Acabo de llagar a casa. Me acuesto en la cama de mi madre. Estiro los pies. Es sábado a las dos de la tarde. Es un día y una hora en que no hay mucho que hacer. Miro los pies, mis dedos deformes y sonrió. Miro la TV. Tengo frío. Estoy tan solo que quiero aburrirme, así siento algo, y sé que para aburrirme basta con ver el canal de RCN.

La pantalla se enciende. Primero se torna gris, pigmentada, como una lluvia de granizo. Luego se aclara y aparece, progresiva y lentamente, la cinta “Los Ángeles de Charlie”. ¡Mierda!

No sé porque veo la película. No quiero verla. Sé que es malísima y boba, pero me quedo viéndola. ¡Cárajo! (el carajo con tilde me parece que tiene más estilo. Además, la sílaba cá da un brinquito en los labios que me gusta). Sé que estoy perdiendo el tiempo, pero, a la vez, no quiero hacer nada para remediarlo.

Sé que el argumento de la cinta es para bobos. Basta con ver esos numeritos de baile que no tienen nada que ver con el argumento, que solo sirve para exhibir traseros y pechos. O las parodias cojas de otras películas o series, ejemplo: CSI’s o se oye Flashdance. Aún sabiendo eso, sigo viendo.

Las escenas de acción en las que se ve a las tres chicas y a los malos no se las cree nadie. Pero las veo y me asombran. Eso de que saltan desde una presa con un camión (que casualmente lleva un helicóptero en el maletero) y consiguen poner en marcha el helicóptero, subirse todas a él y volar antes de darse contra el suelo. ¡Qué mierda tan jodida!

Son injustos, para un espectador, ver los saltos imposibles de esas chicas que desafían todas las leyes de la física sin que se les parta el coño. O que aparte de bobas y elásticas y bellas y retefollables uno crea que son inteligentes. Pues de la nada, de obra y gracia de Joseph McGuinty Nichol (director), poseen una habilidad sorprendente de deducción, que ni los del CSI juntos ni Sherlock Homes con todo el opio pueden igualar. Es que deducen que una mancha de aceite en el traje de una mujer atropellada, pertenece a un 4*4, del que sólo hay modelo y cuyo dueño es el vecino de la muerta. Uno se queda con la boca abierta. En fin, la cinta los Ángeles de Charlie, ni para aburrir sirve.

Otro punto, es la construcción de los personajes. Desde el nombre de las chicas se falló en la historia de la película. Nath, Dylan, Alex (Cameron Diaz, Drew Barrymore, Lucy Liu). Nombres inapropiados, ambiguos, muy masculinos, pensados tal vez, como para justificar el trabajo de las muchachas, que es imposible de imaginar en cuerpos tan frágiles.

Esta película, dirigida por un tal McG (Joseph McGuinty Nichol). En el año 2003. Hace parte de una racha de cintas en las que Hollywood acusa cada vez, no sólo su falta de nuevas ideas sino también una inusitada ineficacia para contar historias, y para ello, refritan series televisivas de décadas pasadas: Batman, The Brady Bunch, Los vengadores, Misión Imposible, Perdidos en el espacio, Mi marciano favorito, Jim West, Maverick, El fugitivo, El Santo, Los Beverly Ricos, Los locos Addams... y están pensado en llevar a Barney al séptimo arte.

A la película la afecta bastante que el director, McG, haya sido hijo de la publicidad y de los vídeos musicales. Cada secuencia es como un videoclip.

No sé como acabé de ver la película. Confieso que queda uno con una sensación extraña de haber visto nada. Tal vez eso era lo que quería. Ser un agujero negro un ratico. Creo que hay que ser inútil un ratico. Vi la película y quedé en blanco ni siquiera aburrido.

Se termina la película. Cambio de canal. Nada. No sirvo para ver televisión. Apago la Tv y me quedo mirando el techo. La perrita ladra. Intento buscar un zapato y reventarle el hocico, pero no tengo alientos de mover la mano. La dejo ladrar. Sigo mirando el techo. Suena el teléfono. No contesto. No quiero hablar con nadie. Trinnn, trinnn, trinnn...

Trinnn, trinnn, trinnn... Otra vez el teléfono. El maldito télefono. El puto teléfono. Y para no escuchar más ese aparato contesto.

- ¡Aló! Funeraria el agujero negro, en que podemos colaborarle

- Aló. ¡Aló! ¿Con Camilo?

- Sí, con él

- Habla con Héctor, ¿Qué hubo hermano? llamaba a saludarlo. ¿Usted no cambia? Y ¿Qué hace?

- No... ehhh… nada interesante. Acabo de decepcionarme otra vez. Vi los Ángeles de Charlie para aburrirme y no me aburrí. La verdad, no soy critico ni poeta ni escritor ni cuentista ni nada, pero esa película es ¡Un fiasco! Me hubiera gustado más ver en el canal 63 ó 62, de Cable Unión, entre las rayas del canal, los cuerpos curvos, de una película porno. Por lo menos me hubiera dormido agotado y débil.

- Ah… Eso suele pasar. ¿Qué tal si esta semana voy a Girardota y nos tomamos una cerveza?

- Claro hombre. ¿Por qué no me llama al celular?

- listo.

- Suerte.

Hay cosas que un hombre debe hacer para ser digno de tal apelativo.

La primera es irse de la casa. Renunciar a las seguridades de la madre, de la familia. Renunciar a las atenciones, a que la mamá le lave los calzoncillos, le haga sopa de fideos los miércoles, le tienda la cama, lo trate como un retrasado mental, le ponga babero para que no se chorree frijoles en la camisa, le diga el niño de la casa, le muestre el mundo como un idilio y no como un campo de batalla.

Hay que huir de la casa. Saberse uno en el mundo. Porque el amor de madre, cuando es sincero y entregado y desinteresado es como un par de zapatos estrechos. Porque te gusta el par zapatos, tus únicos zapatos. Además son los zapatos de moda, no te importa que te queden estrechos. Con tal de no ir descalzo y no ser juzgado por tus callos y los dedos deformes. No importa que los zapatos te tuerzan los pies, te jodan los puentes, te quiebren los dedos y no podas caminar muchas distancias porque no te aguantas los jodidos zapatos. Así el amor de madre, no te jode el pie, pero si te oprime los sueños, que es peor. Te quiere tanto que te sentís culpable de irte, de quedarte, de no hacer nada, de hacer algo. Y por una gratitud que no estas obligado a agradecer, te quedas en casa mientras los sueños se te van marchitando, las ideas se van torciendo, el corazón se va arrugando sin satisfacciones. Por eso hay que irse de casa. Entre más rápido mejor.

Bueno, siento que es importante irse de casa, pero, irónicamente, vivo con madre. Tengo esa idea loca de que ella es la primera mujer que me dio la vida. Ella y mi hermana. Tengo dos mujeres en la casa para aprender de ellas. Así que las trato como novias. Aclaro, las trato, no las toco como novias. Creo, que de alguna forma, la mujer que se encarte conmigo y le den ganas de estrellarme contra la pared con un taburetazo porque decidí escribir a hacerle el amor, en algún momento, cuando se acabe la magia del cortejo, la trataré como traté a mi madre o a mi hermana.

En fin, aun no me voy de la casa. Pero se que debo irme, tarde o temprano, volverme a ir.

Lo otro que debe hacer un hombre es matar a los ídolos. Renunciar a la idea de Dios en todas sus posibilidades. Nadie puede pretender salvar a nadie sino se ha salvado así mismo. Es como si uno buscara en el otro amarse así mismo.

Hay que matar las influencias, los autores que nos gustan, los amigos que admiramos, los discursos que nos deslumbran. Hay que olvidarse hasta de uno mismo. Reinventarse desde el dedo meñique hasta los dientes. Decirle a Dios: Qué sabe que hermano, usted existe y los es todo, está en todo, pero sabe qué pelao, yo no estoy con usted en todo. Suerte que lo vi. Hasta la vista Dios, tengo cosas más importates que pensar en usted, como mirar las nubes, pensar en el entrepiernado de … uhhhhh… mejor me callo, como solucionar mi huida de casa, como irme de todas las seguridades y adquirir la soledad como una enfermedad venérea. Irme a algún lado, así sea a la muerte, pero irme y aprenderme en la lejanía.

