NOTA DE LA EDITORIAL:

Elibrerto y otros cuentos provincianos, de Juan Camilo Betancur Echeverry, ofrece al lector una experiencia a la vez interesante y novedosa. El libro se compone de tres partes (“Memoria colectiva”, “Vínculos comunitarios” y “Relación con la naturaleza”), de 8 piezas cada una, para un total de 24 relatos fascinantes. Como se expone en la presentación, el autor se ha propuesto un tema y un fin particulares para cada una de las partes. En la primera, es Girardota como espacio de la ficción; en la segunda, son los personajes dramáticos e inquietantes; en la tercera, es la conexión con el entorno natural. Y en cada una los realiza plenamente. Con todo, Elibrerto es propiamente un libro de cuento, y no un libro con cuentos: consiste en una serie de piezas que, desde la singularidad de cada una, posee un sentido global orgánico. Y, asimismo, en ambos niveles es un libro original.

Su aspecto más llamativo son los protagonistas de las historias: una galería de personajes fascinantes, absurdos, singulares y memorables: un sepulturero que le habla a su hijo desde la muerte, un extraño joven que compra insultos a la gente del pueblo, un viejo librero que sobrelleva el confinamiento entre sus libros y en contacto con los pájaros (en el cuento que da título al libro), un chico taciturno que gradualmente descubre su homosexualidad en un medio machista y difícil, otro al que los nervios lo traicionan frente a la niña que ama, dos niños que por su sensibilidad y sus rasgos se parecen a las plantas… Ellos se enfrentan a situaciones desafiantes, conflictivas o mórbidas que comprometen su identidad personal o toda su existencia: así sucede en el relato “Avelino”, en el que un joven que, aun luego de trabajar por muchos años en una granja de pájaros, decide dejar el empleo a causa de un perturbador encuentro con un compañero de trabajo. Y, entre tanto, sus historias poseen un claro sentido humorístico. Sus situaciones, sean absurdas o trágicas, son filtradas por la comicidad que poseen, y que el narrador pone de relieve.

Con todo, el mayor protagonista de Elibrerto es Girardota, donde transcurren o se sitúan todos los relatos. De ahí el carácter provinciano que expresa el título. El libro puede leerse como una historia ficcional del pueblo, desde la época precolombina (“El chamán”), pasando por el siglo xx e inicios del xxi, hasta la actualidad (“Girardota”), e incluso un futuro distante (“La catedral”). Todos los sitios comunes están en los relatos (la plaza, la iglesia, la alcaldía, los parques, las calles, etc.), que en este caso son los lugares particulares de Girardota: el Hato Grande, la casa de la cultura Pedrito Ruiz, la calle 7, el barrio Montecarlo, la vereda Manga Arriba, entre otros. Y su efecto es una imagen inédita y especial de Girardota, entre lo urbano y lo rural, entre lo real y lo imaginario, entre lo individual y lo colectivo. Este tratamiento, tan apropiado y certero, favorece que los lectores, tanto locales como nacionales, se familiaricen con el pueblo y se reconozcan en su territorio.

Varias piezas de Elibrerto pueden leerse como minicuentos o microficciones: “Los días el día”, “El apellido”, “El duelo”, “Trófico”, “El chamán”, “Girardota” y “Presagio”. Estas son las más breves del libro, de media página o de unas pocas líneas, y sus historias cortas funcionan como viñetas puntuales de un momento dramático. Por su hábil manejo de la concisión, la claridad, el humor, la sorpresa y la magia, se vinculan con la tradición clásica del texto breve en español, la de Eduardo Galeano, Augusto Monterroso y Juan José Arreola. Un ejemplo de ello es “El duelo”, que en breves líneas y con pocos elementos cuenta un drama intenso, apenas dibujado e insinuado eficazmente, y que recuerda al relato “El encuentro” de Jorge Luis Borges.

El libro termina con un epílogo titulado “Un detrás de página”, que resulta igual de interesante que la serie de relatos. A partir de una metáfora que compara la escritura con la arquitectura, el autor reflexiona sobre la naturaleza de las historias y recomienda a los jóvenes una serie de cuentos para la lectura. A continuación, muestra una guía, clara y didáctica, que enseña cómo crear relatos y explica el desarrollo de las piezas del libro. Con todo, esta última parte permite comprender su proceso de escritura, y manifiesta directamente el amor y el placer del arte narrativo, de los que Elibrerto y otros cuentos provincianos es una excelente expresión.

