Hace poco, en una meditación, escuché la historia de una mujer que podía estar en dos partes al tiempo. Ese relato me inquietó tanto que hice lo posible para hablar con ella. Volví a indagar al maestro de la meditación que me narró ese relato y me conectó con un amigo de Magdalena quien me facilitó su número de teléfono. 

- Hola Magdalena, le habla Juan, periodista y quería preguntarte por lo de la ubicuidad.
- Hola Juan, no entiendo por qué a mí.
- Mira, he escuchado que puedes estar en dos partes al tiempo. Y quería que me hablaras más de eso.
- Y quién te habló de ello.
- Bueno, es que asistí a una meditación y el maestro mencionó su caso y me interesé. 
- Ah, veo, pero no sé por qué te interesa.
- Mira Magdalena, me interesa porque creo en la historia y quisiera registrarla.
- No sé. Déjame lo pienso y si alguna cosa de te llamo.
- Está bien.

Pensé que había perdido la oportunidad de conocer a Magdalena. Creí que había sido muy directo. Tal vez debo aprender un poco más de sutileza. Pasaron varios días sin noticias de Magdalena. Intenté llamarla pero no contestó. A la semana recibí, con gran sorpresa, su llamada. Me decía que me invitaba un sábado en la tarde a su casa. 

Confieso que me podía la incredulidad. No daba crédito a que una persona estuviera en presencia en dos sitios diferentes al mismo tiempo. Sería vivir dos vidas simultáneas. Eso es imposible. He escuchado de personas que están en el momento preciso, en el lugar indicado y eso los hace visibles generando la sensación de estar en varios lugares al tiempo. Pero es distinto. También, en estos tiempos, se puede decir que hay ubicuidad al reconocer los avances tecnológicos. Es decir, uno puede estar conectado a la red sin importar el lugar de la conexión. Claro, estas percepciones de ubicuidad se dan desde un mismo punto y no desde dos lugares distintos. En esas conjeturas se me fue el viaje. 

Llegué a la casa de Magdalena quién vive con su esposo e hija en una parcelación del oriente antioqueño. Por petición de la familia omito las coordenadas exactas para evitar curiosos en los alrededores irrumpiendo en la tranquilidad del lugar.

Jorge, el marido de Magdalena, me llevó hasta la sala. Ella es veterinaria, de unos 40 años, piel trigueña, cabello ondulado que le caía hasta los hombros, delgada, al verme me miró unos segundos a los ojos. Luego, vaya a saber que vio, me saludó como si esa mirada le hubiera confirmado algo. La verdad, es que me sentí incómodo, como cuando debo asumir mis responsabilidades ante una metida de patas. Respiré profundo y me senté frente a ella.

Jorge, que es arquitecto, nos dejó solos. Dijo que estaría en el cuarto con la niña. Si alguna cosa lo llamábamos. Magdalena hizo un gesto de aprobación. 

Empecé por preguntarle por el inicio. Pues, estaba algo nervioso después de esa mirada. Y las preguntas que tenía planeadas se me olvidaron. Lo único que logré articular fue pedirle que me contara como había empezado todo.

Magdalena sonrió. Antes de empezar me afirmó que había pensado en no llamarme. Pero que algo, no sabía muy bien qué, la impulsó en llamarme. Luego, al verme a los ojos se había dado cuenta de que era una buena persona. Eso me asustó porque a veces no me considero tan buen ciudadano, no con lo que tengo que presenciar a diario en la ciudad. Igual, no discutí esa percepción. Antes debía agradecer porque podía acercarme a Magdalena y a su historia.

Ella desde muy joven sentía que vivía otra vida, pero no sabía cómo explicarlo. Su madre, psicóloga, la llevó a un siquiatra conocido. La evaluaron, la estudiaron y no encontraron nada. Concluyeron que era un desorden mental debido a los cambios hormonales en la adolescencia. Así que a Magdalena le dieron unos medicamentos que debía ingerir tres veces al día. Durante un tiempo, esos medicamentos le permitieron estar, según su madre, equilibrada y sociable.

Años después Magdalena ingresa a la universidad y vuelve a la sensación de estar en otro lugar. Los medicamentos ya no le sirven. Una vez, saliendo de la facultad fue tan intenso el dolor que tuvo que llevarse las manos a la cabeza y pedir ayuda. Jorge, quien la observó, la llevó a un hospital y a partir de ese momento la acompaña.