Los ídolos nos joden la existencia, la psiquis. Nos metemos en situaciones que no nos pertenecen. Prestamos argumentos de otros tipos para solucionar nuestros problemas. Como si la vida fuera un ensayo y la puesta de sol una cita de Montaigne o la mirada de una mujer un verso de Pedro Salinas. Como si uno fuera solo un experimento de gelatina permeable a todo, menos así mismo.

Irse y aprender a decidir. Irse y sentir los rugidos del hambre. Irse y verse sin rumbo. Irse y esconderle la cola al diablo. Irse y descubrir que Dios es una farsa. Irse y destetarse del amor de madre. Irse y aprender a llorar. Irse, irse, irme, irnos. Irse

Ayer llegué a la casa. Me senté en el computador y quería escribir un texto para el blog. Lo había pensado toda la semana. Quería argumentar que el celular es un atentado a la individualidad. De alguna manera ya lo tenía escrito en la cabeza.

Puse las manos en el teclado:

No sé que escribir… no se me ocurre nada… estoy triste… mierda no puedo escribir… mamá sálvame de mi mismo… Tres elefantes se balanceaban sobre la tela de una araña… ehhhhhhhhhh…. Ahhhhhhhhhhh…. Pusssss… nananana… ¡Cárajo!

Me levanté del computador. Pensé que era el momento para escribir en un cuaderno y no en el pc. Tomé el cuaderno entre las manos. Alcé el bolígrafo. Intenté retomar las ideas que ya tenía organizadas en la cabeza. Me quedé como quieto. Esperaba ser poseído por el tema. Nada. Otra vez nada. Por inercia escribí un verso. “Morir es una posibilidad, vivir son muchas posibilidades”

Mierda. Nada me salía de los celulares. De esa plaga. De esa enfermedad que es más contaminante que las mujeres embarazadas. Y peor aún, una mujer embarazada hablando por celular. En mi cabeza todo estaba en orden. El argumento era que el celular es una negación del individuo, una adicción a la dependencia, un no querer escucharse, una incapacidad a decir no.

Me preocupa el hecho de que el celular se esté convirtiendo en un método de tortura, de control. Además porque cada vez son más versátiles y multiusos. Y se está pensado (no es muy descabelladlo que suceda) que el hombre sea el celular del celular. Llegará un momento en que ya no haga falta comunicarse con el otro porque el celular dará el mensaje determinado. Ese aparatejo pondrá citas, dará la hora de suicidarse, levantarse, enamorarse, emborracharse sin que el individuo abra la boca. Llegará el momento en que el hombre no pueda más que gesticular más que monosílabos por haber perdido la necesidad de expresar las preocupaciones porque el celular será su tarot, su mesías, su olvido.

Seguía en frente al cuaderno, con el mismo verso sobre la muerte. Pero nada sobre los celulares. Intenté escribir una primera frase “Los celulares son más peligrosos que los sacerdotes” No. Esa frase es muy ambigua, apenas la entiendo. La taché. ¿Pero si tenía todo tan claro? Mierda.

De nuevo envisto la página. Escribo: celular, célula, celulitis, celululular, cecelulularlar. ¡Puta página en blanco! Me sos incomprensible. No me dejas escribir. Puta página. Si tuvieras piernas no dudaría en meterte la mano. Celular, celular, celular. Puta página. Puto Camilo.

Por la página en blanco pasan imágenes, temas, nombres de mujeres, fracasos, pero nada referente a los celulares. Incluso intento variar de tema y escribir sobre los paramilitares extraditados. Cosa que también me preocupa. Uribe otra vez se salió con la suya. Es un presidente guerrerista y manipulador, nos tiene engañados a todos. Ha pelado con Ecuador, con Venezuela, con Nicaragua, Con las Farcs, con el cielo, con las universidades, con los profesores, con los camioneros, con la constitución y le lambe las botas a los Estados Unidos. Lo más preocupante es que cada vez su tercer mandato es más promulgado. Y ahora con lo de la extradición de los paracos es más popular. Cuando lo de la extradición es una cortina de humo. Es una negociación entre los paracos, Uribe y los Estados Unidos. Hay algo en el fondo más macabro. Además eso es posible porque somos un país paralítico, parásito, paraguas, pararayos paranguacutirimicuaro, paraco, un país de vegetación roja por las once guerras civiles que hemos sufrido. Qué se pudra Uribe y los uribistas. Mierda, ese no es el tema.

Sigo con la página con el mismo verso y unas frases tachadas. Desisto de escribir, acepto que no es mi día. Apago el computador. Voy a la cocina y busco una galleta Saltín. Vuelvo a la pieza. Muerdo la galleta. Pienso en los celulares. Me siento triste e inútil. Apago el bombillo. Me tiro a la cama. Otro mordisco. Miro el techo, bueno, imagino que miro el techo porque todo está oscuro. Otro mordisco. Ya no pienso. Otro mordisco. Otro mordisco. Otro mordisco.

Camilo cursa cuarto de primaria. Es un niño silencioso y tímido, le asustan las preguntas. La timidez le enciende las mejillas.

En el salón, en clase de artística, Camilo saca un cepillo de dientes, un pincel, un cuarto de cartón paja, un lápiz y los vinilos. Debe pintar algo, lo que se le ocurra. Camilo dibuja una rosa con espinas.

Alza el pincel, lo unta de vinilo, el verde hace su trabajo, el rojo mezclado con blanco da el rosa casi rojo de los pétalos. Al ver el dibujo se sonroja y decide dárselo a Juliana, la niña que se sienta a tres sillas. Camilo mira a Juliana que también lo mira y baja la cabeza para evitar el contacto con la mirada. En ese momento desiste de su hazaña y se queda mirando el piso con la esperanza de que se abra y se lo trague de una vez por todas.

Juliana toma el pincel, el cartón paja, el cepillo de dientes, los vinilos y dibuja una matera. Ella quiere un recipiente para sembrar un gajo de ciruela y una fruta de naranja. Quiere un híbrido, un ciruelo que dé naranjas con pepas de ciruela.

La profesora revisa los dibujos. Al ver mamarracho de Camilo dice que es feo y amorfo. Camilo intenta explicar que es una rosa con espinas, la que quiere darle a Juliana. Pero se queda mirando a la profesora, una gallina con buenos modales, sin abrir la boca. La profesora se sonríe.

- ¡Muchachito! ¿qué es eso? Si es una rosa perdió todo el tiempo, esas espinas parecen dientes de tigre. Su dibujo es pésimo, no es fiel a la realidad. No sé en que estás pensando, pero no debe ser nada bueno. En fin, por no haber hecho el ejercicio como debía hacerlo debe repetirlo. Si, repetirlo en el tiempo del descanso.

Suena el timbre. Las sillas de un lado para otro, los niños en plena locura de loncheras. Los gritos y Camilo al lado de la ventana, con la mirada clavada en el patio, en los niños que han empezado a jugar chucha cogida y escondidijo, en Juliana que abre su lonchera y muerde un pan tajado. Una lágrima cae sobre el cartón paja. Otra lágrima. Se limpia los ojos y en silencio dibuja la rosa, esta vez sin espinas. La profesora lo felicita.

Camino a casa, con la flor sin espinas bajo el brazo, Camilo ve a Juliana. Con determinación, como si no fuera un niño tímido, como si la timidez no existiera en su vocabulario, como si la timidez fuera otra cosa, se dirige a ella y le entrega la flor. Juliana sonríe. Camilo se asusta, sonríe, vuelve a sonreír, se siente bobo, no sabe que más hacer y sin decir nada se aleja cabizbajo. Piensa que de nuevo hizo todo al revés, que estaba condenado a ser rechazado, que la vida era injusta, que el amor era injusto, que Juliana no lo quería, cuando había sucedido lo contrario. Camilo para Juliana fue un héroe, el niño que le dio una rosa que era a la vez una naranja con pepas de ciruela por dentro.

Camilo se recrimina el haber entregado la flor sin espinas. Hubiera hecho más no haberla entregado. Maldice a la profesora. Con las manitas en el bolsillo, de vez en vez patea una roca, va triste porque había obsequiado una rosa sin espinas. Intenta llorar pero no puede.

De pronto siente que alguien le toca la espalda. Se voltea y ve a Juliana. Ella le da las gracias y le propone que sean novios. Así por así, sin espinas y preámbulos. Camilo siente sus mejillas arder. No sabe que decir. Juliana sonríe y le toma la mano. Camilo sigue callado, asustado, con ganas de llorar. A unos cuantos metros siente una punzada en el corazón y sin medir el peso de sus palabras se suelta de la mano de Juliana y le dice que no, que él no quiere ser su novio porque no le gustan las mujeres. Juliana se queda paralizada. El rechazo la deja muda e impotente y ve como su novio de unos minutos se va y se aleja de ella. Juliana llora.

