarto de él sintieron ruidos. Con sigilo se aproximaron a la habitación. Al entrar se encontraron con una gallina escarbando en la cama. Ella tomó la gallina y se la llevó a casa. Salieron del apartamento. Ella llamó a todos los amigos de Él. No hubo respuesta. Él no aparecía. Ella lloró y maldecía la cobardía de Él. Él nunca apareció y la madre de Ella mató la gallina para hacer un sancocho e invitó a toda la familia.

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