Crearme, recrearme, vaciarme, hasta que el que se vaya muerto, de mí, un día, a la tierra, no sea yo...

Juan Ramón Jimenéz


No quiero tirar de nuevo los dados

>> lunes, 23 de junio de 2008

Desde que empecé a sentir las mujeres, a endemoniarme por ellas, me inmiscuí en un juego azaroso. Fui como un anfiteatro lleno de amores furtivos que empezaron a oler mal.

Todas mis relaciones sentimentales fueron como un juego de parqués. Cada relación, cada mujer un juego. Así de rápida, con apuestas, fichos, dados, perdidas, ganancias, rabias, huidas y dinero.

El parqués se jugaba en dos modalidades, la contada y la de piedra en piedra. Así me enseñaron en casa. Me gustaba más la contada, en la que uno tira los dados y cuenta la cantidad que sale en los dados en los cuadritos del parqués. Con ese resultado uno armaba las estrategias del juego, las de asegurar los fichos o la de dejarle carnadas a los otros jugadores. Una maravilla. Y así han sido mis relaciones, un juego de parqués en la forma contada.

La otra versión es más avanzada y más perezosa y es la de piedra en piedra. Solo son validos los 12, 7, 5. Otro número en los dados es inútil. No sirve, se pierde el tiro. Esa modalidad nunca me gustó. Tenía que limitarme y estar más quieto. Tal vez es la forma que juega la otra gente, la que tiene una vida más organizada y planeada y aburrida.

La forma contada es distinta. Esa forma me permitía más movimiento y podía saciar mi instinto de premiador insaciable. Claro, sin premiar, esa parte me asusta, así que me la salto. Me gustaba comerme todos los fichos, los que más pudiera. Renunciaba al cielo y daba la vuelta por mi apetito de fichos. Es decir, en el juego, uno tiene una casa donde guarda sus cuatro fichos. Cuando se le comen los fichos, éstos vuelven a la casa. Al lado de la casa hay una casilla que se llama el cielo. El cielo es del mismo color de la casa. El cielo es donde llegan los fichos a descansar, a salir del juego. Gana el primero que lleva los fichos al cielo y los saca del juego. Ese es el juego, en términos generales.

A mí no me gustaba meter mis fichos en el cielo sino era estrictamente necesario. Es decir, cuando los otros fichos estaban fuera de mi apetito. De lo contrario, ponía mis fichos en el límite, donde podía decidir si entrar al cielo o volver al inicio del juego, a la casa, y dar de nuevo la vuelta. Me quedaba allí, en el límite, insatisfecho. Mi sed de fichos me hacía insoportable el cielo. Mi cielo era los otros fichos.

Así en mis relaciones amorosas. Nombremos el noviazgo como el cielo del parqués. La cúspide del juego. El lugar donde se canalizan los instintos, las pasiones, las tensiones, los cortejos, las contradicciones, en otras palabras, los fichos. Es el lugar seguro donde se está protegido de los fichos de otros jugadores, jugadoras en mi caso.

Pero como dije, no me gustaba el noviazgo. Uno dice novia. Pero novia es también no-vía, no transito, obstrucción del juego, aburrimiento de salirse del juego.

Yo tenía sed de otros fichos. Y sí, me comí muchos fichos. Me satisfacía con comérmelos. Aunque no sacié el hambre, seguía comiendo fichos. Y eran los fichos de las mujeres. Con ellas jugué mis pasiones. Les mordí la entrepierna, la espalda, los labios, los senos... Hacía dos ó tres sacudidas. Tiraba los dados. Las devolvía a sus casas. Claro, también me dejaba comer con un poquito de sal y limón. Ese era el juego. Comer y dejarse comer.

Me gustaba pararme en el límite del noviazgo (cielo) y esperar que pasara otra mujer con sus fichos para comérmela. Tiraba los dados. Si lo que salía en los dados me permitía lanzarme sobre la victima, lo hacía sin dudarlo, sin arrepentimientos. Era sino dar otra vuelta y volver. Pero volvía con más apetito y más prisa a dar de nuevo la vuelta. Nunca pensé en ganar un juego.

Me comí algunas mujeres y otras tantas me comieron. Siempre perdí. Nuca llevé todos mis fichos al cielo. Siempre dejaba uno ó dos por ahí, desprevenidos. Me sentía inacabado si sacaba todos los fichos del juego. Así con las mujeres. Nunca me comprometí con todos mis fichos y cuando veía las cosas muy serias, que se podía ganar el juego, tiraba los dados y huía del cielo y salía a buscar otras mujeres.

He vivido el amor como un juego de parqués. Pero ahora las cosas son distintas. Diana, la última con quién jugué, con quién quise perder de nuevo, me cambió las reglas. Ella quiere que los dos ganemos, que yo me convierta en su cielo y ella en el mío.

Mis fichos están dentro de ella. Los fichos de Diana también están en mí y les susurran palabritas a los oídos: fichos amanecí con ganas de arañarlos, con anhelos de besarlos, con la necesidad de una erección del ficho mayor.

Tiro los dados y mi último ficho se resiste e intenta quedarse en el límite (noviazgo). Pero no hay carnada mejor que Diana. Así que me decido y meto el último ficho al cielo-Diana.

Diana tiene los dados y me mira, me dice que quiere comerme noche y día, que sus fichos esperan con las piernas abiertas a los míos. Diana es un cielo posible, mi cielo, mi apetito.

4 comentarios:

Jhoed martes, junio 24, 2008  

Cami: no me hagás llorar...

Anónimo,  miércoles, junio 25, 2008  

Muy ingenioso lo de el amor como un juego de parqués. No sé, pero esos textos suyos tienen algo que me dejan intranquila. Pero no puedo dejar de leerlo

Ana María

el perdido miércoles, junio 25, 2008  

Ana María la invito a un juego. Una tarde cualquiera podemos juagar. Prometo no dar la vuelta. La apuesta es que el pierda invita a una caja de vino. El vino te ayudará a dejar de leerme

Anónimo,  sábado, julio 05, 2008  

ya le tiraste el anzuelo a otra pobre desdichada...

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