Juliana llega a casa y tira la flor al bote de la basura, sin percatarse que a la rosa le había nacido en el tallo una gran espina que parecía un diente de tigre.

Me atormenta ser un hombre sin procesos. Me confunden los tramites. Hasta para llenar una boleta que dan en los supermercados por compras mayores de 20 mil pesos para la rifa de un televisor necesito que me ayuden. Lo único que hago por iniciativa propia es sentir pánico.

No sé como hacer las cosas cuando las cosas requieren tiempo y dedicación. Soy experto en aburrirme. Soy constante en la inconstancia. Soy demasiado impulsivo como para cultivar afectos. No soy capaz de llamar a un amigo y decir:

- ¡Hey! estoy solo y triste, necesito un amigo. ¡Qué tal si nos tomamos una cerveza o un café!

Pero no. No llamo. Soy incapaz de llamar. No puedo, aunque anhelo hacerlo.

No soy capaz de estar con nadie por mucho tiempo. No soporto la idea de decirle a otro hermano solo cuando lo necesito o pedirle algo cuando pueden regalármelo. Cuando pido algo es cuando sospecho que no me lo pueden regalar porque eso implica más sacrificio o solo porque quiero aparentar que soy descarado. No sé cual de las dos acepciones sea la correcta. Últimamente que intento explicarme, afirmarme, consolidar mi yo, me siento más incoherente. Tal vez no hay explicación y todo es sospecha. Tal vez, como decía Cortazar, las explicaciones son errores bien vestidos.

Me desaparezco por épocas. Dejo de frecuentar a los amigos que usualmente frecuento. No es que no los quiera, sino que no me soporto en ellos. Somos, a veces, insoportablemente parecidos y no me importa irme. Los quiero, y por ese sentimiento, creo que son los más propensos a la distancia, no al olvido. Simplemente me ausento. Es humano el egoísmo y la incertidumbre.

Toda esta desazón, la del miedo a ser querido, estoy seguro, empezó a los catorce años cuando perdí mi infancia.

Una noche me acosté niño y al día siguiente desperté joven. No hubo el proceso debido, el tramite planificado. De un momento a otro caí al abismo, le vi la cara al diablo, me vi a mí mismo ante le espejo: me adolecí.

La culpa fue de una prima. Por ella deje mis muñecos de yupi, mis volquetitas de madera, mis llantas, mis paraísos perdidos, mis castillos de arroz, mis sueños de ciruela. Ella me desnudó, me besó en la boca, puso su pezón en mis labios, me mordió la oreja, me incitó a que le enrollara su vello púbico y luego los soltara como resortes.

Recuerdo que sentí que algo me faltaba por dentro. Estaba vacío. La infancia me había dejado atrás.

Empecé a pensar solo en la prima. Tenía las hormonas alborotadas. Mis pupilas eran los ojos de las hormonas. El aire era follable, las matas de plátano eran follables, las revistas de cromos eras follables, las mortadelas eran follables, los caramelos del álbum de chocolatinas eran follables, las cáscaras de banano eran follables, las gallinas eran follables, tu tía y tu novia eran follables, todas las mujeres eran follables, el amor era follable, Dios era follable, la prima retefollable.

El único problema era yo, mis cuatro pelos en el sobaco, mi voz de megáfono averiado, mi insinuación de bozo, mi adolescencia. Es decir, apenas tenía tarjeta de identidad para entrar en la prima y partirla en dos. Mientras su novio era mayor de edad y podía partirla en dos las veces que se le diera la gana.

Empeoré. Sentía el recuerdo de la prima, su desnudez de jugo de naranja, raspándome el estómago, la vejiga, los riñones. No podía estar tranquilo. Hasta que una noche, jodido de tanto pensarla y no poderla poseer, me masturbé. Estaba boca bajo en la cama. Me moví y sentí algo bacano. Me volví a mover y más bacano. Mierda, la cosa de moverse sobre el colchón es bien bacana, me dije. Ya no pude parar y dele que dele, frote que frote y pusssssssssss. Mierda. Sentí que algo se me había jodido. Pensé que el pipi se me había dañado. Imaginé que me iba a quedar mongólico. Estaba tan asustado que recé un padrenuestro, el primero sentido de verdad.

Estaba endemoniado. No sabía lo que me pasaba. Nuca estuve preparado para mí. Aún no estoy preparado. Simplemente me había saltado un paso. Pero debía hacer algo para aliviarme. Así que de tanto contradecirme, de decirme no más colchón y volver con más determinación al colchón, al frote que frote, al arrepentimiento, al padrenuestro... descubrí la mano y con la mano me quedé. Podía apretarla o soltarla un poco. La maravilla era que podía imponer un ritmo, una necesidad saciada de cantar con el movimiento.

Culpé a mamá por lo que me pasaba. Ella no me enseñó a ser joven, a adolecerme. Nunca me dijo que el amor era un casco de limón untado de pimienta que te extrémese y te deja lleno de llagas y suspiros. No me advirtió que la mujer entra en uno como si uno fuera un cuarto y te desordena, distiende la cama y luego se va sin tenderla. No me dijo que el sexo era una melancolía necesaria, una necesidad a la catarsis, una renuncia a la divinidad, un bautizo al instinto, un matarse placenteramente, un instante estirado, una cruz para los calzoncillos, un interrogante en mayúscula.

Pobre mamá, ya no la culpo, apenas tuvo tiempo de ser ella para educarme. Ya hice las pases con ella. Madre te perdono por haberme dado la vida, por haber hecho de mí este espanto de hombre, este ser diminuto que aún no se perdona, esta mancha de aire perdida en algún lugar del olvido. Madre te libro de todas mis culpas porque ahora soy yo que debe empezar a desandarse poco a poco. Ir, como siempre debió ser, sin desvíos, a la invisibilidad, a la inutilidad total.


Un Amigo, Julián, me dijo hace mucho tiempo que toda mujer llamada Sandra es un misterio y una confirmación con los sentidos. Estoy de acuerdo. Pero lo que le faltó agregar a Julián es que si además era delgada era dos veces un llamado a los sentidos.

Ella se llama Sandra, vive en Don Matias y estudia Enfermería en la Universidad de Antioquia. Ella, como ya sospechaba, resultó ser una mujer para sentir con los 5 sentidos. Cosa que por estos días está en vía de extinción en las mujeres. Las mujeres de ahora son mujeres de dos sentidos: la vista y el tacto. Veo, toco, toco, veo y huyo. Ella, Sandra, la mujer que se piensa con los 5 sentidos, es un mundo por dentro de su delgadez. Lo compruebo.

Sandra, descubrí, es crepúsculo por dentro. Sí, así como suena, un crepúsculo por dentro. El caso es mirarla bien. Ella a simple vista no es más que una mujer delgada. Pero si se le mira, si se deja que los ojos se le queden mirándola, así no más, como si no se le mirara, se descubre algo mágico. Sí, se siente una piquiña detrás de las orejas, la misma que se siente cuando uno ve a la mujer que le gusta y ella sabe lo que uno siente y ella siente algo parecido. Ese zumbido, hallazgo del hallazgo, es una invitación a que entres al parque que ella es y oculta. Sí, una mujer delgada e interesada cuando quiere arrugarte el corazón y la camisa se abre por dentro. Se te voltea al revés. Entonces lo que se siente detrás de las orejas es el zumbido de una puerta que se abre. Una puerta invisible a la mirada del instinto y el deseo. Porque detrás de toda mujer delgada, cuando se le mira la delgadez con duda, con asombro, se descubre una puerta a ella, a un paisaje de ella, a un pedazo que es ella y cela, a un pequeño paraíso oculto en ella. Claro, solo es posible pasar la puerta si ella lo permite.

Sandra me abrió la puerta. Dejó que yo entrara a ella. La clave era verla tanto que pareciera que no la estuviera viendo para que su delgadez fuera un camino y no un limite a ella.

Entré en Sandra y vi que ella por dentro es un paisaje, un paraíso, un parque de reserva natural. Pensé que si abrazaba a Sandra con fuerza sería posible que a ella se le sallieran algunas nubes por las orejas o el copo de un árbol por la boca o un pájaro por la nariz. Pero al abrazarla con fuerza solo le torcí el cuello. Su paisaje interno esta muy bien pagado por dentro.

