Crearme, recrearme, vaciarme, hasta que el que se vaya muerto, de mí, un día, a la tierra, no sea yo...

Juan Ramón Jimenéz


Declaración de amistad

>> viernes, 12 de junio de 2015


Querido mío, apreciado por siempre, te escribo porque de vez en vez me gusta hacer una grieta en el silencio, como una especie de agujero, por donde digo tu nombre para abrigar en mi corazón el recuerdo que tengo de vos. Lo hago porque te considero una presencia importante y vital en la historia de mis ausencias, las mías, por supuesto.

Sé que con el transcurso de los días son más los lapsos de tiempo entre los encuentros. Esto porque cada día tiene su propio afán y en ese movimiento ya no compartimos proyectos e intereses que nos sirvan de pretexto para una conversación o alguna cerveza. Es natural la distancia. Sucede en todos los ámbitos. Incluso, es saludable.

Además, cada quien empieza a construir su mundo, al menos su idea, para buscar la estabilidad emocional, económica y aún si se quiere, la espiritual. Para ello estudia, trabaja, consolida familia… Cada paso que da es necesario para satisfacer sus deseos más profundos, casi siempre, el hallazgo de la mujer con la que se suspirará bajo las cobijas muchos años.

Sin embargo, la vida en su sabiduría o paradoja nos otorga el beneficio de la amistad. Digo que nos otorga porque también nos quita. Nos da los amigos y nos quita la soledad. Nos da la complicidad e intimidad y nos mengua la ausencia familiar. Nos da un cuarto en el corazón para hospedar el recuerdo del amigo y nos quita las coordenadas del encuentro. Nos da la fiebre del amor y nos quita a los amigos. Nos da la familia y matiza el amor y vuelven los amigos.

El amigo, cuando lo es de siempre, cada tanto aparece como un espejismo, como un sueño y asimismo se esfuma. Es un animal solitario que nos acompaña.

Hoy te escribo porque me da la gana de arrugar está línea del tiempo que me tumba el cabello para evocar tu presencia. Brindo porque a pesar de los días que creen entre nosotros como una selva espesa, siempre hay un sendero que me permite verte. Mientras pueda escribirte habrá un puente. Brindo porque hace mucho ya sabíamos de este silencio tan bello y tan melancólico. Silencio que muta cada tanto a nuevas promesas que al final se marchan para que aparezcan otras. Es decir, cuando un amigo se va aparecen otras personas. Al final, alguna de ellas te sorprende con alguna virtud. Entonces, es extraño, nunca estamos solos así estemos en constante mutación, en continuos atajos a la soledad del hombre creador, el que en su cuarto busca esa vibración estelar que lo ayude a seguir.

Tal vez el tiempo con su pincel de punta diamantina nos dibuje en el rostro el gesto del olvido entre arrugas. Ese es su trabajo. Se acepta y se deja ir a todos aquellos que pasaron por nuestras vidas como un evento. Se sacude de la memoria la eventualidad que tanto nos gusta. Luego, el amigo que siempre retorna, cada vez otro, y más cercano. Por eso, el trabajo de la amistad es el rencuentro porque es el único amor que no está subordinado a las fechas.

Te escribo, querido de siempre, para abrigarte con mi palabra y desear que el universo siga confabulando para que se te siga dando esa vibración estelar de hombre de creación en la intimidad de tu cuarto.

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Cada palabra es un conjuro para espantar la soledad

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