Finalmente, hay que destacar la pericia narrativa de Juan Camilo Betancur Echeverry, quien nos regala un libro divertido y desenfadado, donde podemos dejarnos llevar por historias sencillas que no obstante guardan siempre una meditada reflexión, no sólo en relación con el municipio de Girardota, inspiración y escenario de los relatos, sino de la vida misma, en términos universales. El autor nos recuerda que todo aquello que pasa en un pequeño pueblo antioqueño es la medida también de lo que es la humanidad y su historia azarosa de héroes, villanos y búsquedas del tesoro. Este libro se emparenta con las mejores obras de la literatura universal allí donde convergen la función lúdica de la lectura con las innegables consecuencias que acarrea: aprender, cuestionarse y cambiar como persona, generalmente para bien.


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Un cuento corto es algo por completo distinto: podría compararse con un beso dado apresuradamente en la oscuridad a una desconocida.

Stephen King

“Elibrerto y otros cuentos provincianos” es un libro que recibió dos Estímulos Creativos. El primero fue en la 2ª Convocatoria Pública de Estímulos 2025 de Girardota, en la categoría de cuento. Con ese apoyo se escribieron 15 relatos que representaron el 70 % de la propuesta ganadora de la Convocatoria de Estímulos a la Creación 2025 del Instituto de Cultura y Patrimonio de Antioquia (ICPA) y la Gobernación de Antioquia, en literatura: Narrar para Contar. Gracias a la beca del ICPA, el libro se publicó con el cuidado editorial de Lucía Donadío y su equipo de Sílaba Editores, y la hermosa ilustración fue obra de Tobías Arboleda.

Este libro busca conectar la literatura con los jóvenes, especialmente los de colegio. Los primeros lectores fueron los jóvenes de Girardota del noveno de la Institución Educativa Rural San Andrés y el grado once de la Institución Educativa Manuel José Sierra. Pero también con cualquier lector cuya memoria transite por caminos empedrados. Los relatos exploran aspectos esenciales de la vida pueblerina: la memoria colectiva, los vínculos comunitarios y la relación con la naturaleza.

Divididos en tres bloques, cada conjunto responde a una pregunta clave: ¿cómo convertir a Girardota en un escenario de ficción que dialogue con la memoria y las emociones? ¿Cómo crear personajes vivos, con conflictos potentes, que inviten a reflexionar sobre valores para una mejor convivencia? ¿Qué recursos narrativos permiten reconectar al lector con su entorno natural y otras formas de vida?

Las respuestas dan cuentos que retratan la cotidianidad de Girardota, tanto urbana como rural. Pues, a mi modo de ver, la literatura ofrece el don de la ubicuidad. Es decir, permite estar en dos lugares al mismo tiempo. Y el lector, aunque esté lejos, puede recorrer el municipio como un turista que se encuentra con campesinos, artistas, niños y ancianos.


Además, Girardota presenta la mezcla singular de la vida urbana por su cercanía a la ciudad y la ruralidad. Es un fenómeno aún no registrado a profundidad por la ficción local. Y se refleja en las atmósferas, los diálogos y los paisajes de los relatos.

Otro aspecto vital en el cuento es que cada uno debe ser la fotografía de un instante. Así que este libro podría ser como abrir un álbum familiar. Y entre relato y relato se genera una sensación de azar, como en la vida misma, donde se vive de forma desordenada, arbitraria, ilógica. En ese caos reside la magia de la vida cotidiana.

“El espacio, el tiempo y los personajes de los relatos de Juan Camilo tienen un centro de gravedad en un lugar inventado a través de sus expresiones, de sus hipérboles, de sus piropos y dichos, de su lengua… tal vez toda lengua es provinciana… Uno habla la lengua del barrio, del parce o la gallada, del colegio… algunos, los menos afortunados, hablan solo la lengua de la familia…”, dice Nicolás Buenaventura.

Al final del libro hay una matriz como una guía para quienes quieran contar historias. Porque cualquiera puede hacerlo. Lo maravilloso es descubrir que escribir es, ante todo, disciplina. El escritor no es un ser superior. Es tan común y excepcional como cualquiera. La única diferencia es cuánta soledad puede soportar.

Del libro se harán dos lanzamientos en Girardota, el primero será el 21 de noviembre en Talpa, Casa Cultural a las 7:30 pm. El segundo será el 28 de noviembre en la Biblioteca Pública Municipal Alberto Aguirre, a las 6:00 pm.

A continuación, un cuento del segundo bloque: “Vínculos comunitarios”:

Los Gorgojos

Federico llega a la cancha, situada en la cabecera de la vereda Juan Cojo, para liderar el equipo de fútbol: Los Gorgojos. Enfrentarán a los paramilitares que, desde su llegada un año atrás, han hecho de la injusticia un cáncer terminal: despojos de tierras, asesinatos y todo tipo de hostigamientos que coagulan la sangre antes de tiempo.