Sandra, lo confieso, por dentro, después de su delgadez, es un crepúsculo con todas sus variaciones y paisajes.

En Sandra, por dentro, hay un sol deshilachado, cual casco de zapote, para calentarte los huesos. Y literalmente me tiré en Sandra, por dentro de Sandra, a calentarme los huesos, a sentir el sol-Sandra dorándome la piel. También me recosté en uno de los tallos de los tantos árboles que crecen dentro de Sandra para ventilarme el corazón, y quedarme embelezado con las montañas que hay dentro de Sandra, montañas cansadas de ser vistas con deseo y descuido, montañas vírgenes al tacto de los ojos, montañas torturadas de ser vistas de la manera indebida, de ser tocadas de la forma incorrecta, de ser besadas con los labios de la prisa y el cansancio.

Sin medidas ni esperas ni radares ni métodos miré a Sandra por dentro. Me quedé hechizado con lo que había y hay tras la delgadez de Sandra, porque Sandra es una línea que es circulo y cuadrado y rombo y triangulo y sonrisa y cielo y rectángulo y nube y abrazo y poliedro y mujer y aire y cinco de la tarde y lluvia y sol casco de zapote y hombre dormido.

Me dormí por dentro de Sandra, por lo que se ve más allá de lo visto, donde dormir es anochecer. Anochecí con el nombre de Sandra en la boca. Y su nombre fue dulce en la boca. Cada letra fue como un trocito de chocolate derritiéndose en la lengua, una explosión de escalofríos. Su nombre bajó por la garganta endulzándome por dentro. Su nombre me descubrió por dentro, me vio por dentro, me abrazó por dentro, me asustó por dentro y me desperté de adentro hacía afuera.

Me sentí extraño con tanta maravilla y me alejé de Sandra, de lo que había y hay dentro de ella, ese jardín, ese bosquecito hecho a la medida de mi descanso, ese pedazo de naturaleza al que fui a asustarme. Me alejé de dentro de Sandra para volver a ver su delgadez, la que mal acostumbrado estoy a mirar. Preferí irme para volver muchas otras veces. Igual a un hombre desconfiado las buenas noticias son más peligrosas que las malas noticias. Pero mientras me salía de Sandra, de sus paisajes, le dije Sandra como si la tocara, como si al pronunciar cada letra de su nombre tocara cada poro de su cuerpo, cada insinuación de su desnudez. Porque al deletrear su nombre, admití y admito, que estoy sintiendo a Sandra, estoy siendo yo dentro de Sandra y dejando que ella sea una mujer para los cinco sentidos, una mujer, la mujer, que atardece y sigue atardeciendo en mis ojos.

El siguiente texto hace parte de una novela que nunca debí escribir: “Anatomía del destierro”. Esta novela está condenada al olvido. La condeno yo. Es una novela llena de rencor, odio, locura, incoherencia, porno. Al parecer no puedo ser parcial ni escritor ni Dios. Mi literatura, si es que se puede llamar literatura, es un cuadrilátero, un campo de batalla, un país tercermundista, un zancudo con resfriado.

Mi cuerpo es un solo temblor, un quejido, un estupor de irrealidad. Eso siempre me pasa cuando me despierto de alguna pesadilla. Los sueños no dejan de atormentarme, de sobresaltarme, de asustarme. Sopencos sueños, malditos sueños. Maldita yo que los sueño.

Soñé que estaba dentro de mi cabeza. Sí, dentro de mi cabeza. Mi cabeza era una especie de auditorio o teatro. En mi cabeza, como en un teatro, había butacas. Yo estaba sola y sentada en primera fila. Era la única espectadora de mi sueño. Mi sueño transcurría sobre una pantalla como si fuera una película en un teatro. En la pantalla, en la que mi sueño empezaba a sucederse, yo caminaba por el campo. Yo, la espectadora, era a la vez, la actora de mi sueño. Sopenca situación. En el sueño iba desnuda. Vestirse estaba pasado de moda. Caminaba. Sopa, caminaba. Al norte se escondía el sol en una montaña, al sur la noche se desperezaba, al occidente una niebla blanca se anteponía al paisaje y al oriente aparecía un caserío en imágenes difusas. Caminé hacía el caserío. Los habitantes de aquel lugar, cosa rara, también estaban desnudos. Los niños jugaban desnudos, las mujeres lavaban la ropa desnudas, los ancianos fumaban tabaco a fuera de sus casas desnudos, los leñadores trabajaban desnudos. Esta gente apenas se percataba de mis miradas indiscretas. La desnudez era su mejor traje. Miré sin vergüenza a los leñadores. Me entretuve de lo lindo. Por más que quise no ver la desnudez y... eso... eso... sopa... eso que se exhibe y cuelga de un hombre cuando está desnudo, no pude. Fui débil y miré, aún con pudor, el sexo de los leñadores. Caminaba. Miraba. caminaba. Pudor. Sopa.

Mis ojos encontraron los ojos de un leñador después de vestirlo con la mirada. El leñador medía 1,85 metros de estatura. Su barba era negra y abundante. Él dejó de trabajar. Tiró su hacha al suelo y se dirigió a mí. Parecía conocerme. Al llegar me dijo que se llamaba Ernesto. Luego, sin darme tiempo de contestar, me besó. Ernesto tomó mis senos en sus ásperas manos. Chupó, chupó y chupó. Sopa y otra vez chupó y chupó. Volvió a mi boca. Sopa. Me derrumbó. Toda la savia del leñador se derramó dentro de mí. Sentí mi pezón izquierdo hirviendo y manando algo. Ernesto, sin mirarme, se puso de pie y se marchó. Toqué mi pezón con los dedos índice y pulgar y lo sentí más grande de lo normal. Alcé la cabeza. Sopa. ¡Qué vi! Mi pezón era un pene en miniatura, de unos diez milímetros de largo por cuatro de ancho, con su respectivo glande. Éste derramaba sobre mi pecho gotitas de leche, gotitas blancuzcas y espesas. ¡Sopenca excitación! Intenté mover las manos, las piernas, pero no tenía fuerzas. Me quedé en el piso mirando las ramas de los árboles. Las ramas de un cedro eran movidas por el viento. De repente un gajo se desprendió del árbol. Escuché su grito de toro enfurecido que quería aplastarme. Cerré los ojos y grité. Sopa. Desperté y verifiqué si estaba herida. Descansé. Pero encontré sobre la camisa de la pijama un parchecito de varias gotitas de leche.

Las apariencias no son más que apariencias. No es nuestra imagen ante el otro la que mostramos sino la imagen del otro en nosotros. Queremos la aprobación del otro para sentirnos seguros.

Nos gusta jodidamente vernos seguros y estables, así, por dentro, lo que nos callamos y nos domina y nos asusta y sentimos a la medida de nuestras preocupaciones, estemos de espanto. Porque se mal acostumbró a aparentar a estar bien cuando por dentro se está desmoronado, quebrado, terriblemente triste.

Somos imperfectos y no nos gusta la imperfección. Nos en malacara sabernos injustos, egoístas, inseguros, débiles, contradictorios, incoherentes. Tememos a la desnudez de los conceptos. Buscamos justificaciones en cosas distantes de uno, que nos brindan la seguridad, que nos permitan ser invisibles, que nos dejen estar ahí huyendo de nosotros mismos para no tener la molestia de tomar decisiones.

Nos casamos con los ismos, con las doctrinas, las instituciones, las personas. Como decía Estalisnao Zuleta, buscamos una persona o una seguridad que nos libere del aburrimiento para darle sentido a nuestras vidas. Gran error el que advierte Estalisnao. Me queda muy de para arriba creer que la realización de uno solo sea posible en el otro. Como si para estar conmigo primero debiera estar con otro. Además el respeto, la diferencia, entre otras necesidades del espíritu no es adoctrinarse. El respeto no es un currículo de una institución o una doctrina y que para adquirirlo primero hay que merecerlo y creer ciegamente. El respeto no debe ser aprendido sino interiorizado. El respeto no debe saberse de memoria.

Nos asusta la soledad. Distraemos la soledad. No somos capaces de estar solos. Porque no se está solo estando sin compañía. Se puede estar en una habitación sin nadie pero al enfrentarse a la quietud, a los propios pensamientos, a las voces que nos reclaman por no escucharlas, solo se nos ocurre prender el televisor, alzar la bocina del teléfono y llamar a alguien, leer un libro, jugar con el celular. Siempre buscamos un pretexto para no aceptar que estamos solos y necesitados de compañía, de la nuestra, la que postergamos con las justificaciones.

