Crearme, recrearme, vaciarme, hasta que el que se vaya muerto, de mí, un día, a la tierra, no sea yo...

Juan Ramón Jimenéz


Corcel indomable

>> lunes, 20 de septiembre de 2010

El deseo es un caballo brioso que recorre las tierras más oscuras del corazón y arrastra a su jinete a aquellas sombras que se tragan sin compasión a los más valientes. Luego, regresa el jinete con la ropa andrajosa y como mendigo se sienta en una esquina a implorar que alguna chica lo salve de sí mismo. Pero nadie lo socorre y en casa se sienta frente al teléfono a esperar que lo llame un amigo y lo invite a fumarse un porrito y fantasear sexos lejanos. Así espera a reencontrarse de nuevo con el caballo que lo observa desde afuera de la casa. El jinete mira al caballo con rabia y tentación de ensillarlo de nuevo. Pero sabe que para cabalgar debe curarse las heridas y dejar de temer para no hacerse esclavo de su miedo. Porque cuando cabalga casi siempre se siente más solo. Aún se asusta con su propia sombra y asusta a muerte al corcel que lo arrastra por paraderas sin rumbo fijo. La pasión del caballo invade y aterroriza al jinete. Pasión desbocada al encuentro de lo desconocido. Pasión que consume el misticismo de inmediato y principia la ruptura que maldice a los amantes. Y sin embargo, el jinete vuelve a casa día tras día, noche tras noche y se acuesta en la cama y coquetea con el deseo que lo mira desde afuera implorándole un paseo juntos por el campo.

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Cada palabra es un conjuro para espantar la soledad

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