Fueron a muchos lugares, a muchos médicos, metalistas, siquiatras, yerbateros… Ninguno les supo decir que era lo que tenía. Mientras tanto Magdalena empezaba a sentirse loca, a decir que había estado en ciertos lugares y los describía. Cada vez los dolores de cabeza eran más intensos. Un amigo les recomendó visitar a un maestro de la meditación que él conocía. 

El maestro le recomendó, en un principio, que no se asustara y fuera hasta donde la llevara la sensación. Entre esos ejercicios y varias meditaciones Magdalena se fue tranquilizando. Lo primero que vio fue que salía de su casa, tomó un bus, llegó a la ciudad y visitó a su madre. Luego, la tarde noche, se despidió de su madre y volvió a su casa. Al abrir la puerta su esposo la recibió con abrazo porque ese día había hecho un almuerzo y una cena deliciosos. 

Magdalena volvió donde el maestro y este le dijo que tenía un don. Ella podía estar en presencia en dos lugares al tiempo. E iban a trabajar en ello. Por ello, los ejercicios consistían en fortalecer el sistema nervioso para aceptar sin dolor de cabeza el don de la ubicuidad

Le pregunté cómo sentía ella esa ubicuidad, es decir, si era consciente de ambas. Afirmó que sí. En ella sucede como una visión, como un sueño lucido, pero donde esté es ella y actúa como ella es. Es su esencia en los dos cuerpos. Al indagar por la visión ella responde que en ella la experiencia es como una visión, pero en los otros es una realidad. Por ahora, solo se permite la ubicuidad los fines de semana, todavía, con el maestro, está aprendiendo a conocerse y a manejarla. Por eso, todos los sábados en la madrugada, después de una profunda meditación, autoriza a su ser a salir de su casa. 

La miré fijo porque la historia se me salía de todo orden lógico. Le pregunté sí en ese momento estaba en otra parte. Me respondió que sí, estaba con su madre. Le dije que si podía llamar a su madre. Ella sonrió y me dijo que sí. Con las manos temblorosas tomé el teléfono:

- Buenas tardes, hablo con la madre de Magdalena.
- Si, con ella, qué necesita.
- Señora habla con Juan, un amigo de su hija, quería preguntarle si ella se encuentra con usted.
- Sí, claro, ya se la paso.
- ¡Aló!
- ¿Magdalena?

- Hola juan, cómo estas, espero que la estés pasando bien en mi casa con mi otra presencia. Como te estaba diciendo, puedo, los fines de semana, por ahora, visitar dos lugares. Por lo regular procuro estar con las personas que me quieren y me pueden ayudar en caso de que algo me suceda. Es algo maravilloso. Me acuerdo de todo y ya no me duele. Con las meditaciones he fortalecido mis nervios para recibir esta segunda experiencia de vida. El maestro me ha enseñado a ver eso que me afligía como una bendición.

- Eh… eh… yo…
- Bueno Juan, te dejo, debo seguir ayudando a mi madre.

Al descargar la bocina miré a Magdalena y ella sonreía. Habíamos pasado toda la tarde conversando. Me sugirió que era hora de irme. Me despedí sin salir de mi perplejidad. Salí de su casa con un sentimiento de vacío y pequeñez que apenas me permitía respirar.

Desde muy joven se fue de la casa con la convicción de que el mundo podía ser más hospitalario. No le importó el llanto de su madre que intentó retenerlo. A partir de entonces erró de pueblo en pueblo, de trabajo en trabajo, de decepción en decepción. Cada vez caminaba más encorvado y su deseo de morir se afianzaba en su corazón. Una tarde, a sus treinta años, miró los centavos que había reunido cargando arena que apenas le alcanzaba para pagar la habitación. Sin importarle dormir en la calle compró una botella de aguardiente y se dirigió al puente, ubicado a la salida del pueblo. Empezó a beber y a sentirse cada vez más solo. Hasta el punto que se subió a una de las barandas y se lanzó al vacío. Segundos antes de caer vio el rostro de su madre y se acordó que hasta ese momento no había respondido a la pregunta que ella le hizo el día que la abandonó. ¿Entenderás algún día que te amo? En ese instante quiso volver, pero fue demasiado tarde.