Son terroríficas las renuncias. Renunciar al otro nos parte el corazón y nos negamos la posibilidad de aprender del otro en la ausencia. No gusta estar solos, nos aturde la luz en la soledad y hace mucho frío. Pero atar al otro es irrespetarlo, si se quiere ir, que se vaya. Hay que aprender a renunciar para hacer de la debilidad de estar solos nuestra aliada. Hay un ejercicio que a mí me ha servido. Tirar, a conciencia, a la basura, objetos con alto valor sentimental. Por ejemplo, dejé tirado, en algún lugar de la biblioteca de la Universidad de Antioquia, mi último cuaderno de apuntes. En el cuaderno había escrito varios poemas, mis últimos poemas. Y lo que me inquietaba era que los textos me gustaban. Agradezco haber perdido el cuaderno.

Existe un pánico a la inutilidad, entonces, para no pensarnos y sufrirnos, para no quedarnos quietos dispuestos a ser un gran interrogante, nos matriculamos en la búsquedas de otros y formamos un proyecto de vida, estudiamos y nos volvemos desesperantes con la academia siempre en la boca, queriendo explicar el mundo a través de los conceptos como si todo sucediera por obra y gracia del lenguaje. Como si la lluvia fuera menos buena que la conversación de dos niños sobre la luna, como si escribir o decir perro fuera la única forma de reconocer al perro y la única afirmación de su existencia.

Hay cosas que escapan a la razón, a la nuestra, y en la medida en que más se nos escapen, más inseguros estamos porque no podemos calificarlas o enjuiciarlas porque no las entendemos Porque estamos mal enseñados a juzgarlo todo। Esto es bueno porque me conviene y es malo porque es distinto a mis intereses. La moral, gracias a Dios, nos contiene y potencializa nuestra imperfección.

¡Qué tal que no fuéramos débiles¡ ya hubiéramos solucionado ese terrible interrogante de la convivencia. Porque ninguna ciencia, ninguna arte, ninguna rama del conocimiento ha podido solucionar la convivencia con el otro, el por qué no estamos con nosotros cuando estamos con otros sino con otros. ¡Qué tal que no fuéramos débiles! no nos aburriríamos. El aburrimiento es el campo de batalla del ingenio. ¡Qué tal que no fuéramos débiles! no haríamos las cosas equivocadas, las que tanto nos hacen sufrir, pero las que más nos gusta. ¡Qué tal que no fuéramos débiles! ya habríamos solucionado la desazón del amor, entonces, el amor sería una acción desde el entendimiento y no una angustia desde el asombro.

Yo, por ejemplo, soy débil y aprendo a convivir con mis imperfecciones e injusticias. Un verso de Raúl Gómez Jattin decía que nadie podía herirlo tan mortalmente como él mismo se había herido. A mí me sucede ese verso. A veces, cuando discuto, porque discuto poco, porque no me gusta discutir cuando no se conversa y se dicen palabras mal intencionas solo por llevar la contraria, porque me da miedo perder, porque no me gusta aceptar que otro es más ingenioso. En fin, a veces cuando converso, y me dicen Camilo usted es un irresponsable, usted es un distraído, no sabe mantenerse firme con ninguna idea, es inseguro, no sos capaz de estar con ninguna mujer porque huís de ellas persiguiéndolas, no has hecho nada en la vida que pueda calificarse como importante… Entonces me sorprendo porque no me duele, porque me he dicho cosas peores y con más frecuencia, porque aceptarme es invitar al otro a que esté con él, porque estoy aprendiendo a no alterarme tan rápido con lo que soy.

Acepto, soy un débil ante el amor. Necesito de las caricias, de los mimes, de que me llamen y me digan te quiero, así, yo no sea capaz de decir te quiero porque se me llena la boca de arena.

Acepto que no soy ese tipo seguro, que es más papá que individuo. Ahora llevo el yo como un ramo de flores a una relación cualquiera y por eso digo que busco una mujer que cuide de mí. Sí, siento todo lo que dice la canción Alguien que cuide de mí de Cristina y los subterráneos. Necesito ser cuidado. Soy demasiado débil. Pero, eso sí, que me cuiden sin que mi yo se marchite.

Sí, soy un débil y lo reconozco, un impulso de impulsos, una contradicción con orejas. Todo me asusta, hasta la puesta del sol. Pero saberlo me asusta un poquito menos.

Cuando aceptas tus debilidades sos más fuerte que el otro porque no estas pelando con el otro para aplastarlo y demostrar tu supremacía, tu poder de ser más aparente y seguro. Estas vencido, llegas vencido, conversas vencido y sentís todo lo que hablas, porque el desanimo es el mejor aliado para no fingir. Porque te atreves a ser vos mismo el laboratorio de todos tus deseos. Aceptas que sos débil y asumís tu deber a la desesperación, a la incertidumbre, a la angustia. Porque esos estados te prueban, te retan, te hacen, te afirman. El sufrimiento te va esculpiendo el ser, te hace preguntarte el por qué todo te sale mal, el por qué siempre te pasa lo mismo, el por qué solo se piensa en el golpe después de golpearse, el por qué duele estar vivo, el por qué Dios hace tan mal las cosas y hizo del Sida el castigo al instinto y al placer, el por qué el Sida no es castigo a la guerra y por cada golpe un contagio, el por qué soy yo el que tiene que ser responsable de mis actos que son actos de otros yos en mí que no entiendo, el por qué debo aparentar para convivir con otro, el por qué pregunto. No sé.

Ella tiene 17 años. Es una niña y esta enamorada de mí. Es dúctil y débil. Nació con unos labios concebidos para el sexo oral. ¡OH! Sus labios de putita aprendiz, de felina sin garras, de gemido, de escalera al placer.

Sus labios carnudos, rosados, gruesos, callados han dejado su aliento y su llanto en mi falo. ¡Oh, Labios de putita inocente! ¡Oh, labios de putita fea! ¡Oh, labios de putita sola! ¡Oh, labios de putita sin identidad!

A ella, la putita, la conocí una noche, hace muchas noche en De bluss. Casualmente en el bar en el que trabajo ahora.

Al ver sus labios por primera vez solo pensé en besarla. Fui a su mesa, le hablé. En ese momento no me importó un rechazo.

Conversamos, mejor dicho, conversé largo tiempo conmigo mismo. Ella no hablaba, lo único que me dijo era que hacía croché y lo repitió una y otra vez. No me importaba, yo solo quería llegar a sus labios. Le hablé de Alam Poe, de Cortazar, de Las Mil y Una Noches... no entendió ni mu. Le hablé de música... ni mu. Le hablé de mu y ni mu. Luego callé, entonces, como si ese fuera el verdadero dialogo, ella empezó a reír.

El ruido de su risa era una mezcla de dolor y goce. Era como si La putita, de antemano, supiera, que su risa era su defensa a la impotencia, a la resignación, al abismo de no sospechar nada de si misma. Para ella el reír no era el ejercicio espontáneo de esculpir pucheros. Ella se reía de la misma manera en que el niño ríe al ser reprendido por no tomarse la sopa. Ella se reía para conceder y aceptar ante mí su actitud de victima.

El día que la encontré en el bar le recité, ya camino a su casa, un episodio del libro Rayuela de Julio Cortazar: Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano en tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.

Como era de esperarse La putita abrió sus labios. ¡Dios! Sus labios. Dos fauces dirigiéndose a mí. Entre y salí de su boca como de una cueva, húmedo y pegajoso, triste y parolo, ausente y ensalivado.

Era tanta la fantasía por su labios que imaginé que ella los movía. Pero, como sucedió en el bar, nunca los había abierto. Era yo el que amortajaba sus labios. Los mordía y nada. Los ensalivaba y nada. Le bajé la mano a la entre pierna, le hice mojar el Jean, le apreté el pezón izquierdo y nada que sus labios reaccionaban. Le froté mi falo a su pierna y nada. MIERDA. Hasta que de tanto insistir eyaculé en el intento de hacerle mover sus labios. Luego me marché.

En los días siguientes pagaba escondidijo. La decepción que me llevé con sus labios me dolió en el alma. Su labios estaban hechos para medir mi erección, pero, aún no estaban despiertos para su fin: mamar. Eso me dejó triste. Infinitamente triste. Así que me alejé de ella. Mi putita fracasada.

