Para comenzar, para comprender, para contextualizar, los enerbúrrenos aman las ideas fijas porque temen a la incertidumbre de la reflexión de elegir entre varias posibilidades. Por tanto, prefieren que los de mano dura e ignorancia grande decidan por ellos, y así, defender los grupos radicalizados y su limitada visión del mundo. Porque para ellos la violencia es la única respuesta válida ante conflictos sociales. Para ellos el criterio propio no existe, así quieran hablar a nombre propio, porque los enerbúrrenos, sobre todo los pobres, son receptores pasivos de los discursos manipuladores de los enerbúrrenos ricos.
Para continuar, para columbrar, para conocer el motivo de porqué son tan abundantes los enerbúrrenos, sobre todo los pobres, habría que partir de que todos, tanto los pobres como los ricos, se refugian en las armas, sea un bate, una idea fija, una metralleta, un insulto. Es una fijación al maltrato que defienden como si fuera una liberación espiritual. Pues, si se les ve con atención, todos, absolutamente todos, actúan como niños berrinchudos que piden ser vistos por papá. Niños que anhelan ser aprobados. Niños que fundamentan su personalidad desde la mirada del arquetipo del padre psicológico y opresivo que va a suplantar el abandono del padre biológico. Niños que construyen sus personalidades según la mirada del látigo que los castiga. Niños que adoptan con fanatismo el látigo firme y la brutalidad grande. Niños violentados que replican esa violencia. Niños que visten una violencia de esmoquin. Niños con etiqueta para ocultar una brutalidad sistemática e infundada. Niños de violencia de primate. Niños a los que la ética les es como un pantalón ajustado que talla. Niños enerbúrrenos que abrazan una figura autoritaria y maltratadora para borrar la herida de abandono. Pero esa herida nunca se borra. Más bien se intensifica. Por tanto, cada vez que alguien los interroga o les habla del padre maltratador, se enojan y no ven otra alternativa que alzar el bate y gritar como orangutanes enojados.
Para comentar, para contar, para contextualizar, están los enerbúrrenos que hacen parte de las élites del poder y usan sus medios para seguir capitalizando. Acuden a las reformas para seguir haciendo más de lo mismo. Se empecinan en reducir la identidad individual a etiquetas rígidas para homogeneizar el pensamiento y el comportamiento. Así, tener más enerbúrrenos pobres que los defiendan, para que usen la discriminación contra grupos vulnerables y justifiquen la exclusión como un mecanismo necesario para mantener un supuesto orden. Para que así, por medio del bate, de Miss metralla, las canciones de Marbelle, las columnas de opinión en los medios tradicionales… la injusticia, el abuso y la desigualdad se esteticen como elementos de consumo dentro de discursos culturales y sociales. Además, cuando todo vaya de culo al estanco, apelar al grito grandilocuente para aturdir cualquier brote de buen juicio. Y también están los enerbúrrenos pobres, sobre todo, los pobres de ideas que defienden a bate y espada al padre con látigo y espuelas. Estos, que no tienen casa, dicen que los van a expropiar. O los enerbúrrenos en bancarrota que no podrán aspirar a ganar más de un mínimo, defienden a muerte los salarios de los congresistas. Estos que tuvieron familiares o amigos que hacen parte de 7.937 falsos positivos defienden el rodillo de pintura blanca que, ingenuamente, quiere borrar la historia del dolor de las víctimas para que a papá enerbúrreno no le dé dolor de cabeza pensar en sus canalladas. Estos, los fanatizados, han sido estafados al comprar el hiperindividualismo extremo bajo la etiqueta de un modelo colectivo solidario. De esta forma, lo personal se sobrepone a lo social, en nombre de lo social. Luego, los enerbúrrenos clase alta se ponen la máscara de gente bonachona, de falo grande que exhiben en campaña electoral y crean el escenario perfecto para expandir, con los enerbúrrenos pobres, la violencia sistemática.
Para conversar, para comentar, para concluir, los enerbúrrenos visten bien, van a misa, se llaman a sí mismos gentes de bien. Se les ve en los centros comerciales, en los hatos ganaderos. Son los que salen en la publicidad de los fondos de pensiones y de los rollos de papel higiénico. Tienen, al lado del cuadro del Divino Niño, una foto del papá enerbúrreno a caballo, con sombrero aguadeño y dándole juete a ese montón de buchichorriados y carrangas desadaptadas que son todas sus víctimas. Porque el enerbúrreno pobre, el que va a recibir los golpes, obedece sin siquiera pensar en la cabeza que se lleva sobre los hombros. Así, los enerbúrrenos de la élite, como el papá enerbúrreno, se justifican con el perdón (cuando no son condenados por la justicia) para acudir al beneficio del olvido y así, nunca realizar una reparación de la víctima. Y si la culpa es imposible de ocultar, porque es imposible de ocultar, buscan tercerizar la culpa y venderse como víctimas para apelar al espectáculo mediático de las excusas y las mentiras. Pues, el enerbúrreno busca la fetichización del sufrimiento para que, cada vez, sea más plausible la lógica perversa del agresor mártir. Pues a la víctima o a quien piense en valores fundamentales que guían el comportamiento humano, es una carga incómoda que hay que callar a punta de bate y metralla.

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