Crearme, recrearme, vaciarme, hasta que el que se vaya muerto, de mí, un día, a la tierra, no sea yo...

Juan Ramón Jimenéz


La teoría de la ingravidad

>> sábado, 17 de octubre de 2009

Recuerdo que en la universidad vi sobre un mueble un libraco que trataba la teoría de la relatividad de Einstein y comprendí nada. Acepté que no hacía parte de las 10 mil personas con cerebros calificados para entender las teorías de Einstein.

A los meses, un amigo que estudia física me explicó que en 1915 Einstein desarrolló la teoría de la relatividad general para exponer las contradicciones entre las leyes de la relatividad y la ley de la gravitación.

Mi amigo al verme la cara intentó explicarme como a un niño que Einstein le atribuye las fuerzas, las gravitacionales como las asociadas, a los efectos de la aceleración.

Como seguí sin entender me aventuré a dar mi propia teoría sobre la gravedad. Bueno, no sobre la gravedad sino sobre lo contrario, la ingravidad. Cuando no se entiende una cosa se puede acceder a ella por el contrario.

Sin asimilar lo que quería decir Einstein y lo que había dicho antes Newton de “que todo objeto atrae a los demás objetos de forma directamente proporcional a su masa”… me dio por pensar en la fuerza que nos desprende de la gravedad.

Aclaro, no soy físico, pero en el trópico la gravedad es otra cosa. Bien puede declararlo quién haya sentido la humedad de la selva y de lo pesado que se hace el cuerpo. Por ello se dice que hay más gravedad y por ende más ingravidad.

La tierra, en términos que pueda entender, según la fuerza de la gravedad, es como un imán. Esa fuerza, ese imán, ese fenómeno ocurrido en la velocidad de los cuerpos, también podría denominarse vida. Entonces la vida sería el peso del cuerpo, la fuerza milagrosa que sostiene el cuerpo del globo. Los años serían la velocidad en el cuerpo. La ingravidad sería la muerte.

La muerte (la ingravidad) sería dejarse ir, perder el peso y el movimiento, desprenderse del milagro, del centro. La ingravidad sería aceptarse boca abajo, y no boca arriba como hemos creído, ante el sol.

Los techos no servirían. Simplemente porque no tendrían uso. No atajarían los cuerpos que se desprenderían por la ingravidad hacía el vacío. Los techos funcionan mientras el hombre pueda ser movimiento para evitar precipitarse al abismo mientras duerme.

De ahí la mal sana costumbre de enterrar a los muertos. Retener sus cuerpos inertes sin aceptar que son polvo, ceniza consumada, humos. Nos dirigimos al polvo, al aire, al espacio vacío. La ingravidad es el cuerpo sin gravedad, es decir, sin vida.

Pero mientras sucede la caída de este cuerpo que soy, me gusta saltar y sentir que los pies vuelven a la tierra como un metal al imán. Me gusta sentirme grave y vivo. Me gusta imaginar que estoy sujeto a cuerdas invisibles que me sostienen y se estiran cuando salto. Entonces, en mi ingenuidad, creo que esas cuerdas invisibles son Dios y sonrío. Conozco la idea de Dios gracias a la ley de la ingravidad.

2 comentarios:

programador holográfico. domingo, octubre 18, 2009  

el peso de cada día
qe pesada es la vida...

Amanda domingo, octubre 25, 2009  

Buenas y originales tus reflexiones!

También la imagen de las aves...

De vez en cuando me escurro por los blogs de mis amigas y amigos; de ese modo, llego a muchos lados, tal como llegué aquí.

Saludos!!!

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