Días después Iba yo prendo y fumo y me la encontré en el parque de Girardota. Recuerdo que apenas la saludé, y como si ella tuviera obligación de complacer mis caprichos, la convidé a mi casa. Le di a entender que si decía no yo seguiría mi camino solo. Ella dijo sí pero sin abrir sus labios.

En casa le di un vaso de agua. Ella reía. Otra vez su risa empezaba a ofuscarme ¡Puta risa! Para no escucharla más, le dije, con rabia, que la iba a desnudar y se la iba a meter piernas a dentro. La niña adquirió una cara de mamá quiero irme a dormir, mamá este tipo me asusta porque tiene algo en los ojos que no me gusta, mamá quiero pedir perdón por no saber utilizar mis labios. Y esa inocencia me la endureció más y me lancé a sus labios inmensos, pero, tristemente quietos.

Le mordí el cuello, la espalda y ella ahí... inmóvil. Baje a su concha, la lamí, la sorbí, bebí de ella. La monté y penetré. Ella ni gimió. Upppppppppssssss.... Jódido polvazo. De nuevo el pantalón, la camisa, la traba me bajó y me llegó el arrepentimiento. Me mandé las manos a la cabeza. ¡Mierda! ¿Qué hice? ¡Es una niña! Debe alejarse de mí si quiere encontrar el amor. Mierda, no la vuelvo a saludar, ni siquiera a determinar. No quiero cargar con más culpas. La llevé hasta el lugar en que me la había encontrado.

Por un tiempo cumplí la promesa. No quería afectarla sentimentalmente. Pero, después de uno meses, cobardemente volví a ella.

Estaba yo con un amigo tomándonos unas cervezas. Ella nos saludó y sin pedir permiso se sentó en la mesa. El tiempo que permaneció no hizo otra cosa que reír. Su risa cortada me molestaba. En los intervalos en que tomaba impulso para seguir riendo me parecían paradisíacos solo porque no la escuchaba reírse. ¡Si tan solo se riera de la misma manera en que hablaba! Tal vez, se me hubiera hecho más soportable su compañía.

Sé que la culpa fue mía. Si no le hubiese hablado aquel día en el bar no estaría con este anhelo de ser un tipo modelo. También sé que ella, la niña, no merece que la trate como una enorme vagina con tarjeta de identidad. No, ella no merece que la trate como un utensilio a mis perversiones. No, pero, tampoco ella quiere que la trate de otra forma. Le gusta lo de putita fea.

Con las primeras cervezas fui un tipo puritano. Al ritmo de los tragos fui doblando la culpa y la arrojé con la ceniza del cigarrillo al suelo. Con varias cervezas solo quería jóderla y metérsela. Cachondo propuse que bajáramos a mi casa.

Llegamos, mi amigo se tiró en la cama y mientras escuchábamos a Fito Paez tomé a La putita de la mano, la saqué de la pieza y la llevé al baño. Allí le quité la camisa y el brasier. Intenté con los pantalones y no se dejó (mejor, supe después, para mí). Por encima del Jean le toqué la concha. El índice apretaba el clítoris y en pocos instantes sentí su olor de mamífero en calor. La tocaba, la besaba y sus putos labios inmóviles. Me bajé la cremallera y saqué mi miembro. Ella lo observó y le sonrió como si este fuera un espectador, y no, como era, como debió ser desde un principio, el protagonista de la historia. Lo llevé a su boca. Al principio lo masajeó. Yo, para que se acostumbrara a mi pájaro ardiente le decía que lo disfrutara, que sacara su instinto, que moviera la lengua, que pusiera a funcionar sus enormes labios, que para eso estaban hechos. Ella poco a poco accedía a mis peticiones. Primero lo tomó en sus manos y lo apretaba con los labios y dedos. Movía boca y lengua salvajemente. En minutos sacó todo lo bruja que tenía oculto. Yo movía el miembro hacía adentro y fuera de su boca. ASÍ... SI MI PUTITA, ASÍ,..... SÍ, ... MÁS RAPIDO, COMPLÁCEME.... DÉJAME LLEGAR... MÁS RÁPIDO, MÁS LENGUA, MÁS SALIVA, MÁS.... MÁS.... Y por fin en su boca quedó acumulado el semen. Ella me miró preguntándome que hacía con eso, si se lo tragaba o lo botaba. Le dije que si no le gustaba podía botarlo. Ella tiró mi líquido en el lavamanos. Nos pusimos la ropa. Yo ya quería que se fuera y que me dejara dormir. Pero, las reglas de la cortesía me obligaron a ser un tipo moralista y esperar unos minutos. Debía llevarla, según el dictamen de la moral, hasta el parque de Girardota. Con mi amigo la llevé. De regreso a casa, me acosté a dormir y yo soñé que era un niño bueno.

La cosa que a uno más le inquieta en la vida, al menos hasta donde tengo entendido, es ser un aventurero. Sí, que la existencia de uno deje un recuerdo en la historia. Que uno pueda tocar la fama con las manos y ser recordado por siempre. Eso no va conmigo. No quiero ser recordado. No he hecho meritos para tal cosa.

De pequeño se quiere ser un hombre con cuatro pies y rescatar la princesa avispa que fue raptada por una colonia de hormigas. Derrotar a las hormigas, casarse con la princesa y tener un hijo mitad avispa, mitad humano. Luego se desea, más grandecito, ser el mejor futbolista. Yo nunca pude jugar bien al fútbol. Siempre fui un petardo para ese deporte. Aunque admito que imaginé que era el mejor futbolista del mundo. Hasta me vi en la selección Colombia, al lado del Asprilla, haciendo túneles y marcando goles.

Lo más característico, cuando a uno lo invaden los problemas de identidad, es querer ser otro tipo más talentoso, más apuesto, más inteligente. Yo nunca estuve conforme conmigo, ni con mi cuerpo, mi estatura, mis sobacos, mis piernas, mi frente, mi ombligo, mi personalidad. Siempre quise ser agradable a todos menos a mi mismo. Así que me fabricaba una imagen de mí que no era la mía. Me figuraba que tenía el cabello liso, la piel blanca, los ojos buenos y azules. Quería ser el hombre más lindo del mundo, el que deslumbraría con su belleza. Quería que todas las niñas se enamoraran de mí.

Pero, nunca fui más que el que soy, un feo que aprendió a hablar bonito. Nunca pude aclarar los ojos, así me hubiera echado limón para aclararlos. Nunca me blanqueé la piel, así me haya escondido del sol por meses. Nunca pude ver otro distinto a mí en el espejo y eso me generó grandes depresiones. Me escondía de lo que yo era.

Todo intento de mí, de definición de mí, era un atentado a la imagen de mí, la que proyectaba y odiaba. Por eso cada que intentaba hablar de mí las palabras se me quebraban en la boca como si me tumbaran los dientes.

Para acabar de ajustar en mi casa yo era el maniquí de mi madre. Ella me vestía como a ella le daba la gana. Los pantalones me partían las pelotas en dos y el borde me llegaba hasta el pecho. Mi madre me peinaba de partido. Lo más desastroso era que los pantalones eran botatuvo y las gruyas me quedaban grandes. Y mis pies son inmensos. Entonces la imagen de mí, la que proyectaba, con los días era más desastrosa. Si me guevoniaban en el colegio por el tamaño de mis pies. Recuerdo que una vez un profesor me dijo que había nacido adulto de los pies. Nunca entendí ese chiste, pero siempre me dolió.

Mi imagen era desastrosa ante mis ojos. Empecé a andar encorvado. No quería que nadie me viera, ni menos llamar la atención con mi imagen, la de espanto.

Empecé a hablar menos. Con los días menos. Hasta que sin saber como, ni porque, me volví tartamudo. Gran lío.

En definitiva era una gueva en todo el sentido de la palabra. Y cuando a uno las cosas no le salen bien y no acepta que le salgan mal, entonces, las cosas se le empeoran más. A mí me pasó lo mismo y los manes del colegio me empezaron a hacer imposible la estadía. Imaginé que los mataba a todos, pero cuando los veía de frente, les sonreía cual mariquita asustado. Me decían pie grande, mariquita, ñoño, atolondrado, gago, ahuevado…

No sé como estoy en pie, caminando, soportándome, recordando, viviendo. El caso es que me dije, un día en que no aguanté más, en que exploté: Camilo, debes ser y aceptar al retrazado mental que llevas por dentro. Eso me dolió pero fue un hallazgo. Recuerdo el día en que exploté. Cursaba noveno y un man de 1;80 metros de alto y acho me dijo mariquita, me le tiré y lo agarré del cuello y le golpeé el rostro. El man, recuerdo, se llamaba Didier Arrollave, me cogió como un bastón y destrozó conmigo una matera, una silla. Admito que grité, pero aguanté la sacudida.