Hace poco el blog que tengo más bajo perfil, Cultivo de Metáforas, donde publico mis poemas así como se siembra en una huerta, recibió una nominación One Lovely Blog Award que es un reconocimiento al blog por su trabajo. La nominación la hizo ADY ALONIT quien tiene el blog “¿Otra vez? A ella agradezco su reconocimiento y sus palabras. Por ello, recibo el reconocimiento con inmensa gratitud y acepto las reglas que son las siguientes: 

1. Dar las gracias al blog que te nominó e incluir el link.
2. Mostrar las reglas y el premio.
3. Contar siete curiosidades sobre ti.
4. Nominar a 15 bloggers e informarles de la nominación.
5. Mostrar el logo del premio y seguir al blog que te nominó.

CURIOSIDADES

1. Me gusta sembrar en la tierra en los ratos libres, de la misma manera que se lee un buen libro.

2. Escribo en pijama, la mayoría de las veces porque me gusta estar lo más cómodo posible. Digo que me gusta, no que sea un ritual o una manía.

3. Siempre he querido escribir un libro de poemas pero me ganó la prosa. Sigo intentando con los versos. Pero cada vez siento que son más difíciles entre más sinceros y silenciosos.

4. Me gusta dormir bien, comer bien, descansar, tomarme unos vinos bien acompañado y conversar hasta donde sea posible y permitido.

5. No me gustan las multitudes ni los grupos consolidados ni las reuniones literarias. Prefiero el trabajo íntimo a solas con amigos, los selectos, los que pasan el filtro de la moda, la rumba y el de terapeuta barato que busca más una oreja que lo escuche y lo abruma el silencio.

6. Creo en Dios y en la luz del cielo en la consolidación de una obra literaria. Sin embargo esto está más allá de una obra evangelista que se base solo en la delgada línea, a veces dogmática, del bien y del mal. 

7. Considero el amor como la alquimia suprema del encuentro con uno mismo. El ser que se enamora vibra en todas las direcciones.

LOS NOMINADOS 

son siente, pues son los blogs que frecuento. Los otros los visito muy esporádicamente. Siete es un buen número, es generoso y es el número de la columna vertebral, el del equilibrio y el centro. 

El primero es: Cristal eléctrico  Es el blog de un escritor joven y serio que lleva mucho tiempo trabajando en la carpintería de la prosa fluida y libre de malabarismos literarios, como anáforas, metáforas o exageraciones innecesarias. Se puede encontrar es ese blog frases como esta: “Era uno de esos días donde todo parece una señal consecuente con la serie de señales anteriores”. Una frase que no pasa desapercibida y que sugiere que hay mucha prosa atrás y que viene mucha más. Aquel que se pase por allí se encontrará un espacio lleno de matices y de pasadizos que solo pueden compararse con lo onírico.

El segundo es Algo más que palabras  donde aparece este hermoso verso de Balzac “el amor es la poesía de los sentidos”. Y es que ese verso reúne todo lo que brinda este espacio. Allí, los poemas son el paisaje de una casa habitada por una mujer semidesnuda que camina por el erotismo, el amor y la sensualidad sin tropiezos ni extravagancias que es lo que se le critica a los poemas eróticos. Digo semidesnuda porque permite que el lector recree la sensación, muchas veces el olor, que insinúan sus versos en el terreno fértil de la imaginación.

El tercero es Toro salvaje Es un cuarto de un hospital mental donde la locura atraviesa el amor, la noche, el sueño, la magia, el dolor. Un calmante, dos calmantes y el toro que es el poema enviste al lector y lo lleva una y otra vez a la silla eléctrica donde se escriben los delirios y a veces la desolación.

El cuarto es Pueblo Un espacio de periodismo de denuncia donde se ejerce un mecanismo de control a los entes burocráticos que tanto mal le han hecho al pueblo haciéndoles creer que mientras los desangra los redime.

El quinto es Humberto Did Es un blog que no necesita nominación porque es un espacio muy bien posicionado en la web. El autor tiene todos los recursos literarios para postularse por sí mismo. Sin embargo, lo postulo porque allí hay un escritor, un neuropsicólogo y un traductor. Desde todos estos campos aborda sus cuentos que son ya elaborados y crean un universo interior del autor que lo posiciona como una figura importante en la literatura de los nuevos medios digitales y alternativos. 

