Crearme, recrearme, vaciarme, hasta que el que se vaya muerto, de mí, un día, a la tierra, no sea yo...

Juan Ramón Jimenéz


La pena placentera de escribir

>> sábado, 5 de enero de 2008

En lo único que soy disciplinado es en el ocio. Puedo dar cátedra del ocio. Pero eso compete a otro artículo donde pueda exponer con más libertad mis apuntes sobre el ocio. Aquí, aunque el ocio influye, lo importante es la escritura.
Al escribir es necesario haber sido un tipo ocioso y por mi ocio es que me he detenido a pensar y creer que escribiré sin fecha limite. Tal vez mañana deje de escribir, pero hoy no sé si ese mañana ocurra en cuarenta años o en unos meses. Es algo incierto. En lo insospechado de la escritura está el placer de escribir. Nunca se sabe, con certeza, cuando se es un escritor. Con los días se está más cerca de la ignorancia y el olvido de sí a la sabiduría e iluminación que se le atribuye al escritor.
La cosa es más complicada que solo leer y escribir. Hay que digerir lo leído, extraer lo que hay de uno en la lectura. Luego, por venganza, hay que contar el mundo interno, padecerlo, estar a oscuras con uno mismo. Entonces la prosa y la poesía fluyen como agua. Florecen sin artificios. Es necesario no limitar las perversiones, los miedos, las pasiones, los impulsos a la hora de empezar a escribir. Como quien dice, entre más se desborde más posibilidades habrá en moldearse y encontrarse.
La escritura es un proceso largo y doloroso. Quién escriba debe estar dispuesto a enfrentarse a sí mismo en sus peores estados. Verle la cara a sus demonios y en vez de huirles invitarles a un trago y hablar con ellos. Soportar desánimos punzantes, tristezas de plomo, agonías laberínticas, perversiones sexuales, asesinatos en serie... Porque cada cosa que se conciba en el papel es un pedazo de oscuridad que se le roba al ser, a la esencia, a lo que se desconoce y gobierna los impulsos.
Al escribir se debe aceptar que eres como una barquita de papel en el océano. El viento te arrastra, las olas te golpean, la tormenta te hunde, los truenos te asustan, los peces te muerden todo el tiempo. La idea es que estés perdido el mayor tiempo posible, que soportes los mayores desgarramientos. Cuando puedas soportar todo el abismo y aceptes que estas perdido y que el recuerdo es como una ancla que te precipita al fondo, empezaras a salir del océano. La barquilla que sos, por fuerza del desastre, buscará la playa. Es entonces cuando salís y descubrís que afuera del mar la vida es igual de abismal, pero ya no estas solo y sin que lo busques o lo desees, serás guía de aquellos que no se atrevieron ni se atreven a lanzarse al océano a su propio encuentro. Tus sufrimientos son la claridad de los miedos de otros. Los otros, los más débiles, no sabrán más que idolatrar y procrear.
Por mi cuenta, por el ocio que me he permitido tener, todos los días, mínimo, saco media hora para no hacer nada y disfrutar de la inutilidad del movimiento. A veces me excedo y paso horas tirado en cama, dejándome caer en mí. Después de ese viaje interior me levanto abrumado pensando en la muerte. Pero eso es lo menos que debe esperarse al presenciar su propio abismo. La oscuridad es discípula de la muerte. Decía Montaigne que hay que aprender a morir a toda hora, pensar en la muerte a todo momento, prepararse para morir porque el que convive con su propia muerte no es un ser servil y sumiso.
Yo he tocado parte de mi perversión. A veces me he asustado con lo que concibo de las cosas y agacho la cabeza avergonzado. Pero otras veces dejo que todo lo que imagino se haga palpable en mi imaginación. Cuando dejo fluir mis pensamientos llegan a un punto que ya no se entienden. La conciencia de esas imágenes son fantasmales y sin sentido. La razón entre más se racionalice más incoherente. Al menos en mí así ocurre.
Es común que camine por la calle y vea una mujer bella. Como cualquier otro tipo la miro. Algo en ella me atrae diferente a sus tetas y culo. Algo que forma la totalidad de su imagen y el conjunto de sus músculos y huesos, como una aureola que forma otra figura, una aureola que moldea por encima de la mujer una lengua. Veo a la mujer caminando bajo la aureola de lengua. La aureola pasa, lentamente, de ser traslucida y reflexiva a ser pegajosa, babosa y rosada. La mujer es absorbida por la aureola y se convierte en una lengua gigante que camina en frente mío. Me estriego los ojos y sigo viendo la misma mujer. Pero la lengua me atrae y deseo que se voltee y quede en frente mío y me escupa, que todo yo sea una baba pegada a la lengua gigante entregado al gusto de las cosas.
También al escuchar una canción he sentido que no escucho la canción sino que veo la canción. Que la canción es un pueblo al que puedo observar unos minutos. Un poblado con voz y vida propia. Y que yo soy un gigante que contempla la canción. Estiro la mano. En las primeras casas de la canción hurgo. Busco cualquier cosa. Por lo general lo que encuentro es una imagen mía en miniatura bailando en pantaloneta. Tomo al hombrecillo que soy entre las manos y lo alzo, lo veo bailar sin importarle mi presencia. Abro la boca y me lo trago. Lo siento bajar por la garganta, moviéndose, bailando aún. No me contengo y bailo y brinco y destruyo el poblado. La gente corre, la canción se destruye con mi alegría. Estoy próximo a morir y celebro mis últimos segundos de vida. Cuando en canción no se escucha un ruido de terror me desmayo y duermo sobre las ruinas de canción.
Casi siempre me sobresalto después de esas visiones. Todavía me contengo. No me dejo fluir como debería. Todavía estoy en mitad del océano padeciéndome, conociéndome. No me acostumbro a morir. Por ello es que me quedo horas enteras en frente de una página, sin saber que escribir, asustado con lo que veo, con un leve temblor en las manos. Pero feliz, porque así no escriba nada y me pese la inutilidad, escribir, (cuando es por vocación) es un estado incierto, una pena placentera.

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Cada palabra es un conjuro para espantar la soledad

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