Federico mira la cancha. Al lado de la portería, sus compañeros sonríen. Él responde con un desgano que bordea la fatalidad. Chavo, el portero, pasa el esférico al defensa y la pelota pasa de largo como un conejo que huye. Federico respira hondo y se pregunta: “¿Qué hago con estos tullidos, si yo jugué en la selección de Girardota y, por algunos meses, en la liga juvenil del Nacional?”. Lo que evita recordar es que lo echaron por marihuanero. Federico, con su delgadez de remordimiento acumulado, saluda a Los Gorgojos.

Las señoras, al ver al muchacho entrar a la cancha, hacen rosarios en voz baja para animar al equipo de fútbol. Matilde, la que hace la mejor gelatina de pata de res, empuña una camándula en el bolsillo del saco roto que heredó de su madre y murmura que ojalá ganen Los Gorgojos y los paras se vayan para siempre, al horno más hirviente del infierno, esos que mataron a su hijo mayor. Por otro lado, los esposos con sombreros, ponchos, botas pantaneras, mostachos cantinflescos… rodean una caja de cerveza. Matías, la encarnación del muñeco de pastas Doria, al imaginar qué pasaría si Los Gorgojos pierden, suelta el aire con violencia como si hubiera recibido un puñetazo en la panza. Los jóvenes se acomodan, como si a todos los hubieran regañado las mamás, en las bancas de guadua. Ana, una muchacha anémica, más cercana a los espárragos que a las campesinas carnosas de su edad, observa a Federico como un menjurje de brujo, e implora que la salve del miedo a que, como a sus amigas del salón de clase, los paracos se la lleven al monte. El futuro de la vereda está en juego. De ganar Los Gorgojos, los paracos se marchan. De lo contrario, los campesinos abandonan sus tierras.

Federico, como puede, se infunde ánimo y con las manos temblorosas da una que otra palmada en la espalda de un compañero. Intenta animarlos porque, tal vez, sea el último partido de su vida. Siente en la boca del estómago arcadas de un mal presagio. Federico sacude la cabeza y, al instante, salta, toca con las manos la punta de los guayos. Repite el ejercicio y pide a Los Gorgojos que lo sigan. El primero en unirse es Chavo; luego Moncho, el mediocampista. Posteriormente, todo el equipo hace un pique hasta el centro de la cancha.

En la otra portería están Las Águilas Negras, el equipo de hombres panzones que se abrazan como un collar de arepas redondas mientras gritan que son los reyes del mundo. Luego se pasan una garrafa de aguardiente y cada uno bebe un gran trago. Después gritan y escupen como bestias.

El árbitro, antiguo entrenador de la selección de Girardota, hace sonar el silbato para que los capitanes lleguen al centro de la cancha. El árbitro lanza una moneda al aire, la hace girar, con la mano derecha la atrapa, la deja caer sobre la mano izquierda y le pregunta al capitán de Las Águilas Negras: “¿Cara o sello?”. El gigante panzón dice “Cara”. Pierde el saque.

Suena el silbato. Moncho le pasa la pelota a Federico que gambetea a tres paramilitares y le devuelve el esférico a Moncho que, efectúa con precisión un pase al vacío. Federico adelanta al centrocampista, alcanza el esférico, se autohabilita con un ocho y, como un virus, atraviesa las autodefensas de Las Águilas Negras. Frente al portero ve un espacio entre las piernas y chuta.

“¡Goool!”, gritan las mujeres y, a mitad del arrebato, se llevan las manos a la boca y el grito se reduce a un golpeteo húmedo de lengua. Los hombres, más discretos, toman sorbos de cerveza para ahogar el entusiasmo y embolatar cualquier indicio de emoción. Los jóvenes apenas se mueven y muerden el suspiro para que no abandone sus bocas.

El jefe de los paramilitares, un hombre gordo y de sombrero, al que llaman Patacón, pide un cambio. Sale La Liendra y entra El Zarco, exjugador del Independiente Medellín. El Zarco, mientras hace morisquetas, como si lo hubiera picado una avispa en la mitad del rostro, realiza un pique hasta el centro de la cancha y pide que le pasen la pelota. Cuando tiene el esférico, resopla y se gambetea a Moncho. El Zarco alza la cabeza y le tira el esférico al gigante que se decide a chutar. Chavo se levanta y, en el aire, con el puño derecho impacta el balón. Federico y Moncho felicitan al portero mientras se dirigen a reforzar la defensa.