El sexto es Náusea de Odina  es un blog que combina la poesía y la prosa y se diferencia la una de la otra. Aunque muchos versos a veces se leen de corrido y muchas líneas en su prosa requieren una pausa interna. Sin embargo, el erotismo, la fuerza y la juventud de la autora generan en el lector un vínculo secreto que lo invita a volver. Es un espacio para sorprenderse.

El séptimo es Lectores somos y en el camino nos encontramos un blog de creación literaria que en los últimos días ha tomado mucha fuerza y habla de procesos literarios en niños y niñas. Allí aparecen historietas, crónicas radiales, cuentos. Para ser un blog naciente, cuando los blog se posicionan es con la constancia y el tiempo, posee un contenido interesante para quienes trabajen en la docencia o en la creación literaria.

De nuevo, muchas gracias a ADY ALONIT y su blog que es un salto a la noche desde un risco alto y vivencial. Y a los blogs que reconozco los ofrezco como una caja de chocolates que se pueden destapar un día cualquiera, a cualquier hora por lo frescos, aunque dulces, pero que no hostigan. Buen provecho. 



Hace unos días un docente afirmó a un grupo de niños y niñas que los ángeles existían. Él, sin creer mucho en sus propias palabras, dijo que eran tal reales como los hombres. Uno de los niños, algo silencioso, pero muy atento, alzó la mano y dijo que había un ángel cerca. El hombre ignoró el comentario. 
Camino a casa el docente pensó en el niño y se conmovió por la ingenuidad. No le dio más vueltas al asunto para no entrar en debates morales sobre el impacto de sus historias. 
 Una semana después, el docente estaba en una convención de literatura en la ciudad. Pasó por un centro comercial, justo por la sección esotérica. Sintió una palpitación fuerte. La misma que le dio el día que conoció a la madre de su hija y el día en que por un azar que todavía desconoce no tomó un taxi y a los minutos este vehículo se accidentó. Así que entró al lugar. A los segundos, una señora que no conocía, de unos sesenta años lo llamó por su nombre. Ella para calmarlo le dijo con voz amorosa que no se asustara, que ella trabajaba con los ángeles. El docente escuchó sin poder mover un dedo como ella le argumentaba que unas horas atrás se había contactado con un ángel, quién le dijo que un hombre, llamado tal, con tales indicaciones y a tal hora llegaría a su negocio. Entonces debía darle unas esencias para que ese sujeto, que tenía una conexión especial con los niños y niñas hiciera una apertura significativa entre los ángeles y los niños.



Hace tiempo hice con un gran amigo, Julio Cadavid, un experimento de crónica radial con niños y niñas de primera infancia. Es algo que toca otras fibras. Espero lo disfruten.



Trabajas de lunes a lunes
de luna a luna, duermes
sueñas cosas indescifrables.
Te embriagas más de la cuenta
así mismo te entristeces
y reclamas desde la desgarradura
el amor que no has recibido.
Estas en el mundo como en un agujero
y pides que te miren, así sea unos segundos.
Entonces te miro
y reconozco que trabajo igual que tú
pero no con el sudor de mi frente
sino con los latidos del corazón.
También sueño cosas horribles.
Soy hijo de una madre de oro
y de un padre de porcelana.
Como tú soy la vida misma
y la vida fluye como un arroyo.
Vengo, contigo, hermano
a ser el mundo mismo,
el origen de todo milagro.
Sin embargo, no voy a los excesos.
Y por ello me exilias.
Me dejas a un lado.
Cuando mis ojos son dos manos que se extienden
y te llevan a mi pecho
enterneciéndome.
Hermano,
Aunque recorro el mismo camino,
veo los mismos paisajes,
y comulgo los mismos silencios
no me dejo hundir por las penas
ni me inyecto dolor de manera intravenosa.
Algún día, cuando no pidas observen tu caída,
vendrás a mi casa
y juntos miraremos el cielo
y sabrás que siempre fuimos iguales.




A veces  eso que buscabas te encuentra. Entra tranquila y sigue. No te asustes por la cama. Si, es grande, pero la compré para los dos.

