Crearme, recrearme, vaciarme, hasta que el que se vaya muerto, de mí, un día, a la tierra, no sea yo...

Juan Ramón Jimenéz


Delirio

>> domingo, 5 de septiembre de 2010

Desde que te vi sabía que iba a tocarte. Algo me decía que eras una presa fácil para mi sed insaciable de damiselas desprevenidas. Te vi sentada en una mesa del bar y sin decirte una palabra empecé a llamarte con la mirada. Instantes después estábamos frente el uno del otro, y la siguiente oración que presidió el saludo fue que quería pasear contigo y besarte. Fui directo porque no eras una mujer que me importaras para salir de día. Lo percibiste porque sin importar lo que te había dicho, te quedaste esperando a que se iniciara una conversación. Necesitabas sentir que estabas sintiendo también. Pero, me alejé porque no me interesaba hablar contigo y lo sabías.

Pasaron cuarenta minutos antes de que te decidieras a sentarte en la silla al lado de la mía. Apenas te habías acomodado en la silla llevé mi mano sobre tus piernas, alcé la falda y le hice presión con los dedos a tu entrepierna. Me bajé la cremallera y conduje tu mano a que estrangulara al animal que estaba ansioso por envestirte. Tus dedos en vez de calmar la furia más la endureció. Me humedecí de ti. Charquitos de ti atestiguaban el movimiento de los dedos. Tu olor de pintura a base de aceite en madera húmeda invadió la noche.

Salimos del bar a dar un paseo por los alrededores. Entramos a un parque abandonado y me aferré a ti. Llevé mi pelvis a tus caderas y te besé frenéticamente, como un animal.

Algo demoniaco había dentro. Se había despertado porque en los últimos días había controlado el deseo. Pero como un preso el deseo huyó de su cárcel y se encontraba libre de culpas y moralismos. Sentía la perversión del santo, el que busca motivos para perdonarse. Por ello, ante ti, ante tu cuerpo disponible no pude negarme y te lamí el cuello hasta hacerte caer un arete. Te envestí con violencia. Te maldije contra un muro. Te mordí los labios. Te corté la respiración. Te culpé por mi debilidad. Te asusté e intentaste huir diciéndome que te estaba maltratando y no querías que así pasaran las cosas. Pero tus peticiones fueron como leña a la llama. Con más rabia te besé. Volví a llevar mi mano a tu entrepierna. Te volví a besar casi hasta morderte los dientes. Mi respiración y la tuya un ventarrón sin rumbo, arrítmico y delirante. Volví a frotar mi miembro en una de tus piernas. Tu olor caía a goteras de los tejados y las ventanas. Tu olor era vapor en los adobes contra los que te empujaba.

Lloré por ti y por mí, por la herida que ensanchábamos, por la terrible soledad que se avecinaba. Así que mis dedos huyeron de tu cuerpo después de haber llorado de lujuria, hastío, ausencia y rencor.

Huí de ti porque me permitiste satisfacer el deseo y eso me dejó más triste y solo. Huí porque podía irme tranquilo, con la certeza de que no amanecerías en mi lecho, con la agonía de que no eras la que debía amanecer en mi cuarto. Huí porque ya no te necesitaba y estaba aterrado porque ya no te odiaba y feliz porque llamarás mañana a las cuatro de la tarde y no te contestaré el teléfono.

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Cada palabra es un conjuro para espantar la soledad

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