El Zarco acomoda el balón para el tiro de esquina. Se acuclilla y gira la cabeza un poco a la derecha, como si trazara un camino en el aire que después seguiría el esférico. El Zarco retrocede y, cuando escucha el silbato, impacta con el empeine el balón que, en un principio, pareciera ir al punto penal, pero luego da una comba hacia la portería. Chavo retrocede, se estira como un gato y toca el balón. El esférico pega en el palo. En el rebote, Moncho atrapa la pelota y se la pasa a Federico.

Federico avanza por la banda izquierda aprovechando el contragolpe. Corre. Parece una camiseta sacudida por el viento. Se saca a uno, dos, tres… Es una gacela que hace crecer en burbujas el grito de las señoras, alimenta el temblor de la emoción en la garganta de los señores y despierta en los jóvenes una vibración similar a cuando se presiente el timbre que anuncia el recreo en la escuela.

“Parece Maradona cuando le anotó a Inglaterra”, dice Moncho en el momento en que Federico chuta. El balón pasa entre las piernas de dos defensas y va al ángulo del poste derecho de la portería. El portero se estira, pero cae como un pilón de mazamorra y...

“¡Goool!”. Las señoras saltan, se abrazan, llegan hasta donde sus esposos, quienes beben cerveza. Todos gritan como una bandada de loros bajo la lluvia. Los jóvenes juegan a estar alegres de nuevo. Hay en el aire una alegría de viernes en la tarde, cuando se termina la escuela y la semana de trabajo. Una alegría que hace cosquillas en el cuerpo y saca más sonrisas de las permitidas. Una alegría de animal extinto que sacude el lomo y expele un viento frugal y mentolado. Sin embargo, ese mismo viento, a unos cuantos metros, Las Águilas Negras lo respiran agrio, por lo que arrugan el ceño y escupen.

El Zarco, al lado de sus camaradas, aspira un polvo blanco y la boca se les tuerce en un intento desesperado de huir de la cara. Patacón mira el reloj: faltan veinte minutos para que se termine el partido. Así que ordena detener a Federico, cueste lo que cueste. El Zarco cierra la boca, junta los índices de las dos manos y forma una cruz; besa los dedos y jura que van a ganar. Los otros hombres bufan y vuelven a la cancha como perros que no han comido en días.

El Zarco avanza con la pelota y, cuando ve a Moncho, en vez de pasarla a uno de los suyos, adelanta el balón. Cuando Moncho recupera el esférico, El Zarco se lanza en tijeretas y cae de lleno sobre el tobillo. Moncho rueda en el suelo. Matilde vuelve a empuñar la camándula, Matías comprime el estómago como si el ombligo fuera a aparecer en la espalda y Ana se aferra con ambas manos a la silla de guadua.

El árbitro se aproxima. Pide que retiren al jugador lesionado. Finalmente, dice que hay saque de banda a favor de Las Águilas Negras. Los Gorgojos no protestan, aunque sienten un desánimo de varios kilos sobre los hombros. Federico arruga el ceño y propone pasarse el balón entre ellos para quemar tiempo.

Poco después, los paramilitares, animados, se lanzan y lesionan a otros dos jugadores, aún sin tener el balón. El Zarco aprovecha la desventaja numérica del rival para acercarse a la portería, chutar y anotar el primer gol. Luego va hasta el gigante, el capitán del equipo, y le susurra algo al oído.

Los gorgojos pierden de nuevo el balón. El Zarco se aproxima a la portería, chuta y gol. Se empata el partido. Los paracos celebran y beben aguardiente. Las señoras miran el juego como una película de terror que no pueden dejar de ver; algunas se quitan con los dientes el barniz de las uñas. Los señores tragan saliva para evitar que se les encharquen los ojos al pensar en la tierra. Los jóvenes, con los puños apretados, clavan los ojos en el juego en espera de algo peor. El silencio en la barra de Los Gorgojos huele a sudor de caballo viejo.

Federico mira a las señoras como gallinas que esperan ser desplumadas para el sancocho; a los señores que están ahí, como una fotografía familiar en Eureka —cantina del pueblo—, que no le importa a nadie; a los jóvenes que parecen ramas de chamizos para encender el fogón de leña. Luego observa a los paracos que ríen y dejan ver sus dientes aserruchados. Dientes más de dinosaurios que de hombres.

Faltan cinco minutos para que se termine el juego. Federico traga saliva y siente en las vísceras que es inevitable la derrota. Las lágrimas, como las primeras gotas de agua que anuncian el invierno, asoman en sus ojos. La fatalidad es inminente. Pero se niega a aceptarlo y con la muñeca de la mano derecha se limpia los ojos. Asienta los pies con fuerza en el suelo y quiere dar lo mejor de sí en una última jugada. Así que pide que le pasen la pelota. Recibe el esférico y lo tira a casi un metro adelante. Corre. Va tras el balón directo a la portería. Se saca uno, dos… Hace una bicicleta. Corre. Deja atrás a los adversarios.