Hace poco vi una mujer que casi me roba la voluntad  de evitarla. Hice todo lo posible por no verla. Pero empecé a verla en la calle, en el bus, en los sueños. No es que yo sea un tipo apuesto como para hacer estas cosas. Más bien soy feo, pero he aprendido a hablar bonito. Pues todas las veces que me han rechazado me ha ayudado a afinar mi discurso hasta el punto de decir lo indicado en el momento indicado. Eso sucede cuando lo has perdido todo y no temes a que te digan . Sin embargo, cuando la presencia de una mujer es más fuerte que uno no queda más que entregarse al destino. Creo que las cosas suceden como deben suceder y no como uno, muchas veces las imagina. Eso está claro, pero, aparece otra mujer, muy distinta, a decirme que le agrado. Es difícil resistirse a dos porque el ego, ese obrero indecente se ve cabalgando las tierras salvajes del deseo. Tal vez por ello,  ese no ceder al primer impulso genera más interés.  Ah, esas cosas a las que debemos someternos los monjes cuando salimos a vacaciones algunos días del templo. Esas cosas. El mundo es un hueco si eso es lo que quieres ver. Esas cosas. En fin.

Llega la luz con su lado oculto. El sueño de un posible, de días en comunión con la brisa del amor. De la mano de un impulso materializado en una explosión de instintos, de un fuego que se quema en la primera llamarada.


Hay un amor que no parte del deseo porque trasciende las fechas. No se marchita con la distancia porque es latido permanente. No impone formas o diseños porque no sería amor sino agujero gris de abrazo mudo. Es un amor muy distinto al que se conoce o al que nos han mal enseñado desde niños. Por ello,  no es el amor de imagen lejana que confunde al ojo que teme a la desnudez del alma. Es el amor del cuerpo el que hace que funcionen las cantinas, las canciones tristes, las dependencias y los centros comerciales. De ese amor se escribe así como se hace palomitas de maíz y como las palomitas es leve e innecesario. 

Intento escribir de otro tipo de amor, uno que sea de verdad. Por ello, quiero situarme desde el otro lado del amor, el que no se ve. Ese amor que para verse, en muchos casos hay que arrancarse las pupilas para dejar de ver con los ojos de los desdichados que solo ven la desdicha. Pero ese no es mi caso. Me arranqué la desdicha de las pupilas hace mucho y ahora puedo ver ese amor que ha vivido conmigo hace años. El que ha crecido a mi lado en silencio como una flor y ahora perfuma todos mis días. El que recorrió el mismo túnel que yo para ver la luz y la pequeñez de este lado. El amor de hermana, de mi hermana, mi pedacito Dios en la tierra, mi reflejo oculto más visible, mi puntito de luz que desde este lado del universo  enverdece el aire que respiro.





De un agujero salió un escorpión furibundo dispuesto a atacar lo que se le atravesara. En ese momento empezó a llover y el arácnido quiso, con su aguijón, inyectarle el veneno a las gotas. Luchó hasta que cegado por la furia se enterró el aguijón así mismo. Se fue quedando quieto, producto del veneno, al instante escampó. Un aguilucho que observó todo desde un árbol seco, estiró sus alas y se dirigió hacía el escorpión. Con el pico lo abrió en dos y en la mitad del arácnido encontró un polluelo, diminuto, de águila real. El aguilucho lo tomó en una de sus patas y lo llevó a un lugar seguro, con los suyos, donde pueda emplumar y adquirir su verdadero poder y enseñarles a transitar sin miedo la muerte.

Ellos se vieron años atrás, cuando eran jóvenes e indecisos. Pero no se hablaron. Creyeron que eso era un capricho, como lo es todo en la juventud. Por lo tanto, cada uno buscó su camino y se olvidó de aquel episodio, que como muchos otros, también olvidaron. Sin embargo, vivieron cosas similares. Ella convivió con un hombre que al final no la convenció de ser un igual. Él se separó de una mujer que no pudo resolver su pasado. Ambos viajaron fuera del país dispuestos a formar familia. Pero, ella se cansó de buscar un compañero que la valorara de verdad y él desistió de entregar su fuerza vital a quien le daba lo mismo recibirla. Al final, cansados, y algo decepcionados del amor retornaron a sus casas maternas sin saber que iban directo al encuentro que les fue anunciado hace años.



Ahora que sé
que estás al otro lado
donde los ojos son obstáculo 
y tu rostro
tiene la simetría del sueño
mutable y móvil,
todos los rostros visibles
se me lanzan como hijos
que quieren nacer. 
Con dificultad trato de ver
                    lo importante.
Sin embargo, existo, huelo
y mi energía es
como un copo de algodón
                        de azúcar,
un suculento bocado
y la piel
poro a poro
suda el vértigo
de saberte de hace tanto
y de hace nada.

