Crearme, recrearme, vaciarme, hasta que el que se vaya muerto, de mí, un día, a la tierra, no sea yo...

Juan Ramón Jimenéz


El último adíos postergado

>> jueves, 23 de junio de 2011

Por épocas el impulso de abrirse las venas en las manos se disipa porque encuentra un amor, un trabajo o alguna distracción momentánea. Luego, como siempre, vuelve la sensación recurrente de que la vida no tiene sentido.

La familia un fiasco. La madre hizo un préstamo dejándole una deuda por más de un año. El hermano la convenció de que fuera fiadora para compararse una moto y trabajar de mensajero. Pero él se gastó el dinero en fiestas y en una de esas embarazó a una chica. Por lo tanto no pagó la deuda y el banco le va embargar a ella las máquinas con las que trabaja. Maquinas que no le pertenecen. Pero eso no le importa a al banco porque se sabe que esa entidad es el templo del diablo. Por algo nunca pierde.

El amor una mentira. Todas las relaciones basadas desde la desgarradura, el sexo frenético, el miedo a estar sola oculto en el gemido ensangrentado. Ningún hombre la ha conocido más allá de sus piernas abiertas. Le pesa los treinta y no haber encontrado un compañero, no haber tenido un hijo, no haber terminado la universidad, no poder pedir ayuda cuando las pesadillas la despiertan en un solo temblor.

Y aún así, no son esos motivos los que la hacen pensar en suicidarse. Hay algo más antiguo, de otras vidas que la impulsa a hacerlo. Cree, en investigaciones exotéricas realizadas, que en sus otras vidas se ha suicidado y hasta que eso no lo transforme, no lo trasmute, se repetirá en las vidas siguientes. Es decir, en esta vida.

Los treinta sin nada seguro en una mujer es como habitar un hueco dentro del abismo. Ayer quemó todas las hojas de un diario que la acompañó desde hace años, en el que todas las noches escribía: “hoy es un buen día para morir”. Hoy, apenas se despertó, aseó la casa. Todo lo que no le gustaba lo echó a la basura. Escribió una carta. En la tarde se bañó, se puso el mejor vestido, programó en el computador las cuatro estaciones de Vivaldi y se acostó en su cama. Minutos después, las palomas, en manada, precipitaron el vuelo.

5 comentarios:

RChS viernes, junio 24, 2011  
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
RChS viernes, junio 24, 2011  

Creo que debio de disparar si las palomas precipitaron su vuelo...

http://electrical-columbia.blogspot.com/

Juan Camilo viernes, junio 24, 2011  

RChS
Gracias por sus palabras.

Belén lunes, junio 27, 2011  

Bonita forma de despedirse...

Besicos

Juan Camilo jueves, junio 30, 2011  

Belén
es cierto, irse es siempre renovar procesos

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Cada palabra es un conjuro para espantar la soledad

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