Después de ese percance, empecé a hablar, mierda, hablar y hablar y hablar. Mal hablado hablé por los codos, las orejas, las rodillas. Era una lora gaga, una simulación de megáfono averiado, una fiel imitación de gallo que empieza a caraquear. Hasta me rajé con una cuchilla minora la telita que uno tiene debajo la lengua, porque había escuchado que esa telita era la culpable de mi gaguera. Gran mentira, seguí igual de gago y solo y sin la telita bajo la lengua.

Pero nunca dejé de imaginar cosas. Pero fue mucho después que pude ficcionar algunos hechos. Fue cuando entendí que el respeto, lo que entendí por el respeto, es hacer cosas asombrosas que otros no son capaces de hacer. Entonces dije, lo admito, que estuve con tres mujeres en una noche, que me hicieron sexo oral, que me invitaron a sus fincas, que me culíe a la mejor niña del colegio. Bueno, dije la mitad de todo. Pero nunca estuve con ninguna mujer hasta que cumplí los 19 años. Lo anterior a los 19 fue solo paja. Es tanto que a mi edad, a los 25 años, no conozco el mar, no he acampado, no se ingles, no trabajo, escribo mal, vivo con mi madre. Estoy lleno de limitaciones.

Bueno, el caso es que desistí de esa forma de respeto, la de mentir para ser respetado y venerado. Pues a mí no me funcionó. Esa forma de respeto me precipitó al abismo. Me jodió la respiración. Así que decidí por quedarme callado, por aceptar al bicho raro que soy, la de ser un pajizo, un tipo pasional, un débil de carne, un lío sentimental, un poeta frustrado, un prosista en ruina.

Me dije, a la mierda de aventuras y en vez de imaginarme a las tres mujeres que me follaba en una noche, empecé a sentir a las tres me abofeteaban en una noche o me decían retrazado mental. Pero eso, era verdad.

Tuve que reinventarme. Aún me reinvento. Pero me ha ido mejor así. Al menos eso me ha ayudado a no decir más de lo que me callo. Se que estoy enfermo, de siquiatra, maniático, pervertido, solo… pero, soy yo, inevitablemente yo. Solo así he podido tocar, por mis propios meritos, el seno de una mujer y sudarme en ella toda la noche.

Se que no soy aventurero. No sé como serlo. Solo me he valido del fracaso, de la incertidumbre, para definirme, para no darme de trompadas con los amigos, para no haberme vuelto un violador, un sicario, un padre de familia, un obrero de empresa, un domador de serpientes, un caminante por la paz, un don Juan consumado.

No soy un aventurero, si hasta me embalo para amarrarme los zapatos. Miento, pero no por decir más de lo que soy sino al contrario, para invisivilizarme.

Cada me duele más la prisa con que se mueve el mundo en que vivo. Cada día los avances tecnológicos, las modas, el consumo, la idea de progreso, la necesidad de producir, la incapacidad de ser individuo han hecho que el día me sea más corto.

El mundo, el de principio de siglo, éste que me está tocando presenciar, está proclamando la prisa como la única religión posible de subsistir en un mundo tan cambiante, donde nunca hay nada definitivo, porque la competencia siempre está latente, inventando algo, cada vez más extraño y útil. Ejemplo claro, los celulares y su infinitud de usos y herramientas.

Si, como decía, me duele que cada día haya menos espacio para el individuo. Cada vez interesa menos que el hombre se piense así mismo porque eso requiere que se detenga, renuncie al ritmo abismal del progreso y se quede quieto. Mirando como la prisa desploma el amor y la conversación. Ya no se conversa, ya no se escucha. Lo que se hace ahora es hablarse ante el otro, mostrarse ante el otro, ser una producción en serie de palabras ante el otro. Ser un super hombre, una maquina con arterias y huesos.

Pero detenerse es otra cosa. Admitir que se es imperfecto, que sos casa del miedo, que te equivocas, que sos inseguro, que sos pervertido, que te asusta hasta el zancudo que no te ha picado. Detenerse es aceptarse.

Pero aquel que se detenga debe dejar de producir, de comprar cosas innecesarias, cosas que consiguen inducidos por la moda y la necesidad de comprar. Apuesto que más de la tercera parte de las pertenecías que se tienen en la casa son innecesarias, están haciendo bulto. Porque un comercial de tv dijo que comprar el ultimo televisor pantalla plana era estar in, a la moda. Así con tanta cosa que estorba y entretiene.

Pero la culpa es de todos, todos los que no se atreven a detenerse y salirse del engranaje del sistema, ese que nos envejece más rápido. Gracias a esa cantidad de gente que se muere en el momento que se olvidan de ellos, es que hay que atreverse a vivir y anclar los pies, detenerse.

Lo que nos dice el progreso es que produzca, como lo decía en son de sátira el escritor francés Voltaire, “Trabajemos sin razonar, es el único medio de hacer la vida soportable”.

Sí, trabajemos sin razonar, sin pensar como si fuéramos máquinas creadas para el trabajo y no para la vida, como si fuéramos una tuerca, muchas tuercas, tuercas, solo tuercas. Trabajemos sin ser individuos, sin atrevernos a jugar, a sentir que es posible el asombro, a soñar, a crear. Trabajemos para involucionar al progreso y morir sin haber sido nada, solo una mancha de aire que respiró, copuló, procreó, trabajó, compró un televisor, trabajó, envejeció, trabajó y murió como una máquina vieja de procrear otras maquinas de procrear.

Esta vida es otra cosa distinta al progreso, a la idea de progreso que nos venden en la familia, en el colegio, en la tv. Hay que renunciar a ser todo eso que nos piden que sea y que no somos. El hecho de pertenecer al engranaje es dejarse entristecer porque sos feo, imperfecto, injusto. Es llenarse de mocos por no tener esa mujer que sale en una propaganda de cerveza y tener que envejecer con una mujer mueca y cantaletosa. Es admitir que siempre te faltará algo para aceptarse tal cual sos, el último celular, la última chaqueta que hace masajes a al vez que te protege del frío.

No, eso no es vivir. Hay otras cosas más pequeñas y asombrosas. Atreverse a ser uno mismo es ser esa libélula que estorba al engranaje y vuela celebrando su imperfección, su incapacidad para ser otra cosa distinta a la que es. Vamos a ser nosotros mismos, esas libélulas que aún juegan, conversan, sueñan, se detienen y celebran su existencia. Atrevámonos a jugar, a detenernos, a ser el mosquito en el ojo del progreso.

Sandy es el nombre que más sábados tiene en la semana. Es un nombre, o mejor dicho un sábado, que me permite todos los días salir en la noche, dirigirme al bar boca, sentarme, tomarme una cerveza y morder la canción Imagine de Jhon lennon.

Sandy es el nombre que más se parece a la sandia. Es un nombre rosado por dentro, jugoso. Es un nombre hecho para morder lento, con calma, como si lo mordido a la vez mordiera a lo que muerde.

Sandy es el nombre que me falta, el sábado que me falta, la caricia que me falta, la piel que me falta.

Si, es mi piel la que más conoce de las caricias de Sandy, del nombre de Sandy, de la figura de Sandy hecha luz y deseo, de la Sandy que es más que nombre y me mira tras su nombre con tal misticismo como si fuéramos una irrealidad imposible.

Mi Sandy, mi nombre de Sandy, estoy contigo pero solo de ti. Me duelo de ti, de mis ganas de ti, de no poder quererte como tu quieres que te quiera, de ser esto que soy y no otra cosa menos amorosa y constante que pueda llevarte al cine e invitarte a estar conmigo lejos del cielo y de mí.

No Sandy, no soy más que esto, esto que ves y lamentas no tener como una porcelana, esto que te quiere de repente, de suspiro y abrazo. Esto que te quiere porque sí, porque no entiende el por qué te quiere, pero que te quiere sin explicación, sin lógica, sin juicio. Esto que te recuerda con vista de vela, de cuerpo desnudo a mi sed de ti, a mi temor de ti, a mi ausencia de ti.