Cuando duermo ella abre los ojos. Se estira como un gato y con sigilo llega a mi cuarto. Me observa unos minutos. Luego sonríe y tomando mi mano me invita a caminar por paisajes oníricos. Intento decirle “hola” pero solo puedo mirarla y sin que me diga palabra alguna siento su aliento que huele a albahaca. Respiro su silencio como el perfume de las flores. Y mientras inhalo me entrego a su pureza. No quiero resistirme y dispongo mi ser para que ella lo habite. Sea mi rostro una línea del suyo. Basta una insinuación suya para calmar las ansias de no saber a dónde ir y evitar rasparse de nuevo el corazón ante estrellas fugaces. 

 Cada noche, cuando la encuentro, me expando en su luz. Dejo que ella, desde mí, habite todos mis sueños. Sucede, cuando la fusión es la indicada, que sus ojos son los míos, sus labios mis oídos, sus oídos mis labios, sus gestos mi sonrisa. Somos la unidad, los sueños que alumbran nuestros aposentos y la conexión con lo que soy desde antes de este cuerpo. 

 Cuando abro los ojos lo primero que percibo son los pájaros que endulzan el aire con sus cantos, los perros cuidan la ternura del alba y espantan a los extraños. Agradezco por lo que apenas recuerdo y sospecho, como todos los días, que ella empieza a cerrar sus ojos. Imagino, por el bienestar que siento en el corazón, que ella sueña con esta materia que soy y que ante la luz del día se desprende del misterio y es carne y hueso, ansia y fragilidad; pero a la vez, esto que soy y respira se siente feliz de ver el rostro de ella, apacible, finamente delineado en las nubes.

Salió de su casa dispuesto a sentir algo que lo asombre. Pues ha decido dejar de preguntarse por el sentido de las cosas: la necesidad del trabajo, la búsqueda del amor, la posibilidad de hacerse millonario de la noche a la mañana, la utilidad de cada día para hacer de las ganancias un palacio para almacenar medallas y reconocimientos. Ha decidido volver a lo básico, a lo no dicho que se dice y resuena en el aire hasta hacerse inaudible, pero que sigue diciendo hasta perder el mensaje. Hasta encontrar la vibración de las cosas que de pronto, sin buscar, lo encuentran. Porque todo fluye, lo sabe pero no lo ha atestiguado con su ser sino con sus ojos. Por ello, caminó por las calles de la cuidad sin nada extraordinario digno de un asombro. Hasta que se sentó, cansado, algo afligido por no ser capaz de ver más allá de las cosas, es decir, más acá de las cosas, lo evidente, lo que refleja el movimiento del universo. De pronto, cuando desistió de ver el asombro,  vio en el asfalto, en una grieta, una plantita sostenerse como un milagro. Esa imagen lo conmovió. Sintió que todo en el universo está en continuo movimiento. En ese instante varios miles de niños nacen, miles de personas mueren, el agua corre, una estrella alumbra desde un pasado irrecuperable, el cosmos se reorganiza... y él, bueno, espera perder el ocaso ante el espectáculo de lo apenas perceptible.

Hace unos días me encontré con un amigo poeta que me expresaba que estaba viviendo para escribir. Pregunté por sus vivencias. Él me habló de sus excesos y afirmaba que había que vivirlos para llegar a la sabiduría. 

Después, en mi casa, pensé que tan cierta era tal afirmación. Para empezar reconozco que hay un afán de protagonismo en muchos amigos poetas. Hay en sus búsquedas interiores muchas posturas y artificios. Pues han empleado la palabra, la que les dio el universo para alumbrarlos, para fines mundanos que solo buscan satisfacer los placeres de la carne. 

 Esta búsqueda de los excesos es imposible de satisfacer porque el deseo es un barril sin fondo. Los placeres son un atajo a la tristeza y a la enfermedad. A veces, muchos de los poetas más oscuros, cambian su visión del mundo al padecer el dolor de una uña encarnada. Otros, bueno, se quedan en el artificio cantando el mismo poema infinidades de veces. Hacen anécdotas del mismo verso sin darse cuenta de que llevan días dependiendo de sus placeres. 