Las señoras, en vez de ojos, tienen reflectores que alumbran a Federico. Los señores sienten el pecho caliente y aprietan los dientes como si ese instante fuera una presa de pollo que no quieren soltar; los jóvenes alargan el suspiro como una corriente de viento que refuerza la carrera de Federico.

De golpe, Federico está frente a la portería que defienden siete de Las Águilas Negras. Federico sigue. Está dispuesto a atravesar ese bloque de panzas templadas. Corre como un leopardo tras un pecarí. Los pies apenas tocan el suelo y velocísimo se acerca a la portería. Con cada respiración los músculos son más aire. Avanza.

“¡Ahora!”, grita El Zarco y, desde el costado izquierdo, se lanza con el guayo levantado, con los taches en dirección al pecho de Federico. El paraco de dos metros, desde el extremo derecho, salta con las manos abiertas, como si estuviera en un ring de lucha libre. El portero, de frente, se tira en plancha.

Los hombres ruedan en un amasijo de piernas y manos. Forman una criatura deforme, en movimiento, que rueda y se desenrosca. Los paracos se levantan lo más rápido que pueden y ven a Federico como una costra de mugre, en el suelo, sin vida. Inmediatamente buscan el balón. Y ven el esférico atravesar la portería y anotar el gol de la victoria de Los Gorgojos.


Abajo de la borrasca emocional se configura el registro de Dios: esa calidez que eres. 


Hace poco, en un taller literario, una participante me preguntó si yo creía en Dios. En primera instancia, quise decirle que, en Colombia, en nombre de la patria, los paracos descuartizaron a Dios. Me contuve. Luego, casi manifiesto que la cantidad de Dios que negamos diariamente lleva a admitir que Dios es el mejor invento de la lengua. Después, quise referirme al Dios de Einstein, el de Spinoza. Pero al ver que la mujer no se conformaría con una ingeniosa respuesta, me atreví a contestarle desde el corazón. Y le agradezco. En honor a ella, a la presencia de Dios en mí, trataré de replicar la respuesta.

    Ahora, en mis cuarenta y dos años, siento que Dios, más allá de los nombres otorgados por religiones y culturas, más allá del único libro que se considera sagrado y pocos leen, es una experiencia profunda y atravesada del amor.

    Me refiero a la experiencia del amor donde es posible usar la cabeza para robarle a las hormonas la voluntad y poder decidir con quién estar. El amor que le rompe la nariz al trastorno psíquico de la pasión. No el amor del enfermo, porque el que se enamora está enfermo, busca algo de sí en el otro y espera que el otro se lo dé. Y desde ahí, desde lo que no tiene, busca esa dulzura emocional. Ese vacío desea llenarlo desde lo que le falta. Y le inyecta toda la pasión para vivir la ebriedad del placer. Y se queda en la superficie. Porque abajo de la borrasca emocional se configura el registro de Dios: esa calidez que eres. Y cuando sientes esa calidez te conviertes en una persona peligrosa, porque dejas de enamorarte como si te diera un resfriado. Dejas de entregarte como si estuvieras de oferta para negar lo solo que te sientes. Porque esa calidez te invita a estar solo, en silencio, con tus sombras, para descubrir que, si puedes estar solo, nunca más estarás solo. Y justo en ese momento, se te abre el espectro del amor y conectas con el animal, la planta, el atardecer…

    Conexión que se da cuando dejas de pedir desde la carencia. Cuando te permites que te vean de una forma ordinaria. Es decir, cuando te desmarcas de la mirada retorcida del macho-macho que reduce a la mujer a la espectacularidad de una peli porno. Del hombre-hombre que hace promesas de amor para seguir accediendo a unas tetas y un culo. Del hombre-hombre que no logra conectar con lo sagrado que está debajo de la piel.

    Cuando la conexión —una que despierta bondad, cuidado, empatía y compasión— es sosa, lenta, aburrida, nada espectacular. Y si conectas, de seguro, dejarás de embriagarte para sonreír y de prostituirte en nombre del amor.

    Si conectas, es porque empiezas a descubrir lo que te gusta. Y sin darte cuenta, haces con frecuencia lo que te emociona. Estableces una agenda con las ocupaciones que te generan satisfacción y, por ende, más dulzura emocional.