Mi piel, Sandy, por tu culpa, se ha quedado sin sábados. Pero, mi piel se niega a quedarse sin sábados y retiene la sensación que le produce recordar tu nombre. Mi piel te piensa, Sandy, te piensa y hace que te extrañe. Mi piel es cómplice de tus caricias.

Es en mi piel donde más sé que te gusta tocarme, desnudarme, besarme, hablarme al oído y susurrarme un suspiro a la espalda. Sandy es el sábado de mis sensaciones.

Es a mi piel a donde voy a buscarte, a hablar contigo cuando no estoy contigo. Es en mi piel donde me resisto a dejarte, pero, es mi piel donde faltas, es mi piel lo que me falta, es mi piel lo que no tengo. Estoy lleno de distancia y escarcha.

Sandy estoy solo de ti. Te tengo sin tenerte como si fuéramos uno que busca al otro. Ese uno que quisimos ser y ya no soportamos, ese uno que nos niega, ese uno que no soy yo y que tu ansias, ese uno que me niega en ti.

Estamos, Sandy, llenos de sospechas y temerosos de que esas sospechas nos sean ciertas.

No Sandy, no quiero seguir así. No te quiero, no me dueles, no me importas… y sin embargo… y sin embargo me faltas.

No Sandy, no me siento culpable, no te diré más que te quiero, no quiero sentir tu nombre picándome en lo labios… y sin embargo… y sin embargo me faltas.

No Sandy, no quiero seguir pensándote posible, medida de mi deseo, color de mi aventura. No Sandy. Y sin embargo, y sin embargo…

Hasta hace poco, muy poco, creía en la otra mitad, en la mujer que llenaría todos mis vacíos, en la mujer que me dejaría dormir en medio de sus tetas, en la mujer hada-teta, en la mujer hada-teta-cuento-de-hada. Pero va. Puro va. Es solo va. Eso es puro va. Va y más va. La mentira más placentera y peligrosa que nos vende la cultura. Puro va.

Por esa idea de amor he cometido muchas estupideces. Solo por creer que es verdad. La idea de amor que tengo es con una mujer de tetas grandes y salvajes y cuando la encuentro, o creo que es la elegida, la mujer para mi amor va, claro, me pongo nervioso porque estoy reaccionando desde mi deseo, desde mi afán de copula va.

Una vez a una niña de tetas grandes que me gustaba le di un banano y partí muerto del pánico, cuando ella lo que quería era hablar conmigo y no comerse un banano. Puro va. Debe pensar que estoy loco. Va.

Después le leí un poema de Jaime Sabines a una violinista y me fui. Días después la violinista me reconoció y lo que hice fue pedirle, de una, sin el proceso debido, por causa de sus tetas, por el embrujo de sus tetas, un beso. Claro, ella también se asustó. Puro va.

Y la última fue la peor. En Girardota hay una niña que me gustaba, bueno, me gusta. Lo raro era que ella no era tetona, más bien no tenía tetas, pero tenía algo raro, una coquetería que la hacía ver a toda ella como un teta gigante, toda ella una teta-cuento-de-hada. En la época del incidente ella trabajaba en una bar, yo empecé a frecuentar el bar. Cada día la quería más para mí. Empecé a imaginar que la besaba como si sus labios fueran un enorme pezón. Puro va. Hasta que me decidí entregarle una carta. Esperé el momento indicado. El 31 de octubre fui al bar y dije que me había disfrazado de cartero y le tenía una carta. Mierda. Puro va, nada más que va. Va, va y va. Le entregué la carta que no era. Al llegar a casa encontré la carta en un cuaderno y le entregué por equivocación una lista de mercado. Lo peor de todo es que volví a escribirle otra carta justificando mi error, donde le decía que no fue un error sino un acto previamente estudiado. Pobre gueva, pobre gueva-va-mierda-va me dije después. Dejé de frecuentar el bar. Tenía pena. También tengo vergüenza.

Bueno, la niña, la última que asusté y debe pensar como muchas, que soy un psicópata en potencia, un maniático va y enfermo de teta va, la vi sentada preocupada por el amor. Al menos esa fue la impresión que me dio. Ella estaba con un tipo, que precisamente no era yo, y me quedé como detective mirándolos. Ella aprobaba cada uno de los movimientos del tipo como si eso lo retuviera, como si él fuera la representación de su príncipe azul. Pero no estaba encantada con él sino con la idea que ella se había fabricado de él. Algo parecido a lo que me pasó a mí con ella. Yo imaginé una mujer que no correspondía a la que ella era y cuando quise hablar con la mujer que ella era y no la que yo había imaginado fue demasiado tarde, ambas se habían ido (la teta gigante que imaginé y la destetada que no me dio ni un abrazo). La diferencia es que ella no sabe que lo que quiere del tipo es lo que él la hace sentir y no lo que él es.

Por la idea que se tiene de amor uno deja de ser el que es por la aprobación del otro. Gran problema, mi primer problema, nuestro gran problema, el va de todo el asunto. Por ello, digo y sostengo que el amor es un invento cultural. El amor es va, no existe, es puro va por no decir pura mierda.

El amor es un mito y una adicción a los sentidos. Por ello creo, no con certeza sino con sospecha, que el amor no existe. Amor va por va del amor va. A fuerza del amor, de la idea del amor, nos fabricamos una tragedia innecesaria.

Lo que afirmo es que el amor es un producto de la sensación. El amor como Dios es un argumento bellísimo de la cultura, una idea de felicidad que mueve a masas. Por ello es una búsqueda del espíritu muy bien justificada en los discursos de la religión, de la literatura y demás artes. Pero, a nivel individual es un cuento distinto.

He hecho el ejercicio de preguntarle a varios conocidos sobre sus posiciones acerca del amor. Todos han coincidido en que el amor es una búsqueda, una carga de sentimientos que no saben explicar pero que sienten, una entrega al otro, una complicidad de soledades, una realización del deseo, una cosa ahí que no entienden pero que los gobierna, una carencia de control. Esas respuestas, miradas con mesura, no son más que sensaciones. Sin lugar a dudas están sorprendidos es de lo que los otros los hace sentir. Puro va en el otro. Están vencidos por sus propias sensaciones, enamorados de lo que los otros les produce.

Es decir, el amor, o lo que se quiere creer que es el amor, no es más que un capricho de los sentidos. Es una apuesta a lo inmediato. Por algo cuando la magia, el aleteo de mariposa que se dice sentir en el estómago, se deja de sentir, el amor deja de ser el invariable, el espontáneo, el eterno, el centro de todo. Cuando se satisface los sentidos se apela entonces a la prudencia, la paciencia y la huida.

Es casi una regla general que cuando pasa lo de los sentidos se empiece a molestar con el aliento, las palabras, la incapacidad para razonar, la sumisión del otro. Esto no es más otra prueba de que el amor, o lo que se cree que es el amor, no es más que una adicción a los sentidos.

Te amo mientras te sienta porque me siento. Es, sin lugar a dudas, el egoísmo es su estado puro. Te quiero porque lo que me produces y no por lo que sos. Puro va. El gran va.

Es difícil aceptar la idea que hay una mitad de uno por ahí buscándolo, soñándolo, padeciéndolo. No creo en esa media naranja, en esa v que busca la a. Puro va. Eso es esperanzarse en un deseo de mujer, en una imagen de mujer. Cosa que negaría la posibilidad de sentir a otras mujeres y quererse en ellas, en la adicción al sentir que producen.

Igual pasa con el alcohol y los cigarrillos o las drogas alucinogenas. Lo que se desea es lo que se siente y no la droga en si.

El amor entonces, es una adicción placentera a los sentidos, no, como se cree, la realización del espíritu, el fin de una búsqueda o la fuerza unificadora de un solo ser que andaba dividido en dos.

El amor, entonces, es la mujer que me deje dormir en sus tetas y me permita soñar todas las tetas. Esa es mi manera de amarla, amo sus tetas, que sin lugar a dudas me harán sentir que soy querido y respirado. Te quiero, mujer inexistente, porque te espero con la boca abierta, dispuesto a contarle todos mis secretos va, llenos de va, a tus tetas va, con sus pezones va.

Mujer líquida, así seas un invento de mi perversión, así no existas, sos mi idea de amor. Sos mi afiche pegado en el techo, sos mi deseo derramado por los dedos, sos mi parte humana, la más desagradable pero la más humana. Pues, así parezca raro, también soy humano y estoy enfermo con mi idea amor va. Puro va, pura mierda va. Pobre representación-de-hombre-gueva-carente-de-amor-va. Puro va.