 Al perder el norte, que es asumir la palabra como un instrumento de luz, muchos se quedan girando alrededor de sí mismos y pierden la posibilidad de elegir, de poder encontrar su propia palabra y se vuelven mulitas de carga de la influencia de poetas que antes de morir ya habían muerto en su obra, pero inmortalizaron su dolor. Las circunstancias de su canto era otra, por lo que no nos compete, al menos en la actualidad, repetir sus historias. 

Hablo de poetas como Rimbaud y Verlaine que se enamoran y vivieron un amor extravagante y violento donde escribieron textos hermosos, pero también se golpearon física y espiritualmente; Charles Baudelaire que escribió sobre la carroña y encontró en Alan Poe su alma gemela, al final terminó pareciéndose físicamente al norteamericano que vivió en la desdicha, en la calle, alcoholizado e inmortalizado con sus cuentos y poemas; François Villon poeta y ladrón, a la vez que empuñaba la pluma también empuñaba el cuchillo y rompió con sus relaciones cercanas y fue vagabundo y prófugo; el conde de Lautréamont de quién se sabe muy poco pero escribió unas páginas aterradoras donde la felicidad es abrazarse a un tiburón en un mar lleno de cadáveres; Antonin Artaud que solo podía escribir si estaba drogado para no sentir el dolor de la cordura; entre otros como Gérard de Nerval, John Keats, Leopoldo María Panero… y los nuestros Porfirio barba Jacob, Raúl Gómez Jattin y Dario Lemos… 

La pregunta es ¿Queremos ser ese tipo de poetas? ¿Estamos dispuestos a ser la herida y expandir la infección a los seres que amamos? ¿En verdad es eso lo que queremos? Admiro sus versos, pero sus vidas no son mi ejemplo a seguir.Yo al menos, no quiero eso. 

 A todos estos personajes los reúne una sombra que paradójicamente los hizo resplandecer. Muchos de sus poemas son referentes en la literatura universal. Pero todos ellos se consideraron incomprendidos y se refugiaron en la bohemia rechazando las normas establecidas, tanto reglas del arte o convencionalismos sociales que los llevaron a concebir un arte libre y provocativo a cambio del sosiego. Asumieron la figura del antisocial porque, a mi modo de ver, se encandilaron con su propia luz y quisieron apagarla con el dolor y la muerte. 

Después de escuchar a mi amigo y reflexionar sobre el papel del poeta, he entendido que el poeta ante todo es un hombre y como hombre está condicionado a su cuerpo, a sus placeres. Y eso es natural. Pero si escribe poesía es porque tiene una sensibilidad superior a otros seres y por eso puede percibir cosas que otros no, es como un mensajero de los Dioses. Pero si utiliza esa palabra para satisfacer sus placeres no enaltece la palabra misma que es luz. Cuando no puede ver más allá de sus placeres se queda atrapado en un malditismo que ni entiende y que no quiere abandonar porque se siente orgulloso de su fragilidad. Es como si se hubiera quedado viviendo en la  Caverna, me valgo de esta metáfora escrita por Platón hace más de 20 siglos para graficar la idea del malditismo. Entonces vive dentro de la Caverna, esa Caverna es la noche y los placeres. Desde allí no se puede imaginar las maravillas del día: el paisaje, la familia, los amigos. Pues desde el milagro de la luz solo concibe la Caverna y su limitado espacio.

 De ante mano, estoy convencido de que el poeta es un guardián de su palabra. Es quien tiene la potestad de usarla para hacer que el resto de la humanidad no esté a oscuras. Por ello, es el poeta quien puede salir de la Caverna y escribir de ese lugar, pero también de lo que hay afuera. 

 Tal vez, y sin que sea consciente, el poeta puede usar su palabra como un mago sus hechizos. Y esto lo logra si escucha e interpreta su luz. Si lo logra puede escribir versos auténticos y con tal pureza que dieran la impresión, en sus lecturas, que fueran el cauce de un arroyo que se oxigena cada tantos metros. 

Algunos ejemplos de versos que se han escrito desde fuera de la Caverna: 

 “Me celebro y me canto, / Y lo que me atribuyo también atribuíoslo vosotros, Pues cada átomo mío también os pertenece a vosotros”. Walt Whitman. 

“Si hablo de la naturaleza no es porque sepa lo que es/ Sino porque la amo, y la amo por eso,/ Porque quien ama nunca sabe lo que ama”. Fernando Pessoa.