    Así, descubres que eso que disfrutas es la semilla de Dios en ti. Es el pálpito de luz que llamas intuición. Y la intuición es la certeza de que sabes lo que sabes sin saber cómo lo sabes.

    La intuición es el espóiler del porvenir, el interrogante al dogma y a la fábrica de gurús y políticos. La intuición, además, te conecta con las cosas y es un puente por el que se manifiesta en público lo que haces dentro de ti.

    Entonces, la intuición te invita a sacudir las sandalias y huir de toda farsa para no perder más el tiempo con los iluminados que, en nombre de Dios, te hacen sentir culpable por hacer nada y, así, evitar que te nombres y descubras que lo que se gesta en tu interior se manifiesta afuera.

    Por ejemplo, la confianza que da aceptarte se proyecta en las posturas de tu cuerpo; las lecturas, en las palabras; el tiempo que inviertes en la soledad para sentirte se percibe en tu presencia; la paciencia, en el ritmo que exige la observación atenta; el deporte, en tu ánimo; la alimentación, en tu energía; lo que entregas y no te pertenece aumenta el brillo de la alegría espontánea; lo que agradeces (sea malo o bueno) te sana y aumenta el cuidado en lo que amas.

    El amor propio es uno de los tantos registros de Dios y se ve en la calidad de experiencias que te otorgas con quien compartes tu tiempo. Todo esto lleva a tal paz que se nota en tu mirada. Y tu mirada es un viento de menta que endulza todo lo observable.

    Así, de golpe, te sabes saludable y ves las ranas que siempre estuvieron camino a casa. Las ranas y los grillos. Abrazas a tu madre, a tu hermana y reconoces que amas a la persona con la que decidiste compartir tus días.

    Reconoces que los amigos son la certeza de que eres una persona buena, porque la amistad se da en los encuentros genuinos, horizontales.

    Y empiezas a construir recuerdos desde la satisfacción. Es decir, a disfrutar de aquello que haces. Y eso que haces se convierte en tu memoria y en la certeza de que estás en Dios, en ti, en el aquí y ahora.

    Es cuando sientes el batallón de pájaros, la humedad del beso en los labios, la luz de la luna llena, el arrullo de arroyo de agua dulce, el canto de gallo que arrastra el alba, el perfume de la flor, a Dios como una satisfacción de 365 veces al día, el apretón de mano, el dulce de naranja, la fugacidad de un miércoles a las 3:00 de la tarde, la vida que también te vive y te da la bienvenida.








El útero materno es el paraíso. Ahí no hay frío, ni hambre, ni espera. Todo se da sin pedirlo. Pero al nacer aparece el llanto, la necesidad de alimento y abrigo. Y el mundo irrumpe con su primer aprendizaje: el dolor existe y no todo se puede.

Por lo que desde niños es imperante aprender a frustrarse. Aprender a esperar. Aprender a tramitar el “no”. Es en esa cuerda floja del querer y el no tener siempre lo que se quiere donde se forja el carácter. Y forjar el carácter implica tolerar la frustración y el límite. De lo contrario, se puede ser rehén del narcisismo, donde el mundo se adapta a uno y no uno al mundo.

En tal medida, la frustración es un antídoto del narcisismo. Ayuda aceptar que el universo no es una prolongación del ombligo. Además, se pierde, al crecer, el milagro de amar que se da más allá del centro del yo, donde se está ciego al otro. Como decía Humberto Maturana: “Amar a un ser humano es aceptar la oportunidad de conocerlo verdaderamente… contemplar con ternura sus más profundos sentimientos, sus temores, sus carencias…”.

También, frustrarse edifica el límite. Porque no soy el único que quiere, que necesita, que sueña. El otro, de igual modo, sueña, quiere y necesita. Por lo que sin frustración no hay empatía. Y sin empatía, como advierte el caos de esta era digital, el otro se convierte en un objeto para saciar mis carencias, mis odios. Y cuando se odia a una persona se ensancha la herida narcisista.

Lo que más me gusta de la frustración, a la que tanto se le teme, es que te entrena para la derrota, donde está la valía del alma humana. “Hay derrotas que tienen más dignidad que una victoria”, lo dijo Borges. Porque el que pierde ―cuando se pregunta por qué perdió― asume el fracaso como una oportunidad para levantarse, recomponerse, volver a intentarlo. Renueva el aprendizaje infantil de ir a las repeticiones para entender algo esencial sobre el alma humana y es que, al equilibrar tus deseos y talentos con las necesidades del mundo, tal vez, seas consciente de tu vocación, esa que no alza la voz ante una derrota.

