Crearme, recrearme, vaciarme, hasta que el que se vaya muerto, de mí, un día, a la tierra, no sea yo...

Juan Ramón Jimenéz


Engañosa muerte

>> lunes, 16 de junio de 2008

Desde siempre me ha inquietado la muerte. Desde muy pelao quise explicaciones sobre el tema. No entendía el por qué la muerte generaba tanto dolor y miedo. Quería sentir ese miedo y ese dolor para saber que era la muerte. Pero nada. Muerte puta. Te busqué donde no estabas.

Me subí a un árbol de ciruela que con un poquito de sal en una bolsa. Me senté en un gajo, cogí una ciruela, la mordí, le eché sal. Miré el cielo y jugué a desaparecer nubes. Guardé la fruta en los bolsillos. Una, dos, tres frutas. Esperé y la muerte nada.

Me senté en el tejado a eso de las siete de la noche. Llevé conmigo una cobija. Me enrollé. Tenía un machete de palo. Había hecho el machete con mis propias manos. Quería robarle la guadaña a la muerte. Llegó el frío, el miedo, los cocuyos, el silencio, los zancudos y la muerte nada.

Empecé el cuaderno de religión al revés. Cursaba cuarto de primaria. De la última página a la primera. Pensé que si escribía al revés podía volver al pasado, a lo que era antes de estar vivo, que sospeché era estar muerto. Creí que si escribía al revés yo crecería al revés. En vez de llegar a viejo retornaría el útero a verle la cara a la muerte. Nada. Lo del cuaderno no funcionó. La profesora me dejó toda una semana, en los descansos, pasando el cuaderno al derecho.

Busqué la muerte en las mujeres. Las amé con odio. Las odié con ternura. Me odié en ellas. Me amé en ellas. Intenté morirme en ellas. Me asusté en ellas. Huí de todas la mujeres que me dijeron te quiero mientras se cortaban las uñas. Sentí que algo tramaban. ¿Cuando crecieran de nuevo las uñas qué? Por eso el semen fue un aullido, una petición a la furia y a la desesperación. El semen fue mi grito líquido. Semen en la cama, en el baño, en el recuerdo, en la cara, en la mano, en el estómago, en el piso, en el miedo, en los calzoncillos, en los sueños, en la vida. Semen y olvido, mi legado. Pensé que la muerte tenía tetas y culo y la busqué en todas las mujeres. Las penetré queriéndome quedar dentro de ellas, en sus vientres. Quedarme allí calientito, a oscuras, buscando el verdadero rostro de la muerte. Pero fue imposible. Esa idea de muerte me dejó más vivo y más triste y más lleno de semen.

Me quedé callado en la pieza dejándome morir. Miraba el techo. Techo destechado, techo de techos, escenario de vacios, techo techón, te echo de menos techo, por techo como techo me abrumo, techo techito techo hijueputa. Sin respuestas. Me quedé con los ojos pegados al techo. Quise ser techo, materia inanimada. No sentir para no buscar. Entonces sino buscaba la muerte me encontraba. Pero nada. Me dormí y desperté yo en mí, separado del techo y de la muerte.

Escribí conjuros para invocar a la muerte. Escribí páginas y cuadernos. Creí que así ella accedía a mis llamados. Pensé que nos veríamos la cara de hombre a muerte, de muerte a muerte. Toneladas de palabras sin uso. Palabras en el basurero. Palabras pegadas con alfileres del techo. Palabras trituradas entre los dientes. Palabras empolvadas de olvido. Palabras que alzaron vuelo como pájaros y desaparecieron para siempre. Palabras aplastadas por los buses. Palabras encerradas con purina de engorde. Palabras con colmillos afilados, siempre hambrientas, sedientas de poetas chillones y afeminados, para salvar la literatura de una hecatombe.

Luego callé. Ni una palabra. La definición es definición, división de la cosa. Si digo árbol, el árbol es el árbol y no todo el paisaje. Entonces pensé que si no nombraba la muerte ella sería todo el paisaje y no la muerte. Una hormiga, una montaña, una pichada, una gotera, una nube… eran muerte. Pero el silencio era otro dialogo, otra división de de las cosas, otra enajenación de la muerte.

Busqué la muerte en la familia, en el colegio, en las mujeres, en los amigos, en los atardeceres, en los libros, el las nubes, en el miedo, en la lujuria, en la yerba, en la poesía, en la vida… Pero la muerte nada. Inalcanzable. Muerte a prueba de búsquedas. Muerte a todas las distancias y misterios. Siempre estuvo en mis ojos.

5 comentarios:

Jhoed lunes, junio 16, 2008  

Cami: ya te dije que no se qué comentar, tus textos lo dejan a uno como en una especie de parálisis... solo me genera una inquietud... ¿para qué querías encontrar con esa obseción a la muerte? estamos agonizando, y buscamos cualquier cosa para hacer a lo mejor para evadir esa agonía irremediable... por ejemplo, buacarla con desenfreno.

Jhoed lunes, junio 16, 2008  

Cami: ya te dije que no se qué comentar, tus textos lo dejan a uno como en una especie de parálisis... solo me genera una inquietud... ¿para qué querías encontrar con esa obseción a la muerte? estamos agonizando, y buscamos cualquier cosa para hacer a lo mejor para evadir esa agonía irremediable... por ejemplo, buacarla con desenfreno.

Max Gallinazo miércoles, junio 18, 2008  

y no le llora mucho el ojo al parpadear?

el perdido miércoles, junio 18, 2008  

Claro Mauro. Todo el tiempo. Pero, curiosamente, me lloran más los ojos cuando no lo veo.

juandelacosa lunes, junio 23, 2008  

La búsqueda de la muerte desde una parte tan distante como lo es la vida es un poco dificil, para encontrar la muerte en sí solo se necesita un poco de valor y una forma muy contundente para autoliquidarse.
Claro está que lo que se trata de buscar es la muerte como generalización de sentimientos, pero la muerte desde este punto de vista es muy parecida al amor. Podría compararse al maldito dolor que nos deja el desasón de enamorarnos y después querer romper ese vínculo del amor para estar en paz y no sentir la muerte que nos atormenta en cada instante en que sentimos que algún dia morirá el amor.
jejjejeje, un poquito enrredado el comentario pero queria pegarmele al tema, sonaba bueno.
Cami un abrazo y no me pierdo ninguno de los post que vas posteando(spanish-English) -valga la redundancia-.

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Cada palabra es un conjuro para espantar la soledad

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