 “Aún hoy la vida vivirá. Y seguirá en los seres abriéndose/ caminos a la luz”. Carlos Fram. 

“No es que esté obligando/ a mi hijo/ a trabajos forzados/ en la tierra;/ solamente/ le estoy enseñando/ a consentir a su madre/ desde pequeño”. Hugo Yamioy.

 Estos versos tienen una luz explicita y no son evangelistas. Hablan desde fuera de la Caverna, desde donde nos cuesta aceptar un compromiso con nuestras vidas y con los cercanos. 

 Es tan difícil porque hemos hecho de la poesía un espejo donde la vanidad y el egoísmo son los sirvientes de nuestra palabra. Por lo tanto, creo que no hemos entendido la tarea del poeta y es hacer de su palabra un uso responsable y ver más allá de sus placeres. Alzar la cabeza y escuchar esos mensajes que solo él entiende y puede descifrar al resto de los mortales. Solo él puede entender la magia de la palabra y entregarla como brotes de luz en estos días tan convulsos y violentos. 

Al referirme al poeta como un guardián de la palabra retomo algunos ejemplos de la palabra en la literatura sánscrita. Los rishis, o sabios de la antigua India, tenían extraordinarias habilidades. Una de ellas era la voz. Si un sabio entendía la magia de la palabra podía convertirla en realidad. Algunas veces, sólo con pronunciar una palabra, podía materializar un ejército completo. Por lo tanto, para ellos, la palabra era sagrada. El poder creativo de la voz se expresa claramente en sánscrito, donde vac, voz, es a menudo considerado como sinónimo de Shakti, que es la energía creativa, el poder de manifestación. 

 Ese poder de materialización es el que pocos logran porque se quedan, como mi amigo, en la Caverna, cuando podrían alzar su voz y acercarnos cada vez más a ese lenguaje sagrado que solo el poeta entiende. Y cuando lo logre, sabrá que los excesos no son necesarios. Pues cuando no es el cuerpo el que rige nuestra palabra, la sabiduría no es la experiencia acumulada del dolor y el abismo sino la espontaneidad del corazón.

Hace días conocí un amigo, Tobías. Lo invité a mi casa. Sembramos juntos. Él, por cosas de la tierra, volvió a visitarme y me regaló un dibujo al que le escribí un cuento. El resultado es algo que todavía no alcanzo a agradecer. Con un solo Clic puedes descubrir de qué se trata. Espero, amable lector, lo disfrutes tanto como  yo. 

http://issuu.com/tobiasgallery/docs/transfiguracion_de_la_montana

Ella llegó una noche de luna llena sin que la estuviera esperando. Nos miramos con la ansiedad de encontrar las palabras que revelaran nuestros más profundos deseos de perpetuarnos en el tiempo, pero hablamos de ciertas trivialidades que al final nos aburrieron. Nos miramos de nuevo sin saber qué decirnos sospechando que ese silencio sería un agujero irreparable. Entonces decidimos mirar la luna llena con la intención de entender un poco el por qué lo que queremos al parecer no es lo que necesitamos.

Cuando decidí que podríamos intentar volver a encontrarnos ella se levantó y me dijo que se había equivocado de sueño, que las coordenadas no coincidían. Intenté detenerla pero el sol aparecía en las montañas y era inevitable despertar.

Remuevo la tierra. La desmenuzo hasta dejar una superficie arenosa y suave. Con las manos voy formando los surcos. Luego, busco en los bolsillos las semillas de girasol que voy depositando en los montones de tierra. A cada semilla le pongo una intención. De esta manera por cada brote recibo algunas palabras que me ayudan a vivir en armonía con mis seres queridos. Después, remojo y me siento a observar el huerto, donde la posibilidad es una flor que visitan los pájaros del cielo.

Te sientes como el punto de transición de la tarde a la noche. Para entender ese instante habría que sentir el desgano de haberlo hecho todo. Y lo sientes. Es cuando piensas en tu estructura porque eres como un farol al que le duele el hierro con que fue forjado. Entonces cierras los ojos y te sumerges en ti para buscar la causa de ese estado de ánimo y solo encuentras que nada te satisface ni siquiera la sonrisa. Sin embargo, y lo sabes, no estas de infarto y mucho menos de caída libre al abismo.