Otra de las bondades de la frustración es que permite adaptarse. Empecé esta defensa con que en el vientre todo es perfecto. Así que el bebé vive gracias a la madre, pero el niño aprende a vivir gracias a la adaptación. Y mamá es el agua, la salud, el núcleo de cómo, si aprendo a frustrarme, me relaciono con el mundo y con el otro. Mamá es el reino emocional, inconsciente y colectivo. Mamá es el puente entre la nada y la vida. Ella me crea, me da forma en el vientre. Pero también, gracias a la separación que emprendo desde que me cortan el cordón umbilical, mamá me da forma según lo que cree y piensa que soy. Y así será con la pareja, el amigo, el otro. Entonces soy, así me cueste aceptarlo, también lo que el otro piensa que soy. En esa ambivalencia, para entender el mundo circundante, es vital la adaptación. Así, evito sumergirme en el engaño de una vida feliz y busco un sentido, una motivación, una empatía para tener la habilidad de poder agradecer lo que se me da y aceptar lo que no. Porque “Un hombre se puede equivocar muchas veces, pero no se convierte en un fracaso hasta que empieza a culpar a otros por sus propios errores”, escribió John Burroughs. Adaptarse, entre muchas otras cosas, es dejar de culpar.

Y en la culpa, más que aceptar los hechos, se excede en las explicaciones, se grita, golpea, se impone. Se pierde la comprensión de la espera; cuando una pausa hace parte de la canción, muchas veces la mejor parte de la canción. “Es alma ligera y no dedicada a la introspección la que se agita ante un ruido”, decía Séneca. Y la culpa es ruidosa. Muy ruidosa.

Cuando la culpa desdibuja la aceptación a frustrarse, se puede caer en el embeleco de percibir la realidad desde la distorsión del mundo interno: los miedos, la rabia, los celos, la envidia. Y se pierde de vista el mundo externo al perseguir una felicidad que no existe. Pero al aceptar la frustración, sin culpa, se puede acudir a la introspección para mirar hacia adentro. Como en unos versos de Lao Tse: “Permanece en silencio y tu corazón cantará./ No anheles ningún contacto y encontrarás la unión./ Permanece quieto y te mecerá la marea del universo”. Así, a pesar de la imperfección, la rabia, la tristeza y la soledad, se puede empezar de nuevo. Porque en lo fundamental se está irremediablemente solo.

Y en la soledad de la introspección consciente, el frustrado, si ve la oportunidad, no sentirá rechazo del mundo; menos, le dolerá el vacío de no ser visto ni ser el centro del universo. Pues, en mi humilde opinión, es mejor ser parte del mundo para poder dudar cuando eres el más inteligente en un recinto. Así, tal vez, se vea en el límite el brote de la compasión donde se puede amar sin destruir, perder sin romperse y vivir sin miedo a lo que no será.


Para iniciar el año quisiera hacerlo con tres micro-crónicas de tres lugares no muy explorados en Antioquia. Y así, resaltar la certeza de pertenecer a un país de contrastes, donde la exuberancia de la selva amazónica se encuentra con las cumbres nevadas de los Andes; donde, a tan sólo un par de horas, se pasa del aire seco de montaña al bochorno húmedo selvático del trópico. Un país que, después del proceso de paz, ha hecho del turismo un factor crucial para la economía y el encuentro con el otro y lo otro. Aunque el turismo también (como lo es el paseo de olla) es una plaga, me enfoco en el turismo consciente, el que va más allá del ruido y la pasarela.

Los tres lugares, no muy conocidos, que me maravillaron son: Concepción, Mutatá y la Reserva Surukí. Estos sitios no son tan masivos y abrumadores como lo son: Jericó, Jardín o Santa Fe de Antioquia. Por lo tanto, permiten otra experiencia del viaje, más allá de la selfie. Me refiero al viaje que deja espacio a la pregunta y la reflexión para que se abra un boquete de vacío por debajo de eso que se llama “yo” y se pueda contactar con el entorno. Cuando sucede, se percibe diferente el paisaje porque se escucha otras historias. Entonces, con los relatos, se establece una relación singular con la naturaleza.

Concepción

Conocido como “La Concha” (diminutivo de Concepción), es un municipio ubicado en la subregión Oriente, fundado por mineros devotos de la Virgen de la Inmaculada Concepción. Se erigió municipio en 1773.

Se encuentra a unos 75 kilómetros de Medellín; limita con Barbosa, Santo Domingo, Alejandría, El Peñol y San Vicente Ferrer. Es un pueblo de calles empedradas, declarado “Bien de Interés Cultural de la Nación” en 1999. Las calles, junto con su arquitectura colonial, como la iglesia principal y la Casa de la Cultura (donde nació José María Córdova), son una instantánea fija en el tiempo y se vive como si el tiempo fuera un río que se desliza lento por las rocas y los amaneceres coloridos de la montaña.

Concepción es un pueblo atrapado entre montañas y el tiempo, con un poco más de 1.500 habitantes y la virtud del silencio y la calma, tan en vía de extinción en la cultura antioqueña que adora la pólvora, la música parrandera a todo volumen a las cinco de la mañana y los gritos por cualquier motivo. Adoré Concepción porque sentí mi sangre campesina de calles empedradas, de piel tostada por el sol y de pies descalzos. Adoré Concepción porque todavía es ajena a la plaga masiva de turistas que, como las langostas, devastan con los cultivos fértiles de los saludos que buscan los ojos y un temblorcito de alma.

Mutatá
Conocido como “La Puerta Oro de Urabá”, ubicado en la subregión de Urabá, se erigió como municipio en 1887. Está ubicado a unos 270 km de Medellín y limita con Turbo, Chigorodó, Ituango y Dabeiba.

Mutatá, en la zona urbana, es un reguero de casas, ruido y bochorno, con una temperatura promedio de 28°C. En la calle que atraviesa el caserío, al lado de la alcaldía, hay una tropa de Marías Mulatas o Mirlas que son garrapateros estilizados, de picos más largos y mucho más bullosos. Llueve y las aves producen un ruido agudo, oscuro, fúnebre, como si recordaran la década de 1990, cuando Mutatá fue escenario de enfrentamientos entre guerrillas y paramilitares con masacres como la ocurrida en noviembre de 1996, donde paramilitares del Bloque Élmer Cárdenas asesinaron a ocho campesinos en las veredas cercanas a la carretera Medellín–Turbo, en jurisdicción de Mutatá y Dabeiba. Pero con la firma de los acuerdos de paz, Mutatá activó el turismo. Su ubicación privilegiada se ha explorado en un 10%. Es una región donde convergen varias formaciones montañosas cercadas por las serranías de Abibe y Darién. Aunque la Serranía del Darién es especialmente significativa por ser parte del Tapón del Darién, una de las áreas más biodiversas y menos exploradas del mundo.

Sin embargo, para contactar con la naturaleza, hay que llegar al caserío que, aparte de las Marías Mulatas, no tiene mucho interés. Pero a las afueras, Mutatá es un paraíso de bosque húmedo tropical dónde, todavía, se dice que llega el jaguar.


Surikí

La Reserva Natural Surikí conecta con el Golfo de Urabá y Turbo, alberga más de 20 especies de animales y plantas en riesgo de extinción, incluyendo jaguares, osos perezosos, Titís cabeza de algodón y una gran variedad de aves.

El proceso de paz ha sido fundamental para la apertura del turismo en la región, permitiendo a la familia Jiménez, que cuida de la reserva, retomar su hogar y conservar el entorno.

Al entrar a la Reserva, llegué al centro del corazón de la familia Jiménez, 21 hermanos de tres madres que, tras ser desplazados por la violencia, regresaron a estas tierras para convertirlas en un santuario. Su padre, llegó cazando en los años 50, construyó un hogar hasta que, en 1995, los paramilitares del Bloque Bananero lo asesinaron.

En 2006, Ever Velosa, alias HH, confiesa el crimen. La Reserva fue el centro de operación de Don Mario.

Volvieron, con la restitución de tierras, liderados por Enilda, a transformar el dolor y vincular la familia. Y fueron ellas, las mujeres, quienes ondearon la bandera del perdón. Hoy, Iván, antiguo escolta, es guía turístico; Carlos, antes operario en logística, comanda el barco que llega desde Nueva Colonia; y Nelli sirve platos que saben a memoria. Ellos hicieron de Surikí un refugio, no solo para la familia, sino también para el jaguar.

¡Lo vi! ¡Sí! El jaguar cruzó un riachuelo frente a nosotros, majestuoso y silencioso. Se veía su cabeza amarilla, ancha, amenazadora. Iván gritó como si se tratara de un dios, y todos lo imitamos. Gritamos como si hubiéramos ganado un mundial de fútbol femenino o le hubiéramos dado la importancia que tiene la reducción de la tala de árboles y la prohibición del matrimonio infantil. El jaguar desapareció entre un matorral. Iván propuso buscar sus huellas. Estacionó el bote en la orilla. Bajamos. Olía a pantano y orín fétido de felino.

En Suriki, donde los zancudos atacan sin piedad, se respira perdón. Y el perdón, me enseñaron los Jiménez, no es para quien lo recibe, sino para quien lo da. Liberados de su pasado, ellos nos liberan también, mientras el jaguar camina por su tierra.